patriarcal del amor
Tesis que presenta
Edith Gutiérrez Cruz
para optar por el grado de
maestra en filosofía por la
Facultad de Filosofía y Letras
de la UNAM
Dirigida por la Dra. Graciela
Hierro
Cualquier comentario sobre este texto, dirigirlo a
aladoser@yahoo.com
ÍNDICE
INTRODUCCIÓN
..................................................... 1
CAPÍTULO I. SOBRE EL CONCEPTO DE
GÉNERO
Origen del concepto género
......................................... 9
El género como construcción social que se
impone a los
cuerpos sexuados y les otorga identidad social
............ 20
La utilidad del concepto ”género”
para la deconstrucción
de la moral y las costumbres
..................................... 23
Los conceptos de género y amor
................................ 26
CAPITULO II. NUESTRA HERENCIA
AMOROSA
Sobre el concepto de amor
....................................... 31
1. EL CONCEPTO DE AMOR ERÓTICO DEL PARADIGMA
PLATÓNICO
El amor según Platón
............................................... 39
El amor según Ovidio
............................................... 48
El amor erótico cristiano
........................................... 22
El amor cortés
......................................................... 60
El amor según Descartes
.......................................... 72
El amor según Spinoza
............................................. 76
El amor según Schopenhauer
.................................... 78
Recapitulación
........................................................ 84
2. EL AMOR COMO PARADOJA: KIERKEGAARD Y
SARTRE
El caso de Kierkegaard
............................................. 88
El caso de Sartre
..................................................... 91
CAPITULO III. SOBRE LA RELACIÓN ENTRE EL
AMOR Y EL MATRIMONIO
La perspectiva de género como método para
abordar el
binomio amor-matrimonio
........................................ 99
El matrimonio
......................................................... 100
El amor y el matrimonio en la antigüedad griega
........ 104
El amor y el matrimonio cristiano
.............................. 113
El matrimonio como ámbito desde donde parte la
la norma sexual
...................................................... 114
Fundamentación teológica del matrimonio
........... 119
El amor cortés y el matrimonio
................................. 123
El amor y el matrimonio en nuestros días
................... 126
CAPITULO IV. CRÍTICA DE LA IDEOLOGÍA
PATRIARCAL DEL AMOR
Hacia la crítica de lo dado
........................................ 138
Adiós al amor (como único proyecto de
vida) ............. 159
Los géneros más allá del amor
................................. 163
El amor como creación
............................................ 166
CAPÍTULO V. HACIA UNA COMPRENSIÓN
DIFERENTE SOBRE EL AMOR
Dirigir los pasos hacia otros horizontes ...........
171
Amor, imaginación y libertad
.......................... 177
CONCLUSIÓN
............................................. 190
BIBLIOGRAFÍA
......................................... 199
CAPÍTULO I. SOBRE EL CONCEPTO DE
GÉNERO
Origen del concepto
género
A partir del desarrollo de los movimientos feministas,
surge el concepto de género desde la necesidad teórica de
fundamentar racionalmente las tendencias feministas que buscan la
emancipación de las mujeres.
La acuñación de dicho concepto ha sido
objeto de numerosos debates en torno a la propiedad del mismo para referirse a
las diferencias de poder de las relaciones entre los géneros, así
como a las realidades en las que los seres humanos se desenvuelven dentro de su
cotidiano estar en el mundo desde el punto de vista de su
sexualidad.
El concepto de género ha pretendido hacer una
distinción radical entre las construcciones socio-culturales y la
biología. En este sentido, género puede definirse como una
construcción social impuesta sobre un cuerpo sexuado, construcción
que determina, sustenta y constituye la subjetividad, sea masculina o femenina
(vid. Hierro, 1985). La distinción entre cultura y naturaleza abre
la posibilidad de enfrentar desde un punto de vista originario el problema de
las relaciones de poder entre los géneros masculino y femenino (vid.
Hierro, 1993). Sin embargo, se abre con esta distinción una
comprensión dicotómica de la realidad puesto que se hace clara
diferencia entre lo cultural y lo natural. Este es un problema que si no es bien
tratado puede dar lugar a planteamientos equívocos en cuanto que
propone un ámbito natural que puede ser mal entendido como esencial e
inmutable en términos ontológicos. De aquí se
derivaría la idea de que hay un fundamento físico a las
diferencias genéricas y entonces el solo hecho de tener pene o vagina
marcaría rasgos de personalidad y actitudes. Si decimos que el
género es una construcción social o cultural que se impone a los
cuerpos sexuados significa que hay algo biológico que fundamenta la
ulterior construcción genérica de los individuos.
Así, a una determinada organización genital se le adjudica uno u
otro género y con esto parece que la “base” genital que
sostiene tal género es la que aporta lo esencial que marca la
distinción entre hombres y mujeres. Parecería pues que el
elemento genital se mantiene como algo “puro”, más
allá de lo cultural puesto que es el fundamento de las distinciones
genéricas culturalmente. Si decimos que “primero” es la
diferencia genital y “después” la construcción
genérica, estaremos cayendo en este fundamentalismo genital basado en una
vieja dicotomía que es la de cultura y naturaleza. Tal forma
dicotómica de plantear el ser y el acontecer de lo real más que
conducirnos a respuestas satisfactorias, nos ha llevado históricamente a
un callejón sin salida en todos los ámbitos de la vida, de
allí la necesidad de intentar un movimiento reflexivo diferente para
buscar otra forma de abordar los diferentes aspectos del acontecer humano. En
este sentido, habría que preguntarse si en el caso de los seres humanos
existe tal elemento “puro” y esencial constituido por una
genitalidad primaria intocada -originada por diferencias cromosómicas-
que marque la pauta para el desarrollo de la identidad genérica. Desde mi
perspectiva, el ser humano desde su origen es ya cultural pues de lo contrario
simplemente no sería humano, y con esta premisa pretendemos anunciar
que, al parecer, no hay tal fundamento biológico “puro” que
lleve a la construcción de tal o cual identidad genérica.
Así, todo lo genital es siempre ya para una cultura y un tiempo y no es
en abstracto. La existencia humana se da desde su inicio en una realidad
cultural y epocal por lo que no hay un ámbito de su estructura de ser que
permanezca al margen de lo culturalmente codificado, incluida la genitalidad.
Cabe mencionar en este sentido las ideas expresadas por Germaine
Greer:
The
“normal” sex roles that we learn to play from our infancy are no
more natural than the antiques of a travestiste. In order to aproximate those
shapes and attitudes which are considered normal and desirable, both sexes
deform themselves, justifying the process by referring to the primary, genetic
difference beetwen the sexes. But of forty-eight chromosomes only one is
different: on this difference we base a complete separation of male and female,
pretending as it were that all forty-eight were different. (Greer, 1971. p.
19)
Es indudable que hay diferencias biológicas
entre hombres y mujeres que se basan en las diferencias
cromosómicas[1] de donde se desarrolla una
diversidad genital comprendida en los conceptos macho y hembra. Sin embargo,
las actitudes, valores, expectativas y conductas que tienen cada uno de los
seres humanos no necesariamente se deriva directamente de la información
biológica de sus cromosomas. Así, la supuestamente natural
tendencia femenina de, por ejemplo, “lucir más bonita”,
esperar a “ser cortejada” o ser “más amorosa”,
puede no estar dado únicamente por los genes, sino por una
culturalización particular de la diferencia biológica. Asimismo,
los hombres no son violentos ni insensibles porque así esté
necesariamente inscrito en sus genes, sino porque así se ha interpretado
su diferencia.
El problema fundamental de las identidades radica
entonces en cómo es interpretada la diferencia genital y cómo
tal interpretación de la diferencia genital se traduce en diferentes
identidades individuales y genéricas. La diferencia biológica
es en sí misma muda, nada nos dice sobre el deber ser, simplemente
está allí, y al formar parte de la existencia humana es
susceptible de ser inventada y de hacerla hablar. Es como un vacío que no
contiene valor alguno pero que es susceptible de ser valorado y construido como
una fuente de valores, es un vacío capaz de ser simbolizado. Tal es la
tarea que realiza históricamente cualquier cultura. Toda cultura
simboliza, en este caso, las diferencias “biológicas”, pero
cada cultura manifiesta distintamente tal simbolizar. Así, el modo de
ser mujer (u hombre) de la cultura occidental, es diferente del modo de ser
mujer (u hombre) propio de las tribus del Amazonas como los yanomamis, por
ejemplo, tal como Pierre Clastres lo comenta:
Es
una civilización del ocio, ya que estas gentes pasan veintiuna horas por
día sin hacer nada. No se aburren. Siesta, bromas, discusiones, droga,
comida, baños, así consiguen matar el tiempo. Y no hablemos del
sexo. Decir que no piensan en otra cosa sería exagerado, pero que les
importa, eso es indudable. ¡Ya peshi! Se oye seguido: ¡tengo
ganas de hacer el amor...! Un día, en Mavaca, un hombre y una mujer
luchan en la planta alta de la casa. Se oyen queja, gritos, protestas, risas. La
mujer, que parece saber lo que quiere, pasa una mano por la entrepierna del
hombre y le agarra un testículo. Al menor movimiento de huida, una
pequeña presión. Debe ser doloroso, pero ella no lo suelta:
“¡Ella quiere copular! ¡Ella desea copular!” Y por lo que
vi, finalmente logró su propósito. (Clastres, 1987. p.
25)
Clastres relata una anécdota en donde la mujer
toma parte activa en la unión sexual y conmina al hombre a realizar dicha
unión sin el menor “pudor” porque las mujeres de su cultura
están acostumbradas a comportarse de esa forma, a diferencia de la gran
mayoría de las mujeres de culturas como la occidental, en donde las
mujeres deben esperar, en muchas ocasiones, a ser seducidas. El ser mujer para
estos indígenas implica el poder de seducir abiertamente a un
hombre.
Y si el modo de ser hombres o mujeres es particular de
cada cultura, entonces lo fundamental bien puede no ser lo biológico,
sino la interpretación cultural que de esto se hace. Y aún
más, la interpretación de las diferencias como siendo
“biológicas” o “cromosómicas”, es ya en
sí misma una forma de simbolizar y valorar que comprende al cuerpo como
un objeto que habrá de ser revelado en su misterio por la
psicología y la biología. Así pues, la biología, la
genética, la sexología, etcétera, no son sino discursos
que inventan los cuerpos tal como en otros tiempos eran inventados por
los mitos y las religiones[2].
La originalidad abierta por el concepto género
conduce a la “desencialización” del ser hombre o
mujer, en la medida que propone, con Simone de Beauvoir (vid. Beauvoir,
1949), que no se nace siendo mujer (u hombre), sino que se aprende a serlo. No
hay una esencia a priori del ser hombre o mujer; lo que hay es un
ser-lanzado-al-mundo y en esa facticidad mundana ser de un género u otro.
Para Simone de Beauvoir aprender a ser mujer u hombre significa, por un lado,
restarle peso al ámbito puramente biológico del ser humano
existente y, por otro, asumir paralelamente que las actitudes, expectativas y
conductas de cada género no están ontológicamente
fundamentadas en una esencia dada desde siempre de lo que sea ser mujer o ser
hombre ni en un sentido biológico ni metafísico. Por
ello,
...el
uso de la categoría género llevó al reconocimiento de una
variedad de formas de interpretación, simbolización y
organización de las diferencias sexuales en las relaciones sociales y
perfiló una crítica a la existencia de una esencia femenina.
(Lamas, 1995. p. 10)
Los estudios sobre las mujeres que irrumpen en la
década de los 60, y que posteriormente darán lugar al concepto
género, surgen en las sociedades en donde el movimiento feminista ha
adquirido ya relevancia en los discursos y las prácticas sociales. El
movimiento feminista pretendió construir una moral y
moralidad[3] alternativas frente a la
hegemonía de la comprensión del mundo patriarcal.
El feminismo y los estudios sobre las mujeres han tenido
varias finalidades de carácter político, como por ejemplo, el
denunciar la producción y reproducción de las diferencias
jerárquicas entre hombres y mujeres basadas en la diferencia
sexo-genital; el análisis de los roles económicos diversos para
hombres y mujeres; ampliar las conquistas de parte de las mujeres en los
espacios públicos; cuestionar el conocimiento y el saber
científico tradicional en la medida en que justifica
"científicamente" las características diferenciales que les han
sido adjudicadas a las mujeres por el poder patriarcal (Bellucci, 1992. p. 27).
También ha pretendido poner en evidencia la doble moral que rige la vida
de cada uno de los géneros, y, por último, crear un cuerpo de
conocimientos diferentes surgidos de las experiencias y las perspectivas
femeninas, y coadyuvar así a la creación de otra(s) moral(es) en
donde las diferencias genérico-sexuales no impliquen dominio del
género femenino por parte del masculino (vid. Hierro,
1993).
El viraje de los estudios de las mujeres hacia los
estudios de género ocurrió sustituyendo la palabra "mujeres" por
la palabra "género". En este caso, la expresión perspectiva de
género se refiere a la perspectiva propia de los seres humanos de
"sexo"[4] femenino (Lamas, 1995. p. 11). Resulta
de aquí que en los estudios de género el tema que se trata son
las mujeres, pero ¿por qué esconder el término mujeres
detrás del concepto género?
Para Joan Scott, (citada en Lamas, 1995.) el cambio se
dio en la década de los ochenta cuando las teóricas feministas
buscaron mayor legitimidad académica para los estudios de las mujeres,
pues "género" suena más neutral y objetivo que "mujeres",
quitándole así a los estudios de mujeres el halo de
"escándalo" en que se vieron envueltos desde su surgimiento. Referirse a
las mujeres de manera vaga y ambigua mediante el concepto "género"
deteriora, desde esta óptica, el potencial revolucionario del feminismo.
Si bien esta tesis puede ser cierta, no debemos olvidar que el concepto
género
...facilita
un modo de decodificar el significado que las culturas otorgan a la diferencia
de sexos y [es] una manera de comprender las complejas conexiones entre
varias formas de interacción humana. (Lamas, 1995. p.
14)
Así, los estudios de género, si bien
surgen del impulso transformador del feminismo, en la actualidad no se enfocan
exclusivamente en el estudio de las mujeres, sino en el estudio de los
géneros tanto femenino como masculino y las relaciones de toda
índole que se establecen entre éstos.
Para Joan Scott el género, como modalidad de ser
del ser humano en general, comprende cuatro elementos
principales:
- Los símbolos y los mitos culturalmente
dados
- Los conceptos normativos y valorativos (que interpretan
de cierto modo a los símbolos con base en distinciones de
carácter genérico y fundamentan la llamada "doble
moral"[5])
- Las instituciones y organizaciones sociales donde se
manifiestan las relaciones de género (parentesco, familia,
educación, política)
- La identidad genérica, sea individual o
construida de manera grupal. (vid. Lamas,
1995.)
Podríamos decir, con base
en lo anterior, que las diferencias genéricas se han dado sobre el fondo
de una cierta forma de comprender al ser, mismo que se ha dado temporal y
culturalmente y se ha hecho explícita en un extenso entramado de
discursos algunos de los cuales se refieren a determinadas regiones del ser y
determinan lo que es ser hombre o mujer.
Es claro cómo el concepto género abarca un
sinnúmero de elementos culturalmente dados en los cuales se da la
experiencia humana. Esto significa que en todas las culturas, las diferencias
entre ser hombre y mujer y todo lo que de éstas pueda derivarse, se halla
en la base de las culturas mismas y de las relaciones de poder que los
individuos establecen entre ellos/as. Pero ¿por qué algo tan
aparentemente periférico como el ser hombre o mujer se halla en el centro
de las formaciones culturales?
En realidad la construcción de la subjetividad
manifiesta en el ser hombre o ser mujer, es fundamento de las relaciones que se
dan fácticamente entre los individuos.
El género es así una construcción
basada en un hecho biológico, misma que se fortalece y se ratifica
mediante el aprendizaje de un rol de conducta que será puesto en acto en
la necesaria interacción social (Vid. Riquer, 1997. p. 60). Sin
embargo, la subjetividad hecha patente como masculina o femenina, y todo lo que
tal distinción implica, es posible sobre la base de una cierta forma de
comprender el mundo; es posible gracias a una di-visión del mundo.
Tal di-visión del mundo es una visión del mundo dicotómica,
dividida en dos grandes campos que se basan en las "diferencias
biológicas" y de división del trabajo de procreación y
reproducción, y a través de ellas se estructuran la
percepción y la organización, tanto simbólica como
concreta, de toda la vida social. (vid. Lamas, 1995. p. 15) Esta idea de
la divisibilidad de la realidad se basa en la división fundamental del
mundo comprendido como sujeto y objeto. Esta idea del mundo, si bien se
encuentra ya plasmada en el pensamiento platónico, al plantear una
realidad dividida en dos mundos antagónicos en donde uno es mejor que el
otro, se manifiesta plenamente en la filosofía cartesiana y la norma
analítica del conocimiento propuesta en el Discurso del
método (Descartes, 1637.) El mundo es comprendido como sustancia
material y la capacidad intelectual humana como sustancia pensante. La sustancia
pensante es activa y puede conocer y manipular la realidad. La sustancia
material está allí para ser conocida y utilizada ya que es pasiva.
La dignidad de ambas sustancias es distinta y la sustancia pensante mantiene
supremacía sobre la material. Características similares podemos
encontrar en la distinción que nuestra cultura hace entre hombre y
mujer, en donde la parte activa se le adjudica al hombre y la pasiva a la mujer.
Desde esta perspectiva, los hombres salen al mundo a conquistarlo porque son
activos en tanto que las mujeres se quedan en casa porque son pasivas; los
hombres tienen voluntad al tiempo que las mujeres se amoldan a la voluntad
masculina, pues como dice Nietzsche, la divisa del hombre es “Yo
quiero” y la de la mujer es “Él quiere”. Esta
visión del mundo está en la base de lo que comprendemos como ser
hombre o mujer, y ha contribuido a la falta de equidad en el trato que reciben
cada uno de los géneros, pues divide la realidad en dos planos en donde
uno de ellos, el concebido como activo-masculino, goza de mayor dignidad y
jerarquía que el femenino-pasivo. (Cfr. Capra, 1982). A las
mujeres se les ha adjudicado un ser y luego se les dice, muchas veces
implícitamente, sin palabras, que por su modo de ser poseen menor
dignidad y jerarquía.
Como elemento de una determinada actividad
teorética, el concepto de género tiene la finalidad de poner de
manifiesto que los roles, actitudes y discursos de cada uno de los
géneros no son esenciales en el sentido de ser genitalmente dados de
manera inmutable, o propios de una supuesta "naturaleza femenina" (o masculina),
es decir, son inculcados a los sujetos a través de determinado discurso
dominante, que es también un discurso de dominio que se revela ante la
categoría de género como un discurso que pretende dominar y
domesticar al género femenino por parte del género masculino. No
se trata, sin embargo, de que este discurso sea solamente un dispositivo
intencionalmente puesto para controlar a un género, es, más bien,
una manifestación concreta de la forma en que se ha comprendido la
totalidad de lo real.
Es necesario poner en evidencia cuales son los
principios generales en los que se basan las sociedades patriarcales, en
particular de la sociedad patriarcal contemporánea, y evitar el
encubrimiento de dichos principios que reproducen el estado de opresión
tanto femenina como masculina[6],
adjudicándoles un destino inamovible basado en las diferencias
sexo-genéricas.
La cultura misma implica ya una distinción
sexo-genérica que no se refiere solamente a las mujeres, sino
también a los hombres. Por ello, el concepto género, en vista de
que es concebido como una construcción social impuesta a los cuerpos
sexuados, no puede referirse solamente a las mujeres.
El género como construcción social que
se impone a los cuerpos sexuados y les otorga identidad.
Es a partir del concepto género que han podido
hacerse más claras y explícitas las creencias que en torno de las
relaciones humanas se dan en nuestra cultura, pues a través de él
se ha dado cuenta del imaginario social que sustenta las identidades subjetivas
genéricas. Recapitulemos la idea de género mencionada al
principio: "género es una construcción social que se impone a
un cuerpo sexuado otorgándole determinada identidad". En esta
noción se encuentran los siguientes elementos:
a) El género es una construcción
social. Ello significa que las diferencias dadas entre hombres y mujeres no
son diferencias que se den de manera natural, pues son elaboradas
simbólicamente por una cultura. El genero es por ello una
formación sustentada en los diferentes contenidos simbólicos,
mitológicos, políticos, morales, económicos, etc. que
recorren todo el entramado de cualquier formación cultural. Las
diferencias genéricas son, en este sentido, artificiales,
culturales; son como la “segunda
naturaleza”[7], un modo de ser que les es
impuesto a los humanos con base en las diferencias puramente biológicas o
naturales. Si el género es una construcción, significa que no es
esencial, en el sentido de haberles sido dado a los seres humanos, desde
su nacimiento, una identidad genérica específica inmutable y
fundamentada en una distinción ontológica fuerte y
radical.
b) El género es impuesto a los cuerpos
sexuados. "Ser impuesto" quiere decir "ser atribuido algo a alguien de
manera obligada". Aquello sobre lo que se impone el género es el cuerpo
sexuado[8] de los individuos. El imponer implica
una cierta "presión" en la medida en que contiene el elemento de
"obligatoriedad". Pero ¿de dónde proviene tal obligatoriedad en el
asumir cierto género? Evidentemente ella procede de una tradición
y un orden simbolico-ontológico desde los cuales es posible convertirse
en cierto tipo de individuo/a. Podemos decir que el genero les es atribuido a
los cuerpos, aunque en rigor el género como discurso inventa los
cuerpos[9] "sobre" los cuales se va a
manifestar. ¿Qué son los cuerpos humanos sin un género que
los delimite, los construya, les de ser? Al atribuirse a los "sujetos",
el género les da ser, conminándolos a ser de cierto modo, a
existir de cierta forma. Hay un doble movimiento que se refiere, por un lado, a
un imponer "desde fuera", y por otro lado, a un inventar modos de ser. El
inventar modos de ser sujeto y el imponer formas de subjetividad
son en apariencia dos elementos de la totalidad que es el ser humano bajo el
punto de vista de su ser genérico. Sin embargo ambos se relacionan
indisolublemente, pues cuando nos es impuesta una identidad genérica,
ésta identidad nos inventa como individuos, nos crea y nos sitúa
en un determinado marco de referencias. Pero cuando nos inventamos cierta
identidad genérica elegida propiamente, también estamos imponiendo
tal identidad sobre uno/a mismo/a, pero ese imponer sobre uno/a sólo es
posible al vislumbrar la esencia humana como posibilidad, es decir, como una
no-esencia.
c) El género otorga identidad. Si decimos
que el ser humano es "posibilidad", es decir, "poder ser" y libertad desde su
base ontológica, significa que el "ser sí mismo" propiamente
humano, la identidad como tal es “puro” "poder ser" en
situación. El género es, de alguna manera, una parte del horizonte
desde el cual surgimos a la existencia y, al manifestar la realidad
fáctica e histórica de los seres humanos, es a la vez un punto de
partida para construir identidades[10]. Esto
significa que si bien el género tal y como lo asumimos, es una
construcción socio-cultural que de algún modo determina las
subjetividades, pero es también el punto de partida para la
creación de subjetividades distintas. El motor de la creación de
subjetividades masculinas y/o femeninas diferentes de las que hoy en día
vivimos, es sin duda el malestar que entre los/las individuos producen las
identidades genéricas que les haya tocado experimentar. Es el
afán transformador de lo dado lo que lleva a la búsqueda de lo
distinto, de lo diferente, pero tal afán transformador sólo se da
sobre la base de lo que se experimenta fácticamente por los
géneros en cada momento histórico. Nuestra cultura, al pretender
establecer el género como una identidad dada necesariamente, inmutable y
fundamentada en "lo biológico", pasa por encima del planteamiento de ser
humano como posibilidad abierta de ser, es decir, como libertad. Así
pues, las distinciones genéricas impuestas en nuestra cultura hasta
cierto punto niegan el poder propio del ser humano para constituirse
según la identidad genérica que más satisfaga sus
necesidades --sean éstas las que sean.
La utilidad del concepto “género”
para la deconstrucción[11] de la moral y
las costumbres.
A mi parecer, uno de los elementos más relevantes
del concepto género es el poner en claro cómo las diferencias
entre hombres y mujeres no son esenciales[12],
en el sentido de no ser biológicamente dadas, innatas, originales,
inmutables y eternas. Si tales diferencias (genéricas) no son esenciales
o connaturales, entonces existe siempre la posibilidad de la
transformación. La importancia del concepto género radica
precisamente en abrir la posibilidad de la transformación de las
identidades genéricas, posibilitando con ello también formas
diversas de la moral al romper con las practicas y discursos establecidos y
postulados como "naturales".
La tarea que podemos llevar a cabo basándonos en
el concepto género consiste en desmantelar cada uno de los elementos y
componentes de las prácticas e ideologías imperantes en nuestra
sociedad[13]. El desmantelamiento de tales
prácticas implica una toma de posición no esencialista en la
medida en que esas prácticas en su fundamento carecen de una base
ontológicamente fuerte que les de sentido. El único fundamento de
las prácticas marcadas por la diferencia genérica es la
posibilidad, es decir, existen sólo porque pueden ser, de igual manera
que podrían ser cualesquiera otras.
Sin embargo, el que sean estas formas u otras de
diferenciación genérica, no es algo puramente azaroso o gratuito
en la medida en que tales distinciones genéricas son abiertas por cierta
forma de comprender el mundo. Esto significa que las diferencias
genéricas se basan en una pre-comprensión ontológica que
las posibilita y les da sentido.
Si seguimos los planteamientos heideggerianos expuestos
en El ser y el tiempo, la forma hermenéutico-fenomenológica
de explicar al mundo no se queda en las distinciones binarias, tal como lo hizo
la Modernidad o el platonismo, sino que llega a planteamientos de
carácter más radical, en sentido ontológico, postulando de
entrada la unidad originaria entre sujeto y objeto, entre hombre/mujer y mundo;
entre Ser y ente. De esta forma, lo óntico es posible sólo porque
es lo ontológico y lo ontológico, a su vez, es posible sobre la
base de su despliegue a partir de los entes.
Esto significa que el proponer diversos modos de
concebir y vivenciar la identidad genérica se da sobre la base de una
posible forma diferente de abrirse del ser en el mundo (que es planteado como
temporalidad e historicidad); y una apertura diferente al ser implica
necesariamente –entre muchas otras cosas--una transformación de las
relaciones fácticas que se dan entre los seres humanos en cierta
época determinada. La reflexión originada a partir del concepto de
género es, en este sentido, uno de los múltiples puntos de ruptura
posibles hacia una forma diferente de comprendernos como existentes y una
forma diferente de abrirse del ser humano al ser en general. La
reflexión a partir del concepto género, a mi juicio, debe
trascender el feminismo que mantiene las añejas dicotomías de la
tradición occidental. Es necesario entregarnos a la búsqueda de
una reflexión distinta, que, en este sentido, habrá de abandonar
el pensar feminista dicotómico para situarnos en un pensar más
originario que entienda al ser humano no como hombres o mujeres, sino como
existentes.
La aparente particularidad de las transformaciones de
las relaciones individuales fácticas es rebasada por un proyecto de ser
sobre el cual se sustenta. Así, las transformaciones de carácter
ético y moral se abren paralelamente con una diferente forma de
comprender al ser.
Es en este punto donde la ética, como
constitutiva del ser humano en tanto apertura a posibilidades, y la
ontología se engarzan y se presuponen una a otra. Siguiendo a Heidegger,
si todo comprender el ser implica ciertos estados de ánimo y actitudes,
entonces lo ético y lo ontológico son formas en que se da en el
ser humano la experiencia del ser en tanto tal. Lo ontológico constituye
el horizonte a partir del cual se desarrollan la facticidad y la moralidad del
ser humano, mientras que lo ético es la expresión fáctica
de una determinada forma de comprender la realidad. Pero lo ético mismo,
al ser histórico, constituye el abrirse ontológico mismo y en
él reside la posibilidad de su transformación. Así pues, si
promovemos un cambio ético sólo podemos hacerlo sobre la base de
un cambio en la forma de comprender al ser en general, pero el cambio en la
comprensión del ser en general bien puede darse en al ámbito de
la ética a partir de pequeños pasos hacia la
transformación. La forma en que nuestra cultura ha entendido la realidad
es el origen de muchos de nuestros comportamientos pero nuestra conducta
particular no tiene la envergadura para modificar la realidad social en su
conjunto. Sin embargo, es posible que la transformación de los
géneros se dé trocando lo cuantitativo hacia lo cualitativo, y
así el cambio individual coadyuve al cambio en todos los ámbitos
de la realidad.
La importancia del concepto género se da en el
hecho de que en él confluyen tanto los elementos éticos como los
ontológicos que abren a los individuos hacia determinadas
conductas.
Los conceptos de género y
amor
En tanto el concepto de género permite una
reflexión ética distinta de las morales establecidas, puede
vislumbrarse su utilidad en el análisis del fenómeno amoroso tal y
como éste se da en nuestra época.
Si las identidades genéricas se basan en una
determinada forma de situarse en el mundo, es decir, en una cierta forma de
comprender el mundo, y si asumimos que tal modo de situarse es histórico,
entonces la distinción genérica actual es transformable,
modificable en tanto constitutiva de la historicidad original del ser humano. En
este sentido, si la moralidad y las prácticas humanas son transformables,
nos corresponde proponer una modificación de las prácticas que se
han asumido como “naturales” para cada género. El feminismo
históricamente ha tenido esta finalidad, pero hoy en día me parece
que es necesario rebasar el ámbito de la discusión iniciada por
él para situarnos en una practica reflexiva diferente que asuma que la
crítica de la moral patriarcal no es tarea que corresponda solamente a
las mujeres, sino sobre todo a los hombres. De allí la necesidad, desde
mi perspectiva, de moverse de la teorización sobre las mujeres y su modo
de ser hacia la temática relativa a los hombres y su modo de ser; y, sin
abandonar el estudio de las mujeres, abrirse paso hacia el estudio de la
experiencia humana en su totalidad. Sin embargo, este afán reflexivo no
debe tener como única meta la elaboración de teorías y
discursos sobre los géneros y las relaciones que se establecen entre
ellos, sino que también debe proponerse abrir la posibilidad de la
transformación de las prácticas morales que implican a los hombres
y mujeres en tanto tales, y con ello, tratar de encontrar salida a una parte
del sufrimiento humano que tiene su origen en las relaciones eróticas
entre los géneros y el desigual trato que se establece entre éstos
sobre la base de una educación genéricamente sesgada que asigna
desiguales dignidades, expectativas, derechos y libertades a hombres y a
mujeres. Esto significa que la transformación moral y cultural de los
seres humanos es un imperativo para suprimir, en la medida de lo posible, una
parte del sufrimiento humano.
El amor erótico, como manifestación
histórica de la emotividad del ser humano, habrá de ser analizado
desde el punto de vista del concepto de género para descubrir en
él los elementos de dominación y opresión que le han sido
otorgados por la ideología patriarcal. Durante esta investigación
podremos darnos cuenta de cómo la comprensión patriarcal del amor
se ha erguido como un pilar básico para el control de las mujeres pues
culturalmente vivimos determinadas por la creencia de que una mujer, para ser
“ella misma”, plena y completa, necesita de un hombre que permanezca
con ella; y la manera de lograr que un hombre esté con ella es a
través de la negación de sí misma que se le exige en las
normas no escritas sobre lo que es amar y cómo amar. Esta exigencia
hacia las mujeres no deja inmunes a los hombres porque de ellos se espera
culturalmente que cumplan ciertas expectativas en lo relativo a la fuerza, el
poder económico y la potencia sexual. A ellos tampoco les hace
ningún bien esta ideología patriarcal del amor, pero su
situación frente a ella es distinta. Según esta ideología,
él no necesita de la otra para ser pleno, completo o él mismo. Si
no se casa o no tiene amante, su ser como hombre puede no verse cuestionado por
los demás[14]. Sin embargo, según
nuestra cultura, las mujeres que no están relacionadas de alguna manera
con un hombre tienen una grave carencia en su ser. De allí la necesidad
de amar y, sobre todo, de ser amada: el hombre en su amar otorga a las mujeres
el ser que les está vedado para sí mismas.
Hay dos elementos clave que se ponen en juego dentro de
la ideología de amor patriarcal y sirven como ejes sobre los que se
sustenta la dominación de las mujeres mediante el erotismo. El primero de
estos elementos lo constituye el problema del ser de las mujeres. Para
nuestra cultura el ser de las mujeres está en entredicho mientras no
halla un hombre que lo valide y justifique: es el hombre el que hace a la mujer
y la dota de sentido en su existencia al acotar sus posibilidades como existente
dentro de los límites de novia, esposa o amante. La existencia de las
mujeres adquiere sentido, valor y dignidad solamente en la medida en que sean
novias, esposas o amantes de..., con lo que se enajena de éstas su
posibilidad de ser ellas mismas, dignas y valiosas, independientemente de la
relación erótica que establezcan con los hombres. Es verdad que
hay grupos sociales en los que se está cambiando esta perspectiva, sin
embargo solamente se ha transformando, en muchos casos, la superficie de los
problemas, mientras que las expectativas, los valores y las actitudes que se
enraízan en lo más profundo de los seres humanos con respecto a
las relaciones amorosas entre los géneros, parece aún
incólume. El segundo elemento que hay que tener en consideración
es el problema del poder de las mujeres. Lo que las mujeres puedan o no
puedan hacer se encuentra en relación directa con sus lazos
eróticos con los hombres. Si están eróticamente
comprometidas se espera que las mujeres no contradigan las ideas del novio,
esposo o amante. Se espera también que se contenten con los deseos del
hombre y asuman las decisiones que éste tome. Una mujer que sostenga una
relación amorosa y se convierta en esposa de..., no puede dejar de
llevar a cabo el trabajo doméstico pues se cree que cocinando, lavando y
planchando es como se muestra el amor a la pareja. Si a alguna mujer no le gusta
realizar el trabajo doméstico y lo expresa libremente a su pareja, el
precio puede ser alto y en ocasiones puede ser vista como una mujer anormal y
carente en su ser como mujer[15] por no obtener
placer con el trabajo de la casa. Sin embargo puede cocinar y lavar sin que
encuentre particular gusto en hacerlo, pero con la idea bien fija en su mente de
que lo hace “por amor a su pareja”. La relación
erótica puede ser para las mujeres, en muchos casos, la exigencia de no
ser ellas mismas para sujetarse a la voluntad del otro, lo que trae como
consecuencia el abandono su poder ser y de su voluntad. Así, el poder de
las mujeres, en el contexto de las relaciones eróticas, pende de la
balanza de la voluntad masculina.
La reflexión desde este punto de vista
podría aportar los elementos necesarios para vislumbrar un posible cambio
en la comprensión del amor que impera en nuestra época. Considero
que es necesario modificar la comprensión amorosa que existe en la
actualidad debido a que, tal como está constituida, produce, y es a la
vez resultado, de grandes incongruencias e injusticias que en muchas ocasiones
llevan a las personas, particularmente a las mujeres, a experimentar
sufrimiento innecesario que podría no existir si la educación de
los hombres y mujeres incluyera actitudes y valores distintos a los que hoy
contempla.
En este sentido, el concepto de género es
útil para esclarecer cómo el fenómeno amoroso se da
diferentemente para hombres y mujeres en la medida en que, según nuestro
género, nos situamos en él desde una tradición que nos
conmina a establecer ciertas actitudes y expectativas hacia la relación
amorosa y a partir de ella. Las diferencias en la forma de asumir al amor por
parte de hombres y mujeres puede no ser, siguiendo lo antes dicho, connatural o
innata, es decir, dada necesaria y permanentemente de una vez y para siempre,
con independencia de toda educación y experiencia, sino elemento
constitutivo de una construcción social genérica que se introyecta
en las personas como parte de su proceso de socialización y asigna a
cada género determinados espacios de poder y de libertad que
habrán de jugar un papel fundamental en las experiencias amorosas
concretas.
CAPITULO II. NUESTRA HERENCIA AMOROSA
Sobre el concepto de amor
Hablar del amor puede hacernos caer en la
ambigüedad en la medida que hay tantas definiciones de amor como
filósofos y literatos han existido a lo largo y ancho de la historia
occidental. Sin embargo, se ha planteado la existencia de diversas clases de
amor que podemos distinguir bajo categorías generales como amor filial,
amor fraternal y amor erótico.
El amor filial evidentemente es el amor que mantienen
las madres y los padres hacia los hijos e hijas y viceversa, pero puede ser
también el amor de Dios padre-madre por el ser humano que es su hijo/a.
Cuando se trata del amor de padre-madre hacia los hijos/as, un amor que cuida
y es protector por excelencia en donde el hijo/a necesita de los
cuidados y la influencia de padre-madre para continuar el desarrollo tanto
biológico como espiritual y mantenerse en la existencia. Cuando se trata
del amor de hijos/as hacia padre-madre es amor que tiene mucho de
agradecimiento por lo dado, incluida la vida misma, y puede expresarse
también como un agradecido compromiso para acompañar a padre-madre
durante su vejez. Quizá sea la clase de amor que se encuentra menos
relacionado con la libertad pues no se escoge a los padres ni a los hijos, sino
que nos son dados al margen de nuestra voluntad y los amamos por ese solo
hecho.
El amor fraternal es el que une a los hermanos/as
carnales o bien a los hermanos/as espirituales que constituyen los amigos y las
amigas. En este sentido, la amistad
[16]puede ser entendida como una
variación del amor fraternal, al igual que el amor a la naturaleza tal
como lo vivía San Francisco de Asís cuando decía hermano
lobo, hermana lluvia, hermano..., pues reconocía un origen divino
común compartido por todos los seres. Se trata de un tipo de amor
centrado más en la solidaridad entre las personas que en el cuidado
protector más propio del amor de los padres-madres, aunque también
puede ser protector y proveedor en muchas ocasiones. También implica un
cierto grado de agradecimiento por la amistad que el otro/a puede brindar a una
persona, y este agradecimiento tiene su raíz en el hecho de que nadie
está forzado a ser amigo/a de nadie. La amistad es la simpatía que
libremente escoge a quien brindarse y por su elección podemos estar
agradecidos.
Considero que el amor erótico es el sentimiento
que une exclusivamente a dos personas con la finalidad de estar juntas por el
tiempo que dure su amor. Amar a otro/a es interesarse por su existencia, su
salud, sus aventuras en la búsqueda de la verdad, de sus preocupaciones
sociales, su vocación, así como en sus experiencias
estéticas y religiosas. Idealmente el amor une a las personas
haciéndolas crecer juntas y de manera individual. El amor es conservativo
y creativo, pues acepta lo dado para llegar a otro nivel a otra dimensión
del valor sin olvidar las pasadas y presentes fortalezas y
debilidades[17]. Amar es experimentar una
unidad, es sentir que se tiene un papel importante, central, en la vida del
otro/a y viceversa. Ser compañeros en lo bueno y en la adversidad. Tiene
como propósito el crecimiento en común, la interpenetración
–no la disolución- de los amantes. Es un asociarse para ser
comunidad, para ponerse en común en la libertad manteniendo la propia
identidad. Amar significa la voluntad de crear valor en una relación que
constantemente se renueva.
Lo distintivo del amor erótico es que tiene
implicaciones en el ámbito de la sexualidad pues generalmente se da
junto con el deseo sexual. Puede contener también a la amistad y el
agradecimiento por la consideración y el cariño que el otro
otorga. En ocasiones produce la formación de parejas estables que se unen
por un largo periodo de tiempo, sea bajo la figura del matrimonio legal,
religioso o bien puede prescindir de esta clase de vínculo. Estas
parejas pueden tener o no hijos lo cual no invalida el vínculo amoroso
sobre el que se basan. Con esta forma de amor los sujetos pretenden alcanzar
una forma diferente de experimentarse a sí mismos así
como compartir mutuamente sus existencias. Es, idealmente, resultado de la
libertad humana aunque fácticamente lo experimentamos en muchas ocasiones
como pérdida de la libertad. En el amor erótico no sólo
escogemos a quien ofrecer nuestra simpatía sino a quien brindar nuestros
más preciados atributos así como lo más humilde que hay en
nosotros. Escogemos también a quien ofrecer nuestra sexualidad lo que
idealmente implica la donación total y sin reservas de nosotros
mismos/as.
A pesar de las diversas modalidades en las que de hecho
aparece el amor, hay elementos comunes que comparten, por ejemplo la amistad, la
solidaridad, el agradecimiento, la ayuda mutua, el cuidado del otro/a, la
búsqueda del bien para el otro/a; la compañía en las
diferentes situaciones de la vida. En términos generales podríamos
decir que amar es dar y las tres modalidades de amor se fundan en la
donación recíproca de las personas con la finalidad de buscar el
bien para el/la amado/a. Cuando esta donación falla, entonces la
veracidad de la relación amorosa se pone en
cuestión.
Existe otro elemento fundamental en el amor que
consiste en que, además de la donación recíproca, debe
existir el autoamor. Si una persona cumple cabalmente la donación
amorosa pero se olvida de sí misma y se torna en alguien que no merece lo
que da en la misma intensidad y sentido, entonces hay una falla en su autoamor
y ello propicia una relación erótica malsana. Parece ser que el
amor verdaderamente creativo y satisfactorio debe contener en su fundamento la
dignidad de los amantes, pues de lo contrario no se trata de una
auténtica relación amorosa. Por otra parte, es común caer
en cualquiera de los dos extremos: o bien se tiende más hacia el aspecto
de la donación o bien se exacerba el autoamor. En las relaciones
eróticas fácticas cada uno de los géneros tiende a uno de
estos extremos: las mujeres hacia la pura donación y los hombres hacia el
puro autoamor. De allí el desequilibrio del erotismo que padecemos.
Aquí podríamos apuntar, aristotélicamente hablando, que se
actúa inadecuadamente en la medida en que la conducta se torna extremosa
y no virtuosa, es decir, la relación erótica no es buena para
ninguno de sus actores, pues no se cumple un equilibrio entre estos dos
extremos. Considero que el éxito de las relaciones amorosas consiste en
armonizar la donación con el autoamor, es decir, ser dignos de recibir
lo que nosotros/as mismos/as damos y dar a los demás lo que recibimos de
ellos. Parecería que las relaciones amorosas, del tipo que sean,
descansan en cierto egoísmo pues se busca el bien del amado/a no en
abstracto, sino para lograr la propia felicidad. Así, el acto de amar es
dador pero también merecedor de lo mismo que da: procura el bien para
otro y en ese procurar tiende a su propio bien. Me parece que si en la
relación amorosa faltan cualquiera de los aspectos mencionados, sea la
donación o el autoamor, difícilmente puede llamarse
relación amorosa.
A lo largo de este trabajo se identifica la
noción de amor con lo que se comprende, en términos generales,
como "amor de pareja" o "amor erótico", es decir, aquella clase de
relación que puede establecerse entre los seres humanos que tiene un
carácter amistoso junto con el componente aportado por la sexualidad, y
los motiva a unirse en parejas entre ellos. Cae fuera de esta
investigación la discusión sobre los otros tipos de amor, es
decir, el amor filial, el amor fraterno, el amor a la naturaleza y el amor a
Dios, por lo que la única clase de amor que será abordada es el
amor que es conocido como "de pareja" o "erótico". Nos enfocamos
solamente en él porque esta clase de amor tiene implicaciones sociales
que plantean de entrada una significativa diferencia de poder entre los
géneros masculino y femenino, diferencia que presupone el “ser
carente” supuestamente femenino y el “ser completo”
supuestamente masculino. En la relación heteroerótica de pareja,
la carencia tradicionalmente adjudicada a las mujeres posibilita la
sujeción de éstas con respecto del hombre, pues se hace depender
de la supuesta completud de éste la actualización del ser de las
mujeres. La mujer sólo “es” plena y completa cuando ama,
pero sobre todo cuando es “amada”, su ser depende del otorgamiento
amoroso del Otro. Hay algo que ella no puede darse a sí misma, un valor
fundamental que le viene dado desde afuera, desde la mirada masculina que la
configura y la esculpe mostrando su ser como mujer. No en vano innumerables
muestras de la lírica popular de nuestra cultura expresan de
múltiples formas el sentir masculino de que “yo te hice mujer,
pues fui tu amante”.
Por otra parte, el presente trabajo no se apegará
a ninguna noción particular de amor, sino que se echará mano de
las comprensiones que sobre el amor se han desarrollado a partir de
Platón hasta nuestros días, para poner de manifiesto cómo
nuestra cultura occidental contemporánea mantiene nexos con las
comprensiones occidentales más antiguas, siendo con ello imposible
pretender que es una sola la comprensión que sobre el amor impera en
nuestros días, pues es justamente la diversidad, y no la unidad, lo que
caracteriza la época que nos ha tocado vivir. El interés en
asumir las ideas que sobre el amor nos han precedido espacio temporalmente,
radica en el hecho de mostrar cómo tales comprensiones eróticas,
por muy lejanas que nos puedan parecer, encierran la desigualdad y la
impotencia básica que la cultura patriarcal, en sus distintas vertientes,
ha adjudicado al género femenino hasta el día de hoy. Tal
desigualdad, indignidad e impotencia se manifiesta en la situación
amorosa tal y como la vivimos hoy en día, en donde las relaciones entre
los géneros no se dan desde un plano de equivalencia. Se trata de ver
cómo el “amor” y la ideología patriarcal de
éste, expresada en diversas filosofías de nuestra tradición
occidental, en muchas ocasiones es producto y causa a la vez de dicha falta de
equivalencia y cómo tal “amor” la reproduce en los hechos.
Vivimos inmersos en la ideología patriarcal del amor que dice y codifica
lo que es el amor y lo que cada género debe ser y hacer en la
relación erótica. Cotidianamente se sabe cómo
buscar el amor, cómo amar y qué hacer para continuar en una
situación erótica. Se sabe porque son actitudes marcadas
a priori para toda experiencia posible que se hallan inscritas en nuestro
ambiente cultural y se traducen en costumbres no reflexionadas en las que no se
manifiesta explícitamente el hecho de que parten de una
cosmovisión patriarcal.
