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EMILIO PORTES GIL

Gerardo Arturo Vázquez Rodríguez
Diciembre 26, de 2005





































A la memoria de mi abuelo: Antonio Vázquez Quinto







































Introducción


Antes de empezar a describir esta historia, es necesario aclarar quien fue Emilio Portes Gil. Este es el nombre de uno de los tres presidentes que sucedieron en el poder después de la caída de José Elías Calles. Era una frase conocida entre el pueblo de México el hecho de que a pesar de que Calles ya no era presidente, aún gobernaba a través de los que lo sucedieron durante este periodo de incertidumbre. Emilio Portes Gil fue presidente del 1 de Diciembre de 1928 al 5 de Febrero de 1930 y tomó posesión de la presidencia después del asesinato de Álvaro Obregón.

Hasta mediados de los años 80, era común en México asignar a las nuevas obras construidas el nombre de los hombres mas distinguidos en la historia de México, pero como en el presente, nunca se sabe quien ha sido un hombre distinguido a lo largo de la historia de México. Para los conservadores y hombres de poder en aquel entonces y ahora, Emilio Portes Gil era y será considerado como un buen presidente que ayudó a tranquilizar los brotes de rebeldía que desde 1910 y durante mas de 10 años habían empobrecido al país. Para los que nunca han tenido, Emilio Portes Gil no fue mas que uno de los hombres que junto con el ex-presidente Calles se habían aprovechado de la situación del país para asumir el poder y la riqueza de una incipiente democracia.

Pero el nombre de este presidente, que más bien aparece como un episodio gris en la historia de México toma importancia en la narración que están a punto de leer por que es el nombre de uno de tantos pueblos en México, uno de tantos pueblos que nacieron en la época en la que el General Lázaro Cárdenas del Río fue presidente de México.
Así que, pidiendo una disculpa por atraer público interesado en la clásica historia de México, diré que en realidad es la historia de un pueblo enclavado en la provincia mexicana cerca de la sierra norte del estado de Puebla. Originalmente, el nombre de este pueblo debería ser Lázaro Cárdenas como fue el deseo del protagonista de esta historia, pero fue por mandato del mismo Gral. Cárdenas que el pueblo llevara el nombre de este personaje gris de la historia de México.
Lázaro Cárdenas es importante para la narración pues fue en su mandato cuando muchas de la grandes haciendas y terratenientes desaparecieron dando lugar al nacimiento de pequeños pueblos que trabajaban su propia tierra a través de la propiedad mancomunada del campesino y el gobierno llamada ejido.


A principios del siglo XX cuando la revolución y los primeros brotes de rebeldía habían empezado a notarse en México, muchas familias vivan bajo el asecho de los rebeldes, del ejercito y de los bandidos. Dentro de esta marco en el que una inmensa mayoría de la gente vivía al servicio de las haciendas y bajo una explotación parecida a los días del feudalismo en México hay historias simples, como la que empieza aquí, que encierra mucho de lo que fue, es y tal vez seguirá siendo por muchos años más nuestro México.


































Capítulo I y Único



En el pueblo de Tepetitlán Puebla vivían tres hermanos, dos de los cuales eran muy parecidos físicamente, esto era debido a una diferencia en edad muy pequeña, y un tercero más joven que estos.
De los dos más grandes, era uno de corazón malo, y despiadado, y como era común en aquel lugar también era el que no trabajaba, el vicioso, el borracho, se la pasaba en las cantinas, y eventualmente llegaba a matar al que cruzaba por su camino, su nombre era Enrique Vázquez. Su actitud llegó a crearle muchas enemistades, y por ello fue perseguido.
El otro hermano era el noble y, como buen hijo de familia con posibilidades había aprovechado lo que tenían para tener un buen campo, con cosechas abundantes. Camilo era su nombre, y era un hombre respetado dentro del pueblo. El tercero (Margarito), más chico era también un muchacho trabajador, y sólo le esperaba el futuro que todo buen campesino tiene. Sin hacer alarde de lo que estos tres hermanos podrían haber sido, fueron ellos los que determinaron el destino de muchos. Así que la historia empieza aquí.


Camilo se casó con una buena mujer llamada Trinidad Quinto, y había construido su casa y sembraba su tierra para darle de comer a su familia. De ese matrimonio nacieron varios hijos: la más grande fue Josefa, Juan, Francisco, María, Lucía, y al que se le nombra el xocoyote -el más pequeño- llamado Antonio. La vida de esta familia transcurría entre lo mucho que ofrece el no conocer, lo que ofrece el no tener, y lo mas valioso que es el alma limpia. Los días de esta familia transcurrían normales, y los hijos crecían de la misma manera.

Aún eran todos unos niños, pues el xocoyote tendría tres años y la más grande tendría tal vez once cuando una tarde como muchas después de una larga jornada de trabajo en el campo veíase la imagen típica de la provincia mexicana de una familia que por la tarde regresa a su casa para calentar las tortillas y comer un taco de salsa con frijoles, los niños jugando con los perros, y el padre arreando la mula, venían todos en el carretón por el camino. Entonces ocurrió que a lo lejos se veía el polvo de unos caballos que se aproximaban, se notaba con furia el polvo que se levantaba de los cascos de los caballos. La intriga no se hizo esperar, pero era común el ver pasar jinetes a galope, de forma tal que la familia no reparó en tomar en cuenta esto. Pero aquella horda de jinetes se detuvo frente a la familia, alguno de ellos se aproximó, y al momento de estar más cerca aquel hombre sacó un cuchillo de entre su cotón y diciendo:



Los otros sujetaban a Camilo, aquel hombre apuñalaba el cuerpo del indefenso inocente. La esposa les gritaba que él no era Enrique, pero ya de nada servía, pues Camilo yacía en el piso muerto.
Paso mucho tiempo antes de que supieran que el motivo del crimen había sido que estando Enrique en una cantina, bajo el influjo del alcohol riñó con un hombre y al no haber cordura en ninguno, Enrique disparó matando al oponente, más tarde era el hermano de éste quien tomaría venganza.

Nada más triste para un niño que ver morir a su padre delante de sus ojos, y nada más triste que lo que el destino les depara a gente que queda de esta manera desamparada. No tenían con que vivir y no había quién trabajara la tierra pues los hijos eran muy pequeños. Entonces Margarito, el menor de aquellos tres hermanos, tomó conciencia de aquella situación, se dio cuenta de la desesperación en la que la viuda estaba, y mucho más la de los hijos. Entonces Margarito decidió dedicar sea trabajar, y lo que obtuviese con su trabajo donárselo a su cuñada. Durante algunos años Margarito estuvo dándole sustento a la familia, y no sólo eso sino compañía y también protección.
Pero el destino de una familia de campesinos en las condiciones en la que México estaba no tiene un gran futuro, excepto el seguir trabajando para el hacendado, y sobrevivir, sin mas futuro que el de seguir existiendo al siguiente día. Así que en esos pocos años en los que los pequeños no podían sembrar la tierra, ni cosecharla, la amargura de la soledad, y los prejuicios en la gente que poco sabe, y poco conoce hicieron que la viuda se fuera refugiando en el alcohol. Nuestro famoso néctar de los dioses fue poco a poco sustituyendo los ratos de tedio y de dolor provocados por una situación como la que vivían.

Los hijos fueron creciendo, y de manera normal en la gente de provincia, a los 15 o 16 ya son gente con responsabilidad, ya son madres, y gente que trabaja en el campo, así que poco a poco cada uno de los hijos busco su destino, hasta que aquella familia se fue convirtiendo en solo dos personas, la viuda, y el hijo mas pequeño.

Aunado a la desgracia sufrida, estaban la profunda miseria que sufre la gente de provincia, y más a principios de siglo XX, cuando la explotación era brutal, cuando las luchas eran encarnizadas, con el único fin de un poder.

El hijo más pequeño había nacido el mero día de San Antonio (24 de Junio) en 1910, justo en el año cuando comenzaba la revolución, justo cuando mucha injusticia era cotidiana en el país, en esos días se aceleraba un proceso en el que México perdería mucho, hombres, y recursos. La poca edad que tenía le había obligado a ser coleador de ganado a partir de los ocho años, que en aquel entonces era una categoría menos que la de pastor de ganado. Se habían ido a vivir a la hacienda de Zacatepec para poder sobrevivir, pero en lugar de encontrar algo mejor, los había azotado la peor miseria que pudieron conocer.

Por su alcoholismo, la madre siempre estaba ebria, y era lógico que Antonio nunca tuviera atención, era un niño siempre sucio, al que los mismos pastores y demás coleadores despreciaban. Cuando llegaba del campo siempre encontraba a su madre durmiendo de borracha, mientras que los perros habían hecho de las suyas comiéndose lo poco que había de comida, y siempre dormía con el estomago vacío y con un hambre infinita. Al siguiente día su madre víctima de los remordimientos trataba de darle algo de almorzar, aunque no mucho, casi siempre eran tortillas apenas húmedas por un caldo en donde faltaban los frijoles. De lo mismo era su itacate, que con el hambre del medio día para muy poco le servía. Los pastores y demás coleadores siempre se reunían para compartir lo que llevaban para comer, mientras que Antonio siempre comía solo, pues además siempre era criticado por andar harapiento, sucio, y piojoso. A pesar de que en aquel tiempo gente del campo siempre viste humilde, los calzones de manta y la camisa de Antonio, no solo estaba siempre sucia, sino rota y maltrecha por el uso. Pero además de todo esto, la crueldad de los niños no tiene límites cuando no hay quien defienda los derechos de los débiles, por ser el más pequeño, siempre era vejado y golpeado por los demás, y era siempre la distracción de los otros.

A veces el hambre era tan dura que acudía a casa de sus familiares para buscar algo de comida y también algo de protección y de cariño. Algunas veces llegó a casa de aquel tío por quien había perdido a su padre, pero el tío Enrique al verlo llegar escondía la comida, y nunca había para él algo que le sobrara, generalmente al final de cada jornada de trabajo, llegaba a buscar la comida que los perros no habían encontrado, y eso era la cena.

Cuando Antonio tenía siete u ocho años, la crisis provocada por la revolución había hecho que los alimentos se escasearan, las hordas de revolucionarios o de bandidos que llegaban a pasar por ahí dejaban que los caballos comieran el maíz del campo, y difícilmente quedaba algo para el patrón y mucho menos para los esclavos. Entonces el hambre les hacía buscar lo que fuera para comer, y en particular se comían todo el tipo de cactáceas que crecían en aquel lugar, un lugar rodeado por un par de montañas de arena a las que la mayoría de la gente les llamaba las DERRUMBADAS, y por un extenso llano llamado el SALADO. Comían biznagas (pequeñas bolitas con espinas), y los centros del maguey, que llegan a crecer muchísimo como troncos.

En una ocasión Antonio y su madre caminaban cerca de un cerro (EL PUNTIAGUDO) ella vio que un cuervo en lo alto del cerro se introducía en su guarida, entonces le dijo a su hijo que lo siguieran hasta la cueva, mientras ascendían hasta el punto, ella le contaba que a veces los cuervos acumulan maíz en sus cuevas para cuando este escasea. Al llegar al lugar, el cuervo que aún estaba en su hogar salió espantado dejando en su nido una buena cantidad de mazorca. Había en aquella cueva al menos unas 25 o 30 mazorcas que para ese tiempo constituían una verdadera fortuna.

A veces los pastores y sus coleadores tenían que quedarse a dormir en el campo para cuidar el ganado, en aquellas noches en que sólo el cielo los cobijaba. Antonio sólo tenía un pedazo de sarape con que arroparse, pero los fríos en aquella región son casi siempre inclementes, entonces cada noche que había que pasar en el campo Antonio escarbaba un hoyo en la tierra a manera de cama, y con su cobija se cubría, la tierra era caliente, y era el calor de ésta la que mantenía a Antonio caliente por las noches. Los cielos de éstas noches estuvieron llenas de largos silencios, irrumpidos por los sonidos de la naturaleza, algunas veces susurros que arrullan y a veces crueles pesadillas, con esa oscuridad mística, con la luz de las estrellas.
En esas noches venían a la mente de Antonio todas las fantasías y leyendas a cerca de fantasmas y nahuales, y cada uno de estos mitos eran rápidamente destruidos por la naturaleza misma, tantas veces por caminos y por lugares donde supuestamente aparecían los seres de otro mundo, y nunca nada extraño llegó a espantar a un niño como Antonio, excepto la naturaleza misma.

