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Que un triste bandoneonista del desértico oeste
argentino, se interne en los confines de una
inextricable depresión esdrújula seguida de espanto;
como consecuencia del inexorable estado de cosas al
que fue conducido;
indefensa víctima de las ludes de una mantis de
cabellera rubia y ojos castaño oscuro; parece, de
antemano, sólo concebible en la letra de tango
mistongo y fulero.

Para quienes así lo entienden, los hechos que a
continuación se narran tal vez resulten meramente
anecdóticos. Duele aclarar que la siguiente es una
historia real.
Para Septiembre de 2003, Benjamin Szvalb,
bandoneonista, estudiante y otras yerbas, cuenta con
21 años. El destino con su sino incierto, pone a este
muchacho, entre la espada y la pared, la mañana del
mes en que, junto a su teléfono de disco, se reproduce
la, hoy en día, inasequible voz de una mujer
relativamente joven y de carácter solícito.
Dicha mujer, (de quien ahora las circunstancias no
traerán a colación ni su nombre, ni su apellido), dice
pertenecer a la junta directiva de la sede de la
Alianza Francesa en San Juan. Luego de una que otra
vaga explicación circunstancial, le propone al incauto
joven músico, la idea de participar (jornal de por
medio) en la fiesta del 70 aniversario de dicha
institución en la provincia.

Ahora el lector podría plantearse que una disculpa
improvisada, una exceso de tos, o simplemente la
desconexión accidental del teléfono aquel, habrían
bastado para dar por concluida la conversación; y con
ella terminado el asunto; todo para que Benjamín
Szvalb prosiguiera con su monocorde vida provinciana.
Pero las cosas no se sucedieron de dicha manera;
La mujer llamaba por recomendación de un profesor de
la escuela de música que lo conocía personalmente;
quedar mal con el hombre era quedar mal consigo mismo,
por lo cual aceptó la invitación.

Cometió entonces Benjamin Szvalb, un error
existencial, para el cual no existe suficiente
arrepentimiento. Un error que va mucho más allá de las
mismas leyes de Hooke. Un error que, sin saberlo, le
iba a costar caro.
Decidió cambiar la paga de su actuación, por dos pases
para él y su novia a la cena que se efectuaría esa
misma noche. (Cena de agasajo a las autoridades
diplomáticas presentes en el evento)
La mujer al otro lado del teléfono aceptó la propuesta
y las leyes del juego quedaron así establecidas.

A partir de este momento, la historia se torna
demasiado personal, por lo que daré lugar al
protagonista de la misma quien quizás pueda narrarla
con más entereza.

Eran aproximadamente las ocho de la noche, de un día
de noviembre, (ya habían pasado más de dos semanas
desde la llamada de la mujer a mi número) cuando
volvió a repicar el grisáceo aparato. Al atender, se
hizo presente la voz de la mujer a priori, y muy
jovial, habló sobre un proyecto de incluir mi
bandoneón con una cantante francesa poco conocida del
medio artístico.
La idea me pareció bastante atractiva, además tenía
interés en conocer a la muchachita afrancesada que
estaba interesada en compartir mis acordes aquella
noche de gala, por lo que acepté de inmediato la
propuesta.
La cuestión fue que, quedé en encontrarme con la
cantante en la casa de una mujer mayor perteneciente a
la junta directiva de la Alianza: “Madamme Georgette.
Pues su departamento quedaba más a mano para la
ocasión.

Al llegar al lugar las primeras impresiones que me
causaron 3 moscas de tono verde fosforescente que
revoloteaban péndulamente ante la entrada del
hormigonado monoblock número 9 fueron más que de asco,
de incertidumbre.
Curiosamente buscaba saber que clase de nivel social
abarcaba la gente aquella como para permitirse ese
tipo de “lujos” en la entrada.

Esquivé las moscas, presione el timbre como quien
presiona el botón que desprende una ojiva nuclear, y
esperé a que se abriera la puerta.

Sin crujir, pero muy lentamente, no con miedo, sino
más bien como si se abriera un portal a lo
desconocido, osciló la madera y se produjo el segundo
impacto:
Apareció tras aquella puerta, una mujer pálida, pálida
de muerte, pálida de frío, ojos azules profundos, no
bellos, calculadores.
Forzó una sonrisa y con un gesto despreocupado me
invitó a pasar.

Al entrar en el modesto departamento, eché un vistazo
muy general y vi en su conjunto, un equipo de sonido,
una mesita ratona de vidrio, libros de todos los
tamaños, una mesa larga y varias sillas. Tomé asiento
y me dispuse a esperar a que la anciana terminara de
cerrar con llave la puerta (al parecer vivía sola)
La pálida mujer “Madamme Georgette”, iba y venía por
la habitación, como un tigre blanco colmillo de sable
enjaulado, sólo que sin las rayas.
Y mientras continuaba su peregrinaje circular, dijo:
“Nene, quiero que escuches algo”
Se dirigió al equipo de sonido (bastante ordinario,
por cierto) y luego de revolver durante un rato una
hilera de cassettes perimidos, puso en el aparato una
cinta de Edith Piaf.