¿Qué es el amor? Sobre el amor
erótico dice Erich Fromm (1991) que es la atracción completamente
individual y única entre dos personas específicas a la vez que un
acto de la voluntad que elige libremente a aquél/aquella hacia el/la que
se inclina. Así, el amor es visto, en términos muy generales,
como una inclinación por otro/a que a la vez se da de manera voluntaria y
es libremente aceptada o negada por el/la amante.
Los filósofos coinciden en que es una
pasión del alma que se distingue claramente de otras pasiones del alma
como lo son el odio o la envidia. Pero tal pasión evidentemente no se ha
dado, ni puede darse, en la cultura humana como una emoción pura, pues ha
sido revestida de diversas maneras por las tradiciones filosóficas,
artísticas y culturales en cada época. Sin embargo, a pesar de las
diferencia propias de cada una de estas formas de metamorfosear al amor, ha
existido una constante, al menos en la tradición occidental
judeocristiana y lo que de ella hemos heredado, y tal constante es la
no-equivalencia entre los géneros de cara a la experiencia amorosa. Ha
sido común también en estas vertientes culturales, la
postulación de esquemas dicotómicos desde los cuales cada
género se dirige a la situación erótica con toda una carga
de expectativas, usos y costumbres que implican el traslado de las concepciones
dicotómicas de la realidad hacia el ámbito de la moralidad tal y
como cada uno la experimenta cotidianamente. Intuimos difusamente la forma en
que el mundo está hecho y en nuestra acción concreta reproducimos
sin darnos cuenta la forma en que la realidad está estructurada. Si el
mundo contemporáneo está conformado en sus cimientos, y en sus
máximas realizaciones, por la comprensión platónica o
cartesiana o cristiana de la realidad, nuestra acción en él no
puede evitar por lo menos cierta concordancia con los postulados fundamentales
de tales comprensiones del mundo, estemos o no conscientes de ello. El pensar de
la filosofía no se halla al margen de la existencia, por el contrario, la
existencia de cada quien presupone un antes del cual hemos surgido todos y que
sin nosotros ya comprendía al mundo de cierta forma. Desde la plataforma
del pensar desenvolviéndose en la historia, que es nuestra raíz y
sustento, nos lanzamos hacia la búsqueda de nuestro destino, sin despegar
las plantas del suelo que nos vio nacer y nos alimenta con la misma savia. De
aquí la necesidad de efectuar en este capítulo un recorrido por la
historia de las ideas filosóficas sobre el amor, comenzando con la
reflexión platónica para pasar posteriormente a la propuesta
amorosa cristiana y de allí desembocar a la comprensión amorosa de
filósofos como Descartes, Spinoza, Schopenhauer, Kierkegaard y Sartre,
que a pesar de la diversidad de su pensamiento asumieron que el amor es un tema
que no puede ser omitido por la filosofía en la medida en que es parte
fundamental de la experiencia humana. El eje rector que dará unidad a los
pensamientos filosóficos sobre el amor expuestos en este trabajo, es la
idea de que la comprensión del amor que nuestra cultura ha desarrollado
se encuentra atravesada por las diferencias genéricas y asigna diferentes
posibilidades de acción según se trate de mujeres o de hombres; y
que la asignación dicotómica de valores, actitudes, expectativas y
conductas, ha ido en detrimento del ser, el valer y el poder de las mujeres,
sin que lo mismo ocurra en el caso de los hombres. Desde mi perspectiva, el amor
se ha constituido en un mecanismo para controlar a las mujeres y es
precisamente esto lo que nos interesa rastrear en este trabajo.
El amor como actitud y práctica humana se
realiza gracias a la tradición que se ha dado a la tarea de concebir lo
que es amar. No podemos sentir o pensar que amamos al margen del horizonte
cultural delimitado por lo que nuestros ancestros comprendieron como amor. Sin
nuestra tradición sería impensable que alguien amara, pues es el
discurso de la cultura lo que da sentido y significación a nuestras
actitudes y acciones. Por eso cuando amamos ponemos en juego la totalidad de la
tradición cultural de Occidente y, por decirlo así, en cada
suspiro, en cada ilusión erótica siempre están los
pensadores del amor que nos precedieron, observando a los enamorados y
ocultándose en sus sombras; pero saben que aunque sean invisibles para
ellos, los caminos eróticos que ahora siguen, son las sendas que su
reflexión trazó en épocas anteriores.
1. EL CONCEPTO DE AMOR ERÓTICO DEL PARADIGMA
PLATÓNICO
El amor según
Platón
...mientras
el amante está detenido en un aspecto definidamente sensible, no ama
todavía; pero cuando engendre en sí mismo, en su alma indivisible,
una no sensible forma de lo sensible, entonces nace el
amor.
PLOTINO.
En la historia de la filosofía han existido una
gran variedad de concepciones sobre el amor, una de las cuales es la de
Platón. La importancia del pensamiento platónico radica en el
hecho de que es la primera reflexión filosófica que sitúa
al amor como un tema filosófico que habrá de esclarecerse en su
esencia tomando como punto de partida las comprensiones eróticas
contemporáneas de este filósofo, que bien podían ser de
corte popular, filosófico o mitológico.
Platón expresa en el Banquete que
"...el amor es el deseo de poseer siempre el bien." (Platón, 1988.
Banquete, 206b). Esta definición es comentada por
Sócrates, quien la escucho de una sabia mujer llamada Diotima, misma que
no estuvo presente en el banquete pero que fue entrevistada por Sócrates
en una ocasión previa a éste.
En esta concepción el amor es la unión de
lo bueno y lo eterno, en la que el amor queda planteado de entrada como algo que
busca lo que no tiene fin. El impulso amoroso es la voluntad de aproximarse a la
bondad en sí, y es, asimismo, una disposición del alma que prepara
para la iluminación filosófica y espiritual, e incluso
mística.
Y es necesario, según lo acordado, desear la
inmortalidad junto con el bien, si realmente el amor tiene por objeto la
perpetua posesión del bien. Así pues, según se desprende de
este razonamiento, necesariamente el amor es también amor de la
inmortalidad. (Banquete, 206e - 207a)
El amor es una situación en la que lo bueno nos
pertenece siempre, por lo que la inmortalidad es el objetivo del amor, y lo que
es también inmortal es el deseo de poseer lo bueno, es un deseo que no
conoce límites.
Debido a que los seres humanos tenemos un modo de ser
finito, es decir, mortal, ha sido común la aspiración a
perpetuarse y acceder a la inmortalidad en la medida de sus posibilidades. De
allí que gracias al amor, afirma Platón en el diálogo
mencionado, pueda lograrse cierto tipo de inmortalidad en la
procreación, la cual posibilita sustituir un individuo viejo con uno
nuevo y así renovar eternamente el surgimiento de la vida
(Banquete, 207d - 208b). El amor como deseo de acercarse/poseer un objeto
busca un objeto bueno, y lo bueno es inmortal por lo que el amor es
esencialmente el anhelo de inmortalidad La finalidad del amor es lograr la
inmortalidad y su origen por tanto no es otro que la misma sed de inmortalidad.
En la procreación como medio del amor para lograr la inmortalidad, los
seres humanos soportan todas las fatigas en nombre de jóvenes individuos
que habrán de llevar el propio nombre a la posteridad. En el sentido de
búsqueda biológica de inmortalidad, Platón cae en un
planteamiento erótico de corte patriarcal al buscar la permanencia del
nombre del padre. Tal es la acción del llamado Eros “vulgar”
o “popular”. No sucede así, necesariamente, en el
planteamiento del Eros alado, pues éste busca la sabiduría en lo
inmortal (las ideas) y llega a la inmortalidad por la vía del amor al
saber, y no por la procreación.
Así, el amor platónico busca la
inmortalidad desde otra vertiente, distinta a la puramente natural o
biológica, es decir, no sólo a través de la pura
procreación, sino a través de un tipo de amor más
"espiritual", pues quien ama tiene un "no se qué" de más divino
que el que es amado, ya que en su alma habita un
dios[18]. En este caso se trata de un Eros
celeste o uránico que es capaz de hacer a los seres
humanos[19] felices y virtuosos durante su
vida y después de su muerte. El amor acerca a los seres humanos a la
perfección, los hace ser mejores, los perfecciona, y tales bondades
surten efecto incluso más allá de la muerte. Por ello el amor es
inmortal, porque puede prodigar perfección aún después de
la muerte.
Según Platón, el amor se guía por
dos principios:
1) El deseo instintivo del placer -Eros vulgar, que es
un deseo que puede satisfacerse inmediatamente y busca una forma imperfecta de
inmortalidad a través de la procreación.
2) El deseo reflexivo del bien -Eros celeste, que es un
deseo que se satisface a través de la mediación racional en la
búsqueda de sabiduría y busca acceder a la inmortalidad más
perfecta basada en las creaciones del espíritu y no de la carne. (Vid.
Fedro)
De esta distinción se derivan dos tipos de amor,
cada uno gobernado por un tipo de "Eros" distinto:
1) Eros popular: es el amor al cuerpo más
que al alma, que se enfoca más en la belleza de los cuerpos. Es un Eros
creador pero que funda toda creatividad en la reproducción
biológica[20]. Es desde este tipo de
Eros que las mujeres pueden llevar a cabo la principal función que el
patriarcado le ha asignado a su sexualidad: la reproducción. El hecho de
que las mujeres tengan una clara participación en esta modalidad de Eros,
puede ser la razón por la cual éste es llamado
“vulgar” o popular y sea menos bueno que el Eros celeste o
espiritual.
2) Eros celeste o alado: es el amor al alma
más que al cuerpo. Se enfoca hacia el Bien y es vía para acceder
al perfeccionamiento del alma. También es un Eros creador, pero su
creatividad se enfoca hacia la creación de obras artísticas y
espirituales[21] y no hacia la
reproducción biológica. Evidentemente las mujeres pueden
participar también de esta modalidad de Eros, pero son pocas las que lo
hacen, como por ejemplo Diotima.
El amor cuyo fin sea realmente la inmortalidad, no
podrá hacer del cuerpo su objeto amoroso, pues el cuerpo es el asiento de
la muerte. Pero el alma es inmortal, por lo que el amor a ésta es
también necesariamente inmortal. Así, en el Eros celeste son dos
almas las que aman y cada una ama en la otra su ser inmortal. Así, el
amor en sí mismo es inmortal, pues parte de un alma inmortal hacia otra
en busca del supremo Bien que es también inmortal. Al lograrse la
identificación plena del amor con su objeto, que es bueno e inmortal, el
amor mismo se torna como su objeto, es decir, bueno e inmortal. El alma es de la
misma naturaleza de las esencias o ideas que están en el Topos Uranos, y
las ideas todas están regidas por una sola idea suprema que es la del
Bien (Vid. El Sofista), pero ésta abarca a todas las demás,
y se comprende a lo eterno como causado por el Bien, que es el orden que rige
todas las cosas y a las ideas mismas. Por ello, cuando es amor al alma y no
tanto al cuerpo, en sí mismo es eterno, y es en la misma medida algo
bueno en sí y precisamente es eterno porque es bueno.
Platón se refiere también al Eros
"popular", y éste, aunque menos perfecto, también tiene como fin
la inmortalidad, no del amor mismo, sino de la especie y del nombre (que siempre
es el nombre del padre). El amor es la búsqueda de la inmortalidad, ya
sea contemplando el Bien eterno en otra alma, o procurando la
continuación de la prole, y con ella la supervivencia del nombre del
padre, pero no de la madre pues en las sociedades patriarcales la sexualidad de
las mujeres ha estado al servicio de los intereses materiales y/o espirituales
de los hombres.
Desde la perspectiva del Eros “vulgar”, el
amor en sí mismo no se pretende como algo eterno e inmortal, sino que lo
que se quiere inmortal, además de la propia alma, es el poder masculino
de dar el nombre a los hijos, y vemos cómo en el pensamiento
platónico se expresa claramente una comprensión patriarcal del
amor. Eros es el dios que puede hacer más felices a los hombres durante
su vida y después de su muerte, porque da garantía de
trascendencia, de inmortalidad, ya que al menos preserva el nombre del padre. La
felicidad de las mujeres al procrear no consiste en dar su nombre a la prole ni
en la promesa de inmortalidad biológica que el hijo/a abre, sino en el
hecho de cuidarlo/a y protegerlo/a, una vez hecho lo cual, termina su labor y el
renombre que el hijo/a posteriormente alcance no recae sobre ella, sino sobre el
padre y ella bien puede permanecer en el anonimato. El hombre, al dar el nombre
al hijo/a, se hace merecedor del reconocimiento de los/las demás por ser
el padre de un hijo/a ilustre.
No se dice que el amor entre hombre y mujer conduzca a
la inmortalidad perfecta, sino que la sed misma de inmortalidad, el anhelo de
trascendencia, es en sí mismo amoroso y puede expresarse a través
de la procreación o bien del conocimiento. Existe en los seres humanos el
ansía y el anhelo de trascenderse y esta ansia, en sí misma
amorosa, puede manifestarse de dos formas, sea mediante el Eros celeste o
mediante el Eros popular. Sin embargo, tales vías de acceso a la
inmortalidad, o por lo menos, a lo inmortal no son iguales ya que una es
más excelente que la otra y es practicada prioritariamente por hombres.
La vía de la sabiduría, propia del Eros celeste, es más
privilegiada que la de la procreación, propia del Eros popular, en la
consecución de lo inmortal. La primera puede llevar a una cierta
inmortalidad de la carne, y la segunda lleva a la plena contemplación de
lo inmortal.
El ser humano virtuoso no sólo habrá, sin
embargo, de contemplar las esencias inmortales, sino que habrá
también de asemejarse a ellas en su conducta cotidiana; tiene que
participar de lo bello, lo santo, lo justo, y al participar de ello adquiere un
cierto carácter inmortal. El ser humano virtuoso que se acerca a las
esencias, las contempla y participa de ellas es, en sí mismo,
partícipe del amor, el cual se manifiesta en esa voluntad de orden, en
ese deseo de acercamiento a lo luminoso. Vive en la actitud amorosa que con
toda la existencia se prepara para la iluminación y la invoca. De
allí que este amor alado o celeste sea en sí mismo tanto la puerta
de la iluminación como la iluminación espiritual como tal, es
decir, la contemplación partícipe del orden del mundo que abre la
verdad de la totalidad.
Sin embargo, en el diálogo llamado Fedro o del
amor, se expone el discurso de Lisias quien afirma que el amor no es tampoco
la pura bonanza, sino que es un mal:
Y en verdad que ¿cómo va a ser , pues,
propio, confiar para asunto tal en quien está aquejado de una clase de
mal que nadie, por experimentado que fuera, pondría sus manos para
evitarlo? Porque ellos mismos reconocen que no están sanos, sino
enfermos, y saben, demás, que su mente desvaría; pero que, bien a
su pesar, no son capaces de dominarse. (Fedro,
231d)
Por ello, según Lisias, el crítico del
amor que cita Platón, el amor es menos digno de envidia que de
compasión (233b). Lisias opina así porque en su discurso hace
una fenomenología de las relaciones amorosas fácticas, en donde
quien más ama es el/la que más sufre y se ve arrastrado/a por
pequeños sucesos a los que experimenta como grandes alegrías o
bien grandes penas cuando para otra persona no enamorada apenas tendrían
importancia. Así pues, el amor concreto experimentado en el mundo, es un
amor que comete errores, que se enemista con lo que sea contrario al amado/a,
que se encuentra atravesado por las desavenencias y el sufrimiento pero que es
también fuente de muchas de las mayores alegrías de la existencia.
Cuando el amor es solamente de este mundo es doloroso, extremo y desordenado,
pero cuando el delirio erótico proviene de los dioses, cuando es un Eros
espiritual, es un don, porque es un amor que proviene de lo inmortal.
En el discurso de Estesícoro que cita Fedro, se afirma además que
el alma del amante
...se
aflige ante lo absurdo de lo que le pasa, y no sabiendo por donde ir, se
enfurece, y, así enfurecida, no puede dormir de noche ni parar de
día y corre deseosa a donde piensa que ha de ver al que lleva consigo la
belleza . Y cuando lo ha visto, y ha encausado el deseo, abre lo que antes
estaba cerrado, y, recobrando aliento, ceden sus pinchazos y va cosechando,
entretanto, el placer más dulce (...) sin importarle un bledo que, por
sus descuidos, se dilapiden sus bienes y desdeñando todos aquellos
convencionalismos y fingimientos con los que antes se adornaba, presto a hacerse
esclavo y a poner su lecho donde le permita estar lo más cerca del
deseado. (Fedro, 251d - 252a)
Así, el amor para no ser un vano y pernicioso
delirio en donde se pierda el individuo, habrá de ser guiado por la
filosofía y evitar así caer en los "extravíos" propios del
amor que vive el vulgo. El amor guiado por la filosofía es un tipo de
amor más perfecto, pues está orientado por las ideas o esencias
inmortales que el filósofo/a conoce a pesar de encontrarse éstas
en un mundo suprasensible. De allí que sea un amor ideal (es decir, un
amor guiado e inspirado por la ideas o esencias ) y que al ser ideal
necesariamente tiene que ser inmortal; de allí su perfección: al
ser ideal evita de entrada toda posible corrupción propia de lo material,
de lo carnal.
La idea del amor "inmortal" y "perfecto" permanece hasta
nuestros días, e incluso es lo que guía -en muchos casos- la vida
humana: el ideal de encontrar un amor que esté más allá de
cualquier final y sea la base para el propio mejoramiento, es decir, que sea la
posibilidad del aumento de la propia perfección. De allí la idea
tan difundida entre ciertos sectores de que "el amor nos hace ser mejores y nos
hace ser buenos".
Sin embargo, Platón no se refiere solamente al
amor entre los amantes, sino que se refiere prioritariamente al amor dirigido a
las esencias y al amor emanado de ellas. Se refiere al amor al conocimiento, a
la sabiduría mística y no solamente al amor sexual. Al lado del
planteamiento platónico, encontramos en la cultura griega la libre
expresión de la sexualidad en las obras de arte y en lo que ha llegado
hasta nosotros del arte escénico de esta cultura. Había una
franca representación de la sexualidad y se dice que, por ejemplo, en
cultos religiosos como el de Dionisos se llevaban a cabo procesiones
acompañadas de símbolos fálicos y las mujeres
hacían pasteles con forma de órganos sexuales masculinos y
femeninos para ofrendárselos al dios (Vid. Mosse, 1991. pp.
169-179). El homoerotismo no era concebido como una desviación, y se
desarrollaba tanto el amor entre hombres como el amor entre mujeres, muestra de
éste último lo constituyen los versos de la poetisa
Safo.
A pesar de esto, el paradigma erótico
platónico ha sido la base de planteamientos posteriores que han dejado de
lado la relación entre amor, inmortalidad y sabiduría
mística para centrarse exclusivamente en la relación
afectiva-sexual entre las personas, pero ha conservado en este tipo de
vínculos el ideal de la inmortalidad.
El carácter patriarcal del planteamiento
erótico platónico se da en el ámbito de la búsqueda
de la inmortalidad, sea biológica-reproductiva o espiritual, y su ideal
de preservar del nombre del padre o del creador. Además son los hombres
los que aman mientras que solamente algunas mujeres lo hacen, dado que los
hombres son más capaces de la contemplación de lo perfecto situado
en el trasmundo.
El amor según Ovidio
Al igual que en el pensamiento de Platón, en el
Arte de Amar de Ovidio encontramos, analizándolo desde la
perspectiva de género, elementos propios de una comprensión
patriarcal del amor. Ovidio se centra no en una idea del amor como una actitud
del alma presta a la iluminación, sino en el amor entre los individuos
tal y como éste se da fácticamente sobre la base de las
diferencias genéricas.
Aunque Ovidio no habla del amor al alma, como lo hace
Platón, y se ocupa más bien del amor al cuerpo (pues él
dice cómo lograr los favores de la doncella), el papel de la mujer queda
reducido -hasta cierto punto- a la pasividad y la reactividad, pues quien lleva
el control de la relación amorosa es el hombre, ya que es éste
quien "conquista" a la mujer. Hay una pequeña trampa en el arte que nos
heredó el poeta: si solamente el hombre lo conoce, él
tendrá ventaja en el juego erótico; si es, por el contrario, la
mujer quien lo practica y el hombre no, entonces es ella la que puede aventajar
en el juego; pero si ambos, hombre y mujer, practican el arte con habilidad e
inteligencia, deben tener precaución, pues son enemigos con armas
peligrosas, aunque es más posible que el hombre gane la batalla amorosa,
pues es por naturaleza menos susceptible a las emociones eróticas y, por
ello, puede mantener un mayor dominio de sí mismo. La mujer ha de ser
engañada sutilmente[22] por aquél
que desee conseguir su amor; incluso la violación es reivindicada por
Ovidio con esta finalidad, pues dice que hay mujeres que gozan con ser violadas
y que cuando logran escapar de tal experiencia "se quedan tristes"
(Ovidio, Loc. Cit. I: 670-678).
El arte de amar es un arte masculino, es el arte de
hacerse amar por una mujer. Es necesario fingir para hacerse amar, pues la
mentira dirigida a la mujer es necesaria para predisponerla al amor. La mentira
sobre la que se basa el amor es el aparentar sufrimiento, amor o
admiración ante la "amada". Según Ovidio, es el hombre el que
finge, el que hace "como si...", y la mujer, al amar con plena entrega y sin
fingimientos, es quien sufre con la separación. De allí que Ovidio
recomiende también a las mujeres que deben fingir y llevar las
relaciones amorosas con disimulo.
La razón por la que el hombre debe fingir
"amor", afirma Ovidio, es el hecho de que el amor no está muy en
consonancia con la "naturaleza" masculina, pues el hombre no se enamora tan
fácilmente como la mujer:“Más parca en nosotros la
pasión, y no tan furiosa" (Loc. Cit. I: 281)
El modo de ser de las mujeres, afirma Ovidio, se
inclina más hacia el amor y no rechaza los sufrimientos que éste
origina, mientras que el hombre toma al amor superficialmente, evitando
así el sufrimiento que viene aparejado, y conservando de este modo el
"control" de la relación "amorosa". Ovidio afirma que:
La
mujer, ni flamas ni crueles arcos rechaza;
veo
que a los hombres dañan más poco tales dardos.
(Loc.
Cit. III: 29-30)
La predisposición supuestamente "natural" de la
mujer hacia el amor es la causa de que las mujeres sean "burladas" (Loc.
Cit. III: 31-32), es decir, mantengan un control desigual de la
relación amorosa con respecto al hombre.
En la obra Remedios del amor, Ovidio propone
"remedios" que "curen" del amor a quien no ha sabido mantenerse a distancia de
él. Obviamente estos remedios fueron escritos para los hombres que hayan
perdido el control del proceso de "conquista" de la mujer, y les permiten
alejarse del sufrimiento que el amor acarrea. Son estos remedios un
último recurso para aquel hombre que no pudo ser cauteloso y
cometió errores; es decir, se enamoró o comenzó a amar.
Tales remedios o medicinas son:
1) el trabajo, pues el ocio es aliado de la
pasión (Loc. Cit. 135- 150)
2) practicar los placeres y trabajos del campo
así como la caza
3) interponer grandes distancias entre la "amada" y el
"amante"
Por muy enamorado que el hombre esté debe
continuar fingiendo; debe mostrarse sereno e indiferente ante la "amada".
Así, tanto el amor como el olvido son simulaciones que se convierten en
costumbres a base de repetirlas constantemente (Loc. Cit. 489-504). De
ahí que lo real es lo fingido; lo real es lo aparente, y el amor es esa
"realidad" basada en la apariencia del hombre que finge amar o que finge
olvidar. En este caso estamos plenamente ante el Eros popular de Platón
en el que el amor es superficial y aparente, pues se dirige al cuerpo y no al
alma; es cambiante y caprichoso pues tan pronto se enciende como se extingue; es
efímero, tan efímero como todo lo que puebla esta realidad mundana
y material.
Con base en todo lo anterior podemos concluir que el
amor se vive de manera distinta por los hombres y por las mujeres, pues
éstas son más propensas a enamorarse, quizá por ser,
supuestamente, más “sensibles” que los hombres. Es mejor que
los hombres no amen sino que es preferible que se hagan amar, aun echando mano
de la mentira. Dice Ovidio que las mujeres deben cuidarse de los hombres que
practican el arte de amar y que por ende saben fingir. La única defensa
de las mujeres en contra de los fingimientos amorosos masculinos es continuar y
profundizar en la lógica de la apariencia. El arte de amar propone, de
este modo, la lucha de la habilidades eróticas en donde el/la vencedor/a
es el/la que logre hacer al otro/a perder el control de sí mismo/a y le
hace rendirse a los éxtasis amorosos con desenfado. El hombre cauto no
comete errores así que no se enamora o no ama. Amar verdaderamente es
equivocarse, errar el camino, fallar como hombre. El amar no es aquí lo
que era para Platón, un camino hacia la sabiduría mística.
Para Ovidio amar es fallar, poner en entre dicho la hombría porque amar
implica la posibilidad de la pérdida del poder masculino en una
relación erótica. Sin embargo, la mujer, al ser
“naturalmente” más propensa al amor, es la que tiene mayores
probabilidades de quedar en situación de indefensión o de
impotencia, sobre todo si no sabe interpretar las actitudes de quien la corteja
y falla en darse cuenta de si está siendo engañada o no por
alguno que practica el arte de amar.
Todo esto es parte de una comprensión patriarcal
del amor, pues el hombre es quien tiene mayores posiblidades de tener el
"control" de la mujer y de sí mismo, porque en su "naturaleza" no
está muy arraigado el dejarse llevar por la pasión; mientras que
la "naturaleza" femenina no rechaza los goces y los sufrimientos del amor,
aunque quizá es así porque ella puede pasar mucho tiempo en el
ocio y éste es "aliado de la pasión", como también
decía el poeta. Se nota también un componente egoísta en
este concepto de amor, ya que no le interesa al hombre dar amor, sino
sólo su apariencia, y, además, desea hacerse
amar.
En ambos textos de Ovidio se tocan algunas de las
creencias y actitudes sobre el amor que tuvieron gran importancia durante el
Medioevo y que subsisten incluso hasta nuestros días y, a pesar de su
antigüedad, tienen gran vigencia como explicación de los hilos que
mueven -en infinidad de ocasiones- las relaciones amorosas tal y como de hecho
se dan entre los géneros.
El amor erótico cristiano
La comprensión sobre el amor cristiano a la que
aquí haremos referencia se localiza en la Primera Epístola a
los Corintios del apóstol San Pablo, pues en ella se abordan
los temas del amor sexual así como de las relaciones entre los
esposos.
La comprensión amorosa cristiana aparecida en
este texto sigue muy de cerca a la corriente platónica, al proponer que
el cuerpo - y junto con él la llamada
"fornicación"[23]- es el asiento de la
maldad, por lo que es necesario "purificarlo". Así, se propone que el
cuerpo no sea “...para la fornicación, sino para el
Señor, y el Señor para el cuerpo.” ( I Cor. 6:
13)
De allí la necesidad de no tener nexos con los
"fornicadores y las rameras". Es mejor que el hombre no toque mujer alguna, pero
para evitar las tentaciones que inducen a la "fornicación" es mejor que
...cada
uno tenga su propia mujer, y cada mujer tenga su propio marido. El marido cumpla
con la mujer el deber conyugal[24], y asimismo
la mujer con el marido. (I Cor. 7: 2-3)
Quien no tenga el don de la continencia, debe casarse
para evitar la "fornicación". Si están unidos en matrimonio, la
mujer no debe separarse del marido, y en caso de separarse debe evitar un nuevo
casamiento o bien reconciliarse con el marido; igualmente, el hombre no debe
abandonar a la mujer. Es necesario que las relaciones sexuales sean evitadas
manteniéndose soltero/a pero si es demasiado imperioso el apetito sexual,
habrá que casarse para darle salida. Así,
La
doncella tiene cuidado de las cosas del Señor, para ser santa
así en cuerpo como en espíritu; pero la casada tiene cuidado de
las cosas del mundo, de cómo agradar a su marido. (I Cor. 7:
34)
La casada ha de enfocarse en las tácticas y
estrategias que es necesario llevar a cabo para ser digna de la atención
del esposo, tiene que agradar al marido para evitar que se de la ruptura de la
relación y con ello la vuelta a la
“fornicación”.
Asimismo, para San Pablo el conocimiento es algo
superfluo que es propio de los vanidosos, mientras que el amor es
constructivo. La mujer debe amar al varón porque éste es
causa de ella, pues "...el varón no procede de la mujer, sino la mujer
del varón." (I Cor. 11: 8) Así, el amor que las mujeres deben
tener por sus hombres se parece al amor que los hombres tienen hacia Dios, al
reconocerle a éste como origen y lugar de procedencia, es decir, como
dador de su ser. El amor que se plantea en este texto tiene como
características las siguientes:
El
amor es sufrido, es benigno; el amor no tiene envidia, el amor no es
jactancioso, no se envanece; no hace nada indebido, no busca lo suyo, no se
irrita, no guarda rencor; no se goza de la injusticia, más se goza de la
verdad. Todo lo sufre, todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta.
El amor nunca deja de ser; pero las profecías se
acabarán, y cesarán las lenguas, y la ciencia acabará.
(I Cor. 13: 4-8)
Como puede constatarse, el amor es concebido como algo
bueno que rechaza de sí las "bajas pasiones" como la envidia, el
resentimiento, la vanidad, la cólera, el rencor y la injusticia. El gozo
que produce el amor no se da con esas pasiones sino con la verdad y con la
honestidad. Este amor es abnegado pues está dispuesto a soportarlo todo
sin importar nada que no sea el amor mismo. Hace que los amantes-amados sean
confiados, abnegados, sufridos y que no pierdan nunca la esperanza. El amor
nunca deja de ser[25], y aunque todo acabe,
éste siempre se mantendrá. Se nota claramente la idea de lo eterno
incorporada al concepto de amor entre los individuos, y es precisamente
así como esta vertiente de la tradición occidental visualiza al
amor: como eterna esperanza y sufrimiento, como bondad y abnegación sin
fin. Esta idea ha sido más inculcada en particular al género
femenino que al masculino, para posibilitar con ella la abnegación y el
sacrificio exigido a la mujer en el ámbito de sus acciones y relaciones
cotidianas, y así establecer el control masculino hacia las mujeres. Son
ellas las que deben sujetarse a las órdenes masculinas y negar su propia
voluntad y su propio poder como seres humanos. Sin embargo, en el texto
paulino podemos suponer una doble articulación del discurso sobre el
amor, pues si bien las palabras anteriores dirigidas a los corintios se pueden
interpretar como un ideal del amor erótico, también pueden ser
interpretadas como la explicitación del ser divino que es en sí
mismo amor perfecto, pura donación sin reservas, paciente y siempre
presto al perdón. A pesar de que reconocemos la viabilidad de esta
vertiente interpretativa a partir del texto citado, nuestra
interpretación de él gira en torno a su relación con el
amor erótico entre los seres humanos y el sesgo genérico al que
puede dar lugar.
Ciertamente vivimos en una época en la cual la
religión cristiana ya no tiene el peso moral que en otra época
guiaba las acciones humanas, sin embargo, este modelo de amor erótico
cristiano sigue teniendo vigencia entre un gran número de individuos, e
incluso mantiene su influencia, permaneciendo al margen de la religión,
al haber sido interiorizado como elemento de la moralidad laica, expresada en
una doble moral burguesa, cuyo origen religioso se ha perdido de
vista[26].
Por otra parte, existen en la actualidad algunos
intentos por replantear el esquema amoroso emanado de la reflexión
paulina. Como sabemos, para el apóstol el amor ha de estar plenamente
codificado y realizarse según un marco de referencias bien establecido
que era el marco de la cultura hebrea. La elaboración paulina del amor
erótico asume que la unión sexual ha de darse dentro del
matrimonio pero aún en este ámbito es hasta cierto punto
perniciosa. Así, se propone la castidad dentro del matrimonio basada en
el descrédito del cuerpo y los placeres sensuales y sexuales. A pesar de
esta línea moral desarrollada al interior del cristianismo, se ha dado
toda una revolución en la reflexión teológica,
reflexión que ha cambiado sustancialmente la forma de comprender y
enfrentar el fenómeno amoroso. Tal es el caso de las reflexiones
expresadas por James y Evelyn Whitehead (1989) quienes desde un punto de vista
cristiano católico realizan una hermenéutica diferente y afirman,
movidos por el ánimo de revisión de los textos de la
tradición, que el cuerpo y la sexualidad son buenos puesto que el amor
“profano” puede acercarnos al amor divino y a través de
él es posible moverse hacia la experiencia del amor de Dios por los
hombres y mujeres y por lo mismo permitirnos el fortalecimiento de la fe en
Dios. El amor sexual nos pone en lo profundo, desde el cuerpo, de la
espiritualidad y la creatividad; nos conduce a los otros y sostiene la
atracción que será fundamental para los muchos de los más
grandes compromisos en la vida. El amor sexual es un eco de la creación,
pues el cuerpo es santo y bueno desde el momento en que Dios eligió, por
pura iniciativa suya, encarnar en la figura de Jesucristo. Para ellos, la vida
de Jesús nos desafía hacia un amor más que genital,
más amplio que una familia biológica, más
fructífero que la fecundidad misma. Se establece en este punto una
distinción fundamental entre lo fructífero y lo fecundo. La
fecundidad, que ha sido siempre defendida por la tradición, se ha movido
solamente en el ámbito de lo puramente biológico por lo que la
procreación se ha mantenido como el ideal moral de la vida amorosa
matrimonial dejando de lado el ámbito fructífero del amor, mismo
que no se circunscribe sólo a la reproducción biológica
sino que la rebasa hacia el ámbito del crecimiento espiritual.
Así, el amor puede ser fecundo pero su excelencia radica en el hecho de
ser fructífero que nos abre hacia modos de vida distintos a partir de los
cuales podemos experimentar un crecimiento espiritual mucho más amplio.
De esta manera lo fructífero es mucho más que la mera fecundidad y
no se agota en la reproducción. La sexualidad es misteriosa en sus
finalidades y significaciones y es además simbólica, pues
trasciende el mero ámbito de la procreación. Cuando la
reproducción es vista como la verdad dominante de la sexualidad, la moral
se enfoca en la relación entre sexualidad y matrimonio. Sin embargo, la
sexualidad no es solamente reproductiva, relacional y placentera, es
también sacramental[27] porque nos abre
hacia el misterio de Dios. Tal sacramentalidad radica en que no sólo
conduce al compromiso con el otro, sino recuerda también lo que nos une
con el creador (James y Evelyn Whitehead,1989. p. 31). El amor erótico,
por la socialidad que implica, simboliza la vida de fe y hace promesas tal
como el amor de Dios nos ha sido prometido. La promesa del amor erótico
trasciende la pura sexualidad y se dirige hacia un ámbito de la vivencia
humana en su totalidad que conecta con el misterio de Dios y la esperanza en
la vida nueva prometida por Jesucristo. Sin embargo tal promesa es real pero es
frágil y es fuente de alegría y dolor. Es una promesa que necesita
un espacio en donde crecer y en donde pueda ser protegida. Tal ámbito de
cuidado y crecimiento de la frágil promesa erótica es el
compromiso que da a la pasión un lugar para crecer y ser
fructífera. Se ha pensado tradicionalmente que tal lugar es el
matrimonio. Bajo su forma legal se da como un contrato sexual duradero; bajo su
forma cristiana es signo y origen del amor de Dios. Sin embargo, el matrimonio
no es el único contexto que apoya la promesa de amor mutuo, puesto que
existen los amores homosexuales en cuyo interior se puede desarrollar una
práctica erótica creativa, fructífera y placentera. Estos
autores, lejos de condenar las relaciones homoeróticas, las apoyan
argumentando que el hecho de que en ellas no se dé la
reproducción biológica no implica que sean “malas” o
“antinaturales” puesto que en muchas ocasiones se fundamentan en
un compromiso vital y amoroso entre sus actores/as. El amor de Dios se
manifiesta también en estas relaciones cuando se da en ellas una
verdadera apertura y entrega al otro/a.
Desafortunadamente el amor erótico ha sido
confundido con el deseo sexual desenfrenado y caprichoso que prescinde de la
creatividad erótica, y gran parte de tal confusión se la debemos
a San Agustín de Hippona. Esta figura imprescindible de la
tradición cristiana mantuvo relaciones no sancionadas legalmente con una
mujer desde que él era bastante joven hasta ya iniciada su tercera
década, y creía que el amor era bueno pero la sexualidad no lo
era. Por catorce años vivió en “unión libre”
con una mujer y era esta una relación estable y socialmente aceptada. Su
madre, Santa Mónica, arregló para él una boda que lo
separó de su relación. La boda había de realizarse con una
mujer de familia rica pero que aún era muy joven para casarse.
Agustín tuvo que esperar dos años a que su prometida cumpliera la
edad adecuada para contraer matrimonio, y no pudiendo soportar tanto tiempo de
abstinencia, se relacionó con varias
mujeres.[28] Según los Whitehead,
Agustín era “sexo-compulsivo” por lo cual eligió la
abstinencia después de su conversión como vía de
liberación de su sexualidad[29] .
Desafortunadamente, muchas de las opiniones de San Pablo y San Agustín
contrarias a la sexualidad y al amor han forjado la moral sexual del
cristianismo y han propiciado, junto con otras influencias culturales, que
durante dos mil años el cuerpo y el erotismo se vivieran con culpa y
repulsión. El desprecio del cuerpo no está dado, desde mi punto de
vista, en la matriz cristiana originaria, sino que es legado de la moral
judía y de algunos elementos de la vertiente platónica de la
cultura griega que se han desarrollado juntamente con el cristianismo. El
cristianismo no es la fuente del desprecio del cuerpo, puesto que Jesús
es el verbo que se hace carne y habita entre nosotros, y sí
podemos por ello, desde esta perspectiva, suponer que el cristianismo reivindica
y revalora el cuerpo y en general la existencia humana fáctica. Sin
embargo, se ha dado históricamente en la tradición cristiana el
divorcio entre la necesidad genital y la relación personal entre los
individuos. Esta división de la realidad sostiene por una lado la
“caída en el mundo carnal” y por otro la aspiración
hacia un mundo espiritual y superior. Esta convicción, que hoy en
día se sigue defendiendo en muchos sectores de nuestra cultura, pone en
entredicho la bondad de la creación. Considero que el divorcio de estos
ámbitos ha llevado a un mal entendimiento de la experiencia humana en
tanto tal, experiencia que por lo mismo ha tratado de evitarse a través
de códigos morales estrechos y autoritarios. El cristianismo y el
judaísmo han sido expresión de la larga búsqueda masculina
de Dios, por lo que para ambos el Dios se da como prototipo de la figura
masculina poderosa que es el padre, de ahí que en infinidad de ocasiones
se planteé un Dios del control[30] y no
del deseo; un Dios que está más allá del amor apasionado.
Ante esto, es necesario y saludable someter los planteamientos del cristianismo
a una revisión crítica para que, bajo una luz diferente, sin
sexismo ni autoritarismo, aporten a nuestra época la riqueza de la
reflexión teológica y la búsqueda sincera de Dios a todos
los que estén en ella interesados/as.
Aunque no se dé la práctica de
cualquier variante del cristianismo, e incluso se esté apartado de esa
religión, éste se encuentra, muchas veces imperceptiblemente, en
nuestras expectativas de vida, en nuestras finalidades y en nuestra manera
cotidiana de existir. A pesar de la transformación histórica
constante, se mantienen muchos elementos emanados de corrientes culturales
anteriores que han sido asimiladas y que por ello se pierden de vista ante el
sentido común de nuestros contemporáneos.
El amor cortés
La
mujer es ligera y vana... Si tenéis mujeres en vuestra casa debéis
mantenerlas calladas lo más posible y volver a menudo y hacer que
estén temerosas y tiemblen.
Mercader
florentino del siglo XIV
Hay
mujeres que se conquistan con riquezas, otras a fuerza de palos y algunas con
simples caricias.
Geoffrey
Chaucer
La
galantería es la manera de concebir a la mujer bajo categorías
fantásticas.
Sören Kierkegaard
En la temprana Edad Media la opinión
comúnmente difundida tenía dos fuentes de las que surgía:
la Iglesia y la aristocracia. El clero -célibe en teoría- y la
aristocracia -para quien las mujeres eran en mucha ocasiones objetos de ornato
o garantías de pactos políticos y económicos- eran los
ámbitos que dominaron por varios siglos las ideas existentes sobre las
mujeres. Tales clases sociales determinaban el concepto de matrimonio, que
prevaleció incluso hasta principios del siglo XIX, en el que la libre
elección y la atracción personal no se habían aún
desarrollado como fundamento, pues la Iglesia tenía solamente dos razones
para recomendar el matrimonio: la procreación y el afán de evitar
la fornicación. Tanto el clero como la aristocracia sometieron a las
mujeres en los hechos y paralelamente, a partir del siglo XIII, elevaron a la
Virgen María como señora y
reina[31]. Para la sociedad medieval las
mujeres eran vistas como un obstáculo para la salvación y este
punto de vista permeó muchos aspectos de la moral de la época.
El deseo de educación y refinamiento
aristócrata da como resultado al amour courtois que se
erigió como forma de vida en Provenza, al sur de Francia, durante la
segunda mitad del siglo XII. Este movimiento cultural tuvo como centros algunas
cortes como las de Champagne, Blois, y Flanders, así como las cortes de
Enrique II de Inglaterra y sus hijos, Ricardo Corazón de León,
Luis VII de Francia y Pedro II de Aragón (Cfr. Power,
1978).
En el mundo gótico surge el amor ideal, el amor
cortés que va más allá de la pasión, el deseo y el
afecto duradero que han sido experimentados desde siempre. Las fuentes del amor
cortés pueden encontrarse en las regiones meridionales de Francia,
grandemente influenciadas por los remanentes de la cultura
romana[32], así como en tradiciones
literarias persas importadas a Europa por los cruzados y los peregrinos, en las
que las mujeres eran objeto de halago y devoción desmedidos. El amor
cortés se erigió como una ideología cuyas prácticas
se encontraban perfectamente establecidas. Más allá de la
pasión y el afecto, se constituyó como un estado de
sumisión a la voluntad de una mujer inaccesible por la que ningún
sacrificio era demasiado grande, y el afán fundamental de la vida
consistía en cortejar a una dama exigente y soportar los sufrimientos
causados por ésta. Las novelas de caballería son ejemplo del
caballero que va en busca de aventuras para ser digno de la mirada de la dama
amada y así ganar su amor. La inaccesibilidad de la dama precisamente
consiste en ser casada o de un rango más alto, y como la boda medieval
era asunto de herencia y de propiedad, el amor no tenía nada que ver en
él. De allí que al haber matrimonio sin amor, el amor
tenía que darse al margen -e incluso en contra- del
matrimonio[33]: “Marriage is not
excuse for not loving” (Power, 1978. p. 23). El amor como tal
ocurre sólo fuera del matrimonio, pues éste era solamente una
institución basada en el interés y la conveniencia, mientras que
el amor debía ser libremente dado y recibido, tenía que ser algo
gratuito. Con esta ideas se terminaba amando a las mujeres de los
otros.
En esta época, el erotismo se constituyó a
partir de un código que marcaba las actitudes y acciones que era
necesario llevar a cabo para lograr los favores de alguna dama. Este
código se formuló como un arte de amar que influyó en la
conducta de las clases aristócratas. En la práctica, el matrimonio
feudal implicaba una cierta denigración de las mujeres en tanto
personas[34], pero la idealización
erótica de la dama otorgaba a las mujeres un rango diferente al que
tenían en el matrimonio. De allí que como comenta Octavio Paz
(1994), el surgimiento del amor cortés implicara una modificación
positiva del papel de las mujeres de aquella época. Esto, como veremos,
es hasta cierto punto cuestionable y será analizado más
adelante.
Hay dos elementos que, a mi parecer, son fundamentales
para interpretar el fenómeno amoroso medieval. El primero es la herencia
del código amoroso que data de la época en que Ovidio
escribió su famosa obra El arte de amar y que fue reinterpretado
por los poetas y caballeros medievales. En dicha obra se pone de manifiesto
toda una arte amatoria que establece los principios fundamentales de la
acción de quien pretende hacerse amar. Se propone que el amante aprenda
el arte de las palabras para poder ser digno del amor de una mujer, pero
además Ovidio recomienda que el amante debe hacer todo lo que su amada
desee y, en fin, fingir[35] todo cuanto sea
necesario para lograr y conservar el amor de ella. Esta obra está
dividida en tres partes que tienen cada una su propia relevancia
temática. La primera trata de las prácticas necesarias para que
los hombres se hagan amar por alguna “niña”; la segunda de
las prácticas indispensables para que se conserve el amor de la
“niña” y la tercera aconseja a las mujeres sobre cómo
tomar parte activa en la practica buscadora del amor del
“niño”, así como las acciones mediante las que puede
hacerse durar el amor.
¿Qué debe hacer el aspirante para lograr el
amor? Es importante que el aspirante haga promesas y ruegos, pues éstos
ablandan el corazón de las mujeres (Vid. Ovidio, 1975. I, 350-355,
629-630 y 701-720). El aspirante debe también aprender el arte de las
palabras y escribirle a la “amada” utilizando palabras
suaves (Op. Cit. I, 455-468). Así, en la Edad Media
“The lover must sing as he sighs, and love and poetry become almost
interchangeable terms” (Power, 1978. p. 24). El aspirante al amor de
una dama debe mantenerse limpio y con buena apariencia física, usar ropa
limpia, llevar los cabellos y la barba bien peinados, mantener buen aliento y
las uñas limpias (Op. Cit. I, 511-522)
¿Que es lo que debe hacer el amante para conservar
el amor? Es indispensable, para ser amado, ser amable (Op. Cit.