Una noche de tantas en que se quedaba dormido por el cansancio, de pronto un escándalo increíble lo despertó, nunca la oscuridad completa se deja de ver, por que nuestros ojos en la mayor oscuridad pueden ver y encontrar el camino. Ladraban los perros desesperadamente, y se oía la riña entre algunos de ellos, no salió de su hoyo, sino que se asomó entre su cobijo. Entonces pudo ver como los perros del rebaño luchaban contra un perro extraño, pudo ver entonces como uno de los pastores se levantó de su petate, y con un palo fue a defender a los perros, pero aquel perro extraño babeaba copiosamente, y al ver a aquel pastor acercarse, con la misma furia que atacaba a los perros atacó al pastor. Antonio permaneció escondido, mientras que el ganado se dispersaba en el cerro, lucharon por un tiempo, y finalmente el perro salió corriendo. El pastor se quedó tirado, y entonces fue cuando Antonio acudió a verlo, se acercó despacio, y pudo notar que estaba muy lastimado, y aquel pastor le dijo:

Tenía rabia, y me puede dar a mi, voy a buscar al doctor de la hacienda para que me cure. Tu busca el árbol más alto que encuentres, y amárrate, por que puede venir a buscarte, ¡mañana con la luz del día buscarás el ganado!.


Vio partir al pastor tan lastimado por las mordidas, y un inmenso terror se quedó en el corazón de Antonio, así que obedeció el consejo y buscó un árbol, el más alto y se amarró tal y como dijo, y aquella noche fue la más terrible que un niño puede vivir, la más larga. Amaneció, he hizo lo indicado, busco el ganado, y en la tarde al volver a la hacienda, se enteró que el pastor se había salvado y que pronto se recuperaría. Así como esa hubo otras noches, como aquella en que vio llegar a un enorme perro con hocico largo y claramente desde su hoyo vio como aquel enorme perro tomaba a las ovejas de lado y las azotaba contra el piso, y desgarraba sus entrañas, una y otra vez, y vio también a su mejor perro luchar con este enorme animal, y quedar casi muerto después del ataque.
Para que decir más, nunca hubo algo extraño en las sombras sino la misma naturaleza, con su encanto, con su crueldad.


Mientras cosas como estas pasaban en la vida de un niño, la vida del país era también difícil, los bandidos estaban desatados, y hacían y deshacían de todo, llegaban a los poblados, y asesinaban, robaban y violaban a la gente de cada lugar. En ese tiempo la región donde estaba la hacienda de Zacatepec estaba azorada por un bandido muy famoso llamado Celso Cepeda, y era el terror del pueblo. En una ocasión en que Antonio y su madre regresaban de recolectar leña, unos bandidos los cercaron, la viuda era aún muy joven, y no tardaron en subirla a uno de los caballos, ella empezó a suplicarles la dejaran bajar pero ninguna de las suplicas de la mujer los convencería, pero entonces Antonio empezó a llorar desesperadamente, y diciendo:



Lo decía de tal manera, entre el llanto y las lagrimas, era tanto el dolor reflejado en el alma de aquel pequeño ser que aquellos crueles bandidos, tantas veces despiadados, tuvieron consideración de las verdaderas lágrimas del verdadero llanto, del llanto del que será hombre. Y la dejaron, no se la llevaron, el llanto encontró consuelo en los brazos de su madre.

Fueron tan difíciles aquellos años, era tanta el hambre que un día Antonio decidió buscar a su hermana Lucía. Al llegar a su casa, la hermana lo contempló al entrar mientras las lágrimas brotaban de su rostro, le preguntaba a su hermano como era posible que estuviera en esas condiciones, y humildemente le preparó de comer y cuando terminó, lo siento en sus piernas y con un peine empezó a acariciar el cabello del niño para sacarle los piojos y las liendres que se comían la piel del pequeño.
Esta situación se fue haciendo insoportable durante aquel tiempo en la hacienda. Los pastores y demás coleadores seguían vejando a Antonio, y una noche en que hacían comidilla de él se acercó un niño grande, alto y voluminoso, entonces les gritó que dejaran de molestar al muchacho, y el que no lo hiciera se las vería con él, al no hacer caso de esto aquel les propinó tremenda golpiza a cada uno de ellos, que jamás volvieron a molestar al pequeño. Su nombre era Esteban Tranquilino, pero su mote era el Texompa, y desde su llegada la vida en el campo cambió, había llegado mas que un compañero, había llegado el amigo, un amigo que a veces llega a ser más que un hermano. Este amigo le enseñó a defenderse, le enseñó que nunca las cosas son para siempre, y que falta un poco de valor para superar al más difícil adversario. Le enseñó también que la vida fuera de la hacienda era diferente y lo más importante, que todo mundo tiene derecho a vivir y a crecer en mejores condiciones.

Todas estas experiencias en un periodo de ocho años, desde los cinco a los trece, hicieron que Antonio tomara conciencia de las cosas, de su propia situación. Su madre nunca lo iba a cuidar, nunca vería por él, por que el dolor y el alcoholismo la habían hecho olvidar, sus hermanos habían todos hecho su propia vida, y si se quedaba en aquella hacienda su vida terminaría pronto aunque viviera muchos años, y lo más difícil, no siempre habría un Texompa para defendernos de la injusticia y del abuso.

Una tarde al regresar con el ganado, el capataz se veía en mal estado, es decir lucía molesto y bastante ebrio, al entrar los pastores y coleadores él empezó a gritarles y a maldecirlos, tomó como muchas veces el fuete del caballo y cada uno de aquellos menores fueron golpeados para apaciguar la ira, que por alguna razón nunca clara para los esclavos se había prendido. Aquella noche como tantas la oscuridad ya no lo era tanto y los caminos y la vegetación dejaron de ser desconocidas, se volvieron familia, y las sombras se volvieron la mejor compañía de alguien que por la noche vaga por la tierra y el bosque tratando de encontrar un lugar donde la vida fuera mas digna, donde las almas valieran más que migajas, que pedazos de ropa, donde la verdad y los derechos de cada uno se respetaran. Aquella noche Antonio abandonó la hacienda, abandonó a su madre, abandonó todo para buscar un lugar donde encontrar lo mínimo para vivir, con la esperanza de encontrarlo pronto, y de nunca volver y cerrar esa triste página de la vida de un niño como muchos en la provincia mexicana.

Eligió un camino recto y no se detuvo durante mucho tiempo, caminó y caminó, hacia el medio día se detuvo en una colina y pudo ver a lo lejos un poblado. Para entonces el hambre y la sed se habían vuelto infinitas, pero cada vez estaba más cerca. Ya en la tarde estaba en los alrededores de un poblado, entonces pudo ver que un niño casi de su edad cuidaba unas cuantas cabras. Lentamente Antonio se acercó y comenzó a llamarlas y a controlarlas como el sabía. El otro muchachito observaba esto, y le comentó:



a lo que Antonio contesto:



Entonces el muchacho se acercó a su itacate, y le ofreció de sus tacos y de su agua. Complacidamente, Antonio aceptó y ambos comieron. Después de esto, Antonio le preguntó si el patrón del muchacho podría darle trabajo, y el muchacho le contestó:



A pesar de la respuesta, Antonio insistió en acompañar al muchacho hasta donde las cabras, y de manera directa le preguntó al dueño si le podía dar trabajo. Le contestó lo mismo que le había dicho el pastorcito, y además le dijo que sería difícil que en Tlachichuca pudiera encontrar trabajo.

Para cuando esto pasó, el Sol se estaba ocultando y el hambre y el cansancio hacían más difícil seguir buscando un trabajo, entonces le pidió a aquella persona le permitiera dormir ahí, que venía de lejos y que no conocía a nadie. El patrón le dijo que no había espacio en aquella casa.
Ya no era comer o encontrar trabajo el problema, sino donde pasar la noche, entonces miró todas las casas de ese pueblo y eligió la que a su parecer le podían brindar hospedaje. Cabe aclarar que era un pueblo pobre como muchos a principios de siglo. Se acercó a la entrada de una casa y toco en la puerta, no tardó mucho en que una mujer de buena apariencia saliera a contestarle. El le volvió a decir su situación, y que deseaba encontrar un trabajo, y si no por lo menos que lo dejaran pasar la noche y no morir de frío. La mujer de apariencia agradable le contestó que ella no podía tomar una decisión, sino su esposo quien llegaría más tarde. Ella le sugirió que si le interesaba lo esperara afuera. Antonio no lo pensó dos veces y decidió esperar, se sentó cerca de la entrada y ahí esperó a que el patrón llegara. Serian las 8 o 9 de la noche cuando un jinete venía cabalgando hacia la casa, antes de que Antonio pudiese decir algo, el patrón le preguntó que era lo que deseaba. Al escuchar la situación del muchacho se conmovió pero le dijo que no tenía para pagarle a alguien que le ayudara en las labores de la casa, que necesitaba a alguien que supiera trabajar el campo, cosa que Antonio nunca había intentado, y además era muy pequeño para trabajar en el campo. Pero era de noche, y aquel muchacho no tenía donde ir, así que aquel hombre se compadeció de él y le ofreció su humilde casa para pasar la noche. Este pequeño acto de misericordia hizo sentir alegría al muchacho.


Estaba la herramienta del campo y unos cuantos costales de maíz donde Antonio pasaría la noche, y entre todas las cosas buscó un lugar donde poner su petate. El día había sido muy duro, y deseaba descansar, recostado y arropado con su único pedazo de cobija pensaba a donde iría al siguiente día, hacia donde debía dirigirse para encontrar un trabajo. Recapacitaba sobre esto cuando alguien se acercó:



Eso le dijo aquella voz, que le invitaba a cenar, no hubo mayor alegría que esa en aquellos días, y compartir la mesa, el café, los frijoles.
La vida en la hacienda había acostumbrado a Antonio a levantarse muy temprano, pues a las 6:00 de la mañana la gente debía estar trabajando, para que esto ocurriera la gente se levantaba hasta dos horas antes, y así lo hacía Antonio. Al siguiente día, de madrugada Antonio se dio cuenta que la gente del pueblo acudía por agua al centro de éste en donde se encontraba el pozo. Tomó un par de cubetas y durante un buen rato acarreó el agua hasta llenar la pileta de la casa, una vez llena sacó a las mulas a tomar agua y a comer su pastura para que estuvieran listas para la jornada del día. Estaba barriendo el patio cuando los patrones se levantaron. El hombre se quedó admirado al ver el trabajo del muchacho, y entonces le dijo:



Entonces salieron juntos al campo, y al llegar a la tierra, el patrón le señaló cual era el pedazo que debía trabajar, le indicó la manera de conducir la yunta en la tierra, y miró como trabajó unas líneas. Lo dejó trabajando mientras él se iba a atender otros asuntos, y no volvieron a verse hasta la noche. Al llegar el patrón aquella noche, las herramientas estaban en su lugar y las mulas cenadas también. Entonces el hombre le preguntó como había quedado esa tierra.



El hombre estaba asombrado y lo único que contesto fue:



Al siguiente día fueron a ver aquella tierra, y el patrón no tuvo más que admirar el buen trabajo que el muchacho había desempeñado, y entonces le dijo: no tengo dinero con que pagarte, pero si deseas quedarte te daré comida y casa, y te compraré ropa, y tendrás algo de dinero los domingos.


Nunca antes Antonio había tenido lo que aquel hombre le ofreció, y lógicamente él aceptó. Su vida desde entonces cambio, ya no tenía que levantarse de madrugada (aunque lo hacía), ya no trabajaba todos los días de la semana, ya no era golpeado sin razón, y lo mejor es que hacía su trabajo con alegría. No hay mucho que decir de aquella pareja que aceptó tener a Antonio en su casa, cabe decir que no tenían hijos, y que aquel muchacho desarrapado había ocupado un lugar en aquel hogar. Llegaron a considerarlo como su hijo, y durante todo el tiempo que Antonio vivió en ese lugar, tuvo de aquella pareja solo buen trato y cariño.

