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Trabajo Social y Derechos Humanos en una Sociedad global:
Realidades, expectativas y desafíos.


El nuevo milenio trae consigo un asombroso mundo de desarrollo tecnológico, científico y social. Vivimos una era de globalización que tiene efectos positivos y limitaciones. En lo principal, en el centro de las expectativas, y como siempre en todo salto cualitativo de la humanidad, están presentes la persona humana y sus derechos esenciales.

En este contexto el Trabajo Social es una de las profesiones que enfrenta con mayores desafíos las oportunidades y debilidades del proceso globalizador. Es difícil que se sustraiga a sus impactos y es preferible que lo asuma y realice un discernimiento teórico y práctico, fundamentalmente porque la globalización está afectando la teoría y la práctica del Trabajo Social en todo orden de cosas y en todo el mundo.

El presente trabajo busca reconocer la realidad de la globalización, asumir sus potencialidades y dar cuenta de sus desafíos. La inmensa mayoría de situaciones y acontecimientos que hemos conocido a lo largo del siglo XX indican que la humanidad entró a una nueva era en el desarrollo de la civilización. Uno de los factores importantes de esta constatación es que los hechos que acontecen ya no pueden ser examinados sólo desde una escala local. Por lo tanto, a un modelo de desarrollo global corresponde, en cierto modo, un modelo de Trabajo Social global.

Los factores que influyen en este proceso son variados. Por un lado, las nuevas variables económicas, las grandes transformaciones en el ámbito de las relaciones de intercambio y la información, las grandes reformas urbanas y sus efectos en el medio ambiente y la biodiversidad del planeta, se unen a cambios insospechados en el terreno científico y tecnológico y diversos otros fenómenos aplicados.

Los inicios del siglo XX están ciertamente caracterizados por crecientes procesos globalizadores. Parte importante de sus indicadores son los datos provenientes de la movilidad demográfica, el desarrollo de las comunicaciones, el incremento del comercio mundial, el intercambio de capitales y el desarrollo tecnológico de nuestras sociedades. Estos elementos que conllevan progreso para muchas naciones, también implican pobreza, desempleo y problemas de integración en otros países, especialmente subdesarrollados.

Consideremos tan solo la situación que afecta a los niños en el mundo. Se estima que un poco más de 50 millones de seres humanos viven en condiciones de desarraigo. Un porcentaje alto ha buscado domicilio en otros países y otro porcentaje experimenta severos desplazamientos internos. Pues bien, cerca de la mitad de estos 50 millones son niños.

En las primeros decenios del siglo XX dos millones de niños murieron en conflictos armados; un millón quedaron huérfanos y seis millones resultaron heridos de diversa consideración. Más avanzado el siglo XX, 300 mil niños han participado en guerras como soldados. Otros miles son obligados a practicar la prostitución. Organismos internacionales humanitarios estiman que 3,8 millones de niños murieron en el siglo pasado como resultado del SIDA, enfermedad que antes de finalizar dicho siglo dejó huérfanos a otros 13 millones de menores en el mundo.

El VIH/SIDA es una de las más dramáticas amenazas contra la población infantil al entrar el siglo XXI. En aquellos países con un alto índice de esta enfermedad, se estima que la mitad de los jóvenes mayores de 15 años están irremediablemente condenados a la muerte.

En materia social, 1.200 millones de seres humanos entraron al nuevo siglo sobreviviendo con menos de un dólar americano por día. Un poco menos de la mitad de esta cifra gigantesca de seres humanos, son menores de edad.

Según estudios de Naciones Unidas, existen en el mundo 815 millones de personas con hambre: 777 millones de este universo viven en países pobres. Se estima que 25.000 personas mueren diariamente como consecuencia de la carencia de alimentos, que ya son escasos para una población pobre que supera los 2,2 mil millones de personas.

De un total de seis mil millones de seres humanos que habitan en el planeta, sólo dos mil millones disfrutan condiciones adecuadas de vida. De los otros cuatro mil millones, 2,8 mil millones viven por debajo de la línea de pobreza y 1,2 mil millones se ubican en los indicadores de miseria.


En el mundo existen 178 eco-regiones caracterizadas por una rica biodiversidad: 31 están en estado crítico de conservación; 51 en peligro y 55 han sido declaradas vulnerables. El 16% de la tierra del planeta se encuentra degradada. Esto significa un poco más de 300 millones de hectáreas.

En la contraparte de este contexto se observa un notable aumento de las oportunidades en materia de información con la consiguiente disminución de la variable tiempo y espacio. Antes no existía conciencia de la posibilidad de percibirnos como miembros de una sociedad global. Las identificaciones nacionales eran más marcadas. Hoy prácticamente no existen fronteras para el conocimiento y el intercambio de información en el mundo y ha surgido con mayor consistencia la idea de una sociedad común.