II,107-160), ser también indulgente, no ser áspero, evitar los
pleitos y ser de palabras dulces. Si el amante es pobre y no puede dar
regalos caros a la amada, le deberá regalar versos (Op. Cit. II,
165-166). Asimismo, el amante debe ser paciente y ceder a cualquier deseo de
ella, así como hacer cualquier cosa que ella pida o quiera (Op.
Cit. 180-232). Encontramos en esta parte el ideal del poeta provenzal
así como del caballero andante para quienes cualquier sacrificio era poco
con tal de cumplir con los deseos de la amada. Es necesario que ella sienta
que por su causa él está dispuesto a correr múltiples
peligros y es necesario hacer que ella tema por el bien del amado. El orgullo es
un estorbo para el amor del cual hay que deshacerse. El dar regalos y tiernos
versos es muy importantes para mantener viva la llama amorosa, e incluso tales
versos se alaban más que los mismos regalos, pues expresan el estado del
alma del amante (Op. Cit. 247-294). Hasta aquí, lo dicho por el
poeta concierne a la práctica amorosa masculina y a todos los
fingimientos que los hombres deben llevar a cabo para lograr y conservar el
amor. Es importante observar cómo Ovidio recomienda en tantas ocasiones
el regalo de “versos dulces”. El amor cortés medieval
siguió este consejo así como el que dice que es necesario hacer
todo lo que la amada pida, y es por este imperativo que, como apuntamos
más arriba, la voluntad del amante quedaba sujeta a la de la mujer y todo
esfuerzo era poco con tal de satisfacer sus deseos.
Pero ¿qué debían hacer las mujeres
para lograr y conservar el amor? Primeramente deben, dice el poeta, cuidar de su
cuerpo (Op. Cit. III, 101-132) y cuidar su aspecto físico
peinándose adecuadamente y teñir el cabello si es necesario. El
uso de cosméticos para maquillar las mejillas y los ojos está
permitido, siempre y cuando los afeites estén siempre fuera de la vista
del amante (Op. Cit. III, 135-168). Es importante la vestimenta y sus
colores deben ser adecuados a cada tipo de mujer, así como las joyas, que
deben usarse con discreción. El cuerpo femenino debe estar depilado y
deben las mujeres lavarse los dientes y la cara. Este arte de amar le viene bien
sobre todo a aquella que sea menos bella, pues “Las hermosas no
procuran poder y preceptos del arte; tienen la dote suya: forma, sin arte,
fuerte” (Op. Cit. III, 57-58). Las mujeres deben
también llorar con decoro, saber bailar y conocer muchos juegos (Op.
Cit. III, 291-380). Es necesario que las mujeres se hagan ver por muchos
pero deben saber cuidarse de los hombres que también practican el arte
del amor: “...para un hombre falaz no esté la puerta
abierta” (Op. Cit. III, 456). En esto las mujeres deben ser
muy cautelosas y desarrollar dotes de observación que les permitan ver
cuándo se les habla con verdad y cuándo no. Ovidio escribe el
siguiente consejo:
Mira, y en lo que leas, de las mismas palabras
infiere
si
finge o, angustiado, te ruega desde el alma,
y
escribe tras breve demora, si sólo toma un exiguo
tiempo.
Mas
ni fácil te prometas al joven que ruega,
ni,
empero, con dureza, lo que él pretende, niegues.
Haz
que tema y espere a la vez, y cuantas veces respondas,
más
cierta la esperanza venga, y menor el miedo.
(Op.
Cit. III, 471-478).
Es necesario mantener en secreto la identidad del amante
así como evitar ira, soberbia y tristeza porque modifican y afean el
rostro. Para que caiga en la red el nuevo amante, es necesario ante todo
mantener una actitud de disimulo (Op. Cit. III, 483-554). Para que el
amor fructifique y dure es necesario que ella interponga obstáculos
sutiles, pues “El placer que viene sin peligro es menos acepto”
(Op. Cit. III, 603). El problema con el matrimonio es que tales
obstáculos ya no existen y por ello no puede haber amor en él:
Esto
es lo que no consiente que sean las esposas amadas:
que
las encuentran, siempre que quieren, sus maridos.
(Op.
Cit. III, 585-586)
De ahí que para lograr el amor en muchas
ocasiones, es necesario “burlar a un taimado marido”, acción
que Ovidio alienta y recomienda así como el hecho de que las mujeres
también deben fingir enamoramiento, para hacer creer al otro que
también es amado. La mujer, para sacar mayor provecho de su apariencia
física en el juego amoroso debe observar estrictas reglas en el comer, el
beber y el dormir[36].
Para la culminación de todo este juego que se da
en el acto erótico-sexual, el poeta recomienda que ambos deben gozar del
acto, y en particular la mujer deberá sentirlo “desde sus hondas
médulas”, y si en realidad no lo siente, deberá fingir
arrebatos de voluptuosidad como si efectivamente estuviera en el éxtasis.
Es necesario que durante el acto erótico se digan y se murmuren la
“blandas voces” y las lascivas palabras que cada uno de los amantes
desee (Op. Cit. III, 795-800).
Esta comprensión de amor implica una tremenda
sujeción de los hombres a las mujeres, pues lo dicho, pensado y deseado
por la amada era la medida de todas las cosas. Sin embargo tal
sujeción se daba en el ámbito de la apariencia, pues todas las
actitudes y conductas recomendadas por el poeta, no debemos olvidarlo, se dan
como fingimiento, porque el amante debe fingir, para hacerse amar, que admira,
que sufre. Debe fingir también al rendir honor a la amada,
situándola en un lugar muy por arriba de él. Este ideal del
fingimiento se debe expresar en conductas que cuiden las formas, de allí
la necesidad de ser amable, pues amable en este caso significa ser atento,
servicial, preocupado por los deseos de la amada, sin que quepa la menor duda de
que es ella el origen y fin de todas las atenciones. La clase de mujer sobre la
que había que derramar todas las galanterías no era el tipo de
mujer común, ni la campesina, ni la que atendía en los hostales,
ni la artesana. Había que crear, juntamente con el ideal de amor, un tipo
de mujer ideal que fuera por sus virtudes el objeto incuestionable de los
deseos eróticos del amante. Si bien es cierto que una de las fuentes del
amor cortés fue el arte amatoria propuesta por Ovidio, ésta se
reelaboraría en la Edad Media y sería además enriquecido
con la vertiente de ideas diferente propia del culto cristiano a la Virgen
María.
El segundo elemento que intervino en la formación
del concepto de amor cortés se da entre los siglos XI y XIII, con el
culto de la Virgen María. Podemos apreciar en el arte de este periodo la
irrupción de las madonas delicadas y de sublime belleza que nutrieron el
ideal de la dama. El arte de estos siglos pretendió mostrar a las mujeres
a través del arquetipo de la Virgen María, y las concibe como
dulces, serenas, maternales, amorosas, pero no las muestra a ellas tal y como
eran, sino como los hombres querían que fuesen (Vid. Clark, 1993.
p.112). Es durante el concilio de Éfeso del año 431 que se
establece definitivamente dentro de la tradición el título de
Dei Genitrix o Theotokos para María. Fue Cirilo de
Alejandría quien, siguiendo las ideas del teólogo
neoplatónico Proclo, expresadas en un sermón pronunciado en
Constantinopla en el año 428, se encargó de promover a nivel de
culto la idea de María como madre de
Dios[37]. El culto de la virgen se
difundió con gran rapidez a partir del siglo XI y llegó a
influir en las más diversas manifestaciones del culto popular. Se
dieron en esta época grandes peregrinaciones a los lugares de
aparición y a los lugares que estaban consagrados a un culto especial
de la Virgen María, y las iglesias que no estaban específicamente
dedicadas a ella fueron provistas con capillas en honor de Nuestra
Señora. Los milagros de la Virgen estaban en boca de todo el mundo y la
Iglesia estableció festividades para conmemorar los incidentes de su vida
y los sábados fueron especialmente asignados para su culto. El culto de
la Virgen incluso alcanzó una relevancia tal que en muchas obras de arte
de esa época podemos observar cómo el mismo Jesús es una
imagen infantil rodeada por los amorosos brazos de la Virgen. Jesús no
era, en muchas ocasiones, el Dios-Hombre salvador y redentor de la humanidad
que murió y resucitó por mujeres y hombres, sino simplemente una
imagen infantil que hasta cierto punto perdía importancia ante la Virgen,
su madre. En muchas ocasiones, el culto de la Virgen fue indistinguible del
culto que el caballero prodigaba sobre la dama mortal, sólo que el culto
de la Virgen se extendió con mayor rapidez y entre mayores núcleos
de población que aquellas ideas de los poetas cantores y los caballeros
andantes. Así, el culto de la dama amada era subsidiario y a la vez
contraparte del culto de la Virgen. En caballería el culto
romántico de una mujer era una cualidad necesaria del caballero
perfecto, tanto como lo era también el culto de Dios. El ideal de la
madre de Dios nutrió la imaginación de los poetas, para quienes
la amada era la encarnación de las máximas virtudes y
mantenía, por ende, un puesto de superioridad con respecto al amado. El
amor cortés encontró mayor aceptación entre las clases
aristócratas y las reglas de su práctica se conviertieron, con el
paso del tiempo, en la regla del comportamiento en las cortes durante las
épocas de esplendor de la monarquía, sobre todo de las cortes de
los Luises en Francia[38]. Más
allá de si el amor cortés verdaderamente reverenciaba o no el ser
mujer, fue una manifestación cultural cuyos conceptos y originalidad han
inspirado tanto a la literatura posterior al Medioevo como a las
prácticas amorosas post-medievales. Se llegó a convertir durante
el Renacimiento en una práctica de cortesía, en un estilo de vida,
aunque el espíritu del cual emanó hacía tiempo que ya
había desaparecido.
Sin embargo, en la vida cotidiana el trato a las mujeres
de carne y hueso estaba lejos de los arrebatos del amor cortés y muy
lejos también de la devoción mariana. Comenta Keneth Clark que
existe un manual de cómo educar a las hijas, que data del año de
1370, escrito por un personaje, al que socialmente se tenía por noble y
bondadoso, llamado Caballero de la Torre de
Landry[39]. Este manual gozó de gran
popularidad y se leyó hasta bien entrado el siglo XVI, incluso hay una
edición con ilustraciones de Durero. Este bondadoso caballero describe en
su libelo que a las mujeres desobedientes hay que pegarles, dejarlas sin comer y
arrastrarlas cogidas de los cabellos (Vid. Clark, 1993. p.112). Dentro
del ideal del matrimonio se prescribía en la mayoría de los
libros didácticos de la época que los esposos burgueses
debían procurar por cualquier medio la absoluta obediencia de la esposa
al esposo, tal como la fidelidad del perro al amo, y “declares that
all his orders, just and unjust, important and futile, reasonable and
unreasonable, must be obeyed” (Power, E. 1978. p. 16). Incluso la ley
Canónica de la época recomendaba golpear a las esposas
desobedientes.
A partir de diversas obras literarias y
artísticas surgidas en la Edad Media y el Renacimiento, podríamos
pensar que la condición femenina mejoró con respecto a
épocas anteriores, como lo afirma Octavio Paz en su obra (1994). Sin
embargo, las cosas no fueron totalmente de ese modo, salvo excepciones. El amor
cortés y su frivolidad dio paso al desarrollo de la literatura que
expresaba una mayor violencia en contra de las mujeres de la que ya
existía, y el canto del poeta hacia la dama es seguido por una ola de
literatura misógina de corte burgués. Tal es el caso de la
fabliaux, en donde la mujeres viejas son malvadas, las esposas,
traicioneras; la muchachas, tontas. Aunque en realidad muchas de estas
fábulas eran anteriores a la Edad Media , tomadas de Oriente o de la vida
de los Santos Padres, gozaron de gran popularidad alrededor del siglo XIII y
XIV. Hubo, además, poemas didácticos que detallaban los vicios de
las mujeres. Contra la misoginia imperante surgen obras en favor de las mujeres,
como por ejemplo La leyenda de las buenas mujeres de Chaucer. Tales obras
en defensa de las féminas, en muchos casos, dan la impresión de
haber sido escritas por mujeres.
Podemos decir que, en términos generales, las
mujeres que ocuparon una posición sobresaliente lo hicieron generalmente
por medio del matrimonio o de la herencia, pero ellas mismas, para poder
aspirar a un matrimonio con algún hombre rico o importante, debían
ser de cuna ilustre. De las mujeres ordinarias, que bien podían ser
nobles o de clase trabajadora, se esperaba que no hicieran gala de sus
conocimientos ni mostraran criterios independientes y que permanecieran
calladas. En el siglo XV un librero florentino llamado Vespasiano da Bisticci
escribió sobre las mujeres que:
Lo
primero es que eduquen a sus hijos en el temor de Dios y lo segundo, que
estén calladas en la Iglesia y aún diría que dejen de
hablar en otros lugares también. (Hale, 1993. p.
56)[40]
Posiblemente el culto de la dama que la hacía una
criatura mitad humana y mitad divina fue importante para contrarrestar la
doctrina prevaleciente de la inferioridad y la sujeción femenina. Las
mujeres -o por lo menos algunas de ellas- habían sido puestas en
pedestales y eso era de alguna manera mejor que el desprecio que les
tenían algunos Padres de la Iglesia. Sin embargo, la exaltación
de la dama no suprimió el hecho de que la vida de las mujeres estuviera
bajo la custodia de algún hombre (Vid. Gies, Frances & Joseph,
1980. p. 27). Era el caso, por ejemplo, del rey Juan de Inglaterra quien al
rededor de 1214 cobraba a las viudas por el privilegio de mantenerse solteras o
bien de volverse a casar pero con quien ellas desearan. Era también un
factor determinante la clase social de las mujeres, pues la vida y el trato no
era el mismo para todas[41].
En las clases aristócratas había un mayor
grado de libertad e importancia para las mujeres, y muchas de ellas
podían estudiar, gobernar sus feudos y administrar sus riquezas, incluso
hasta defender sus propiedades; pero no ocurría lo mismo con mujeres de
clases bajas, aunque si las mujeres gozaban de independencia económica y
se mantenían solas, su situación podía ser mejor. Como
vemos, el legado de la Edad Media sobre el amor y las mujeres es bastante
contradictorio y bien podía dirigirse hacia el culto, como en el amor
cortés, o hacia la sujeción, y ambas tendencias jugaron su papel,
tal como lo siguen jugando hoy en día.
El amor según Descartes
La comprensión cartesiana del amor se halla
dentro de la vertiente platónica pues al igual que el filósofo
griego, Descartes plantea la división de la realidad, división que
se expresa claramente en la idea de la distinción radical entre alma y
cuerpo. En este apartado se expondrán algunas ideas que sobre el amor
escribió Descartes en su obra Tratado de las pasiones (1649).
Para Descartes el amor es una
pasión[42] del alma, y las pasiones del
alma son percepciones, sensaciones o emociones que se refieren al alma y son
causadas, mantenidas y fortificadas por el espíritu (Descartes, 1649.
Art. XXVII). El principal efecto de las pasiones en los hombres y las mujeres
es disponer o incitar su alma a desear cosas, para lo que preparan el
cuerpo a llevar a cabo ciertas acciones (Descartes, 1649. Art. XL). Así,
la pasión dispone al alma a desear algo y por ende actuar de cierta
manera, por lo que una pasión es entonces una “actitud” una
disposición de ánimo que nos abre a ciertas formas de
acción.
El amor es, afirma Descartes, una emoción del
alma que produce
...el
consentimiento por el cual nos consideramos unidos en el momento presente a
aquello que se ama, de modo que imaginamos un todo del que pensamos ser
sólo una parte, siendo otra parte la cosa amada. (Descartes, 1649.
Art. LXXX)
En la emoción del amor se presenta algo bueno
ante un sujeto, es decir, le es conveniente, y es esto lo que ocasiona que le
ame (Descartes, 1649. Art. LVI).
Descartes distingue dos tipos de amor:
* Amor de benevolencia, que implica la voluntad de
querer el bien para lo que se ama. No es tanto desear al objeto, sino desear el
bien para el objeto, es un amor altruista.
* Amor de concupiscencia, que implica la voluntad de
desear lo que se ama. Desear un objeto para la propia satisfacción. Es un
amor egoísta.
Pero ambas clases de amor son efectos del amor y no su
esencia misma. Sin embargo, este filósofo no cae en consideraciones
profundas sobre la esencia del amor, y ésta no queda suficientemente
explícita. Posiblemente el amor, al ser una pasión por la cual nos
consideramos unidos a aquello amado, es “esencialmente”
unión, y tal unión puede manifestarse de varios modos. Se trata de
la unión entre entes (sujeto y objeto) cuya modalidad puede ser de
carácter altruista o egoísta. Sin embargo, sea en la
utilización del otro/a o en la búsqueda del bien para el otro/a,
lo originario es la posibilidad de la unión la cual es expresión
de la totalidad amorosa de amante/amado como círculo cerrado sobre
sí mismo en los dos puntos de su diámetro. Sin embargo, tal
unión puede tener el carácter de la contigüidad y de la
apropiación cuando del lado del amado/a se tiende a la objetualidad
más que a la subjetividad. De hecho las dos modalidades del amar
cartesiano expresan la dicotomía pasivo/activo propia de la
comprensión ontológica basada en la distinción
objeto/sujeto. Amar es una disposición a la acción, por lo que el
lugar de donde emana el amar es siempre sujeto. Pero tal sujeto puede
relacionarse con lo otro de dos formas: subjetivizándolo y deseando el
bien para lo amado, o bien objetualizando, es decir, utilizando para los propios
fines a lo amado. El desear el bien para el amado/a, sin embargo, no le exime
de ser concebido de todas formas como un ente próximo a lo objeto: se
busca el bien del otro para aportarle una característica o un atributo
que debería poseer en tanto objeto.
Por otra parte, no olvidemos que Descartes tuvo un gran
interés en el estudio de la fisiología, y este interés lo
llevó a tratar de dar cuenta de las alteraciones corporales producidas
por el amor, a saber:
...el
latido del pulso es igual, y mucho más grande y fuerte que de costumbre;
que se siente un dulce calor en el pecho y que la digestión de los
alimentos se hace más rápidamente en el estómago, de modo
que esta pasión es útil para la salud. (Descartes, 1649. Art.
XCVII).
De esta forma, Descartes reivindica el amor pero no
tanto por el placer o goce que éste pueda causar, sino porque "es bueno
para la digestión", desviándose con esta idea del interés
en su carácter puramente erótico o sensual.
La comprensión cartesiana sobre el amor se
dirige, después de las explicaciones fisiológicas anteriores,
hacia una perspectiva puramente racional. El amor y el odio, afirma Descartes,
proceden del conocimiento propio del alma; cuando el conocimiento es verdadero
esto lleva a amar cosas verdaderamente buenas, y
...este
amor es extremadamente bueno porque, uniéndonos a verdaderos
bienes, nos perfecciona otro tanto. Digo también que nunca
será excesivo, porque todo lo que en nosotros puede producir de excesivo
es el unirnos tan perfectamente a esos bienes que el amor que particularmente
tenemos por nosotros mismos no se distinga de él; lo que creo que no
puede ser malo jamás. Y va necesariamente seguido de alegría,
porque nos representa lo que amamos como un bien que nos pertenece.
(Descartes, 1649. Art. CXXXIX)
Al igual que el amor propuesto por Platón, el
amor cartesiano nos perfecciona, nos hace mejores. Además, el amor
propio no habrá de distinguirse del amor al objeto, es decir, debe darse
éste como "propio" del amante, y al marcar tal pertenencia, nos da
alegría. Esta clase de amor, al pretender la apropiación de lo
amado como un bien por parte del amante, se mantiene dentro de una
comprensión metafísica, pues traslada las categorías
metafísicas fundamentales de sujeto-objeto al plano de las relaciones
cotidianas entre los individuos desde la perspectiva de la apropiación
del objeto por parte de un sujeto.
Sin embargo hay algo que este autor llama el amor
injusto, que liga al individuo a cosas que pueden dañarlo, o que por
lo menos no merecen ser consideradas por éste, pues el amor a estos
objetos envilece y rebaja (Descartes, 1649. Art. CXLII). El amor
sólo es bueno cuando se dirige a cosas buenas que perfeccionan el alma
por la vía epistemológica. Pero es envilecedor cuando su objeto no
es digno ni bueno. No es el amor ni bueno ni vil en sí mismo, sino que es
una posibilidad para el ejercicio de la volición del alma humana, es una
actitud del alma que al dirigirse a cosas buenas, es buena para el alma. Es,
digamos, neutra moralmente, lo que le da contenido y significación moral
es el objeto al que tiende. Esta es una visión “objetiva”
del amor, y no espiritual o mística como la comprensión
platónica en la cual el amor es en su propia esencia, en sí mismo,
bueno por ser una vía privilegiada hacia la iluminación
filosófica.
De esta forma, para Descartes el amor posee varias
características, a saber:
a) el ser una pasión del alma que induce
al cuerpo a ciertas acciones;
b) el ser "bueno para la
digestión";
c) el ser bueno porque nos une a cosas perfectas, y al
unirnos a ellas produce alegría;
d) que en última instancia el amor depende del
conocimiento, es decir del buen juicio que pueda dar cuenta sobre qué es
lo verdaderamente bueno y conveniente para el individuo.
Por ello, esta concepción de amor es muy parecida
a la de Platón, en la medida en que ambas procuran la perfección
del individuo a través del conocimiento y el amor hacia los objetos
"buenos". La pasión erótica en este caso queda rebajada a
sentimiento con fines terapéuticos basados en la
racionalidad.
El amor según Spinoza
Dentro de la vertiente platónica también
podemos encontrar las ideas que sobre el amor formuló Spinoza, y que se
plantean en la Ética. Para este filósofo "el amor es
la alegría acompañada de la idea de una causa externa"
(Spinoza, 1677. p. 204) ; y la alegría es "el paso del hombre de una
perfección menor a una mayor" (Spinoza, 1677. p. 202). La
alegría es el estado de ánimo ocasionado por la idea o
representación de algún objeto que se toma por bueno, que es un
bien para uno porque procura un aumento de la propia perfección.
Según Spinoza tal es "la esencia del amor". En el amor se da la
complacencia por la presencia de lo amado, misma que robustece la alegría
del amante o fomenta ésta. En este caso, al igual que en el de los
filósofos mencionados arriba, el amor tiene como finalidad la
perfección, ya que
La
perfección no quita, pues, la existencia de la cosa, sino que, al
contrario, la pone; y al revés, la imperfección la quita;
(Spinoza, 1677. p. 17)
Así, la perfección da ser a la cosa
y suprime las razones que hagan dudar de la existencia así como todo
aquello que ponga en cuestión la existencia misma. Por ello el amor al
ser alegría, y al ser un aumento de perfección, promueve la
existencia y el ser de las cosas, la cual da ser a las cosas; es lo que da
ser a quien ama. La alegría es una disposición de ánimo
que permite ir de una perfección menor a una perfección mayor; y
el amor es la alegría, es decir, el aumento (perfeccionamiento) de ser
que va acompañado de una idea referida a una causa externa. El amor puede
ser una pasión o un afecto. Es una pasión cuando surge de ideas
inadecuadas, es decir, confusas, que no pueden percibirse claramente y que
producen pasividad. El amor es un afecto cuando tiene como causa una idea
adecuada, es decir una idea clara y distinta que puede producir actividad.
Cuando el amor tiene la forma de los afectos cuyas causas son las ideas claras
y distintas, incrementa el grado ontológico del individuo que ama, es
decir, aumenta su ser y su perfección.
Encontramos, así, varias ideas rectoras dentro de
la comprensión spinocista del amor, a saber:
a) que el amor es alegría causada por un "objeto
externo" que puede provocar ideas confusas o ideas claras
b) que la alegría como expansión
anímica y racional es el perfeccionamiento humano
- que el
perfeccionamiento es la actividad que tiende hacia la plenitud del ser, hacia
un "aumento de ser"
- que la plenitud de
ser o perfeccionamiento se da por influencia de las ideas claras y
distintas.
De esta forma, el amor
sigue estando ligado a lo racional y a lo epistemológico,
así como a la idea de la perfección y al aumento
ontológico que la gran valoración de lo epistemológico
supone. En conclusión, el que ama "es más" pleno, pues es un ente
activo que en tal actividad alcanza un mayor grado de perfección; tal
perfección incrementada se corresponde con una mayor alegría
provocada por la representación clara y distinta de un objeto externo o
causa externa que es el amado o amada.
El amor según
Schopenhauer
Para la elaboración de este apartado he recurrido
al texto de Schopenhauer llamado Metafísica del Amor (1844) en el
cual este filósofo no plantea un esquema dicotómico de lo
erótico en el sentido de proponer un Eros elevado y un Eros terreno, sino
que la pasión amorosa es como un gran engaño de lo puramente
terrenal que se absolutiza y se convierte en la ciega voluntad de vivir.
El escenario metafísico de la búsqueda del bien esencial y la
idea del amor como sendero hacia la perfección ha quedado atrás.
Muy atrás también ha quedado la idea del amor como vía
privilegiada para la iluminación mística y atrás
también ha quedado la ficticia sobrevaloración de las mujeres que
se dio en el periodo gótico. Schopenhauer nos presenta la vida
crudamente, sin adornos, y al amor como el impulso biológico que nos
domina irremisiblemente y nos arrebata en la vorágine irracional,
dolorosa y sin sentido de la preservación de la especie. No es que
Schopenhauer ponga en duda la existencia y la realidad del amor, sino que para
él todo enamoramiento es un engaño tiene sus raíces
profundamente implantadas en el instinto sexual (Schopenhauer, 1844. p.17), y es
la satisfacción de éste el fin último de todo esfuerzo
humano. El instinto sexual es expresión de la voluntad de vivir, pues
provoca la unión de dos seres en un solo ser para lograr la
perpetuación de la especie. Afirma que
Para
alcanzar su fin es preciso, pues, que la naturaleza embauque al individuo con
alguna añagaza, en virtud de la cual ve, iluso, su propia ventura en lo
que en realidad sólo es el bien de la especie; (Schopenhauer, 1844.
p. 24)
Esta ilusión que ve la ventura individual en la
realización del encuentro amoroso, no es otra cosa que el puro instinto
ciego persiguiendo no los fines del individuo sino los de la especie. Sin
embargo, el placer de los sentidos no sólo es producto de una necesidad
imperiosa, pues si así fuera sería indiferente la belleza o la
fealdad del otro individuo. Pero en interés de la perfección del
hijo procreado, es necesario que el instinto tome en cuenta la belleza del ser
amado.
Schopenhauer advierte que al igual que como ocurre con
los insectos, las mujeres tienen "mayor predominio de su sistema ganglionar" por
lo que son "más instintivas". En cambio el hombre tiene predominio del
cerebro por lo cual es "menos instintivo". Y precisamente, afirma, "el amor
tiene como fundamento un instinto dirigido a la reproducción de la
especie" (Schopenhauer, 1844. p. 30), es decir, las mujeres tienden ciegamente a
la reproducción por ser más instintivas y es por ello que son
más proclives que los hombres a experimentar el amor, tienden más
al amor que no es sino el disfraz del instinto. Lo que no queda claro es
cómo si los hombres poseen un predominio de lo racional y son más
“cerebrales” se dejan arrastrar por el ciego impulso de la
procreación, pero esto lo explica nuestro filósofo más
adelante.
Este autor menciona algunas otras diferencias entre los
hombres y las mujeres, como por ejemplo el hecho de que el hombre tiende
"naturalmente" a ser inconstante e infiel en el amor, mientras que la mujer
tiende por naturaleza a la fidelidad para facilitar el sostenimiento del ser
procreado y buscar la estabilidad que posibilite la perpetuación de la
especie[43]. Por ello, observamos el traslape
entre los usos y costumbres sociales y el ámbito ontológico del
ser humano y entonces resulta que:
...la
fidelidad en el matrimonio es artificial para el hombre y natural para la mujer;
y, por consiguiente, a causa de sus consecuencias y por ser contrario a la
naturaleza, el adulterio de la mujer es mucho menos perdonable que el del
hombre. (Schopenhauer, 1844. p. 31)
Schopenhauer, continuando con su explicación,
hace un listado de las características deseables en hombres y mujeres
para ser dignos sujetos reproductivos, en donde la mujer ha de tener un perfil
netamente "maternal" basado en caracteres físicos y biológicos
(edad fértil, buena salud, plenitud de carnes que indiquen capacidad
nutricia, senos "bien redondos"); mientras que el hombre debe tener un perfil
eminentemente "proveedor" en el que predominen características morales y
espirituales (entre 30 y 35 años, fuerza, valentía, ser protector,
fortaleza física, voluntad firme, decisión, arrojo, rectitud y
bondad).
Finalmente este autor analiza qué sucede con los
enamorados, pero incluso frente a esto, no pierde jamás su perspectiva
"naturalista", y afirma que:
Un
enamorado, lo mismo puede llegar a ser cómico que trágico, porque
en uno y otro caso está en manos del genio de la especie, que le domina
hasta el punto de enajenarlo de sí mismo. (Schopenhauer, 1844. p.
48)
El instinto "eleva" al individuo hacia algo
trascendente[44] que le hace perder de vista el
objetivo reproductivo de su amor, con lo que los deseos materiales se revisten
de una apariencia inmaterial que es el amor. Por ello, afirma este
autor,
En
los grados supremos de la pasión es tan destellante esta quimera [la
posesión del objeto amado] que, si no puede conseguirse, la misma vida
pierde todos sus encantos y parece desde entonces tan exhausta de
alegrías, tan sosa y tan insípida, que el disgusto que por ella se
siente supera aún al espanto de la muerte; (Schopenhauer, 1844.
p.49)
Esto sucede porque el individuo vive en la
desesperación al no poder cumplir con las expectativas
instintivo-reproductivas, y su fragilidad no puede contener la aspiración
infinita de la voluntad de la especie, que al no verse realizada hace de la
muerte una dulce salida.
Sobre el matrimonio dice este filósofo que los
matrimonios felices son escasos, porque su esencia es el objetivo de la
generación futura, por lo que el amor en el matrimonio no es más
que esa ciega necesidad de procrear. Observamos cómo en este autor hay
una reducción "naturalista" e "instintivista" del amor, que no es otra
cosa que la gran marea de la vida que lucha por continuar en la
existencia.
El amor tiene como finalidad básica la
preservación de la especie, por lo que el amor mismo es la "astucia de
la voluntad de vivir", es una ilusión que conmina a los seres humanos a
unirse sexualmente no sólo para el goce, sino para procrear, e incluso el
goce no es sino una artimaña de la voluntad de vivir para llevar a la
ciega humanidad a la procreación. Esta falsa "ilusión" hace
incluso que el hombre cometa la ligereza de fijarse en la mujer, pues dice este
filósofo que no es verdad que a los hombres les agraden las mujeres,
sino que la voluntad de vivir los conmina a fijarse en esos seres "instintivos"
e inferiores para poder cumplir con la misión natural de la
reproducción. Finalmente, concluye este filósofo,
...he
aquí que, en plena confusión de la lucha, vemos dos amantes cuyas
miradas se cruzan llenas de deseos [...] esos amantes son unos traidores que
trabajan en secreto para perpetuar toda la miseria y todos los tormentos que sin
ellos tendrían un fin próximo, fin que pretenden hacer vano, cual
vano lo hicieron otros antes que ellos. (Schopenhauer, 1844. p.
59)
La voluntad de vivir se plantea como una gran lucha por
la vida, en donde el amor ya no se ve como algo puramente bueno, sino que
comienza a ser comprendido como paradoja, como contradicción y como
traición al mismo individuo en nombre de un inconfesable impulso hacia la
preservación de lo mismo, es decir, de la menesterosidad de la
existencia humana. Así comprendido el amor es la posibilidad de la
continuación de la carencia del humano existir abierta por la
procreación. De allí la idea del amor como esa ciega
motivación vital que hace a los individuos reproducir la especie,
condenando así a los descendientes al sufrimiento, la miseria y el
tormento de la existencia. Los amantes son traidores de todos nosotros pues el
amor que los anima es el impulso vital que condena a los individuos a
reproducir en otros seres los padecimientos propios de la existencia humana.
Cuando Schopenhauer afirma lo anterior, está llevando a cabo una
crítica radical del amor reduciéndolo a fantasía del
instinto. Para llevar a cabo tal crítica fue necesario que Schopenhauer
minimizara el aspecto simbólico y moral del amor, fundamentándolo
en la ciega voluntad instintiva de vivir. Vaciándolo de sentido moral,
epistemológico y metafísico, el amor queda reducido a su
mínima expresión, a la voluntad procreadora, misma que, al ser la
existencia eminentemente paradójica y miserable, hace entrar al amor en
contradicción consigo mismo. Éste no es ya el afán de
perfección, el anhelo de alegría, el acercamiento a lo bueno, sino
que es la continuación del dolor y el sufrimiento humano mediante la
procreación. El amor desde aquí se muestra como desgarrado en su
centro mismo, al margen de la virtud moral y los sentidos metafísicos.
Sin embargo, la paradoja y la ausencia de sentido metafísico no es total,
en la medida en que Schopenhauer se mueve hacia otras latitudes
independientemente de la visiones platónicas de lo uránico. El
fundamento, el orden que todo gobierna ya no es el sumo Bien sino la voluntad de
vivir. El nuevo sentido metafísico es la voluntad de vivir, es el nuevo
orden de lo irracional, de lo instintivo. Tal orden de todos modos tiende a la
supresión de la muerte por medio de la continuidad de la especie, por lo
que en un cierto sentido tiende a la inmortalidad. Pero no es ya la inmortalidad
anímica o espiritual, sino la inmortalidad fundada en lo instintivo y el
cuerpo. En tanto afán de negar la finitud, el pensamiento erótico
de Schopenhauer se mantiene en el ámbito del pensar platónico,
aunque no niega la finitud en el plano de la espiritualidad, pues no asume la
inmortalidad del alma ni la inmortalidad del sentimiento amoroso, sino que
niega la finitud en el ámbito del continuo surgir de los cuerpos a la
existencia como orden supraindividual que se reproduce infinitamente. Se yergue
así al instinto como nuevo sentido metafísico, como nuevo orden
del mundo. Encontramos aquí una de las múltiples justificaciones
"naturalistas" de la desigualdad de las mujeres con respecto de los hombres. He
aquí la justificación naturalista de un estado de cosas basado en
una doble moral genéricamente codificada en favor de la cual se argumenta
falazmente a partir de un naturalismo instintivista que se yergue como base de
los usos y costumbres sociales. Se pierde de vista el trasmundo platónico
para encerrar la experiencia erótica en los confines de este mundo, y
gracias a esto, Schopenhauer en su reflexión se sumerge en la facticidad
del humano existir, sendero que la filosofía llamada existencialista
habrá de recorrer hasta sus últimas
consecuencias.
Recapitulación
Es Platón quien planteó que el amor es una
emoción que se dirige hacia y surge a partir de los seres más
perfectos que son las ideas o esencias, por lo que es necesariamente
eterno. Pero paradójicamente, es él, de todos los filósofos
que hemos analizado hasta aquí, el único que plantea que el amor
es además esa pasión erótica que puede dirigirse -y de
hecho se dirige- hacia los cuerpos y el goce sensual de éstos.
Dentro de la tradición cristiana puede
visualizarse el amor de diversas maneras, pues como vimos, la
comprensión erótica de San Pablo está lejos de ser una
interpretación contemporánea sobre el amor desde el punto de vista
cristiano católico. Es verdad que en ambos casos la fuente y el origen
del amor entre los seres humanos es Dios, pero la interpretación paulina
está del lado de la normatividad sexual basada en distinciones
genéricas, mientras que visiones contemporáneas como la de los
Whitehead tienden hacia la liberación de la sexualidad y el amor
recurriendo a la reivindicación del cuerpo, pero desde la perspectiva de
la creatividad amorosa dirigida hacia los demás y hacia sí mismo/a
que tiene siempre a la Divinidad como punto de referencia, como origen y
destino.
Hemos observado también que el amor para los
poetas de las cortes era un estado de éxtasis provocado por la luz de la
dama inalcanzable y perfecta, la cual era merecedora de cualquier esfuerzo o
sacrificio con tal de que sus ojos se dignaran a posarse sobre el desventurado
amante. A pesar de ello, esta clase de amor no modificó la
posición de las mujeres comunes en el medioevo, sino que coexistió
con prácticas autoritarias que pretendían “educarlas”
a base de golpes y malos tratos.
Descartes, como Platón y San Pablo,
también se interesó por la relación entre el cuerpo y el
amor, pero desde un punto de vista fisiológico, al hablar de las
reacciones -observables- que el amor produce en el cuerpo del ser
humano. El amor de alguna manera se halla íntimamente relacionado con la
alegría y la felicidad, con excepción de Ovidio, para quien el
amor, cuando le ocurre a los hombres, bien puede ser causa de infelicidad y
desgracia.
Para Schopenhauer el amor queda reducido al puro
instinto, a la ciega voluntad de vivir, que suprime la voluntad individual
transformándola en esclava de la perpetuación de la especie. El
"instintivismo" de este autor, aparentemente relacionado con lo
biológico, toca muy de cerca la metafísica al proponer una
voluntad de vivir cuasi-omnipotente que es el fundamento de todo lo que existe.
A pesar de las diferencias encontradas entre todos los
autores analizados, hay un punto en común por el cual pueden ser
considerados todos ellos dentro de la tradición platónica, a
saber, el hecho de que o se afirma el cuerpo o lo sensual, como lo hacen tanto
Ovidio, Platón en algunos pasajes de sus textos, Descartes en su
reivindicación digestiva del amor, así como Schopenhauer; o se
afirma el ámbito racional-espiritual, como también lo hace
Platón, San Pablo, el amor cortés, Descartes y Spinoza. Es esta
necesidad de tomar partido entre por una parte lo sensual-corporal y por otra lo
racional-espiritual lo que identifica a estos autores como representantes de una
comprensión del mundo metafísica, al plantear un mundo
dividido[45], y, por ende, sus ideas se
sustentan en una realidad concebida como dicotómica que ejerce una
particular influencia en sus conceptos sobre el amor. Esta visión
dicotómica sigue teniendo vigencia en nuestra cotidianidad y en las
expectativas que tienen nuestros contemporáneos en la vida privada. La
una gran parte de nuestros contemporáneos -sobre todo las mujeres- siguen
haciendo del amor el ideal de vida así como la vía para lograr
placer, perfeccionamiento, alegría, felicidad, que pretendidamente debe
ser para toda la vida, y perpetuarse además en la existencia de un nuevo
individuo surgido del amor, y con ello salir, aunque sea por un momento, de este
mundo, que no es sino recordatorio de nuestra propia finitud.
Además, las comprensiones sobre el amor de
Platón[46], Ovidio y Schopenhauer,
sostienen una clara diferenciación entre el amor como vivencia
masculina y el amor como vivencia femenina. Tales diferencias se pretenden
"naturales" o en todo caso "esenciales", pero en realidad encubren un desigual
ejercicio de poder, dado no por la naturaleza, sino por la cultura, así
como la falta de autonomía en el caso del género
femenino.
Las comprensiones sobre el amor hasta aquí
analizadas han constituido a lo largo de la historia lo que Celia Amorós
denomina "ideología patriarcal del amor", pues son un conjunto de
ideas y actitudes que reafirman el carácter autoritario y masculino de
la cultura occidental y cumplen con la función de mantener en el
terreno erótico una jerarquización/valoración en la que se
pretende que las mujeres han de cumplir con los códigos morales y
eróticos no escritos establecidos para ellas, a partir de los cuales se
encuentran -generalmente- en desventaja frente al género masculino. Si
tales códigos erótico-morales son incumplidos, la pena que procede
es el serio cuestionamiento del ser y el valer femenino por parte de la
comunidad. Esta ideología tiene una doble faceta autoritaria ya
que:
1. Plantea una comprensión metafísica del
mundo, y con ello la división de la realidad en términos
antitéticos que parten de la división fundamental entre sujeto y
objeto, uno de los cuales, el sujeto, tiene mayor peso ontológico y
cuenta con características como actividad, espiritualidad, racionalidad y
voluntad, mismas que justifican su dominio o preeminencia sobre el objeto. En
cuanto al objeto, éste es comprendido como pasivo, corporal, es decir, no
espiritual, no-racional y carente de voluntad, por lo que el género
femenino es identificado con él. Esta comprensión de el mundo se
manifiesta en todos los ámbitos de la existencia y la experiencia
erótica tal y como la conocemos no permanece al margen de ella, sino que
es posibilitada por dicha comprensión.
2. Propone, además, una comprensión de
amor que se ajusta al modelo dicotómico sujeto-objeto,
asignándole a cada género una particular correspondencia con
cada miembro de tal dicotomía. Así, a la mujer se le identifica
con el objeto y al hombre con el sujeto, por lo cual en la relación
amorosa se pretende reproducir el esquema que da mayor importancia al hombre,
en tanto sujeto, y resta importancia a la mujer, en tanto ente que mantiene las
características ya mencionadas del objeto.
2. EL AMOR COMO PARADOJA: KIERKEGAARD Y
SARTRE
Antecedentes
En este apartado analizaremos dos interpretaciones sobre
el amor más recientes, a saber, la de Kierkegaard y Sartre. Tales
interpretaciones del amor se ajustan a un horizonte filosófico
post-hegeliano, en donde la reivindicación del cambio, el movimiento y la
contradicción, es decir, la dialéctica, impregna casi todo el
pensamiento a partir del siglo XIX hasta bien entrado nuestro siglo. En este
crisol teórico aparecen comprensiones sobre el amor a todas luces
diferentes a las surgidas dentro de la vertiente platónica, pues evitan
caer en la "idealización" -sea positiva o negativa- del amor ,
idealización que sólo se corresponde con una comprensión
metafísica del mundo. A partir del último gran sistema de la
metafísica occidental, el sistema filosófico hegeliano, se
profundiza la ruptura con la tradición filosófica
metafísica, ruptura que paulatinamente va impregnando todos los campos
de la realidad, no pudiendo sustraerse el amor a esta forma diferente de
comprender y encontrarse en el mundo. Además, el desarrollo de la
fenomenología como método filosófico permite un
acercamiento distinto a los problemas, en este caso, al problema del amor y los
géneros. Se trata, a partir de esto, de ir a los fenómenos mismos
y que ellos den la pauta de su esencia, que ellos mismos “digan” lo
que son tal como son y muestren cómo está configurado el
ser de hombres y mujeres con relación al amor en nuestra
cultura.
El caso de Kierkegaard
Kierkegaard sostiene, en su obra El amor y la
religión, una idea "dialéctica" del amor, concibiendo a
éste como "esencialmente imposible" gracias a su misma posibilidad. El
amor "esencialmente imposible" es el amor desgraciado, que no ha conseguido
vencer los obstáculos. Parecería, erróneamente, que la
tarea del amor es "vencer todos los obstáculos" que impiden la
unión de los amantes. Sin embargo, esta es una tarea que le es ajena al
amor, por más que la literatura y las artes populares cuenten con
innumerables ejemplos de esto, y afirma este filósofo que "...no debe
estar al alcance del poder del amor, suprimir el obstáculo" (Kierkegaard,
1843. p. 22). El amor desdichado tiene su propia dialéctica, su propia
contradicción interna que de ninguna manera está fuera de
él mismo, según creen los poetas. Kierkegaard critica la idea
"poética" (o "estética") que afirma que el amor no es algo
dialéctico en sí, y asume que la contradicción del amor
está en el amor mismo. La idea "poética" o "estética"
del amor tiene en su centro a "... el héroe estético [que] debe
tener su obstáculo fuera de él y no dentro de él"
(Kierkegaard, 1843. p. 24). Para este "héroe", la pasión es
inmediata y la contradicción a su pasión viene de afuera. Pero,
afirma Kierkegaard, "...el amor, como toda pasión, se ha vuelto
dialéctico para la generación actual." (Kierkegaard, 1843. p.
26). Así la idea del amor desgraciado que encuentra su
contradicción fuera de sí mismo ha ido desapareciendo con el
tiempo y en su lugar ha quedado la idea de "el amor pasablemente feliz"
(Kierkegaard, 1843. p. 27). En este sentido podríamos decir que la
imposibilidad del amor está, no en algo externo, sino en la acción
misma de amar llevada a cabo por los amantes -hombre y mujer-, en los que el
hecho mismo de su amor implica su supresión debida, según lo
interpreto, a las diferencias genéricas entre ambos. Podemos suponer,
desde nuestra perspectiva, que la contradicción del amor no está,
pues, en los obstáculos externos, sino en las comprensiones del mundo y
la moral basadas en distinciones genéricas que conllevan el fracaso del
proyecto amoroso al ser a priori relaciones desiguales en
términos de poder y de expectativas vitales. Según Kierkegaard, el
amor, como pasión absoluta, ha sido sacrificado, y la poesía lo
abandona, surgiendo en su lugar cuentos y folletines cuyo tema es el amor. El
abandono de lo "estético" nos permite comprender al amor desde el punto
de vista dialéctico, captándolo como una contradicción en
sí mismo. Afirma este filósofo que:
La
conjunción en el malentendido de ambos [amantes], es que se aman uno al
otro, pero en su heterogeneidad, esta pasión debe expresarse de modo
esencialmente diferente, y así el malentendido no debe
introducirse desde afuera de ellos, sino desarrollarse en la misma
relación que existe entre ambos. [...] Lo trágico es que los dos
enamorados no se comprenden; lo cómico es que los que no se
comprenden, se aman." (Kierkegaard, 1843. p. 45)
A partir de lo dicho, podemos pensar que lo que se
expresa como esencialmente diferente de la pasión entre los amantes y que
propicia la no comprensión, es, entre otras
cosas[47], la diferencia genérica
marcada para hombres y mujeres, pues ¿qué comprensión puede
haber en una relación en la que los actores están en dos polos
encontrados de la realidad? Este es el núcleo del amor, la
contradicción, la paradoja; y gracias a ellas, la tragicomedia que le es
inherente a la pasión amorosa. El amor no es ya ese objeto ideal y
eterno, ni es tampoco un resultado del conocimiento ni su búsqueda -como
pretendieron Platón, Descartes y Spinoza. Por el contrario, es el
des-conocimiento del amado/a lo que lo posibilita. Tal des-conocimiento se
desarrolla, en parte, gracias a la diferente forma de estar en el mundo de
hombres y mujeres asimilada mediante el aprendizaje de la cultura. Así,
podemos situar al amor como una experiencia propiamente humana, como experiencia
del encontrarse humano existiendo que se funda en tradiciones y valoraciones que
muy pocas veces se dan de manera explícita.
