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UNA INTRODUCCIÓN.



Uno de los valores fundamentales de la vida universitaria es precisamente el pluralismo. Es decir, la coexistencia en tolerancia de múltiples puntos de vista. Por eso es fundamental comprender, al inicio de esta reflexión, que entendemos por el concepto “tolerancia”.

El tema de la tolerancia hoy por hoy esta unido al tema de la democracia y forma parte de los valores que la sociedad en su conjunto quisiera aplicar en la praxis social. En efecto, uno de los postulados con mas peso en el debate por la sociedad del futuro coloca a la tolerancia como uno de sus ejes constitutivos (si no es que el eje ordenador): “la sociedad moderna o es tolerante o no será”. De acuerdo, pero, ¿Qué entienden por tolerancia las “sociedades modernas”[1]? ¿Cómo afecta esto a la praxis universitaria?

Al hablar de tolerancia nos referimos a una palabra que ha sido por muchos y en muchos aspectos sacralizada. Se ha convertido en el máximo bien alcanzable fuera del cual no hay otros bienes. La tolerancia garantiza la libertad y la igualdad de todos. Dígase lo que se diga tiene igual valor por el hecho de que quien lo afirma debe de ser respetado. Es entonces cuando hay que tener presente que, si reconocemos como iguales (para el tolerante moderno la igualdad es el fundamento de la tolerancia) en valor dos proposiciones contrarias sucede lo siguiente: O las dos están equivocadas o las dos son verdaderas, ya que para el hombre moderno la imposición de un postulado sobre otro (el reconocimiento de una verdad sobre una opinión) es inconcebible. Se prefiere optar por la doble verdad (el hombre moderno nunca esta equivocado) diciendo que cada uno es participe en algún grado de la verdad, sin atreverse siquiera a afirmar cual de los dos lo es en mayor grado. Al final de cuentas la verdad se nulifica por inalcanzable: la tolerancia moderna es, en última instancia, negación de la verdad.

Bajo el pretexto de la tolerancia se permite literalmente todo. Todo tiene cabida en la tolerancia moderna excepto, curiosamente, quien se oponga a esta dictadura de la tolerancia. Muchas veces a estas mismas personas se les impide alzar la voz en contra de lo que ellos consideran como contrario a la verdad o al valor[1] e incluso se les discrimina. Es aquí donde empieza la contradicción: pues quienes pretenden reafirmar su individualidad, en cuanto solidez de sus ideas o criterios de vida, son tachados peyorativamente de intolerantes, fundamentalistas, o de querer monopolizar la verdad. La tolerancia entonces ha olvidado sus fines y se convierte en un freno a la libertad de conciencia e instrumento alienante. ¿Cómo se llega a esta contradicción? La respuesta se halla en los fines de la tolerancia y como lo entienden las sociedades modernas.

El fin próximo de la tolerancia es el respeto a la individualidad del otro: la Real Academia de la Lengua define a la tolerancia como el "respeto a las ideas, creencias o prácticas de los demás cuando son diferentes o contrarias a las propias". Los tolerantes modernos absolutizan el concepto de respeto en tal grado que niegan la objeción de conciencia del otro. No se puede discernir en un debate, quien lo hace es el intolerante. Ahora bien, ¿cual es la característica que amerita tal calificativo? Para el tolerante moderno es la defensa de proposiciones que se afirman como verdaderas, quien comete esto se le acusa de “monopolizar la verdad”: ¿Quién es el fanático? Quien afirma conocer la verdad. Muchas veces, el tolerante moderno es el verdadero intolerante.

¿Qué implica el verdadero respeto? Respeto significa saber escuchar, pero la escucha no niega la conciencia. El verdadero respeto reconoce la conciencia del otro. Con otras palabras, respetar las opiniones de los demás no implica aceptarlas; respetar la individualidad del otro no significa callar absolutamente, como si la propia conciencia pudiese ser callada.

Entonces, ¿Qué es o no tolerante? ¿Cómo podemos saber si estamos en posesión de la tolerancia? Si negamos la verdad no tenemos ningún criterio para discernir sobre lo que es verdaderamente tolerante o no. La única respuesta valida tiene que recurrir al concepto de verdad pues aceptar la tolerancia por si misma es un sinsentido: la verdad se sometería al capricho de la mayoría que definiría lo que es tolerante o no. Bajo este esquema la mayoría, con toda razón, bien podría permitir la esclavitud de personas, los genocidios, las discriminaciones o los asesinatos. Hay desde luego verdades independientemente de la opinión de las mayorías.

