Tonantzin

“El día en que no se adore a la Virgen del Tepeyac

 en esta tierra, es seguro que habrá desaparecido,

no sólo la nacionalidad mexicana, sino hasta el

 recuerdo de los moradores del México actual.” 

Ignacio Manuel Altamirano (La fiesta de Guadalupe) 


            Desde la primera vez que visité, hace ya algunos años, la región de la Montaña de Guerrero y específicamente la ciudad que recibe el célebre mote de “el corazón” de dicha zona, debido a la importancia que tiene, social, cultural, política y económicamente, llamó mi atención de modo particular un impresionante recinto localizado a las afueras de dicha urbe y no sólo por las instalaciones que, aparentemente cada año renuevan y expanden (pese a que la Montaña es la región con mayor índice de pobreza en el estado), sino también por su peculiar nombre: me refiero al Seminario Tonantzin, situado a las afueras de Tlapa de Comonfort.

            En ese respecto, al visitarlo y estar en él desapareció el asombro por su estructura en gran medida, pero no así por su nombre, que abrió para mí toda una serie de conocimientos nuevos y complejos. Para empezar, un seminario católico con un nombre en lengua náhuatl era ya extraño para mí. Más tarde, al comprender que existía un alto índice de población indígena en la zona, y al ser la náhuatl probablemente la más importante, quedó de alguna forma justificado tal proceder. Faltaba ahora descubrir qué palabra de dicha lengua era tan trascendente como para nombrar con ella al semillero de predicadores y cubrir la titánica tarea de simbolizar tanto la tradición cristiana, como la cosmología indígena, para canalizar así todo el peso religioso del indio y del mestizo en un fin común. Sin lugar a dudas, si hay una palabra capaz de cubrir esta empresa, esa  es precisamente Tonantzin; el sobrenombre más importante que se le asigna a una de las advocaciones marianas más conocida por el mundo: la Virgen de Guadalupe.

            La palabra Tonantzin proviene del náhuatl to-, que es el pronombre posesivo plural de la primera persona (nuestro, nuestra), nantli, el sustantivo que significa madre y tzin, un sufijo que indica la forma reverencial (la forma de respeto) de las personas o cosas. A veces esta última partícula también puede indicar diminutivo, con el sentido de cariño hacia el objeto que se le aplica. Así, la traducción de esta palabra al castellano sería “nuestra madre” o “nuestra madrecita”. Esta era la manera en que los antiguos aztecas nombraban a la deidad a la que precisamente rendían culto en el cerro del Tepeyac, una diosa con atributos de fertilidad y de protección. La madre de los dioses y por ende, de todos. 

            Uno de los primeros en notar y registrar esa continuación que el pueblo llevó a cabo del rito de Tonantzin en el de Guadalupe,  fue el célebre fray Bernardino de Sahagún en la Historia general de las cosas de Nueva España, donde refiere: “era grande el concurso de gente en estos días, y todos decían vamos a la fiesta de Tonantzin; y ahora que está ahí edificada la iglesia de Ntra. Señora de Guadalupe también la llaman Tonantzin[1]. El célebre fraile notó el fervor con que, los indios sobre todo (pero más tarde también, todo habitante de la Nueva España), empezaron a sentir y recrear en el santuario guadalupano, en parte encubriendo sus prácticas prehispánicas, pero a la vez forjando ya una religiosidad ecléctica que es el principio de la idiosincrasia moral-espiritual mexicana. Incluso en el mencionado escrito, pretende negarse el nombre de Tonanzin como el legítimo de la Madre de Dios, amén de llamarlo “invención satánica”: “el vocablo significa de su primera imposición a aquella Tonantzin antigua, y es cosa que se debía remediar porque el propio nombre de la Madre de Dios Señora Nuestra no es Tonantzin, sino Dios y Nantzin[2].

            Muy a pesar de las críticas que llegaron a desatarse por parte de frailes y otros testigos de esa fe que comenzó a surgir en el amanecer de nuestro país (y que han sido poco estudiadas), la devoción por la Guadalupana en ese extraño reconocimiento, a veces aceptado y otras contrariado de encontrar en Tonantzin su precedente y su simbolismo, ha crecido para convertirse en el rito católico latinoamericano por excelencia. En nuestro país, la morenita del Tepeyac plasmada en el ayate de Juan Diego es más concreta y palpable en el imaginario popular que el gobierno mismo o los problemas económicos que nos puedan aquejar. En otras palabras, como lo expresara Octavio Paz: “El pueblo mexicano, después de más de dos siglos de experimentos y fracasos, no cree ya sino en la Virgen de Guadalupe y en la Lotería Nacional”[3] El doctor Miguel León Portilla, conocedor de la herencia náhuatl en nuestra historia, nos dice respecto a ella: “Tonantzin Guadalupe −más allá de la demostración o rechazo de sus apariciones−,  ha sido para México tal vez el más poderoso polo de atracción y fuente de inspiración e identidad” [4], y no es para menos, al revisar la historia y descubrir el símbolo en la Nueva España y la gestación de independencia, en la misma lucha insurgente y de igual modo en la revolución de principios del siglo pasado. Francisco de la Maza, imprescindible en el discurso en torno a lo guadalupano, nos refiere esta tradición como “sencilla, ingenua y hermosa”, capaz de producir un culto que, dice, “llegó a ser, en un momento dado, la señal de la patria”[5]. En fin, baste por ahora decir que con tantos años a cuestas La Villa y la Virgen permanecerán como una fuente de la que beberán millones de mexicanos, y con seguridad, con nombre tan fundamentado en la historia, el mencionado seminario Tonantzin allá en mi querida Tlapa, permanecerá ajeno a las inclemencias del mundo humano, por mucho tiempo más.



[1] Bernardino de Sahagún, “Sobre supersticiones” en Testimonios históricos guadalupanos. Compiladores: Ernesto de la Torre Villar y Ramiro Navarro de Anda. Fondo de Cultura Económica 2004. P, 144. El texto en la obra de Sahagún, Historia general de las cosas de Nueva España, se encuentra en el lib XI, nota final.

[2] Ibid.

Respecto a esta célebre cita de Sahagún, tan reproducida y conocida en el mundo del guadalupanismo, habría que aclarar cierta cuestión. Cuando el autor dice que el nombre correcto en náhuatl de la Virgen María es: Dios y Nantzin, así reproducido en todos los autores que citan estas líneas (o al menos los que he consultado), según mi ver y mis pobres conocimientos de la lengua náhuatl, no se escribe correctamente, y por ello carece de sentido en dicha lengua. Lo que se desea expresar seguramente es: Dios Inantzin o aun si se quiere Dios Ynantzin, es decir, el prefijo náhuatl I- o Y-, que es el pronombre posesivo singular de la tercera persona, en este caso  antepuesto a “madre”. Lo que arrojaría una traducción de; “su madre de Dios” o más correctamente “la madre de Dios”, no pudiendo ser jamás esa conjunción española “y” que aparece siempre. Si el error procede desde el mismo Sahagún o es posterior lo ignoro.

[3] Octavio Paz, “Entre orfandad y legitimidad” en Jacques Lafaye, Quetzalcóatl y Guadalupe. La formación de la conciencia nacional. Fondo de Cultura Económica 2006. P, 13.

[4] Miguel León Portilla, Tonantzin Guadalupe. Pensamiento náhuatl y mensaje cristiano en el “Nican Mopohua”. El Colegio Nacional – Fondo de Cultura Económica. 2002. P, 14. 

[5] Francisco de la Maza, El guadalupanismo mexicano. Fondo de Cultura Económica. 1981. P, 9.