Trabajo Social y Derechos
Humanos en una Sociedad global:
Realidades, expectativas y
desafíos.
El
nuevo milenio trae consigo un asombroso mundo de desarrollo tecnológico,
científico y social. Vivimos una era de globalización que tiene
efectos positivos y limitaciones. En lo principal, en el centro de las
expectativas, y como siempre en todo salto cualitativo de la humanidad,
están presentes la persona humana y sus derechos esenciales.
En
este contexto el Trabajo Social es una de las profesiones que enfrenta con
mayores desafíos las oportunidades y debilidades del proceso
globalizador. Es difícil que se sustraiga a sus impactos y es preferible
que lo asuma y realice un discernimiento teórico y práctico,
fundamentalmente porque la globalización está afectando la
teoría y la práctica del Trabajo Social en todo orden de cosas y
en todo el mundo.
El
presente trabajo busca reconocer la realidad de la globalización, asumir
sus potencialidades y dar cuenta de sus desafíos. La inmensa
mayoría de situaciones y acontecimientos que hemos conocido a lo largo
del siglo XX indican que la humanidad entró a una nueva era en el
desarrollo de la civilización. Uno de los factores importantes de esta
constatación es que los hechos que acontecen ya no pueden ser examinados
sólo desde una escala local. Por lo tanto, a un modelo de desarrollo
global corresponde, en cierto modo, un modelo de Trabajo Social
global.
Los
factores que influyen en este proceso son variados. Por un lado, las nuevas
variables económicas, las grandes transformaciones en el ámbito de
las relaciones de intercambio y la información, las grandes reformas
urbanas y sus efectos en el medio ambiente y la biodiversidad del planeta, se
unen a cambios insospechados en el terreno científico y
tecnológico y diversos otros fenómenos aplicados.
Los
inicios del siglo XX están ciertamente caracterizados por crecientes
procesos globalizadores. Parte importante de sus indicadores son los datos
provenientes de la movilidad demográfica, el desarrollo de las
comunicaciones, el incremento del comercio mundial, el intercambio de capitales
y el desarrollo tecnológico de nuestras sociedades. Estos elementos que
conllevan progreso para muchas naciones, también implican pobreza,
desempleo y problemas de integración en otros países,
especialmente subdesarrollados.
Consideremos
tan solo la situación que afecta a los niños en el mundo. Se
estima que un poco más de 50 millones de seres humanos viven en
condiciones de desarraigo. Un porcentaje alto ha buscado domicilio en otros
países y otro porcentaje experimenta severos desplazamientos internos.
Pues bien, cerca de la mitad de estos 50 millones son
niños.
En
las primeros decenios del siglo XX dos millones de niños murieron en
conflictos armados; un millón quedaron huérfanos y seis millones
resultaron heridos de diversa consideración. Más avanzado el siglo
XX, 300 mil niños han participado en guerras como soldados. Otros miles
son obligados a practicar la prostitución. Organismos internacionales
humanitarios estiman que 3,8 millones de niños murieron en el siglo
pasado como resultado del SIDA, enfermedad que antes de finalizar dicho siglo
dejó huérfanos a otros 13 millones de menores en el
mundo.
El
VIH/SIDA es una de las más dramáticas amenazas contra la
población infantil al entrar el siglo XXI. En aquellos países con
un alto índice de esta enfermedad, se estima que la mitad de los
jóvenes mayores de 15 años están irremediablemente
condenados a la muerte.
En
materia social, 1.200 millones de seres humanos entraron al nuevo siglo
sobreviviendo con menos de un dólar americano por día. Un poco
menos de la mitad de esta cifra gigantesca de seres humanos, son menores de
edad.
Según
estudios de Naciones Unidas, existen en el mundo 815 millones de personas con
hambre: 777 millones de este universo viven en países pobres. Se estima
que 25.000 personas mueren diariamente como consecuencia de la carencia de
alimentos, que ya son escasos para una población pobre que supera los 2,2
mil millones de personas.