Comenzó la música, y me gustó tanto aquella
desgarradora algo llorosa voz, que sentí la necesidad
de decir algo al respecto, un comentario agradable, un
sentimiento compartido; pero la mujer, como
antícipándose a mi voz, hizo un delicado gesto para
que hiciera silencio. Estaba como extasiada por esa
grabación. Cantaba a media voz en francés, se
balanceaba de un lado a otro, y mientras tanto,
perdía la vista azul en el prolijamente pintado techo
del insólito departamentucho dos ambientes.
Miró el minicomponente, alzó una mano y profetizó
mientras de fondo Edith Piaf terminaba de cantar
“Padam Padam”: “La chica que viene dentro un rato para
acá.... Canta igual... Abrió excesivamente los ojos (como
si fuera a sacárselos) y susurró “Exactamente igual...es
como tener a La Piaf en persona” Me sorprendió la
afirmación; tanto por el tono como por la idea misma.
Iba a ponerme en papel de incrédulo, pero miré algunos
de los libros que tenía la vieja sobre el mueble y me
dije: “parece que ha leído algo, esta mujer se ve
instruida, tal vez sea cierto lo que dice... bueno,
veremos”
Dijo, “En cualquier momento llega” se fue a otra
pieza, y mientras el cassette seguía sonando el equipo
se comió la cinta.

Minutos después tocaron a la puerta. Era la cantante,
que llegaba a la cita.
Escuché la voz, y me di vuelta para verla bien, y era
tan fulera la mina que les digo que casi pegué un
grito:
1.30 de alto, piel tostada a cama solar, lunares
faciales, patas de pollo (o de gallo), un cigarro
largo entre los labios curtidos y mal pintados, pelo
seco, como de escoba, y por su fuera poco, vestida
como si acabara de salir, de una extenuante sesión de
aerobics....
Se presentó, me presenté, y nos sentamos alrededor de
la mesita de vidrio.

La vieja blanquecina de ojos azules trajo una pila de
partituras para piano y las depositó suavemente ante
mí. Me dijo, muy formal: “Mire esto”

Se trataba de partituras para piano, de esas que
editaba Julio Korn en Argentina, pero sobre piezas
francesas.

Las mire un rato, y le dije: “Mire señora, estas
partituras que usted tiene son para piano, le explico,
el bandoneón lee en las mismas claves, pero la
armonización es distinta, tendría que hacer arreglos
sobre esto para que suene bien”
La mujer, terca como una mula, respondió: “Si no lo
puede tocar, dígamelo” y nuevamente forzó una sonrisa.
Insistí con la explicación, pero no parecía
entenderme.

Entonces, desenfundé el bandoneón y le dije: “Mire, le
voy a dar un ejemplo de armonización” Toqué “Pedro y
Pedro” de Piazzolla y después algo de lo que estaba
escrito para piano en las partituras. “Se da cuenta?”
dije.
Por la mueca absurda, la mujer parecía no entenderlo.
No quería dar el brazo a torcer. Entonces, le di más
ejemplos al respecto y toqué el tango Loca Bohemia. Y
mientras tocaba, la horripilante cantante de 40 y pico
de años que aparentaba muchos más, miró a la vieja y
le susurró algo al oído.
Comenzaron a hablar en francés (pésima educación con
las visitas) afirmaron con la cabeza, y luego la
cantante me hizo un gesto muy canchero para que
detuviera la música y dijo señalando con el dedo
cuasiforme y amarillento por la nicotina
“¿Eso que tocás vos es un acordeón?”
“No” le respondí muy intelectual “Se trata de un
bandoneón. La diferencia, además de radicar en la
mecánica y la técnica, pasa por el sonido. El sonido
del bandoneón es triste, melancólico. El del acordeón
es alegre... qué se yo, es otro instrumento”
“Ah!” dijeron las dos mujeres mirándose las caras
(había algo de desilusión en ese gesto). La anciana le
dijo en castellano a la cantante: “Se acuerda de
Pierre?” “Si, Pierre!” “Si, qué artista” contestó la
otra.
“Quién es Pïerre?” Pregunté mientras tocaba.
Se miraron las caras con una sonrisa, (como si Pierre
fuera el nombre de un amante latino que les hizo el
amor mil veces en la playa a las dos), y la cantante
dijo: “Pierre era un acordeonista francés, que tuvo
problemas con la visa y el pasaporte, y lo trajimos a
Argentina a cambio que tocara en una fiesta de la
Alianza. El hombre estaba tan agradecido! Cómo será,
que se subió a las mesas con su acordeón e hizo cantar
a toda la gente”
La vieja mientras tanto afirmaba con la cabeza
“Che, que le pasó a Pierre?” dijo la cantante a la
vieja (ella no la tuteaba)
“Pobrecito, sabe usted que se lo llevaron? nunca más
lo volvimos a ver... qué lástima....si parecía tan
bueno....” Dijo algo conmovida la anciana.

“Se podrá hacer algo así con el bandoneón?”
interrumpió la cantante.
Le expliqué que era un instrumento serio, que no se
podía, etc, etc

Para cambiar de tema, toqué algo de Libertango, y
mientras lo hacía, la cantante dijo: “Eso suena bien...
oh, tendría que haber traído mi guitarra... voy por mi
guitarra a mi casa, espérenme!”
Abrió la puerta y salió en dirección a su automóvil
(Fiat 600 verde oscuro)

Quedé solo nuevamente con la vieja de talco y mar, y
mientras tocaba unas notas, la mujer me acercó unos
libros apaisados al mejor estilo Patoruzú.

Me dijo: “sería lindo que tocara esto” Abrió el libro
en una página cualquiera (era un libro de rondó
infantil) y se puso a cantar. Toqué la melodía que
estaba escrita arriba de los dibujos de ratoncitos y
niños jugando, en un pentagrama en clave de sol.
Mientras tanto la vieja se embriagaba con esos
cánticos. Y agregó algo ida: “Sepa usted, que en la
fiesta va a haber mucho vino, mucho alcohol, sería
lindo que tocara algo de esto para cuando ya esté en
clima la gente (borrachos) para que todos canten a
coro” “Si, si...” le dije algo atemorizado por aquellos
ojos tan azules y vacuos que comenzaban a mirarme con
iterada desesperación.