El Secretario General de la Federación internacional de trabajadores sociales, decía en Septiembre del 2001, en un congreso en Cuba, que “una edición dominical del New York Time tiene más información que la que un ciudadano promedio del Reino Unido del siglo XVII pudiera haber adquirido en toda su vida....”. Situaciones como ésta son normales en la sociedad global del siglo XXI, especialmente si atendemos hoy a lo que implica el proceso de navegación por la moderna carretera de la información virtual que significa Internet en el mundo y su crecimiento sin límites.

En 1947 el 47% de la población mundial vivía en zonas urbanas. Para el 2020 se estima que esta cifra se eleve al 55%.
Esto implica un desplazamiento significativo de poblaciones en distintos países del mundo. Hoy existen un poco más de 20 mega ciudades con poblaciones que superan los 10 millones de habitantes. Para el 2015 se estima que existirán cerca de 26 mega ciudades con más de 10 millones de seres humanos. Esto implicará efectos extremadamente potentes para el medio ambiente y la calidad de vida de tales personas. En Asia están ubicadas las 12 ciudades más contaminadas del mundo.

¿A qué apunta, en definitiva la globalización?.

Hablamos de un mundo interdependiente y cada vez más interrelacionado. Con un crecimiento expansivo del comercio, las inversiones y las finanzas, variables que crecen en el ámbito internacional a mayor celeridad que las propias economías nacionales. El desarrollo de las tecnologías modernas está cambiando nuestra forma de vivir y de comunicarnos. En suma: se trata de un proceso dinámico con resultados ambivalentes, que tanto pueden servir para incrementar el potencial del desarrollo humano como también para imponer severas exclusiones sociales mediante el empobrecimiento de diversos segmentos sociales.

El Foro Económico Mundial de Davos, no obstante, se expresó en forma positiva acerca de los impactos y posibilidades que representa la globalización en el mundo. Por el contrario, el Foro Social Mundial de Porto Alegre el 2001 observó las mismas variables con un grado mayor de pesimismo. En Suiza, según el decir de algunos, se reunieron los satisfechos y en Porto Alegre los disconformes...

II ORIGEN Y ALGUNAS CARACTERISTICAS DE LA GLOBALIZACION

¿Cuáles son los factores que visibilizan la emergencia de la sociedad global?. Básicamente se trata de cuatro fenómenos mundiales: 1.- la caída del muro de Berlín; 2.- el fin del socialismo real; 3.- la extensión del mercado global y 4.- la revolución informática con internet a la cabeza. A partir de estos cuatro hechos, la globalización se ha desarrollado a gran velocidad y con perspectivas claramente asombrosas.

Entre las principales instituciones que han obtenido grandes beneficios con la expansión globalizadora están las instituciones financieras, las empresas multinacionales, el turismo mundial, organismos no gubernamentales y la mano de obra muy calificada. El 20% más rico de la población mundial ganaba 30 veces más que el 20% más pobre en 1960. En 1990, la proporción asciende de 60 a 1 y ya en 1997, la diferencia se empina de 74 a 1, según estudios del PNUD. Este 20% más rico de la población mundial controla el 86% del PIB mundial, en tanto que el 20% más pobre alcanza a un 1% del mismo PIB.

En paralelo la desigualdad social ha experimentado importantes diferencias: en 1820 la proporción era de 3 a 1; en 1870, de 7 a 1; en 1913 de 11 a 1; en 1997 de 74 a 1...En la actualidad, más de 80 naciones en el mundo tienen una renta per cápita menor a la que tenían hace diez años.

Otro fenómeno importante a considerar es que la globalización no contempla mecanismos de redistribución de la renta. En algunos casos se ha procedido a condonar ciertos porcentajes de deudas externas de países muy empobrecidos. La ayuda de la cooperación internacional, especialmente a través de la AOD (Ayuda Oficial al Desarrollo), ha alcanzado en algunos casos el 0,7% del PIB de los países ricos.

Los temas sociales son claramente los más afectados en este contexto de desarrollo global. Tomemos, por ejemplo, el indicador de pobreza. De acuerdo a estudios de la CEPAL, en 1985 había 135 millones de pobres en América Latina. En 1990 la cifra se elevó a 200 millones. Y entre 1997 y el 2000, a pesar de ciertos indicadores positivos de crecimiento económico, el número subió a 226 millones.

En la actualidad, un ciudadano americano gana, en promedio, más que 100 ciudadanos de Haití. En España el 20% más rico tiene 4,4 veces más ingresos que el 20% más pobre. En Colombia es 15,5 veces más.

Entre los fenómenos positivos de la globalización se considera el aumento del comercio exterior, la liberalización de los mercados y el impacto de la revolución informática. Hoy, casi el 20% de los bienes y servicios que se producen en el mundo son exportados e importados.

Aún así, y a pesar de datos que pueden ser negativos, la globalización también representa una oportunidad para generar iniciativas innovadoras que permitan terminar con la pobreza y profundizar la democracia. Hay ideas que se están debatiendo a nivel mundial y que de concretarse podrán tener efectos muy relevantes, por ejemplo, en materia de derechos sociales y económicos: los Convenios internacionales sobre Protección de la Capa de Ozono y Cambio Climático; la Conferencia de Río en 1992 logró abrir en estas materias una amplia discusión mundial.

