EL POSITVISMO Y SU INTRODUCCIÓN EN MÉXICO.

 

Por José Luis Macías Guerrero.

 

INTRODUCCIÓN.

El pensamiento filosófico sobre la sociedad industrial de Saint-Simon, quien fuera maestro de Comte, sin duda impacto en el pensamiento filosófico positivo planteado por este último.

Algunos teóricos sociales como Augusto Comte, consideraron que la aparición del sistema industrial y de las ciencias positivas estaba “destinada a desarrollar la acción racional de la humanidad”.

Comte plasmo en su visión el impacto del espíritu técnico y científico que iba a dominar en las modernas sociedades industriales, y diseño la idea de progreso con un matiz de secularización, a través del cual el pensamiento teológico y metafísico pasó a ocupar un segundo lugar.

Anhelaba una sociedad estable gobernada por una minoría de intelectuales que empleara el método científico para resolver los problemas humanos y para mejorar las condiciones sociales que aparecían con la sociedad industrial en Europa.

A su vez esta filosofía positiva trascendió a América Latina y particularmente en nuestro país esta filosofía fue utilizada como herramienta política para crear las condiciones propias para la transformación de México en una sociedad “moderna” bajo la máxima comtiana de orden y progreso.

La intención de este trabajo es revisar algunos elementos fundamentales de la filosofía positiva de Comte y conocer cómo se dio la penetración, funcionamiento y consecuencias del positivismo en México. 

 

 

I. LA EMERGENCIA DEL POSITIVISMO.

El contexto para entender a la Europa de mediados del siglo XIX es el siguiente: En aquel momento se vivía un profundo proceso de cambio en los ámbitos económico y social debido a la transformación del régimen tras la revolución industrial; mientras que en el terreno político, Francia experimentaba la caída del antiguo régimen y la emergencia de un nuevo gobierno que ante los acontecimientos debía obligadamente cambiar su orientación para poner énfasis en la atención de los asuntos de interés público con una visión acorde a la modernidad.

Es en ese sentido que para dar una respuesta a la revolución científica, política e industrial de este tiempo Comte propuso como requisito indispensable para enfrentar el momento histórico que se vivía en Europa: una reorganización intelectual, moral y política del orden social. Pensó que cualquier reconstrucción sólo era posible tras adoptar una actitud científica producto de un proceso social anterior, a lo que denomino filosofía positiva.

El planteamiento positivo debe ser considerado en dos niveles, primero, como una nueva filosofía que debe ser integral para alcanzar el conocimiento; segundo, señala su filosofía positiva como un sistema en evolución intelectual de la humanidad.[1]

Así entonces el contexto social, económico y político de Francia, en particular, se traduce en la necesidad de cambio en las formas de pensar a fin de crear los instrumentos necesarios que permitan la aparición de nuevas formas para dirigir a la sociedad.

La filosofía positiva sostiene que la necesidad de generar procesos mentales es propia de la naturaleza del hombre; asimismo señala que el intelecto es un ejercicio regular que para funcionar requiere de la combinación de dos elementos, estabilidad y actividad, de donde inminentemente surge el orden y el progreso, estos dos últimos conceptos son la base fundamental de la filosofía positiva.

 

II. ROUSSEAU, SAINT SIMON Y COMTE, EXPRESIONES TEÓRICAS DIVERGENTES Y CONVERGENTES EN TORNO AL ORDEN SOCIAL.

De acuerdo al entendido de Comte, en razón de lo que denomina como virtud humana y meta a la que debe aspirar cualquier individuo que es la de alcanzar el ideal de orden y progreso que permitirán el desarrollo integral, existe un antecedente histórico que ofrece una visión diferente, la teoría desarrollada por Rousseau.

Bajo la óptica de Rousseau se aprecia una crítica sobre el progreso de la civilización, primero enfatiza que el estado de naturaleza del individuo le permite al hombre vivir sin una serie de vicios (buen salvaje), segundo plantea que la civilización, es decir, la modernidad crea aspectos como la maldad, la desconfianza, la competencia, la desigualdad,  la pobreza y la opresión de los ricos sobre los pobres; por tanto como salida para alcanzar el orden social ofrece una alternativa contractualista para evitar que el progreso alcanzado por la modernidad genere un estado de desorden,[2] esta visión es diametralmente opuesta y crítica en razón de la propuesta teórica de Comte.    