El caso de Sartre
El
amante ideal es una persona libre y fiel, contradicción en los
términos.
J.
GAOS 12% (XXX- IX)
Cuando Nietzsche habla en La Gaya Ciencia sobre
el amor se refiere a él en estos términos:
...al
amor sexual es el que más claramente se delata como deseo de propiedad.
El que ama quiere poseer él solo a la persona amada, aspira a tener poder
absoluto sobre alma y cuerpo, quiere ser el único amado, morar en aquella
otra alma y dominarla. (Nietzsche, 1984. Para.14)
Partiendo de esta vertiente de ideas, el amor es
comprendido por Sartre, en su obra El Ser y la Nada, como cierto tipo de
relación que podemos establecer con el "prójimo", por lo que
es una actitud hacia el "prójimo". El amor es comprendido como una
empresa, o sea un "conjunto orgánico de proyectos" que se dirigen hacia
las posibilidades propias de cada individuo. (Sartre, 1943. p. 391) La
relación con el "prójimo" es una lucha por el dominio y la
libertad. El "prójimo" trata de dominarme, y yo trato de liberarme; a
la vez, yo trato de dominar al "prójimo" y él trata de liberarse
de mí.
Así, las relaciones con el "prójimo" son
"esencialmente" conflicto: “El conflicto es el sentido originario del
ser-para-otro.” (Sartre, 1943. p. 389) Experimentamos nuestro
ser-para-otro en la forma de la posesión, por lo que
...soy
poseído por el prójimo; la mirada ajena modela mi cuerpo en su
desnudez, lo hace nacer, lo esculpe, lo produce como es , lo ve como yo
no lo veré jamás. (Sartre, 1943. p.389)
De ahí que la recuperación de uno mismo
sólo puede darse a través del Otro, es decir, para que el
individuo se recupere a sí mismo es necesario asimilar al Otro que le
muestra lo que es cuando lo mira.
El amor como proyecto, es decir, como posibilidad
propia, relaciona al individuo directamente con la libertad del
"prójimo", por lo cual el amor queda de entrada definido como conflicto,
mismo que surge por el deseo del posesión del Otro. Este deseo de
posesión va más allá de la posesión puramente
física, pues si así fuera podría ser satisfecho con mayor
facilidad, pero el amor quiere "cautivar" la conciencia, quiere apoderarse de la
libertad del otro; el amante desea poseer una libertad en tanto libertad. De
allí su paradoja , pues al querer someter una libertad, es decir, al
amado, en realidad no puede someter nada, ya que una apropiación
cosificadora destruye la libertad del Otro. En el amor se desea una libertad que
juegue al determinismo pasional. Así, afirma Sartre, el amante
“Quiere ser amado por una libertad y reclama que esta libertad, como
libertad, ya no sea libre”. (Sartre, 1943. p. 392)
Por ello el amor es un cautiverio que ha de ser entrega
libre y encadenada a la vez. El amante quiere ser el "mundo entero" para el
Otro, para el ser amado, es decir, resumir y simbolizar en sí mismo al
mundo, algo que incluya a todo lo demás. Al ser "algo" que englobe
y represente a todo el mundo, se convierte en objeto en el que la libertad ajena
acepta perderse. Es decir, se constituye en objeto en donde el amante se
re-encuentra tomándolo como una "segunda facticidad", como una segunda
realidad que le da ser y razón de ser. Según Sartre, el
amante
Quiere
ser elegido como fin a título de fin ya elegido. Esto nos permite captar
a fondo lo que el amante exige del amado: no quiere actuar sobre la
libertad del Otro, sino existir a priori como el límite objetivo
de esa libertad; es decir, ser dado a la vez con ella y en su surgimiento mismo
como el límite que aquélla debe aceptar para ser libre.
(Sartre, 1943. p.393)
Así, la situación amorosa ha de ser
consentida como renuncia a la propia libertad y padecida también como
una renuncia a la libertad propia. Es un aceptar libremente la renuncia a la
propia libertad. Por ello, siguiendo a Sartre,
...querer
ser amado es infectar al Otro con nuestra propia facticidad, es querer
constreñirlo a re-crearnos perpetuamente como la condición de una
libertad que se somete y se compromete; es querer a la vez que la libertad funde
el hecho y que el hecho tenga preeminencia sobre la libertad. (Sartre, 1943.
p.393)
Se trata de un perder la propia libertad libremente; el
amado/a se transforma en el fin absoluto más allá
del cual no hay nada; se torna algo que no puede ser "trascendido".
Paralelamente, cuando es amado el individuo busca ser el centro de referencia
absoluto respecto al cual todos los demás entes o utensilios se
organizan en torno. Trata de convertirse en la fuente absoluta de todos
los valores que al ser absoluta no puede ser desvalorizada, con lo cual se
convierte -o pretende convertirse- también en el valor absoluto. En este
sentido,
...en
la medida en que asumo mi ser-para-otro, me asumo como valor. Así, querer
ser amado es querer situarse más allá de todo el sistema de
valores puesto por el prójimo como la condición de toda
valoración y como el fundamento objetivo de todos los valores. (Sartre,
1943. p. 394)
De este modo, el mundo habrá de revelarse
a través del amado, por lo que éste se erige en lugar de apertura
al mundo; en existencia cosificada (es decir, libertad constituida en objeto)
que es el lugar donde se abre el mundo ante el amante. El amado es el objeto a
través del cual el mundo existe para el amante, por lo que el amado "es
el mundo" para el Otro[48]; mientras que el
amante desea ser amado por una libertad que es el Otro, ser elegido por el
amado, pues ser elegido por éste "le da valor", le da sentido y
significado a su existencia. Al suceder esto,
En
vez de sentirnos, como antes de ser amados, inquietos por esa protuberancia
injustificada e injustificable que era nuestra existencia, en vez de sentirnos
"de más", sentimos ahora que esa existencia es recobrada y querida en sus
menores detalles por una libertad absoluta -a la que condiciona al mismo tiempo-
y que nosotros mismos queremos con nuestra propia libertad. Tal es el fondo de
la alegría del amor, cuando esa alegría existe: sentir justificada
nuestra existencia. (Sartre, 1943. p.396)
El objetivo real del amante, en tanto que su amor es una
empresa, es decir, un proyecto de sí mismo, es interiorizar al Otro para
ser su propio fundamento, pero este proyecto, por su propia naturaleza provoca y
es en sí mismo conflicto. El enamoramiento como
fascinación, o sea como conciencia de ser la nada ante el
ser; es un quedar cautivado reconociéndose como nada frente a una
plenitud de ser absoluta que es el Otro. Esta fascinación se expresa en
el ámbito del lenguaje con las expresiones coloquiales que sobre el amor
de pareja se manejan cotidianamente: "vida mía", "mi cielo", etc.;
expresiones que denotan de alguna manera la sobrevaloración amorosa de la
figura del Otro, y cómo en el amor se da la huida hacia él, es
decir, se da una libertad enajenándose en el Otro. Por ello, como afirma
Sartre:
Nuevamente
encontramos aquí el ideal de la empresa amorosa: la libertad alienada
[...] El amor es un esfuerzo contradictorio por superar la negación de
hecho conservando al mismo tiempo la negación interna. Exijo que el Otro
me ame y hago cuanto puedo para realizar mi proyecto: ahora bien, si el Otro me
ama, me decepciona radicalmente por su amor mismo: yo exigía de él
que fundara mi ser como objeto privilegiado manteniéndose como pura
subjetividad frente a mí; y, desde que me ama, me experimenta como sujeto
y se abisma en su objetividad frente a mi subjetividad. (Sartre, 1943. p.
399-401)
Así, el deseo de erigir al Otro en puro sujeto
amante-amado se frustra justamente en el momento mismo en que comienza a amar,
ya que por el hecho de amar, y de constituir al amado como valor supremo y
fuente de toda valoración, se erige él mismo en objeto que busca
el significado de su vida en el Otro, y, al buscar el sentido de la vida en el
amado deja él de ser la fuente de valor del Otro. La subjetividad de uno
funda la objetividad del otro: el amado es la fuente del ser y del valor del
amante, mientras que el amante a sí mismo se toma como la nada, como lo
objetivo incapaz de crear valor y significado por sí mismo; pero el
amante, al ser también amado por el Otro, es convertido en sujeto fuente
de valor. Ambos, amado y amante, esperan que el Otro le de sentido a su vida,
pero como ambos lo esperan del Otro, no pueden ver colmadas sus esperanzas.
Ambos actúan como objetos que esperan su autovaloración del sujeto
que cada uno de ellos cree que es el Otro, por lo que
...el
que quiere ser amado aliena su libertad en tanto que quiere que se le ame. Mi
libertad se aliena en presencia de la pura subjetividad del Otro, que funda mi
objetividad. (Sartre, 1943. p. 399)
Sin embargo, existe la posibilidad de que cada una de
las conciencias pueda liberarse de sus "cadenas" amorosas y entonces contemplar
al amado repentinamente como objeto, dejando así de percibirlo como
fuente de la autovaloración, como significado de la propia existencia,
como fin absoluto, y como valor supremo. Es entonces, dice Sartre, cuando el
"hechizo" cesa y el amado se convierte en un "medio", es "objeto-utensilio",
objeto que puede ser trascendido, con lo que termina la ilusión y el
"juego de espejos" que constituyen al amor.
Reivindicando el concepto de amor de Kierkegaard,
Sartre afirma que, como resultado de lo anterior, “...el amor como modo
fundamental del ser-para-otro tiene en su ser-para-otro la raíz de su
destrucción.” (Sartre, 1943. p. 401-402)
Para Sartre el amor es destructible por las
siguientes razones:
* Porque es por esencia un engaño, pues amar
siempre es necesariamente querer ser amado; de ahí la perpetua
insatisfacción del amante. El amor como intuición que da
fundamento es un ideal inalcanzable.
* Porque siempre es posible el "despertar" del amante y
con ello la conversión del amado en objeto que puede ser trascendido, que
ya no es tomado como un fin absoluto, que no es ya el lugar a partir del cual
el mundo se abre al amante ni es ya fuente de
valoración.
* Porque el amor es un absoluto perpetuamente
relativizado por los Otros: basta que los amantes sean mirados juntos
por un tercero para que cada uno de ellos experimente la propia
objetivación así como la del amado.
El análisis sartreano hasta aquí expuesto
se basa fundamentalmente en la hegeliana dialéctica del amo y el
esclavo, pues comprende al amor como una relación encontrada y
paradójica entre dos conciencias que establecen una forma particular de
relación entre ambas; relación que por sus propias
características resulta finalmente imposible. Desde esta perspectiva, el
amor, justo cuando comienza a ser, deja de ser tal; tan pronto se comienza a
amar y ser amado se inicia también la decadencia de esa forma de
relación entre los individuos.
Considero que esta perspectiva contribuye a quitar al
amor la idílica imagen con la que tradicionalmente se le comprende en
nuestra cultura, definiéndolo como una empresa que en su "fundamento"
mismo es contradictoria, que en su origen mismo lleva la semilla de su
destrucción.
Sartre deja de lado la comprensión
platónica del amor y contribuye, junto con Kierkegaard y Nietzsche, a
crear una comprensión del amor más propia de la condición
humana, eludiendo todo posible compromiso con una supuesta eternidad,
perfección y bondad amorosas. En este sentido, el planteamiento de
Sartre sobre el amor se dedica más a explicar el mecanismo real
de las relaciones eróticas entre los individuos, evitando la salida
platónica, que interpreta al amor como un "bien" - o como un "mal"-, al
enfocarse más en lo existencial que en lo ideal.
Este enfoque permite establecer una sana toma de
distancia frente al fenómeno amoroso, misma que puede ser muy útil
para desenmascarar esa experiencia embriagadora que es el amor, y cómo
éste -ya sea que esté presente o ausente- determina nuestra
existencia. El enfoque sartreano permite, además, una toma de
posición diferente con relación al amor que posibilita un mayor
grado de libertad al despojarlo de toda excelsitud y bondad, situándolo
justamente como una más de las posibilidades de relación humana
que, en tanto tales, son necesariamente paradójicas y contradictorias.
Por ello no podemos olvidar que fue Simone de Beauvoir, dentro de la vertiente
existencialista, quien basándose en esa corriente filosófica
logró desarrollar uno de los estudios más importantes para la
teoría sobre los géneros en donde contempla el aspecto de las
relaciones eróticas distintivas para hombres y mujeres tal y como
éstas se han codificado en nuestra cultura.
CAPÍTULO III. SOBRE LA RELACIÓN
ENTRE EL AMOR Y EL MATRIMONIO
La perspectiva de género como método
para abordar el binomio amor-matrimonio.
Desde hace algunos cientos de años, la
relación que se ha establecido entre amor y matrimonio otorga al primero
el papel histórico de fundamento del segundo. Así planteado el
amor, se erige en mito de origen del matrimonio sobre todo a partir de las
influencias de la cristiandad y en particular de las ideas del apóstol
san Pablo. En la medida en que el vínculo matrimonial propone la
procreación como ideal básico, el amor erótico queda
comprendido como un medio o vía para acceder a la actividad propiamente
procreativa, y de allí parte su fuente de legitimación. Esto
implica que el amor erótico es aceptado y reconocido socialmente en tanto
se propone a sí mismo no como un fin sino como un medio en el camino de
la procreación.
Por otra parte, el ideal procreativo se corresponde con
la (s) moral (es) patriarcal (es), y se inserta en la búsqueda de
permanencia tanto espiritual como material que se ha desarrollado a
través de diversos sistemas económicos cuyo foco de poder ha sido
el hombre. De este modo, el matrimonio patriarcal, así como el amor
erótico que le sirve de fundamento, desde la época de la
revolución francesa, son expresión de formas de poder que
cristalizan y se reproducen de manera eficaz a través de la idea de
sexualidad centrada en la procreación
Partiendo de lo anterior, es necesario desmantelar,
auxiliándonos de la perspectiva de género, el edificio conceptual
formado por el binomio amor-matrimonio para proponer, en la medida de lo
posible, una experiencia erótica más allá de la
reducción procreativista de la sexualidad y el amor.
En el presente capítulo se abordarán
primero algunos temas generales acerca del matrimonio, para luego pasar a una
breve interpretación sobre el concepto de matrimonio entre los griegos,
entre los cristianos y entre los poetas medievales, para llegar al problema del
amor y el matrimonio tal como se da en nuestra época.
El matrimonio
La
historia del matrimonio es la historia de la mujer, y una y otra constituyen la
historia de los progresos de la humanidad.
Severo
Catalina, moralista español del siglo
XIX
Al intentar definir lo que es el matrimonio,
Bertrand Russell afirma que:
El matrimonio es una relación entre hombres y
mujeres que se da como institución legal y/o religiosa. Si bien en los
animales se dan las uniones sexuales, y en varias especies tales uniones son
más o menos duraderas, lo distintivo del ser humano es el poder de su
imaginación que destruye los hábitos e inicia nuevas líneas
de conducta. (Russell, 1983. p.71)
Así, el matrimonio es la
institucionalización de la relación sexual por vía legal o
bien religiosa. Tal formación institucional de la unión sexual se
diferencia de la cópula de los demás animales en la medida en que
forma parte de la "segunda naturaleza humana" que es la cultura, y en ese
sentido, el matrimonio se inserta en el orden de lo simbólico.
Según L. Mair, el matrimonio es la unión que confiere "status" y/o
derechos de herencia a los hijos surgidos de tal unión (Mair, 1974. p.
168), esto significa que, en tanto se inserta en el orden de lo
simbólico, el matrimonio da cierto valor y dignidad a los sujetos
involucrados en él, sean los cónyuges o bien los hijos. De
allí que los hijos de uniones no sancionadas legal o religiosamente hayan
sido durante mucho tiempo "ilegítimos" y eran en consecuencia menos
dignos ante los ojos de la comunidad en la cual vivían.
Al ámbito matrimonial le ha sido adjudicado de
manera necesaria el hecho de la procreación, e incluso pensadores tan
radicalmente críticos como Nietzsche opinan que el lugar por excelencia
de la procreación es el matrimonio (Vid. Así hablaba
Zarathustra). En este sentido, del matrimonio puede decirse que es la
asociación
...de
determinados hombres cuya asociación con determinadas mujeres ha sido
formalmente admitida por la sociedad y (generalmente) reconocida en
cierto tipo de ceremonia pública. En todas las sociedades humanas
conocidas existe un ideal, según el cual la procreación de los
hijos debe ser formalmente autorizada, de una u otra manera. (Mair, 1974. p.
12)
En épocas más o menos remotas el binomio
matrimonio-procreación no tenía como fundamento la idea del amor,
pues la idea del amor erótico es relativamente reciente y es de especial
importancia dentro de una cultura que ha adoptado los planteamientos cristianos
basados en la concepción de un "dios de amor". En dichas épocas
la base, así como el discurso legitimador, del matrimonio era de
carácter económico tal como lo comenta Lucy Mair en su obra
Matrimonio. El ideal procreativo da origen a la familia legal y/o
religiosamente sancionada. Como comenta Engels en El origen de la familia, la
propiedad privada y el Estado, la palabra familia en sus orígenes
romanos se refiere al conjunto de esclavos propiedad de un hombre, pues
famulus significa "esclavo doméstico". Y es precisamente con la
familia patriarcal que el ámbito del matrimonio se establece siempre con
relación a un centro dominante que es el hombre. Según Engels, es
propio de un sistema patriarcal el carácter monogámico del
matrimonio, así pues, la familia patriarcal basada en el matrimonio
monogámico marca el triunfo de la civilización tal como nosotros
la conocemos y “Se funda en el predominio del hombre; su fin expreso es
el de procrear hijos cuya paternidad sea indiscutible.”
(Engels, 1884. p. 59)
Entre las características de esta clase de
unión encontramos la pretensión de solidez de los lazos
conyugales, así como el derecho a la infidelidad por parte del hombre,
"sancionado al menos por la costumbre". Así, "La monogamia es
sólo monogamia para la mujer, y no para el hombre." (Engels, 1884. p.
60)
Engels subraya que el origen de la monogamia no se da a
partir del amor , sino a partir de condiciones económicas basadas en la
propiedad privada, desde donde el hombre había de procrear descendencia
"legítima", de cuya paternidad pudiera estar seguro, a la cual heredar
sus bienes[49]. De este modo, para Engels,
crítico radical del matrimonio,
...la
monogamia no aparece de ninguna manera como una reconciliación entre el
hombre y la mujer, y menos aún como la forma más elevada de
matrimonio. Por el contrario, entra en escena bajo la forma de un
esclavizamiento de un sexo por el otro, como la proclamación de un
conflicto entre los sexos, desconocido hasta entonces en la prehistoria. En un
viejo manuscrito inédito, redactado en 1846 por Marx y por mí,
encuentro esta frase: "La primera división del trabajo es la que se hizo
entre el hombre y la mujer para la procreación de los hijos". Y hoy puedo
añadir: el primer antagonismo de clases que apareció en la
historia coincide con el desarrollo del antagonismo entre el hombre y la mujer
en la monogamia; y la primera opresión de clases, con la del sexo
femenino por el masculino. (Engels, 1884. p. 63)
Cuando las mujeres fueron adquiriendo socialmente
mayores niveles de libertad, se desarrolló un giro en la moral del cual
surge el amor erótico individual propio de la modernidad (Engels, 1884.
p. 67). En este sentido Octavio Paz afirma que solamente la evolución de
la condición femenina pudo dar lugar al amor romántico;
éste es deudor del platonismo y al cristianismo y es en este
último en donde, según él, la mujer adquiere una dignidad
desconocida en las sociedades paganas (Paz, 1993. pp. 80-81).
Pero Engels no deja de poner la nota discordante en el
tema cuando afirma que si bien en la monogamia pudo desarrollarse el amor
erótico, el fundamento de la monogamia misma no fue el amor
erótico entre los cónyuges (Engels, 1884. p.67).
Podríamos afirmar que, en términos
generales, en todas las sociedades se han dado los matrimonios, aunque de
diversas formas y con diversos fundamentos y ejes rectores para su
constitución. Sin embargo, es propio de los matrimonios de
carácter patriarcal (sean éstos sancionados religiosa y/o
legalmente) el significado social y su importancia primordial radica en la
demostrabilidad de la paternidad. Según L. Mair, la importancia de los
maridos radica en la paternidad que implica el dar el nombre, la posición
social y la propiedad a los herederos suyos hijos de una mujer con la cual haya
celebrado el contrato matrimonial (Vid. Mair, 1974. p. 19) Así, la
idea del amor como fundamento del matrimonio es en realidad relativamente
reciente, pues al ser el matrimonio patriarcal el lugar por excelencia para la
procreación, proclama la figura marido-padre, y si el matrimonio ha sido
investido con el ideal del amor, su fundamento económico y
político permanece siendo el mismo desde las épocas más
antiguas en las que se originó el patriarcado. Según Engels, la
historia del matrimonio es muestra de cómo la evolución del mismo
ha sido posible mediante una sacrificio cada vez mayor de libertad sexual por
parte de las mujeres, no así de los hombres (Engels, 1884. p.73), en la
medida en que el matrimonio ha sido institucionalizado por los hombres de
acuerdo con sus fines y necesidades.
El amor y el matrimonio en la antigüedad
griega
A
una mujer le sirve de joya el silencio.
GORGIAS
La relación que en nuestra cultura
contemporánea se ha establecido entre el amor y el matrimonio, es
relativamente reciente en donde el papel del amor es el de ser fundamento del
matrimonio, el discurso mediante el cual adquieren sentido una serie de
prácticas relacionadas con la ordenación de la relaciones
sexuales.
Sin embargo, es necesario recordar que no en todas las
épocas ha sido el amor la base que sustenta la unión matrimonial,
y ésta ha tenido un significado propio desde la perspectiva de la
economía y la política.
Haremos un breve recuento de algunas ideas plasmadas en
Historia de la sexualidad 2. El uso de los placeres, en donde Foucault
analiza, entre otras cuestiones, la idea de matrimonio y sus fundamentos a la
luz de las ideas de algunos filósofos y sabios griegos. Asimismo,
tomaremos algunos argumentos plasmados en la Política de
Aristóteles que permiten acceder a la comprensión del origen del
matrimonio y cómo éste se basa en una cierta forma de comprender
las "esencias" tanto masculina como femenina.
Al acto mediante el cual un hombre y una mujer se
unían legítimamente era llamado en Grecia engýe, y
era una especie de contrato oralmente realizado entre dos casas ante testigos.
Para que el matrimonio fuera considerado válido no bastaba con la
engýe, sino que hacía falta además la
cohabitación para que la esposa se tornara en esposa legítima o
gameté gyné (Moss,1991. p. 55).
El matrimonio tiene su origen en el hecho de que,
según Aristóteles,
...es
necesario que se emparejen los seres que no pueden subsistir uno sin otro; por
ejemplo, la hembra y el macho, con vistas a la generación. (Y esto no en
virtud de una previa elección, sino que, como en el resto de los animales
y plantas, es natural el impulso a dejar tras de sí a otro individuo
semejante a uno mismo.) (Política, 1252a)
La finalidad básica de la unión entre los
géneros es, en este caso, la procreación para tener beneficiarios
del trabajo que el padre realiza y/o supervisa, mediante el cual constituye al
oikos[50] como patrimonio, y sólo
los hijos legítimos son sujetos de herencia. La existencia de la herencia
presupone una propiedad que había de ser administrada para la posteridad.
Para los griegos, por ejemplo, la administración y
gobierno[51] de la casa matrimonial y de las
propiedades del esposo-padre (patrimonio), era paralelo al gobierno de la
polis y su origen tenía que estar en concordancia con los fines
políticos: “Dirigir el oikos es mandar: y mandar en la
casa no es distinto del poder que debe ejercerse en la ciudad.”
(Foucault, 1988. p. 141)
El hombre virtuoso era aquél que ejercía
la facultad de mandar en su casa así como se gobernaba a sí mismo.
El gobierno de sí mismo era fundamental para constituir una acción
virtuosa y sólo podía mandar a los demás aquél que
fuese capaz primero de gobernarse a sí mismo. El papel de las mujeres en
el matrimonio era el de “menores” de lo que se deriva la necesidad
de que tuvieran un tutor, kyrios, que velara por ellas durante toda su
vida (Vid. Mosse,1991). El hombre virtuoso era temperante puesto que
había que gobernar a la esposa, para que ésta gobernara la casa,
pero también tenía que ejercer el gobierno en la asamblea de la
polis, y sólo quien es dueño de sí mismo y puede
auto-gobernarse puede ejercer el arte de la política. Así,
La
templanza del marido proviene de un arte de gobernar, de gobernarse y de
gobernar a una esposa a la que hay que sostener y respetar a la vez, ya que es,
respecto de su marido, la dueña
obediente[52] de la casa. (Foucault,
1988. p. 153)
La política es en este sentido el carácter
fundamental del matrimonio, de allí que su misión no es el
posibilitar el goce del otro, ni la voluptuosidad ni el amor, aunque no se
dejara de lado el aspecto del afecto entre los esposos, y el surgimiento de tal
afecto fuera posterior al establecimiento de la unión matrimonial. La
función primordial del matrimonio es la de formar familias, entendiendo
por familia la comunidad natural para la satisfacción de las necesidades
(Política, 1252b), que al ser sabiamente gobernadas, constituyan
una polis virtuosa. Una vez lograda la meta de la subsistencia, la
familia es rebasada en sus fines por la polis y ésta, si bien
surge de la urgencia de la satisfacción de las necesidades vitales, tiene
como finalidad el vivir bien y virtuosamente (Política, 1252b). En
consecuencia, dice Aristóteles,
Ya
que toda familia es una parte de la ciudad [...] hay que observar la virtud de
la parte en relación a la virtud del conjunto, es necesario educar tanto
a los hijos como a las mujeres en relación con el régimen de
gobierno, si es que importa que los hijos sean decentes para una ciudad decente.
(Política, 1260b)
El matrimonio tiene un carácter utilitario pues
es el ámbito que permite crear relaciones sociales justas y
armónicas. A partir del siglo V a.C. el matrimonio entre los griegos deja
de darse como una práctica de intercambio de regalos entre familias
diferentes. Dadas las transformaciones económicas acaecidas en esa
época, los motivos y las formas de la alianza matrimonial también
se modificaron (Vid. Mosse,1991). La importancia del matrimonio radica en
la administración del oikos, la procreación y la
educación moral y política de los hijos y de las mujeres mismas.
El goce sexual no se contempla en este caso como necesariamente propio de la
instancia matrimonial y el amor no era el mito de origen de la unión
conyugal. Foucault afirma que:
El principio del matrimonio lo recuerda Isómaco
al citar el discurso que habría dirigido a su joven mujer, tiempo
después del matrimonio, cuando ella estuvo "familiarizada" con su esposo
y lo "bastante acostumbrada como para conversar":
"¿Por
qué te esposé y por qué tus padres te entregaron a
mí?", Isómaco mismo se responde: "Porque hemos reflexionado, yo
por mi lado y tus padres por el tuyo, acerca del mejor compañero con el
que podríamos asociarnos para nuestra casa y nuestros hijos"
(Foucault, 1988. p. 144)
El matrimonio es la asociación por la cual se
administran los bienes y se procrean hijos que hereden tales bienes. Es notoria
en la cita anterior la falta de decisión de la mujer, pues quien decide
su asociación matrimonial es el prospecto de marido y el padre de ella en
tanto que todo esto se desarrolla en el marco de una sociedad patriarcal. El
matrimonio se dio fundamentalmente como lugar de la reproducción
legítima y el placer sexual bien podía no encontrar cabida en
éste. El placer sexual se remitía a la relación con las
concubinas (pallaké) y las cortesanas (hetairas), que eran
mujeres cuyo lugar y funciones en Grecia eran completamente diferentes al lugar
y funciones propios de la esposas legítimas.
La labor del esposo es la de incrementar los bienes y la
propiedades; la de la esposa cuidar, administrar y regular sabiamente el uso de
tales bienes. De allí la importancia de tener una esposa lo
suficientemente inteligente que sepa mandar a los sirvientes y sepa cómo
y en qué medida hacer uso de los bienes que el esposo provee. El aprecio
por la esposa va en relación directa con qué tan buena
administradora es y sus privilegios solamente puede conservarlos en tanto cumpla
satisfactoriamente las tareas del
oikos[53]. Dirigir el oikos es un
arte que tiene mucho en común con el arte de la política. El
hombre griego dedicado a incrementar sus bienes y a la política es el
encargado de enseñar a su esposa cómo administrar los bienes y la
esposa, si es "buena" o "mala" administradora, lo es en tanto que el esposo le
haya o no enseñado esa variante del arte de la política que es el
arte de la dirección de la casa. Así, se da la moralidad con
referencia a una doble tipificación basada en los conceptos de
interioridad/exterioridad, público/privado, y es el hombre el que centra
su acción en lo exterior/público mientras que la mujer se centra
en lo interior/privado, aunque la administración de la casa en realidad
es también una tarea cuya importancia rebasa sus propios límites y
es vital para el buen desarrollo de las actividades de la
polis.
Aquí encontramos, tan como ya lo planteaba
Engels, la división del trabajo primaria sobre la cual se monta todo el
andamiaje de las culturas patriarcales: el esposo encargado de la
producción de bienes y al gobierno de la ciudad; y la esposa a la
reproducción de la vida así como al mantenimiento de los bienes
proporcionados por el esposo. Tal división del trabajo se basa por
supuesto en una cierta comprensión de la "naturaleza" tanto femenina como
masculina, cuyo fundamento es la diferencia sexo-genérica. El hombre es
el encargado de gobernar los tres ámbitos (casa, esclavos e hijos), en
vista de que el "macho" es por naturaleza más apto para la
dirección que la "hembra" (Política, 1259b). Los hombres
son fuertes pues tienen que soportar el frío, el calor, tienen que
sembrar, arar, caminar largas distancias. Las mujeres, asignadas al trabajo del
oikos, son menos resistentes pues trabajan al abrigo de la casa, y mejor
dicho, trabajan en la casa porque son débiles, mientras que los
hombres lo hacen fuera porque son fuertes. Las mujeres son también
más miedosas, el hombre es valiente. Eso es bueno pues el valor viril le
permite salir y cuidarse de los peligros externos, y el miedo femenino es
útil para salvaguardar las propiedades y dineros que le están
encomendados. Según Jenofonte, los dioses ordenaron desde el principio la
naturaleza masculina y femenina y les dieron aptitudes diferentes a cada uno,
aptitudes que hay que poner en acción en la vida y utilizarlas para no
contravenir la naturaleza (Foucault, 1988. p.146). Tales aptitudes encuentran su
marco de referencia inmediato en el oikos, donde se da la división
del trabajo con base en las diferencias sexo-genéricas asumidas como
hechos "naturales" y por ende "buenos". Además, como en el matrimonio es
de capital importancia la procreación, las aptitudes "naturales" de las
mujeres las hacen idóneas para la maternidad y la educación de
los hijos. Así, según Jenofonte, "...la naturaleza dotó
a la mujer de una ternura particular para ocuparse de los niños;"
(Foucault, 1988. p.147). En este sentido Aristóteles afirma que
todos los seres humanos participan de las virtudes morales, pero sólo en
la medida en que conviene a la función de cada uno. Así, el
hombre tiene la virtud del mando y es natural (y bueno) que gobierne sobre la
mujer, pero no porque ésta no tenga la "facultad deliberativa", sino
porque le "falta seguridad" (Vid. Política, 1260b). Los griegos
distinguían el papel que cada uno de los géneros cumplía en
la procreación y otorgaban mayor importancia a la misión
procreadora efectuada por los hombres. Así, las mujeres aportaban lo
material mientras que era el hombre el que infundía la
esencia en el nuevo hijo. Sólo hay un poder generador
(arché genéseos) y es el padre pues es él quien
transmite y encarna el modelo de la especie, produce al hijo según su
imagen lo que lo hace receptor de sus bienes y su nombre. Es el semen del padre
el que otorga eidos al hijo porque tiene un principio de movimiento
(kinesis) y actividad (dynamia). En tanto la mujer solamente
aporta en la generación la materia necesaria pues su cuerpo carece de
psiché, de pneuma. La madre es el soporte nutricio,
mientras el padre introduce el alma por medio del semen, ya que la carne del
hombre es compacta mientras que la de la mujer es más fláccida y
blanda y por ello es susceptible de nutrir al crío. En la
determinación del sexo, si el semen es lo suficientemente fuerte,
dará lugar a varón y si es débil dará lugar a
hembra. Para Aristóteles las mujeres son por naturaleza débiles y
más frías lo que revela que en su naturaleza hay un defecto
natural. De allí que la physis de las mujeres es una physis
mutilada. (Vid. Duby y Perrot, 1993. pp. 94-101)
Las funciones de los cónyuges van en consonancia
con las capacidades y rasgos esenciales que les definen ya sea como
hombres o mujeres, y es a partir de tales rasgos esenciales que se constituye la
división originaria sexo-genérica del trabajo y del ejercicio del
poder al interior del matrimonio.
Sobre la fidelidad sexual de los cónyuges, es
preciso puntualizar que mientras el hombre griego no estaba obligado a
ella[54], para la mujer es la máxima que
rige su conducta. El hombre sin embargo debía ser temperante y respetar a
las mujeres casadas o no casadas que estuvieran bajo alguna clase de autoridad
masculina. El respeto a esas mujeres se deriva del hecho de que las faltas
cometidas en contra de ellas recaen en la autoridad masculina que está
detrás de ellas. El seductor atentaba frontalmente contra la
autoridad masculina, y era más severamente castigado que el
violador. La razón de esto es que el seductor atenta contra el
poder masculino más radicalmente que el violador, pues destruye tal poder
en la mente de la mujer, mientras que el violador sólo se adueña
momentáneamente de los cuerpos. Afirma Lisias que los seductores
corrompen las almas
...hasta
el punto de que las mujeres de los otros les pertenecen más
íntimamente que a los maridos; se vuelven los dueños de la casa y
ya no se sabe a quién pertenecen los hijos. (Foucault, 1988.
p.135)
La fidelidad sexual en el matrimonio es exigida a las
mujeres para asegurar la identidad del padre y así posibilitar la
herencia a los legítimos descendientes, pero a los hombres griegos, si
bien no estaban facultados para contraer otro matrimonio, les estaba permitido
tener aventuras, visitar a las prostitutas, tener relaciones sexuales con los
esclavos hombres o mujeres, o bien tener un muchacho como amante; así, el
matrimonio no implicaba entre los griegos la fidelidad sexual masculina, pues
incluso el adulterio era tipificado como aquella relación sexual que
lleva a cabo la mujer casada con otro hombre que no es su
esposo[55]. La indisolubilidad del matrimonio
no existía, pues el divorcio también era posible entre los griegos
y era generalmente el esposo quien lo solicitaba. Así como el amor no
era en la cultura griega el mito de origen del matrimonio, tampoco le era
connatural a éste la fidelidad sexual recíproca ni la idea de la
indisolubilidad. La idea de la doble fidelidad sexual, afirma Foucault, es
expresión de un "derecho sexual" que se codificó moral,
jurídica y religiosamente (Foucault, 1988. p.137), por ejemplo, en el
cristianismo.
El amor y el matrimonio
cristiano
¿Eres
tú un hombre que tiene el derecho de desear un
hijo?
¿Eres
un victorioso, vencedor de ti mismo, soberano de tus sentidos, dueño de
tus virtudes? Eso es lo que te pregunto. ¿O es que hablan de tu deseo la
bestia y la exigencia física? ¿O el miedo a la soledad? ¿O la
discordia contigo mismo? [...]
No
solamente se debe reproducir la raza, sino superarla. Para eso te debe servir el
jardín del matrimonio.
NIETZSCHE.
Así hablaba Zarathustra
Entre las enseñanzas cristianas que hacen
particular énfasis en el tema de la sexualidad y el matrimonio,
encontramos las ideas propuestas por el apóstol San Pablo, contenidas en
las diferentes epístolas que dirige a diversos pueblos de la
antigüedad.
En las enseñanzas del apóstol hay, desde
mi perspectiva, dos discursos sobre el matrimonio. El primero, que establece
cierta normatividad en cuanto a las conductas sexuales, y asume a la
unión conyugal como el lugar exclusivo, con miras a la virtud, de la
sexualidad. Propone además que el modelo de la sexualidad ha de ser el
modelo conyugal. El segundo, consistente en la fundamentación
teológica del matrimonio tomando como punto de partida la unión
Cristo-Iglesia y asignándole a ésta paralelismos con la
unión esposo-esposa.
- El matrimonio como ámbito desde donde parte la
norma sexual.
El origen del
matrimonio queda planteado a partir de la conminación a evitar la
"fornicación", pues tal unión es un pecado cometido contra el
propio cuerpo[56] (I Cor. 6:18). Así,
el matrimonio tiene una finalidad ética pues erige en ideal de conducta
la templanza. Posiblemente el rechazo de la fornicación proviene de que
un hombre o mujer solteros ponen en riesgo la estabilidad matrimonial de los/las
demás, y de allí el imperativo de evitarla para salvaguardar las
familias que son el fundamento de las comunidades. De ser este el caso, la
finalidad matrimonial se da paralela a las finalidades políticas de
mantener el orden y la virtud en las ciudades. De este modo,
...bueno
le sería al hombre no tocar mujer; pero a causa de las fornicaciones,
cada uno tenga su propia mujer, y cada una tenga su propio marido. El marido
cumpla con la mujer el deber conyugal, y asimismo la mujer con el
marido.
La
mujer no tiene potestad sobre su propio cuerpo, sino el marido; ni tampoco tiene
el marido potestad sobre su propio cuerpo, sino la mujer. (I Cor.
7:1-4)
Para evitar la fornicación es necesario casarse y
cumplir con el "deber conyugal" en el ámbito doméstico. La
sexualidad no posee en este caso el rango de goce o placer, sino de deber que ha
de ser cumplido en tanto que forma parte del contrato matrimonial previamente
estipulado y tiene como función la de evitar la búsqueda del
placer entre las prostitutas. Los individuos temperantes y continentes no tienen
necesidad de casarse,
...pero si no tienen don de continencia,
cásense, pues es mejor casarse que estarse quemando.
Pero
a los que están unidos en matrimonio, mando, no yo, sino el Señor:
Que la mujer no se separe del marido; y si se separa, quédese sin casar,
o reconcíliese con su marido; y que el marido no abandone a su mujer.
(I Cor. 7:9-11)
Queda planteado entonces el matrimonio como vía
para evitar la fornicación por parte de los incontinentes, a quienes se
les da la opción de practicar la sexualidad dentro del ámbito
matrimonial pero no para la búsqueda del goce erótico, sino
reduciendo la práctica sexual a un deber obligado por el contrato de
matrimonio. Se da en este caso toda una regulación y
normativización de la sexualidad y se autoriza al matrimonio como centro
de la vida sexual para, a partir de ello, des-sexualizar otros ámbitos de
la vida comunitaria. Así, casados y casadas no solamente se ocupan de
las "cosas de Dios", sino también de agradar al cónyuge (I Cor.
7:33-34), pues es necesario que se prolongue la unión el mayor tiempo
posible. La unión matrimonial por ley es indisoluble. La razón de
la indisolubilidad del vínculo, según una interpretación,
radica en que no puede haber defectos en el amor que invaliden el contrato
establecido. El matrimonio es también monógamo porque la persona
es indivisible y no puede donarse plenamente a varias y se constituye como
promesa mutua de ofrecer al otro/a las acciones físicas, espirituales y
emocionales que dan sentido a la cópula.
Sin embargo, si la mujer casada queda viuda puede volver
a casarse, pero dice el apóstol que "sería más dichosa si
se quedara sola" (I Cor. 7:39-40). El que una viuda se quede sola es mejor a
que se case de nuevo, ya que aún después de la muerte del esposo
seguiría unida simbólicamente a él, y tal fidelidad es
muestra de su virtud, que a los ojos de los demás y de ella misma, le da
a ella un rango superior, haciéndola objeto de respeto. Pero si la viuda
es joven, para que no ande de "chismosa, ociosa y entrometida" deberá
casarse, criar hijos y gobernar su casa, y no dar motivo de "maledicencia"
alguno (I Tim. 5:14).
La causa del matrimonio es el evitar las relaciones
sexuales no matrimoniales y el lugar que el amor erótico ocupa en este
planteamiento es nulo. ¿Cual era la base de las uniones matrimoniales
concretas? En la medida en que la causa del matrimonio es el afán de
evitar la sexualidad no matrimonial, la unión conyugal planteada por el
apóstol tiene como ideal la templanza y la vida -hasta cierto punto-
ascética de los cónyuges, el discurso legitimador de la
unión no es ni por asomo el amor, por lo menos no el amor erótico,
sino la ley divina. En este caso la templanza no es entendida tal y como la
entendían los griegos, pues para ellos la templanza es muestra del propio
dominio de sí y en ese sentido de la propia fuerza. Para el
apóstol la templanza implica el libre sometimiento de las apetencias pero
no para salir vencedor de sí mismo, sino para no contravenir la ley
divina. Así, la templanza ordenada por la ley divina, antes que el amor,
es el discurso legitimador de la institución matrimonial en tanto lugar
de la práctica sexual, pues erige un ideal de conducta que habrá
de ser realizado en la instancia matrimonial.
Dentro de la teología católica se han dado
diversas interpretaciones que tienen como base la cuestión de la
sexualidad y su papel dentro del matrimonio. Una de estas interpretaciones
menciona que hay tres estratos de la sexualidad humana (Vid. Quay, P. M.
S. I., 1962. p. 83-91):
1. Fisiológica e individual. Tiene como
único sentido el placer individual por lo que no establece
distinción entre la cópula matrimonial, la fornicación y el
adulterio; ni entre masturbación , unión natural y
bestialidad.
2. Fisiológica y social. Se basa en la
división entre macho y hembra, por lo que su finalidad es engendrar la
prole mediante el deseo y la unión. La sexualidad es dirigida en este
caso hacia otra persona y carece de sentido para el individuo, pues halla su ley
en la reproducción de la especie. El sentido de la sexualidad se da
solamente a partir de la reproducción.
3. Fisiológica-humana. En este estrato la
sexualidad se da de manera más "elevada" y en ella cumplen una
función la racionalidad y las emociones, además es contradictoria
y presenta paradojas.
Continuando con la tradición, este autor afirma
que la virilidad se ordena hacia la paternidad y la feminidad hacia la
maternidad, de allí que todo tiende a la reproducción de la
especie. Pero la persona humana trasciende a la especie misma y la sexualidad
puede elevar al ser humano hacia el más puro amor a Dios, porque abre
primero al amor entre los esposos, los hijos, hasta llegar al amor a toda la
humanidad.
La unión sexual se da como comunicación
personal profunda y misteriosa. La
cópula[57] es el símbolo del acto
creador de Dios que se refleja en cada ser humano. El amor mutuo es el motivo
más natural (y mejor) del matrimonio, pero no implica la
procreación (Quay, P. M. S. I., 1962. p. 86). De allí la
posibilidad de la virginidad y la castidad en el matrimonio. Para Santo
Tomás de Aquino, el fin esencial del matrimonio es la procreación
y la educación de los hijos, y el mutuo amor es el fin
excelente[58]. Por esto, en el ritual del
matrimonio se insiste más en el mutuo amor y en la comunidad de la vida
conyugal, que en la procreación de los hijos, que aunque es el fin
esencial del matrimonio, es también el menos excelente, por lo que el
fin primario de la unión habrá de ser sublimado (Quay, P.
M. S. I., 1962. p. 83-91).
Pero entre las palabras de Santo Tomás y las de
este teólogo contemporáneo median siglos de diferencia y lo que
para Tomás es el "fin excelente", el amor como aquella meta a la cual hay
que llegar dentro de la vida conyugal, para Quay es el origen mismo del
matrimonio. ¿Acaso el amor cortesano y el amor romántico ejercieron
influencia sobre las interpretaciones cristianas?
La forma de escribir de este teólogo contradice
la fundamentación teológica del matrimonio cristiano que se
expondrá más adelante, pues afirma que la mujer desea al esposo
para "mostrarle su amor" y "hacerle padre", mientras que el esposo "corresponde
al amor" de ella, y "perfecciona su personalidad al hacerla madre" (Quay, P. M.
S. I., 1962. p. 87). En este caso es la mujer quien toma parte en el amar de
manera activa, mientras que el hombre solamente corresponde o reacciona ante
tal amor. La mujer sólo hace padre al hombre, pero él, al hacerla
madre la perfecciona. Así, la mujer ama pero aunque ame sigue teniendo
en sí un cierto grado de imperfección y necesita ser
perfeccionada, por medio del hombre, con la maternidad. Esto es contradictorio
dentro de una religión en donde el Dios mismo es amor. Si la mujer "ama"
¿por qué ha de ser perfeccionada si al amar comparte la esencia de
lo más divino? ¿Acaso el amar en la mujer implique carencia, desde
esta perspectiva, aunque se plantee esto dentro de la religión en donde
Dios es amor? Y si implica carencia, ¿por qué sucede así?.