Otros aspectos que pueden ser considerados positivos con el desarrollo de la sociedad global son el fin de la guerra fría, la distensión nuclear, la disminución del gasto militar, el desarrollo de energías renovables, las nuevas tecnologías informáticas, mayores espacios de oportunidades para mujeres y jóvenes, la ampliación de la fronteras educativas, la mayor transparencia de los procesos institucionales, entre los más relevantes.

El motor del desarrollo global de la sociedad es la globalización económica. Es un fenómeno diferente a lo ocurrido entre 1870 y 1914 con un mayor intercambio de artículos y productos. En esta nueva etapa estamos conociendo un mayor intercambio entre economías nacionales de mercado, lo que implica el crecimiento de la inversión extranjera, el aumento de responsabilidad compartida (joint ventures) y la integración de mercados financieros internacionales. Con la afluencia de la revolución informática este mercado de capitales puede operar sobre las regulaciones nacionales. Las políticas de ajuste estructural han permitido asociar políticas fiscales nacionales con fenómenos globalizadores.

Los cambios económicos locales en este nuevo contexto han generado cambios sociales muy relevantes, que son intensificados por los nuevos significados culturales y subyacentes que están presentes en los medios de comunicación, en el transporte y el turismo, en el mundo de los negocios y los actos cotidianos de la vida tradicional.

Estos nuevos significados están asociados también a interesantes procesos de toma de conciencia en el campo cultural y social, facilitados –en cierto modo- por el despliegue de los medios de información. Surgen así nuevas ideas en el campo de los derechos esenciales, emerge con fuerza la demanda de género, hay aspiraciones de mayor profundización democrática, los métodos de producción se socializan, cambian los esquemas de consumo, hay una valoración distinta de la calidad de vida.

Probablemente, uno de los efectos más impactantes del fenómeno globalizador en nuestras sociedades se relaciona con uno de los aspectos de la calidad de vida y que es el empleo. Hay diversos elementos que caracterizan la situación del trabajo en el mundo: capacidad de empleo y desempleo, condiciones laborales, conocimientos aplicados para renovar la fuerza de trabajo, entre otros. Lo esencial es que la estructura de las economías de mercado afectan el tipo de empleo tradicional y hace emergente nuevas condiciones laborales en donde el conocimiento, el emprendimiento y la creatividad adquieren un valor sustantivo para generar formas nuevas de trabajo.

El progreso tecnológico permite el acceso a mayores niveles de conocimiento; genera también nuevas demandas de oficios más calificados. La contraparte es que la mano de obra no calificada comienza a superar la oferta de trabajo y surgen entonces nuevos indicadores de desempleo duro.

En cualquiera circunstancia presente y futura hay que dar por hecho que la teoría y práctica del trabajo, principalmente entendida como fuerza laboral, está profundamente afectada, en donde –básicamente- el modelo de trabajo dependiente comienza a pertenecer al pasado.

III ANALISIS EN PROFUNDIDAD.

La globalización no es un sistema ni es un régimen. Se trata más bien de un proceso evolutivo en un momento histórico determinado del desarrollo de la civilización. En cierto modo, se trata de un conjunto de fases que se encadenan uniendo al mundo en un orden más global. El efecto de esta evolución es la homogenización de diversos aspectos de la vida humana y social. No obstante existen algunas ambigüedades en el tratamiento de este tema.

Una cantidad no menor de analistas del tema de la globalización pertenecen al campo de la ciencia económica. Ello hace inevitable poner su sello específico a los análisis de rigor. Desde esta perspectiva el mundo es percibido como una unidad operativa, con un eje básico instalado en el consumo. Las empresas, especialmente, multinacionales adquieren aquí un rol muy destacado.

Los consensos estratégicos en esta perspectiva están conformados por la intensidad del intercambio comercial, los servicios incorporados en dicho intercambio y los nexos informativos a través de los cuales se difunde dicho intercambio. El modo de producción del capital deja de ser internacional solamente y se convierte en un modo global.

Hace 20 años el intercambio financiero representaba un 5% de la economía del mundo y un 95% lo comprendía la economía real (agricultura, industria, servicios). En la actualidad la tendencia se invierte, siendo mayoritario el intercambio financiero y menor la economía real. El 90% de los capitales que circulan en el mundo hoy, de un total de 1,2 billones de dólares diarios, corresponden a transacciones que se realizan en siete días y menos y no son transacciones de mercancías ni de servicios, sino de dinero en busca de dinero nuevo. Es comprensible entonces que, en este contexto, la economía financiera no cree empleos ni bienes perdurables.

Una primera ambigüedad, en consecuencia, que aparece a la vista es que el ordenamiento económico global pareciera poner a la política bajo la autoridad del mercado. Hay quienes señalan que estos mismos procesos permitirían generar nuevas fórmulas políticas capaces de restablecer el control social necesario sobre el sistema económico.