Cuando se alcanza un estado como el que Antonio alcanzó al salirse de su casa se olvida todo. No volvió a buscar a su familia, y más bien no deseaba saber nada de ellos, la vida para él había cambiado. Pasaron los días, los meses y también los años, y bajo la armonía de un hogar y el aprender a trabajar la tierra. Después de cinco años la vida era completamente diferente y Antonio se había ganado la confianza de aquel hombre y ambos desempeñaban el trabajo de aquella familia.

Un día el hombre le recomendó ir por él a la Terminal del tren del pueblo, pues regresaría con muchas cosas y era necesaria su ayuda. Entonces Antonio preparó a el carretón, y a la hora indicada estaba esperándolo. Aún brillaba el Sol cuando el tren llegó, pero en aquel tren también venía su hermano. Cuando Francisco miró a Antonio su rostro se llenó de sorpresa, e inmediatamente se bajó del tren para hablarle. Antonio también se sorprendió pero no tanto como su hermano. Francisco entonces le reprochó el haber olvidado a su madre, pues a pesar de todo ella estaba muy preocupada, y habían pensado que había muerto. Hablaron mucho, y Francisco le pidió regresara a ver a su madre, pues no podía vivir con la preocupación de sentirlo lejos. El hombre que había cuidado Antonio estaba presente en aquella conversación, pero el sufrimiento de aquel pasado pesaba mucho. Entonces Antonio le dijo a su hermano que hablaría con su madre sólo si ella lo buscaba. Bajo esta condición Francisco fue a comunicárselo a su madre.

No paso mucho tiempo antes de que Trinidad buscará a su hijo, al siguiente día aquella madre estaba tocando a la puerta de la casa. Entonces aquel hombre que ayudó a Antonio sirvió como moderador de una discusión entre madre e hijo. El muchacho reclamaba la falta de atención para con él de parte de su madre en todos los sentidos y para no hacer esto más largo la madre aceptó que todo lo que su hijo había dicho era verdad. Pero mucho de este poco cuidado que la madre prestaba a su hijo, era causado por el severo alcoholismo que ella tenía. A pesar de esto la madre de Antonio prometió cuidarlo como nunca, si el accedía a irse con ella.
A pesar del cariño que aquella pareja había desarrollado por Antonio, de manera muy comprensiva le sugirieron que debía seguir a su madre, y que si la promesa de su madre no era cumplida el podría volver con ellos el día que él lo decidiera. Fue aquella una decisión muy difícil, pero finalmente se resolvió. Antonio le dijo a su madre que se iría con ella pero no a la hacienda donde había sufrido tanto, le pidió se fueran a un pueblo donde hubiese mas libertad, donde pudiesen vivir mejor. La madre accedió a esta petición, y se fueron de aquel pueblo. Antonio jamás volvería a ese hogar donde encontró no solo uno trabajo, sino afecto y respeto.


En aquel tiempo trasladarse a otro pueblo que no estuviese conectado por tren era muy difícil su acceso, y ellos decidieron mudarse a un pueblo pequeño cerca del llano El Salado. Este valle no es más que una planicie en donde la tierra produce salitre, el cual bajo un sencillo proceso produce sal. La sal en aquellas tierras es muy abundante aún en el agua, pues la mayoría de los pozos tienen agua con sales minerales y hace que mucha de la gente que vive ahí tenga una dentadura de color amarillo. En aquel pueblo -El Seco- donde llegaron a tratar de vivir no había tierras, y lo que más estaba desarrollado era el comercio. Se intercambiaba mercancía de todo tipo, de tal manera que Antonio vio una forma de vivir en la recolección del salitre del llano, y su intercambio por alimento y prendas de vestir en el pueblo. De esta forma Antonio pasó dos años de su vida intercambiando salitre por comida y ropa, pero eso para él no era suficiente.

En este pueblo Antonio y su madre vivieron alrededor de dos años, y a partir de esos años su vida fue siempre diferente y de constantes cambios, de ahí salieron hacia otro pueblo cerca de un lugar llamado Rinconada, en donde vivieron también poco tiempo. Fue un periodo de tres o cuatro años antes de que empezaran a ocurrir grandes cambios en la vida de Antonio. Pero durante ese tiempo ocurrieron muchas cosas que hacían madurar cada día más las primeras ideas que habían nacido en el muchacho. Antonio ya tenía 20 años, y como todo joven se sentía atraído por las muchachas, y por la falta de cariño de parte de su madre no le faltaban los amigos. Antonio acudía a los bailes tradicionales junto con sus amigos. Aquellos bailes siempre eran con algún motivo religioso, cabos de año, el patrón del pueblo, santos, etc.
La religión para Antonio era como para muchos mexicanos, pegada al alma de todos por tradición y a veces también por motivos de sangre. Cuando vivía en la hacienda había observado lo bien que se la pasaba el cura junto con el hacendado, y éste era tan cruel como el peor de los capataces de la hacienda en el trato hacia los esclavos. Sin embargo, cuando no se tiene más que ganas de comer y de satisfacer las necesidades básicas no se puede pensar en religión, solo se puede apreciar la eterna desigualdad de los que tienen y los que no.

Antonio creció durante estos años de forma muy dura, siempre cambiando de actividad para conseguir el alimento, pero siempre con el deseo de seguir. ¿Para que?, tal vez, ni él lo sabía, lo que si sabía era que debía vivir mejor, que debía de existir un lugar donde se pudiese trabajar, comer a gusto.

Cuando tenía 22 años finalmente, él y su madre decidieron establecerse en San Luís Atexcac, un pueblo que se encuentra justo en las faldas de Las Derrumbadas. En ese pueblo vivía la mayor parte de su familia, su tío Margarito, aquel que ayudase a su madre y a él mismo cuando era pequeño, algunos de sus hermanos Juan, Francisco y Josefa. En ese lugar iniciaría toda una era, no sólo para él, sino para muchos.

Antonio aún era muy joven, y como todos en el pueblo empezaba a tomar pulque, y perdón por el énfasis en algo que es tan común en nuestra cultura, la ingestión de alcohol ha sido por mucho tiempo una costumbre en la que el hombre de nuestro México olvida sus problemas y adquiere una personalidad que muchas veces es lo que la persona desea ser, y no es noticia que junto con la gran pobreza, y la ignorancia, éstas estén acompañadas por el alcoholismo. Acostumbraba irse a los bailes, y caminando por los caminos en las noches llegaba borracho a su casa. Su madre no dejó de tomar tampoco, pero lo que si cumplió fue en atenderlo, y antes de marcharse con sus comadres dejaba la cena preparada, sólo para que él la calentara.

Durante esas ocasiones en las que caminaba por la noche en las veredas muchas veces reflexionaba acerca de todo, lo oscuro de la noche, las estrellas, la naturaleza y pocas veces era interrumpido por ruidos extraños, que regularmente eran los árboles o animales. Nunca hubo algo fuera de lo común que llegará a atemorizarlo, excepto cuando veía hordas de hombres a caballo, generalmente asaltantes. Conocía todas esas tierras como la palma de su mano, y si había algo de lo que este hombre estaba seguro era que no existía ningún ser de otro planeta o espíritu alguno, y solo había hombres malos, de los que si había que cuidarse.
No se puede hablar de la historia de un hombre si no se habla de sus amores, Antonio conocía a muchas muchachas tanto en el pueblo donde vivía como en otros, y como cualquier joven de su edad le gustaba jugar a enamorar a las jóvenes, no se sabe de que forma fueron importantes algunos de sus amores, y tampoco si alguna de ellas dejó huella en su espíritu, pero si algo se puede decir es que esos amores en aquel tiempo le fueron muy importantes.


Antonio conocía en el pueblo a una muchachita, que en verdad era una niña, ella tenía trece años, y tal vez lo único que se pueda decir es que esta niña había llegado a ser muy importante para Antonio. Como es costumbre en los pueblos las mujeres se casan muy jóvenes, y a ellos les había llegado su momento, tal vez ellos no lo decidieron, tal vez lo decidió el destino, pero ahí estaban. Como se dice en aquellos lugares Antonio se robó a Virginia. Virginia Cruzado Luna era aquella niña que había llegado a ocupar el lugar de trascendencia para él. Y cabe aclarar que es difícil pensar como es el amor para dos personas que han sufrido mucho el hambre y la ignorancia, y esta última bañada un poco con ingenuidad, pero es seguro que en aquellos momentos en que Antonio tenía 25 años aquella mujer no era cualquiera, sino la mujer de su vida.

Se casaron, y su vida empezó como muchos matrimonios jóvenes en la provincia de nuestro país, carecían de todo y no había mucho donde trabajar, las tierras eran otra vez del hacendado, y no había forma de comerciar. Al principio no tenían hogar, y la vida en ese pueblo era muy difícil. Normalmente una mujer de trece años no es capaz aún de preñarse, pero a Virginia no le pasó así, ella quedó embarazada, y la comida tan pobre no era la adecuada para mantener un embarazo. Fue entonces que Antonio empezó a preocuparse, y vio un mundo hostil, y un triste futuro para sus hijos. De esta forma, se le revelaba de cruel manera la realidad, y su mundo de posibilidades era más estrecho. El tenía la opción de seguir como los demás una vida rutinaria y aceptar el hecho de no poder aspirar a algo mejor, pero esto no cabía en su pensamiento. Una terrible inconformidad por el sistema de cosas preocupaba a este hombre.

Durante todo el tiempo en que Antonio creció, la situación política del país era inestable, y mucho se rumoraba por los rincones acerca de los rebeldes, pero cuando la revolución estaba comenzando Antonio era un niño. Sin embargo, Antonio recordaba perfectamente que cuando tenía 7 años, una tarde al regresar del campo con el ganado, se oyó la llegada de un tren, en él venían muchos federales, hizo parada en la hacienda de Zacatepec donde él era menos que pastor. El hacendado salió a recibir a un hombre canoso, con una barba grande y cana también, entró a la hacienda, e inmediatamente se mataron animales, y se sirvió una gran comilona, los soldados se sirvieron también de lo que pudieron. Se dirigían hacia el puerto de Veracruz. Más tarde se supo que aquel hombre que había llegado a la hacienda había sido Venustiano Carranza.

Pero cuando Antonio tenía mas de 25 años la vida del país se había tornado mas estable gracias a la continuidad en el poder de un solo partido (el que posteriormente sería el partido revolucionario institucional). Aunque la explotación no se había detenido, el gobierno había logrado apagar los brotes de rebeldía. Con traiciones, el naciente gobierno se había desecho de los más fervientes defensores de los derechos de los que no tienen, Francisco Villa y Emiliano Zapata.

Pero Antonio necesitaba tener una tierra de donde poder vivir, pero no era sólo él quien necesitaba. Su cuñado (el esposo de Josefa), su hermano Juan, y su tío Margarito, se estaban organizando para hablar con alguien, pues había rumores de que se estaba repartiendo la tierra. El reciente gobierno de Lázaro Cárdenas había empezado la repartición de tierras bajo el concepto de ejido, en el cual el campesino es copropietario con el gobierno de la tierra y donde queda prohibido el latifundio, que significa el que ningún campesino puede tener más de 8 hectáreas de tierra.Así que Antonio, junto su tío Margarito, su hermano Juan, Fermín Illescas y Francisco González decidieron buscar ayuda para hacerse de su propia tierra y dejar de trabajarle a los hacendados. Ellos supieron que había un hacendado que estaba apoyando a los campesinos, su hacienda estaba en Texmeluca, cerca de Oriental y Miravalles. Ellos lograron reunir a un importante grupo de gente para ir a buscar al dueño de aquella hacienda. El nombre completo de aquel hombre era Luís Hernández, y al llegar a la hacienda fueron recibidos con gran amabilidad. Ahí descubrieron que no eran los únicos, había en aquel sitio por lo menos unos cincuenta campesinos de todas partes del estado, y todos con la esperanza de recibir tierra.

