qwertyuiopasdfghjklzxcvbnmqwertyuiopasdfghjklzxcvbnmqwertyuiopasdfghjklzxcvbnmqwertyuiopasdfghjklzxcvbnmqwertyuiopasdfghjklzxcvbnmqwertyuiopasdfghjklzxcvbnmqwertyuiopasdfghjklzxcvbnmqwertyuiopasdfghjklzxcvbnmqwertyuiopasdfghjklzxcvbnmqwertyuiopasdfghjklzxcvbnmqwertyuiopasdfghjklzxcvbnmqwertyuiopasdfghjklzxcvbnmqwertyuiopasdfghjklzxcvbnmqwertyuiopasdfghjklzxcvbnmqwertyuiopasdfghjklzxcvbnmqwertyuiopasdfghjklzxcvbnmqwertyuiopasdfghjklzxcvbnmqwertyuiopasdfghjklzxcvbnmrtyuiopasdfghjklzxcvbnmqwertyuiopasdfghjklzxcvbnmqwertyuiopasdfghjklzxcvbnmqwertyuiopasdfghjklzxcvbnmqwertyuiopasdfghjklzxcvbnmqwertyuiopasdfghjklzxcvbnmqwertyuiopasdfghjklzxcvbnmqwertyuiopasdfghjklzxcvbnmqwertyuiopasdfghjklzxcvbnmqwertyuiopasdfghjklzxcvbnmqwertyuiopasdfghjklzxcvbnmqwertyuiopasdfghjklzxcvbnmqwertyuiopasdfghjklzxcvbnmrtyuiopasdfghjklzxcvbnmqwertyuiopasdfghjklzxcvbnmqwertyuiopasdfghjklzxcvbnmqwertyuiopasdfghjklzxcvbnmqwertyuiopasdfghjklzxcvbnmqwertyuiopasdfghjklzxcvbnmqwertyuiopasdfghjklzxcvbnmqwertyuiopasdfghjklzxcvbnmqwertyuiopasdfghjklzxcvbnmqwertyuiopasdfghjklzxcvbnmqwertyuiopasdfghjklzxcvbnmqwertyuiopasdfghjklzxcvbnmqwertyuiopasdfghjklzxcvbnmrtyuiopasdfghjklzxcvbnmqwertyuiopasdfghjklzxcvbnmqwertyuiopasdfghjklzxcvbnmqwertyuiopasdfghjklzxcvbnmqwertyuiopasdfghjklzxcvbnmqwertyuiopasdfghjklzxcvbnmqwertyuiopasdfghjklzxcvbnmqwertyuiopasdfghjklzxcvbnmqwertyuiopasdfghjklzxcvbnmqwertyuiopasdfghjklzxcvbnmqwertyuiopasdfghjklzxcvbnmqwertyuiopasdfghjklzxcvbnmqwertyuiopasdfghjklzxcvbnmrtyuiopasdfghjklzxcvbnmqwertyuiopasdfghjklzxcvbnmqwertyuiopasdfghjklzxcvbnmqwertyuiopasdfghjklzxcvbnmqwertyuiopasdfghjklzxcvbnmqwertyuiopasdfghjklzxcvbnmqwertyuiopasdfghjklzxcvbnmqwertyuiopasdfghjklzxcvbnmqwertyuiopasdfghjklzxcvbnmqwertyuiopasdfghjklzxcvbnmqwertyuiopasdfghjklzxcvbnmqwertyuiopasdfghjklzxcvbnmqwertyuiopasdfghjklzxcvbnmrtyuiopasdfghjklzxcvbnmqwertyuiopasdfghjklzxcvbnmqwertyuiopasdfghjklzxcvbnmqwertyuiopasdfghjklzxcvbnmqwertyuiopasdfghjklzxcvbnmqwertyuiopasdfghjklzxcvbnmqwertyuiopasdfghjklzxcvbnmqwertyuiopasdfghjklzxcvbnmqwertyuiopasdfghjklzxcvbnmqwertyuiopasdfghjklzxcvbnmqwertyuiopasdfghjklzxcvbnmqwertyuiopasdfghjklzxcvbnmqwertyuiopasdfghjklzxcvbnmrtyuiopasdfghjklzxcvbnmqwertyuiopasdfghjklzxcvbnmqwertyuiopasdfghjklzxcvbnmqwertyuiopasdfghjklzxcvbnmqwertyuiopasdfghjklzxcvbnmqwertyuiopasdfghjklzxcvbnmqwertyuiopasdfghjklzxcvbnmqwertyuiopasdfghjklzxcvbnmqwertyuiopasdfghjklzxcvbnmqwertyuiopasdfghjklzxcvbnmqwertyuiopasdfghjklzxcvbnmqwertyuiopasdfghjklzxcvbnmqwertyuiopasdfghjklzxcvbnmrtyuiopasdfghjklzxcvbnmqwertyuiopasdfghjklzxcvbnmqwertyuiopasdfghjklzxcvbnmqwertyuiopasdfghjklzxcvbnmqwertyuiopasdfghjklzxcvbnmqwertyuiopasdfghjklzxcvbnmqwertyuiopasdfghjklzxcvbnmqwertyuiopasdfghjklzxcvbnmqwertyuiopasdfghjklzxcvbnmqwertyuiopasdfghjklzxcvbnmqwertyuiopasdfghjklzxcvbnmqwertyuiopasdfghjklzxcvbnmqwertyuiopasdfghjklzxcvbnmqwwertyuiopasdfghjklzxcvbnmqwertyuiopasdfghjklzxcvbnmqwertyuiopasdfghjklzxcvbnmqwertyuiopasdfghjklzxcvbnm

