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IMAGEN DE PIES DESCALZOS

Caminar despreocupado por calles adoquinadas, observar extasiado ostentosas iglesias coloniales y casas de prósperos comerciantes; horas más tarde, acercarme al umbral de la selva, respirar la sangre de los poseedores primigenios de la tierra, los árboles, los arroyos, la naturaleza entera; después, al atravesar la línea, escuchar un ruido de muerte que despedaza el entorno a su paso, que trunca los sueños de los niños descalzos y mugrientos, ese ruido que produce un tanque atravesando imponente la calle; y un olor nauseabundo, el olor del cuerpo de un niño de piel morena atrapado en las ruedas de un camión de guerra, comparsa del tanque, a la zaga; y dos soldados, uno conduciendo el vehículo y otro de pie, asomando amenazante la punta de un rifle ante las miradas expectantes de azorados indígenas, apoyados en las paredes de barro o sacando la cabeza por los agujeros de sus chozas; una indígena joven, casi una niña, arrastrando los pies, saliendo de la alucinante inmensidad de la selva, con la mano cubriendo su boca, unos ojos vidriosos a punto de estallar; un tanque que se detiene, el suspenso indignante e insoportable que se cierne sobre todos nosotros; el soldado que aparece en la superficie del tanque y ordena a la indígena que se retire del camino de inmediato; la indígena que cae arrodillada devorando su llanto, y con él más de cuatrocientos años de latigazos marcados en las raíces de la selva Lacandona.


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