Después de la bienvenida, y de haber comido como nunca, hablaron con él, era tan amable en su trato, y se notaba la intención de apoyarlos. Habían acudido con la intención de que él les proporcionara algo de tierra, pero les explicó que él ya había repartido la tierra que le correspondía donar al ejido, y que ya no tenía para seguir repartiendo, pero también les dijo que les podían dar tierra, que se le debía solicitar al gobierno la repartición de tierras de los demás hacendados en la vecindad de esos pueblos. Entonces les sugirió que fueran a la Ciudad de México a pedirle al gobierno de la república que les diera tierra, él les aseguró que si hablaban con la gente del gobierno ellos entenderían y les harían caso, pero les advirtió tener cuidado al tomar el tren, como mucha gente deseaba tener su propia tierra, los campesinos eran emboscados por los pistoleros de las haciendas antes de tomar el tren, y eran asesinados, ultrajados, y los que quedaban vivos eran amenazados si continuaban con su deseo de llegar a la capital. Pero Antonio y el grupo que lo seguía siguieron al pie de la letra los consejos de Don Luís. Llegaron a México, y hablaron con un representante del Presidente, quien los atendió por encargo de él, y les dijo que para obtener tierra y establecer una nueva colonia, se necesitaba que 50 campesinos lo solicitaran, así que solo había que convencer a mas gente para que cumplieran con el requisito.

Esperaron algunos meses la respuesta de la solicitud hecha en la Ciudad de México. Repentinamente, de un día para otro les avisaron que unos ingenieros vendrían a comprobar que había los 50 campesinos que solicitaban tierra. Ese día era ya muy tarde, y había que conseguir como 40 personas más para las 10:00 de la mañana del siguiente día, así que salieron tarde del pueblo hacia otro pueblo más cercano para buscar gente que les apoyara en su petición. Les costo trabajo, pero las personas se portaron muy solidarias y salieron de madrugada con ellos hacia las tierras que habían de ser suyas. Las tierras que se habían de repartir eran justamente las de la hacienda de Zacatepec. Ellos debían estar cuando llegaran los ingenieros a medir los terrenos, y los citaron en el lugar donde empezaría la jornada. Aquel tiempo se les hizo muy largo, pero finalmente el día llegó. Ese día pudieron contemplar lo que serían sus tierras, su lugar, su pueblo. Duró una semana la medición de las tierras, pero finalmente estaban repartidas. Al final de esta labor, los ingenieros les dijeron que harían entrega oficial de sus títulos de copropietarios de los ejidos de la nueva colonia de campesinos, y que a partir de ese día había que habitar y trabajar aquellas tierras. Cabe aclarar que no había muchos interesados en las nuevas tierras no por que no necesitaran tierra, sino por que al principio nadie creía en la repartición y luego por el miedo a ser asesinado al ocupar las tierras expropiadas.


Así lo hicieron, pasó mucho tiempo antes de que les dieran los títulos como ejidatarios. Mientras esperaban la entrega oficial de sus ejidos les llegó la noticia de que a Don Luís le habían asaltado la hacienda, que habían quemado sus almiares y robado sus animales, y finalmente que habían matado a su familia y a él. Se dijo que ese acto tan cruel lo habían hecho los campesinos que querían tierra, pero sólo los campesinos como Antonio sabían que habían sido los hacendados vecinos, que por haber apoyado a los campesinos le habían dado un escarmiento. Sabían además que gracias a él otros campesinos habían conseguido tierra y que quienes se oponían a la repartición eran los ricos, pues el presidente Lázaro Cárdenas estaba autorizando la toma de tierras. Más tarde recibieron sus títulos y ya estaban viviendo en lo que sería el pueblo donde Antonio viviría hasta el final de sus días.

A cada uno de los que pidieron tierras se les dieron siete hectáreas, pero las tierras que pertenecían al pueblo eran mucho más, así que cualquier otra persona que deseara vivir en el nuevo pueblo y tener tierra tenían el deber de dársela.


Para esos días, Antonio ya tenía a su hija mayor, Francisca, y su esposa Virginia estaba esperando a su siguiente hijo. Después de haber encontrado un lugar donde trabajar y vivir Antonio sintió que había realizado uno de los más grandes sueños de libertad. Deseaba darle a sus hijos un mejor futuro, y de la misma forma para él y su esposa.

Inmediatamente después que llegaron a las nuevas tierras empezaron a construir humildes chozas para habitarlas, y la gente que se instaló lejos a veces fue víctima de incendios por parte de gente de la hacienda, las tierras eran saboteadas, pero pese a todo permanecieron al cuidado de su patrimonio. Se decía entre los ricos, que sus tierras jamás tendrían buenas cosechas, pues no tenían la tecnología para trabajarlas, y que pronto desearían volver a la hacienda para rogar se les ayudara. Pero eso no sucedió, aunque carecían de materiales, tenían fuerzas, y ganas de trabajar, y ocurrió todo lo contrario, las cosechas de las haciendas eran cada día mas pobres, y las de los nuevos ejidatarios eran mejores.

La organización del pueblo recaía en el comisariado, quien era la autoridad respecto a las cuestiones de la tierra, y además un juez de paz, quien se encargaba de las cuestiones legales. Cuando se fundó el pueblo se eligió a uno de los que llegaron primero, y en votación pública cada tres años se cambiaría a las autoridades. Paso el tiempo, y llegó un momento en que el nuevo pueblo no tenía nombre, así que había que darle uno. La mayor parte de la gente que llegó al principio y muchos de los nuevos colonos incluyendo a Antonio deseaban que el pueblo llevase el nombre de quien les había ayudado a conseguir las tierras, el presidente Lázaro Cárdenas. Otros, y especialmente el cura deseaban que se llamara San Isidro, ya que él es el santo a quien se le pide para que mande la lluvia y haya buenas cosechas. Cada quien mandó su sugerencia, pero ninguno de los nombres quedó, les asignaron el nombre que ahora lleva el pueblo, Emilio Portes Gil.
Todos eran católicos, así que el Santo se quedó, y provisionalmente le instalaron una capillita, para que la gente pudiese irle a rezar. Como la mayor parte de los nuevos colonos habían salido del pueblo de San Luís Atexcac, pues San Isidro en la fiesta de San Luís acudía a festejarle su cumpleaños, y viceversa. Como buenos católicos, era muy común terminar borrachos, les gustaba el pulque, y en casi todas la fiestas lo había. Así que Antonio a veces cruzaba los caminos con tal de ir a celebra, siempre iba con alguien, su tío Margarito, y sus compadres. Pero cuando veía como la gente se perdía al estar borrachos Antonio se daba cuenta de que eso no era lo que quería. Una noche estando en una cantina, estaba discutiendo con un par de amigos alguna tontería pero uno de ellos agredía al otro con sus comentarios, y dejaba ver un cierto desprecio por el otro, pero estando en la cantina el hijo del hombre que recibía los agravios llego de repente, y pudo ver cuando el otro hombre lo estaba agrediendo, ellos no se dieron cuenta, casi todos estaban borrachos, pero aquel hombre violento lo estaba más, estaba completamente ebrio, y tuvieron que sacarlo de la cantina cargando entre los dos. Al salir de ella, justo frente a la puerta estaba parado un niño como de unos 13 años con una escopeta apuntándoles, no les dio tiempo de sorprenderlos, pues inmediatamente descargó la escopeta, no sabían a quien le había disparado, solo sabían, que alguien estaba lastimado. Pronto se dieron cuenta que era al hombre que venían cargando. Aquel hombre agonizaba mientras Antonio y el otro hombre lo sacaban, y lo único que pudieron hacer fue llevarlo a su casa, donde seguramente murió. Antonio corrió desesperado hacia su casa, y ese día supo que ya no quería vivir algo como eso.


Ahora tenía esposa y tenía una hija a quien cuidar y velar por ella, no quería darles a sus hijos el mismo destino que Antonio tuvo, además tenía a una madre alcohólica y no le gustaba la idea de terminar como ella. En aquellos días decidió no volver a beber, y dejar en paz a sus parientes.

Antonio había empezado a trabajar la tierra cuando se fue para San Luís Atexcac, había pedido prestado un arado de madera viejo a un conocido de su familia, y afortunadamente pudo obtener buenas cosechas. De esta forma se hizo de sus propias herramientas, y su propio maíz. En aquel tiempo que vivió en San Luís, también conoció al profesor de la primaria, y por alguna razón se hizo amigo de él. Un día el maestro se dio cuenta de que Antonio no sabía leer, y le dijo que si deseaba aprender fuera la escuela del pueblo para recibir junto con los niños las clases y aprender. Al principio le dio mucha vergüenza, pero decidió hacerlo, así que iba a clases con los niños cuando tenía más de veinte años. Un día que Antonio estaba en la clase llegó de pronto el supervisor de la zona, y lo primero que notó fue su presencia, ésta persona se enojó mucho, y le preguntó al maestro por que aceptaba una situación así. El maestro le contestó que Antonio estaba interesado en aprender y que se lo había permitido. Más tarde, una vez que los niños se retiraron, aquella persona le dijo al oído, que no era cierto, que lo que estaba haciendo estaba bien, y que era un acto noble.

Cuando repartieron las tierras, la mayoría a quienes les dieron eligieron las tierras del hacendado, las que ya sabían que daban buenas cosechas, y Antonio eligió las tierras que nunca se habían trabajado, y que nadie quería, eran siete hectáreas de tierra vírgenes para la siembra y ahí, iba a hacer que su futuro creciera. . Ya tenía su herramienta, así que se puso a trabajarla con empeño, muchos no tenían con que trabajar su tierra, y necesitaban dinero para hacerlo, así que muchos volvían a la hacienda como trabajadores que por cierto la hacienda había perdido por el reparto, y de esta forma se hacían de su semilla, y su herramienta. Empezaban a trabajar las tierras, y estas empezaron a verse bien, las cosechas empezaron a ser buenas, y abundantes. En el terreno que le tocó a Antonio en el pueblo, empezó a criar animales y a comprar ganado. Construyó un par de cuartos, uno donde vivirían, y otro donde empezar a guardar el maíz. Y tenía la esperanza de llegar a tener una casa mas grande. De la misma forma la gente que llegó con Antonio tenia buenas cosechas. Les había costado tanto tener un pedazo de tierra, y mucho más para Antonio, quien siempre anduvo mendigando no solo la tierra, sino la comida. Ahora tenía su familia, y ya tenía tierra, ahora debía trabajarla.

Las tierras de Antonio daban las mejores cosechas, y le empezó a ir mejor, empezó a vender la semilla a la gente mas necesitada, no se las cobraba sino hasta que se daba la cosecha, pero no todos tenían con que trabajar sus tierras, sino había también gente que no podía trabajarla. Entonces mucha gente acudía a Antonio para que les prestara herramienta, o para que Antonio trabajase su tierra, en aquel tiempo era común que la persona que trabajaba la tierra se quedara con un tercio de la cosecha, y el dueño con las otras dos terceras partes.

A muchos les ocurrió esto, pues no todos tenían con que trabajar, ni tenían semilla para empezar a sembrar, la mayoría acudía a Antonio o a otras personas que podían ayudarles. Así, al pueblo empezó a llegar gente de otras partes para hacer vida ahí. Pero no siempre hubo mucha gente en el pueblo, y algunos aprovecharon esta situación para apropiarse de tierras que no les pertenecían, no había quien reclamara las tierras, así que era mas bien natural este proceso. Uno de ellos era el tío de Antonio, Margarito, él y sus cercanos se habían hecho de muchas de las tierras y manipulaban el ejido junto con el comisariado que era su amigo.

Margarito Vázquez había sido cuando joven un hombre trabajador, que incluso les había ayudado a Antonio, su madre y a sus hermanos a vivir, no le gustaba mucho la escuela, y era admirador de los valores tradicionales de los hombres de México, es decir de lo que el cine le decía al mundo que era nuestro país, el típico hombre que se ahoga en alcohol, el dueño de tierras, el mujeriego, en resumen esa era la personalidad del tío, y sin juzgarlo, él estaba convencido de que esa era la forma de vivir de un hombre. Cuando andaban haciendo los trámites para que se les diera tierra, él era más bien tímido al hablar con la gente y casi siempre le pedía a Antonio quien fuese el que hablara. Pero una vez que las personas les daban el trato, Margarito siempre les daba lisonjas y los invitaba a conocer su casa y a comer. De esta forma, se hizo de muchos amigos dentro del gobierno. A sus hijos desde pequeños les dio pistola y les decía que no necesitaban escuela, que la vida era donde se aprendía.