Rato después, volvió la cantante. Traía su guitarra
enfundada. Una guitarra común y corriente, sin otra
virtud que la del cordaje importado. Afinó la guitarra
a la altura de mi bandoneón y tocó un par de acordes
con cejilla (ho-rren-do)
Sacó de no sé donde, una especie de vademécum lírico,
y buscó entre las hojas una letra: “A París”.

Cantó un poco, se acompañaba siempre con el mismo
acorde (decadente) y luego me preguntó si podía
tocarlo.
Toqué la melodía y la armonicé de improviso. Se me
ocurrió una idea muy interesante, hacer la primera
parte dramática en 4/4, y que después el tema fuera
tornándose más agresivo, hasta estallar en una
sensibilidad reprimida. Algo que describiera París, en
todos sus aspectos.

Lo toqué así, y la anciana puso el grito en el cielo:
“No, así no, tiene que ser como un vals, usted sabe lo
que dice la letra?? No, obviamente no lo sabe, no
puede tocarlo así, la letra habla sobre París a manera
histórica, eso que hizo no va a servir. Además,
queremos que la gente baile con esto, tiene que ser
como un vals”
“Bueno, podría probar en ¾” le dije
pero en ¾ el resultado no era el mismo. Entonces, tomé
la partitura para piano de A París, y la toqué en el
tono en el que estaba escrito.
La cantante no llegaba con la voz (qué Edith Piaf ni
qué ocho cuartos!) la cantante era pésima, tenía un
registro castrado y el tabaco le había quemado la voz
hacía tiempo.
Me pidió que cambiara la tonalidad de la partitura. Le
dije que para eso tenía que llevármela, para re
escribirla en casa.
La vieja con cara avinagrada me la prestó y me dijo
“Cuidado con esta partitura, mucho cuidado nene, no se
consigue y yo las colecciono”
Le aseguré que la iba a cuidar y me marché del lugar,
previamente habíéndome despedido de las dos, mientras
la vieja caía en la cuenta de la cinta de La Piaf
carcomida por su estéreo.

Pasaron varios días desde aquello, y no podía ponerme
a practicar para la actuación. Estaba muy flojo, tenía
poco ánimo, a lo lejos veía la partitura para piano de
“A París” que estaba como esperándome para que la
arreglara. Pero el tiempo pasaba y pasaba; cero
interés.
Me llamó por teléfono en esos días la mujer de los
ojos azules y me preguntó obsesivamente si su
partitura había llegado sana y salva a mi casa. Le
dije que se quedara tranquila, que había llegado bien,
que la estaba arreglando. Corté y decidí contarle a
quien por entonces era mi novia, Adriana, (en lo
sucesivo, la nombraré sólo como mi novia), todo lo que
había pasado en aquel departamento, y los hechos
previos que me llevaban a actuar el 25 de Octubre de
2003 en el Club Social de la provincia a pedido de la
Alianza Francesa por el casual aniversario.

Se ilusionó demasiado con la noticia, dijo que no
faltaría; que sabía que era importante para mi; que
comprendía todo el esfuerzo que iba a hacer, que por
eso no me iba a defraudar. Yo le contesté que la
fiesta era importante para mi, si y sólo si iba con
ella, que de otra forma me parecería un evento más. A
lo que ella me contestó con una caricia y un beso: “No
voy a faltar”
Pasaron los días y ella tuvo que viajar a la provincia
de Mendoza por unos asuntos impostergables, a los
pocos días, me llamó desde allá para decirme que me
extrañaba y que había comprado ropa especialmente para
la fiesta. Me dio toda una lista de prendas de vestir,
una lista bastante extensa, ahora a la distancia,
calculo que en total deben haber sumado como $150.
Se despidió hasta el regreso, y colgué el tubo.
Comprendí que me había comprometido seriamente a
llevarla, ya no había vuelta atrás en ese aspecto.
“Por suerte”, pensaba, “todo marcha sobre ruedas”

Días después, La Alianza Francesa convocó una reunión
de la junta directiva completa. Fui con el instrumento
para mostrarles algo de lo que había hecho (en
realidad iba a improvisarles algo, ni había tocado la
partitura aquella) Llegué y el panorama se presentaba
bastante denso. Unas 12 personas, un hombre amanerado
y todas las demás, mujeres. Madamme G. Me detuvo y me
dijo: “trajo mi partitura?” le contesté que todavía
estaba trabajando sobre ella y la anciana respondió
“lo que pasa es que las colecciono”, “Si ya sé
-respondí- después se la llevo”