La definición y el ejercicio de la verdadera de tolerancia, como vemos, no implica negación de la verdad: la tolerancia es un acto pasivo que conlleva el respeto a las opiniones de los demás. Como acto pasivo expresa la disposición que tenemos a escuchar, lo cual no impide la expresión de nuestra opinión, ni mucho menos la convicción de proclamar lo que uno considera como verdadero[1]. La verdad existe y puede ser tolerante pues no se impone sino se propone para ser reconocida. Por ello el concepto moderno de tolerancia entra en crisis interna cuando afirma que en el dialogo tolerante solo son posibles las opiniones[1].

En el campo de la universidad las opiniones pasan a segundo plano pues la praxis universitaria, la verdadera praxis interna (la vida académica), no es tolerante a la manera moderna: la misma ciencia no es tolerante según esta forma. La universidad es tolerante en cuanto es un lugar apto para la escucha (el acto pasivo al que nos referimos antes) de opiniones referidas al saber, pero en ningún caso es tolerante en el momento de relativizar la verdad.

La universidad faltaría a su cometido si relativiza la verdad a la manera en que las sociedades modernas pretenden. Desde el momento en que postule dos opiniones contrarias como igualmente validas para quien las proclama (es decir, esto es valido –en todo el sentido de la palabra- para ti, pero no es valido para mi y eso esta bien) su magisterio pierde legitimidad y deja de ser académico para derivar en engaños. De ahí que la universidad solo puede hablar validamente de un tema cuando esta segura de poseer la verdad, en caso contrario debe de ser sincera y afirmar que habla sobre hipótesis[1].

Ahora bien, la verdad es un bien, es el bien intelectual. Y la verdad excluye el error, que es el mal intelectual. En este sentido la universidad no debe proclamar el error, debe de servir a la verdad; luego entonces reconoce la existencia de la verdad y de lo bueno: la universidad debe de ser baluarte y promotora de los conceptos del bien y de la verdad, pues reconoce en ellos su razón de ser. Es mas, esta razón de ser debe de impulsar a todos en la universidad a reconocer que la verdad y el bien son alcanzables, contradiciendo así a quienes dicen que la verdad y el bien son imposibles para la mente. Llegados a este punto comprendemos porque falta al legítimo espíritu universitario quien afirma que la universidad debe de promover el moderno concepto de tolerancia, pues la verdad no se tolera, la verdad se reconoce como tal.

¿Cuál es entonces la tolerancia que es la legitima base del pluralismo universitario? Es claro y lo hemos visto, la única tolerancia legítima para la vida universitaria es la que reconoce la existencia de la verdad y la posibilidad que tiene esta de ser alcanzada y poseída con certeza. La verdadera universidad es hogar de la verdad, se constituye sobre ella. Si bien este no es el lugar para ampliar el debate gnoseológico tan de moda sobre como el hombre conoce la realidad (y por ende la verdad) basta señalar que la ciencia como tal reconoce que la verdad puede ser alcanzada. En caso contrario no tendría razón de ser.

Sobre la base de una sana tolerancia volvamos ahora al tema del pluralismo universitario. El pluralismo como conquista es un valor que debe de ser defendido, sobre todo en y para la universidad publica. La universidad dará cabida a todas las opiniones sin discriminación; debe de ser reflejo de la coexistencia pacifica que impera en una sociedad de múltiples opiniones, incluso encontradas. La universidad es modelo de civilidad al desarrollar con cordura diálogos destinados al encuentro de opiniones muchas veces irreconciliables. En este sentido, el pluralismo universitario es una herramienta al servicio de la civilidad pública.

Como tal, la universidad no debe de tomar partido ante alguna opción de pensamiento (salvo cuando se tiene conciencia de estar en la verdadera o cuando se alcanza un acuerdo sobre lo correcto entre sus miembros), antes bien debe de dar cabida a todas las voces permitiendo su expresión libre. En este marco, el pluralismo debe de auspiciar un sano desarrollo de las libertades, siendo la libertad de conciencia su eje ordenador.

El legítimo pluralismo es el que respeta la libertad de conciencia de cada uno. En la vida académica la libertad de cátedra es una forma derivada de este concepto. En efecto, la libertad de cátedra es una de las más grandes conquistas universitarias pues permite diferentes maneras de acercarse a los contenidos académicos, siendo la verdad, de nuevo, su eje ordenador. El tema de la libertad de cátedra amerita ser tratado con mas amplitud, por ahora es suficiente tener presente que esta libertad solo es legitima cuando se ejerce con honestidad al servicio de la ciencia que se desarrolla en los espacios de cátedra[1].