Fiel a sus principios Margarito llegó al punto de ser dueño de las tierras sin nombre, que eran muchas. La gente que llegaba a vivir al pueblo, tenía que dirigirse a él para solicitarle tierra y era ahí donde se cometían los abusos, si quería les daba y si no los ponía a trabajar en sus tierras, y los explotaba, la mayoría no sabía que tenían derecho a exigir su tierra, y no solo Margarito, sino que la gente que trabajaba para él también cometía abusos con la gente, e incluso los mandaba a matar si así lo decidía. El tío de Antonio llegó a convertirse en un nuevo terrateniente del pueblo, él era la ley, él impartía la justicia, y no había opciones. De esta forma, Margarito también empezó a ser próspero, y mucho más de lo que se podía esperar, tenía bastante dinero e invitaba a gente de la política a comilones y borracheras para no perder el poder.

Antonio veía todas estas acciones mal, pero no podía decir ni hacer mucho, no era quien para impartir justicia, no era quien para decir que era lo bueno o lo malo, pero si le incomodaban muchas vejaciones. Muchas veces la gente acudía a Antonio para que hiciera algo por ellos pero no había forma. Le guardaba mucho respeto a su tío, y no le gustaba meterse en asuntos que no le correspondían.

Pero las tierras de Antonio iban mejor, y las cosechas eran mas abundantes, había nacido su hijo (Antonio), y la madre de Antonio vivía con él, y luchaba por darle a su familia un buen futuro. Pero el futuro no se limitaba a tener condiciones de vida mejores, sino otra forma de vida, tal vez una forma de vida que ni él podía imaginar, pero algo mucho mejor. Cuando estaba aprendiendo a leer, se daba cuenta de que había cosas que no conocía y le agradaba el hecho de descubrir cosas que antes nunca hubiese podido conocer. Cuando llegaba a ir a la ciudad de Puebla, o a la capital podía leer los periódicos, en fin, leer le había traído otra forma de ver el mundo.

En una ocasión Antonio decidió visitar a la Virgen de Guadalupe, decidió ir a la Basílica para que recibiera su bendición. Salió en un viaje muy largo, el tiempo que el tren hacía hasta la capital era en aquellos días bastante. Pero no era el único que iba por esta razón, así que no le fue difícil llegar junto con la gente. Al llegar a la explanada de la basílica le sorprendió la cantidad de personas que había, todos se acercaban hacia el interior con empujones. Así que le costo trabajo entrar a la iglesia, y más trabajo le costo verla, pero lo mejor de todo era contemplarla y pedirle su bendición. Se hacía una larga fila para acercarse a ella, así como para depositar la limosna, y salir. Pero al depositar la limosna, pudo darse cuenta de la cantidad de dinero que se colecta, era más de lo que llegaría a ver junto, y mucho más de lo que pudo haber imaginado. Alcanzó a ver hacia donde llevaban el dinero, y vio un cuarto, en donde las monedas hacían montañas. No pudo continuar con su inspección pues la gente detrás de él venía empujando para salir. No hizo más reflexión acerca de este hecho, excepto que le impresionó más este hecho que el ver a la virgen.

Volvió al atrio, y contemplo de nuevo la iglesia, y la multitud que mostraba su fervor. Sintió ganas de comprar algo, tal vez era la sed por el calor que se sentía adentro, o tenía ganas de comprar algún recuerdo de su visita en aquella ocasión. Llevó su mano entre sus ropas donde en un pañuelo llevaba su dinero, al llegar al punto sintió vacías sus ropas. Desesperadamente, empezó a buscar por todos lados, y no encontró su dinero.

Tristemente se dio cuenta, que en el tumulto de gente, hubo alguien que nada tonto, y aprovechando el amontonamiento le saco su pañuelo donde tenía su dinero. Sin dinero se sintió desamparado, y trató de conservar la calma, pero era claro que debía de resolverlo de alguna forma. Aún conservaba el itacate en donde traía algo de comida que le había preparado su esposa.

Entonces decidió que debía ganarse el dinero para regresar a casa. Decidió acercarse al mercado más cercano para poder cenar algo, y buscar donde dormir. Afortunadamente, encontró donde. Ahí mismo conoció a alguien que le recomendó trabajar de albañil en una obra cercana para hacerse de algo de dinero. Pero para esto tuvo que esperar hasta el lunes. Mientras tanto, tuvo que pasar hambre y con frío. Afortunadamente, el lunes llegó, y se presentó muy temprano en la obra para pedir trabajo. Cuando llegó el maestro de obra se acercó a él y le platicó su situación. Entonces él lo entendió, y le dijo que no podía trabajar un solo día, que debía trabajar la semana completa, pues se pagaba hasta el fin de semana. Le mencionó el asunto de la comida, y le dijo que a la obra venían mujeres que preparaban comida para los trabajadores. Podía pedirles la comida fiada, y al final de la semana les pagaría. El problema del hospedaje lo resolvió quedándose de velador en aquella obra.

Antonio fue afortunado, pues pudo encontrar trabajo para pagar su pasaje, pero por las noches le venían a la cabeza muchas reflexiones. Recordó el día en que le robaron, empezó a pensar en toda la gente a la que les quitaron su dinero como a él, que muchos de ellos con gran esfuerzo llevaban una limosna para que sus suplicas fueran atendidas. Recordó también lo dramático de algunas escenas en las que la gente viene pagando penitencias, y viene sangrando para que la virgen les brinde sus bendiciones. Y nunca se le olvido la forma en que el dinero que se acumulaba, era trasladado a un cuarto donde este hacia montañas. No se le hacía justo simplemente, y no creía que la Virgen o Dios estuvieran de acuerdo con estas cosas.

Llegó angustiosamente el fin de semana, llegó la persona que les pagaba, y su nombre estaba en la lista. Le pagaron, liquidó su cuenta con la señora que traía la comida, le dio las gracias a la persona que le permitió trabajar, tomó sus cosas y se dirigió a la Terminal del ferrocarril. Mientras viajaba en el tren decidió no volver a visitar a la Virgen, le había dejado mal sabor de boca, y si de algo estaba seguro, era que Dios no estaba ahí.

Al llegar a su casa todos estaban sorprendidos, pues le pensaban muerto o cualquier otra cosa que pudieron pensar en su ausencia. Les platicó lo que le ocurrió, y les dio mucha alegría verlo de nuevo.

La vida de Antonio continuó mejor en el pueblo pero, se acercaba la elección del nuevo comisariado, y había que asistir a la junta que elegiría al nuevo comisariado. En aquel tiempo Antonio se había ganado la simpatía de la gente gracias a que los ayudaba a trabajar el campo y obtener sus cosechas. En aquella junta seis años después de haber fundado el pueblo, Antonio fue electo comisariado. En realidad nunca había estado interesado en ocupar un cargo así, pero cierto era que muchas ocasiones, había sido él quien tomaba las decisiones. Aceptó el cargo, y pensó mucho, como ayudar a su gente. Durante las primeras noches después de recibir tal nombramiento reflexionó mucho acerca de todo, y dirigía sus pensamientos a encontrar que era lo que podía hacer por su pueblo. Así que la conclusión de esto fue, en tratar de solucionar sus necesidades como una comunidad.

Lo primero que se le ocurrió fue que muchas veces la gente abusó de él por su ignorancia, y se dio cuenta de que no era el único, a este pueblo nuevo le hacía falta educación, los niños no podían estar sin leer, sin saber de sus orígenes, y ellos podrían tal vez en un futuro enseñarles a cultivar la tierra. Así que lo primero que decidió hacer fue una escuela primaria. Pero no era fácil construir una escuela, para empezar había que planteárselo a la gente. Esto lo hizo sin más miramientos, y la mayor parte de la gente estuvo de acuerdo. Sólo algunos no lo estuvieron, entre ellos su tío y sus amigos, y el cura del pueblo. Margarito trató de persuadirlo de que construyera la escuela argumentando que de nada les servía a los niños el aprender a leer, que lo más importante era la escuela de la vida.

Pero quien más insistió en que aquella escuela no se construyera fue el cura, él argumentaba que lo que la gente necesitaba era donde predicar la palabra de Dios, la gente no necesitaba entender ideas que no le traerían beneficio alguno, y una iglesia era lo más necesario. La oposición de estas personas no impidió que la escuela se construyera, y formaron una comisión que Antonio presidía para solicitar fondos al gobierno para la construcción de la escuela.

La construcción de la escuela estaba a cargo de esta comisión, y se organizaron para que cada semana la gente contribuyera con una jornada de trabajo, y personalmente Antonio vigilaba que la construcción fuese en orden. Después de un buen tiempo, la escuela quedó terminada gracias al esfuerzo de la gente. El gobierno les envió al profesor, y la escuela empezó a funcionar poco tiempo después. El nombre de aquella escuela sería el de un hombre que durante su mandato ayudó a mucha gente como Antonio, Gral. Lázaro Cárdenas.

La misma gente que no quería que se construyera, tampoco estuvo cuando la inauguraron, y si estaban muy molestos. Pero otro problema que tenían, era que el profesor venía de lejos y no tenía donde hospedarse durante la semana, así que al principio el profesor se quedaba en casa de Antonio. El siguiente paso era construir la casa del maestro. Fue necesario convocar otra vez a la gente para hacer jornadas cada fin de semana, pero la gente aceptó con gusto, no era una gran casa, pero tenía, según ellos, lo necesario para que el maestro se sintiera cómodo.

La filosofía con la que se había construido era que los niños tuvieran educación no solo para si mismos, sino para hacer fértil la tierra que tenían, así que dentro de la educación que recibirían estaba la de aprender a cultivar la tierra. Los niños empezarían a cultivar la tierra aprendiendo no sólo a sembrar maíz, que es lo común, sino tener hortalizas y poder cultivar otro tipo de vegetales. La escuela necesitaba sus propias tierras para que en ellas los niños aprendieran como cultivar mejor la tierra. De esta forma, de las tierras que aún quedaban disponibles, Antonio eligió las más fértiles.

En ese tiempo, Antonio tenia ya dos hijos, Francisca y Antonio, y deseaba que ellos aprendieran lo que él no había tenido la oportunidad de aprender, así que la escuela también era un deseo personal de darle a sus hijos la oportunidad de ser algo mejor.

Cuando Antonio estaba aún en San Luís Atexcac, el profesor que le había enseñado a leer, también les había enseñado a jugar béisbol. Antonio invitó a este profesor a dar las clases en la nueva escuela y éste no sólo les daba la cátedra normal sino también les enseño a jugar béisbol.

Les llamaba a entrenar muy temprano y jugaban sin guantes con una pelota improvisada. Fue en un viaje a México de donde les trajo el primer equipo de béisbol, eran guantes de cuero, pero no tan largos como los de ahora, pero ya protegían mejor la mano. Aquel profesor organizó la primera liga en los pueblos contiguos, y llegaron a ser de los mejores equipos. Con esta motivación, era necesario que los que eran jóvenes tuvieran en el béisbol una distracción. Siempre hubo quien se interesará en jugar, así que necesitaban un campo de béisbol. Se eligió un terreno que fuese apropiado para jugar muy cerca del pueblo, no necesitaba tanto trabajo, solo había que aplanarlo, y esperar a que brotara un poco de pasto. La tierra en este lugar no era muy fértil, ni llovía tan frecuentemente, pero el pasto podría llegar a crecer bien. Desde las primeras lluvias, se asentó la tierra, y empezaron a jugar.

Además de un campo deportivo al pueblo le hacía falta el agua. Muchas veces la gente se levantaba muy temprano para viajar en carretón al pueblo más cercano y llevar agua de ahí hasta el nuevo pueblo. Antonio sabía que era una necesidad inmediata de la gente, y fue así como la construcción de un pozo nuevo fue la siguiente obra a construir. Esta era una de las obras que más trabajo requerían, y de la misma forma la gente fue organizada en jornadas para construirlo. A todo esto hay que decir, que mucho de lo que se hizo en esta época en la que Antonio Vázquez fue comisariado, consistió en comitivas que él organizaba para visitar autoridades y conseguir el dinero mínimo para hacer las obras, fueron muchos los viajes tanto a Puebla como a la capital del país.

El terreno que eligieron estaba muy cerca de las Derrumbadas, digamos que al pie de la más cercana al pueblo. Se rascaron 45 metros de profundidad para este pozo, y las paredes fueron mamposteadas con piedra de la montaña.

Una vez terminado el pozo, se colocó un carretilla que era movida por una acémila o un burro para sacar el agua. Ya no había necesidad de ir hasta otro pueblo por agua, y ese pozo era abundante para abastecer al pueblo.