Como se verá más adelante, según San Pablo el esposo es
como Cristo que ama por completo y se entrega a la esposa-Iglesia, y lo
interesante de tal aseveración es que el apóstol enfatiza que es
el esposo-Cristo el que ama de manera activa y comprometida a la esposa-Iglesia.
Y entonces, interpretaciones como la precedente no hace sino caer en el
prejuicio tan extendido de que quien ama es la mujer, prejuicio que no
encontramos, por lo menos, en las epístolas paulinas.
b) Fundamentación teológica del
matrimonio.
Estas y otras ideas del apóstol han sido
interpretadas por la tradición teológica católica y han
servido como fundamento del matrimonio, constituido éste en sacramento.
El matrimonio es un sacramento, es decir, es un medio para obtener gracia para
la propia salvación, un signo de comunicación y amistad con Dios,
y en tanto sacramento es administrado por la Iglesia. Tiene el rango de
sacramento pues es símbolo y testimonio de que Dios se ha comprometido
irremisiblemente con la humanidad a través de la Iglesia (Rahner, 1962.
p. 231-239). La Iglesia no es sino la comunidad de los creyentes, es la
comunidad de la fe.
Existe en la tradición cristiana un símil
entre el esposo y la esposa, por un lado, y Cristo y su Iglesia por otro lado.
El matrimonio es el compromiso que Dios, por mediación de Cristo,
adquiere irremisiblemente con la Iglesia. Cristo se erige simbólicamente
como esposo que sustenta a su esposa que es la Iglesia. Así, San Pablo se
dirige a la Iglesia de los corintios diciendo que los ha desposado con un solo
esposo, y los presenta como una virgen pura ante Cristo, y al convertirse en
esposa-Iglesia de Cristo, le deben a éste fidelidad. (II Cor. 11:2-3). Y
es precisamente la figura de Cristo en su unión con la Iglesia el lugar
en donde se abre la posibilidad del amor, aunque no el amor erótico
propiamente dicho, sino una clase de amor solidario y bondadoso, benevolente y
caritativo:
Las
casadas han de sujetarse al esposo como al Señor, pues el marido es
cabeza de la mujer, como Cristo es cabeza de la Iglesia. Los maridos han de
amar a sus mujeres tal como Cristo ama a la Iglesia y se entregó a ella.
Han de amar a sus mujeres como a sus propios cuerpos, pues nadie puede
despreciar su propia carne, sino que la cuida, tal como Cristo cuida y sostiene
a la Iglesia. (Efe. 5:22-30)
Sin embargo, el esposo es el que ha de amar a su esposa,
tal como Cristo ama a su Iglesia, pero la esposa, es decir, la Iglesia, debe
permanecer sujeta al esposo que es su dirección y guía. La mujer
(la Iglesia) habrá de amar al esposo (Cristo) y además tenerle fe,
de confiar en él y su dirección para la vida y la muerte. Es el
esposo que al amar a la esposa la cuida y la sostiene tal como se cuida a
sí mismo, pues son una misma carne: uno es la cabeza y la otra es el
cuerpo. La una necesita dirección y guía, y el otro posee lo
necesario para brindárselos. Así como Cristo se entregó
para la salvación de los que creyeron en él, el esposo ha de
entregarse en cuerpo y alma a la esposa y habrá de amarla y ser una sola
carne con ella.
Por
esto dejará el hombre a su padre y a su madre, y se unirá a su
mujer, y los dos serán una sola carne. Grande es este misterio; mas yo
digo esto respecto de Cristo y de la Iglesia. Por lo demás, cada uno de
vosotros ame también a su mujer como a sí mismo; y la mujer
respete a su marido. (Efe. 5:31-33)
El matrimonio cristiano posee un rango cualitativamente
distinto del matrimonio planteado por los griegos. Como ya observamos, en Grecia
el matrimonio era el lugar de la procreación legítima, del
patrimonio y el lugar donde se gestaba la virtud de la polis. Se trataba
de una forma de comprender el matrimonio básicamente utilitaria con unas
finalidades claramente establecidas y aunque el matrimonio cristiano
también sigue una vertiente utilitaria introduce otros elementos no
utilitarios. Lo radicalmente distinto del matrimonio cristiano es el trasfondo
divino que contiene y es la unión matrimonial de tan alto rango que es
comparada con el compromiso supramundano entre la divinidad y el ser humano.
Es la unión del dios con la humanidad mediante un símbolo, el
símbolo de la unión matrimonial. De allí que el matrimonio
sea considerado como sacramento, pues confiere la gracia tal como la venida de
Cristo confirió la iluminación a los que compartían la fe
en él. Por ello es necesario "...que el marido no abandone a su
mujer." (I Cor. 7:9-11) pues el abandono conyugal sería una
analogía de la ruptura de la alianza del dios con la comunidad que cree
en él y tal cosa no puede darse porque el compromiso de Dios con la
humanidad es irremisible. Asimismo es preciso "Que la mujer no se separe del
marido" (I Cor. 7:9-11), y siga teniéndolo como sostén y
guía, es decir, que siga respetándolo y creyendo en él.
Grande es el misterio de la unión de hombre y mujer, casi tan grande como
el misterio de la unión de Cristo y su Iglesia. Y este misterio que junta
a Cristo y su comunidad es un misterio de amor.
El amor propuesto hasta aquí no es el amor
romántico o erótico que posteriormente cantaron los poetas, es un
amor más apegado a lo que se conoce como
filia[59] pero es también
ágape[60].
De este modo, el fundamento amoroso del matrimonio,
desde el punto de vista cristiano, supera con mucho la idea del amor
erótico aclamado por los poetas de la Edad Media. En el matrimonio se
hace presente la Iglesia junto con Cristo y por ello representa la más
pequeña comunidad de los salvados y los sacrificados que están
unificados por el amor y la fe (Rahner, 1962. p. 231-239). Desde la perspectiva
paulina, el matrimonio es eco e imagen del amor de Cristo con su Iglesia, y
representa la alianza entre Dios y la humanidad en Cristo, tal como la Iglesia
simboliza a la amada esposa de Cristo[61]. El
matrimonio humano es un matrimonio espiritual en parte, y en parte carnal basado
en el amor de los esposos. Tal amor es la base de la comunicación, de la
comunidad, pero
...el
don de sí mismo nunca puede ser total, porque ninguna persona creada es
enteramente accesible a otra. El verdadero amor se para reverente ante el
misterio que permanece propiedad exclusiva del otro y de Dios. Nadie se puede
entregar enteramente a un ser creado; y correlativamente, todo intento de poseer
la totalidad de otra persona, es querer poseerla como un objeto. Esta radical
incomunicabilidad de la persona se manifiesta en los mismos límites
físicos de la unión: los dos cuerpos no pueden interpenetrarse
enteramente. Todo conato de traspasar este límite convierte la
incompleción en agonía. (Quay, P. M. S. I., 1962. p.
87)
¿Acaso esa radical incomunicación e
impenetrabilidad del otro conmina a la procreación como un acto de
acercamiento, de ser literalmente dos en una sola carne? Parece ser que, y
sobre todo en estos tiempos de caída de los grandes relatos proveedores
de sentido,
...aún
en la más íntima amistad humana queda la soledad existencial y la
precariedad de la persona que recibe el amor. Cuanto más profundo es el
amor, más claramente desea una absoluta trascendencia de sí mismo
y de su amado. Esta trascendencia se consigue, en parte, en los hijos y en la
sociedad; pero nunca se logra plenamente sino en la trascendencia de Dios, que
es amor. (Quay, P. M. S. I., 1962. p. 87)
¿O acaso ni siquiera esa relativa fusión
procreadora puede anular los límites ontológicos de los seres
humanos, y sí complicar aún más la ya existente
incomunicabilidad? Y si la felicidad no se logra en la procreación ni en
las tareas sociales, sólo queda, desde esta perspectiva, la esperanza en
la trascendencia divina y la vida santa en donde el matrimonio bien
podría no tener cabida.
El amor cortés y el matrimonio
Como hemos visto, el amor no siempre ha sido el mito de
origen del matrimonio, como ocurría en las sociedades griegas antiguas,
si bien en el cristianismo el amor conyugal rebasa el carácter de amor
romántico y se constituye en amor agápico por
excelencia.
La importancia del cristianismo en el tema del amor y
su relación con el matrimonio es fundamental, ya que pone en juego la
idea de amor como fundamento al interior de la unión matrimonial, lo cual
antes de él ni siquiera era planteado por otras culturas.
Sin embargo, el amor matrimonial tal como lo propone el
cristianismo difiere mucho del amor al que posteriormente cantaron los poetas
provenzales en la Edad Media. Todas las formas de amor adquieren unidad, dentro
del cristianismo, en la figura suprema del amor agápico, que es Dios
mismo como fuente ontológica de todo lo existente, es la donación
de la divinidad misma que se muestra en todo lo que ocurre en el mundo. Y en el
matrimonio el amor entre los esposos es asemejado al amor entre Cristo y su
Iglesia, siendo un amor de carácter mas bien espiritual.
El amor provenzal es propiamente erótico en el
sentido en que Platón se refiere al Eros más vulgar y menos
espiritual. En este caso el amor es entendido como pasión. Esta
variante del amor va de la mano con una nueva forma de construcción de
las subjetividades que tiene como momento importante precisamente el
representado por los poetas del amor.
Esta forma diferente de construcción de las
subjetividades se fundamenta en el desarrollo del individualismo, que como
sabemos marca toda la historia de Occidente a partir del surgimiento de la
burguesía, continuando con la filosofía del sujeto cartesiano y
erigiéndose en ideal a partir de la Revolución Francesa que plasma
la nueva tendencia individualista en la divisa "Libertad, Igualdad,
Fraternidad", la cual confiere al individuo todos estos caracteres que le hacen
asumir una forma diferente de existencia.
Dentro de este proceso de individualización el
cristianismo jugó también un papel preponderante al proponer que
Dios le habla a cada ser humano a través de la figura de Cristo, hijo de
Dios que se dirige en particular a cada uno/a y le enseña el significado
del amor y la dignidad humana individual.
La importancia del individuo en la relación
amorosa durante la época de los poetas del amor es evidente, pues no
puede darse relación amorosa si no se parte de una cierta subjetividad
constituida ya como individualidad irrepetible, digna de ser amada por la serie
de bondades que la constituyen. El poeta canta a la dama y lo hace porque
reconoce en ella a un individuo valioso en tanto tal, pero esa valía no
implicaba la pretensión matrimonial del cantor para con la dama.
Así pues,
La
primera forma del amor sexual aparecida en la historia, el amor sexual como
pasión, y por cierto como pasión posible para cualquier hombre
(por lo menos. de las clases dominantes), como pasión que es la forma
superior de atracción sexual (lo que constituye precisamente su
carácter específico), esa primera forma, el amor caballeresco de
la Edad Media, no fue, de ningún modo, amor conyugal. (Engels, 1884.
p.68).
E incluso no sólo no pretende el matrimonio ni
surge del matrimonio, sino que va contra las bases del mismo, pues generalmente
la dama a la que se cantaba era casada, es decir, el amor de los poetas
tendía hacia el adulterio[62].
Si bien es en la Edad Media cuando surge el amor como
pasión o amor erótico, es solamente en los tiempos modernos, a
partir de la Revolución Francesa, a finales del siglo XVIII, cuando se
desarrolló la idea de que el amor romántico debe ser el fundamento
del matrimonio. Las nuevas generaciones de esa época establecen esta
nueva base para el matrimonio oponiéndose al matrimonio surgido de la
elección paterna (Russell, 1983. p. 42).
El amor y el matrimonio en nuestros
días
Aún
en el cáliz del mejor amor, existe amargura; así se despierta en
ti el deseo del Superhombre; así se despierta en ti la sed del creador.
NIETZSCHE.
Así hablaba Zarathustra
En nuestra época, como es sabido, los discursos
que dan sentido a la existencia humana han perdido buena parte del peso que en
otros momentos tenían y por ello no es extraño que los discursos
sobre el amor y el matrimonio hayan entrado en una fase de desgaste. Sin
embargo, existe lo que Amorós denomina ideología del amor
patriarcal, la cual ha impregnado todos los ámbitos de la cultura y
propicia la dominación de las mujeres -aunque también de los
hombres- mediante el paradigma del amor erótico.
Pero, ¿que ocurre con el amor? Por todas partes se
habla de él, en la TV, en las revistas, en las pláticas
informales, en las películas, etc. y generalmente se le ve al lado del
matrimonio y de la procreación. Es de suma complejidad el tratar de
distinguir los límites entre el amor como ideología patriarcal y
el amor propiamente dicho. Y quizá la complejidad del asunto proviene de
la dificultad de plantear lo que es el "amor propiamente dicho" sin caer en
cuestiones esencialistas. Pero si decimos junto con Sartre que " no hay
más amor que el que se hace ( o se construye)", entonces
¿cómo se construye en nuestros días el amor, cómo se
hace? y ¿cómo se relaciona éste con el matrimonio y la
procreación?
Como hemos observado anteriormente, para los griegos el
sentido del matrimonio se da a partir de la utilidad política que cumple
la familia, pues ésta tenía como labor básica hacer que la
polis fuera virtuosa a partir de hacer virtuosos a los individuos
reunidos en la comunidad familiar. Se ha insistido también en el hecho de
cómo, paralelamente con esta utilidad política, el matrimonio
tiene un sentido económico, pues es el lugar por excelencia de la
producción y la herencia. Y ambos sentidos se engarzan en la
procreación, pues ella es la proveedora de los hijos que habrán de
ser buenos ciudadanos y a la vez beneficiarios del patrimonio, y en su momento
serán también los encargados de multiplicar las propiedades
paternas. Las mujeres evidentemente son, antes que individuos, útiles de
procreación que promueven el bienestar de la polis, de la
comunidad familiar y de la propiedad patrimonial. Su rango por ello se da al
lado de los útiles de labranza, o de los esclavos, aunque no es una
esclava cualquiera, sino aquella que habrá de parir a la descendencia
legítima..
Desde la perspectiva cristiana, si bien se sigue
haciendo hincapié en el aspecto de la procreación, el matrimonio
planteado por él puede tener otras finalidades incluso más
excelentes que la generación misma como sería el amor entre los
cónyuges; aunque la finalidad primaria reproductiva permanece. Sin
embargo al tomar en cuenta al amor, el matrimonio cristiano se convierte en una
práctica en cierto sentido antiutilitaria, presuntamente desinteresada y
altruista que consiste en brindarse al otro/a en un compromiso corporal y
espiritual para la vida y la muerte. En este sentido, el cristianismo se muestra
como diferente con relación al planteamiento matrimonial griego antes
expuesto e implica una forma diferente de subjetividad en donde tanto mujeres
como hombres son capaces de comprometerse espiritualmente con base en la buena
disposición de ánimo piadosa y caritativa, eliminando, por lo
menos en parte, el carácter meramente utilitario de la unión
conyugal.
En la época de los poetas del amor, aparece un
nuevo tipo de ser humano que goza de mayor independencia, autonomía y
libertad propiciando así una transformación de la moral. Los
nuevos individuos se comienzan a hacer un sitio dentro de la tradición y
es por esta época que comienza a darse el matrimonio como unión
no solamente pactada por los padres, sino en cierta medida,
también ya por los futuros esposos (Paz, 1993. p. 72). Sin embargo,
aún no es el tiempo en que la base indiscutible de las nupcias sea el
amor y el matrimonio sea libremente pactado por los interesados. Por otro lado,
el amor cantado por los poetas medievales no era partidario de la unión
conyugal, por lo que fácilmente caían en el adulterio y la
herejía:
Para
los adeptos del "amor cortés", el matrimonio era un yugo injusto que
esclavizaba a la mujer, mientras que el amor fuera del matrimonio era sagrado y
confería a los amantes una dignidad espiritual. Como la Iglesia,
condenaban el adulterio por lascivia pero lo convertían en un sacramento
si lo ungía el fluido misterioso del fin'amors. (Paz, 1993.
p. 74)
Esto evidentemente implica un cambio en la
comprensión tanto de la subjetividad como del mundo, comprensión
que se extenderá y profundizará en la Modernidad.
El sujeto planteado en la época moderna,
racional, libre y centrado en sí mismo da lugar a la modificación
radical de la práctica matrimonial, y permite que cada individuo tome
en sus manos el asunto de la elección de la pareja conyugal. El
ámbito desde el cual se desenvuelve la unión matrimonial es ya el
amor, un amor mezclado de idealismo, erotismo, deseo y solidaridad humana.
Parece ser que las experiencias amorosas anteriores occidentales confluyen en
esta época, y cada una aporta, en mayor o menor medida, algún
elemento de su propia comprensión amorosa. De allí que nosotros
los contemporáneos/as nos enfrentemos con una idea del amor que tiene un
poco de las anteriores, pero que además en infinidad de ocasiones se
erigido en ideología que presupone el imperativo amoroso para las mujeres
como vía privilegiada para ser.
Por otro lado, en la actualidad sucede
que
"No
hay amor posible entre los esposos", afirmaba la cortesía medieval, pero
los cónyuges ya no pueden achacarlo a la maldad de los padres o a la
injusticia del orden social; no tienen otro enemigo que ellos mismos, que la
inconsciencia de su juramento. (Bruckner-Finkielkraut, 1979. p.
157)
Es decir, el amor y la felicidad no se dan en el
ámbito matrimonial, y no necesariamente por los "obstáculos
externos" para su realización, sino por la falta de sentido del
matrimonio actual. El mito del matrimonio aún existe, pero su
significación se ha erosionado en los últimos tiempos y es
todavía, entre muchos sectores, sobre todo femeninos, la meta de la vida,
aunque el abrazo conyugal pueda ser más bien decepcionante y poco
placentero. Pero siempre la causa de que las cosas no sean como lo marcaba el
mito no es el amor ni los amantes, sino algo externo, el gobierno, los
impuestos, la crisis o la “incompatibilidad de caracteres”, pero
rara vez se intenta buscar el origen de la infelicidad en el mito
mismo.
¿Por qué casarse hoy en día?
Según L. Mair en la actualidad la función que tradicionalmente se
asignaba a los esposos-padres dentro del matrimonio como proveedores, dadores
de "status", formadores de patrimonio, carece de sustento en la medida en que ya
son muchas las mujeres que pueden llevar a cabo estas tareas tras haber accedido
a un mayor nivel de independencia económica e intelectual (Vid.
Mair, 1974). Según esto, casarse no tiene ya sentido, al menos no el
sentido utilitario que durante mucho tiempo tuvo. Aunque es preciso recordar que
existen vastos núcleos femeninos que no tienen las condiciones
materiales y culturales de vida que les permitan prescindir totalmente del
marido, sobre todo en los países elegantemente llamados "en vías
de desarrollo" o “economías emergentes”.
De todos modos supongamos que los maridos ya no son
necesarios por lo antes dicho, la pregunta sigue en pie incluso con más
virulencia: ¿para qué casarse hoy en día?
Es un hecho que la institución matrimonial ha
entrado en una etapa de fuertes contradicciones internas, y cada día se
dan suficientes divorcios para demostrarlo. Pero también es cierto que
cada día se celebran las suficientes uniones matrimoniales para
contradecir aquello de que el matrimonio "está acabado".
Además, si el matrimonio tal como lo conocemos
está "acabado", o por lo menos "en vías de extinción", ello
no implica evidentemente que la "pareja" haya dejado de ser un ámbito
importante para la experiencia humana integral. La importancia de la pareja
actualmente, según Bruckner-Finkielkraut, tiene que ver con lo
siguiente:
Sólo
en un mundo desdichado puede ser tan obstinado el deseo de ser feliz, y la
felicidad debe tomar indefectiblemente la forma de la quietud acolchada, de la
intimidad celular; quiero a la pareja para que exista un exterior y un interior,
para pasar por la calle sin sufrir por el anonimato (ya que yo tengo nuestra
casa), para escapar a la inseguridad seductora, para aislarme, en una palabra,
de la paranoia social. (Bruckner-Finkielkraut, 1979. p.
156-157)
Parece que se busca la relación privilegiada con
el otro/a como pretendiendo un espacio en donde haya una voz que me diga "eres"
y así escapar de la saturación anónima y cotidiana. De
allí que la necesidad de la pareja por parte de los individuos sea
directamente proporcional a la hostilidad de la sociedad en cuestión.
Quizá por ello la pareja como ámbito privilegiado de la
relación con el otro/a goce de una salud relativamente buena. Pero,
"¿Cómo podría constituir la pareja un islote
armónico en medio de una sociedad agresiva y neurótica?"
(Bruckner-Finkielkraut, 1979. p. 156). Esto último, además de
no dar solución a la cuestión de la pareja, nos mete en un
callejón sin salida: la pareja, desde esta perspectiva, es necesaria para
brindar al individuo un espacio de cierta alegría frente a un mundo
caótico, frustrante y amenazador; sin embargo la pareja es hasta cierto
punto imposible pues se halla herida de muerte por el peligro, el caos y la
frustración proveniente del mundo circundante.
No sólo es el matrimonio el que está en
entredicho, sino la pareja misma (sea homosexual o heterosexual), y es
más bien la contradictoria individualidad humana la que desea al otro/a
para que le cure un poco del mundo dándole algunas alegrías, a la
vez que se retira del otro/a y guarda una cierta distancia paranoide ante
él/ella. Lo inédito en este caso son tales formas de alejamiento y
desalejamiento vividos al interior de las parejas, casadas o no, y lo
paradójico es que tal lógica del alejar-desalejar se fundamenta en
el mismo individualismo que dio origen al amor erótico, individualismo
que hoy mina lo que en otro tiempo se construyó sobre él. En este
sentido,
Se
unen en nombre del amor, pero se niegan cada vez más asiduamente a vivir
esta unión en el horizonte de la totalidad. No quieren formar bloque,
perderse el uno en el otro, ni conocer el largo éxtasis fijado del
amor fou. Dicen y aplican el "te amo", al tiempo que inventan mil
métodos para contrariar sus efectos. Vivimos la era de los enamorados
incrédulos que ni siquiera prestan confianza al deseo que les dicta la
pasión. Proliferación de las parejas oficiosas, esta resistencia
de los cónyuges a pasar de la situación de concubinos al estatuto
de esposos revela que el antiguo ideal amoroso inspira temor. Es posible que
el rechazo del matrimonio no sea más que un cambio microscópico,
un puro rito conjuratorio, demuestra al menos el escepticismo de los amantes
hacia su propio "te amo". (Bruckner-Finkielkraut, 1979. p.
158-159)
Esta negativa a experimentar la unión en el
horizonte de la totalidad proviene posiblemente de que se ha creído
durante mucho tiempo que el matrimonio establecido es el fin del amor, la
fractura de la emoción. Y ante ello no queda sino conjurar esa clase de
vínculo eludiéndolo, evadiéndolo mediante otras formas de
relación amorosa en las que, según estos autores, los amantes
hacen trampas con su propio contrato. Curiosamente se da también un
fenómeno contrario en la cultura de masas, pues casi todas sus
manifestaciones se refieren, directa o indirectamente, a la pareja y al amor
como búsqueda de felicidad, plenitud, y como aquello que "da ser"
particularmente a las mujeres. Basta observar algunos encabezados de las
llamadas "revistas femeninas":
"¿Y el nido de amor?"
Revista Nueva Vida, Abril de 1973,
México.
"Cómo se curan las dificultades
sexuales de la pareja”
Revista Nueva Vida, octubre de
1973, México.
"La nueva mujer y el sexo"
Revista Nueva Vida, octubre de
1973, México.
¿Qué podemos decir, sino que la realidad
humana matrimonio-amor está muy lejos, como todo lo humano, de tener una
resolución plenamente satisfactoria? Siempre está el "sí,
pero..." como parte fundamental de cualquier explicación que se pretenda
dar sobre cualquier rasgo básico de la existencia
humana.
Por otra parte, en tanto que el matrimonio pertenece al
orden de lo simbólico, en nuestra época alcanza otra deficiencia
aunada a las ya acumuladas. Ocurre entonces que ante la caída de los
sistemas mitológicos, religiosos y filosóficos que en otro tiempo
daban sentido a la realidad y a la actividad humana, el matrimonio no ha sido
inmune y ha perdido, excepto quizá entre los creyentes de algunas
religiones como la cristiana en sus vertientes católica y protestante, el
valor que antes poseía. Parece ser que el matrimonio ha quedado
abandonado a sus propias fuerzas: se ha perdido el mito. ¿Quién se
casa actualmente con base, por ejemplo, en el ideal cristiano y asume el
matrimonio como símbolo de la alianza indiscutible del dios con la
humanidad? En una sociedad donde la simultaneidad y lo efímero del
consumo se insertan en la vida cotidiana, el matrimonio y el amor no pueden
quedar al margen de esas categorías.
Afortunadamente, independientemente de la quiebra de los
modelos de conducta tradicionales, y de la pérdida de los "grandes
relatos dadores de sentido", hay un ámbito de libertad inédito en
el campo de las relaciones amorosas, y este es posible gracias a los
anticonceptivos contemporáneos. El siglo XX ha sido revolucionario en
muchos aspectos y uno de ellos es indudablemente el ámbito de la
anticoncepción.
Como sabemos, los anticonceptivos han permitido separar
el ámbito de la reproducción, que cuando no es libremente elegida
nos vuelve nuevamente, sobre todo a las mujeres, al "reino de la necesidad", a
la pura inmediatez; del ámbito del goce sexual y el amor. La
anticoncepción se inserta en el movimiento de la libertad individual que
se halla a la base de muchas sociedades contemporáneas. Gracias a ellos
hoy puede vivirse la unión matrimonial como algo distinto a lo planteado
por las tradiciones de otras épocas, pues gracias a la
anticoncepción no es inmediatamente el lugar obligado de la
reproducción. Hoy más que nunca podría ser un ámbito
de crecimiento, de retroalimentación, de creación. Si la base del
matrimonio fue en otros tiempos el ideal procreativo, en donde la sexualidad
tenía como finalidad básica el tener hijos, hoy podríamos,
si es que nos sigue interesando el ámbito de la pareja, darle otro
sentido, incluso al matrimonio mismo. Así, evitar la reducción
procreativista de la sexualidad y el amor mediante el planteamiento de una
ética del placer, en donde no se entienda placer puramente como
goce erótico o "sexual"[63], sino
también como un amplio despliegue de la creatividad y la espiritualidad
humana que implique el desarrollo de cada quien siempre desde su propia
posición y sus preferencias, a sabiendas de que en ninguna clase de amor
o de relación conyugal está la definitiva y plena
realización del ser humano, sino que son meras búsquedas, meros
caminos que podemos explorar en nuestra existencia. Evitar proponer modelos
universales de conducta; mejor posibilitar el desarrollo ético que
permita a cada quien decidir lo que más se ajuste a su proyecto de vida,
su moral y su comprensión del mundo.
De este modo, incluso el modelo cristiano de matrimonio
puede tener aciertos, no así el modelo griego, en donde la mujer es un
útil más dentro del patrimonio del esposo, y sólo en la
medida que es "útil" es apreciada. En cambio, el modelo cristiano le da
otro lugar a las mujeres, aunque ellas habrán de ser sostenidas,
económica y moralmente, por el esposo. Este papel de esposo-sustento no
se corresponde, al menos de manera evidente, con un papel de esposa-sustento. La
esposa simplemente ha de "respetar" al marido, pero el marido la debe "amar",
según San Pablo. El esposo deberá de ser su sostén y
guía, tal como Cristo lo es de la Iglesia. En el caso de la
relación Cristo-Iglesia es entendible por qué el uno es
sostén del otro, pues uno es un enviado que viene desde un mundo
inefable y perfecto a darle ánimos a la comunidad creyente para seguir
viviendo, y la orienta hacia una vida con mayor compromiso hacia uno/a mismo/a y
los/as demás. Ahí está claro por qué uno sostiene a
la otra, pero en el caso de la relación esposo-esposa no lo está,
pues ambos son igualmente finitos, falibles e imperfectos. Sería justo,
desde mi punto de vista, añadir que la esposa debe ser también
sostén y guía del esposo y de igual modo deberá amarlo,
así como el esposo habrá de respetarla. Pero el planteamiento del
apóstol, si bien es rescatable al proponer la unión del hombre con
la divinidad simbolizada en el matrimonio, es unilateral, y le da mayor peso
ontológico al esposo (el varón-esposo "es más" que la
mujer-esposa) al equipararlo con Cristo. Tal diferencia respecto al peso
ontológico que se expresa fácticamente en la conducta de cada uno
de los géneros es manifiesta en la siguiente cita del apóstol:
En
el ritual religioso, la mujer debe cubrirse la cabeza, no así el
varón, pues él es imagen y gloria de Dios, mientras que la
mujer es gloria del varón, ya que la mujer proviene del
varón y fue creada por causa de éste. (I Cor.
11:3-12)[64]
Así, el varón es imagen y gloria de Dios,
pero la mujer no es ni
siquiera imagen de la imagen, es decir, imagen
del hombre, sino gloria de la gloria, y poco tiene que ver con la divinidad. La
mujer no es como el hombre, por tanto, no es como la divinidad. Lo expresado en
la cita anterior, lejos de ser, desde mi punto de vista, una
argumentación teológica, es cuando mucho la descripción de
las costumbres de los pueblos semitas, es una descripción de una moral
particular con pretensión de verdad divina.
Quizá el problema con el cristianismo sea que no
se ha separado, al menos que yo sepa, el ámbito estrictamente
teológico del ámbito de la moral y las costumbres judías
antiguas, y entonces se han impuesto como verdades sobre Dios aquellos elementos
y prácticas de una moral particular, que contradicen en muchos casos las
enseñanzas propiamente cristianas.
Teólogos como Bernhard Häring sostienen que
es necesario adaptar las enseñanzas cristianas a la época y las
situaciones de la existencia, reconociendo la dignidad de la persona humana, y
rebelándose contra el conformismo, las tradiciones y estructuras
estereotipadas que no tienen sentido y la vida de hoy. Esta perspectiva permite
incluso la autocrítica de la teología y sobre todo es aplicable
también a problemas como el control natal, pues la decisión
sobre el control natal ha de hacerse a la luz "del designio creador de Dios, su
amor por la persona y por la humanidad en su conjunto". Propone además
que es necesario dejar de lado el enfoque basado en las tradiciones,
fórmulas [morales] inmutables o leyes biológicas. En este sentido,
el matrimonio no es una superestructura construida sobre la biología que
tenga, por ende, la ciega finalidad de la procreación. El quehacer
procreador ha de enfocarse en el contexto total de la misión creadora
del hombre en la comunidad, la sociedad y la cultura. (Vid. Häring,
1973.)
Por ello, y para concluir, afirmamos junto con Nietzsche
que
Debes
crear un cuerpo de esencia superior, un primer móvil, una rueda que gire
sobre sí misma; debes crear un creador.
Yo
llamo matrimonio a la voluntad de crear entre dos un ser único, superior
a los que se han creado. El matrimonio es eso: respeto mutuo de los que
coinciden en tal voluntad. (Nietzsche, 1987. p. 61)
CAPÍTULO IV. CRÍTICA DE LA
IDEOLOGÍA PATRIARCAL DEL AMOR
Hacia la crítica de lo dado
Las mujeres y el amor son pilares
básicos. Examinadlos y estaréis amenazando
la estructura misma de la
cultura.
S. FIRESTONE. La dialéctica del
sexo
Como hemos observado con el breve recorrido a
través de la idea de amor en el Occidente, el amor es un complejo
cultural en donde se involucran muchos de los aspectos más relevantes de
la experiencia humana. Tal idea ha sido planteada de diversas maneras a lo largo
de la historia, y podemos constatar que, como todo lo demás propiamente
humano, no deja de ser una construcción socio-cultural que cumple
con ciertos fines y predispone a los individuos a comportarse de cierta
manera así como a abrigar determinadas expectativas existenciales. En
este sentido afirma A. Kollontai: "Essentially, love is a profoundly social
emotion"[65] (Kollontai, 1977. p. 278), es
decir, es un sentimiento socialmente determinado, socialmente
construido.
El amor, como construcción social, que se ha
erigido, a través de la historia, en esencia, se expresa,
según Celia Amorós, dentro de la llamada ideología
patriarcal del amor, misma que se corresponde con cierta clase de
relación de poder, propia de las vertientes culturales más
significativas de esta sociedad, así como con cierto modo particular de
dominación íntimamente relacionado con la forma en que es
comprendido y vivenciado el mundo, es decir, la forma metafísica de
comprender y comprenderse-en-el-mundo. La comprensión metafísica
del mundo es , en realidad, lo que posibilita la existencia de la
ideología patriarcal del amor, pues la primera es un plan
ontológico previo que "abre" las diversas posibilidades ónticas,
entre las cuales está justamente la ideología patriarcal del amor
(junto con la Modernidad, el capitalismo y la tecnología entre otras).
La ideología patriarcal del amor consiste en una forma de comprender el
amor erótico tal que éste se erige en uno de los mecanismos de
dominación que incide sobre las mujeres. Así, cuando el amor se
erige en instrumento del poder patriarcal se torna en ideología del amor
patriarcal. El amor patriarcal es ideología porque es un conjunto de
discursos que encierran interpretaciones del mundo, valoraciones,
simbolizaciones, normas morales y discursos de poder que se despliegan y se
ejercen en el ámbito del amor erótico en donde la primacía
en muchos sentidos la tienen los hombres para ejercerla sobre las mujeres. Para
las mujeres el amor patriarcal es una ideología porque es una conciencia
enajenada de sí mismas en donde no son ellas las que deciden lo que son,
sino que el ser les viene dado por el amor que están dispuestas a dar,
pero siempre entendiendo tal amor como patriarcal, en donde ellas desde el
primer momento quedan supeditadas a un segundo plano con relación a los
hombres. Ellas deben amar a los hombres aunque ellos no las amen a ellas porque
si no los aman, si no están cerca de ellos, o de alguno de ellos,
simplemente son carentes, no son “plenas” en su existencia, es
decir, son una suerte de no-ser. Así,
Her
significance can only be conferred by the presence of a man at her side, a man
upon whom she absolutely depends. In return for renouncing, collaborating,
adapting, identifying, she is caressed, desired, handled, influenced and
ocasionally, desired in vain.[66] (Greer,
1971. p. 87)
El amor, planteado como esencia a partir de la
tradición platónica, nos es impuesto y nos encuadra en un sistema
de diferencias jerárquicas en donde las mujeres encuentran el modo
particular de ser que les es adjudicado, ya que, según afirma
Amorós, Todo sistema de dominación es un eficaz fabricante de
esencias. (Amorós, 1985. p. 188)
Las ideas sobre el amor expuestas anteriormente, con
excepción de los planteamientos filosóficos de Kierkegaard y
Sartre, encierran una comprensión metafísica que concibe al amor
como eterno, bueno, desinteresado y como vía para avanzar hacia el
mejoramiento humano. Para Platón el amor es el querer poseer siempre
lo bueno, y afirma junto con Descartes y Spinoza, que el amor perfecciona
a los seres humanos, pues siempre está en relación con el
alma, el conocimiento y las cosas "espirituales". Schopenhauer, aunque con un
tono distinto, proclama que el amor no es más que expresión de la
"voluntad de vivir" para lograr la conservación de la especie. Caso
aparte es Ovidio, quien en sus obras ya citadas retrata la manera en que
cotidianamente se desenvuelve el erotismo, con toda su carga de falsedad y
dominación.
La importancia que el amor tiene para la humanidad se
encuentra plasmada en la comprensión ontológica vigente en cada
época, pero se expresa cotidianamente en relación directa con
cada uno de los géneros. Considero que la identidad genérica,
además de ser producto de las simbolizaciones, normas y discursos de
poder, se construye mediante un proceso continuo basado en la interacción
con el mundo y los otros/as. Las identidades se dan sobre una base
relacional (Riquer,
1997), por lo que es necesario reflexionar en torno a la
forma en que los géneros, al relacionarse entre ellos, se constituyen en
lo que cada uno es. El amor es una forma de relación privilegiada en la
que se ponen en acción todos los elementos que han constituido
tradicionalmente a las identidades genéricas. La identidad y el destino
de hombres y mujeres ha sido asignado a ellos por la tradición
conminándolos a comportarse de cierta manera según su
género. Pero tal asignación genérica no se da por pura
introyección automáticamente, sino que hay un compromiso
individual con tales prácticas, normas, y discursos que significan a
los sucesos del mundo. Por ello, según Florinda Riquer (1997), la
subjetividad-individualidad-identidad no se encuentra sobredeterminada por la
biología, la intencionalidad libre y racional, sino que se funda en la
experiencia, entendida ésta como un complejo de hábitos
que resultan de la interacción con los otros/as y con el mundo. El
compromiso individual que las personas adquieren con las prácticas y
discursos genéricos imperantes, se da gracias a los hábitos
adquiridos durante la interacción con los demás. En consecuencia,
cada género tiene una moral distinta en la medida en que experimenta
diferentemente la relación erótica y, a la vez, cada género
tiene una diferente vivencia amorosa en la medida en que en ésta se
expresa la doble moral, mediante la cual el hombre y la mujer siguen cada uno
un conjunto de reglas morales, implícitas o explícitas, diferentes
basadas en el género. Las características supuestamente
femeninas (la sensibilidad, la espontaneidad, el sentimiento y el amor) son
exaltadas por muchos sectores de nuestra cultura, pero gracias a esta supuesta
reivindicación de "lo femenino", se proclama, en los hechos, la
subordinación de las mujeres, muchas veces mediante la ideología
patriarcal del amor (Vid. Amorós, 1985). La diferencia que se
plantea en la moral de los géneros, hace posible que para el hombre el
amor sea algo distinto de lo que es para la mujer, por lo que
La
palabra amor no tiene la misma significación para la mujer que para el
hombre. La mujer cree ser amada según su propio criterio; el hombre la
ama según otro, no sólo distinto, sino contrario. (Lombroso,
1945. p. 265)
De este modo, el amor es para cada género algo
distinto y parecería que el hombre rehuye al Eros y está
“menos dotado” para la experiencia erótica mientras que la
mujer tiende hacia los goces y sufrimiento amorosos -como ya lo afirmaba
Ovidio.
Hay una doble vertiente en la comprensión popular
del amor por lo que es considerado en la imaginería popular como un
“mal” o una “enfermedad” o como el “sumo
bien”. En tanto enfermedad, puede tener una determinada
“sintomatología”: aparecer una sola vez en la vida, ser mejor
la segunda vez, ser mejor la primera vez, aparecer por
etapas[67] o bien aparecer cada semana. Es una
enfermedad caracterizada por la presencia mental constante del amado/a ante
cualquier situación o contexto que esté o no relacionado con
él. Pero sean cuales sean sus síntomas, se cree que es
“incurable”. Ciertamente el amor tiene edad y se cree que el estar
enamorada es una experiencia deseable y es la consumación de la
experiencia humana, por lo que las mujeres, como por ejemplo las adolescentes,
pasan más tiempo pensando en él que sus contrapartes masculinas.
Amar es también, para la comprensión popular, el estar
“loco/a por alguien”. Esto se manifiesta como un estar bajo los
efectos de alguna droga y es esta “droga rosa” lo que hace
justificable el ejercicio de la sexualidad por parte de las mujeres. Los hombres
no tienen que estar enamorados para ejercer la sexualidad, no son mal vistos
si la ejercen libremente, pero las mujeres se purifican a priori de
“la caída” cuando están enamoradas. Hay dos clases
de amor, el verdadero y el falso; el primero es el que conduce al matrimonio.
Así, el romance es la fantasía femenina que construye el amor
desde una perspectiva del ser carente. Tal ideología barata del estar
enamorada es esencialmente autodestructiva y nada tiene que ver con el amor,
pues este idealmente no debe ser posesión, ni obsesión, ni
manía, sino la revelación de la verdad de cada quien, la
revelación del ser de cada individuo y su verdad. La ideología
patriarcal del amor en su vertiente popular tiene como enunciados básicos
los siguientes:
- La que no es casada perdió ya su oportunidad , si
es que alguna vez la encontró (“se quedó”), o bien
dudó y de igual manera perdió tan valiosa oportunidad de amar, ser
amada y casarse para formar una familia.
- El hombre que no se casa es porque no encontró a
la mujer “adecuada”, a aquella que llenara los requisitos
indispensables que la hicieran digna de ser amada. Así, son las fallas y
defectos de las mujeres lo que aleja a los hombres de ellas.
- Las monjas[68] y las
intelectuales fueron decepcionadas en el amor y son mujeres frustradas e
incompletas que viven en la amargura y el resentimiento al ver la felicidad de
las mujeres que sí “lo lograron” y son casadas y madres de
familia.
- Las profesionistas son mujeres que no pudieron casarse o
ser amadas y compensan con su actividad el “fracaso” de no haber
alcanzado la felicidad “tan profunda” del amor, el matrimonio y la
maternidad.
En nuestra cultura el ser
soltero queda siempre definido como ser carente frente al ser casado. La
soltería no es por sí misma un estado en el cual se elige vivir,
sino que es como un paso intermedio hacia el matrimonio y la pater/maternidad.
En este sentido la soltería se define como carencia frente a la
“completud” del ser casado. La soltería es un tema digno de
ser estudiado pues es un término que designa y clasifica a todos los no
casados y les da un rango y una identidad social que además varía
de acuerdo con el género de la persona: no es lo mismo socialmente ser
soltero que soltera. La supuesta carencia de la soltería adquiere rasgos
distintivos según se trate de hombres o de mujeres. La soltería
femenina es en muchos casos “inaceptable” y se convierte en un
problema especial. La mujer soltera se mueve en una identidad indefinida que
flota entre el ser hija de familia y el ser casada sin decidirse por ninguna
opción. La mujer soltera es pues, “socialmente indigesta”
(Vid. Whitehead, 1989. pp. 214-224). Tradicionalmente las mujeres se han
definido en términos de sus relaciones con otros: son esposas, madres o
hijas. De este modo, la relación erótica y la relación
matrimonial es una forma de relación prominente en la identidad
femenina. En la procreación y el cuidado de los otros se han centrado las
preocupaciones de las mujeres. Sus más altos privilegios y sus más
pesadas responsabilidades se fundamentan en ello. Así, no amar, no ser
casada y no tener hijos es ser una mujer incompleta. Los máximos
terrores de las mujeres consisten en no ser capaces de atraer a los hombres por
ser “inadecuadas”, es decir, poco atractivas, poco deseables,
demasiado agresivas e independientes. Así,
Quedarse
soltera, no saber retener al marido, perder un trato preferencial y la comodidad
económica, son situaciones que asustan a las mujeres. Por tanto deben
siempre estar bonitas, quedarse calladas, demostrar inutilidad, tener buen
genio, desconfiar de las demás mujeres, evitar que se asomen visos de su
inteligencia, demostrar que ignoran sus cuerpos, que la sexualidad les es
ajena... de esa manera avanzarán en el logro de su cometido. (Arango,
M. C., 1995. p. 77)
El hombre puede ser excusado de amar, del matrimonio y
de la procreación, pero una mujer que no cumple con estas expectativas
sociales no puede ser considerada completamente como una mujer. El ser soltero
puede ser para los hombres algo que pone en duda su virilidad, pero en muchos
casos es algo positivo, mientras que el ser soltera se interpreta casi siempre
negativamente. El problema, se cree, es que la mujer soltera es sexualmente
disponible sin compromisos. El remedio para esto es el casarse y adquirir un
rango y un rol social en el que la disponibilidad sexual queda debidamente
codificada y reglamentada en la relación monogámica. (Vid.
Whitehead, 1989. pp. 224-225) Esto es lo que se espera de las mujeres. En
la imaginería popular expresada en los diversos objetos de consumo como
libros, revistas, obras y teleseries, es necesario amar y ser amada, vista por
otro, para llegar al matrimonio que se muestra como el ámbito
doméstico, cálido e iluminado, en donde cada esposa es una buena
madre esbelta y cada marido un hombre exitoso.
El hombre padece, por otra parte, de una incapacidad
relacional con respecto a las mujeres y a su conformación cultural le es
ajena la necesidad de la Otra para poder ser pleno. Tal incapacidad relacional
emotiva de los hombres se da dentro del horizonte hegemónico masculino
que denominamos machismo. Así, según E. Dussel,
El
machismo, como ideología que oculta la dominación de la mujer
definida como objeto sexual, no sólo aliena a la mujer, sino que
además torna impotente al varón por cuanto le impide relacionarse
con alguien, el otro sexuado (la mujer), y sólo accede en una
masturbación solipsista a un objeto que cumple su autoerotismo.
(Dussel, 1977. 3.2.5.3)
Debido a la incapacidad masculina de poder relacionarse
efectivamente con ser igual a él, se crea el amor romántico o amor
galante, el cual es una comprensión masculina del enamoramiento, es una
idealización que convierte al objeto amado en algo totalmente distinto
del que ama; el amante experimenta cambios independientemente del
carácter de objeto amado. Para el amor cortés y la
tradición galante la mujer no es un ser humano, es un ser etéreo,
un soplo, una luz, es el objeto más digno y bueno. Es la
encarnación poética y el receptáculo de lo que el hombre ha
decidido no ser él mismo (Vid. Beauvoir, 1949. p. 225). Sin
embargo, su surgimiento implicó una cierta modificación en la
posición de las mujeres en el imaginario y las prácticas
sociales.