   Por otro lado, Saint Simon, maestro de Comte, que es considerado uno de los fundadores y teóricos del socialismo moderno tiene una serie de escritos que contienen razonamientos en favor de una organización social, en donde establece que ésta deberá ser encabezada por hombres sabios y basada en la industria, el objeto de esta sociedad nueva, definida por él como sociedad industrial, debe beneficiar por igual a todos los componentes de la sociedad.

Saint Simon plantea la necesidad de contar con recursos económicos como elemento indispensable para el desarrollo de la sociedad, pero lo cataloga tan sólo como un medio, y a su vez precisa que el objetivo fundamental es “…organizar un gran establecimiento industrial y fundar una escuela científica de perfeccionamiento”.[3] 

La situación europea a finales del siglo XVIII y vísperas del XIX, experimenta una escenario de violencia, Francia en particular vive una serie de conflictos específicos, Saint Simon con su agudeza personal, constata esta parte y expresa su pensamiento filosófico positivo a partir de descubrir “una idea nueva, la felicidad: La época dorada del genero humano ya no está detrás de nosotros, sino delante, en la perfección del orden social”.[4]  

La ciencia de las sociedades se convierte de manera estricta en una ciencia positiva, a Saint Simon no le importa la forma de gobierno dentro del Estado, sin embargo enfatiza que mientras el contenido sea productivo y social y este esfuerzo esté orientado hacia el progreso, entonces se considerará que se cuenta con capacidad política.

Bajo estas dos ópticas, se aprecia un interés común que es el de ofrecer alternativas para generar un orden social en medio de una situación económica y política dinámica debido al nuevo modo de producción orientado a dejar el feudalismo con rumbo hacia el capitalismo, en donde este último se encontraba en auge en aquella época.

 

III. ESTADOS TEÓRICOS DE LA HUMANIDAD E IMPORTANCIA DEL TEOLÓGICO.

            Para llegar a la consolidación de la doctrina positiva, Comte dice que el individuo y la especie humana necesariamente tiene que pasar por tres estados teóricos diferentes, a saber: el teológico; el metafísico y el positivo; al primero le da el estatus de provisional y preparatorio, al segundo lo caracteriza por constituir una modificación disolvente del primero y lo determina como transitorio y al tercero lo coloca en la categoría de racional.[5]

            Asimismo, señala que el estado teológico consta de tres fases (fetichismo, politeísmo y monoteísmo), que se desarrollan a partir de establecer que, la inteligencia humana se encontró en ese momento por debajo de los más sencillos problemas científicos, en este estado el conocimiento es absoluto.

El estado inicial fue indispensable para combinar ideas morales y políticas, es claro que durante este periodo la civilización no pudo concebir desarrollo prolongado, sin embargo esta filosofía inicial significó un paso importante para la sociabilidad ya que el mayor peso fue crear con este estado una autoridad espiritual que fue la única que pudo surgir.

            Bajo este esquema, el espíritu positivo no mencionaba un rechazo total del espíritu religioso, consideraba que el conocimiento y el saber racional fueron posibles en función de la inspiración divina, por tanto la religión y en especial el catolicismo cumplió su misión histórica.

 

IV. EL POSITIVISMO Y SU INTRODUCCIÓN EN MÉXICO.

            Gabino Barreda fue alumno de Augusto Comte entre 1847 y 1851 en París, él, de alguna manera fue uno de los responsables directos de la introducción del positivismo en la tradición de la filosofía mexicana. La introducción del positivismo en México se observó fundamentalmente en el sistema de educación y simultáneamente también fue utilizada como un arma política.[6]

            En 1867, año de la Restauración de la República, el Partido Liberal Mexicano se declara, políticamente hablando, como partido triunfador y de modo inicial el positivismo se convierte en la filosofía y en el instrumento ideológico de este partido.