Durante la reunión, hablaron sobre la comida que se
iba a servir, sobre las bebidas. Y cuando llegó el
turno de la música, me dieron la palabra.
Estaba por hablar cuando apareció la cantante. Saludó
y se sentó cerca de donde estaba, pero debo decirles
que había algo extraño en su forma de actuar, no me
miraba, parecía tener la vista perdida hacia el
frente. Era como hablarle a una cotorra.
Comenté más o menos mi idea, alejarme del repertorio
francés, tocar unos temas de Piazzolla y otros de
Gardel (porque Piazzolla vivió en Francia, y Gardel
nació por allá, muy conveniente)
Les gustó la idea, y toqué algo, cualquier cosa para
que sintieran el sonido de mi instrumento, pero la
acústica de la sala era horripilante y el bandoneón
sonaba como un montón de patos graznando.
Luego, le dieron la palabra a la cantante, la mujer
seguía con la vista fija en el frente, era como si no
quisiera verme. Dijo: “Miren, he estado pensando.... Y
la verdad, es que el sonido del bandoneón no me
resulta muy parisino que digamos, por suerte, hablé
con un señor que toca el acordeón que está dispuesto a
participar de mi actuación, es ingeniero (por
discreción, sólo me referiré a él, como el ingeniero
M.)
“Perfecto” dijo alguien de la junta, “Entonces como
hacemos con vos Benjamin?”
Me miraron los 12 y la cantante y dije “Bueno, como
iba a ser en un principio, hago mi parte y después
ustedes pongan lo que quieran, no tengo
problema...Además...” En eso, por la puerta grande,
apareció una diminuta y enjuta viejita de pelo rubión
teñido. Me miró, miró a los de la junta, saludó muy
bajito a todos (una voz pequeñita y sencilla) se sentó
despacito (como pidiendo disculpas por existir)
apoyando ambas manos sobre su carterita negra. Miró mi
bandoneón, me miró a mí, sonrió levemente y en ese
gesto, las cejas se le fueron a cada lado.
Se veía tan frágil aquella mujer que, si en ese
momento alguien hubiera decidido abrir una ventana o
prender un ventilador, de seguro que salía volando
como una hoja desprendida. Habría sido homicidio
aquello, era delgadísima.
La viejita escuchó mis palabras, y después de un
prolongado silencio dijo:
“Perdónenme, sepan disculparme mis queridos, pero creo
que sería lindo también si viniera a la fiesta la
orquesta de tango de la municipalidad, me dijeron que
son buenos”
Recordé como un fogonazo a Mauro X, los ojos se me
abrieron tremendamente y en un gesto desencajado a
viva voz le dije a la pobre “NO, NO, LA ORQUESTA
MUNICIPAL NO!” (la viejita casi se muere del susto por
mi reacción)
“Por qué?” dijo el hombre amanerado de la junta, quien
ahora parecía interesarse más por el tema de la música
que por la decoración de interiores.
“No, no, la orquesta municipal, la conozco bien, hace
años que tocan siempre lo mismo, es cualquier cosa
eso, mejor no”
“Pensé que eran buenos... perdóneme por favor” dijo la
viejita como lloriqueando.
“¿Y si traemos una pareja o un bailarín de tango que
baile mientras Benjamín toca?” sugirió una mujer allí
presente.
“No sé”, contesté “¿Y quién podría ser?” “Podría ser
el ballet de San Juan, les pagamos unos pesos a una
parejita para que baile mientras Benjamín toca” dijo
el hombre. “¿Y si mejor llamamos a las chicas del
instituto de danza?” sugirió brillantemente Madamme G.
“Si, si” pensaba “llámenlas, deben ser hermosas”
“¿Y cuánto habría que pagarles?” le preguntó el hombre
muy afeminadamente “y... 30 o 40 pesos, no sé” “Cada
una?!” gritó. “No, en total” contestó Madamme G. “Ah,
menos mal, si, si” bueno llámenlas, perfecto, entonces
todo queda arreglado. Hay algo más para tratar en la
reunión de hoy?” “Si”, dijo la señora G.
“Saben que tengo un vecino, creo que de 95 años, el
hombre fue alumno del fundador de la Alianza acá en
San Juan, se me ocurrió invitarlo a la fiesta y
pedirle que diga unas palabras conmovedoras sobre su
ya desaparecido maestro”
“NO Georgette” jadeó el hombre machihembrado “VOS
SABÉS LO QUE ES QUE UN VIEJO DE 95 AÑOS HABLE DURANTE
UNA FIESTA ASÍ?! TE DAS CUENTA A CASO EL TIEMPO QUE
PERDERÍAMOS ESCUCHÁNDOLO....EL CONSUL, EL RECTOR DE LA
UNIVERSIDAD, EL GOBERNADOR, EL EMBAJADOR, TODOS
ESCUCHADO A UN VIEJO DE 95 AÑOS DURANTE DOS HORAS!?”
“Pero ya le dije que sí” contestó Madamme Georgette.
“NO, MIRÁ, QUE ESCRIBA EN UNA HOJA QUE LE PASÓ Y SE LO
DAMOS A UN LOCUTOR PARA QUE LO LEA, Y ASUNTO
TERMINADO”
“Está bien” aceptó algo dolida la pálida vieja.
Luego hablaron sobre la idea de proyectar una película
en la sala, con imágenes de Francia, y se pusieron a
debatir sobre qué video sería el más apropiado para la
ocasión, parecían mandriles peleando por un plátano.
La reunión de ese día se dio por concluida con ello.
La cantante, quien ahora por alguna extraña razón
volvía a hablarme, se ofreció a acercarme a mi casa en
su Fiat verde,” Acepté por compromiso, y nos fuimos de
allí.
Luego que me depositara frente a mi casa, después de
haber estado escuchando durante todo el camino
disculpas burdas sobre su accionar conmigo, me dispuse
a practicar en serio para la fecha. El día se acercaba
y tenía que estar preparado.

Y así, pasaron los días.
Terminé de ver lo que iba a tocar y le hice escuchar a
mi novia, quien ya había vuelto de Mendoza, algo de mi
repertorio, para que me juzgara la expresión y me
sugiriera el carácter con que debía abordar cada
pieza.
Todo pareció encajar perfectamente. Todo. Al menos
hasta ese fatídico Jueves, ese Jueves maldito que
cambiaría drásticamente las cosas.