 

 

LA CIENCIA Y SU UTILIDAD SOCIAL

 

Una mirada hacia la subjetividad humana en la obra científica de Darwin

 

30/11/2010

 

Alfonso Luna Martínez.

 

 


 

      Con la pretensión de realizar un examen, más o menos concienzudo, al respecto de la obra escrita por Carlos Darwin, El Origen de las especies, quisiera darme la oportunidad de disertar sobre el particular, desde un punto de vista filosófico, social y económico, para llegar a obtener una producción, donde explique claramente mis ideas, y argumentativamente demuestre mis premisas y aseveraciones, esperando cumplir los objetivos requeridos para acreditar la asignatura de Ciencia y Sociedad. No desearía que las sucesivas aseveraciones se interpretaran como una falta (o blasfemia), al casi divino mundo de los científicos, donde Darwin, indudablemente, tiene un lugar privilegiado (cual varón anciano de días descrito en los textos sagrados [Biblia, 2006, p. 1124]); ni tampoco de que se considere mi exposición como una especie de simple habladuría sin reflexión; por lo que durante el desarrollo de esta, procuraré citar a las fuentes y autores que dan sustento a mis afirmaciones.

      Comenzare citando lo siguiente: “La Ciencia, considerada como un proyecto que se realiza progresivamente, es tan subjetiva y está tan condicionada psicológicamente como no importa que otra empresa humana” (Thuillier, 1991, p. 7), una frase expresada por Einstein, que es sin duda la más exacta definición de la calidad contingente, finita y subjetiva de todo aquello en que se ocupe el ser humano, incluido en esto, por supuesto, el trabajo científico. Si consideramos que este ser, además de un organismo biológico que comparte el mundo con los demás animales, es una producción donde la cultura, las tradiciones, los prejuicios, las creencias, las concepciones cosmogónicas y, no sé qué tantas mas circunstancias lo conforman y humanizan, y que estas a su vez son factor determinante en la formación de los criterios, de los pensamientos mismos y por supuesto del lenguaje o la escritura, habremos de entender que Carlos Darwin, en su calidad de hombre, fue sin duda, en cierta medida subjetivo, y su obra científica tiene en sí misma, cual estigma, el carácter de su creador, ya que en ella confluyen tanto criterios científicos; como intereses que tienen un sentido de utilidad, no sólo para Darwin; sino también para la clase social y el grupo económico del cual formaba parte.