            El positivismo en México era conceptualizado como un sistema con un contenido característico sobre la historia, la educación y la política; significaba además una filosofía opuesta al catolicismo dominante en México.

            Por otro lado, la carga cultural de la filosofía positiva asumía la participación del espíritu religioso como parte importante y trascendente en el desarrollo del espíritu positivo, lo cual por sí mismo ofrecía las condiciones para que los liberales mexicanos, que en su mayoría eran católicos, justificaran su intervención en el poder que antes ostentaba el clero, así asumieron una condición que les permitió no generarse un agudo conflicto interno.

Lo anterior permitió, a esa generación de mexicanos, separar la esfera de la religiosidad de los ámbitos correspondientes a la ciencia y la política; esta acción por parte de los liberales tuvo su justificación bajo la idea de concebirse como ente racional pero al mismo tiempo como ente que culturalmente reconoce la existencia antecedente de una carga religiosa importante, que le permitió al clero tener control político pero que ya no podía ofrecer la modernidad que el país requería.

            La posición de los liberales, en su mayoría, determinaba la necesidad de que en México se abriera paso a la creación del industrialismo y del capitalismo; la Ley Lerdo en el contexto de la desamortización de los bienes eclesiásticos tendría la capacidad de crear el capital circulante necesario para su multiplicación.

            Las propiedades amerindias comenzaron a desaparecer entre las manos de especuladores políticamente poderosos o en su defecto fueron absorbidas por las haciendas cercanas, así pues, cerca de 54.4 millones de hectáreas que representan el 27 por ciento del área toral de la República mexicana fueron transferidas a unos cuantos individuos, por lo que cerca del 50 por ciento de la población rural no tenía tierra.[7]

            La venta de los bienes eclesiásticos beneficio únicamente a quienes pudieron adquirirlos, incluso personajes significativos del bando liberal, por tanto esta medida daño a un número considerable de comunidades indígenas y campesinas, debido a la transformación de los habitantes que pasaron de ser propietarios comunales a peones que no tuvieron que ofrecer más que su fuerza de trabajo, lo que sin duda reforzó el sistema latifundista.

            El México después de la Reforma de 1857, caracterizado por ser un país dirigido por la generación de los positivistas forjó una nueva conquista de la tierra, que repercutió directamente en la movilización de la fuerza de trabajo indígena y campesina con el objeto de lucro privado, gracias al mecanismo del Estado modernizador.

 

V. EL POSITIVISMO COMO INSTRUMENTO DOMINANTE EN MÉXICO.    

            El liberalismo mexicano culminó en una dictadura, encabezada por Porfirio Díaz, quien vio a través del lente del positivismo, planteado por Comte y enriquecido por algunos liberales mexicanos, y decidió que era la única instancia posible para lograr el orden social y la reorganización del país.[8] 

            El modelo económico que se planteaba como ideal burgués, era la transformación de la sociedad mexicana en una sociedad moderna, el régimen de Porfirio Díaz insistió en crear las estructuras modernas pero en el fondo no altero las antiguas, y a pesar de ello así es como implementa una política de apertura a los capitales extranjeros encabezados por Inglaterra y los Estados Unidos, es así como comienza a operar una incipiente burguesía en México, con una base socioeconómica sustentada en el latifundio.

            El latifundio representado en México por la hacienda, se caracterizaba por la propiedad y administración familiar, el área de trabajo e incluso la habitación, para muchos dependientes, representó más que la mera unidad de producción, era pues, la representación de un tipo de organización social, que a su vez ofrecía prestigio social y un amplio poder político, riqueza e ingresos.

            La hacienda simbolizaba seguridad en todos sentidos además de proporcionar a sus propietarios el estatus que requería la oligarquía nacional que representó la monopolización y acceso a la tierra, elementos que le ofreció a esta clase dominante la política mexicana basada en la filosofía positiva.

            Bajo el precepto general del orden y el progreso, y en razón del desarrollo económico es que se establece una alianza política entre la clase latifundista, la incipiente burguesía nacional y la burguesía internacional, el resultado de esta alianza generó las condiciones propias para que en México se desarrollara un capitalismo dependiente con una burguesía subordinada.