En el hombre, el amor puede estar totalmente separado de
la admiración por la amada, pues comprende a la mujer como objeto;
mientras que en la mujer, si no se da la admiración, no se da el amor,
pues para ella el hombre es ante todo sujeto. (Vid. Lombroso, 1945). El
hombre no admira, a la mujer, incluso puede no amarla, simplemente la idealiza:
la concibe como la más bella, la más buena, en fin, la más
digna. Según Firestone, el romance es un instrumento masculino que
evita que las mujeres se percaten de su condición frente al poder
(Vid. Firestone, 1973). La idealización anula
momentáneamente la "inferioridad" de la mujer, convirtiéndola en
alguien "digno" a quien dirigir la mirada. Al anular aparentemente tal estado de
"inferioridad" la mujer experimenta la aprobación masculina, y es gracias
a ello que, afirma esta autora,
...toda
su identidad pende de la balanza de su vida amorosa. Sólo se le permite
amarse a sí misma en el caso de que un hombre la encuentre digna de amor.
(Firestone, 1973. p. 166)
Para los hombres el amor puede ser simplemente "un
suceso más de la vida", una situación que ni les quita ni les
aumenta su propia valía; algo que ni les resta ni les aumenta
ontológicamente. Tradicionalmente para las mujeres el amor posee una
importancia vital, tan vital que les permite definir su existencia. Las mujeres
hacen muchas veces del amor su proyecto de vida mientras que los hombres viven
al amor como una situación más. Cuando un hombre ama a una
mujer, “...la nada se convierte en plenitud de ser, y el ser es
transfigurado en valor.” (Beauvoir, 1997. p. 422)
Ya Simone de Beauvoir lo advertía: la palabra
amor no tiene en absoluto el mismo significado para hombres y para mujeres, de
allí muchos de los malentendidos en las relaciones amorosas. Pero tal
diferencia en lo que cada género comprende como amor se da sobre la base
de la situación en la que existen los hombres y la diferencia de
ésta con la que experimentan las mujeres. Según Nietzsche,
El
hombre y la mujer entienden cada uno por amor una cosa diferente, y una de las
condiciones del amor entre los dos sexos es que a los sentimientos del uno no
corresponden en el otro sentimientos idénticos. Lo que la mujer entiende
por amor es clarísimo: abandono completo en cuerpo y alma (no sólo
abnegación) sin miramientos ni restricciones. A la mujer le
avergonzaría y asustaría, por el contrario, una entrega sujeta a
cláusulas y restricciones. Supuesta esta carencia de condiciones, su
amor es una verdadera fe, su única fe. (Nietzsche, 1984. Para.
363)
Las diferencias en cuanto a la manera de comprender el
amor se expresan a partir de dos fenómenos, a saber,
1. Que los hombres no pueden amar. Los hombres
en muchas ocasiones, al sentir la más mínima presión
erótica por parte de la mujer, se asustan y reaccionan evitándola,
mostrando un comportamiento imprevisible ante ella; huyendo y manteniendo
relaciones con otras mujeres "menos exigentes" que no pretendan tener el menor
dominio sobre él. Así, el hombre es incapaz, afirma Firestone, de
"entregarse", evitando en lo posible cualquier lazo emocional fuerte. Si
finalmente el hombre "se entrega" hace que la mujer pague por ello (v. g.
llamándola "mi peor es nada", "aquélla", etc.), pues al entregarse
a una mujer se entrega a un ser "inferior" y pierde su auto-respeto y el respeto
de la comunidad masculina. Tal es el significado de la llamada "despedida de
soltero": el despedirse de la propia libertad y de la comunidad masculina.
En la actualidad, la juventud, particularmente los hombres jóvenes,
mantienen una visión desencantada del matrimonio ,e incluso de la pareja,
en la que éste es una atadura de por vida, la pérdida de la
libertad, y ven en el amor la puerta para tales calamidades. Esta visión
desencantada revela la función de la concepción patriarcal del
amor y de la familia patriarcal en la sociedad capitalista. En ella se
inmoviliza al trabajador, se le mantiene vulnerable para que pueda ser tentado
con la visión de la seguridad posible; se le da un patrón de
consumo controlable con el cual se halla sumamente comprometido. Su compromiso
es, además, con su patrón, su pequeña familia y no con su
comunidad. El amor (patriarcal) supuestamente “bueno”, que es, como
dijimos más arriba, el que conduce al matrimonio, es también
fuente de insatisfacción y frustración para los mismos hombres, y
los mantiene en un cierto rango de esclavitud económica, al ser ellos los
proveedores, según el imaginario popular. Así que ¿por
qué han de interesarse en el amor, si ellos también salen
perdiendo en una relación erótica patriarcal?
2. Que las mujeres no pueden amar. Casi toda la
energía creativa de las mujeres se consume en realizar una "buena
captura" y después en conservar la "presa". Las mujeres que rehusan
entrar en la lógica de la "caza" muy posiblemente están escogiendo
una vida sin amor masculino. Pero al ser más fácil buscar la
aprobación de un hombre que la de muchos, las mujeres se deciden por el
proyecto de vida de pareja, dejando de lado, en muchas ocasiones, otras
posibilidades de realización personal. Es desde la adolescencia que se
les enseña a seguir con los patrones sociales establecidos que pretenden
que el amor y el matrimonio son las posibilidades existenciales más
“adecuadas“ para las mujeres. Es en la pubertad cuando las mujeres
tienen que adaptarse a las exigencias sociales emanadas de su identidad
genérica, y la dificultad que algunas sufren para adaptarse al rol
femenino se manifiesta como irritabilidad, llanto, deseo inconsciente de no ser
mujer cuando aparecen las primeras menstruaciones, timidez o bien temeridad
(vid. Beauvoir, 1997). Tales son las presiones que sufre una mujer desde
su adolescencia para convertirse en femenina y no salirse de la norma
establecida; así es como, según G. Greer (1971) las mujeres son
castradas, son convertidas en eunucos, en seres a los que se les conmina a
comportarse según lo requerido, pues de no hacerlo así,
“nadie las va a querer” y se van a “quedar solteronas”
llenas de “amargura” por no haber sido deseadas ni cortejadas por
nadie al no haber aceptado desde la adolescencia lo que se les dice que tienen
que ser para poder ser “amadas”.
La dependencia económica femenina, que aún
subsiste, imposibilita el amor sano entre iguales, pues sin un hombre, la mujer
en muchos casos se halla en estado "orfandad" o "indefensión", ya que
carece de la protección de algún "poderoso". Esa
minusvalía produce que muchas mujeres no amen tampoco
gratuitamente, sino a cambio de seguridad (Firestone, 1973. pp. 170-174). La
mujer busca "seguridad" en una relación porque en ello le va su ser;
porque es dominada y está expuesta a sí misma (que es una
nada) y busca "ser algo" (gracias a un hombre), pero pretende ser
algo de manera prolongada o permanente ("hasta que la muerte nos separe").
Este deseo de mantener una relación estable y lo más duradera
posible ha sido elemento constitutivo de la experiencia erótica femenina
troquela en las sociedades patriarcales. Por su parte, la experiencia masculina
del erotismo se ha caracterizado por ser más efímera y
caprichosa: los hombres pueden no necesitar a una sola mujer de manera
permanente, de allí que, por ejemplo, para ellos, en este sentido, el
matrimonio indisoluble es una verdadera tiranía que, en muchas ocasiones,
solamente es aceptada por la belleza o la posición económica de la
esposa, o bien, porque ya se tienen los hijos y ni modo. Alberoni (1994) ve en
esta disimetría de la temporalidad en el erotismo de hombres y mujeres,
un signo distintivo y esencial de la naturaleza erótica de cada
género. Este autor explica a través de la dicotomía
continuo/ duradero y discontinuo /efímero, la forma tan distinta en que
hombres y mujeres experimentan el erotismo, y asume que la forma femenina del
erotismo se da en un esquema temporal de la continuidad, mientras que la forma
masculina del erotismo se da bajo el esquema temporal de la discontinuidad. Para
Alberoni así son las estructuras de la temporalidad
erótica pero no se da cuenta de que el afán de
continuidad-duración “esencialmente” femenino tiene que ver
con algo más. Para los hombres, en términos generales, la vida
puede pasar con amor o sin él y ello no hace una diferencia radical en
ellos, porque no depositan en el amar y el ser amados, debido a la
dinámica propia de sus condicionamientos culturales, la última
palabra sobre su ser y su felicidad. El ser de los hombres no está en
cuestión si no son amados, pero no ocurre así con las mujeres, a
quienes la dinámica inversa de condicionamientos sociales les ha hecho
asumir que su ser no es tal a menos que estén con un hombre. De
allí que las mujeres pretendan la duración (tanto dura una
relación, tanto eres) y su vivencia de lo erótico se dé
bajo la forma de la continuidad. Los hombres no necesitan la relación
erótica con las mujeres para ser lo que cada uno es, de allí que
ellos pueden estar en una relación solamente el tiempo necesario para
disfrutarla lo más posible, y cuando la emoción disminuye y el
aburrimiento hace estragos, es fácil decir adiós y gusto en
conocerte. Su ser no depende de la relación y de allí que el
esquema de su erotismo es la discontinuidad. Así,
continuidad/discontinuidad no son formas esenciales del erotismo de cada
género, hombres y mujeres no son así porque así hayan
nacido, sino que sus actitudes son expresión de una dinámica de
ser y de poder que impregna todas las prácticas en nuestra sociedad,
incluida la erótica, en donde las mujeres han sido históricamente
las menos favorecidas. Esta doble temporalidad erótica basada en la
posición existencial genérica es una manifestación del
hecho de que las mujeres generalmente no encuentran la fuente de su ser y valer
en sí mismas, tal como los hombres lo hacen.
Así pues, el amor para la mujer posee el
carácter de las ideas platónicas: es lo que le da ser a
ésta, y ésta sólo es en tanto que participa del
“amor”. En él encuentra seguridad emocional, identidad
personal y seguridad económica. En muchos casos la precaria
situación de poder que viven las mujeres no les permite el amor
espontáneo, pues la aprobación masculina, la "mirada del
prójimo", según palabras de Sartre, es lo más importante.
Las mujeres sufren el tormento de los celos pues están aterrorizadas con
el abandono siempre posible del otro ya que ¿que van a ser sin
él? Así, los celos de los hombres bien pueden ser por amor
propio, mientras que los de las mujeres son en muchas ocasiones por falta de
amor propio[69]. Paradójicamente, con
los mismos argumentos de Firestone podríamos concluir que la mujer
tampoco "puede amar", pues sólo busca seguridad y aprobación e
incluso la obsesión por la presencia del otro como sustento de la
existencia y fundamento del propio ser femenino es la base de las relaciones
eróticas y en último término también del matrimonio.
En este sentido son relevantes las ideas de K. Horney con respecto a lo que
ella llama necesidad neurótica de afecto, la cual se
manifiesta como diferente de la necesidad "auténtica" de amor, ya que lo
que motiva al neurótico en la búsqueda de afecto, es el impulso de
recuperar su seguridad, dejando en segundo término la ilusión de
amar (Vid. Horney, 1937. p. 71). Las mujeres, sintiéndose
desarmadas e impotentes ante un mundo masculino amenazador y hostil,
tratarán de encontrar el amor como recurso para ser objeto de aprecio y
benevolencia. La obtención del amor no es para la mujer un lujo, un
motivo de mayor placer o energía, sino que es, fundamentalmente, una
urgencia vital (Horney, 1937. p.75). De allí la necesidad de
ser amada a toda costa, dando lugar así a lo que esta autora
denomina como la sobrevaloración del amor. Por ello, la mujer
tampoco puede amar, pues vive un erotismo enajenado, tan enajenado como el que
vive el hombre. Ni uno ni otro pueden amar, a no ser que comprendamos al amor
como un fenómeno dialéctico, y en sí mismo
paradójico, implicado con determinadas relaciones de
poder.
El amor significa cosas distintas para hombres y
mujeres, aunque no son significados del todo diferentes, pues
fácticamente el amor es propiedad, es control, son celos y no es el
altruismo que propone la tradición cristiana, ni la búsqueda de
perfección que proponía el platonismo. Pero "Desgraciadamente,
las mujeres siguen necesitándolo" (Firestone, 1973. p.182). El amor
no es altruista, aunque culturalmente tengamos la propensión a creer que
"quien ama piensa primero en los demás", y esperamos, para sentirnos
amados, que el amor provenga de "afuera". Tan pronto como esperamos el amor de
los demás, sentimos la necesidad de controlar lo que el Otro hace (o no
hace) y dice (o no dice).
Según K. Horney,
A
través de largos siglos el amor no sólo fue el dominio especial de
la mujer en la vida, en realidad constituía el único o el
principal recurso merced al cual le era dable realizar sus deseos. En tanto el
hombre se educaba en la convicción de que para progresar debía
acometer ciertas obras, la mujer comprendía que por el amor, y
únicamente por él, le sería posible alcanzar la felicidad,
la seguridad y el prestigio. (Horney, 1937. p. 90)
Firestone comparte las ideas anteriores y afirma que,
mientras los hombres se dedican a crear la cultura, a pensar, escribir y crear,
las mujeres invierten en ellas todas sus energías para ser objetos
dignos de ser amados. Así, "...las mujeres no crean cultura,
porque están preocupadas por el amor." (Firestone, 1973. p.
160)
Según Firestone, esa clase de amor sometido a
las relaciones de poder, es una forma "corrompida" de amor, pero esta idea es
bastante criticable en la medida en que nuevamente plantea de forma velada una
comprensión del amor en que éste "es bueno", es altruista y
desinteresado; visión que fácilmente es debatida por la
comprensión existencialista del amor, en donde se entiende a éste
como una relación dialéctica, es decir, contradictoria, que
implica una estructura similar a la dialéctica hegeliana del amo y el
esclavo. Así, en lugar de hablar de un amor corrompido, creo que es
más pertinente referirse a un amor tal como éste se da
fácticamente y que no cumple con el ideal que en cada caso se asuma. Sin
embargo, para que el amor sea una experiencia diferente de como hoy la
experimentamos, será necesaria una modificación estructural
radical del ser humano mismo. En la actualidad ya no se centra el interés
erótico en el tener o no relaciones sexuales, sino en tener relaciones
eróticas más integrales y satisfactorias. Tal es la finalidad que
el erotismo se plantea durante la última década del siglo
XX.
De alguna manera, la importancia que culturalmente la
mujer otorga al amor es uno de los sustentos de la dominación de
ésta, porque es el amor la reproducción del falocentrismo y de la
falocracia[70] al ser precisamente el modelo
erótico masculino la fuente de ser y de valer de la mujer. Según
Dussel, la metafísica cartesiana de la subjetividad, el ego
cogito, se expresa en el nivel de las relaciones cotidianas como el
ego fálico, fundamento del machismo, desde el cual se da la
apertura hacia toda relación erótica, es decir, el varón
tiene una apertura fálica al mundo, o sea una apertura desde una
situación de poder y significatividad, mientras que la mujer tiene una
apertura al mundo de carácter clitoriana-vaginal (Vid. Dussel,
1977); apertura esta última que se define en relación al falo,
desde la im-potencia y la no-significatividad frente al poder masculino. La
apertura al mundo clitoriana-vaginal se vive como ausencia, como
in-significancia, como incompletud femenina; de allí la búsqueda
del amor (y del falo) como posibilidad ontológica de la mujer. La mujer
se desenvuelve dentro de una ontología fálica, en donde es el
falo, en tanto significado supremo, la fuente del ser femenino. Al hablar de
apertura fálica o clitoriana-vaginal, no debemos entender modalidades de
comprensión del mundo fundamentadas en lo biológico, sino
más bien modalidades de estar en el mundo simbólicamente
codificadas que parten de la dicotomía ontológica expresada como
ser (falo) y no-ser (clítoris-vagina). ¿Por qué el falo es el
símbolo del ser y la díada clítoris-vagina el
símbolo del no-ser? La cultura occidental se ha caracterizado por
plantear una comprensión ontológica y pre-ontológica que
plantea al ser como presencia, como evidencia. De allí que lo que es ha
sido, tradicionalmente, el ente presente y evidente. Lo no presentable de manera
inmediata cae fuera del ámbito del ser concebido como pura
presencia[71]. Para la mentalidad tradicional
inmediatista, ha sido más evidente el falo que la díada
clítoris-vagina, de allí que sea aquél al que se le ha
adjudicado el rango de ser, por ser presente y mostrarse a la mirada de manera
inmediata. Lo presente es, desde este horizonte, lo que realmente es en el
mundo y el mundo es precisamente su ámbito de actividad, de allí
que lo fálico tienda a lo externo, en donde se muestra, y a su
transformación. Lo no presente no se muestra como efectivamente siendo
en el mundo, permanece oculto a la mirada y se deduce por ello su no existencia:
tal ha sido la modalidad de lo clitoriano-vaginal, el permanecer fuera del
alcance manifestándose tan sólo como falta, como no ser, y en
última
instancia, como
carencia[72]. La dicotomía
falo/clítoris-vagina, se ha significado mediante una realidad concreta en
la que se ha dado históricamente la actividad de los géneros; nos
referimos a la dicotomía público/privado. El ámbito de lo
público es el lugar de las evidencias, del reconocimiento, de lo que es
fácilmente visible, de lo fálico y lo social. Es el lugar de lo
que puede distinguirse de otro, de lo que puede diferenciarse, es decir, es el
lugar de la individualidad que se ejerce ante la mirada atenta de los
demás que la reconocen como tal porque a su vez son miradas que
igualmente son reconocidas por el que es visto. El ámbito de lo privado
es el reducto de lo que no se ve, de lo clitoriano-vaginal de lo
privado[73]. Al mantenerse en el espacio
doméstico de la invisibilidad, haciendo tareas igualmente invisibles, las
mujeres no pueden distinguirse unas de otras, no importa qué piensen,
qué deseen, cuáles sean sus anhelos, sus capacidades o sus gustos;
mientras cumplan con las mismas funciones domésticas y reproductivas, da
igual de quien se trate[74].
Así, las mujeres son la masa no individualizada en quienes la parte tiene
la misma esencia que el género y viceversa. Las tareas valoradas son las
tareas que se hacen ante la mirada de los demás, son las tareas
masculinas, y esa valoración va de la mano con la individualidad de quien
actúa. Las actividades no vistas, como las domésticas, no son
valoradas y por tanto son femeninas (“No trabajo; soy ama de casa”).
Celia Amorós (1994) denomina a este espacio de acción como
espacio de las idénticas, el espacio de la indiscernibilidad:
todas las mujeres son idénticas, es la noche en que “todas las
gatas son pardas”, tomando la frase de Hegel. No hay razón
suficiente para preferir una mujer a otra, salvo, por ejemplo, la edad, el color
del cabello o las formas del cuerpo, el quien de la mujer en cada caso
es lo menos relevante. Desde este terreno van hombres y mujeres a la
experiencia amorosa, de allí que para las mujeres los hombres nunca
las amen lo suficiente y para los hombres todas las mujeres sean
iguales.
El falo ha sido considerado como una arma que ha
violentado la vida de hombres y mujeres a lo largo de la historia, pero no se
trata de oponer violencia a la violencia, sino como dice G. Greer (1971. p.
315), de resignificar al falo y a su expresión fáctica, el pene,
hacerlo re-encarnar y que le sea extirpado su signo de opresión y
violencia, y sobre todo, significar el ámbito que Dussel denomina
clitoriano-vaginal, pero sin caer en funestos esencialismos y discursos de
autocomplacencia en donde la salvación de la humanidad está en
“lo femenino”. Es necesario que las mujeres, en su pasaje
histórico del no-ser al ser, encarnen en sí mismas, sean
partícipes del logos, que hasta hoy ha sido mayoritariamente
apropiado por los hombres, y que su apertura al mundo no se siga dando desde la
no-individualidad, la oscuridad y la intimidad .
El falocentrismo y la falocracia se dan paralelamente al
fenómeno de la sobrevaloración del amor. Al ser el falo,
como dijimos arriba, símbolo de lo público, de lo valioso y de lo
reconocido, es decir, del ser, la carencia femenina busca ser alguien, aunque
sea alguien satélite, bajo la sombra de un protector que sí entra
en el pacto social y sí tiene una individualidad reconocida por otros
como él. Así es como las mujeres buscan el amor de los hombres,
pues ven en él la garantía de salir, aunque sea parcialmente, de
aquella noche en que todas las gatas son pardas; el amor es para las mujeres, en
nuestra cultura, la esperanza de ser (Sra. X de Pérez:
quién es ella, no importa; lo importante es que es la mujer de
Pérez). Este fenómeno se traduce en determinadas conductas por
parte de las mujeres hacia las propias mujeres. Así, la rivalidad y
competencia entre ellas, pues todas luchan para conseguir el
amor:
Vivir
sin un hombre, no haber tenido nada que ver con ninguno, haber permanecido
virgen, no estar casada, todas estas cosas son una deshonra y motivo de
desprecio en los demás. El tener un hombre -ya sea admirador, amigo,
amante o marido- constituye la prueba de que se es "normal". De ahí su
persecución frenética. (Horney, 1934. p.
228)
Tal sobrevaloración tiene caracteres de tipo
masoquista al llevar ínsita la dependencia hacia el varón, por lo
que tal "sobrevaloración" que hace aparecer en el amor la
solución a todos los problemas de la vida (Vid. Horney, 1935),
solución que, en última instancia, no depende de la propia mujer
pues se encuentra fuera de ella, enajenándole con ello la posibilidad de
empuñar su propia existencia más allá de la relación
de dependencia erótica que pueda establecer con otros
individuos.
En ocasiones se propone como alternativa para terminar
con la dependencia femenina hacia la pareja, el establecimiento de relaciones
eróticas entre mujeres, pero considero que tal vía no conduce
necesariamente al abandono de la sobrevaloración del amor, porque la
amada puede mostrarse también como fuente suprema de valor y como lo que
da sentido a la propia vida, con lo cual se eliminan -al igual que en las
relaciones heterosexuales- tanto la autodeterminación como la libertad.
Lo mismo podría decirse de las relaciones eróticas entre hombres,
pues ambas clases de erotismo pueden reproducir el esquema moral y
erótico que hoy en día se maneja para las relaciones
heteroeróticas. Por ello el problema del amor como enajenación de
las propias posibilidades existenciales, rebasa las combinaciones
eróticas homo o heterosexuales, pues conlleva una comprensión del
mundo y del ser-con-otro que no puede ser conjurada a partir de la toma de
posición frente a una preferencia erótica en uno u otro sentido, y
posiblemente pueda ser modificada solamente mediante la transformación
de las estructuras subjetivas con las que funcionamos los seres
humanos.
Adiós al amor (como único proyecto de
vida)
A
pesar de todo, continuamos amando; y ese "a pesar de todo" cubre un
infinito.
CIORAN.
Silogismos de la amargura.
El título de este breve apartado puede suscitar,
de entrada, una serie de críticas en torno la temeridad de plantear la
posibilidad de negar al amor como el solo proyecto de vida para evitar que
éste siga siendo un problema; críticas que, estando
fundamentadas, deberán ser tomadas en cuenta seriamente. Sin embargo,
prever el surgimiento de tales críticas no puede conducir a dejar de
proponer lo que a continuación se plantea.
La ideología patriarcal del amor ha inducido a la
mayoría de las mujeres a tomar al amor como único
proyecto de vida posible, como única posibilidad de darle sentido a la
existencia. Tal ideología se fundamenta en algunas creencias que
conminan a las mujeres a tomar partido en favor de tal proyecto de vida.
Tales creencias son todas ellas producto de una doble moral diferente,
socio-culturalmente establecida para cada género, y pueden resumirse en
los siguientes puntos:
a) La mujer es un ser básicamente emocional,
sensible y altruista, por lo cual, como ya apuntaba Ovidio, es más
propensa a buscar el amor que el hombre, pues en su modo de ser propio, es
decir, en su "naturaleza", se halla marcada tal tendencia hacia lo emocional.
Sin embargo, la forma de amar culturalmente aceptada implica el sufrimiento como
condición indispensable, y solamente "quien sufre ama"; con lo cual se
fundamenta el papel de supuesta víctima adjudicado a la mujer (la
clásica "madre-esposa sumisa"), quien es la que se "sacrifica". Esta es
una idea que hunde sus raíces en ciertas interpretaciones del amor
cristiano, pues como decía el Apóstol, sacrificio es amor;
pero sacrificio es también la negación de uno/a mismo/a, y se
entiende entonces que amar es abnegación, es decir, auto-negación.
Resulta de aquí que la mujer, al "ser-para-el-amor", tiene que negarse a
sí misma para poder realizar su supuesta "naturaleza". Las mujeres han
practicado un altruismo falaz en tanto que han necesitado a los hombres para
vivir y sobrevivir, mientras que ellos pueden o no tener mujer y vivir casi de
la misma manera. Tal altruismo ha sido una importante actitud en las mujeres
para “ganarse” al otro a través del autosacrificio, mientras
que en el caso de los hombres no sucede así.
b) La mujer necesita encontrar el amor para poder,
mediante éste, "realizarse" como persona, pues sin el amor y lo que
éste implica, la mujer se halla en un estado de
no-realización, de irrealidad, es decir, de
no-existencia. Esto significa que si la mujer no ama, y sobre todo si no
es amada, es casi como si no existiera, pues ella tiene en su "esencia" el amar
y al ser esta esencia incumplida el ser femenino queda como no
siendo.
c) El amor promueve otro sentido de la
realización como mujer, al ser el mito de origen del matrimonio
y, con él, de la maternidad, pues son pocos los casos en que una mujer
decide tener un hijo cuyo padre no es su pareja o no ama. La maternidad entonces
es propuesta, y de hecho así es vivida por la mayoría, como una
necesidad esencial de la mujer. En este punto entra en juego la
cuestión de la maternidad como finalidad natural de la mujer por tener
los órganos adecuados para tal actividad. Esta idea las conmina a
tomarse a sí mismas como seres reproductores en sí por el
sólo hecho de tener matriz, lo cual es una reducción naturalista y
por ende falaz.
d) Lo anterior se refuerza con la creencia de que las
mujeres poseen un "instinto maternal" ya que son más aptas para lo
emocional. Tal instinto ha de ser satisfecho lo más pronto posible, antes
de que pase la edad fértil femenina, antes de que el "reloj
biológico" marque que "ya no es tiempo".
Las creencias mencionadas son parte de la llamada
doble moral que promueve un comportamiento diferente y
jerárquicamente codificado para hombres, por un lado, y mujeres, por
otro. Tales creencias tienen como base la supuesta emotividad de la mujer. Las
concepciones del amor como realización y como posibilidad de la
maternidad se dan gracias a la comprensión del ser femenino como
sensibilidad y emotividad. La supuesta emotividad femenina cubre un
doble espectro que es, además, complementario, y fundamenta las dos
tendencias emocionales "propiamente" femeninas, a saber:
* la necesidad de amor erótico y
* el "instinto maternal".
Tales son, desde la perspectiva de este trabajo, los dos
pivotes de la desigualdad existencial de la mujer, desigualdad que se relaciona
íntimamente con la ideología patriarcal del amor.
La situación masculina frente al amor es muy
diferente, pues de entrada el ser del hombre no es concebido como
eminentemente sensible o emotivo; ni como un ser que logre su propia
realización solamente a través del amor; y mucho menos es alguien
con "instinto paternal" que le provoque la imperiosa necesidad de tener hijos
(aunque como en todo, hay excepciones).
Si el amor erótico como único proyecto de
vida es el eje de la devaluación y de la dependencia de la mujer,
entonces ponerlo en tela de juicio es atentar -como afirma Firestone- contra
los principios de la cultura patriarcal y contra la manera tradicional de
comprender y experimentar la cotidianidad. Sin embargo, además de ser el
eje de la devaluación femenina, la ideología del amor es un
síntoma que manifiesta el diferente lugar que hombres y mujeres ocupan
en la comprensión del mundo vigente.
Para que las mujeres puedan acceder a una forma de vivir
más autónoma y libre, es necesario que dejen de ser medios para
convertirse a sí mismas en fines, y cuestionen las ideas que encierran
una comprensión patriarcal del amor, así como la supuesta
necesidad irrefrenable de amor que les ha sido adjudicada por el solo hecho de
ser mujeres. Será necesario borrar del mapa la tradicional imagen de la
mujer sola como "la amargada", "la quedada" o "la abandonada" que nada vale por
no vivir en relación erótica con.... Será necesario pasar
por encima de lo que la cultura nos impone como lo "normal" y quizá el
costo sea alto pues implica la soledad, pero habrá de ser una soledad
libremente asumida, no como impotencia, sino como un proyecto de vida en
donde la creación de un modo propio de ser, la invención de la
propia esencia sea lo más importante; más allá de la
contingencia de vivir o no el erotismo con otro u otra. Si los hombres pueden
vivir sin amor erótico y dedicarse a otras actividades valiosas -como
de hecho lo hacen-, las mujeres también pueden hacerlo y ocuparse de
otros proyectos que procuren sentido a sus existencias, más allá
de la comprensión de amor erótico patriarcal.
Los géneros más allá del
amor
¡Infeliz
mujer, la hermosa y la que no lo es, porque su aventura, su tranquilidad, su
porvenir quizá, dependen de cuatro palabras veraces o falsas que dejan
caer sobre su corazón los labios de un caballero o de un
malvado!
¡Infeliz
mujer, la hermosa y la que no lo es, condenada a esperar, a esperar
indefinidamente!...
Severo
Catalina, moralista español del siglo XIX
Indudablemente el amor es un problema, ya sea entendido
bajo la perspectiva platónica y sus diferentes matices o bajo la
perspectiva "existencialista". Si asumimos cabalmente la postura
existencialista, no queda más que aceptar que el amor, como
expresión de un ser que es ante todo paradoja, contradicción y
desgarramiento, es un problema irresoluble en gran medida, y como tal
habrá de ser enfrentado.
Las mujeres ha sido educadas para mantener en sus
relaciones con los hombres una actitud de sobrevivencia, pero no actúan
de alguna manera más constructiva que les permita proveer alternativas
creativas para su vida. Sólo se mantienen en la sobrevivencia, y tal
actitud se origina en el hecho de que se sienten, en muchos casos, sin poder y
desvalidas frente al otro, de manera que nada de lo que puedan hacer con
respecto a la relación con él puede fructificar; entonces ellas se
plantean -y así lo han hecho en nuestra cultura- un plan mínimo
de sobrevivencia que consiste en no entrar en franca confrontación con
ellos, pues en tal confrontación se lleva las de perder en tanto que han
sido los hombres quienes históricamente han detentado el poder.
Así han sido condicionados/as y tal condicionamiento ha continuado con la
reproducción de una visión del mundo que es opuesta y se maneja
partir de dicotomías de lo “masculino” y lo
“femenino”. En tal visión del mundo han sido ellas las
desvalidas, y como los esclavos o los pueblos sometidos, lo que han hecho es
tratar de sobrevivir frente al otro, asumir la realidad social dada y cerrar la
boca. No ser reconocida por sus acciones y ser culpada por lo que sale mal. Los
hombres no entienden esta visión de las mujeres que se da desde el
sin-poder y por ello son incapaces también de comprender por qué
las mujeres sienten que no las entienden aunque los hombres crean que sí
las comprenden. Quizá los hombres preferirían que las mujeres
fueran más como ellos, sin “tantas complicaciones”, pero no
alcanzan a darse cuenta de que las supuestas complicaciones del modo de ser de
muchas mujeres, se originan en una desigual posición en el mundo con
relación al poder. Los hombres pueden, las mujeres no, y en el no poder
muchas mantienen al menos una forma de resistencia pasiva, actuando desde la
incomprensión, la debilidad, la vulnerabilidad, el desvalimiento, la
dependencia, la autoconmiseración, la manipulación, el chantaje y
el rencor, lo cual, evidentemente ha trastocado las relaciones
amorosas.
El problema del amor no puede reducirse a un problema
de preferencias eróticas mediante las cuales quede eliminada la
posibilidad de dominación entre los/las amantes. Considero que este
problema tiene que ver ante todo con la manera de comprender la subjetividad en
general como siendo en el mundo, por lo que rebasa el ámbito meramente
individual situándose en el contexto de un horizonte cultural mucho
más extenso. Según A. Kollontai,
Under
the rule of bourgeois ideology and the capitalist way of life, the complexity of
love creates a series of complex and insoluble
problems.[75] (Kollontai, 1977. p. 287)
Sin embargo, si bien es cierto que la sociedad
capitalista es de corte patriarcal, lo cual acentúa los problemas
relacionados con el amor; no podemos dejar de lado el hecho de que éste,
en la medida en que es una experiencia humana, es contradictorio y
problemático, características que no pueden ser conjuradas
solamente a través del cambio social revolucionario como el propuesto por
Kollontai.
Un caso similar es el de Charles Fourier, quien en la
obra El nuevo mundo amoroso (1967), concibe al amor de manera
parecida a como lo comprendió el platonismo, es decir, como una
experiencia que nos aproxima con la divinidad. Según este escritor
utópico, el amor es uno de los goces máximos en la vida, junto
con el placer gastronómico, y es también la vía para lograr
contacto con lo divino. Sin embargo, Fourier plantea -más allá
de la moral tradicional- la posibilidad de la poliandria y la poliginia.
Reivindica también el "safismo" y pretende romper con el tabú del
incesto, afirmando que en una sociedad en donde se dé una
auténtica libertad sexual, el incesto no sólo sería
permitido, sino inevitable. Para este autor la mujer no debe tener una moral
distinta a la del hombre, pues ambos tienen las mismas posibilidades
eróticas. En su tiempo, estas ideas fueron realmente revolucionarias,
y continúan siéndolo hoy en día; pero no debemos olvidar
que la propuesta de este autor forma parte de un planteamiento de
carácter utópico, es decir, es la conducta propia de una sociedad
ideal que pretende romper con la moral y la forma de vida propia de la cultura
que hemos heredado. La viabilidad de una propuesta de este tipo queda en
suspenso, pues no sabemos cómo pueda ser posible romper con las
relaciones amorosas egoístas, absorbentes y cosificadas, en favor de las
relaciones amorosas más libres que no impliquen el dominio mutuo entre
amante y amado/a. Para lograr esta propuesta amorosa sería necesario
rebasar las relaciones eróticas auto-referentes y auto-centradas a
través de las cuales se le da sentido a la existencia de cada quien,
así como lograr una constitución de las subjetividades a todas
luces diferentes de las actuales. En todo caso, el planteamiento de Fourier
necesita ser tomado en cuenta, y ver si realmente es posible en nuestra
cotidianidad llevar a la práctica un erotismo más libre
(Vid. Bruckner y Finkielkraut, 1979).
El amor como creación
El
amor como invención
como
alucinación
es
un crear emociones de la nada,
es
un volver hacia lo más propio:
hacia
la posibilidad misma
de crear...
Ónticamente
se vive como
abandono,
como
soledad...
Ontológicamente
no es más que
el
fundamento sin fundamento
el
abismo, el agua,
el
tiempo...
Una posibilidad de hacer frente al problema del amor es
el comprenderlo -y, sobre todo, tratar de vivirlo- al margen de toda la carga
metafísica que desde la Antigüedad ha estado presente en toda
experiencia humana, incluida la erótica. Dentro de esta vía se
encuentra la comprensión del amor como
creación.
Según Irving Singer, el amor es una manera de
valorar algo, es una manera de buscar lo valioso en algo o puede ser
también una creación de valor, convirtiendo con ello al
objeto amado en algo valioso. Cuando el amor busca lo valioso, aprecia;
pero cuando el amor crea valor, otorga valor. El valor otorgado es
diferente del objeto mismo, por lo cual es la valoración la que crea
valor (Singer, 1992. p.17-19). De este modo, lo valorado adquiere dignidad y
cierta autonomía frente al amante; es decir, lo amado se torna valioso
para el amante. El valor otorgado surge del amante, emana de él y se
dirige al objeto de su amor, lo que puede ser por decisión propia,
aunque en la mayoría de los casos, al estar el amor cargado con
elementos inconscientes, no es intencional sino "ciego". Para poder otorgar
valor es necesario previamente apreciar el valor del objeto, por lo que el amor
consta de apreciación y otorgamiento (Singer, 1992. p. 22-24). El amor
es un otorgar valor sin cálculos, es decir, confiere valor
independientemente de lo que realmente valga el objeto, por lo que los juicios
morales que involucra son más personales y erráticos. El amor
puede no cumplir con la moral vigente, violándola en cada caso para
procurar el goce que produce el objeto amado. El amor, desde este punto de
vista, es una forma en que el ser humano crea valores, gozando el acto mismo de
crearlos. De allí que, afirma Singer, “En realidad, la mejor
manera de abordar el amor es como una subespecie de la
imaginación.” (Singer, 1992. p. 31)
Así, el otorgamiento del valor, es decir, el
amar, es un recurso creativo, es proyectar en otro lo que solo embrionariamente
hay en él/ella, lo cual no significa que el amor sea ilusorio o falso o
engañoso, aún cuando los amantes cometan errores de
apreciación. Entendido así, el amor es el arte de disfrutar de
otra persona, pues es incluso la imaginación amorosa la que
posibilita que una persona se torne eróticamente atractiva para otra
(Singer, 1992. p. 33-38). El amor es una creación en donde los amantes
crean su propio universo, por lo que resultan -como ya lo afirmaba H. Marcuse en
Eros y civilización- una amenaza para el poder establecido.
Desgraciadamente, la imaginación amorosa crea un efecto de "rebote" por
el que los amantes convierten en una unidad autárquica, pudiendo con ello
prescindir fácilmente de los demás individuos, comenzando
así -diría Sartre- la objetivación de los amantes, y con
ella el fin del amor en los amantes.
El plantear el amor como una actividad que es ante todo
creadora, abre la posibilidad de des-absolutizar la experiencia amorosa,
evitando ver en ella una "misión en la vida", un "destino", un "regalo de
los dioses" o una "necesidad natural". El amor como creación, entonces,
no tiene mayor ni menor valor que cualquier otra actividad humana, por ser
justamente eso: una más de las posibilidades de la creatividad
propia del ser humano. Entenderlo así evita otorgarle la "importancia
fundamental" que le ha sido dada por los hombres y las mujeres -sobre todo por
éstas- para quienes el amor en muchos casos se ha convertido en
la razón de vida, eliminando con esa idea la
posibilidad de crear otras y muy diversas razones de vida;
dejando con ello la puerta abierta para la dominación en nombre del
amor. Esta manera de contemplar la posibilidad amorosa puede enlazarse
fácilmente con un compromiso con la libertad tanto propia como ajena,
evitando con ello -en lo posible- convertirse y convertir al prójimo en
mero objeto, aunque, desgraciadamente, la "tentación de la
objetivación" no pueda ser del todo conjurada en la medida en que los
seres humanos somos seres incompletos, finitos y
paradójicos.
Hasta aquí se han abierto algunas vías
posibles para enfrentar el problema del amor. Tales vías
son:
a) La propuesta de una vivencia amorosa que enfoque sus
esfuerzos en salir de la comprensión patriarcal del amor y luche por
mantenerse al margen de las cargas ontológicas esencialistas que se
pretenden inmutables, y se oriente hacia una vivencia amorosa como
creación, como movimiento de la imaginación y la creatividad,
prescindiendo de las consideraciones ontológicas "fuertes" que plantean
al amor erótico como lo que da ser a los individuos.
b) La búsqueda de otros modos de darle sentido
a la existencia, los cuales impliquen también la creatividad y la
imaginación, pero más allá de la pura experiencia del amor
erótico en general, y si es necesario, incluso prescindiendo de ella.
Reivindicar la comprensión erótica del mito del
andrógino que propone un tipo de individualidad que en sí
misma encuentra su propia completud, ya que es a la vez hombre-mujer,
hombre-hombre o mujer-mujer; y puede prescindir del otro sin que ello demerite
el valor y el sentido de su existencia ni el valor de los otros seres humanos.
El prescindir del otro no significa tampoco la negación de las relaciones
sociales ni el llegar a una situación solipsista. Significa simplemente
vivir de manera diferente el ontológico ser-con-otro propio de cada ser
humano y la soledad que implica. Según Heidegger, en su obra El ser y
el tiempo (1927), no es posible que el "individuo" (el Dasein) se
aísle y evite el intercambio con los otros. En un sentido
ontológico esto es cierto, pues mundo e "individuo" son realidades que se
co-abren mutuamente. Por ello, una vivencia erótica como la propuesta
por el mito del andrógino, en realidad no es la negación radical
del otro/a, sino una manera diferente de experimentar el cotidiano ser-con,
así como una forma distinta de asumir la propia existencia con mayor
autonomía e independencia, en la medida en que ya no es la
relación con otro/a lo que le da valor y sentido, sino es la
relación erotico-estética que se establece consigo mismo lo que da
proyección a la propia existencia.
En este caso podemos afirmar junto con Hierro, quien
parafrasea a Kollontai, “...la necesidad de que la mujer renuncie al
amor como único sentido de vida, si desea ser libre, como los
hombres.” (Hierro, 1985. p. 24) Y así negar el absoluto
sentido amoroso (Hierro, 1985. p.117) "propiamente"
femenino.
En realidad la segunda opción se deriva, de
alguna manera, de la primera, pero quizá sea posible -según la
preferencia personal- asumir una u otra, o incluso ambas en la medida de lo
posible. Que el único criterio para decidir sea la propia libertad. No
podemos dejar de lado, sin embargo, el carácter paradójico de la
existencia humana, por lo que, según Amorós,
El
amor, en una sociedad en que la diferencia de sexo no implicara
hegemonía ni poder sería posible, pero ya no sería
necesario (al menos, en la forma en que lo conocemos y lo vivimos). En nuestra
sociedad nos es necesario, pero no es posible. No obstante hay que ser
éticos como se pueda y de algún modo seguir amando.
(Amorós, 1985. p. 212)
Seguir amando, es decir, seguir creando, seguir
inventando no importa si es en compañía o en soledad. Habremos de
replantear la soledad no como abandono, muerte, frustración y
vacío, sino como un verdadero encuentro con nosotros/as mismos/as que nos
habrá de librar, al cabo, -aunque sea momentáneamente- del
abandono y la orfandad a los que hemos estado entregados/as, para abrir un
espacio para la creación propia.
CAPÍTULO V. HACIA UNA COMPRENSIÓN
DIFERENTE SOBRE EL AMOR
Sueño
a veces con un amor lejano y vaporoso como la esquizofrenia de un
perfume...
CIORAN.
Silogismos de la amargura.
Dirigir los pasos hacia otros
horizontes
El amor, como se mencionó más arriba,
bien puede ser comprendido como un producto de la imaginación, en donde
la sustancialización de una emoción se elimina a favor de la
creatividad, propiciando así relaciones amorosas más
libres.
A partir de la perspectiva de género aplicada al
análisis del fenómeno llamado "amor", se pudo constatar
cómo lo que tradicionalmente se comprende en nuestra cultura como "amor",
es un elemento fundamental para mantener un estado de desigualdad y
dominación de la mujer. Es necesario reconocer que la ideología
patriarcal del amor ejerce mayor influencia en el comportamiento de las
mujeres y en los intereses de vida que en general éstas tienen. Esto
tiene lugar porque existe la creencia de que la mujer y el amor son dos
fenómenos inseparables, pues como ya lo decía Ovidio, la mujer
está más dispuesta a sentir amor que el hombre por su misma
"naturaleza", pero tal "propensión" al amor por parte de las mujeres
obedece más bien a fenómenos y creencias culturales que adjudican
a la mujer el rango de "no-ser" que sólo puede llegar a ser a
través de la compañía de un hombre. Con el análisis
desde la perspectiva de género puede constatarse cómo no hay tal
naturaleza más "apta" para el amor, sino que precisamente esa "aptitud"
es producto de la forma en que se constituye en nuestra cultura la identidad
femenina como ser carente e incompleto que habrá de completarse mediante
el amor de un hombre. La mujer, desde este punto de vista, necesita el amor de
una pareja para ser un ser humano satisfecho, e incluso lo que le da valor a una
mujer es el mantenerse en una relación amorosa. En este caso puede
afirmarse que en nuestra cultura, en términos generales, una mujer
necesita de amor para ser, es decir, el amor es la fuente del ser y del
valer femenino, o por lo menos, es la fuente de la llamada "realización
como ser humano". Y así van las mujeres por la vida ocupándose
prioritariamente en la "caza" de una pareja más o menos
estable.
Sin embargo, la idea que tradicionalmente se
tenía sobre la necesidad y la posibilidad de compartir la vida con una
pareja estable, día con día va quedando de lado ante los cambios
sociales y culturales que se han estado dando desde hace ya varios años.
Tales cambios han implicado un movimiento de las identidades genéricas
así como la movilización de las mujeres hacia los campos laborales
y profesionales, lo cual les ha abierto horizontes existenciales diferentes a
los que en otras épocas existieron. Por otro lado, la caída de las
ideologías, de los grandes mitos y el repliegue de la tradición,
han transformado también nuestras expectativas de vida y nuestros
sistemas de creencias tienen cada vez menos puntos fijos de referencia sobre los
cuales conducir la acción moral. No se trata tanto de que “se hayan
perdido los valores”, sino que actualmente estamos abandonados a nuestras
propias fuerzas, sin una utopía o un sistema de creencias que nos
sustente; ya ni siquiera tenemos algún ideal revolucionario. Estamos
solos/as y el pasado mediato e inmediato ha sido profundamente cuestionado
mientras que las visiones del futuro, o llegan tarde, o bien son
desesperanzadas. En este mundo, en el que no podemos regresar a la
utopía revolucionaria, pero tampoco podemos apostarlo todo a la
globalización económica, a las filosofías
“débiles” y a la tecnificación progresiva de la
existencia, padecemos hoy una modalidad inédita de los procesos de
individuación (Vid. Lipovetsky, G., 1987). El sujeto, cada vez
más autosuficiente y autárquico, fractura las formas tradicionales
de sociabilidad, y las aspiraciones más íntimas y personales de
los individuos se erigen en el centro de gravedad dl ámbito social.