      Dogmáticamente, se ha creído que un científico ideal es “objetivo; escucha la voz de los hechos; se desprende de las leyes y las teorías refutadas por la Naturaleza cuando se la somete a tesis experimentales preparadas cuidadosamente”(Thuillier, 1991, p. 8); un requisito sine qua non, podría llamarse científica a una investigación o a una teoría; la afirmación del científico debe ser una especie de interpretación ontológica de los hechos que suceden en la naturaleza, y el hombre de ciencia, habrá de ser un narrador de aquello que percibe empíricamente, y sus postulados serán demostrados igualmente mediante los hechos mismos, sin la intervención de ningún criterio personal, pasión, creencia o defensa de tal o cual ideológica. Ciertamente Carlos Darwin deja ver en sus líneas un intento por lograr cumplir con esta condición, ya que observa e interpreta a partir de los hechos que recabo a lo largo de su vida, de las pruebas proporcionadas por la experiencia empírica y las afirmaciones de otros hombres de ciencia; esto es, que partiendo desde sus observaciones e investigaciones, y sus reflexiones sobre las “mutuas afinidades de los seres orgánicos, sobre sus relaciones embriológicas, su distribución geográfica y otros hechos semejantes”(Darwin, 1982, p. 4), hace una exposición detallada sobre las causas de variabilidad que existen entre las especies, de la selección natural, relacionada con la selección hecha por el hombre, y la lucha por la supervivencia entre las especies. Pretende obtener claridad, mediante un estudio  que está provisto del “más deliberado y del más desapasionado juicio”(Darwin, 1982, p. 3), y lo expresa de la siguiente manera: “Es por lo tanto de la mayor importancia llegar a la clara percepción de los medios de modificación y coadaptación, por lo cual desde el principio de nuestras observaciones nos parecía probable que el cuidadoso estudio de los animales domésticos, y de las plantas cultivadas ofrecería más probabilidades para aclarar tan obscuro problema”(Darwin, 1982, p. 4)

      Si afirmamos  que Darwin fue un científico objetivo,  deberíamos de encontrar en su obra a un ser que se limitara exclusivamente a realizar una descripción de los hechos tal y como son, a demostrar las verdades por los hechos mismos, “Así lo exige el gran ideal de la Objetividad; los científicos deben abstenerse de manifestar sus preferencias personales, de hacer intervenir en sus investigaciones prejuicios filosóficos, de privilegiar tal o cual teoría sin justificación” (Thuillier, 1991, p. 15); sin embargo, al analizar los capítulos I,II y III del Origen de las especies, encuentro que el trabajo de Darwin, tiene en sí mismo una serie de características que me dejan ver sus intereses personales y criterios personales, no obstante ser uno de los autores más importantes en la historia de la ciencia, y tener el mérito de hacer un parte aguas en esta, al considerar al hombre como un organismo más, sujeto a las causas de variabilidad, y a  los procesos de selección natural; así como a la lucha por la supervivencia de su especie, igual que los demás animales, en contraposición de la idea religiosa de un ser humano superior a los demás animales, hecho a imagen y semejanza de Dios (Biblia, 2006, p. 2);establece un criterio diferente al religioso sobre la forma y causas que dieron lugar al origen de las especies, donde ya no se considera únicamente que en el principio, Dios creó todos los animales y plantas según su género y su especie”(Biblia, 2006, pp. 1-3); sino que las especies madre, se modifican mediante la selección natural, produciendo variedades que dieron lugar al origen de las actuales.

      Darwin en su obra hace alusión al momento de la creación o del Génesis, refiriéndolo como: “aquel remoto tiempo” (Darwin, 1982, p.13), donde en cierta manera lo da por un hecho que sucedió en la historia, sin embargo, no es su interés afirmarlo o negarlo; sino que centra su trabajo en la descripción de aquel proceso mediante el cual, las especies originarias, que no sabemos cuando aparecieron, ya que “el origen de la mayor parte de nuestros animales domésticos quedará siempre incierto” (Darwin, 1982, p. 9), sufrieron cambios que han permitido dar lugar al origen, como proceso de formación, de las especies actuales, donde “es evidente que los seres orgánicos necesitan estar expuestos durante algunas generaciones a condiciones nuevas para que en ellos se origine cualquier gran variación, que continúa luego durante muchas generaciones” (Darwin, 1982, p. 6).

      El origen de las especies, más que una producción totalmente objetiva, tiene implícitos ciertos tintes que me hacen suponer, que su autor no sólo es guiado por el deseo de conocer la verdad científica; sino que tiene otros intereses de carácter personal, económico y social, y sus afirmaciones responden a presupuestos de conveniencia y utilidad, que en cierta medida pueden parecer hasta arbitrarios. Darwin adopta en su obra una posición coherente con el que en ese momento es el sistema económico predominante en Inglaterra, el capitalismo, cuyo principal postulado es la obtención de ganancias; implícitamente considera a su país, si se puede decir así, como el más adaptado, ya que piensa en la mejora de sus razas para obtener utilidad, misma que logra mediante la aplicación principios y métodos de selección doméstica; en contraposición a los países menos adaptados, “los salvajes más bárbaros, que nunca piensan en el carácter hereditario de las crías de animales domésticos”(Darwin, 1982, p 13).  