Decía también que uno de los factores que facilitan la irrupción del proceso globalizador en el mundo fue la caída del Muro de Berlín. En efecto, hasta antes de este hecho político, Estados Unidos y la Unión Soviética constituían dos polos en tensión. Era el mundo bipolar. Al caer el muro, dicha bipolaridad dio paso a la unopolaridad hegemónica de Estados Unidos en el mundo, lo que implica una segunda ambigüedad, puesto que pareciera ser esencial al proceso globalizador la existencia de sociedades que no tengan más poder que otras.

Otro fenómeno globalizador que debemos atender dice relación con la revolución de las comunicaciones. Se ha incrementado de manera notable y poderosa la capacidad de transmitir todo tipo de datos e informaciones a costos sustantivamente menores, atravesando fronteras y superando todo tipo de límites. Han sido claves en esta auténtica revolución tecnológica la creación de las páginas web, el uso de satélites, el desarrollo de la tecnología de celulares. Todo ello ha contribuído a crear más vínculos entre personas e instituciones en todo el mundo.

Sabemos que los modelos de comunicación actúan ejerciendo una gran influencia en la construcción de mitos, lenguaje y creencias; se transmite ideas y significados, configurándose de este modo la perspectiva de una “aldea global”.

Mattelart señala que “las redes de comunicación en tiempo real están configurando el modo de organización del planeta. Los dispositivos de comunicación, al ampliar progresivamente el ámbito de circulación de las personas y bienes materiales y simbólicos, han acelerado la incorporación de las sociedades particulares en unos conjuntos cada vez más vastos, y no han cesado de desplazar las fronteras físicas, intelectuales y mentales”.

Vivimos hoy un proceso de información en tiempo real. Es un saber instantáneo. Ocupa un lugar destacado internet, fenómeno que irrumpió de manera poderosa en la mitad del siglo XX. Castells señaló en uno de sus análisis históricos que la información siempre ha sido un factor esencial en las sociedades para crear bienestar y poder. Por esa razón todas las economías han estado basadas en el conocimiento. Hoy existe una abundancia informativa gracias a las tecnologías de la información, que se convierte en un bien público. Internet es hoy una tecnología digital que permite producir, reproducir y transformar información para el consumo masivo y para los individuos que reciben un valor agregado que se llama conocimiento. Internet representa hoy una revolución industrial, en donde su característica clave es la hipertextualidad, es decir, la fractura del orden secuencial de la comunicación.

Gracias a esta industria revolucionaria se está creando un nuevo paradigma educativo, social y laboral, en donde las tecnologías de información son indispensables como instrumentos de producción tanto material como cualitativo. En perspectiva, todos pueden ser comunicadores. Todos pueden ser comunicados (Jordy Michelli, www.narxiso.com).

La integración de internet a los mercados y a los procesos sociales traerá grandes transformaciones en nuestras sociedades. Surge un nuevo valor agregado hoy a través de la digitalización de la información. En cierto modo, Internet es hoy el núcleo de la sociedad de información : comercio electrónico, gobierno electrónico, diseños web, ocio digital, prensa tecnológico, educación on line,....El cambio radical en el sistema de información tecnológica trae además nuevas formas de desafíos en el campo de la alfabetización digital, situación que se hará más ostensible en la medida que importantes segmentos ciudadanos aún no acceden adecuadamente al uso de esta nueva tecnología.

El Premio Nobel de Economía, 2001, Joseph Stiglitz, señala que “El fenómeno de la globalización es la integración más estrecha de los países y los pueblos del mundo, producida por la enorme reducción de los costos de transporte y comunicación, y el desmantelamiento de las barreras artificiales a los flujos de bienes y servicios, capitales, conocimientos, y (en menor grado) personas a través de la fronteras” (“El malestar de la globalización”). Todo repercute en todos. Por eso es posible explicarse la globalización como un gran cambio de civilización.

Este es un fenómeno que se expande a todos los ámbitos de la vida. Incluye la ciencia, la política, la cultura, los valores. Son escalas de temas que entran en conflicto con las realidades particulares de una comunidad o sociedad local, expuestas abiertamente a influencias muy diversas mediante la imagen, el sonido, los estilos de vida, relatos, espectáculos, noticias, juicios de valor y circunstancias relevantes de la historia cotidiana que se entrelazan con otros medios tales como enseñar, informar y vender.

Una primera constatación de estos fenómenos es que no estamos ante procesos que se producen espontáneamente. Hay detrás de ellos una clara idea de transformaciones culturales pero en un sentido unívoco, probablemente contrariando muchos aspectos fundamentales de la rica diversidad cultural de los pueblos.