El Martes 21 de Octubre de 2003 , ya casi sobre la
fecha de actuación, me convocaron nuevamente a una
reunión en la Alianza Francesa. Esta vez, fui sin el
bandoneón.

En la misma, se dieron a conocer dos nuevos
personajes. El encargado de sonido de la fiesta y la
jefa del instituto de danzas.
El encargado de sonido, resultaba ser, a simple vista,
un tipo moreno, y poco presuntuoso, de pelo oscuro,
frente amplia y alguna que otra arruga antes de tiempo
que denotaban cierto prestigio y experiencia sobre lo
que comentaba.
La mujer del centro de danzas, era un caso
completamente antagónico; sobre todo para su cargo en
aquel instituto.
Aproximadamente de 150 kilos, brazos de jamón, pelo
negro azabache, un lunar gigante en la cara; sus ojos
eran ojos de resentimiento. Ojos de rencor.
Seguramente, aquello se explicaba en su imagen.
Denotaba cierta hipocresía en la voz, parecía estar
tratando de agradarle a la gente como por obligación,
por compromiso.
El encargado de sonido hizo sus croquis sobre el salón
donde se efectuaría la fiesta, y habló muy
entusiasmado sobre micrófonos, cables, parlantes y
acústica.
La mujer de la danza escuchaba a un costado, como
apartada de todo ese mundo y sólo habló cuando fue
requerida su presencia.
Me cedieron la palabra, me pidieron que les diera el
nombre de las piezas que iba a tocar esa noche, ya que
las tenían que tener anotadas para que un presentador
las diera a conocer. (Los artistas no tendrían
micrófono para hablar) Les estaba por pasar los
nombres, cuando en eso, la mujer de las danzas se
involucró violentamente: “Ah, Piazzolla, y qué es lo
que tocás?” En eso interrumpió la viejita frágil que
había estado en la reunión anterior: “Perdonen
queridos, pero por lo que escuché de este chico, me
parece que su música no es para bailar, es más bien
para escuchar” Le di la razón, y luego dije que podría
tocar alguna pieza rítmica de Piazzolla para las
chicas de danza, pero tendría que ponerme a ver cuál
podría ser.
Además, no estaba habituado a hacer ese tipo de música
con mi instrumento, las veces que había hecho algo
para que la gente bailara terminó siendo demagógico y
mersa (todavía recuerdo aquella vez en que hice bossa
nova junto a un guitarrista en el medio de una fiesta
sobre la tradición gaucha, y los corajudos bailarines
se miraban unos a otros, severamente confundidos.)
“Ah, por cierto” dijo alguien de la junta “Mirá, hubo
problemas con la cantidad de personas invitadas a la
fiesta, por lo que no vamos a poder darte el pase
gratis para tu novia, vas a tener que pagarlo. El pase
es de $ 30, tenés tiempo hasta el viernes para
comprarlo”
Me enervé. Cómo podían cobrarme la entrada de ella?
Qué clase de mentalidad era esa. Iba a tocar gratis
para ellos, y encima tenía que pagar la entrada? No.
Les planteé la situación, y les exigí una explicación
al respecto.
“Bueno, podrías decirle a tu novia que venga después
de cena y así pagaría una entrada más barata, pero no
tendría sentido, ya que vas a tocar al principio”
El problema en realidad, no era la plata, no, el
problema era otro, ellos habían dado su palabra de no
cobrarme la entrada y ahora me salían con esto, a
último momento, y de apuro, además, había estado
teniendo unos gastos bastante serios el fin de semana,
estaba seco financieramente.
Entonces la otrora bailarina, indignada y sacando a
relucir algo de su resentimiento superficial dijo
mirando a los demás pero no a mi, como dando a
entender que su mensaje me iba dirigido.
“Bueno, hay que amoldarse, yo me amoldo a las
circunstancias, hay veces en que no hemos cobrado, y
hemos terminado pagando, pero bueno, nos sirvió como
experiencia, hay que amoldarse, todo artista serio se
amoldaría”
Y mientras terminaba su innecesario monólogo a la
junta, yo pensaba, furioso por la actitud de aquella
gente “Pero por qué no te amoldás en un gimnasio!”
“Quién pidió tus apreciaciones!” “Hacete rifar!”
Iba a gritárselo a la cara, iba a armar un escándalo
delante de aquella junta directiva, pero me contuve.
Recordé que iba por recomendación de aquel profesor
amigo, y si cancelaba a último momento mi actuación,
no tendría después disculpas suficientes para darle al
respecto. Además, para ese entonces él no se
encontraba en la provincia, había salido de viaje, por
lo que no tenía como explicarle lo que estaba
ocurriendo.
Al finalizar la reunión, y cuando me estaba yendo, el
sonidista me dejó un teléfono para que le llamara. Era
para ir a probar los micrófonos en la sala donde sería
la fiesta.
No tenían de donde conseguir la cantidad, (una
cantidad miserable, pero que no tenía) Hablé con mi
viejo del tema, le pedí un préstamo, pero discutimos
por una diferencia que habíamos tenido días atrás, y
esa fue la gota que rebalsó el vaso, por lo que
cortamos comunicación.
Unos amigos se enteraron, y me prestaron la cantidad,
pero sentía que la guita me quemaba las manos, no
podía usarla, no. Era un monto miserable, pero para
mi, en aquel momento, cualquier cantidad me habría
parecido exagerada, no concebía que me cobraran la
entrada de ella a la fiesta.
Estuve meditando al respecto, y recordé aquella
llamada de mi novia desde Mendoza, cuando me había
comentado la ropa que se había comprado, las ganas que
tenía de ir, la gente que iba a estar allí presente y
que podría conocer...
Y todo eso me daba vueltas en la cabeza, una y otra
vez, era desesperante.
Cometí entonces, en un gesto desesperado una acción de
la cual me arrepentiría hasta el día de hoy.... Decidí
vender prácticamente por monedas mi lectora de cd para
pagarle la entrada a mi novia. La vendí en $40, (una
lectora que costaba $120) la malvendí por esa
cantidad, porque necesitaba el dinero urgentemente.
Y así fue que pude conseguir la entrada para mi novia.