     Desde mi punto de vista, su teoría en cierta medida justifica el sistema de clases sociales, y las diferencias individuales, al menos eso es lo que interpreto a partir de la siguiente afirmación, “No hay nadie que suponga que todos los individuos de la misma especie han sido fundidos, digámoslo así, del mismo molde, Sus diferencias individuales son de la mayor importancia para nosotros” (Darwin, 1982, p.16). Así mismo, deja entrever sus simpatías con la economía del libre mercado, donde existe una constante lucha por sobrevivir en medio de un mundo de competencia constante donde permanecerán sólo los más adaptados y los débiles deberán desaparecer. Michael Mulkay lo expresa de una manera extraordinaria: “Se consideraba que las formas biológicas mejor adaptadas sobrevivían dentro de la lucha por la vida en el medio salvaje de exactamente la misma manera que se pensaba que los individuos más aptos sobrevivían bajo los rigores de la industrialización de la Gran Bretaña del laissez-faire o bajo presiones equivalentes en otras sociedades” (Mulkay, 1985, p. 368). Es de suponer entonces que el Origen de las Especies, pretende legitimar el ideario capitalista burgués de la época, donde se consideraba a la ganancia como lo más importante. Por supuesto que la selección humana al generar razas mas adaptadas y mejorar la especie, produciría mayores ganancias a quienes la practicaran, ya que se aumentaría la producción y se reducirían los gastos, debido a que estas especies nuevas, generarían mayores rendimientos, menor tasa de mortalidad, mejores productos; las implicaciones de este postulado hoy en día han alcanzado niveles extraordinarios, ya que la producción por cruzamiento e hibridación es una práctica común entre los ganaderos, quienes aplican este proceso de selección de acuerdo a su conveniencia, y al interés del mercado donde comercializan sus productos. La selección humana, para Darwin es una práctica de carácter eminentemente utilitario, expresa que: “se hace desde luego evidente, por qué nuestras razas domésticas se adaptan en estructuras o en hábitos a las necesidades o caprichos del hombre” (Darwin, 1982, p. 14).  Y por otro lado afirma: “Hay quienes ponen en práctica el principio de selección como si ejercieran una profesión. Colocan a los carneros sobre una mesa y sobre ella los estudian; repiten tres veces con intervalo de algún tiempo este primer paso, y en todas ellas marcan y clasifican a los carneros, de modo que solamente los mejores entre los mejores son, en definitiva, los que se destinan a la cría” (Darwin, 1982, p. 12).

      Si las condiciones y causas de variabilidad son un parámetro universal, y valen por sí mismas como un proceso natural; entonces me parece, relevante el hecho de que el autor en su obra establezca que, sólo en los países civilizados se producen especies dignas de ser cultivadas, y que  los países incivilizados “no han podido darnos una sola planta que valga la pena ser cultivada” (Darwin, 1982, p. 14); valdría preguntarse lo siguiente: Si realmente la teoría de Darwin es objetiva y describe los hechos de la naturaleza, y sus postulados son universales, ¿Cuál es su criterio para determinar cual planta es valiosa o no lo es?, que acaso una planta que se cultiva en un país de salvajes bárbaros, no ha pasado por el proceso de selección natural?, sin duda, su criterio de lo que es valioso se da en virtud de que sea útil y signifique un beneficio para el ser humano, un postulado eminentemente capitalista.

      El origen de las especies, no muestra totalmente la realidad ontológica de la naturaleza, es de resaltarse el hecho de que una “una buena teoría no es [...] definitivamente irrefutable y absolutamente cierta, (sino que) es una teoría coherente que posee cierta eficacia en las condiciones dadas”(Thuillier, 1991, p. ), por lo cual, he de considerar que Darwin no propuso una teoría que tenga todas las respuestas, como lo exige idealmente la ciencia; sino que en sus planteamientos, presenta posibles respuestas al problema del origen de las variadas especies, tendientes a la demostración, de que existen factores que a lo largo de la historia causan diferencias y cambios en estas. De hecho, él nunca explica cómo se da la llamada selección natural, ya que no expresa tiempos, ni cantidades o estadística alguna, sus informaciones sólo son una serie de enunciados que tratan de explicar, a partir de la domesticación de animales y plantas; y de la teoría poblacional de Malthus, una posible solución a esta oscura cuestión. Se hace notorio el uso de términos vagos y subjetivos por ejemplo, cuando afirma que una vez que “dos o más especies o razas se hayan mezclado o no por cruzamiento, puede plenamente reconocerse en el aumento del tamaño o la belleza que ahora vemos en la variedad de plantas” (Darwin, 1982, p. 13), no explica de qué manera considerar que una nueva especie es más bella que la anterior, o, con base en qué medida consideraremos que una especie tiene mayor tamaño con relación a la otra, esto es, sin duda, un criterio que queda en manos del autor.