Hay una advertencia que pone, especialmente, la Iglesia Católica en relación con lo que denomina la “globalización de los valores”, el riesgo de un cierto “colonialismo cultural”. Esencialmente, se trataría de un esfuerzo sutil para lograr la neutralidad de las entidades sociales en relación con la moralidad e incluso restar legitimidad a la existencia de una ley moral natural. Ello podría implicar cambios muy relevantes en la relación del ser humano consigo mismo, con la vida, la naturaleza, la familia y la sociedad.

No obstante, por otra parte también es posible percibir en esta advertencia eclesial una preocupación por la pérdida eventual del poder cultural que la religión –especialmente católica- ha instalado en gran parte del mundo y cuyos componentes teológicos y sociales son predominantemente conservadores. En efecto, temás tan especiales como el divorcio, el aborto y la sexualidad, han constituído tabú religioso durante décadas, haciendo que muchas personas no hayan podido desarrollar plenamente su personalidad, prisioneros de mitos y creencias en donde la religión aparece como un factor neurálgico de varias formas de infelicidad humana, especialmente a partir de la imagen del antigüo Dios “castigador”...

La complejidad de estos conflictos está instalada en la medida que, por una parte, la revolución informática trae cambios culturales asombrosos y potencian una mejor calidad de vida, y por otro lado, los mismos cambios pueden afectar de manera relevante la escala de valores con los que se relacionan los seres humanos. Es un conflicto entre la Fe y la globalidad de la vida de hoy.

Observemos otro fenómeno que debiéramos atender en el plano social. Ya hemos señalado que la globalización ha generado importantes procesos de crecimiento económico y apertura al comercio internacional. Pero también trae consigo importantes desequilibrios sociales en los países y entre países. El empleo ha sufrido importante cuotas de precarización. Muchas actividades productivas se han reconvertido a ritmos tales que los trabajadores con mucha dificultad han podido alcanzar. Se ha producido también una creciente movilidad laboral con la consiguiente pérdida de estabilidad en el trabajo. Hay países enteros que están fuera de la globalización e incluso zonas internas en países en vías de desarrollo que no pueden acceder a ella. La brecha entre países ricos y pobres ha aumentado.

La globalización productiva está afectando también la cohesión social y los equilibrios ecológicos. En cierto modo, debilita la estabilidad política de ciertas regiones en el mundo. La contrapartida es el mejoramiento en los indicadores de crecimiento económico, en la esperanza de vida al nacer, el surgimiento de nuevas tecnologías y la mayor integración mundial de los pueblos. Pero los que no alcanzaron o no alcanzarán niveles de salud y educación básicos tienen como destino la exclusión social.

No obstante hay un dato a considerar: como lo ha señalado el Papa Juan Pablo II (Eclesia in America y Pastores Gregis), “la globalización no es a priori ni buena ni mala. Será lo que la gente haga de ella”.

Se trata de una mirada estratégica, en donde la Iglesia reconoce a la globalización como un fenómeno objetivo ante el cual no hay que pronunciarse en contra, a diferencia de los cristianos que en su tiempo declararon su rechazo al proceso industrializador.

La pregunta clave, antes de entrar al desarrollo de una relación con el Trabajo Social, es si se trata de una sola globalización o de varios procesos globalizadores.

Digamos que hay una globalización asimétrica. Los países que participan en este proceso no lo hacen en condiciones de igualdad. Las naciones que cuentan con los recursos necesarios pueden imponer sus propias reglas y culturalmente promueven una visión neocolonial de la vida y de la historia.

¿Qué factores permitirían un proceso globalizador socialmente aceptable?. Digamos primero que hay fenómenos novedosos en el mundo que son una llave para abrir nuevas puertas en la discusión mundial. Por de pronto, el nacimiento y desarrollo de los movimientos de conciencia ecológica; los grupos e instancias comprometidos en la protección de los nuevos derechos humanos emergentes en el mundo (minorías, pueblos indígenas). El creciente aumento de la enseñanza y la cobertura expansiva de la educación es otro factor positivo de globalización solidaria. Todos los esfuerzos destinados a humanizar el trabajo y hacer accesible las nuevas medicinas. El desarrollo de las nuevas tendencias a privilegiar el capital social en las políticas públicas. La irrupción de la tercera edad como un segmento cada vez más masivo en cuanto sujeto relevante para nuevos procesos de producción y consumo. Y en particular citemos todos los esfuerzos destinados a preservar la identidad cultural, la memoria histórica de las comunidades, sus costumbres y valores como factores de globalización incluyente.

No se trata, entonces, de negar o rechazar el proceso de globalización, sino de entenderlo como un dato objetivo que está en pleno desarrollo y de apropiarlo para fines sociales superiores al mercado.

IV EL TRABAJO SOCIAL Y SU RELACION CON LA PRE GLOBALIZACION

Históricamente el Trabajo Social ha sido una profesión que se ha levantado y se ha desarrollado con un discurso y una práctica contestataria y anti sistémica. Esto ha sido más evidente en la época en que el Trabajo Social se desarrolló bajo la idea de la crítica al capitalismo, crítica por lo demás justificada plenamente en la década de los años 60 y 70 en el siglo pasado, cuando el Trabajo Social emerge como un estadio superior al asistencialismo histórico de las escuelas tradicionales del Servicio Social.