Según G. Greer (1971), la familia, como comunidad fundamental, no ha
sido inmune a los síntomas del individualismo, y se ha trocado en lo
que ella llama la “familia esterilizada”. Este es, según
ella, el caso más notorio de una sociedad individualista. La
intención cristiana de hacer de la pareja “una sola carne” ,
ha hecho que en nuestra época cada pareja se constituya como una unidad
independiente, y en la etapa capitalista tardía, los nexos con la
familia extensa (padres, tíos, hermanos, primos), se atenúan o se
pierden en muchos casos, lo cual centra más a la pareja en sí
misma, como si fuese un individuo autárquico, que no necesita de nadie
más. en este tipo de situaciones -que se dan en los países
desarrollados- la irrupción de los hijos es una ruptura de la
unidad-individuo que constituye la pareja. De allí la necesidad
contemporánea, en los países desarrollados, de evitar la
procreación. La pareja se esteriliza para no ser familia, sino
pareja-individuo. Esto es, por ejemplo, algo de lo que ha sucedido a raíz
de la tendencia individualista que opera en el capitalismo tardío. En los
países subdesarrollados, al menos en México, coexiste la
mentalidad tradicional que propone una familia extensa y abierta a la
irrupción de nuevos individuos, así como la mentalidad más
individualista de los que quieren la pareja, pero no necesariamente los hijos.
Sin embargo, en las sociedades subdesarrolladas como la nuestra, la crisis de la
economía y el atraso conminan al control natal y no precisamente como una
modalidad del individualismo de pareja, sino para procurar la sobrevivencia.
Las comunidades, en términos generales, se fracturan y de entre sus
cascarones surge un ser humano que está cada vez menos dispuesto a tener
otro tipo de intereses que no sean los exclusivamente individuales. Los
intereses “fuertes” de clase, por ejemplo, han cedido su lugar a
luchas sociales más light como el ecologismo, el regionalismo y el
feminismo, entre otros.
El bombardeo informativo de los medios de
comunicación mantiene hoy en día tendencias dispares, pues si
bien se afirma la posibilidad de la independencia de los géneros y de los
seres humanos, esa independencia tendrá que coronarse finalmente por la
asunción de una relación amorosa más o menos estable y
duradera.
Pero la pregunta fundamental en este caso es: ¿es
posible plantear hoy en día una relación amorosa -sea ésta
hetero u homosexual- estable y duradera? Por lo menos en nuestro país, en
lo concerniente a las relaciones eróticas, se siguen manteniendo, entre
muchos sectores, más o menos las mismas perspectivas -o casi las mismas-
sin romper con la tradición moral que por cambios sociales y culturales
parece estar hoy cuestionada seriamente en otras partes del mundo. Aunque es
cierto que también en ciertos sectores de la sociedad existe un gran
malestar con relación a lo que sucede en el campo de las relaciones
eróticas, y una gran preocupación causada por la quiebra de la
pareja.
Entonces la clave del problema sería: ¿es
viable hoy en día continuar planteando la(s) idea(s) tradicional(es) del
amor?
El continuar en el ámbito de la
comprensión tradicional del amor actualmente puede ser una actitud
contraproducente, en la medida en que la moralidad de nuestra época
difiere de la de las épocas anteriores. Esa actitud puede ser
desfavorable en la medida en que la búsqueda personal cotidiana, la
expectativa creada por cada quien en cuanto a la relación amorosa, es una
idea que ya no tiene -en muchos casos- un referente en la "realidad" con el que
pueda satisfacerse. Esto significa que hemos llegado a un estadio en que lo que
se busca no es ni con mucho encontrable, pues lo buscado ha dejado de ser sin
que el buscar deseante se haya percatado de esa no existencia.
El buscar, el desear siempre humano, continúa
instalado en los mismos esquemas y estructuras, sin que tales estructuras
encuentren un referente "real". De allí la necesidad de transformar
también los esquemas a-teoréticos y las expectativas con que
tradicionalmente nos hemos ido dando en el mundo y desde los cuales nos hemos
relacionado con los demás. Uno de esos esquemas, que por lo demás
es de los más importantes para los seres humanos en general, es el del
amor.
El reto es cómo asumir, dentro de una
transformación de las actitudes y los valores morales, la idea del amor y
de la relación erótica que en la actualidad se han visto
seriamente cuestionadas como parte de el [supuesto] abandono de las
ideologías.
Es en este sentido en donde la idea del amor como
producto de la imaginación adquiere radical importancia en la medida en
que pretende plantear las relaciones eróticas más allá de
la monogamia obligatoria para las mujeres y no para los hombres, la
heterosexualidad y la intemporalidad, elementos todos que han sido
fundamentales en las relaciones eróticas hasta nuestros
días.
De allí la necesidad de plantear hoy al amor como
producto de la imaginación, es decir, como actividad
poética-creativa en donde la relación erótica, así
como la idea del amor, pierdan el carácter de sustancia, de lo que es en
sí y por sí.
Posiblemente en esta época ya no es posible
pensar en el "amor para toda la vida", es decir, el amor al margen del tiempo,
por lo cual las relaciones eróticas habrán de ser planteadas desde
otra perspectiva que contemple lo temporal y que no implique demérito
para el ser de cada mujer (o cada hombre) ni se constituya en finalidad
cuasi-metafísica a la que, supuestamente, habrán de llegar todos
los seres humanos "completos".
El amor entendido como producto de la imaginación
plantea un intento de ruptura con algunas de las categorías de la
metafísica tradicional, pues deja de ser "lo que da ser (a las mujeres)",
"la esencia de la vida (de las mujeres)" y se convierte entonces en una
actividad dentro de muchas que los humanos pueden elegir, incluso en
esta época de incredulidad y decadencia, tornándose una actividad
en donde la libertad humana adquiere mayor relevancia porque nada hay
absolutamente "real" allí "afuera", pues estamos en una etapa de
posibilidades, en una época de transición, sino que todo lo que
puede ser es producto de un ideal libremente asumido, del propio deseo, de la
propia imaginación y, por supuesto, de todos aquellos ámbitos de
la “realidad” que desbordan la racionalidad y la pura presencia y se
internan en el ámbito del misterio. En ese sentido ¿qué
esperar si no lo creado por cada quien, que a la vez rebasa la mera
acción de un “sujeto” sobre un posible “objeto”?
Estamos en una época en la que a las generaciones relativamente
jóvenes les ha tocado terminar de tirar lo que ya estaba, y quizá
otras generaciones por venir, más fértiles intelectual y
moralmente, tengan como tarea construir otras formas de vida que quizá
nosotros ya no veremos.
Avanzar en este sentido implica comprender al amor de
manera "diferente", con todo lo que esta palabra pueda significar. ¿Por
qué no hablar de una "nueva" comprensión del amor? Si
enfrentáramos la cuestión de una propuesta sobre el amor en
términos de "novedad", permaneceríamos dentro de los conceptos de
la Modernidad, uno de los cuales es precisamente el concepto de lo "nuevo" y lo
que implícitamente conlleva, es decir, el "progreso". El plantear una
idea diferente del amor no implica propuesta alguna en términos de
novedad ni mucho menos de "progreso"; se trata sencillamente de una
comprensión ni mejor ni peor que cualquier otra, pero sí
más deseable para nosotros/as, en la medida en que puede posibilitar un
rango más amplio de libertad y una mayor apertura a la felicidad. Tal
comprensión diferente sobre el amor habrá de ser, además,
históricamente factible y necesaria según las aspiraciones, deseos
y esperanzas de nuestra época.
Amor, imaginación y
libertad
Los
grupos y los ideales de grupo, las filosofías, las obras de arte y
literatura que todavía expresan sin compromiso los temores y las
esperanzas de la humanidad están contra el principio de realidad
prevaleciente; son su absoluta denuncia.
El
carácter simultáneamente retrospectivo y expectante de la
imaginación es establecido así claramente; mira no sólo
hacia atrás, hacia un pasado aborigen dorado; sino también hacia
adelante, hacia todas las posibilidades todavía irrealizadas, pero
realizables.
Herbert
Marcuse. Eros y civilización
La comprensión metafísica del
mundo[*] - como lo hemos ya mencionado- se
da juntamente con una forma de encontrarse en el mundo marcada por tal
metafísica como forma dicotómica de comprender. Dicha
comprensión posibilita determinadas relaciones de dominación entre
los existentes, ya que muestra al mundo como dividido en dos, y esa
división posibilita el dominio de una parte sobre la otra [del sujeto
sobre el objeto; de la cultura sobre la naturaleza; del alma sobre el cuerpo;
del género masculino sobre el género femenino; del capital sobre
el trabajo, etc.]
El interés de buscar vías diferentes al la
comprensión metafísica es animado, en este caso, por la necesidad
imperiosa de dar salida a los conflictos de poder que padecemos hoy en
día, conflictos en donde hay dominador y dominado, los que precisamente
se fundamentan en la división de la realidad instrumentada por la
metafísica y su comprensión del mundo. Una ruptura en este sentido
posiblemente implique una relación con el mundo distinta que abra
cabalmente el ámbito más originario de la
libertad.
El modo de encontrarse propio de la metafísica
se hace evidente en múltiples aspectos de la vida cotidiana. Uno de esos
aspectos es el fenómeno del amor tal y como se vive por el
término medio. Es de suma importancia pensar el problema del amor, pues
como afirma Marcuse:
Las
libertades y las gratificaciones actuales están ligadas a los
requerimientos de la dominación; ellas mismas llegan a ser instrumentos
de dominación. (1986, p. 104)
El amor es una forma de relación que es
posibilitada por el "esencial" encontrarse "con otros" [humanos] en un mundo.
En el amor, como clase particular de la relación con otros, se vive de
manera innegable al otro\a como objeto, es decir, se objetiva al otro\a. Esto
es cierto especialmente en el caso de las mujeres, pues son éstas, en el
momento de la elección erótica, entes con ciertos caracteres y no
personas. Pero no solamente se objetiva al otro\a, pues también la
relación misma, el vínculo, se objetiva, es decir, se torna
sustancia, en algo que debe ser sí y por sí. El amor queda
reducido al modo de ser de las sustancias y es comprendido
a-teoréticamente como una realidad pretendidamente inmutable cuyo
fundamental modo de ser es la permanencia en contra de los avatares del tiempo.
Esta comprensión del amor se manifiesta cabalmente en los productos de
la cultura de masas.
Indudablemente este concepto de amor permanece como una
quimera o por lo menos como un ideal difícil de alcanzar, pero buena
parte de los deseos, esperanzas y aspiraciones de nuestros
contemporáneos/as se mueven dentro de estas coordenadas
metafísicas que han convertido a la emoción y la pasión en
objeto en sí, en trofeo que habrá de obtenerse para coronar
nuestra existencia.
La infelicidad de la relación amorosa -e incluso
la cada vez mayor imposibilidad de que se den las relaciones eróticas-
se basa en la idea del amor que se asume cotidianamente, pues al idealizar al
amor como el sentido de la vida, paralelamente se le constituye en objeto y se
destruyen las posibilidades creativas que le son inherentes.
En el fenómeno del amor se dan dos procesos
simultáneos de objetivación, es decir, de construcción de
objetos. A saber:
1. Se objetiva al otro\a "sobre quien recae" el acto de
amar
2. Se objetiva igualmente el vínculo entre los
amantes, es decir, se objetiva el acto de amar.
Al constituirse al amor dentro de nuestra cultura como
el fin y la meta que habrá de hacernos mejores, más buenos y
más perfectos, se está ya objetivando. Y en consecuencia, los
protagonistas de tal dirigirse también se muestran bajo la forma de
objetos. Generalmente el "objeto de amor" se ha identificado con la mujer
más que con el varón, pues es ésta la que en la
relación erótica supuestamente mantiene una actitud "pasiva".
Además, la mujer cumple con las características que la
comprensión metafísica del mundo ha establecido como propias de lo
objetual (pasividad, no-racionalidad, corporalidad, Naturaleza, inmanencia,
inmediatez, "en sí"), las cuales funcionan como sustento de determinadas
relaciones de poder en las que lo dominado será ciertamente el objeto y
todo lo que remita a éste. Como toda relación humana, el
vínculo amoroso se da en el plano de la lucha entre conciencias
(Sartre, 1943.) y las relaciones de poder, posibilitadas estas mismas por la
doble constitución de objeto, pues las relaciones objetuales son la
condición de posibilidad para que se den relaciones de
poder.
Ahora bien, en nuestra tradición y circunstancia,
¿qué es lo que se ama cuando se ama? ¿Qué es
eso que "despierta" y posibilita el deseo del vínculo
amoroso? El preguntar "qué se ama" es plantear una pregunta que va de
acuerdo con la manera de comprender al amor dentro de nuestra cultura. En tal
pregunta el "qué" se refiere a las características o modos de ser
de la persona que pretendidamente se ama. Pero también hace referencia
indirectamente a un "quien" y ese "quien" se plantea de entrada como un
"objeto", como "algo fuera de mí" que motiva mi acción de amar.
¿De dónde viene ese "quien" que es "el/la que puede ser amado/a"?
Aquél al que se ama queda caracterizado como objeto desde el
momento en que puede preguntarse por el "qué" de lo amado; es externo al
amante. El "qué" amado tiene un lugar en donde se desenvuelven aquellas
características propias del "qué" amado. Es un lugar que se da en
lo "exterior" del amante, ante lo cual el amante se enfrenta. El lugar del
"qué" que se ama es invariablemente un "quien". El "quien" amado es en
donde se muestran las "características" que se aman y son mostradas al
que ama.
¿Quién es el "quien" que se ama? El "quien"
es "alguien" cuyo modo de ser básico es el "qué", es decir, es
un ente u objeto en el cual están asentadas ciertas
características: es un objeto que conjunta determinados caracteres que le
dan un particular modo de ser mismos que lo hacen valioso ante los ojos de
otro/a. En la relación amorosa a ese "alguien" se le aprecian
ciertas características propias de su modo de ser particular; o
bien, se le otorgan ciertas características que por el
mismo "ser otorgadas" no se encuentran originariamente en ese "alguien" amado.
¿Cuál es la diferencia entre apreciar y
otorgar?
Para conducirse hacia una comprensión del amor
diferente de la que experimentamos en nuestra cultura es necesario asentar las
diferencias entre los dos conceptos anteriores.
La comprensión del amor que experimentamos hoy en
día tiene más que ver con el apreciar, es decir, el ver
cabalmente algo en el otro\a, que con el otorgar. Lo que "se ve" en el
otro\a se da en él\ella de manera inequívoca, es decir, le es
propio, y es a la vez lo que le caracteriza. El\la amado\a es visto\a por el\la
amante quien se da cuenta de los caracteres que conforman el ser del
amado\a. El amante se da cuenta de los caracteres del otro\a en el
mirar a partir del cual se enfrenta con el\la amado\a como algo que le es
"externo" y "ajeno" a su subjetividad, erigiendo así al amado en ente que
unifica determinados caracteres. En tanto externo y ajeno a una subjetividad, el
amado\a se torna en objeto, es decir, en "objeto amado". Al sustentarse en un
modo de ser propio de los entes (como es el hecho de poseer ciertas
características esenciales), el "objeto amado" es algo que puede ser en
un momento dado apropiado, transformado e incluso utilizado por otro. Es tomado
por el amante como un ente entre los entes. Sin embargo no es cualquier ente,
pues es motivo de emociones y deseos que sólo pueden "despertarse" por
algo más que un ente. ¿Qué es lo que "provoca" el "despertar"
de emociones y deseos? El objeto amado provoca al amante al
mostrársele como un ente con ciertas características, pero el
provocar viene, fundamentalmente, porque es "alguien" que tiene
ontológicamente un modo de ser similar al del amante. En este caso el
amor es una forma de relación (o vínculo) que puede
darse "entre" entes que tienen un modo de ser libre y finito.
En la relación el\la amante "aprecia" la plenitud
[de caracteres deseables] en el amado\a y queda fascinado\a frente al
ente que es alguien y que constituye al amado\a. Tal fascinación es
muestra de aprecio, de apreciación, qué es un ver
cabalmente lo que el objeto es y en esa medida establecer cierto vínculo
con él.
En el caso del amor como apreciación el acento
del vínculo amoroso se da en el objeto que "se muestra tal cual es" al
amante que lo contempla.
El amor como otorgamiento es, hasta cierto
punto, una forma de vínculo distinta entre los amantes. No es solamente
un ver cabalmente lo que es el objeto amoroso, sino un darle algo a éste;
es otorgarle algo que previamente no se daba en el objeto de manera "natural".
Es dar cierto "valor" al objeto, que como objeto no podía tener
previo a su estar frente al amante. En este caso, el acento del vínculo
amoroso se pone sobre el sujeto que ama. Al poner el acento sobre el "sujeto"
amoroso, mantiene la posibilidad de la dominación y el control por parte
de un sujeto (amoroso) hacia un objeto (amoroso).
A pesar de haber aclarado la posibilidad de amor como
apreciación y como otorgamiento, no se han abandonado los conceptos
básicos de sujeto y objeto que hemos heredado de la tradición
metafísica. Incluso ambas formas de entender la relación amorosa
son solidarias entre sí y apuntalan la construcción amorosa dentro
del plano metafísico vista como vínculo o
relación.
Mientras no se logre plantear el vínculo
erótico (el amor) fuera de los conceptos de sujeto-objeto,
seguirá siendo una relación desigual totalmente impregnada de la
posibilidad de la dominación a través de las relaciones de poder
que son facilitadas por los conceptos sujeto-objeto.
El problema se muestra ahora como la posibilidad misma
de que puedan entrar en relación el objeto amoroso y el sujeto
amante. Si se plantea al amor como un vínculo o relación que puede
darse "entre...", se está presuponiendo ya que los entes, al estar
relacionados, se dan originalmente como separados entre sí, por lo que
son susceptibles de entrar en relación uno con otro. El amor entendido
como vínculo no ha dejado de lado la comprensión metafísica
(no-teorética) que opera en la cotidianidad.
Es necesario tratar de identificar otra vía que
nos permita contemplar la posibilidad de dejar de lado la comprensión del
amor fundamentada en la metafísica y su división del mundo. Para
ello podemos tomar como precario acceso la concepción del amor como
otorgamiento.
Como se mencionó más arriba, el amor
comprendido como apreciación implica el asumir las
características de un objeto amado, contemplándolas y
reconociéndolas como realmente presentes en el objeto de
amor.
Por otro lado, el amor comprendido como
otorgamiento da un giro radical en la anterior comprensión al
proponer que no solamente se aprecian las "cualidades" y el ser mismo del objeto
amado, sino que tanto estas cualidades como el ser mismo del amado se
construyen por parte del "sujeto" amoroso o amante, pero solamente en la
medida en que hay un vacío significativo en el otro que es susceptible
de ser interpretado, inventado pero nunca apresado como un ente. Esto no implica
que el "objeto" de amor sea en sí inexistente, sino que más bien
éste se muestra como un “alguien” hasta cierto punto
incognoscible que va a regresarle al "sujeto" amoroso lo que éste mismo
"ponga" en él. En este sentido, el "objeto" amoroso, así como el
amor mismo, se constituye como creación e invención del "sujeto"
amoroso, en donde el mismo "sujeto" se crea a sí mismo en el acto de
crear al amado\a.
Freud planteaba desde principios de este siglo que en el
amor erótico hay un componente narcisista mismo que implica que todo amor
hacia un "objeto" se fundamenta en una relación primaria narcisista del
"sujeto" de amor consigo mismo, todo esto en un nivel
inconsciente.
Sin embargo, no es del interés de este trabajo
proponer una vivencia amorosa desde el inconsciente, pues ello, hasta cierto
punto, deja de lado el aspecto de la libertad.
Para poder asumir cabalmente una comprensión del
amor no-metafísica, es necesario movernos siempre en el plano de la
ontología, que desde Heidegger plantea que el ser del ser humano (el
Dasein) es libertad y posibilidad.
¿Cómo se da la libertad en el otorgamiento
como comprensión del amor? Si el "objeto" de amor y el amor mismo son
producidos por un "sujeto" de amor, tal producción implica la
creación de aquél/aquella propiamente amado/a. La creación,
como actividad, y en cierta forma como praxis transformadora de un "objeto",
permite acceder a un nivel de trascendencia en el sentido de ir más
allá del "mero objeto", de sobrepasar los límites del "objeto" y
por ende, traspasar también los límites existenciales del "sujeto"
amoroso. La relación con otro/a, sea ésta de la índole que
sea, es “el milagro de la salida de sí mismo/a”, que se
puede dar bajo la forma de la guerra o del amor, de la armonía o de la
discordia. Tal relación con otro/a nos libera de la mismidad de la propia
existencia. El otro/a no se da como una pura presencia categorizable o
conceptualizable y, por ende, asible y manipulable, sino que se da, según
Lévinas, como “rostro” que no es sino
...la
manera en que se presenta el otro, al superar la idea del otro en mí
(...) El rostro es algo que se escapa permanentemente. Lo que lo define de
manera positiva es el hecho de sustraerse a la definición, esa manera de
no mantenerse nunca del todo en el lugar que le asignan mis palabras más
agudas o mi mirada más penetrante. En el otro siempre hay un exceso o una
diferencia en relación con lo que yo sé de él.
(Finkielkraut, 1993. p. 25)
El rostro, es decir, el otro/a, es lo que nos interpela
pero no nos deja conceptualizarlo; es el otro/a en su misterio y su verdad
esencial que no se me da como idea ni como presencia. Esta imposibilidad de
construir racionalmente al otro como presencia siempre manipulable, clara
evidencia o simple imagen transparente de sí mismo implica una cierta
pérdida de poder, porque el otro/a no se deja poseer, que no se deja
asimilar porque no es algo allí siempre sí mismo e inmutable.
Así, el rostro amado, desde esta perspectiva, escapa siempre a las
pretensiones de ver a través de él de manera definitiva, escapa y
se halla siempre en estado de huida, manifestando tan sólo la oscuridad
del misterio del que quedan imágenes nunca definitivas de sí
mismo en la experiencia desesperada del /la amante. La imaginación
amorosa, pues, se nutre de los insondables abismos del otro, del amado/a, que
no es sino, al igual que el mí mismo del/la amante, un lugar en que se
abre el ser y su misterioso acaecer posándose en el rostro
indefinible.
Marcuse afirma que:
Como
un proceso mental independiente, fundamental, la fantasía tiene un
auténtico valor propio, que corresponde a una experiencia propia -la
superación de una realidad humana antagónica. La
imaginación visualiza la reconciliación del individuo con la
totalidad, del deseo con la realización, de la felicidad con la
razón. Aunque esta armonía haya sido convertida en una
utopía por el principio de realidad establecido, la fantasía
insiste en que puede y debe llegar a ser real, en que detrás de la
ilusión está el conocimiento. Nos percatamos por primera vez de
las verdades de la imaginación cuando la fantasía en sí
misma toma forma, cuando crea un universo de percepción y
comprensión -un universo subjetivo y al mismo tiempo objetivo. (1986,
p. 155)
En este plano, se da ya la libertad como trascendencia
y como actividad creadora-transformadora. Esta clase de actividad difiere
radicalmente de la actividad pragmática que tiene como finalidad la
construcción de útiles o herramientas, así como de la
actividad teórica. Se asemeja más bien a la actividad creadora del
artista. ¿Cuál es el fundamento de la posibilidad de creación
e invención de un "objeto" amoroso? Al igual que en la actividad
artística, el fundamento de la actividad creadora es la
imaginación (o
fantasía)[76]; no la imaginación
artística, sino la imaginación amorosa, que puede ser
comprendida como una subespecie de la imaginación artística. Es
en la imaginación en donde se da la posibilidad de la libertad y la
trascendencia tanto del "objeto" como del "sujeto" amoroso. Esto no implica de
ninguna manera asumir la no-existencia del "objeto", por el contrario: la
imaginación necesita tanto del sueño como de la realidad, y es una
forma de actuar que si bien puede ser una disposición "natural",
también puede ser dirigida y cultivada, por medio de la voluntad
consciente del artista-amante (Vid. Ramos, 1950, p. 248) La
perspectiva de la creación o invención [artística] del
"objeto amoroso, nos pone más allá de la constitución del
amor y su objeto como sustancias que tengan un modo de ser pre-configurado e
inmutable, y cuyas “características esenciales” (¡como
si se tratara de cosas!) se encuentren dadas de una vez y para siempre.
Proponer al amor como actividad artística
creadora no supone ninguna novedad, sino una recuperación de elementos
originarios que han estado presentes desde el inicio del fenómeno
amoroso, por lo menos en Occidente. En este sentido Octavio Paz afirma
que
La
poesía nos hace tocar lo impalpable y escuchar la marea del silencio
cubriendo un paisaje devastado por el insomnio. El testimonio poético nos
revela otro mundo dentro de este mundo, el mundo otro que es este mundo. Los
sentidos, sin perder sus poderes, se convierten en servidores de la
imaginación y nos hacen oír lo inaudito y ver lo imperceptible.
¿No es esto, por lo demás, lo que ocurre en el sueño y en el
encuentro erótico? Lo mismo al soñar que en el acoplamiento,
abrazamos fantasmas. (1994, p. 9)
Es decir, tanto en el sueño como en el amor nos
enfrentamos a "irrealidades" y abrazamos fantasmas, y nos abrazamos
también a nosotros mismos como fantasmas que también
somos.
El asumir al otro\a como creación del propio
deseo nos da un rango de independencia frente a él\ella, sabiendo que el
otro\a no es un otro\a omnipotente que nos procure nuestro ser y del cual
dependan las posibilidades más radicales de la existencia. Plantearlo
así es asumir un ámbito de independencia y
autodeterminación que no aparece en el amor entendido como
apreciación. En el amor como apreciación el otro\a es
realmente otro\a, fuera del poder de autodeterminación propio, frente al
cual no se puede sino rendirse o dominarlo. En el amor como otorgamiento el
otro\a es producto del propio deseo, de la interconexión deseante que
establecemos con los demás, y en esa medida permanece bajo el poder de la
voluntad, eliminando tanto la propia rendición así como la
posibilidad de dominar a quien se ama. ¿Qué dominar o ante
qué rendirse si todo es producto de las imaginaciones desbordadas que
crean al otro\a y a mí misma\o y nos sitúan a ambos como
inasibles?
La discusión sobre el problema del amor requiere
múltiples perspectivas en donde se exploren diversas propuestas y
diagnósticos a partir del fenómeno amoroso y de cómo se
experimenta éste en la cotidianidad de finales del siglo
XX.
Una de estas perspectivas se ha abordado someramente en
las páginas anteriores con la pretensión de abrir un posible
camino hacia una comprensión diferente del amor erótico, por lo
que este abordaje requiere de un análisis cabal de cómo se dan
fácticamente las relaciones amorosas en nuestra época, así
como de la mostración fenomenológica del hecho amoroso, para
profundizar en las propuestas o bien para afinar los elementos que hayan quedado
explicados de manera superficial.
Lo que no hay que perder de vista es que las reflexiones
en torno al amor, así como las relativas a otras emociones y/o
experiencias humanas, son, particularmente hoy en día, de suma
importancia, debido a que buena parte de las frustraciones y los sufrimientos de
nuestros contemporáneos tienen como fuente el problema del amor
erótico. En este sentido, no sólo las mujeres necesitan
transformar su situación objetiva, sino también los hombres. Es
muy importante dejar de lado las recriminaciones y las burlas de la sobrestimada
virilidad masculina y en vez de eso es necesario ver de dónde proviene el
estado de cosas injusto y de qué manera tal estado nos ha constituido y
nos afecta a todos, hombres y mujeres sin excepción. Por esto, la
reflexión de los hombres sobre su propia identidad y sobre la nueva
masculinidad que es necesaria, debe ser uno de los compromisos fundamentales de
nuestro tiempo.
Por ello en las reflexiones sobre el amor es deseable
que se proporcione también una propuesta para contribuir así a una
o múltiples propuestas éticas que busquen el placer y al
armonía humana, en las que la libertad y la autonomía tengan un
papel fundamental. Sea cual sea la propuesta que podamos aportar con este y
otros trabajos sobre el tema, no debemos perder de vista que la tarea consiste
en redimensionar al amor, es decir, poder estar con los otros porque podemos
estar con nosotras mismas. Entonces habrá llegado el momento en el que
podremos decir:
Nos hemos convertido en universo en expansión,
en donde la soledad y el abandono han sido transfigurados. (Romo, 1995. p.
55)
CONCLUSIÓN
La realidad ineludible del erotismo nos conmina no
sólo a experimentarlo, sino a reflexionar a partir de su origen y
posibilidades como campo propio de la existencia humana. Reflexionar hoy en
día filosóficamente sobre el amor y su realización
fáctica en la existencia humana, implica llevar a cabo una labor de
recuperación de los textos de la tradición filosófica
desde donde se plantea la existencia de una realidad llamada amor. La
recuperación de dichos textos implica interpretarlos desde nuestro lugar
en la historia, implica hacerlos nuestros tomándolos o no, o simplemente
aceptándolos como parte de nuestro horizonte ontológico.
Así, nos demos cuenta o no, al yacer con el/la amante yacemos
también con Platón y con todos aquellos que alguna vez
reflexionaron sobre el amor y con ello impregnaron nuestro mundo con peculiares
características. Y así, en compañía de el/la amante
y de todos esos inoportunos pero necesarios testigos de nuestros amores,
buscamos, muchas veces sin darnos cuenta, la cuota de trascendencia que el
destino nos guarda. Buscamos, quizá cada vez menos, en estos oscuros
días del ocaso del siglo XX, la trascendencia mediante la pasión
erótica o bien mediante sus resultados. La sed de trascendencia
continúa allí, aunque la forma en que la entendamos varía
con el hecho de si quien la anhela lo hace desde un cuerpo de mujer o desde un
cuerpo de hombre.
La trascendencia se codifica culturalmente y desde
allí se proponen distintas vías de acceso a ella, una para cada
género. ¿Cómo acceden los hombres a la trascendencia en el
amor? Luchando, conquistando, truinfando, mostrando incesantemente la virilidad
y la fortaleza. ¿Cómo acceden las mujeres a la trascendencia en el
amor? Casándose y teniendo hijos, cuidando de su familia y
olvidándose de sí misma. Estas modalidades de acceso a la
trascendencia no están plasmadas en un topos uranos inmutable del
que las acciones humanas tomen el modelo. Más bien, estas formas de
acceso a la trascendencia se hallan cultural e históricamente
delimitadas, ¿por qué? No lo sabemos. Por qué la historia
se ha configurado o se ha desenvuelto siguiendo ciertos senderos y no otros, es
algo que, desde mi perspectiva, se mantiene en la penumbra y hunde sus
raíces en lo más profundo del Misterio. El porqué
más profundo del acontecer permanece vedado para nuestra
comprensión, pero podemos acercarnos a comprender lo que cómo
seres humanos experimentamos. Es así que la experiencia del amor se da a
partir de un desde donde que no es otro sino el pensar de los
filósofos y poetas que nos precedieron. Ciertamente entre las diversas
acotaciones filosóficas del amor hay elementos comunes y elementos
distintivos de cada una, pero hay un elemento compartido en mayor o menor
grado por casi todas ellas . Se trata del sesgo genérico que muestran.
El acceso a la trascendencia está genéricamente codificado y las
formas de amar y los bienes que el amor provee también lo están.
Así, el amor busca la sabiduría y la iluminación espiritual
cuando quien ama es el hombre griego, pero busca la ciega procreación
cuando quien ama es la mujer de todos los tiempos.
En su recorrido histórico, la reflexión
filosófica ha desarrollado una gran variedad de concepciones sobre el
amor que han tenido al pensamiento platónico como punto de partida.
La importancia del pensamiento platónico radica en el hecho de que es la
primera reflexión filosófica que sitúa al amor como un tema
filosófico que habrá de esclarecerse en su esencia a la luz de
diversas ideas vigentes en la Grecia clásica de carácter popular,
filosófico o mitológico. Es Platón el primero en plantear
al amor como una emoción, como un deseo de poseer siempre lo bueno,
que se origina y pretende a la vez alcanzar a los seres más perfectos
que son las ideas o esencias, por lo es necesariamente eterno. A la vez
plantea que el amor es además esa pasión erótica que se
dirige hacia los cuerpos y el goce sensual de éstos.
La idea del amor como algo "inmortal" y "perfecto" se
mantiene con un cierto grado de vigencia hasta nuestros días, e
incluso es lo que guía aún, en infinidad de ocasiones, la vida
humana. Para muchos seres humanos permanece vigente el ideal de dar con un amor
que esté más allá de la finitud y sea base del mejoramiento
personal, es decir, que sea la posibilidad del aumento de la propia
perfección. Es por esto que existe todavía la idea de que el amor
nos hace ser mejores y nos hace ser buenos.
Platón queda entre paréntesis cuando
Ovidio propone su arte de amar y dirige la atención erótica no a
la búsqueda del saber y la contemplación de lo perfecto, sino
hacia el amor al cuerpo más que al alma. Ovidio muestra claramente en su
obra cómo desde su época el amor se vive de manera distinta por
los hombres y por las mujeres, debido a la codificación cultural de la
conducta erótica que se asigna a cada género, pues éstas
son, supuestamente, más “sensibles” y más propensas a
enamorarse que los hombres, mientras que para los hombres es mejor no amar,
sino que se hagan amar, aun echando mano de la mentira.
Es así que esta comprensión del amor se
mantiene en los límites de una comprensión patriarcal pues el es
género masculino quien tiene mayores posibilidades de tener el control
sobre las mujeres y de sí mismo, pues a su naturaleza no le es dado el
dejarse llevar fácilmente por la pasión, en tanto que el ser
femenino acepta de mejor grado los goces y los sufrimientos del amor.
La tradición cristiana puede contemplar el amor
de varias formas, pues la comprensión erótica de San Pablo
está alejada algunas interpretaciones contemporáneas sobre el amor
desde la vertiente cristiana católica. De todas formas, para cualquier
comprensión cristiana católica la fuente y el origen del amor
entre los seres humanos es Dios, la diferencia estriba en que la
interpretación paulina se enfoca hacia la normatividad sexual
fundamentada en diferencias genéricas, en tanto que perspectivas
actuales como la de los Whitehead proponen la liberación de la sexualidad
y el amor recurriendo a la reivindicación del cuerpo pues piensan que el
amor es en sí mismo creativo y tal creatividad se dirige hacia uno
mismo/a y hacia los otros dado que todos somos producto del amoroso impulso
divino. Es así que el amor se da como voluntad de trascendencia que tiene
siempre a la Divinidad como punto de referencia, como origen y destino pero que
busca plasmarse fácticamente en las relaciones con los
demás.
Desde esta óptica, el cuerpo y la sexualidad son
buenos pues pueden llegar a convertirse en una vía privilegiada para
acercarse al amor divino y así apuntar hacia la experiencia del amor de
Dios por mujeres y hombres lo que puede permitirnos el fortalecimiento de la fe
en Dios. El amor erótico nos lleva a la unión de los
ámbitos tradicionalmente separados que son el cuerpo, la espiritualidad y
la creatividad; nos conduce al encuentro con el rostro de los demás y
mantiene la atracción sobre la que se pueden fundar muchos de los
más grandes compromisos en la vida. El amor erótico es un eco de
la creación ya que el cuerpo es santo y bueno desde el momento en que
Dios eligió, por pura iniciativa suya, encarnar en Jesucristo. Desde esta
perspectiva, la vida de Jesús como cristalización del amor de Dios
a la humanidad es el desafío hacia un amor no solamente físico,
que ha de ir más allá de la familia biológica, y
habrá de ser más creativo y fructífero que la fecundidad
misma.
El amor para los poetas cortesanos se manifestaba como
un estado de éxtasis provocado por la luz de la dama perfecta e
inalcanzable. Sin embargo, el amor cortés no modificó mayor cosa
la posición de las mujeres comunes en el medioevo, sino que se dio
juntamente con prácticas pseudo-educativas
autoritarias.
Descartes, al igual que Platón y San Pablo, se
interesó por la relación entre el cuerpo y el amor desde un punto
de vista fisiológico, y quiso explicar las reacciones observables que el
amor produce en el cuerpo humano. Para este filósofo el amor puede ser
incluso un útil, un instrumento que auxilia a la salud general del
organismo, y dada su visión masculina del asunto, todo queda en el
utilitarismo erótico y se dejan de lado en su reflexión las
alegrías y los dolores que en el alma produce una pasión
erótica arrolladora. Tales temas abandonan el privilegiado campo de la
filosofía y comienzan a ser reservados para las mujeres y la literatura
rosa hecha especialmente para ellas.
El amor se ha dado en la reflexión
filosófica al lado del conocimiento pues el amor busca, desde
Platón, el conocimiento y como éste perfecciona al ser humano,
entonces el amor es benéfico dado que es el impulso que mueve a conocer.
La búsqueda de trascendencia se da al lado del afán de conocer,
afán que, por lo demás, ha sido históricamente propiedad
casi exclusiva de los hombres, pues a las mujeres se les ha inculcado
tradicionalmente que deben conocer muchas cosas, sí, pero sólo
cierto tipo de cosas, por ejemplo cómo administrar una casa, cómo
ser más bellas, cómo seducir mejor, cómo cuidar a los
hijos y a la familia, cómo mantener el amor de sus hombres. Pero esta
cultura ha colocado fuera del ámbito femenino los grandes problemas del
conocimiento, de la ciencia y del ser humano, situación que hoy en
día se ha modificado gracias al afán transformador y a la
curiosidad intelectual que cultivaron muchas mujeres que nos precedieron. Sin
embargo, esta paulatina transformación está lejos de ser ventajosa
para las mujeres y no es momento de echar las campanas a vuelo, pues es preciso
recordar que, hoy por hoy, el 70% de las mujeres en el mundo viven en la
ignorancia y en la miseria.
El amor se halla además íntimamente
relacionado con la alegría y la felicidad, con excepción de
Ovidio, para quien el amor, cuando le ocurre a los hombres, bien puede ser causa
de infelicidad y desgracia.
Dado que la búsqueda de trascendencia en el amor
corresponde a diferentes modelos, según se trate de mujeres u hombres,
Schopenhauer reduce el amor al puro instinto, que tiene a las mujeres como sus
más fieles seguidoras, y deja de ser el ánimo intelectual y
místico que guía en la contemplación para convertirse en
la ciega voluntad de vivir, que suprime la voluntad individual
transformándola en esclava de la perpetuación de la especie. El
"instintivismo" de este autor reduce a las mujeres a entes cuya finalidad en la
vida es únicamente la procreación y el amor es esa trampa mortal
en la que caen los hombres pero que permite que las mujeres realicen su ser de
procreadoras indiscutibles.
Entre los pensadores analizados, o se afirma el cuerpo
o lo sensual o se afirma el ámbito racional-espiritual. Se toma partido
entre uno de los elementos de la dicotomía con la que se concibe al
mundo. La dicotomía en la que se basa la visión común de
la realidad divorcia al mundo en dos: sujeto/hombre y objeto/mujer. Esta
visión del mundo incide en lo que comprendemos y experimentamos como amor
y se mantiene vigente en las expectativas que muchas personas tiene en su
vida privada. Muchas mujeres siguen haciendo del amor el ideal de vida
así como la vía para lograr la trascendencia en términos de
placer, perfeccionamiento, alegría, felicidad, que pretendidamente debe
ser para toda la vida, y debe además prolongarse en los hijos surgidos de
su amor. Esta es la vía preferente de acceso a la trascendencia que se
les permite a las mujeres.
Comprensiones sobre el amor como las de Platón,
Ovidio y Schopenhauer, muestran una clara distinción entre la experiencia
masculina y femenina del amor, diferencia que se pretende "natural" o
"esencial", y que encubre una situación de impotencia para las mujeres,
misma que no se da porque “así hayan nacido” o
“así sean” las mujeres, sino por la manera en que la cultura
ha definido lo que es ser mujer o ser hombre.
Por su parte, Kierkegaard y Sartre comprenden al amor
como una relación problemática y dialéctica, y éste
último echando mano de la tradición hegeliana, lo analiza a la
luz de la dialéctica del amo y el esclavo, pues comprende al amor
como una relación encontrada y paradójica entre dos conciencias
que establecen una forma particular de relación entre ambas, que por sus
características resulta finalmente imposible. Esta perspectiva rompe con
el idilio amoroso para centrarnos en el tema de la relación amorosa
desencantada e imposible en su mismo fundamento, que no es otro sino la finitud
humana.
Sartre, junto con Kierkegaard y Nietzsche, se mueve
hacia una comprensión del amor más propia de la condición
humana, dejando de lado los compromisos con la eternidad, perfección y
bondad que en otro tiempo se pensaban como propias del amor, y pone en evidencia
la manera en que en realidad se dan las relaciones eróticas. Desde este
enfoque puede tomarse distancia frente lo que la tradición siempre nos
había dicho lo que era el amor.
Tal es nuestra herencia, hemos heredado lo que
Amorós llama ideología patriarcal del amor, y la
cuestión urgente es ahora qué hacemos con nuestra herencia. A
pesar de las transformaciones culturales sufridas en este siglo, aún
imperan en vastos estratos de las sociedades contemporáneas,
ideologías que poco han cambiado con relación al papel que juegan
las mujeres en el amor. Hemos visto cambio y permanencia en la historia.
Permanencia porque las aspiraciones humanas subsisten en esta época de
desencanto, y cambio porque la aspiración a la felicidad, la
armonía y la libertad, es decir, la aspiración a la trascendencia,
no deben seguir siendo solamente patrimonio masculino. Estamos de acuerdo con
la búsqueda de trascendencia –por más inmanentista que
pueda presentarse- y con la alianza entre amor, sabiduría,
armonía, libertad y felicidad. Pero no puede aceptarse hoy en día
que por el solo hecho de habitar en cuerpo de mujer, la parcela correspondiente
de trascendencia sea menor o menos valiosa. A todos los filósofos que
nos precedieron –y es penoso no poder decir también y en la misma
medida filósofas- les debemos un concepto que no existe como tal
en otra culturas, les debemos el que exista algo que desde nuestro fuero
interno y nuestras acciones podemos llamar amor. Les debemos el nombre de
muchas alegrías... y de muchos dolores también.
A través del recorrido que hemos realizado ha
podido hacerse manifiesto que el amor, además de ser una emoción
plenamente humana, está constituido como una ideología sesgada
genéricamente. Desde la perspectiva de este trabajo, tal sesgo no obedece
solamente a la moral patriarcal, sino sobre todo a una particular forma de
apertura al ser que hemos heredado desde los tiempos más remotos. Esto
representa un problema. No depende de cada quien que haya tal o cual forma
comprensión del ser pues, siguiendo a Heidegger, el ser, al no ser un
ente, rebasa el ámbito de lo puramente óntico y se da como devenir
de la totalidad. En tanto devenir de la totalidad el ser es experimentado como
horizonte histórico desde donde se dan las existencias humanas.
La comprensión del mundo basada en sujeto-objeto
como una peculiar forma de comprensión del ser, ha posibilitado la
irrupción de figuras ónticas tales como cultura-naturaleza,
espíritu-materia, hombre-mujer, los que mandan-los que obedecen, en donde
el elemento de cada díada que es asimilado al sujeto posee un mayor grado
ontológico, “es más que... ”, mientras que el que es
asimilado al objeto solamente existe con relación a un sujeto pues de
éste le viene dado el ser.
Desde mi perspectiva, las relaciones entre los
géneros se dan en infinidad de ocasiones como relaciones determinadas por
la comprensión del mundo basada en la dicotomía sujeto-objeto, en
donde los hombres han sido comprendidos eminentemente como sujetos y las mujeres
como objetos. Prueba de esto es que, desde Aristóteles, el hombre posee
naturalmente voluntad mientras que en la mujer la voluntad aparece seriamente
mermada. Las acciones llevadas a cabo a partir de la voluntad llevan en
sí un principio activo que es diferente a otras formas de actuar: la
voluntad contiene a la racionalidad como fuente de su querer y su poder. La
modalidad masculina de la acción se da como voluntad racional que expresa
un poder ser esencial, mientras que la modalidad femenina de la acción se
da como un conformarse a la voluntad de otro, lo que manifiesta una forma de
poder ser que solamente se da mediante la negación del propio poder ser.
Tal como el objeto, desde Kant, es construido por un sujeto trascendental del
cual depende para su develación epistemológica, así la
mujer es construida por la cultura patriarcal y su ser depende de ésta y,
además, la develación última del ser femenino está
en manos, no de ella, sino del hombre y su cultura.
La problemática sobre los géneros y sus
relaciones, desde esta perspectiva, rebasa con mucho el campo de las posibles
acciones políticas y morales que se puedan emprender para promover la
equidad genérica. ¿Cómo plantear la equidad genérica
si de entrada las diferencias entre hombres y mujeres se basan en la forma en
que nuestra cultura ha comprendido al mundo en tanto tal? Aquí entramos
en el problema filosófico contemporáneo sobre la posibilidad de
abandonar la metafísica como modalidad de acercamiento al ser. Si la
ontología del sujeto-objeto ha sido el modo en que se ha comprendido al
ser desde hace ya muchos siglos, y si de tal ontología derivan diferentes
posiciones genéricas frente al ser, entonces parecería que cuando
se rebase la comprensión metafísica será rebasada la
dicotomía tanto ontológica como moral y epistemológica, y
el problema de la inequidad genérica habrá sido
superado.
Pero esta alternativa tiene bastantes problemas pues si
la comprensión del ser nos rebasa a cada uno de los seres humanos,
¿cómo podemos incidir en ella? Se puede incidir en los entes, se
puede medirlos, controlarlos, observarlos, en fin modificarlos, pero
¿cómo incidir en el ser, que no puede ser caracterizado como ente?
Esta forma de acercarse a los géneros y sus relaciones bien puede
dejarnos con los brazos cruzados y hacernos instalar cómodamente en
nuestro sillón favorito mientras el ser se decide a develarse de otra
forma.