Y el Jueves 23, cuando ya todo parecía resuelto, y las
aguas iban más calmas, a pesar de estar peleado con mi
viejo, haber vendido la lectora de cd, y haber quedado
mal al rechazar el dinero de mis amigos, ocurrió lo
que menos esperaba, la puñalada última que me jugaba
el destino.
Pasé a buscar a mi novia ese Jueves; estaba ansioso
por contarle todo lo que había pasado, seguro que iba
a comprender perfectamente mi accionar. Sabía que ella
me importaba lo suficiente como para sacrificar algo
tan valioso para mi

Al llegar, cuando me vio, se acercó y me dijo muy
seria: “Tenemos que hablar”
(y ya saben ustedes lo que significa eso)
No le iba a mendigar ni a rogar nada, no me iba a
rebajar por su cariño, no comprendía que le pasaba,
pero ella dijo que ya no me quería como antes, que
todo había pasado, que quería terminar la relación
antes que fuera más doloroso para los dos, etc.
Y en un gesto de lo más bajo, me dijo: “Esto es tuyo”
Y entre las hojas de un libro, me devolvió mi foto.
Puso la mejilla para que le diera un beso, como para
despedirse para siempre.
Quise decirle todo lo que había hecho por ella, pero
me mordí los labios, no podía echarle en cara algo
así, habría quedado a su nivel si lo hubiese hecho.
Contesté indignado que no nos veríamos más. Y se fue.

Hablé con unas amigas que teníamos en común, pero no
entendían que le había pasado. La llamé y no
contestaba.
“No, no está, no sabemos nada, ¿quién decís que sos?
No, no está.”, me contestaban del otro lado del tubo
quienes atendían.
Ahora la situación se tornaba insostenible. No tenía
ánimo para tocar, estaba destruido internamente. Al
llegar a casa rompí sus cartas, no quería volver a
verla nunca. ¡Me hacía esto en aquel momento tan
importante para mi! Hubiera esperado al menos hasta el
Domingo o hasta el Lunes para decírmelo, pero no unas
horas antes de la fiesta, habiendo hecho el sacrificio
que hice por ella.
Pero no supo entenderlo.

Hablé con el sonidista sobre el tema de los
micrófonos, y me citó para el sábado a las 18.30 para
ir a probar el sonido.
Salí de casa, sin afeitar, todo despeinado, bastante
dolido, y llegué al lugar con mi bandoneón.
Al entrar, luego de subir una escalera alfombrada,
busqué a la gente de sonido y les pedí una silla para
apoyar una pierna y tocar parado. Me decían que no
habían sillas suficientes, que tendría que esperar,
que se habían roto varias sillas y tenían que traer
más de otro lado. Esperé lo suficiente, fui demasiado
paciente con esa gente. Al rato cayó la cantante para
probar su micrófono y con ella venía el ingeniero
acordeonista.
La mujer dijo que ella cantaba con pistas, pensé en un
primer momento que se trataba de una especie de
karaoke, pero resultó ser más bajo todavía, era
playback, la voz también estaba grabada. El
acordeonista tocó unas piezas en su alargado
instrumento y nadie lo escuchó, el tipo era de madera,
parecía estar tocando de memoria y con miedo a
equivocarse, todo al mismo nivel, todo monótono, cero
delicadeza.
Conseguí una silla y toqué la introducción del arreglo
de “La casita de mis viejos”
Se escuchaba bien en aquel lugar, el sonido llenaba el
alma.
Mientras tocaba aquellas notas, se me acercó,
acechando como ave de carroña, el acordeonista y me
dijo “Te sabés Naranjo en Flor?”
“Si” le contesté desganado
“En qué tono?” preguntó
“En el que sea le respondí” bien sobrador, como para
que comprendiera el abismo que había entre ambos.
El hombre comenzó a tocar el tango con su acordeón....
Desesperante, no podía comprender como se podía ser
tan frío para tocar, tan seco.
No quise seguirlo. En ese momento, recordé una frase
que me había dicho en una oportunidad Anconetani (un
fabricante de acordeones que vivía en la zona de
Chacarita, Buenos Aires) “El bandoneón y el acordeón
son enemigos, se odian”
Le repetí esa frase al ingeniero, pero pareció no
entenderla, era demasiado sesuda para su precaria
concepción de las cosas; y siguió y siguió tocando,
cada vez más guarango, cada vez más fuerte, después lo
tocó en tres cuartos, como queriendo hacerse el
cómico, pero más que comedia fue absurdo.
Guardé el bandoneón, y me fui del salón.
Caminé durante unas horas por la ciudad y pasé por un
cyber, pero no había nadie con quien hablar.
Oscurecía ya, caminaba por aquel trazado, sin rumbo,
completamente solo por aquella cuadrícula de asfalto,
pensando en ella y vagamente en la fiesta que se
aproximaba.
Se hicieron las 21.15, tomé un remisse en la calle
durante un semáforo en rojo, y le di la dirección de
la casa donde sabía que estaría mi novia en ese
horario.