Algo que también sentía Antonio que era necesario era una bandera. Antonio sentía un profundo amor por la patria y mucho más por los símbolos que la representan. Pensaba que era necesario que los niños hicieran honores a la bandera cada mañana antes de ingresar a clases. Así, la escuela Gral. Lázaro Cárdenas quedó completa y bien construida.


Al final de todo el trabajo que Antonio invirtió para tener en el pueblo lo indispensable, les faltaba algo muy importante. Una vez que se habían formado los ejidos, el pueblo de Emilio Portes Gil pertenecía al municipio de San Andrés Buenos Aires, que está como a 20 Km. del pueblo. Y era hasta ese lugar a donde tenía que ir la gente a enterrar a sus muertos. Entonces, Antonio hizo todos los trámites ante el gobierno para que aquel naciente pueblo tuviera su propio panteón.


Durante el tiempo en el que Antonio fue comisariado, también vino más gente a vivir al pueblo, y esa gente fue tratada como las demás y se les asignó tierra para poder trabajarla y vivir. A estas alturas, las cosechas en el pueblo progresaron, y Antonio no fue la excepción. La gente acudía con el comisariado para pedir semilla, la cual le era dada con la única garantía de que cuando se diera la cosecha le sería pagada. También la gente que no tenía herramientas, les daba trabajo, y les ayudaba a sembrar sus tierras. Para que seguir diciendo, que mucha gente era beneficiada con la prosperidad que el trabajo de Antonio alcanzó.

Al mismo tiempo, su tío Margarito tenía más amigos en el gobierno del estado y a nivel federal de algunos diputados a pesar de llegar Antonio a la comisaría, Margarito seguía explotando a algunas personas, y aprovechándose de otras, tomando más tierras, y enriqueciéndose.

Antonio dejó de ser comisariado al cumplirse el tiempo requerido, a pesar de que había gente que no quería que dejara de serlo, y es necesario decir aquí, que sentía un profundo sentimiento democrático, y nadie más que él sabía que era indispensable ser consistente con lo que se dice. Además, de que un puesto como estos, cuando se ejerce con justicia, siempre implica un desgaste físico.
El siguiente comisariado, fue electo con influencias de su tío Margarito y del cura del pueblo, y empezó otra parte de la historia de este pueblo.

Tal vez, este sea el capítulo más triste en la vida del pueblo, y la de Antonio también, pero es el más rico en vivencias, y en enseñanzas.
Una vez cumplido su trabajo como comisariado, Antonio volvió a su tierra, a su trabajo, y por su salud decidió, no ocuparse de los problemas del pueblo y vivir una vida tranquila, algo que le funcionó. El seguía teniendo éxito con su trabajo, y fue terminando su casa. A pesar de que Antonio sabía lo que su tío estaba haciendo, su relación con él no había decaído, y seguían visitándose, y aún compartían la mesa cada vez que San Isidro festejaba su santo.


Habrían pasado unos seis años de que Antonio había sido comisariado, y el poder de su tío había aumentado. Junto con las autoridades del pueblo que estaban a su servicio, había despojado a mucha gente de sus tierras, le había dado las tierras de la escuela al cura, con el pretexto de que San Isidro no tenía tierras, que además eran las mejores tierras del pueblo. También los terrenos que habían sido asignados para el campo deportivo, y el panteón, los había tomado, y en su lugar, terrenos de muy mala geografía habían sido asignados para esto.

No había en ese tiempo alguien que pudiese hacer algo, y la mayor parte de los atropellos que el Tío y sus hombres hacían, quedaban en los rumores de la gente.

Antonio acostumbraba leer cuanto tenía a su alcance, y le gustaba hacerlo en el patio de su casa o en la banca de cemento que construyó en la banqueta. Un día de esos, llegó al pueblo una persona vendiendo zapatos, su nombre era Nicodemo Martínez, vendía calzado de mujer, y al encontrar a Antonio sentado leyendo, le inspiro la confianza para hablarle de Dios. Empezaron a platicar mucho, de todas las cosas que ocurrían no sólo en los pueblos, sino de lo que pasaba en el mundo. En aquel tiempo, Antonio siempre había vivido con la contradicción provocada por esa infancia tan difícil que le había tocado vivir, y el papel que la religión había jugado a lo largo de su vida. Para él era evidente que, por ejemplo, el que se beneficiaba con las cosechas de las tierras de San Isidro, no era el santo, sino el cura, que las limosnas tan grandes que veía cada año, en las alcancías de la basílica, no eran para la virgen, y con sus propios ojos veía, la amistad que siempre había existido entre el cura y el dueño de la hacienda donde vivió cuando niño. La oportunidad de leer le había permitido llegar a la historia, y ahí, siempre había encontrado que esta historia de su vida, era el común de la gente de México.

Pero aquel hombre noble, con su nueva religión representaba para Antonio la opción de una verdadera religión y una forma real de llegar a Dios. De tal forma, que Antonio quedó prendado de las lecturas de la Biblia, que además eran en español, y no en latín como era costumbre en la religión católica en aquel tiempo. No sólo quedó convencido de que ese era el verdadero camino para llegar a Dios, sino que debía predicarlo, debía de comunicárselo a toda la gente, para que supieran que había otras formas de acercarse a Dios y que sus súplicas fuesen escuchadas.

Algo más que había impactado a Antonio en las palabras de aquel hombre, era que el alcoholismo, siempre había estado ligado a su vida, y cosas muy terribles le habían sucedido por esto, incluyendo a su madre, que era completamente alcohólica.

Entonces un cúmulo de sueños llegaron a la mente de Antonio, y la idea de una nueva esperanza y otra forma de vida llenaron su corazón. Aquella charla le había conmovido tanto que quedó muy interesado en conocer el templo y la iglesia de aquel hombre. Entonces Antonio empezó a hablarles a sus trabajadores, con la Biblia en la mano les trataba de transmitir lo que él había sentido al escuchar las palabras de aquel hombre.

No sólo les habló a sus trabajadores, sino que también le habló a su familia, y a su madre. Al paso del tiempo, eran ya muchas las personas que simpatizaban con la nueva religión. En aquel tiempo, Antonio estaba económicamente fuerte, y estaba terminando de construir su casa. Para poder ir a visitar a las personas de Alchichica, necesitaba trasladarse en algo, así que compró un auto de uso, pero para aquel pueblo, aquel auto era admirable. En el asistía con su familia, y el resto de la gente lo hacía con carretas, o en otros medios de transporte.

Por su constante alcoholismo la madre de Antonio tenía problemas con él por no querer dejar de beber. Habían reñido tanto que ella decidió vivir con uno de sus nietos (Luís Morales). No dejaba de tomar, y acostumbraba por las tardes ir con sus comadres a tomar pulque. Cuando estaba completamente borracha, en la noche, caminaba hacia su casa. Pero el camino a casa, aún a través del pueblo era peligroso, las calles en ese pueblo, y como en muchos otros estaban bardadas de nopales, los cuales en esa región crecen sin mucha ayuda.

Una noche de esas, Trinidad se sintió muy mal, así que se marchó a su casa, pero estaba tan ebria, que no pudo distinguir en la noche una de las nopaleras, y cayó sobre ésta. Como pudo se levantó, y llegó a su casa. Generalmente, al llegar sólo deseaba estar en su cama, así que esa noche no fue la excepción.

Al despertar pudo darse cuenta de que estaba completamente cubierta de espinas. Ella misma empezó a quitárselas, una por una cada espina era retirada de su carne. Pero una de sus piernas había quedado muy lastimada por la cantidad de espinas que se le clavaron. Pronto, alguna de sus hijas la atendió, tratando de curarla, pero no era tan fácil. Los días pasaban y aquella herida iba siendo cada vez más grave. Ya no podía caminar, y era necesario que recibiera atención médica, cosa que sus hijos hicieron pronto.

El parte médico no fue muy bueno, los médicos sugirieron que se le debía cortar la pierna, pues si continuaba así moriría de una gangrena. Ante esta situación, Trinidad decidió quedarse con su pierna y morir a vivir minusválida, definitivamente no quiso que se la cortaran, y a cambio de eso les pidió a sus hijos que la llevaran a casa de su hijo Antonio para pasar ahí sus últimos días.

La mayoría de sus hijos no estuvieron de acuerdo, pero su deseo fue concedido. Cuando la llevaron a casa de Antonio sus hermanos le pidieron le diera atención médica, pero él les advirtió, que ahí, en su casa ellos ya no podían decidir. Sus hermanos pudieron darse cuenta de que él ya no era el mismo, y que ya no pertenecía más a su religión, que había elegido otro camino para acercarse a Dios. Esto no les gustó, pero la decisión de Trinidad había sido tomada.


En aquel tiempo, Antonio vivía una época de profundo amor y fe hacia la nueva religión, y era tan alto este sentir, que así como les había hablado a sus trabajadores, a su familia y a sus amigos, empezó poco a poco a hablarle a su madre. El le decía que si ya los médicos le habían dicho que perdería la pierna tal vez Dios podría curarla. Entonces le pidió a su madre que si quería curarse dejara de tomar medicinas y que sólo le pidiera a Dios para salvarla. Trinidad aceptó, y únicamente lavaba su pierna y la cubría con vendas todos los días, mientras Antonio en cada reunión con su iglesia pedía a Dios por ella. Pero no conforme con esto, cada tarde junto a la cama de su madre, Antonio le leía la Biblia y le hablaba de esto que para él era lo más importante que había descubierto.

Después de algunos meses, lo que no había podido hacer ninguna medicina, lo habían conseguido las palabras de su hijo, había sanado completamente, y podía volver a caminar. Más que sorprendida, Trinidad quedó eternamente agradecida, y prometió jamás volver a tomar alcohol y ejercer junto con su hijo aquella nueva forma de acercarse a Dios.

Antonio lo había visto, era una prueba de que ese era el camino correcto, no le quedaba la menor duda.
La prosperidad para Antonio había llegado en buen momento, además del coche que compraron, también se había hecho de un camión de volteo, él nunca aprendió a manejar, y siempre ocupó un chofer para llevarlo a donde fuera. En la casa había improvisado dentro de alguno de los cuartos como un pequeño templo, y empezaban a organizarse ahí, dentro de su casa cultos religiosos.

Pero llegó el día de recolectar el dinero para la fiesta del santo del pueblo (San Isidro) y al pasar por las casas de los evangélicos se negaron a dar la cooperación argumentando que ellos ya no pertenecían a la religión católica y que no participarían de la celebración.

Esto último no le gustó al tío Margarito, y por influencia del cura y otros amigos, le aconsejaron a Margarito que gente como esa no debía de vivir en el pueblo, que se debía de ir por las buenas o por las malas.

Entonces Margarito organizó una horda de pistoleros entre los cuales estaba su propio hijo para asaltar la casa de su sobrino el siguiente domingo en que se organizaba su culto religioso.

Ese día había llegado como siempre gente de Alchichica, de Xalapa y de otros pueblos, así como la gente del pueblo (la cual era bastante), y algunos simpatizantes entre los que estaba el maestro del pueblo que había sustituido a aquel que le enseñara a Antonio a leer. Era una verbena popular, todos disfrutaban del ambiente. De pronto, alguien llamo a la puerta, Antonio sin preguntar abrió la puerta. Aparecieron estos hombres que pistola en mano amenazaron a la multitud diciendo que debían marcharse, y que de lo contrario habría sangre, alguien dentro de la multitud no aceptó las palabras de advertencia, avanzo hacia los hombres y fue recibido con un escopetazo dejándolo herido. Atónita la gente, no hizo nada, tomaron sus cosas junto con su herido y salieron del pueblo aquella tarde. La gente quedó asustada, y en mucho tiempo no quiso saber nada de eso, todos querían olvidarlo. Al final del ataque llegó Margarito a buscar a Antonio culpándolo por lo que había pasado, pero el resto de la gente escondió a Antonio para que no se lo llevaran.


Muchos fueron los actos en contra de los evangélicos incluyendo un incendio de los almiares de Antonio.
Abusando del poder que Margarito tenía, citó a una asamblea, y en ella, obligó a que la gente que había participado en aquella reunión se declararan culpables. Aquel día los hombres que se declararon evangélicos fueron arrestados, excepto Antonio, y fueron torturados y excomulgados en las celdas de la cárcel. Entre ellos, iban amigos y familiares de Antonio.