Se trata de un Trabajo Social preferentemente de izquierda, imbuído por dos grandes corrientes históricas que, en el caso de américa latina, sacuden los procesos sociales: la Revolución Cubana de 1958 y el cristianismo popular de la Teología de la Liberación a inicios de la década de los años 60.

Por un lado, la Revolución Cubana demuestra que es posible un cambio de estructura y de modelo económico, basado en una propuesta de transformación estructural del capitalismo. Esto enciende expectativas en todos los movimientos populares del continente. El Trabajo Social no será ajeno a esa influencia. De ahí la idea de que el Trabajador Social es un “agente de cambio” y la malla curricular se adapta para esos fines.

El mayor éxito de la Teología de la Liberación se alcanza en la Conferencia de Obispos en Medellín, en 1968, cuando se proclama la “opción preferencial por los pobres” y se condena al capitalismo por contener valores ajenos al evangelio.

Estos dos procesos sin igual en la historia latinoamericana permite que los movimientos proletarios del continente, encuentren en el cristianismo popular el aliado estratégico fundamental para impulsar los procesos revolucionarios que la región demandaba, teniendo presente el fenómeno concreto de la revolución cubana. El Trabajo Social se constituye así, a fines de los años 60 como una profesión militante y comprometida con los cambios.

Los procesos sociales son dinámicos entre los 60 y los 70. Los movimientos populares ganan espacio político, constituyen mayoría en los parlamentos, dominan las organizaciones sociales y estudiantiles, cuentan con importantes centros de producción cultural y de conocimiento político y social. En cierto sentido, son una amenaza clara de poder.

La respuesta a estos procesos emancipadores llegó en 1964 con el derrocamiento del Presidente Joao Goulart en Brasil y el inicio del período de regímenes de Seguridad Nacional en el continente. Claramente, las fuerzas conservadoras no permitirían nuevos cambios estructurales en el continente y abandonan las vías democráticas para hacer frente a la amenaza popular, imponiendo una restauración del orden conservador por la fuerza.

Parte importante del Trabajo Social sufrió una verdadera debacle estructural en el contexto de estos regímenes en el continente. Las mallas curriculares fueron disueltas en gran medida; la mayoría de sus docentes fueron expulsados de los centros universitarios; otros corrieron peor suerte. La historia “militante” del Trabajo Social fue condenada. Las nuevas generaciones de Trabajadores Sociales no tendrían acceso al tipo de formación ideológica que inspiró la idea del cambio social.

Correspondió a importantes segmentos de profesionales egresados Y/o titulados antes de 1975 y a partir de ese año, como en el caso de Chile, la tarea de “re-convertir” el Trabajo Social, a partir de la práctica. Por un lado, el modelo conservador de formación de los nuevos profesionales se instaló en las escuelas tradicionales, ahora cautivas de los gobiernos de seguridad nacional. Pero en lo sustancial, los egresados se atrincheraron, por decirlo de un modo, en el naciente y vasto campo de los Derechos Humanos.

En efecto, en muchos países de la región, cupo un rol destacado a los profesionales del Trabajo Social en la génesis y desarrollo de importantes movimientos nacionales y locales de Derechos Humanos, desde donde se libró una dura batalla contra los Gobiernos militares. La primera fase tuvo un carácter asistencial, pero rápidamente se fue progresando hacia un desarrollo más integral de la profesión, en donde se pusieron en práctica las teorías del cambio social, adaptadas ahora al plano de la organización ciudadana en la defensa y promoción de los Derechos Humanos. Esto comprendió también una nueva escala de valores, un nuevo lenguaje cultural, una manera distinta de entender la participación social y, sobre todo, por primera vez, un juicio autocrítico y crítico de los modelos ideológicos tradicionales.

El Trabajo Social ciudadano inscrito en el movimiento de Derechos Humanos fue un gran productor de nuevos conocimientos. Su vínculo con esta doctrina le abrió caminos a otros escenarios de ideas. Es a fines de los 80 cuando en las nuevas escuelas de Trabajo Social se comienza a hablar de modernidad, globalización y cambios culturales, pero es más bien un acercamiento instintivo y no sistemático, pues perduran en la profesión las referencias ideológicas de su pasado histórico.

El tránsito entre los años 90 e inicios del presente siglo encuentra al Trabajo Social en pleno proceso de conocimiento y estudio sobre estas materias nuevas. No podemos decir que hay una producción intelectual en la profesión que se haga cargo visiblemente de la relación entre Trabajo Social y Derechos Humanos en una Sociedad Global. En parte, porque el desafío es nuevo. Entonces, lo que viene por delante es un desafío fascinante.

V MARCO TEORICO DE LOS DESAFIOS PARA EL T. SOCIAL.