Llegué, y llamé a la puerta.

Me recibieron unas amigas de los dos, me dijeron que
no quería verme, que me olvidara de ella, que ya no
había vuelta atrás en el asunto. Les dije que la
fiesta era en menos de una hora, estaba desaliñado,
totalmente. Se portaron muy bien conmigo, me
ofrecieron acompañarme en el lugar de mi novia, pero
yo sabía que no sería lo mismo, necesitaba ir con
alguien especial, no podía llevar a otra sólo para que
ocupara la entrada.
Me dieron algo de ánimo, como hacen todas las buenas
amistades, y me fui.
Llegué con el tiempo justo al lugar. Eran las 22. El
sitio era muy careta, pródigo en varios aspectos. Toda
la gente con ropa formal, de traje, las mujeres
vestidas de gala. Y yo, totalmente desentonado con
ellos, con una expresión de dolor en la cara
inexplicable para lo que resultaría ser esa fiesta.

Subí la escalera alfombrada en rojo, y me recibieron
unas personas, me dijeron: “Vos sos el que toca?, mirá
buscate un lugar entre la gente por ahí” hasta que
empiece la fiesta
Les dije de la entrada de mi novia, pero no
entendieron, la entrada estaba a nombre de ella, yo no
la podía usar, no era algo material la entrada, eran
nombres que figuraban en una planilla. Mi nombre no
estaba en ninguna parte. Me habían engañado con lo de
mi pase gratis, me sentí traicionado. Entré al salón y
el contraste entre mi aspecto y el de los presentes se
hizo realmente notorio. Cuando iba entrando con el
bandoneón, me paró Madamme Georgette, y me dijo
agarrándome del brazo y con los ojos idos hacia atrás
“Me trajo la partitura?” le contesté que no, que no la
tenía en ese momento en el estuche. “Casi no lo
reconozco por el pelo en la cara, no se olvide de la
partitura, mire que las colecciono” La mire como
tratando de entenderla, y me solté sin decir palabra.
Llegué hasta la gente de sonido y me puse a conversar
con ellos, necesitaba hablar con alguien, fuera quien
fuera, pero necesitaba alguien con quien hablar.
Busqué con la mirada donde ubicarme, y todas las mesas
estaban repletas, alguien había usado la entrada de mi
novia. La verdad poco me interesaba eso, lo que me
dolían eran otras cosas, era todo lo que tenía dentro
en ese momento.
Un hombre alto y de aspecto aceitunado se me acercó,
era el presentador, me dijo que tocaría después de la
cena. “Cómo que después de cena,” dije
“Si, dijo el tipo, hubo unos cambios a último momento”
y se fue hacia otro lado.
“Después de cena” pensé “Qué hijos de puta” me dijeron
que iba a tocar al principio y por eso compré la
entrada normal. “Bueno, no importa, la guita es lo de
menos, qué me importa eso en realidad?...”
Comenzó la cena, la gente aplacaba sus necesidades
frugales, yo parado, (sin silla), sin nada para tomar,
sin nada para comer, miraba, junto a los muchachos
encargados del sonido. Parecíamos mendigos. Pero nadie
ofrecía nada, los mozos pasaban con jarras de vino de
varios colores, con canapés, con platos sofisticados,
y los depositaban en las mesas. Nos marginaban.
“No sé puede creer esta gente” dijo uno de los
sonidistas “Son de lo peor” “Cómo no nos ofrecen nada,
y encima a vos tampoco?” “Es de no creer”
Yo miraba sin mirar, contestaba cualquier cosa, estaba
sumido en una tristeza muy grande.
Habló uno de los diplomáticos, discurso en castellano
con acento francés, frases raras tales como “El
cerebro se pule con cerebro” se fueron deslizando
durante todo su monólogo.
Se entregaron unos reconocimientos y apareció el
hombre amanerado de la junta directiva para decir unas
cuentas palabras huecas. Palabras tales como
“Estamos honrados que nuestra institución cuente entre
los miembros de la junta con la presencia de un
descendiente directo de Domingo Faustino Sarmiento”
¿Qué tenía que ver con nada eso?
Es como decir que el hermano de Maradona juega bien al
tenis.
¡Qué clase de discurso era ese!? No podía entender
como la gente aplaudía a rabiar esas cosas.
Llegó el momento de actuar, el presentador me nombró
como
“El ACORDEONISTA” en otro momento quizás hubiera hecho
alguna clase de aclaración al respecto, pero nada me
importaba en ese momento, nada excepto tocar e irme a
deambular por la calle con mi bandoneón, porque no
tenía nada que hacer en esa fiesta.
La gente no se callaba, todos reían, hablaban, había
ruido de cubiertos...
Miré a los costados, miré hacia el frente, vi al
cónsul, al rector de la universidad, al embajador, al
gobernador, todos los invitados, los peces gordos,
todos.
Toqué un Mi de la octava alta durante un rato hasta
que se callaron todos.
Cuando hubo silencio, ubiqué el atril, puse un par de
hojas y comencé a tocar un viejo arreglo, uno de los
primeros, “Golondrinas” de Gardel.
Terminé la primer pieza, la gente aplaudió. Esperé
nuevamente el silencio y comencé a tocar la Suite
Troileana 1 de Piazzolla que tantas veces había tocado
antes, (no había practicado nada, era mejor ir a lo
seguro)
Y mientras tocaba, sentí que volvían los murmullos,
las risas, el ruido de cubiertos que caían, las copas
que chocaban...vi a un costado a la mujer del centro de
danzas, devorando una porción de pescado. De la
comisura de sus labios, sobresalía, mejor dicho,
brotaba un color salmón. Y restos de condimento en el
terrible lunar afeitado de su cara parecían agrandarse
cada vez más y más.... Era abominable todo, en cierta
forma, y parecía ser el único que caía en la cuenta de
ello.
No pude contenerme, renegué con la cabeza y suspire.
Para borrar tan terrible imagen cometí el error de
comenzar a pensar en mi novia. Y mientras cerraba los
ojos me decía para mis adentros “A nadie le importa, a
nadie, podrías estar llorando ahora por ella y a nadie
le importaría, no ves que es una fiesta? No escuchás
como se ríen y hablan mientras tocás, como les chorrea
la comida de la boca, como escupen ese vino, daría lo
mismo tocar cualquier cosa ahora, son animales” En ese
momento, una especie de suspiro que dio el bandoneón
al cerrarlo me trajo la voz de ella y por si fuera
poco, todos esos “te quiero” todas esas caricias, toda
esa mentira, esa mentira que quise que me dijera
cuando fui a buscarla y no quiso verme. Dios, quería
gritar, pero no podía con tanto dolor. En ese momento,
comencé a tocar unas notas que habían sido parte de
una pieza que había compuesto para ella, nadie lo
advertía, el cambio había sido muy gradual. Y mientras
tocaba, sentía como si arrugaran un papel, como si a
dos manos rasgaran un pedazo de terciopelo. Cada vez
que acercaba los dedos a las teclas, me traía el
recuerdo de cuando mis manos jugaban con su cabello,
esos acordes eran ese pelo, me abrasaban los dedos
esas notas, pero yo seguía, y las lágrimas no salían,
pero seguía.
Por dentro estaba lacerado, mis oídos ya habían
anulado todo contacto con el exterior. Ya no oía
aquellas risas, ni las voces, ni el entrechocar de las
copas.
Fue en esa intimidad, en ese momento de falaz soledad,
que comencé a tocar cada vez más suave. Un pianissimo
insostenible, era como si reviviera todo lo que nos
había pasado, de principio a fin. Terminé esas notas,
suavemente, y comencé a tocar Reminiscencia, porque de
eso se trataba todo, una reminiscencia inexplicable, y
mientras tocaba, marcaba el bajo del acorde como
gatillando con los dedos, como un tañido de campanas.
Los ojos cerrados, el ceño dolido, encorvado sobre el
instrumento. Para aquella gente todo debía pasar
seguramente como parte de un espectáculo, pero no era
así. Era brutal el momento. Cada vez más fuerte, cada
vez más insistente se fueron sucediendo aquellas
notas, llegue a un punto en el cual sabía que el
bandoneón no iba a resistir tanto volumen, y entonces
me quebré. Solté todo lo que tenía dentro, toqué
durante 15 minutos ese lamento inconmensurable, y el
rezongo del fuelle me aplacaba, como a un niño, y ese
silencio alucinado me extasiaba, pero no era cierto,
todo era mentira, a nadie le importaba nadie, nadie
estaba escuchando. Y si alguien lo hubiera estado
haciendo, qué podía interpretar de ello? Resultaba
imposible pensar que esa persona estuviera entendiendo
toda esa pena ajena.
Se apagó la nota última, y aplaudió con desgano la
gente. Abrí los ojos, me tembló algo el pulso, pero
pude manejarme con entereza unos pocos pasos.
Apareció entonces la cantante del playback, el
ingeniero acordeonista, las chicas del centro de
danzas, y todos y cada uno de ellos, sonrieron al
público, y entregaron sus actos.
La gente aplaudía desaforadamente aquello. Era lo que
estaban esperando. Era eso, el recurso banal, el
facilismo.
Comprendí que estaba en el lugar equivocado, pero
sobre todo en un momento equivocado.