La falta de equivalencia en las relaciones entre los
géneros no se va a modificar con un conjunto de reformas sociales o de
buenas intenciones. Hace falta mucho más para que las cosas cambien de
raíz. Si bien la reflexión sobre los géneros ha sido hecha
prioritariamente por mujeres, los hombres a últimas fechas no han podido
permanecer al margen y han comenzado a dar pasos hacia una toma de conciencia
sobre las posibilidades y los límites del género masculino. Tal es
el caso de Herb Goldberg (1980), quien plantea en su obra, por ejemplo, que es
más perjudicial ser hombre que ser mujer, en términos de salud
tanto mental como física. Así, este autor propone una
modificación de la forma de ser hombre que hasta hoy se ha experimentado
en aras de un bien práctico mayor que es la mayor longevidad masculina. A
pesar de las limitaciones que perspectivas como esta puedan tener, debemos
reconocer que algo ha comenzado a cambiar entre minúsculos núcleos
masculinos, el camino para ellos parece haber apenas iniciado. Aparentemente se
comienza a delinear una forma distinta de masculinidad que toma distancia
crítica de las prácticas y la moralidad tradicionalmente asumidas
como masculinas. Pero mentes lúcidas advierten que no es así.
Según Amelia Valcárcel,
El
cambio producido en los mores ofrece a los varones bastantes
posibilidades de expandir su ego y hasta sus fantasmas: compañeras
económicamente independientes, matrimonios que pueden deshacerse,
contracepción y aborto, disponibilidad sexual, servicios tolerables, y
todo a costa de ser algo más amables. Porque la llamada
redefinición del varón se limita a esto. (Valcárcel,
1994. p. 56)
¿Por qué suponemos que la mentalidad
masculina se está transformando, si hoy no tiene por qué hacerlo,
si los hombres siendo lo que son tienen una vida con amplias posibilidades de
satisfacción? Hoy coexisten variadas gamas de mujeres, tanto
“tradicionales” como “independientes” y una vasta
gradación entre estos dos extremos, de donde los hombres pueden escoger.
Las mujeres siguen cotizando en el mercado de valores de la personalidad pero la
cotización bursátil depende de quién se trate. Pueden
practicar el amor a la carta.
El destino masculino parece ser que encuentra entre sus
posibilidades el proveerse de compañeras para el amor sin tanto
problema, pero el requisito que sus compañeras deben de cumplir es el de
no ser problemáticas, no querer más de lo que se les puede dar, es
decir, no ser revoltosas. Si alguien se topa con una de esas mujeres que no
están de acuerdo con las cosas tal como son, siempre hay una amante
más “tradicional” esperando a la salida de cada
relación frustrada.
El destino femenino no es así. Veamos primero el
caso de las mujeres llamadas “tradicionales”. Desde la adolescencia
se les conmina a las mujeres a comportarse como en realidad no son: coquetas,
indiferentes pero “cariñosas”, inteligentes pero hasta cierto
punto. Pero sobre todo, se les conmina a ser “bonitas”, a ser
bellas[77] para que haya hombres que volteen a
mirarlas. Pero a pesar de cumplir más o menos con las expectativas que su
género les impone, el amor en sus vidas puede ser escaso o frustrante, o
de plano un fracaso. El amor se terminará cuando sean más feas o
más viejas aunque no le hayan sido muy problemáticas para sus
parejas. Por muy bonitas y tranquilas que sean, siempre habrá una amante
más deseable esperando a sus hombres a la salida de cada relación
frustrada.
Algunas otras mujeres, por alguna razón que bien
puede no tener nada que ver con la educación y la cultura y que
posiblemente no hayan pisado aulas universitarias, ponen en tela de juicio el
deber ser que se les impone y critican la forma en como se dan las relaciones
entre los géneros, quizá partiendo de la infelicidad y el abuso
que contiene la relación entre sus padres y madres. Ellas quizá
presientan la necesidad de sentar el amor erótico sobre bases diferentes
y deseen de sus amantes una vida distinta a la de las mujeres que han estado
acostumbradas a ver en sus barrios o vecindades. Pero si su buena voluntad se
torna inconveniente, molesta o incómoda para su pareja, siempre
habrá una amante menos exigente esperando a su hombre a la salida de cada
relación frustrada.
Aquellas mujeres que se denominan
“independientes” o no-tradicionales quizá rechazaron el juego
de seducción que desde la adolescencia se les proponía como el
deber ser femenino, o quizá lo jugaron por algún tiempo, pero por
alguna razón les pareció insatisfactorio. Puede ser que hayan
estudiado alguna carrera universitaria y que por alguna razón
ética hayan decidido no conformarse a los estereotipos genéricos
relacionados con el amor y que hayan también desarrollado una cierta
consciencia de género. Si su vida laboral o profesional les puede brindar
independencia económica, su necesidad de amor masculino se
conformará de manera diferente y no será fácil que se
adapte a las exigencias de auto-negación y devaluación que
intentan imponerle los sucesivos amantes o aspirantes a maridos. La ruptura
amorosa será paisaje recurrente en la vida de estas mujeres, mientras que
para sus hombres siempre habrá una amante menos pretensiosa
esperándolos, a la salida de cada relación frustrada, con la
ilusión de formar con ellos pareja para toda la vida, sin importar el
precio ético que haya que pagar.
Y ¿qué pasa con ellas? El precio de ser
mujer es desear el amor y encontrar que éste se da condicionado a otras
cosas y que al final lo único que queda es la soledad. Incisivamente
comenta Amelia Valcárcel el destino de muchas mujeres:
El
reidor barullo de los doce hijos no pedirá ya cantarinamente un cuento
por las noches. Por el contrario, en el apartamento –eventual nido de
amor. A la mujer nueva le espera únicamente la lata de conservas. El
higiénico esposo no la mirará complacido mientras se despliega
hacendosa y él lee su periódico. La mujer mirará el
televisor sola con la dichosa lata en el regazo. Y su epitafio no será
Fulana, honesta mujer, sino quizá Fulana, guardia civil. Las mujeres que
no quieran tomar el modelo masculino estarán solas. No parece que los
varones soporten la misma condena . ¿Por qué las mujeres que viven
como varones están solas? Elemental: porque no tienen mujeres. Pueden
tenerlo todo menos una cosa que hasta el más mísero de los varones
suele alcanzar: una mujer. (Valcárcel, 1994. p.
83-84)
¿Pero verdaderamente lo único que espera en
casa es la lata de conservas? Para las mujeres el destino de la lata de
conservas siempre es posible por dejar de ser “bella” o nunca
haberlo sido lo suficiente. En este sentido, todas somos feas, según
Zavala, en la medida en que no nos conformamos al estereotipo de lo que se
considera femenino en términos corporales o morales. Así, ser
intelectual es análogo a ser gorda; no ser dulce, amable y alegre es
análogo a ser feminista: se es fea de todos modos y se está
condenada a la soledad y al desamor.
La figura de la mujer “sola”, se ha erigido
en muchas ocasiones como expresión del fracaso de las mujeres en su
relación con los hombres y el amor. La imagen de nuestras tías de
antaño, que se quedaban para “vestir santos”
amargándose y haciéndole a los demás la vida imposible, se
ha quedado como un nuevo arquetipo de lo negativo femenino por carecer del amor
de un hombre y es útil para espantar a las que no quieran conformarse a
las exigencias de la pareja, el matrimonio y la familia patriarcal. La imagen de
las tías es aquello a lo que toda mujer se cuida muy bien de llegar.
Por ello es necesario, como dice Azucena Romo,
transfigurar la soledad femenina, y tomar conciencia de que ante la falta de
equivalencia en las relaciones entre los géneros queda la
opción por la soledad. Tal opción se nutre de compromiso
ético con la calidad de la propia vida, de la autodeterminación de
las mujeres del lugar que desean ocupar en la familia y en la
pareja[78]. Que la figura de la mujer sola sea
muestra de los intentos por transgredir y superar a la moral genérica
dominante en aras de una mejor vida.
El problema fundamental de las mujeres en el amor,
así como en otras áreas de su existencia, es el de,
diciéndolo según la jerga existencialista, no ser tomadas como
sujetos éticos, no ser comprendidas como conciencias
“para-sí”. El ámbito de la mujer sola es la apertura a
una opción moral y éticamente mejor que la experiencia de
relaciones eróticas enajenadas y no equivalentes. Vivir como mujer sola
es, desde esta perspectiva, vivir como sujeto que se resiste a la
dominación patriarcal y se afirma en su ser “sí
misma”. No es que se quiera prescindir del amor de los hombres, es que si
éste, tal como se plantea en las sociedades patriarcales, es fuente de
devaluación, auto-negación y sujeción, es necesario dirigir
la mirada hacia otras opciones éticamente valiosas.
No sabemos si el amor sea fuente de
insatisfacción, devaluación y sujeción para los hombres.
Ellos también tendrían que elaborar sus discursos al respecto y
alumbrar con ellos esas presentidas zonas obscurísimas de la
sensibilidad masculina que a muchas mujeres nos gustaría conocer.
Mientras tanto, es momento de hacer algo por modificar nuestra relación
con nosotras mismas frente al amor optando por una vida no exenta de problemas e
insatisfacciones, pero que podríamos considerar más congruente con
las expectativas de ser sujeto –metafísicamente hablando-
.
Sin embargo, no debemos perder de vista que situarse en
una ética individual de la resistencia puede ser desgastante y de poca
trascendencia como ejemplo para las demás mujeres. Aunque con mi
acción me comprometa a mí frente a la humanidad y la comprometa
también a ella en su conjunto, como decía Sartre, no puede
asumirse que lo que sigue sea el cambio social o la reparación de
la inequidad genérica. Es claro que se continúa dentro de una
ética individual de la resistencia y ello presenta grandes limitantes y
problemas que quedan por resolver.
Si esto cambia o no la apertura histórica al ser,
no lo sabemos, pero es una forma ética de relacionarnos con el amor en
nuestro tiempo.
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México.
[1]
XX para las mujeres, XY para los
hombres.[]
2
¿Por
qué en nuestro tiempo son más vigentes los discursos
científicos que los discursos mitológicos para interpretar,
significar, simbolizar y valorar las diferentes regiones del Ser? Foucault
plantea la existencia de cuatro tipos de “tecnologías” de
entre las que encontramos las tecnologías de poder, que determinan la
conducta de los individuos sometiéndolo a cierta forma de
dominación; y las tecnologías del yo, que permiten a los
individuos llevar a cabo -por sí mismos o en cooperación con
otros- cierto número de operaciones en sus almas o en sus cuerpos, en
sus pensamientos o su conducta, para obtener una transformación de
sí mismos con la finalidad de acceder a cierto estado de felicidad,
pureza, sabiduría o inmortalidad. Esto, a pesar de ser de capital
importancia, cae fuera de las finalidades temáticas de este trabajo. Sin
embargo los trabajos de Foucault a este respecto pueden ser de gran utilidad.
Vid. de este autor Tecnologías del yo, Las palabras y las cosas
así como Historia de la
sexualidad.[]
3
En este caso
entenderemos por moral el conjunto de normas, reglas, creencias e
ideologías que guían la conducta de los individuos en una sociedad
históricamente dada, y por moralidad la puesta en acción
particular que realiza cada individuo de tales normas, reglas, creencias e
ideologías. Tal puesta en acción puede ajustarse o bien rechazar
las reglas impuestas socialmente. Es precisamente en el ámbito de la
moralidad en donde se abre el horizonte de la ética cuyas preguntas
básicas son ¿debo? y ¿por qué debo?. El
preguntar por el deber, propio de la ética, sólo es posible en la
existencia humana concreta desde un plexo de referencias morales a partir de las
cuales actúa cada individuo, pero el preguntar mismo es ya la posibilidad
de establecer una acción consciente a partir de lo que marca la moral
socialmente dada. El poder preguntar de la ética está basado en
la posibilidad real de una acción diversa originado en el poder ser del
ser humano, es decir, la libertad ontológica del ser humano. La
ética, en este caso, es una re-flexión, es decir, un volverse
hacia las posibilidades propias dadas en el mismo ser del humano. Es por esto
que la moralidad tiene una carácter más originario, pues dispone
al humano a una acción diversa que parte de su ser mismo, a una
acción posible y así fundamenta el preguntar racional que realiza
la ética.[]
4
Sin embargo,
no podemos tomar como equivalentes la palabra "sexo" y la palabra
"género" en la medida en que en la primera se halla de manera más
explícita el carácter biológico de los seres, mientras que
la segunda mienta más bien todo un complejo de referencias, conductas y
tradiciones que construyen a las subjetividades a partir de la
diferenciación sexo-biológica.
[]
5
Por "doble moral" entendemos la
existencia de un doble código de conducta, diferente para hombres y para
mujeres. Tal doble moral está codificada con base en las supuestas
diferencias genéricas entre hombres y mujeres, diferencias que los
conminan, en nuestra cultura, a asumir un comportamiento diferente basado en
diferencias "biológicas" que en realidad son una elaboración de
los intereses propios de las sociedades patriarcales. Las diferencias
genéricas y la doble moral que les es inherente pretenden fundamentarse
en el carácter "innato" de las diferencias entre hombres y mujeres.
(Cfr. Hierro, 1990)[]
6
Las identidades genéricas
vigentes, es decir, las modalidades en las que actualmente somos hombres o
mujeres, no solamente representan una gran carga para las mujeres sino
también para los hombres pues ellos tienen que demostrar constantemente
en nuestra cultura que no son “cobardes”, “fracasados”,
“flojos”, “inmaduros”, “irresponsables”,
“impotentes”, “homosexuales latentes” ni tampoco
“machistas”. Las múltiples exigencias de probar
constantemente que se es “todo un hombre” (según lo que
culturalmente significa ser “todo” un hombre), implican un
tremendo desgaste tanto físico como anímico para los hombres,
mismo que es la causa de numerosas muertes masculinas prematuras, así
como de una grave impotencia afectiva que, en al ámbito de las relaciones
amorosas, produce en muchas ocasiones la incompatibilidad entre los deseos
amorosos femeninos y las posibilidades amorosas masculinas. (Vid.
Goldberg, H., 1980)[]
7
...si es
que hay una prima
natura[]
8
Incluso
para algunos teólogos como B. Haring (1968), el ser humano es mucho
más que un mero ser sexuado, que es ante todo una persona, que desarrolla
esta personalidad siempre en relación a Dios y al
prójimo.[]
9
Foucault afirma (vid.
Foucault, 1977.) que la sexualidad es inventada por un conjunto de discursos
sobre el saber del cuerpo y sus apetencias, y de igual manera podemos decir que
el género, es decir la distinción cultural entre hombres y
mujeres, también inventa y delinea lo que es ser hombre y lo que es ser
mujer. Es evidente que no se trata en este caso de discursos puramente
"racionales", sino de un intrincado orden lingüístico que incluye en
sus claves simbólicas tanto al silencio como a la palabra, la mirada de
los otros, las actitudes, los premios y castigos, las expectativas, etc.. Es
decir, el género como totalidad de elementos subjetivadores, tales como
los arriba mencionados, constituye un cierto modo de situarse en el mundo por
parte de los humanos como
existentes.[]
10
Cfr.
Martínez, A. Inés,
1997.[]
11 La
posibilidad deconstructiva de los discursos de género la
entenderemos
...
en el sentido de que buscan distanciarnos y tornarnos escépticos/as con
respecto a las creencias relacionadas con la verdad, el conocimiento, el poder,
el sí mismo y el lenguaje que con frecuencia damos por sentadas y
prosperan como legitimación de la cultura occidental. (Vid.
FLAX, Jane. “Posmodernismo y relaciones de género en la
teoría feminista”, (en) Feminaria, año III, no. 5,
Buenos Aires, abril de 1990.)
Celia Amorós (1985, p. 74)
propone, como una salida al problema de la contradicción entre feminismo
de la igualdad contra feminismo de la diferencia, un feminismo de la
“sospecha” que pretende precisamente mantener una posición
crítica y escéptica frente a la ideología
dominante.[]
12
Sin
embargo, sobre el aspecto de la esencialidad o no de las identidades
genéricas, es necesario recordar que históricamente se han
desarrollado dos vertientes dentro del pensamiento feminista: el feminismo de la
diferencia y el feminismo de la igualdad. El feminismo de la diferencia apela
precisamente a las diferencias entre hombres y mujeres para extraer de ellas, en
muchas ocasiones, una propuesta de acción transformadora sobre la base de
la supuesta solidaridad, bondad, maternalidad y demás
características tradicionalmente asignadas a las mujeres, haciendo
descansar sobre las “bondades femeninas” una propuesta de
transformación tanto individual como social que supone que, si en el
mundo predominaran las características propiamente femeninas y no las
masculinas, “el mundo sería mejor, más igualitario,
solidario y más justo”. Este es un tipo de feminismo más
bien “esencialista” y “universalista”. Hay,
precisamente, otra vertiente del feminismo que supone que las diferencias
genéricas no se corresponden con esencias ni biologicistas ni
metafísicas, sino que son producto de la historia y la cultura y de las
formas en que se interpretan las diferencias sexo-genitales. Tal es el feminismo
de la diferencia o “nominalista”. Sobre estas dos vertientes
vid. Alcoff, L. (1989) y Amorós, C.
(1994).[]
13
En este
sentido, es relevante el concepto de “experiencia” discutido por
Florencia Riquer (1997) mediante el cual podemos englobar tanto a las
prácticas como a las ideología determinadas genéricamente.
La experiencia es el concepto a partir del cual se pueden articular las
representaciones sociales de lo que es ser hombre o mujer, comprende
también las cosmovisiones, las normas y los valores que rigen a los seres
humanos y cómo todo este complejo se da paralelamente con las vivencias
y las interpretaciones vívidas que a su vez se tornan en representaciones
sociales. (Cfr. Riquer,
1997)[]
14
Si bien es
verdad, y no debemos olvidar, que muchos hombres que se desenvuelven en
ámbitos sociales tradicionales pueden ser tachados de homosexuales al no
casarse, no tener hijos o no tener el mayor número de mujeres
posible.[]
15
Si carece
de algo tan importante para su ser mujer como lo es el gusto por el trabajo
doméstico, entonces será llamada “poco femenina”, es
decir, “poco mujer”, asumiendo con ello que no sólo el ser
amada, sino el servir al otro es lo que la hace ser más o menos mujer.
Una mujer puede sentirse amada cuando un hombre permite que ésta le sirva
y lo atienda, con lo cual se cierra perfectamente el círculo pues
él la reconoce para ser servido y servirse de ella y ella le sirve para
ser reconocida por él. Al servirle a él ella completa su feminidad
pues obtiene el amor de éste y su reconocimiento y él adquiere
poder sobre el ser y el la voluntad de ella. Ella quiere ser y no puede ser sino
a través del amor del otro. Él simplemente es, y puede quererla o
no quererla.[]
16
Un escrito
clásico de la filosofía que precisamente se refiere a la amistad y
las diversas clases de amistad que existen es la aristotélica
Ética
nicomaquea.[]
17
Sobre esto, Vid. Bertocci, P.
1967.[]
18
Podríamos decir que en el alma
del que ama habita un dios, pero es más pertinente decir que habita un
demonio (daímòn), es decir una entidad intermedia
entre lo mortal y lo inmortal. Eros
Interpreta
y comunica a los dioses las cosas de los hombres y a los hombres las de los
dioses, súplicas y sacrificios de los unos y de los otros órdenes
y recompensas por los sacrificios. Al estar en medio de unos y otros llena el
espacio entre ambos, de suerte que el todo queda unido consigo mismo como un
continuo. (...) La divinidad no tiene contacto con el hombre, sino que es a
través de este demon como se produce todo contacto y diálogo entre
dioses y hombres, tanto como si están despiertos como si están
durmiendo. ( Banquete,
202e-203a)[]
19
El amor hace mejores tanto a
hombres como mujeres pues les hace ser valientes y enfrentar toda clase de
peligros. Las mujeres han dado pruebas de heroísmo en este sentido.
Platón se refiere a la historia de Alcestis, quien fue la única
que estuvo dispuesta a morir por su esposo Orfeo, hijo de Eagro, y su
acción fue tan bella y buena, tanto para los seres humanos como para los
divinos, que los dioses como premio a su valor permitieron que su alma subiera
del Hades, es decir, que volviera a la vida. (Cfr. Banquete,
179b-179d)[]
20
Según Diotima,
La
unión de hombre y mujer es, efectivamente, procreación y es una
obra divina, pues la fecundidad y la reproducción es lo que de inmortal
existe en el ser vivo, que es mortal. (Banquete,
206c)
En el cristianismo encontraremos una
gran influencia de esta idea de la procreación como obra divina.
[]
21 Hay
quienes son fecundos/as más con respecto del alma que del cuerpo y dan
a luz productos espirituales. Los filósofos/as, los/las poetas y los/las
artistas son de esta clase de seres humanos que tienen hijos no mortales, sino
inmortales.
Y
todo el mundo preferiría para sí haber engendrado tales hijos en
lugar de los humanos, cuando echa una mirada a Homero, a Hesíodo y
demás buenos poetas, y siente envidia porque han dejado de sí
descendientes tales que les procuran inmortal fama y recuerdo por ser
inmortales ellos mismos; (...) En su honor se han establecido ya también
muchos templos y cultos por tales hijos, mientras que por hijos mortales
todavía no se han establecido para nadie. (Banquete, 209d y
209e)[]
22
Sobre las reglas amorosas planteadas
por Ovidio, entre las que destaca la necesidad de disimular la conducta, fingir
admiración y aparentar amor, véase en este capítulo el
apartado sobre “El amor
cortés”.[]
23
Existen diversas acepciones del
término fornicación entre las que destacan dos: el primero que se
entiende como la unión sexual que no se da en el matrimonio, sea
ésta pre o extramatrimonial; y la otra de carácter
etimológico que se caracteriza como el tener relaciones sexuales con
prostitutas. La fornicación y el trato con “rameras” era
despreciado por el apóstol por razones teológicas en apariencia.
Para él, la unión sexual se da de manera absolutamente
íntima y convierte a dos personas en una sola carne. Si un hombre se
relaciona sexualmente con una prostituta, que per se es sucia y
está corrompida, asimila su carne virtuosa a la suciedad y
corrupción de la prostituta, porque ambas carnes, la de ella y la de
él, se funden sexualmente en una sola con lo cual se mancha el templo
corporal que debe estar destinado al Señor y no al trato con prostitutas.
Lo que no queda claro es por qué las prostitutas son en sí mismas
suciedad y
corrupción.[]
24
Se habla de “deber”
conyugal concibiendo a la sexualidad y al erotismo como una mera
obligación impuesta por el ámbito matrimonial, pero no se habla
del dar o recibir placer, ni mucho menos se habla de la sexualidad como campo
donde se manifiesta la donación recíproca de los amantes.
(Vid.Whitehead, J. & E., 1989. p.152 y
ss.)[]
25
Debemos
distinguir en este caso un doble ámbito del amor para no caer en
confusiones que hagan perder de vista los méritos teológicos del
apóstol San Pablo. Si afirmamos que el amor nunca deja de ser nos
estamos refiriendo a la esencia divina que es amor, donación de sí
mismo que brota y se expande -por pura iniciativa del Dios amoroso- en el
universo y que rebasa la finitud humana. Esta sería una
aproximación desde el punto de vista de la reflexión
teológica. La otra aproximación se da desde un punto de vista
ético, y esto significa que si el amor nunca deja de ser, entonces
estamos ante un ideal que siempre y en toda época dará sentido a
la conducta de los seres
humanos.[]
26
En este sentido es relevante el
pensamiento nietzscheano sobre la muerte de Dios, pues a pesar de la muerte de
éste, dice Nietzsche, la moral emanada y sustentada en él
continúa en perfecto estado de salud. (Cfr. Así habló
Zarathustra)[]
27
Cfr. Epístola a los
Efesios, 5:31-32:
Por
esto dejará el hombre a su padre y a su madre, y se unirá a su
mujer, y los dos serán una sola carne. Grande es este misterio; mas yo
digo esto respecto de Cristo y de la
iglesia.[]
28 Cfr.
San Agustín. Confesiones. Agustín relata su
separación de la madre de su hijo Adeodato y se refiere a los dos
años que tiene que esperar para la boda. Comenta también
cómo esta mujer parte hacia cierto lugar de África
prometiéndole “fidelidad” (Vid. Libro VI, cap. XV,
25). Él, por su parte, se culpabiliza demasiado por no ser capaz de
igualar a esa mujer en su promesa de fidelidad y por caer en “el profundo
abismo de los deleites carnales” (Vid. LibroVI, cap. XVI,
26)
Asimismo, Agustín en la citada
obra se pronuncia en contra de la sexualidad, la carne y los sueños
eróticos (Vid. Libro X, cap. XXX, 41), así como del
matrimonio, porque éste impide vivir en sosiego el amor y la
sabiduría (Vid. Libro IV, cap. XII, 21). De esta forma,
Agustín es un defensor de la continencia y la castidad (Vid.
Libro IV, caps. XI-XII y también libro VIII, cap.
XI).[]
29
Para Agustín las erecciones
eran acontecimientos “penosos”. (Vid. La ciudad de Dios,
14:19-21)[]
30
Este afán de control masculino
evidentemente tiene como objeto a las mujeres pues
If
sexuality is their most disrouptible arousal, it is in things sexual that
mastery is most required. And this will mean controlling women who are able to
arouse this passion. (Whitehead, J. & E., 1989. p.126)
De allí que según el
teólogo Sebastian Moore:
Man
is the centre, woman the hazard, and control the name of the
game.
(Whitehead,
J. & E., 1989. p.124)[]
31
Es
pertinente recordar a S. De Beauvoir, para quien la veneración de las
diosas no implica una mejoría de la situación de las mujeres de
carne y hueso. (Cfr. Beauvior,
1949)[]
32
Los
términos “romance” y “romántico”,
así como la palabra francesa roman (novela) se originan
precisamente en esta influencia de la cultura romana. En este sentido, la
influencia del poeta Ovidio fue de gran
importancia.[]
33
Vid. en este mismo trabajo el
capítulo 3 “El amor cortés y el matrimonio”.
También la obra de Kenneth Clark (1993) Civilización.
[]
34
Vid.
Power, E. (1978)[]
35
Sobre el tema del fingimiento del
amor, vid. en este mismo trabajo el apartado “El amor según
Ovidio”.[]
36
El comer
ha de hacerse con mesura, así como el beber, pues es muy fácil que
la ebriedad en una mujer sea aprovechada para obtener de ella los favores
sexuales que estando sobria aún no otorgaba. La posición en el
dormir es también importante pues la posición correcta para dormir
es la que ponga al descubierto los mejores ángulos y los mayores
encantos femeninos.[]
37
Sobre
esto, vid. Bartra, R. (1987), pp. 210-213. Bartra relata brevemente
cómo desde aquella época la concepción sobre las mujeres y
el trato que éstas recibían se daba de manera ambigua y
contradictoria. Podríamos pensar que Cirilo era un hombre amigo de las
mujeres pues quiso dignificar a una mujer dándole el título de
madre de Dios. Pero son los partidarios de este mismo Cirilo los que linchan a
la sabia Hipatia, quien murió desollada al serle arrancada la carne de
los huesos con afiladas concha de mar. Así, el promotor de la dignidad de
una mujer es el que alienta indirectamente el asesinato de otra mujer. Ambas
mujeres a todas luces eran diferentes: la primera era obediente y la segunda era
una libre pensadora. Se infiere que las mujeres que asumen su libertad de pensar
y vivir como les parezca mejor son peores que las mujeres obedientes, y a
éstas hay que ponerla en un altar mientras que a las otras hay que
eliminarlas, sea real o simbólicamente. En la actualidad hay un
movimiento al interior de la Iglesia Católica para nombrar a María
co-redentora, es decir, cooperadora en la salvación de la humanidad,
junto con Jesucristo, y asignarle un papel de mayor importancia. Sin embargo es
necesario preguntarnos si este movimiento reivindicador de María no es
sino un intento de las cúpulas eclesiásticas para debilitar y
hacer improcedente otro movimiento que cada vez adquiere más fuerza entre
los y las católicos/as, nos referimos al movimiento que pretende la
ordenación sacerdotal de las
mujeres.[]
38
En nuestra época aún
sobreviven elementos del trato cortés otorgado a las mujeres. Este trato
“galante” hacia ellas se basa en la inferiorización de las
capacidades humanas de las mujeres y se asume que si los hombres tienen ciertas
atenciones o consideraciones para con ellas, es porque “comprenden”
y “condescienden” a la condición de inferioridad femenina
socialmente planteada. Pero no todas las mujeres deben ser tratadas con
galantería y condescendencia, sino sólo las mujeres
“decentes”, es decir, aquellas que se conforman según el
modelo de madre-esposa, fiel y servicial colaboradora de su hombre. Aquellas que
con éxito se amoldan al paradigma patriarcal de la mujer decente se hacen
acreedoras de otro privilegio: el ser mantenidas por un hombre. Sobre esto,
Vid. Hierro, 1990,
pp.13-44.[]
39
Sobre este
mismo caballero comenta Eileen Power
(1978).[]
40
En este caso la influencia de San
Pablo es notable. Vid. en el capítulo tercero de este trabajo el
apartado sobre el amor y el matrimonio en el
cristianismo.[]
41
Un ejemplo
de cómo influía la clase social era la diferente concepción
del adulterio: este era algo romántico para las clases
aristócratas y cómico para las clases bajas (Gies, 1980.p. 45). Es
importante en este sentido recordar las obras de Chaucer que nos recuerdan,
desde un punto de vista lleno de humor y picardía, cómo eran las
relaciones eróticas en las clases bajas. Ver, por ejemplo, La
confesión de una viuda y El estudiante, la patrona y el
sacristán ambas de G. Chaucer
(1993).[]
42
Pasión no significa
necesariamente padecer o ser afectado por
algo.[]
43
Siguiendo de cerca el pensamiento de
Schopenhauer en torno de la fidelidad erótica, Nietzsche plantea
que:
La
fidelidad está incluida en el amor de la mujer, forma parte de su misma
definición, es una consecuencia necesaria de ese amor. En el hombre, el
amor puede ir acompañado a veces de la fidelidad, ya por gratitud, ya por
idiosincrasia del gusto, por lo que se llama afinidad electiva; pero no forma
parte de la naturaleza de su amor, y tanto no forma parte de ella, que casi se
puede afirmar que existe una antinomia natural entre el amor y la fidelidad en
el hombre, pues su amor es deseo de posesión y de ningún modo
renunciación y abandono, y el deseo de posesión parece como que
se extingue cada vez en la posesión. (Nietzsche, 1984. Para. 363)
[]
44
La
trascendencia aquí en realidad no se da en el sentido platónico, y
no radica en la búsqueda de mundos uránicos sino en la
realización plena del absoluto instintivo mediante la
ensoñación provocada por el genio de la especie. Para
Platón podía satisfacerse el deseo de inmortalidad a través
de la reproducción, pero no exclusivamente, pues hay vías
más privilegiadas como la búsqueda de la sabiduría y la
iluminación mística. Schopenhauer en cambio establece una
interpretación diferente, dejando de lado el ámbito espiritual, y
da prioridad a lo irracional identificándolo con el cuerpo, el instinto
de la especie y la voluntad de vivir. Así, ubica la trascendencia en la
inmanencia biológica que conmina a la reproducción de la especie:
lo trascendido en este caso es el individuo para lograr el señorío
incuestionable de la voluntad de vivir. Lo trascendente no es ya lo que
está más allá de este mundo, no es el topos uranos,
sino la voluntad de vivir, fuerza ciega que guía el acontecer del mundo y
de la vida humana.[]
45
Tal división consiste en
entender la realidad en términos de sujeto-objeto, cultura-naturaleza,
bien-mal, espíritu-cuerpo, inmortal-mortal, que lleva a plantear
diferencias esenciales en sentido metafísico entre hombres y mujeres.
Estas diferencias genérico-metafísicas han dado como resultado la
consolidación de la doble moral con base en el
género.[]
46
No
olvidemos que para Platón es de tremenda importancia la
preservación del nombre, pero no de cualquier nombre, sino del nombre del
padre.[]
47
Tales otras
cosas que hacer vivir distintamente la pasión y la no comprensión
amorosa tiene que ver precisamente con la finitud humana, y no solamente se
trata de un problema de género, sino de humaneidad, pero aunado a
este ámbito de la finitud humana se despliegan las diferencias
genéricas que profundizan la ya de por sí amenazada
relación humana.[]
48
Esto nos recuerda a las ideas
nietzscheanas que antecedieron el pensamiento de Sartre. Según
Nietzsche,
...al
que ama todo lo demás del mundo le parece indiferente, pálido, sin
valor, y [está dispuesto] a hacer todos los sacrificios, a alterar toda
clase de orden, y a relegar a segundo término todos los intereses,
sorprenderá que esta salvaje codicia, esta injusticia del amor sexual,
haya sido glorificada y divinizada en todas las épocas... (Nietzsche,
1984. Para. 14)
El mundo en sí pierde valor y
sentido para el/la amante puesto que su acceso a éste no es ya directo
sino que se encuentra mediado por la presencia del amado/a. Si el amado/a no
está próximo al amante, toda relación directa con el mundo
carece de significado porque su ser en el mundo se da a través del
amado/a.[]
49
Como afirma Lucy Mair,
En
las sociedades en las que hay actividad comercial, la herencia sigue siendo un
medio privilegiado para iniciarse con éxito en la vida. El rango de los
hombres está dado siempre de manera informal por la riqueza y, cuando
existe un sistema formal, la situación de las personas se establece por
descendencia legítima. (Mair, 1974. p.
15)[]
50
El lugar
propio de las mujeres en la época de la Grecia antigua era el
oikos y era propio de las mujeres el saber administrarlo bien.
Según Claude Mosse (1991), la permanencia tradicional de las mujeres en
el oikos se remonta al predominio de las sociedades campesinas o rurales
de la época homérica. Sin embargo, la consolidación de las
ciudades-estado, aunque modificó importantes aspectos concernientes al
lugar y la función de las mujeres griegas, no erradicó las
prácticas que supeditaban a las mujeres a su actividad dentro del
oikos.[]
51
En el mundo
griego había tres ámbitos del gobierno y la administración:
la administración o gobierno de la casa, el gobierno que se
ejercía sobre los esclavos y el gobierno que se ejercía sobre los
hijos. La parte del gobierno que le era asignada a las mujeres era el
relacionado con el ámbito domestico y la administración del
oikos. (Vid. Política, libro
primero)[]
52
53
Oikos
no es solamente la "casa", sino el conjunto de todas las propiedades del esposo,
los campos, los esclavos,
etc.[]
54
En este sentido Foucault afirma que en
la antigua Grecia "...no tener relaciones sexuales más que con la
esposa legítima de ninguna manera forma parte de sus obligaciones."
(Foucault, 1988. p. 135). Los hombres podían tener concubinas
(pallaké), sin que esto fuera entendido como adulterio, y procrear
con ellas hijos no legítimos. Así, la monogamia era obligatoria
para las mujeres y no para los hombres. Sobre esto vid. Mosse, 1991. En
Grecia, sin embargo, se llegó a plantear también el tema de la
fidelidad del esposo para con la esposa, pero por razones diferentes a las que
hoy podamos proponer para fundamentar la idea de la fidelidad masculina.
Ésta era valorada, por algunos sectores de la sociedad griega, no como
muestra del compromiso emocional con la esposa, sino como expresión de la
templanza y del dominio de sí, virtud indispensable para ejercer el
gobierno sobre la mujer y la casa, sobre los hijos y en la asamblea de la
ciudad.[]
55
Según Mosse (1991), el esposo
que llegaba a sorprender a su mujer en adulterio flagrante, tenía el
derecho de matar inmediatamente al amante de ésta.
[]
56
Sobre el
tema de la fornicación, vid. en el capítulo segundo de
este mismo trabajo “El amor erótico cristiano” y en
particular la nota 8 del mismo.
[]
57
Desde esta
perspectiva, la unión genital basada en el esquema
penetración-eyaculación (vid. Bruckner y Finkielkraut,
1979) es el símbolo por excelencia de la divinidad creadora, misteriosa e
inefable. ¿Pero de donde proviene la idea de que tal esquema de
sexualidad realmente representa la creatividad divina? ¿Que no procrear y
crear son dos acciones diferentes? La divinidad es creadora, no procreadora.
Pero solamente la humanidad, que es un ínfimo destello de la fuerza
divina, puede creer que procrear es lo mismo que crear, y que el paradigma de la
sexualidad masculina es el paradigma a priori para toda sexualidad
posible (Vid. Whitehead y Whitehead, 1989).
[]
58
Si el mutuo amor es el "fin
excelente", entonces es algo a lo cual los esposos tienen que llegar, pero no es
entonces el amor el origen fundamental del matrimonio, aunque esto desde la
perspectiva tomista medieval, pues en aquel tiempo no estaba totalmente
difundida la libre elección de cónyuge que tomara por base el amor
a un individuo particular.[]
59
El concepto
de filia aparece en la Ética Nicomaquea (Libros VIII y IX)
y se refiere a la "amistad perfecta". Para Aristóteles es inherente a la
amistad perfecta el deseo de bienestar del otro, la reciprocidad, el altruismo y
el desinterés pragmático hacia el otro. Este tipo de amor implica
la igualdad entre los sujetos involucrados. Sobre esto, vid. Singer,
1992. p. 233.)[]
60
Ágape es la forma de amor
que abarca a todas las demás (eros, filia y nomos). Según
Singer,
A
su manera, ágape es el reverso de nomos. Mediante nomos el hombre ama a
Dios con un compromiso total de su ser. Mediante ágape Dios ama al hombre
(y a todo lo demás) en un otorgamiento gratuito de bondad ilimitada.
[...] Ágape es Dios que se da a sí mismo, desciende como la dulce
lluvia del cielo, en actos de amor a los que el hombre corresponde renunciando
a su propia voluntad [que implica nomos]. Como vínculo que
establece un compañerismo entre lo divino y lo humano, el ágape
crea la filia. Como hecho fundamental acerca del universo, el ágape hace
posible el eros. [...] Ágape es Dios bañándolo todo con un
amor espontáneo, desatado. Amor que puede poseer al hombre, pero que no
puede ser poseído por él. Ágape sustenta en diferentes
grados el ser de todo. Sin él nada podría haber existido.
(Vid. Singer, 1992. p. 308)[]
61
Según Singer,
...el
compañerismo entre alma y Dios sólo podía ser descrito como
marital. El esposo es Cristo, ya sea en su humanidad, ya sea como la Segunda
Persona de la Trinidad. La esposa es a veces la Iglesia, a veces el alma
individual. (Vid. Singer, 1992. p.
238)[]
62
Vid.
en este sentido Octavio Paz en La llama doble. Amor y erotismo hace
una interpretación del fenómeno amoroso medieval y su
relación con el matrimonio, y muestra cómo el amor extra
matrimonial llegó a ser elevado al rango de sacramento, pues el amor
verdadero une con Dios aunque los que amen estén cometiendo adulterio.
[]
63
En lo relativo a lo "sexual"
habría incluso que plantear una sexualidad diferente no centrada
exclusivamente, como dicen Bruckner y Finkielkraut, en lo genital. La
sexualidad genital cuyo esquema es
penetración-orgasmo-eyaculación, está basada en el modelo
fisiológico masculino, y se ha erigido en la norma de la sexualidad
"madura", genital y procreativa, misma que ha sido precisamente el paradigma de
la sexualidad matrimonial
patriarcal.[]
64
La
continuación de esta cita dice: "Pero ante el Señor, el
varón no es sin la mujer y la mujer sin el varón", lo cual
desde mi punto de vista es la fundamentación teológica de la
equivalencia entre hombre y mujer, que al tener a la divinidad como punto de
partida expresa realmente el sentido simétrico, al menos ante Dios, de
las diferencias
genéricas.[]
65
“Esencialmente, el amor es una
emoción profundamente enraizada en lo
social.”[]
66
“Su significatividad
sólo puede ser conferida por la presencia de un hombre a su lado, un
hombre del cual depende absolutamente. A cambio de la renuncia,
colaboración, adaptación e identificación que ella lleva a
cabo, es acariciada, deseada, manejada, influenciada y ocasionalmente, deseada
en vano.”[]
67
Sobre las
siete etapas del amor vid. Stendhal
(1994).[]
68
Sin embargo, existen autoras como
María Gabriela Hita (1997) que plantean que el espacio de la vida monacal
puede ser para las mujeres una posibilidad de emancipación, a pesar de
las contradicciones y las restricciones patriarcales propias del clero
católico. Según su estudio, muchas monjas toman desde muy
jóvenes la decisión de dedicarse a la vida religiosa pues ven en
ella la posibilidad de cumplir un destino diferente al conyugal. Es para muchas
mujeres una forma de ausentarse del mundo cotidiano y sus implicaciones como el
matrimonio y la maternidad para crear un espacio de actividad personal de
reflexión y oración en comunidad con otras mujeres, amén de
continuar realizando las labores propias del trabajo doméstico que
tradicionalmente se asignan a las mujeres. Según Montecino (1988) la
monja opta por Dios y se vincula con su presencia dominadora porque puede ser
más fácil amoldarse a sus expectativas por no tratarse de un
hombre concreto.[]
69
70
Por falocentrismo entendemos
que el falo es el símbolo al rededor del cual se entreteje la red de
prácticas y valores comúnmente aceptados. Es el símbolo del
poder masculino, mismo que se ha erigido, históricamente, en sentido de
la realidad. Por falocracia entendemos la dominación real de la
símbolo masculino, de los valores y las actitudes que favorecen el
predominio del poder
masculino.[]
71
Sobre el tema de la presencia y la
representación como modalidades de apertura al ser en la cultura
occidental, particularmente en la Modernidad, vid. Heidegger, M. (1969)
y Heidegger, M. (1927).[]
72
Sobre las
implicaciones de lo que se ve y de lo que no se ve en términos de
identidad genérica, baste mencionar que para Aristóteles, por
ejemplo, la participación de la mujer en la concepción era nula,
pues si bien produce cierta secreción en su órgano genital, tal
secreción no es seminal por lo que no aporta nada al nuevo ser humano
concebido. Es el hombre quien aporta el ser, la “forma”, -la
semilla- y la mujer es entonces un simple receptáculo de la semilla del
varón a la que habrá de nutrir aportándole tan sólo
su “materia”. En el siglo II d. C. Galeno descubrió que las
mujeres tenían “testículos internos” localizados a los
lados del útero, y que si bien eran más pequeños que los de
los hombres, producían también “semillas” (Gies, 1978.
p.49-52). Es fácil darse cuenta de la existencia de las
“semillas” masculinas: son ponderables, palpables, presentes, pero
no ocurre lo mismo con las “semillas” femeninas: son impalpables,
permanecen ocultas en el interior del cuerpo y finalmente son desechadas si no
ha habido fecundación. ¿Pero, es que el menstruo carece de la
evidencia que tiene el órgano sexual masculino? Creo que no, sin embargo
su evidencia ha sido interpretada de diversos modos que no implican, por su mera
aparición, la adjudicación a las mujeres de la categoría de
ser. Lo que pasa, diría Aristóteles, es que la
menstruación carece de esencia, de eidos, y aunque sea visible no
aporta nada a la reproducción sino pura
materia..[]
73
En este caso lo privado se refiere
a dos aspectos: lo privado, lo carente y por otro lado, lo íntimo. Las
mujeres históricamente han sido quienes han ocupado este ámbito,
pues han permanecido privadas de la voz para ejercerla en lo social, en lo
externo, y se les ha relegado al espacio doméstico, al espacio de la
intimidad que está fuera de la vista de los que toman las decisiones y
hacen uso del logos.[]
74
La voz popular en nuestro
país, que manifiesta siempre espontáneamente los fantasmas
inconscientes de nuestra cultura que delimitan y configuran la realidad
cotidiana, tiene algunas expresiones verdaderamente grotescas y macabras, que
una, al ser mujer, no puede sino sentir escalofríos al percatarse de lo
que es ser mujer en el imaginario popular y en el inconsciente colectivo. Dice
una de éstas expresiones que da igual de qué mujer se trate, pues
en fin, “Siendo hoyo, aunque sea de pollo”, y con ella se nos
precipita a todas a la carencia total de individualidad y
dignidad.[]
75
“Bajo la regla de la
ideología burguesa y de la forma de vida capitalista. La complejidad del
amor crea a su vez una serie de problemas complejos e
irresolubles”[]
*
Lo que
aquí asumiremos como comprensión metafísica del mundo se
halla íntimamente relacionado con el platonismo, el cristianismo y el
pensamiento moderno a partir de la filosofía cartesiana. Todas estas
corrientes religiosas o teóricas proponen una radical división de
la realidad, distinguiendo claramente entre cuerpo y alma; cultura y naturaleza;
sujeto y objeto; hombre y mujer. Estas divisiones han dado lugar a una
particular forma de ejercicio de poder así como a valoraciones y
códigos morales en consonancia con la comprensión de una realidad
esencialmente dividida. []
76
Samuel Ramos (1950, p. 248) afirma
que "...es esta imaginación que desborda lo real para producir algo nuevo
la que merece el nombre de fantasía." Según este autor,
Aristóteles, desde su época, había descubierto la
existencia de una "facultad" poética distinta de la teórica y la
práctica, cuya finalidad es la producción de la obra
artística. Tal facultad es la imaginación o fantasía, que
es la capacidad imaginativa con poder de invención.
En este sentido, también
Freud reconoció la posibilidad de libertad inherente a la actividad
imaginativa. Según Marcuse
"...
Freud separa la fantasía como la única actividad mental que
conserva un alto grado de libertad con respecto al principio de la realidad,
inclusive en la esfera del consciente desarrollado.[...] La fantasía
juega una función decisiva en la estructura mental total: liga los
más profundos yacimientos del inconsciente con los más latos
productos del consciente (el arte), los sueños con la realidad;" (1986,
p. 152)[]
77
Sobre la
belleza y su relación con el poder en el género femenino,
vid. Zavala, C.,
1995.[]
78
Sobre la
irrupción de la figura de la mujer sola y su importancia como propuesta
ética, vid. Hierro, 1995.