Pero una comitiva junto con Antonio fueron ha hacer la denuncia a las autoridades esperando que su queja fuera atendida. De la gente que declaró como testigo estaba el maestro de la escuela y algunas otras personas. Después de algunos días, llegaron al pueblo judiciales a la casa de Margarito, pero él los estaba esperando con una buena comida y buena bebida, así que ésta gente se marchó sin hacerle absolutamente nada.

Pero Margarito supo de la denuncia, y no tardó en tomar represalias. El maestro no era del pueblo, así que iba y regresaba a su lugar de origen cada semana, una tarde al llegar al pueblo, fue asaltado por los matones de Margarito y fue asesinado a puñaladas. Su cuerpo fue abandonado en el camino para que la gente lo encontrara y sirviera de escarmiento, algo que funcionó perfectamente. La escuela fue cerrada y no hubo otro maestro en un buen tiempo.

Antonio trasladó a sus hijos a Puebla para evitar que fueran testigos de los problemas que ocurrían y trató de seguir con su vida en su campo, siguió asistiendo a los cultos en Alchichica, junto a los que poco les importó lo que había ocurrido.

Pero algo ocurrió en la mente de Antonio, él era un hombre práctico y determinante, y a pesar de su fe, el se sentía inconforme con su nueva religión. Fue tal vez, que poco hicieron aquellos que lo introdujeron por aquellos que habían sido golpeados en su propia casa, tal vez fue el ver que su religión se comportaba de la misma forma que lo hacia la otra, acumulando la limosna del pueblo, o tal vez, que en poco tiempo Antonio se dio cuenta que todo era el mismo negocio. Sólo Antonio supo por que aquella religión que lo llenó de esperanza lo había en poco tiempo (año y medio) decepcionado. Pero así ocurrió, él trató de decirle a su familia que no había tales promesas, que todo era el mismo circo que la anterior y que no valía la pena seguir. Pero era demasiado tarde, la familia completa estaba convencida de que esa era la forma, ese era el camino, y nadie daría un paso atrás. En la mente de Antonio están las razones por las cuales nunca más tuvo religión.

Y predicó con el ejemplo, se desinteresó de los cultos y los mítines, y se interesó más en su trabajo. Habrían pasado pocos meses del asalto a su casa cuando llego el 13 de Junio, el mero día de San Antonio. Ese día su tío Margarito le llevó mariachis de serenata y le organizó una comilona en grande en su casa, le volvió a ofrecer su amistad y su apoyo. Le dijo que entre familia no debía de haber enemistad, y volvió a compartir con ellos la comida y el pulque.

En el fondo lo que Antonio pensaba era que necesitaba dedicarse a su familia y olvidarse de la gente, vivir para sus hijos su campo. Y reflexionaba en el sentido de que no era posible una guerra entre hermanos que habían llegado a ser cuando Antonio era un niño. Y como cualquier hombre, después de sufrir y hasta enfermarse por enfrentar aquellos problemas, un sentimiento egoísta le dijo que se olvidara de lo que el pueblo pudiera sufrir.

Así que Antonio, dejó que su familia siguiera con su religión, aunque esto le costara la confianza de su esposa, y el desprecio de sus hijos. Lo prefería a seguir en una lucha que parecía que nunca terminaría y en donde tenía pocas esperanzas. Para él aquel asunto de la religión y del enriquecimiento de su tío dejo de importarle.

De esta forma empezaron a pasar algunos años y Antonio estaba más lejos de su familia y de todo, pero él seguía dedicado a su campo y a sus negocios.
Después de algunos años de vivir en este estado y haber intentado hacer reflexionar a su familia a cerca de lo que él había descubierto, por ejemplo el día en que fue a visitar a sus hijos a la ciudad de Puebla. Después de la muerte del maestro, no solo los hijos de Antonio, sino todos los niños en el pueblo, se habían quedado sin maestro. Entonces Antonio decidió mandar a sus hijos a estudiar a la ciudad. Con esto no solo evitaba que se enteraran de los problemas, sino seguir estudiando.

Antonio los visitaba los fines de semana, y como era la madre de Antonio quien cuidaba de ellos, era común que el fin de semana todos fueran al templo de la nueva iglesia. Pero un día Antonio dejo que su madre y su hija se adelantaran, y tomó a su hijo para pasear por la ciudad, luego de largo rato su hijo le dijo que debían ir al templo. Antonio no contestó a esto, y continuó su paseo. Llegaron a un lugar en la ciudad, donde ésta podía verse panorámicamente. Ahí Antonio le dijo a su hijo, que todas las religiones eran iguales, que como abrir una tienda de abarrotes, así eran las iglesias, todas son un negocio, en donde se comercia con la fe.

Su hijo era muy pequeño para comprender lo que su padre le dijo, así que no pudo opinar al respecto. Hablaron de otras cosas, y culminaron su paseo en el cine. En aquella nueva religión estaba prohibido ver u oír cualquier cosa que no fuese la Biblia, donde está la palabra de Dios. Así que cuando entraron al cine, su hijo no miraba la pantalla, entonces Antonio le decía que volteara, que la película era muy buena. Cosa que no inmutaba al pequeño, pero la película era demasiado divertida como para no verla, el gran Cantinflas amenizaba la función. Poco a poco el pequeño Antonio volteó, hasta que al igual que toda la gente, sonreía con las bromas del cómico.


Pasaron muchos años hasta que un día apareció un hombre evangélico, al cual todo mundo lo conocía por su apellido, José Acosta Meza. Este hombre conocía de la historia del pueblo, de lo que Antonio había hecho por los religiosos de ese lugar y de los abusos que Margarito Vázquez había cometido. Acosta era un hombre de edad, había sido asesino a sueldo del gobernador de Puebla, y ya se había retirado para llevar una vida más tranquila, pero en su voz había tanta fuerza, y tanto poder de convencimiento, que nadie podía contradecirlo cuando hablaba, o cuando decidía hacer algo.

Estaba decidido a hablar con Antonio a pesar de que él sabia que no quería recibirlo. Pero ante la insistencia Antonio lo recibió, y en aquel momento una nueva era para todos empezaba. Acosta, convenció a Antonio de que podía haber justicia, y hacer pagar por sus abusos al cacique del pueblo, y de que la gente que deseaba ser evangélico tenía el derecho de ejercer su religión y de quererlo, levantar un templo en ese pueblo. Le dijo, que era posible encarcelar a cada uno de los hombres que se habían aprovechado de la ingenuidad de la gente.

Pero no sólo lo convenció de que era posible hacer justicia, sino que a pesar de que siendo evangélico era prohibido estar armado, Acosta le sugirió a Antonio se armara no para matar, sino para hacerse respetar, en pocas palabras este hombre le dijo, que en esos casos un hombre desarmado era fácil de intimidar. Entonces Antonio aceptó.

En aquel momento la situación económica de Antonio era muy buena, y tenía suficiente dinero para armar a toda la gente que deseaba recuperar sus tierras y su religión.
Acosta conocía los juzgados y la manera de moverse para que una demanda fuese atendida, y no sólo eso, sino que él mismo se encargaría de hacer muchas cosas. Lo primero que hizo fue hacerse pasar por un abogado del gobierno. Llegó a hablar con el comisariado del pueblo, y le pidió que convocara a una asamblea en la plaza del pueblo, y que citara al señor Margarito Vázquez, pues deseaba tratar asuntos importantes con él. La noticia de la asamblea tomó por sorpresa a todos en el pueblo, pero sin pensarlo todos acudieron. Solo Antonio y los evangélicos del pueblo sabían que aquel hombre no era un representante del gobierno.

Poco a poco se fue llenando la pequeña plaza, y allí estaban Margarito y sus pistoleros, Antonio y la gente que lo apoyaba, de ambos muchos eran parientes cercanos, el cura, los evangélicos, en general la mayor parte de la gente estaba ahí. La asamblea empezó de manera sorpresiva para Margarito con la lectura de un acta en donde se enumeraban todos los crímenes y despojos que habían sido ejecutados bajo las ordenes de Margarito Vázquez. En esa acta estaban los despojos a campesinos, las violaciones a mujeres, la acumulación de tierras, el ataque a la casa de Antonio Vázquez el día de la celebración del culto evangélico, el asesinato del maestro, la intimidación por parte de los pistoleros de Margarito a la gente que apoyó a Antonio en la demanda por los actos anteriores, y la persecución de cada uno de estos con peligro de muerte.

Para cada una de estas acusaciones, siempre había testigos, y en la mayor parte de los casos eran los mismos agredidos los que testificaban los abusos. Finalizada la lectura, Acosta, en su papel de representante gubernamental, le pidió a Margarito firmara un documento donde se declaraba culpable de todos los crímenes mencionados, bajo la amenaza de que si rehusaba a hacerlo sería seriamente castigado por la autoridad. Ante toda la gente que lo observaba, Margarito no tuvo más remedio que firmar el documento. Entonces, Acosta dijo a toda la gente que el documento sería entregado a las autoridades correspondientes para que se hiciera justicia a quienes hubiesen sido afectados en su persona o intereses. Para terminar, Acosta le dijo a Margarito, que si le pasaba algo a él, sobre de éste caería toda la responsabilidad y el peso de la ley.

Acabada la asamblea, Margarito persiguió al enviado del gobierno, pidiéndole alguna forma de solucionar el problema. Primero lo invitó a comer, algo que Acosta no aceptó, más tarde le dijo si podría aceptar un regalo a cambio de que ese documento no llegara a manos de los juzgados. Pero no hubo algo que hiciera que este hombre se retractara. Cabe decir que José Acosta Meza era un hombre honesto y para ese tiempo dedicado por completo a las actividades de su iglesia.


Después de ese día la guerra había empezado de nuevo, pues los evangélicos habían vuelto a iniciar sus cultos en la casa de Antonio, pero esta vez ya estaban protegidos. Antonio terminó la construcción de su casa como una fortificación. Cercó la casa con una barda alta y fuerte y en lo alto de esta puso claraboyas para usarlas en caso de un ataque.

El efecto de la carta que firmó Margarito no se hizo esperar. Pero pasaron muchos años antes de que pudiesen hacer algo en contra de este hombre.

Pero la guerra había empezado y Margarito sabía que Antonio era el responsable, así que la persecución continuó, y ahora a muerte, pues no faltaron las amenazas de que donde se encontraran iban a matarse. Además de esto, Margarito se enteró de que Acosta no era nada en el gobierno y que lo había estafado, así que él también estaba amenazado de muerte. Durante los años en los que el juicio duró Antonio vivió en diferentes lugares como Oriental, Xalapa, y Puebla.

Pocos días después de la asamblea donde Margarito se había confesado culpable, policías judiciales llegaron al pueblo buscando a Margarito y a muchos de sus colegas incluyendo al asesino del maestro, pero no encontraron a Margarito. Se llevaron a mucha gente y aquel día parecía que al fin se había hecho justicia. Pero la justicia en México es en la mayor parte de los casos no para la gente que ha sufrido la humillación del poder que detentan unos cuantos, y esta no fue la excepción. Margarito tenía muchas influencias en el gobierno de Puebla, así que la orden de aprehensión fue olvidada y muchos de sus amigos fueron liberados a los pocos días.
Para entonces, Antonio ya había perdido mucho dinero para hacer que el tramite del juicio llegara a su fin.


Era tan grande el enfado que sentían Margarito y sus seguidores que planearon un nuevo ataque a la casa de Antonio. Sabían que su nueva religión no les permitía usar armas, así que el propio hijo de Margarito decidió encargarse del asalto. Hay que decir aquí, que excepto su madre, esposa e hijos, el resto de la familia de Antonio, toda estaba en su contra y apoyando a Margarito, primos y hasta hermanos estaban dispuestos a matar a la gente de Antonio.
Ya no hubo un asalto mas a la casa sino un intento de asesinato en contra de Antonio.

Un día, escucharon cuando un grupo grande de gente se acercaba a la casa de Antonio, de tal forma que quienes se dieron cuenta corrieron a la tienda para avisarle a Antonio. Una horda de 20 hombres incluyendo al comandante de la policía venían en el grupo. Uno de los hombres que entraron a la tienda era uno de sus sobrinos Francisco Vázquez. Al entrar a la tienda le pidió a Antonio unos cerillos, mientras el comandante de la policía entraba con pistola en mano. Antonio les pidió que salieran mientras les apuntaba con su escopeta, en ese momento el comandante lo encañonó por encima del hombro de Francisco y en ese momento le dispararon a Antonio. Antonio también descargo su arma y después de esto se sintió herido. Pero el resultado era el opuesto. Antonio había herido a ambos lanzándolos fuera de la tienda y dejándolos muy graves. El resto de los hombres al ver esto se alarmaron y cargando a los heridos salieron corriendo hacia la casa de Margarito, quien había urdido después de mucho tiempo el asesinato de Antonio. Margarito montó en cólera por el fallo del intento y no les brindó ayuda a los heridos.

