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a) La Libertad


Queda muy claro que ejercer coerción sobre un hombre es privarle de libertad ¿pero libertad de qué? O de ¿qué libertad estamos hablando? ¿de la libertad ejercida como un derecho humano o para alcanzar la felicidad? Estas son unas de las primeras preguntas que saltan cuando hablamos de interacción hombre-máquina o mejor dicho humano-cerebro electrónico. Tratemos de hallar respuesta a estas y más preguntas que surgen de ésta cada vez más presente interacción.

Empecemos con la que consideramos es la idea fundamental. Hoy día el hombre goza del derecho de ejercer su libertad individual y de elegir su propio destino, -de eso, creo, no nos queda la menor duda-. Precisamente, debido a que el concepto de libertad es mencionado con frecuencia, pero raras veces examinado, dentro de este apartado trataremos de discutirlo, concentrándonos particularmente en el famoso argumento de John Stuart Mill, Sobre la libertad, surgida a partir de la distinción entre las acciones concernientes a uno mismo y las acciones que conciernen a los otros, es decir, entre acciones que no afectan a nadie excepto a uno mismo, y aquellas que afectan a otros.

Si observamos a nuestro alrededor, nos percatamos que algunas de esas libertades alcanzadas (garantías individuales o mejor conocidos, hoy día, como Derechos Humanos) incluyen la libertad de expresión, de opinión, de discurso, de información, de elección, de poseer, de reproducir, de leer, de ampararse o defenderse contra quienes pretendan molestarme o alterar mi privacidad, etc. Sin embargo, nos topamos casi siempre con diversos discursos (sobre todo y el más preocupante: el “estadounidoamericano” o mejor conocido como “gringo”[2] –difundido principalmente a través de los mass media -), con mensajes distorsionados e irresponsables referente a la “libertad” presentando a ésta como si se tratara de un bien absoluto o el único valor y más valioso en el planeta.

Existen muchos bienes en este mundo, y aunque la libertad, bien entendida, es indudablemente uno de ellos y quizá el más valioso, simplemente es uno más. Mi libertad puede chocar con el bienestar de otros, con el bien de la sociedad como un todo e incluso con mis propios bienes. Pero veamos lo que el inglés J. S. Mill dijo concerniente a este concepto.

Mill, inicia por establecer que tanto la naturaleza como el poder que la sociedad puede legítimamente ejercer sobre los individuos, son los límites más claros que podemos señalar para iniciar un examen del tema.[3]

Mill señala que primeramente deben establecerse principios adecuados para decidir sobre las restricciones que deberían imponerse a la libertad individual, ya que sin duda, algunas de estas restricciones son claramente necesarias si queremos vivir felizmente en una sociedad, simplemente porque es frecuente que se produzca una colisión entre los intereses de los diversos individuos, así como entre los intereses del Estado -como un todo- y los intereses de particulares.

El único fin por el cual la humanidad está legitimada individual o colectivamente para interferir en la libertad de acción de cualquiera de sus individuos, es la autoprotección. El único propósito por el cual se puede ejercer poder legítimamente sobre cualquier miembro de una comunidad civilizada, en contra de su voluntad, es evitar el daño que podría causar ésta al resto de los individuos.”[4]

De tal suerte, advertimos que sí existe una justificación para limitar la libertad de alguien para hacer algo si ese algo implica un daño a un tercero, pero aún así no hay justificación –considera Mill- “para impedir a la gente hacer cosas que sólo les dañarían a ellos mismos. [...] [Sin embargo –el autor observa que-], la mayoría de las acciones sí afectan a más de una persona, por lo que no es tan fácil identificar aquellas acciones que sólo dañan a uno mismo.”[5]



[2] ...y que a partir de este momento me referiré a él de esa manera: “gringo”[]
3 Mill, John Stuart. Sobre la libertad (1859), México, 1995, p. 55[]
4 Ibíd., p. 63[]
5 Ibídem

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