      Así mismo, puedo afirmar que Darwin basa su teoría en hechos limitados, no sólo por cuestiones relacionadas con la cantidad de las investigaciones hechas hasta ese momento, o por los instrumentos que se hubiese desarrollado; o por el hecho de que se le puede considerar innovador y sus teorías son pioneras en el campo del naturalismo y la biología;  sino porque para entender a ciencia cierta el proceso de selección natural, se requerirían varios miles de años de observación desde las especies primigenias, hasta las actuales; lo cual, es sin duda imposible. Ya que sólo un ser que hubiese observado estas cuestiones, podría explicarlas. Es por esto que se limita a explicar el conjunto de situaciones a partir de la experiencia de los criadores y agricultores, en una especie de muestra de lo que podría ser el medio natural; esto es, que ante su imposibilidad de explicar cuáles son los procesos de la selección natural, hace un parangón entre esta y la selección hecha por los seres humanos. Cabe hacer la siguiente reflexión: si en el proceso de selección hecha por los hombres, es el mismo hombre quien decide, en términos de conveniencia cuáles razas son las más valiosas, bellas o útiles;  procura reproducirlas y eliminar a las más débiles, o aquellas que no le son productivas; entonces en el ámbito natural, quién es el encargado de determinar cual especie es o no valiosa, útil, bella o necesaria?. Darwin lo resuelve de manera muy inteligente, hablando de un término que me parece interesante, la economía de la naturaleza; es decir, que en el ambiente natural existe una competencia donde hay una “ severidad de la lucha entre las formas próximas que ocupan más o menos el mismo lugar […] se puede deducir que la estructura de todo ser orgánico está relacionada de la manera más esencial, aunque a menudo oculta, con la de todos los demás seres orgánicos con los que entra en competencia a causa de los alimentos o residencia, o los que tiene que evitar, o a los que debe buscar para convertirlos en su presa”(Darwin, 1982, pp. 22-23).

      Si bien no se puede negar que en la producción del Origen de las Especies, se presentan hechos tanto del medio natural, como del medio doméstico, es de importancia señalar que sus conclusiones no están basadas en un Método científico riguroso; sino que comprueba sus afirmaciones en lo que yo podría denominar el gran laboratorio de la naturaleza, un medio idóneo para este fin. En virtud de lo anterior, se puede afirmar que no sólo existe un método científico, como lo postula la ciencia ideal; sino que “El investigador debe entonces ejercer sus sentidos críticos [...], el propio Darwin sabía a qué atenerse de ningún  modo consideraba su teoría como probada; sino que se contentaba con decir que hacía inteligible un gran número de hechos” (Thuillier, 1991, p. 16). Basado en lo dicho, puedo decir que ante la característica inacabada de su teoría, y por causa de que no le era posible demostrar totalmente sus afirmaciones, Darwin tuvo que echar mano de algo más que meras evidencias científicas, de hecho, su teoría se sustenta principalmente en el trabajo de productores ganaderos y agricultores (selección artificial), y desde esa plataforma pretende dar una explicación a la selección natural. Prueba inequívoca de que el ámbito social influye e interviene en la producción científica, ya que el autor, al crear su obra, lo hizo, no sólo basado en criterios de neutralidad y objetividad; sino que sus postulados son el producto del bagaje cultural inserto en su mismo ser, sus intereses, concepciones, pasiones e ideas.