Esperé a que terminaran todos y cada uno de ellos, y
me retiré.
Quedarme allí, a presenciar el baile, habría sido
masoquismo.
Al salir, me detuvo de nuevo la pálida vieja y me
reclamó nuevamente la partitura que me había prestado
porque, en fin... “las coleccionaba”. Le pregunté
amablemente en que horario se acostaba a dormir. Me
dijo que dormía la siesta; por lo que fui al otro día
en plena siesta, bajo la insolación terrible de
Octubre a tocarle el timbre insistentemente a aquella
vieja pesada, para devolverle su inútil partitura, así
me la sacaba de encima para siempre.

Y después de haber devuelto las hojas, caminando calle
abajo con 45 grados de calor de Domingo golpeándome la
piel, fui a casa, pensé un rato largo en la ingratitud
de me quien había jurado tanto amor y tantas promesas,
tomé dos aspirinas y me senté a tocar, en el
bandoneón, aquella pieza que había sido de los dos.
Música que, sin palabras, supo, en esa tarde rara,
resignarme...

Benjamin Szvalb comprende entonces, que desde el
principio lo han traicionado,
Que ha sido condenado a la infamia, que le han
permitido el amor, el rencor, la soberbia y el
triunfo, porque ya lo daban por muerto, porque para
ella él ya estaba muerto

Casi con desdén, guarda el bandoneón en su estuche, se
mira la cara en la otra cara (la del espejo), sonríe y
se marcha en dirección incierta...

Juran algunos que le han visto deambular por la
ciudad, que está cambiado.
Hay algo en esos ojos que ya no es lo mismo, algo
inexplicable...
Pero él sabe bien que nunca dejo de ser el mismo.
Más allá del mito, el hombre existe.

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