Finalmente el pluralismo también dará cabida a las opiniones y expresiones de fe[1]. La universidad respetara estas opciones de pensamiento y no juzgará sobre la libertad que da derecho a profesarla. Es mas, la universidad promueve la libertad religiosa en el momento en que se reconoce como espacio plural.

Para concluir diremos que el pluralismo universitario no es un fin en si mismo. La universidad debe de ser plural, lo cual no significa que se deba de enfrascar en campañas “pluralizadoras”. El fin de la universidad es hacer accesible y promover la verdad para todos, no difundir el pluralismo. La universidad debe de ser pasiva al respecto y permitir que las personas se acerquen libremente a los modos de ver la verdad (la única verdad) que se hayan presentes en ella.





NOTAS:



1. Es oportuno aclarar que el modelo de sociedad aplicado (o en vías de aplicación) en muchos países de Europa occidental (Holanda, Bélgica, Francia, Reino Unido, Alemana y España entre otras naciones) es el más representativo de lo que aquí se llama “sociedades modernas” (y sus individuos, los “hombres modernos”). La relativización de la conciencia de las masas provocada a raíz de la relativización del conocimiento como tal (del valor, del bien, del mismo ser humano e incluso de su capacidad cognoscitiva) es, a mi juicio, la principal característica de estas sociedades, pues desencadena una serie de elementos ligados a la negación del bien y del conocimiento de la verdad. En este marco se desarrollan actitudes sociales particulares como la promoción de una libertad sin limites, el consumismo desenfrenado, la negación del valor de la vida humana (aborto, suicidio asistido), exaltación de las ciencias empíricas como único elemento valido para conocer y la utilización de la ciencia sin regla moral formal, la negación de la verdad como concepto alcanzable, el ecologismo y feminismo exacerbado y otras muchas que, dado el carácter breve de esta reflexión, no serán examinadas aquí con mayor amplitud.

2. Un ejemplo lo tenemos en la discusión por la creación de la figura jurídica del “matrimonio homosexual” (en cuanto igualación de derechos). Quienes refieren argumentos del orden natural contrarios al establecimiento aquí de un verdadero matrimonio (formado por varón y mujer y con fines propios) son tachados de intolerantes (a pesar de la sobreabundancia de razonamientos que niegan la realidad matrimonial fuera del círculo natural orientado a la procreación). Cosa contraria es la protección jurídica de las personas en unión homosexual, en donde racionalmente si se puede permitir una declaración de derechos y obligaciones tuteladas por la ley para su convivencia, lo que no implica establecer una total paridad de derechos con los del matrimonio tradicional (como la adopción de hijos, entre otros) ni su reconocimiento formal y social como matrimonio que es, por definición, heterosexual. Dado el carácter de este escrito no hablaremos más al respecto.

3. También aquí hay que entender algo muy importante: saberse poseedor de la verdad (de una verdad no relativa sino absoluta) en ningún momento implica la negación del dialogo, mucho menos el querer imponerse. La verdad se alcanza por evidencia no por imposición. El hacer evidente un postulado verdadero es lo que debe guiar las discusiones tolerantes. Quien se sabe en la verdad debe buscar comunicarla.

4. Por opinión entendemos la aceptación de una proposición con temor a que la verdad sea una contraria. La posesión de la verdad implica la aceptación sin temor de una proposición. Cabe aclarar que la verdad sí se impone cuando se muestra claramente evidente; cuando esto no sucede tiene que haber un esfuerzo intelectual destinado a esclarecer lo no evidente. Ahora bien, cuando digo que la verdad “no se impone sino se propone” me refiero a que el concepto “verdad” no ejerce violencia sobre el concepto “tolerancia”. Comprender esto es fundamental.

5. Dado el peso moral de la universidad en la sociedad muchas veces su opinión es tomada como definitiva en las cuestiones intelectuales. Las declaraciones de los académicos ejercen una poderosa influencia en la sociedad, por ello deben de ser mesuradas y guiadas siempre por criterios de verdad y valor moral todo esto en el marco de un desarrollo humano integral de la sociedad.

6. En ocasiones, las aulas de clase son destinadas para el adoctrinamiento político o ideológico olvidando entonces el objeto a la que han sido consignadas.

7. Considero importante señalar esta pues frecuentemente lo religioso es ridiculizado en el mundo académico. Si bien seria oportuno una apología más extensa del papel de la religión en la universidad dentro del marco pluralista, nos detendremos señalando su papel como opción de pensamiento y el derecho que tiene todo ser humano a expresar sus convicciones en materia de religión y de conciencia.



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