      Darwin, estaba plenamente convencido de la Teoría de Malthus, y la traslado del ámbito social o poblacional,  al ámbito natural, el mismo Darwin expresa: “Esta es la teoría de Malthus aplicada con múltiple fuerza al conjunto de los reinos animal y vegetal”(Darwin, 1982, p. 21); una situación peculiar, en el sentido de que en términos de la ciencia ideal, primero se deberían considerar los hechos como son y suceden; y una vez descritos, generar una teoría al respecto, que habría de ser comprobada por los mismos hechos; sin embargo, se toma una teoría de otro ámbito del conocimiento, y se adecúa para explicar el hecho natural, prueba firme de que en su carácter de humano, Darwin explica la realidad a partir de sí mismo o de su sociedad, o de los conocimientos previos que tiene. En virtud de lo dicho, puedo entrever en el autor, más que una intención científica pura, un interés por justificar el hecho de que, hasta en el género humano se da este proceso de selección, donde los países civilizados o capitalistas representan a los más adaptados, y los barbaros o no civilizados, países de economía mercantilista, son débiles y por lo tanto tienen que desaparecer. Darwin prueba en su misma sociedad el argumento de que sólo los más adaptados pueden sobrevivir, y que sus características o variaciones son trasmitidas a las nuevas especies. La sociedad inglesa, considerada como una especie más adaptada, evolutivamente hablando, por el gran avance que había logrado en términos económicos, políticos y sociales; estaba llamada a ser “la especie vencedora en la gran batalla de la vida” (Darwin, 1982, p. 23). Según Mulkay, “lo que Wallace y Darwin hicieron fue trasladar al dominio de la biología una interpretación que había recibido su impulso y justificación a partir de una consideración de fenómenos sociales [...] llevaron a cabo esta transposición sin contar con la evidencia detallada necesaria para documentar las leyes biológicas que se tenía que suponer operaban” (Mulkay, 1985, p. 368).

      No se trata de restar mérito a Carlos Darwin, sino de demostrar que los factores sociales, económicos, políticos e ideológicos, son determinantes en el trabajo científico, y que este se realiza por cuestiones de utilidad e intereses económicos. Además, debo mencionar que el acceso al conocimiento en esa época estaba restringido sólo a aquellos que podían obtenerlo, ya porque contaban con el prestigio y las relaciones sociales necesarias, o debido a que tenían acceso a fuertes sumas dinerarias. Darwin mismo pertenecía a un grupo de gran influencia en la sociedad Inglesa, era miembro de la aristocracia, y por tanto tenía suficiente dinero para realizar sus viajes, y para adquirir todas las pruebas que acumuló; así como para pagarle a los criadores y agricultores por la información que proporcionaron; además, contaba con mucho tiempo, mismo que “invirtió en largas conversaciones con hombres de negocios, criadores, cultivadores y aficionados al tema”(Mulkay, 1985, p. 362); es de suponerse que, si estas condiciones no hubiesen estado presentes, Darwin simplemente nunca se habría conocido. Esta explicación, lo pone en el terreno de lo humano, y no del pedestal de sabio enamorado de la ciencia y de la verdad, donde muchos lo han puesto.

      Así mismo, derivado del análisis de las circunstancias que dieron lugar a la publicación misma de su obra, y de la manera en que esta se realizó, la cual implicó el despliegue de recursos materiales y económicos para poder ser llevada a cabo; puedo afirmar que Darwin, como miembro de la clase aristócrata de su época, tuvo mayor facilidad para el acceso a estos recursos gracias a la posición privilegiada no sólo de él mismo, sino también  de sus colegas y amigos, como John Stevens Heslow, cura y botánico inglés, quien le recomendó con el capitán Fitz Roy, este último jefe del Beagle, embarcación donde Darwin realizó sus viajes; así como de sus relaciones establecidas cuando fue Secretario de la Sociedad Geológica Inglesa, situaciones que sin duda, coadyuvaron para la aceptación en la comunidad científica de sus postulados.