De
un total de seis mil millones de seres humanos que habitan en el planeta,
sólo dos mil millones disfrutan condiciones adecuadas de vida. De los
otros cuatro mil millones, 2,8 mil millones viven por debajo de la línea
de pobreza y 1,2 mil millones se ubican en los indicadores de
miseria.
En
el mundo existen 178 eco-regiones caracterizadas por una rica biodiversidad: 31
están en estado crítico de conservación; 51 en peligro y 55
han sido declaradas vulnerables. El 16% de la tierra del planeta se encuentra
degradada. Esto significa un poco más de 300 millones de
hectáreas.
En
la contraparte de este contexto se observa un notable aumento de las
oportunidades en materia de información con la consiguiente
disminución de la variable tiempo y espacio. Antes no existía
conciencia de la posibilidad de percibirnos como miembros de una sociedad
global. Las identificaciones nacionales eran más marcadas. Hoy
prácticamente no existen fronteras para el conocimiento y el intercambio
de información en el mundo y ha surgido con mayor consistencia la idea de
una sociedad común.
El
Secretario General de la Federación internacional de trabajadores
sociales, decía en Septiembre del 2001, en un congreso en Cuba, que
“una edición dominical del New York Time tiene más
información que la que un ciudadano promedio del Reino Unido del siglo
XVII pudiera haber adquirido en toda su vida....”. Situaciones como
ésta son normales en la sociedad global del siglo XXI, especialmente si
atendemos hoy a lo que implica el proceso de navegación por la moderna
carretera de la información virtual que significa Internet en el mundo y
su crecimiento sin límites.
En
1947 el 47% de la población mundial vivía en zonas urbanas. Para
el 2020 se estima que esta cifra se eleve al 55%.
Esto
implica un desplazamiento significativo de poblaciones en distintos
países del mundo. Hoy existen un poco más de 20 mega ciudades con
poblaciones que superan los 10 millones de habitantes. Para el 2015 se estima
que existirán cerca de 26 mega ciudades con más de 10 millones de
seres humanos. Esto implicará efectos extremadamente potentes para el
medio ambiente y la calidad de vida de tales personas. En Asia están
ubicadas las 12 ciudades más contaminadas del mundo.
¿A
qué apunta, en definitiva la globalización?.
Hablamos
de un mundo interdependiente y cada vez más interrelacionado. Con un
crecimiento expansivo del comercio, las inversiones y las finanzas, variables
que crecen en el ámbito internacional a mayor celeridad que las propias
economías nacionales. El desarrollo de las tecnologías modernas
está cambiando nuestra forma de vivir y de comunicarnos. En suma: se
trata de un proceso dinámico con resultados ambivalentes, que tanto
pueden servir para incrementar el potencial del desarrollo humano como
también para imponer severas exclusiones sociales mediante el
empobrecimiento de diversos segmentos sociales.
El
Foro Económico Mundial de Davos, no obstante, se expresó en forma
positiva acerca de los impactos y posibilidades que representa la
globalización en el mundo. Por el contrario, el Foro Social Mundial de
Porto Alegre el 2001 observó las mismas variables con un grado mayor de
pesimismo. En Suiza, según el decir de algunos, se reunieron los
satisfechos y en Porto Alegre los disconformes...
II
ORIGEN Y ALGUNAS CARACTERISTICAS DE LA GLOBALIZACION
¿Cuáles
son los factores que visibilizan la emergencia de la sociedad global?.
Básicamente se trata de cuatro fenómenos mundiales: 1.- la
caída del muro de Berlín; 2.- el fin del socialismo real; 3.- la
extensión del mercado global y 4.- la revolución
informática con internet a la cabeza. A partir de estos cuatro hechos, la
globalización se ha desarrollado a gran velocidad y con perspectivas
claramente asombrosas.