Parece indudable que uno de los desafíos profesionales del Trabajo Social en relación con la globalización es de carácter ético-político, en cuanto a identificar el compromiso social de la profesión con la justicia social, la equidad y la libertad.

Es claro que estos aspectos están presentes en el compromiso social del Trabajo Social, tanto en la vida cotidiana como en los espacios de construcción de mayores relaciones sociales.

También parece efectivo el reconocimiento de la diversidad social y cultural como componentes de este compromiso, tanto en la idea de comprender los cambios que se viven actualmente como sus distintos determinantes.

Un aspecto superior dice relación con la transformación de nuestra idea de Estado y Sociedad, lo que se traduce en la búsqueda de una nueva cultura y posibilidades de emancipación de la sociedad civil.

Todos estos aspectos son constitutivos de los desafíos profesionales del Trabajo Social pero pertenecen todavía a una categoría tradicional de compromisos. La sociedad global impone exigencias cualitativas distintas, porque la naturaleza de los problemas que implica llevan consigo situaciones nuevas.

Por ejemplo, un desafío próximo del Trabajo Social en su vínculo con los Derechos Humanos en una sociedad global, es el descubrimiento de un nuevo ethos común: la búsqueda del bien común, que tenga una influencia real en el modelo económico y político y en el uso de la técnica y de la ciencia. Es el campo de construcción de fuerzas morales que vinculen el desarrollo de la globalización con estos valores.

Un segundo desafío es la opción del Trabajo Social contra toda forma de exclusión y discriminación social. Hablamos de una globalización “incluyente” y “solidaria”. Aquí es importante el trabajo social con los pobres y los más pobres, pero ello debe hacerse desde el reconocimiento de sus propias capacidades y sobre todo desde sus derechos fundamentales. No se trata de asistencialismo moderno sino de una opción por el desarrollo humano que impone lógicas subsidiarias diferentes para el Estado y la Sociedad.

Un tercer desafío es la reconstrucción del tejido social y de la comunidad política. El Trabajo Social puede y debe contribuir a la construcción de una nueva base social, en donde los individuos y sus organizaciones se potencien en la lucha y seguimiento de sus derechos esenciales.

Un cuarto desafío es la promoción de una cultura solidaria, que propugne procesos de pertenencia e identidad; que permita a las personas crecer de manera recíproca y colaborar juntos en la idea de una sociedad más equitativa.

Un quinto desafío es un nuevo diálogo del Trabajo Social con la cultura, la ciencia y la tecnología teniendo como horizonte la tarea de capitalizar su acervo conceptual para comprender mejor el mundo global. Hay oportunidades y riesgos en la globalización que deben ser analizados con las categorías de la ciencia y de la cultura. Hay una tarea que se relaciona con la protección de la diversidad cultural pero también hay un desafío de abrir las culturas a una mayor universalidad. El equilibrio entre estos dos procesos es parte de los desafíos profesionales nuevos del Trabajo Social.

Un sexto desafío es contribuir eficazmente a los nuevos procesos de alfabetización digital, entendiendo que los fenómenos de comunicación social son fundamentales en la construcción de puentes entre individuos y comunidades. La alfabetización digital implica que las personas puedan apropiarse de las nuevas tecnologías como en su momento la humanidad lo hizo con la imprenta y la escritura. No hay duda que hoy hay muchas personas que son analfabetas en el campo de la ciencia digital. Incluyo en esto a parte importante de nuestros propios profesionales. Entonces, es una tarea de corto y urgente plazo, que las Escuelas de Trabajo Social incorporen este tema como una exigencia cualitativa de presente y futuro.

Un séptimo desafío, discutible, pero no por ello ausente en el debate es adoptar una toma de posición respecto del lugar desde donde se toma el proceso globalizador. Hemos descartado su rechazo porque, primero es un dato objetivo de la historia y segundo, porque –en definitiva- lo bien o lo mal que sea la globalización depende de las personas. Pero para el Trabajo Social el tema no es menor puesto que existen compromisos y valores que no permiten hacernos cargo de la globalización desde su posición dominante. Entonces, se impone la tarea de fortalecer un cierto tipo de proceso emergente que se denomina entre las corrientes alternativas, “la globalización desde abajo”, es decir, el fortalecimiento de la sociedad civil, la creación y sostenimiento de redes comunitarias, la descentralización de los espacios de poder, aumentar las oportunidades de la inclusión social, mejorar la capacidad de los grupos más débiles para organizarse de acuerdo a su propia realidad y desarrollar nuevos procesos de toma de conciencia política en los espacios nacionales y locales.

Un octavo desafío para el Trabajo Social se relaciona con la necesidad de replantear los modelos educativos, con el propósito de ponerlos en sintonía con los derechos de equidad. Por cierto, son tareas indispensables la ampliación de la cobertura educativa, la lucha contra las formas de deserción escolar, socializar la potencialidad de las tecnologías de comunicación entre los estudiantes y sus padres.