Antonio se fue a Puebla para buscar al abogado que se había encargado de la situación en el pueblo una vez que Acosta se había ido para Poza Rica y levantar una demanda en contra de los atacantes, pero Acosta murió poco después de esto. Mientras tanto, Margarito ya había mandado a arrestar a Antonio y fue sorprendido en la calle. La policía judicial lo secuestró en los separos de la policía judicial de la ciudad, pero el problema por el que había sido arrestado no le correspondía a esa jurisdicción y fue enviado al distrito que le correspondía, al distrito de Ciudad Serdán. La familia de Antonio ya se había movilizado y habían dado con el abogado que llevaba el caso de Antonio. El abogado giró una orden de liberación por carecer de elementos para su detención y Antonio fue liberado una vez que su familia llegó por él.
El sobrino que había perpetrado el intento de asesinato contra Antonio quedó endeudado al salir del hospital y entonces fue cuando acudió a Antonio para que lo ayudara a pagar las deudas. Después de una disculpa Francisco aceptó estar borracho al haber intentado asesinar a su tío y finalmente Antonio aceptó ayudar a su sobrino para solventar sus deudas.
Para entonces el juicio que había sido abierto en contra de Margarito desde que José Acosta lo había iniciado continuaba su curso y Margarito perdía dicho juicio de tal forma que el deseo de venganza crecía. Continuas visitas a los tribunales hicieron que Antonio perdiera mucha de su fortuna.
Un último intento por dañar a Antonio fue ejecutado por Margarito. El plan era robar acémilas de el Carmen Tlaxcala. Para esa ocasión, Margarito contrató cuatreros de otro pueblo para que el trabajo fuese bien hecho. El plan era robar por la madrugada los animales y llevarlos a la casa de Antonio y acusarlo de robo. Pero con lo que no contaba Margarito era que los cuidadores portaban armas. Los ladrones y los cuidadores se enfrascaron en una balacera que hirió a uno de los ladrones, pero el robo se consumó. Los ladrones sacaron el ganado pero al llegar al pueblo ya era de día y ya no hubo forma de llevar las acémilas robadas a la propiedad de Antonio. Los ladrones decidieron llevar los animales a la propiedad de Margarito. Para cuando los ladrones habían llegado a su propiedad los dueños del ganado y su gente estaban también en el pueblo y no tardaron en dar con la casa de Margarito.
Margarito negó el robo argumentando que los ladrones habían dejado a los animales ahí y habían huido. Los ladrones fueron atrapados. Pero Margarito deseaba saber lo que pasaba con ellos y decidió ir a donde los ladrones habían sido detenidos. Para mala fortuna de él, los ladrones ya habían declarado y en ese mismo lugar Margarito fue detenido por vez primera.
Margarito Vázquez había alcanzado un gran poder por su amistad con autoridades del estado de Puebla, y no sólo con autoridades de rango intermedio, sino con el propio gobernador del estado. Pero el robo del ganado había ocurrido en Tlaxcala, y era sumamente penado. El gobernador de Puebla habló con el de Tlaxcala pero no sirvió de nada. No había forma de sacarlo. Los intentos por liberar a Margarito continuaron hasta que el abogado de Margarito decidió sobornar al agente del ministerio público quien manejaba el caso del robo. Pero éste les pidió una suma tal con la cual no volverse a preocupar por dinero en su vida. Toda la evidencia desapareció y después de mes y medio Margarito salió de la cárcel al carecer de pruebas su caso.
Margarito perdió toda su fortuna y quedó sumamente endeudado para pagar el soborno y no había conseguido vengarse de Antonio.
Pero aquel juicio que José Acosta había empezado por los robos de tierra y vejaciones al pueblo no estaba terminado. La autoridad a quien había acudido Acosta, un jefe ejidal en el estado de México finalmente había sido trasladado a la jurisdicción de Ciudad Serdán y el caso del pueblo de Emilio Portes Gil era una de sus prioridades. La autoridad ejidal decidió organizar una asamblea en el pueblo donde la gente que detentara mas tierras les serían retiradas y repartidas a los que no tuvieran. Margarito accedió presentarse en la asamblea siempre y cuando se le hiciera lo mismo a Antonio. Margarito detentaba mas de 80 hectáreas bajo su nombre y muchas mas bajo el nombre de sus hijos y fieles a él. Las tierras del cura y de la iglesia fueron también repartidas. Después de medir las tierras de Antonio, media hectárea faltaba en su propiedad, que nunca fue reclamada.
Después de once años de que la religión evangélica conmovió a Antonio, y muchos más de que Margarito había ocupado el puesto de cacique del pueblo, finalmente se había hecho justicia. Como cuando se fundó el Pueblo y cuando Antonio fue comisariado, la historia terminó como empezó, midiendo las tierras y dándoles a los que no tenían.
Sólo unos meses después de que Margarito fuera sujeto de la justicia, se inició la construcción del templo evangélico. Antonio siempre fue escéptico de las religiones, pero aquellos que fueron movidos por sus palabras ahora no sólo eran sus trabajadores, sino sus hijos quienes entusiasmados trabajaban por la construcción del templo. Al final Antonio se hizo cargo de la construcción y unos meses después con techo de palma e improvisado, el templo evangélico empezó a funcionar.
Unos años después Margarito y Antonio se encontraron en Ciudad Serdán y Margarito invitó a comer a Antonio. Margarito entonces le dijo que todo había terminado y que a partir de entonces vivirían en paz como tío y sobrino. El tío le dio una profunda disculpa por todo lo acontecido.
Ambos quedaron con muy poco de lo que tuvieron. Después de muchos años de trabajar las mismas tierras, estas se agotan y no dan las mismas cosechas que cuando el pueblo fue fundado. A esto le siguieron etapas de sequía y Antonio jamás volvió a tener el dinero que alguna vez tuvo.

Margarito Vázquez murió como generalmente mueren los que durante años han atropellado los derechos de otros, de viejo y en su cama. Algunos de sus hijos fueron asesinados en trifulcas de borrachos y nada quedó de la riqueza que él acumuló durante el tiempo que fue el cacique del pueblo. Una parte de la herencia de este gran cacique era un enorme terreno de las Derrumbadas que produce grava, y que estaban enfrente de la carretera y al pie de las cuales el pueblo de Emilio Portes Gil había sido construido. Este último reducto de lo que Margarito hizo fue vendido a una compañía extranjera para su explotación y exportación.
Antonio Vázquez Quinto se casó a los 25 años con Virginia Cruzado Luna de 13 años y estuvieron juntos hasta la muerte de Virginia después de 57 años. Ambos procrearon 18 hijos de los cuales solo 10 alcanzaron la mayoría de edad, Francisca, Antonio, Ángeles, Daniel, Luisa, Abraham, Gamaliel, Pablo, Lázaro, y Virginia. Daniel murió a los 24 años víctima de la fiebre tifoidea y Luisa murió de cáncer a la edad de 34 años, los demás aún viven hasta la escritura de las últimas paginas de esta historia.
Antonio nunca mas volvió a la iglesia y menos a la religión. A pesar de haber defendido los derechos de la gente a elegir sus creencias, nunca más fue participe de ningún movimiento religioso o político. Su esposa e hijos por el contrario, una vez establecida la religión pentecostal en el pueblo fueron devotos partícipes de las actividades de la nueva iglesia.
Después de la guerra, la casa de Antonio era la única de piedra que podía verse en el pueblo, bardada toda y adentro un gran patio, semejaba un fuerte en el que al entrar podía verse un enorme árbol. En esa casa cultivó todas las especies animales que hay en una granja.
Su habitación era un homenaje a todos los héroes de México, desde Cuauhtemoc pasando por Hidalgo, Morelos, Juárez, Zapata, Villa, hasta Cárdenas, todos ellos estaban en las paredes de su habitación. Flanqueados por viejas armas que en un principio eran para la caza de venado y luego sirvieron para defender su propia casa, también estaban su cama y un enorme baúl en el que se dice llegó a llenar con dinero en las épocas de abundancia.
Después de 4 años de la muerte de su esposa Antonio cayó en cama por una embolia dejándolo semiparalizado. Ahí, su nieto (el que escribe) le hizo la promesa de escribir su historia. Antonio Vázquez Quinto murió un día de Noviembre de 1997 a la edad de 87 años.






















Epílogo



Quiero agradecer a mi Padre Antonio Vázquez Cruzado por la ayuda inmensa que me dio para escribir esta historia, sin él jamás la hubiese podido terminar. A mis padres Reyna Rodríguez Delgado y Antonio Vázquez Cruzado también les dedico esta historia pues ellos han sido siempre la fuente de energía para soñar y vivir en este planeta. Sé que a mi abuelo le hubiese gustado ver su historia terminada, pero en su ausencia lo único que me resta decirle es que cumplí mi promesa. Nunca presencie nada de lo que esta escrito en esta historia, excepto la profunda humanidad que mi abuelo reflejaba. Además de su sonrisa cuando del enorme baúl de su habitación sacaba las galletas que tanto disfrutaba.


25 de Noviembre de 1997.

Acabo de enterarme de que mi abuelo falleció, y me embarga una gran tristeza. Generalmente, uno sabe que la vida no es para siempre, que un día todo habrá de terminar, y mal o bien nos preparamos para eso, para afrontar la muerte de nuestros seres queridos, y la nuestra también. Pero en esta ocasión no sólo he perdido al padre de mi padre, sino ha muerto un hombre como hay pocos en la vida, esos que son de acero, y que representan mucho para la vida de muchos, de esos pocos que aman su tierra y su gente, y que no la abandonan nunca, ni aunque mueran. Me es difícil hablar de alguien que ocupa un lugar tan especial en mi vida por ser un familiar, pero me es más difícil hablar del hombre. Debo decir que esta obra sería leída por él, para que él mismo me dijera con sus palabras lo que sintió tantas veces en la vida al hacer las cosas que hizo, pero no tuve la oportunidad de alcanzarlo, y dentro de este relato se queda el enigma de su pensamiento, el cual solo conozco a través de mi padre.

De su persona me quedan mis recuerdos, esa personalidad que impresionaba, la de un hombre de raza morena, de semblante amable y duro a la vez, y la inquebrantable determinación que lo caracterizó durante toda su existencia. El era el típico hombre de provincia, excepto por esta obra que realizó.

En este difícil momento de su muerte quisiera apartarme de lo que soy y poder decir lo que él fue en un breve obituario, pero me es muy difícil, y vienen a mi mente los momentos en los que siendo un niño observaba a mi padre y a mi abuelo platicando a la sombra del árbol que creció tan grande en el patio de su casa. Muchas veces no sabía de que platicaban pero sé que se compartían mucho. Aún puedo mirarlos avanzando con paso lento hacia el campo de béisbol los domingos por esa calle llena de tierra, y con alegría, siempre hablando con mi padre de tantas cosas. Y también lo recuerdo delante de mi, y yo asido a su cinto para no caerme del caballo cuando cabalgaba por sus campos o por el camino hacia la carretera.

Es algo muy triste haber terminado su biografía después de que muriera, pero se la ofrezco no sólo al hombre que me dio la oportunidad de conocer a mi padre, sino se la dedico al valor, al coraje, al amor, y a todos los valores humanos que mi abuelo defendió durante su vida.

No tengo más palabras, excepto decir, que siempre ha sido la sociedad injusta al no reconocer a los verdaderos héroes, y tal vez valdría la pena decir que era mi abuelo un verdadero héroe. El verdadero héroe es aquel que no piensa en ser poderoso, ni ser rico, el verdadero héroe no necesita el poder para llevarle el bien a toda la gente, cualquiera que sea su credo, su raza, su condición social.

Finalmente, que más puede decir un hombre al cual lo inunda la pena de la muerte de alguien a quien no sólo amo, sino por quien también siente profunda admiración.


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