Entre
las principales instituciones que han obtenido grandes beneficios con la
expansión globalizadora están las instituciones financieras, las
empresas multinacionales, el turismo mundial, organismos no gubernamentales y la
mano de obra muy calificada. El 20% más rico de la población
mundial ganaba 30 veces más que el 20% más pobre en 1960. En 1990,
la proporción asciende de 60 a 1 y ya en 1997, la diferencia se empina de
74 a 1, según estudios del PNUD. Este 20% más rico de la
población mundial controla el 86% del PIB mundial, en tanto que el 20%
más pobre alcanza a un 1% del mismo PIB.
En
paralelo la desigualdad social ha experimentado importantes diferencias: en 1820
la proporción era de 3 a 1; en 1870, de 7 a 1; en 1913 de 11 a 1; en 1997
de 74 a 1...En la actualidad, más de 80 naciones en el mundo tienen una
renta per cápita menor a la que tenían hace diez
años.
Otro
fenómeno importante a considerar es que la globalización no
contempla mecanismos de redistribución de la renta. En algunos casos se
ha procedido a condonar ciertos porcentajes de deudas externas de países
muy empobrecidos. La ayuda de la cooperación internacional, especialmente
a través de la AOD (Ayuda Oficial al Desarrollo), ha alcanzado en algunos
casos el 0,7% del PIB de los países ricos.
Los
temas sociales son claramente los más afectados en este contexto de
desarrollo global. Tomemos, por ejemplo, el indicador de pobreza. De acuerdo a
estudios de la CEPAL, en 1985 había 135 millones de pobres en
América Latina. En 1990 la cifra se elevó a 200 millones. Y entre
1997 y el 2000, a pesar de ciertos indicadores positivos de crecimiento
económico, el número subió a 226 millones.
En
la actualidad, un ciudadano americano gana, en promedio, más que 100
ciudadanos de Haití. En España el 20% más rico tiene 4,4
veces más ingresos que el 20% más pobre. En Colombia es 15,5 veces
más.
Entre
los fenómenos positivos de la globalización se considera el
aumento del comercio exterior, la liberalización de los mercados y el
impacto de la revolución informática. Hoy, casi el 20% de los
bienes y servicios que se producen en el mundo son exportados e
importados.
Aún
así, y a pesar de datos que pueden ser negativos, la globalización
también representa una oportunidad para generar iniciativas innovadoras
que permitan terminar con la pobreza y profundizar la democracia. Hay ideas que
se están debatiendo a nivel mundial y que de concretarse podrán
tener efectos muy relevantes, por ejemplo, en materia de derechos sociales y
económicos: los Convenios internacionales sobre Protección de la
Capa de Ozono y Cambio Climático; la Conferencia de Río en 1992
logró abrir en estas materias una amplia discusión
mundial.
Otros
aspectos que pueden ser considerados positivos con el desarrollo de la sociedad
global son el fin de la guerra fría, la distensión nuclear, la
disminución del gasto militar, el desarrollo de energías
renovables, las nuevas tecnologías informáticas, mayores espacios
de oportunidades para mujeres y jóvenes, la ampliación de la
fronteras educativas, la mayor transparencia de los procesos institucionales,
entre los más relevantes.
El
motor del desarrollo global de la sociedad es la globalización
económica. Es un fenómeno diferente a lo ocurrido entre 1870 y
1914 con un mayor intercambio de artículos y productos. En esta nueva
etapa estamos conociendo un mayor intercambio entre economías nacionales
de mercado, lo que implica el crecimiento de la inversión extranjera, el
aumento de responsabilidad compartida (joint ventures) y la integración
de mercados financieros internacionales. Con la afluencia de la
revolución informática este mercado de capitales puede operar
sobre las regulaciones nacionales. Las políticas de ajuste estructural
han permitido asociar políticas fiscales nacionales con fenómenos
globalizadores.
Los
cambios económicos locales en este nuevo contexto han generado cambios
sociales muy relevantes, que son intensificados por los nuevos significados
culturales y subyacentes que están presentes en los medios de
comunicación, en el transporte y el turismo, en el mundo de los negocios
y los actos cotidianos de la vida tradicional.
