MUNDO SOLITARIO

Miguel Francisco Barrera Aldama

Diciembre 2009

 

La habitación se encuentra ocupada por su inquilino. Sí, es ése. Exactamente, ése, el muchacho taciturno que suele pasear ensimismado, descuidado en su apariencia, en su forma de vestir. Sí, el mismo que no tiene amigos y que todo el mundo se burla de él, por su peculiar y extraña forma de ser. Este joven taciturno, decidió que no podría seguir soportando la crueldad a la que es capaz de llegar el más cruel de todos los seres, cuando así se lo propone: el ser humano. Se podría decir que todo él, su mente, su espíritu, su cuerpo, habían sido víctimas de tal crueldad, misma que había soportado estoicamente todos los días, meses y años que componen su corta, pero aciaga existencia. Por lo tanto, y al no tener nadie quien comprendiera y tolerara su muy particular forma de ser, decidió seguir el ejemplo de los anacoretas que él admiraba tanto, él mismo se hará uno de ellos. De hecho, ya tiene todo preparado y con cuidado seleccionó y estuvo al pendiente de empezar su nueva vida, lejos de esta cruel humanidad que jamás lo entendió y, seguro estaba, absolutamente no lo entendería jamás. Para todo mundo, él siempre ha sido un anónimo sin importancia, un ser “x”, alguien con apariencia estrafalaria que más bien afeaba el paisaje, alguien cuya compañía siempre era rehuída y nunca deseada. En ningún momento lo dejaron sus compañeros de mundo exteriorizar sus bellos sentimientos, sus deseos de compartir lo que él mismo era, aunque no fuese agradable para los demás, pero él sí deseaba integrarse, ser parte, ser miembro de un todo que se empeñó en excluirlo siempre. Nuestro taciturno amigo, no obstante la dura lección recibida de hasta cuáles niveles de crueldad puede llegar a cometer el ser humano, nunca le deseó mal a nadie, y menos guardó algún tipo de resentimiento o rencor hacia sus semejantes; sin embargo, deseaba que no lo lastimaran más. Por eso, decidió apartarse de todo el mundo que le seguía haciendo mucho, muchísimo daño. Él decidió ser un anacoreta, pero un anacoreta moderno. No deseaba trascender a la vida mística, simplemente se encerraría en su mundo muy particular, en su universo privado que sólo era de él, que sólo él cargaba, que sólo él entendía, que sólo él sería su soberano, y a su vez, su mundo sería su único dueño y motivo por el cual seguir existiendo. Se encerraría en un cuarto, sólo él, sus libros, su única amiga que siempre estaba dispuesta para acompañarlo en el momento y a la hora decidida por él: su entrañable PC. El deseaba dejar plasmado su mundo, no dejar que se perdiera, dejar constancia documentada de que alguna vez pasó, pisó, sufrió y finalmente se fue de este pedazo de tierra sideral, que todos conocemos por ser un gran valle de lágrimas y en el cual estaremos por un buen rato. Él, nuestro joven anacoreta, desea sumergirse en la exclusividad de su mundo, sólo en su universo, sólo él y su cerebro. Decidió empezar el desarrollo de su mundo, a través del instrumento capaz de mover cielos y montañas, de transformar lo inimaginable en cotidiano, hábil para transmutar una lágrima en una sonrisa, es decir, a través de la palabra. Tal vez, por eso mismo siempre fue incomprendido por quienes siempre lo rodearon. La palabra es mágica, pero cuando la palabra sólo es posible en aquella persona que la quiere transmitir, sin que exista un receptor para el emisor, la palabra aparentemente se esconde, hasta cuando alguien es capaz de comprenderla y se la apropia y se la adueña. Con nuestro joven anacoreta no sucedió así, por eso decidió guardar sus palabras, con las cuales construirá la urdimbre de su único y personal mundo. Decidió apartarse para siempre del mundo que siempre lo rechazó, sí, exactamente, de esta tierra, para entregarse por completo a la construcción de su único mundo, el mundo al que él pertenecía, y que sin embargo, jamás había podido entrar en él, hasta ahora. El entorno es magnífico, y los planes del moderno y joven anacoreta parecen ir viento en popa. Sólo en su habitación, rodeado de sus libros, fuente de conocimientos y de otros mundos, de otras visiones, de otros saberes y entenderes que fueron a su vez el manantial en el que abrevó para contar con los elementos de construcción de su mundo, su único mundo. Una vez que empezó a sustraer de la imaginación que habitaba en su brillante e incomprendida mente los personajes que desde hacía mucho tiempo le exigían a gritos “¡sácanos de aquí!, ¿qué no ves y no quieres nuestra compañía?, somos los únicos que siempre te acompañaremos a donde tu vayas, a donde tu quieras. Tú eres nuestro creador, para nosotros tú eres nuestro dios”, mientras le hacen una reverencia, al tiempo que el joven anacoreta responde “¡no digan eso jamás! Yo nunca seré su dios, aunque es bien cierto que sí soy su creador. Pero ante todo soy su amigo, y ustedes son mis amigos, mis hijos, los que me sostienen para vivir. Jamás repitan que soy su divinidad” presto se dispone a responder el anacoreta, quien sentirá la necesidad de extraer más y más personajes de su imaginación, dejando de todos y cada uno de ellos constancia de nacimiento, la cual será a su vez constancia de la existencia del anacoreta. Por cierto, ¿su nombre?, no importa, de todos modos nadie lo recuerda ya. De hecho él mismo es producto de la imaginación y de la mente de sus personajes, de sus queridos hijos, a los cuales decidió acompañarlos para siempre, en su mundo, en el mundo de él y de ellos, un mundo que jamás se verá afectado por la crueldad, la incomprensión, el rechazo. Un mundo a la medida de él y de ellos. Él, junto con ellos, desaparecieron a los ojos de este mundo perverso, despiadado y salvaje de la realidad cotidiana, invisible para todos nosotros, pues estamos inmersos en ella. ¿El anacoreta?, ¿cuál anacoreta?, es que, ¿hubo alguna vez un anacoreta moderno?, no me acuerdo de haber conocido alguno. En fin, lo único que me queda es formar mi propio mundo, sólo mío, donde no haya exclusiones, ni rechazos, ni crueldades, ni ...