            Los positivistas mexicanos crearon las bases de una ideología que sostuvieron los actores políticos e intelectuales (científicos) que pasaron a formar parte de la clase política dominante, éstos a su vez justificaron la política, también dominante, de la dictadura porfirista.

 

CONCLUSIÓN

Comte y Saint Simon bajos su ideal positivo establecen que se requiere la participación de una clase, la de los científicos, en las estructuras de poder para  impulsar el trabajo y el desarrollo científico como método y medio para alcanzar el orden y progreso que demanda la nueva sociedad, es decir, la sociedad moderna, la nueva civilización.

Por otro lado, Rousseau ve la necesidad de establecer un orden social a partir de plantear que la modernidad trae consigo la degeneración y perversión de los individuos y, por tanto, señala que éstos deberán renunciar a su derecho natural a partir de la adopción contractual como un instrumento propio para alcanzar el equilibrio que la sociedad moderna necesita.

El gran europeocentrismo arraigado de Comte, aunado a su filosofía positiva que procurará el orden requerido en la sociedad conforma una ideología propia para sustentar el capitalismo europeo. 

            La filosofía comtiana deja entrever una profunda indiferencia hacia los ideales de libertad de la Revolución francesa, plantea que los cambios violentos no son los apropiados, por tanto rechaza como medio para alcanzar sus ideales la acción de la Revolución francesa.

            En México la política agraria y laboral del porfiriato, ente representativo de los positivistas mexicanos, representó un intento por alcanzar al mundo occidental en la industrialización y modernización, esto por si mismo, significó la masiva distribución a manos privadas de tierras nacionales, este gran esfuerzo estaba orientado a promover la libre empresa que proponía la inserción del país en el juego económico del capitalismo dependiente.

            La legislación republicana transformó las propiedades religiosas, las tierras públicas y las posesiones comunales en grandes haciendas privadas, la hacienda jugó un papel importante de control socio económico y político a favor de la  oligarquía nacional que perduró hasta el siglo XX.

            Finalmente hay que mencionar que el objetivo que plantea Comte es el progreso de la sociedad, este progreso se basa en la diferenciación de funciones de la misma sociedad, es decir, en la división del trabajo.

La modernidad lanza a los individuos fuera del ámbito doméstico, es decir, al ámbito público por tanto la división del trabajo en sociedades modernas plantea necesariamente formas específicas de gobierno, bajo esta lógica la diferenciación y división del trabajo requiere de un gobierno autoritario, que para que perdure deberá existir ausencia de democracia y consolidación de la oligarquía.

El contenido histórico del positivismo mexicano, trae consigo la aparición de un gobierno autoritario, que con su actitud y voluntad individual genera progreso a partir del despojo de bienes del pueblo.

 

 

 

 

BIBLIOGRAFÍA

1.       Comte, Augusto (1980). Discurso sobre el espíritu positivo. Buenos Aires, Argentina, editorial Aguilar. 

2.       Desanti, Dominique (1973). Los socialistas utópicos. Barcelona, editorial Anagrama.

3.       Rousseau, Jean Jacques (1999). El contrato social. México, editorial Océano.

4.       Stein, Stanley J. y Bárbara H. Stein (1982). La herencia colonial de América Latina. México, editorial Siglo XXI.

5.       Villegas Abelardo (1972). Positivismo y porfirismo. México, editorial SEP/Setentas.

  

 



[1] Augusto Comte (1980), Discurso sobre el espíritu positivo, Buenos Aires, editorial Aguilar. p. 40.

[2] Jean Jacques Rousseau (1999), El contrato social, México, editorial Océano. 

[3] Dominique Desanti (1973), Los socialistas utópicos, Barcelona, editorial Anagrama, p. 80.

[4] Ibid, p. 87.

[5] Augusto Comte, ob.cit. p. 41.

[6] Abelardo Villegas (1972), Positivismo y porfirismo, México, editorial SEP/setentas. p. 12.

[7] Stanley J. Stein y Bárbara Stein (1982), La herencia colonial de América Latina, México, editorial Siglo XXI. p. 140.

[8] Abelardo Villegas, ob. cit. p. 18.