Un noveno desafío es el debate estratégico para promover un modelo de desarrollo sostenible. Siempre, para el Trabajo Social, el objetivo central de todo modelo de desarrollo debe ser la persona humana y sus derechos esenciales. El desarrollo no se reduce al sólo crecimiento económico. Hay necesidades relacionadas con la igualdad de oportunidades, la participación real de los ciudadanos, la vigencia plena de los derechos sociales y económicos, el cuidado del medio ambiente, la distribución equitativa de los bienes.

Por cierto, estos y otros desafíos, tienen como condición la re-definición del Trabajo Social en clave de globalización. Esto es siempre un tema complejo, pues el Trabajo Social es la profesión que experimenta mayor necesidad de re-definición, no necesariamente porque se haya agotado su esquema doctrinario, sino porque la realidad social impone concepciones distintas que deben ser analizadas y apropiadas por la profesión. Bajo un mundo bipolar, como fue en los años 50, 60 y 70 es efectivo que el modelo conceptual del Trabajo Social era anti-sistema, anti-capitalista, porque nos enfrentábamos a la realidad de un conflicto entre dos ideologías.

A partir de la década de los años 80, la construcción conceptual más relevante del Trabajo Social se realiza desde el compromiso militante con los Derechos Humanos y el restablecimiento democrático de nuestras sociedades.

Hoy, inmersos en la sociedad global, y sin las complejidades de antaño, lo que tenemos en el presente y futuro inmediato son las interrogantes que nacen de un mundo unipolar, completamente transformado por la revolución tecnológica, con nuevas concepciones sociales y con una discusión filosófica en pleno desarrollo acerca de la persona humana, la vida y la naturaleza. Y cómo no, si la humanidad en estos pocos años, ha dado saltos cualitativos que en una escala de tiempo han significado muchas décadas y hasta siglos en pocos años de producción cultural, tecnológica y científica.

Téngase presente que hasta tan solo unos dos años se concluyó el valioso estudio sobre el genoma humano y las posibilidades de estructuración artificial del ADN está a la vuelta de pocos años. O considérese que la ciencia de la astronomía no deja de sorprendernos con los habituales descubrimientos de nuevas galaxias. La informática nos acerca a pasos agigantados hacia la era robótica y de todo esto surgirá un nuevo mundo, lleno de novedades, oportunidades y riesgos.

¿Puede, el Trabajo Social, negarse a reconocer la magnitud de estos nuevos procesos?. Por cierto que no. ¿Puede integrarlos en su propia investigación científica y formular un marco conceptual que le de un nuevo sentido, transformador, al quehacer profesional?. Puede hacerlo y es tiempo de hacerlo.

En este contexto tiene poco éxito la nostalgia ideológica de los tiempos del mundo bipolar. Sería preocupante una postura defensiva de parte del Trabajo Social por razones ideológicas. Nuestros valores de igualdad, justicia y solidaridad no están ligados a un sistema de producción. Así lo creíamos en el tiempo del Trabajo Social proletarizado. La historia y la experiencia vinculada a la lucha por los Derechos Humanos nos enseñaron que tales valores descansan sobre otra premisa: la persona humana. Entonces, de lo que se trata es cómo adaptamos los procesos sociales a este valor fundamental.

Este es un principio rector, pero las realidades pueden cambiar. Podemos aceptar el cambio de realidad y ser una profesión líder en los compromisos ante esto. O podemos no reconocer la nueva realidad y entonces la profesión se convierte en una voz en el desierto.

Hay riesgos en las respuestas ante la globalización. Qué duda cabe. Gorbachov, el líder de la Perestroika, intuyó que la revolución tecnológica era incompatible con el modelo económico soviético y apeló a la sociedad civil rusa en contra del conservadurismo político del establishment soviético. El había detectado fallas profundas en el socialismo de Estado y entendía que había que reformar profundamente el sistema para que la Unión Soviética se apropiase efectivamente de las oportunidades de la revolución tecnológica. En consecuencia, Gorbachov se anticipó a los hechos y asumió los riesgos y desencadenó un proceso que modificó las relaciones mundiales y la mirada de todas las naciones.

¿Qué Trabajo Social necesitamos para la globalidad?. Ante cualquier postura resignada es necesario señalar desde ya que no es efectivo que las generaciones futuras tendrán menos oportunidades. Afirmar esto es rechazar las posibilidades que se abren con la globalización. Depende de nuestra inteligencia y capacidad saber aprovechar esta realidad y disminuir los riesgos.

Cuando cayó el muro de Berlín Octavio Paz, el escritor latinoamericano-mexicano, dijo una frase que da para pensar: el que las respuestas hayan fracasado, no significa que las preguntas no sigan vigentes.

La tarea del Trabajo Social contemporáneo es construir nuevas respuestas. Es posible hacerlo y estamos a tiempo para hacerlo.

Domingo Namuncura Serrano
Trabajador Social UCV 1978
Docente de la Escuela de Trabajo Social
Universidad Academia de Humanismo Cristiano.
Diciembre, 2003.

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