      No dejare de hacer alusión al hecho de que Darwin tardará tanto tiempo en sacar a la luz pública sus teorías, de hecho inició sus investigaciones cuando aún era muy joven, realizó sus viajes en el Beagle cuando contaba con apenas 20 años, el cual duró 5 años, de 1831 a 1836, período en el cual recabo variadas pruebas y especímenes, que le sirvieron para confirmar sus postulados; sin embargo,  publicó hasta 1857. Tal vez esto se debió a en su juventud, Carlos Darwin no contaba con el prestigio o las relaciones publicas suficientes como para ser reconocido; así mismo, podría existir la posibilidad de que antes de 1857, el autor no tuviera la evidencias suficientes que sustentarán sus afirmaciones; o quizá simplemente porque deseaba continuar investigando e intercambiando información con sus colegas para obtener mayores elementos que dieran lugar a nuevos descubrimientos. En este tenor debo considerar lo siguiente: “el reconocimiento y, por lo tanto, la recompensa de un científico dependen de su posición institucional, del prestigio de los lugares que frecuenta y de las revistas en las que publica sus artículos”(Olive, 2003, p.55); si bien es cierto que Darwin tenía conocimientos amplios sobre el tema de la selección natural y la lucha por la sobrevivencia de las especies, y que algunas de sus pruebas, tales como especímenes recabados durante sus viajes sustentaban claramente sus postulados; también lo es el hecho, de que para él era necesario hacerse de un prestigio entre la comunidad científica de la época. Además de esto, Darwin se vio apresurado a publicar sus teorías por causa de que su colega Alfred Russel Wallace, comenzaba a publicar artículos científicos al respecto, y por supuesto, que Darwin quería tener el reconocimiento por estos descubrimientos, por causa de “la gloria que lleva consigo ser el primero” (Boorstin, 1989, p. 405).

      Puedo considerar entonces que si bien en cierto que Carlos Darwin produjo una obra sobresaliente, que en su momento significó una posición revolucionaria de la concepción científica, también se debe decir que no se trata de una teoría totalmente concebida por él; sino que se apoyó, como se ha dicho antes en otras disciplinas y conocimientos de la época; así como en las practicas de los criadores y cultivadores, y en sus relaciones con otros científicos e investigadores de la época, una especie de “organizaciones oficiosas en cuyo seno circulan informaciones, se intercambian versiones preliminares de artículos y se traban relaciones” (Olivé, 2000, p.65). Tal vez su mayor merito esta en el hecho, de que si bien no logró explicar totalmente los diversos hechos que dan lugar a la selección natural y al origen de las especies, al menos progresó hacia un conocimiento mejor de estas cuestiones. Tal como lo menciona Thuillier, “Los científicos, con paciencia y repetidos esfuerzos, acaban por escribir y explicar cada vez mejor determinados fenómenos. Tal vez no lleguen a la Vedad absoluta [...]; pero resuelven, con mayor o menor exactitud, un gran número de problemas”(Thuillier, 1991, p. 17). Puedo decir entonces que Carlos Darwin fue uno de los primeros que abrió la puerta al vasto mundo del conocimiento de las especies y de las causas de variabilidad entre estas; así como de la lucha por la sobrevivencia, como quien pone la base o fundamento sobre el que posteriormente otros construirán sus teorías y postulados, dirigidas hacia alcanzar, si es que fuese posible, un cada vez mejor conocimiento de la verdad científica, y cumplir cabalmente con el postulado ideal de desvelar los hechos tal y como son; sin criterios de carácter objetivo; sino en un ejercicio de la más amplia neutralidad.

      Darwin podría, desde mi punto de vista representar en si mismo su teoría, en el sentido de su especie tuvo variaciones en comparación con la anterior, ya que en cierta manera, dejo de usar las concepciones antiguas teológicas, y produjo nuevos cambios (concepciones científicas), en una especie de adaptación a las circunstancias económicas y sociales; que estas variaciones fueron después heredadas a sus descendientes a manera de modificaciones útiles para la continuidad y supervivencia de la especie humana, en medio de un mundo competitivo y lleno de cambios, donde “..Los seres vigorosos, saludables y felices sobreviven y se multiplican”(Darwin 1982, p. 23).  Es en este ambiente de competencia donde sin duda todos nosotros estamos inmersos, y sólo los más adaptados sobreviven.

     

Alfonso Luna Martínez.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

BIBLIOGRAFÍA

-          Santa Biblia. (2006).  Brasil: Sociedades Bíblicas Unidas

-          Boorstin, D.J. (1989). Los descubridores. Barcelona: Crítica

-          Darwin, C. (1982). El origen de las especies. México: Consejo Nacional de Ciencia y Tecnología.

-          Mulkay, M. (1985). La ciencia y el contexto social. En: León olive, La explicación social del conocimiento (pp. 353-359). México: UNAM.

-          Olivé, M. (2003). Sociología de las Ciencias. Buenos Aires: Nueva Visión.

-           Thuillier, P. (1991). De Arquímedes a Einstein. Las caras ocultas de la invención científica. México: Alianza-CNCA.