Cada viernes por la noche era lo mismo, el bar del centro de la ciudad, el lugar cerca del ventanal, la puerta abierta de par en par y la copa de vino francés; al otro extremo del local, el cristal de una copa golpeando el suelo estalló los vidrios de mi corazón.

El frío de la noche soplaba fuerte, el viento al colarse por las ventanas abiertas como un loco poseído jugaba con su cabello cubriendo en un acto de malicia los ojos brillantes de misteriosa mirada; los labios que dejaban ver una sonrisa sensual nunca antes vista, insinuantes y aterciopelados como un durazno me incitaban a morderlos y dejar que su sabor inundara mi boca con un placer lastimero; y ese cuerpo varonil como esculpido por los más grandes dioses del Olimpo me nublaba la vista perdiéndome en un torbellino de exquisito placer irreal.

Cerré los ojos para sentir las caricias de sus manos, la electricidad en mi ser, el escalofrío entre las piernas, el ritmo cardiaco acelerado, ardiente fiebre en mi cuerpo y unas ganas inmensas de gritar, me apartaban por completo del resto de las personas que entretenidos en su diversión no habían notado el rubor sexual en mi piel.

Los días pasaron, las noches llegaron, miles de lunas ante mis ojos bailotearon y la silueta de aquel hombre ante mí, jamás apareció de nuevo.

Caminaba sin rumbo fijo, llovía sin mi cuerpo percibirlo, los parques no tenían sentido, las calles no tenían color, el calor del sol no calentaba, el frío de las noches no helaba, él se había convertido en el pan de cada día, en mis ganas de vivir, viviendo sin vivir y muriendo sin morir.

Durante mucho tiempo la cita perfecta era cada noche con mi cama, dormía para soñar, soñaba para vivir, a veces lo veía en sueños color rosa, otras el color era un rojo carmín, rojo pasión, donde las noches se convertían en verdaderas experiencias sexuales que al despertar me dejaban una resaca como de tres días y una insatisfacción personal la cual sólo lograba calmar nuevamente por las noches. Esas eran las noches de un pobre soñador sin oficio ni beneficio que coleccionaba lágrimas en el interior de su cuerpo pues nunca lograban salir; así eran los días en los que el único objetivo a lograr era sobrevivir a la angustia de no poseer el objeto del amor que tanto tiempo vuelve loco a más de uno.

Dirían en algún lugar, la suerte es como el tour de Francia, si esperas pasa volando; así que tienes que agarrarla mientras puedas pero uno hace lo que puede cuando puede y como puede, y hasta ese momento en mi corazón sólo había tristeza y seguramente en mis labios el sabor era de dolor.

Cuando la esperanza había muerto y caminaba como un robot autómata ocurrió el milagro de vida que nunca esperé recibir; una mañana al salir de mi casa para ir a la universidad me lo encontré, a partir de ese día, siempre sin falta cuando el reloj daba las 6:30, lo veía venir a lo lejos con paso presuroso y justo en el momento en que nos cruzábamos, sus ojos en un movimiento apenas perceptible me miraban de reojo como quien mira sin observar algo que llamó su atención, visto en el pasado pero en el presente no logra ubicar. Varios días quise acercarme a él, había planeado perfectamente el movimiento y la manera en como abordarlo y cuando al fin decidí actuar y enfrentar mis miedos para ver mis deseos cumplir, ocurrió algo aún más inesperado; como salida de la nada una mujer corría hacia él.

Los días una vez más empezaron a pasar sin él, pero las noches ahora se alargaban sin su amor, sin sus besos, sin sentir el placer de tener su cuerpo desnudo junto al mío. Y, en un intento de no derrumbarme pensando en que ya nada podría perder en la vida que comenzaba a odiar, el destino uniendo sus hilos macabros, tejía como una araña ponzoñosa los hilos de una fantasía vuelta realidad.

Como quien mira una estrella y cree que nunca en su vida la podrá alcanzar, que nunca entre sus manos tendrá, nunca sus brazos estrechará, así lo miraba a él, mucho tiempo esperaba verlo pasar sin importar que una palabra no me dirigiera, pero cuando al contrario de todo lo que esperaba lo hizo, el mundo cambió y de un día para otro la vida cobró sentido, pues desde la primera vez que lo vi supe que debía ser para mí. Y cuando en la universidad llegaba el turno de la clase del nuevo profesor, mis ojos no dejaban de verlo y creo que hasta de desnudarlo con la vista y sus ojos me miraban a mí con esa sensualidad que ya lo caracterizaba entre las alumnas y jóvenes profesoras. Pocos tenían el privilegio de hablar con él, pero sólo yo tenía el privilegio de poseerlo días tras día, noche con noche en la oscuridad de mi habitación en mis más anhelados sueños.

Bajaba la escalera cuando le descubrí, era de noche y el tercer piso se hallaba vacío, el encuentro casual jamás planeado abrió ante mí un mundo de posibilidades, la respiración me cortó, las piernas temblaron, la sangre se heló; de su boca un Hola saludó y cobardemente en la oscuridad del pasillo me oculté. Siguió de largo y desde el mismo sitió en el que me detuve y me oculté, lo seguí observado hasta que dobló en la puerta de un salón. Sin pensar caminé a ese salón donde lo observé, entré sin dejar de verlo a los ojos y  mientras me acercaba, él dejaba sus apuntes en el escritorio, lo tomé de las manos y besé sus labios oprimiéndolos con violencia, aspiré el aroma de sus ropas y su cálido cuello se curvaba esperando la caricia de mi boca, los sacos cayeron al suelo, uno a uno desabroché los botones de su camisa blanca, su desnudo torso perfectamente formado se estremeció al contacto de mi piel, mis manos se paseaban por sus brazos, su espalda,  su abdomen; él arrugaba mis ropas pareciendo una bestia salvaje y me estrujaba con vehemencia como si fuera la última vez que gozaría de un placer carnal, como si hubiera estado durante mucho tiempo sin probar las delicias de un cuerpo ajeno junto al suyo. Ambos sabíamos lo que pasaría después, aunque podría estar mal no importó, el ambiente rebosaba pasión, se respiraba deseo y sin medir las consecuencias, todo lo que descansaba sobre el escritorio cayó al piso haciendo un ruido silencioso, preludio de una danza sumida en el éxtasis, uniéndonos cada vez más en un acto purificador que borboteaba adrenalina en cada uno de nuestros sexos y la humedad incitaba el deseo que crecía velozmente, como si fuera pólvora esparcida por un caminito largo que corre velozmente esperando el momento de estallar, en mi pensamiento sólo había fuegos artificiales, cerraba los ojos y veía las estrellas, aún en este momento de mi vida después de mucho tiempo al cerrar los ojos por la noche veo las estrellas y me entran unas ganas feroces de volverlo a ver.

La noche era joven y el edificio estaba casi vacío, será que el saber que corríamos peligro de ser descubiertos hacía más excitante el momento y nuestras ganas en vez de cesar aumentaban con una intensidad sorprendente, como una carrera de autos, los dos competíamos inconscientemente por ser más ardientes que el otro. Toqué su sexo duro y húmedo que reclamaba llegar al clímax, ahora fue el turno del pantalón caer al suelo seguido del boxer y sus glúteos firmes me volvían loco de ardor, no podía esperar, ya era el momento, la excitación había durado tanto que sentía que mi sexo iba a explotar de un momento a otro si no me soltaba, mi orgasmo había llegado y justo cuando iba a alcanzar el clímax, la puerta se abrió, el encargado de intendencia se preparaba para iniciar su labor.