Estos
nuevos significados están asociados también a interesantes
procesos de toma de conciencia en el campo cultural y social, facilitados
–en cierto modo- por el despliegue de los medios de información.
Surgen así nuevas ideas en el campo de los derechos esenciales, emerge
con fuerza la demanda de género, hay aspiraciones de mayor
profundización democrática, los métodos de
producción se socializan, cambian los esquemas de consumo, hay una
valoración distinta de la calidad de vida.
Probablemente,
uno de los efectos más impactantes del fenómeno globalizador en
nuestras sociedades se relaciona con uno de los aspectos de la calidad de vida y
que es el empleo. Hay diversos elementos que caracterizan la situación
del trabajo en el mundo: capacidad de empleo y desempleo, condiciones laborales,
conocimientos aplicados para renovar la fuerza de trabajo, entre otros. Lo
esencial es que la estructura de las economías de mercado afectan el tipo
de empleo tradicional y hace emergente nuevas condiciones laborales en donde el
conocimiento, el emprendimiento y la creatividad adquieren un valor sustantivo
para generar formas nuevas de trabajo.
El
progreso tecnológico permite el acceso a mayores niveles de conocimiento;
genera también nuevas demandas de oficios más calificados. La
contraparte es que la mano de obra no calificada comienza a superar la oferta de
trabajo y surgen entonces nuevos indicadores de desempleo duro.
En
cualquiera circunstancia presente y futura hay que dar por hecho que la
teoría y práctica del trabajo, principalmente entendida como
fuerza laboral, está profundamente afectada, en donde
–básicamente- el modelo de trabajo dependiente comienza a
pertenecer al pasado.
III
ANALISIS EN PROFUNDIDAD.
La
globalización no es un sistema ni es un régimen. Se trata
más bien de un proceso evolutivo en un momento histórico
determinado del desarrollo de la civilización. En cierto modo, se trata
de un conjunto de fases que se encadenan uniendo al mundo en un orden más
global. El efecto de esta evolución es la homogenización de
diversos aspectos de la vida humana y social. No obstante existen algunas
ambigüedades en el tratamiento de este tema.
Una
cantidad no menor de analistas del tema de la globalización pertenecen al
campo de la ciencia económica. Ello hace inevitable poner su sello
específico a los análisis de rigor. Desde esta perspectiva el
mundo es percibido como una unidad operativa, con un eje básico instalado
en el consumo. Las empresas, especialmente, multinacionales adquieren
aquí un rol muy destacado.
Los
consensos estratégicos en esta perspectiva están conformados por
la intensidad del intercambio comercial, los servicios incorporados en dicho
intercambio y los nexos informativos a través de los cuales se difunde
dicho intercambio. El modo de producción del capital deja de ser
internacional solamente y se convierte en un modo global.
Hace
20 años el intercambio financiero representaba un 5% de la
economía del mundo y un 95% lo comprendía la economía real
(agricultura, industria, servicios). En la actualidad la tendencia se invierte,
siendo mayoritario el intercambio financiero y menor la economía real. El
90% de los capitales que circulan en el mundo hoy, de un total de 1,2 billones
de dólares diarios, corresponden a transacciones que se realizan en siete
días y menos y no son transacciones de mercancías ni de servicios,
sino de dinero en busca de dinero nuevo. Es comprensible entonces que, en este
contexto, la economía financiera no cree empleos ni bienes
perdurables.
Una
primera ambigüedad, en consecuencia, que aparece a la vista es que el
ordenamiento económico global pareciera poner a la política bajo
la autoridad del mercado. Hay quienes señalan que estos mismos procesos
permitirían generar nuevas fórmulas políticas capaces de
restablecer el control social necesario sobre el sistema
económico.
Decía
también que uno de los factores que facilitan la irrupción del
proceso globalizador en el mundo fue la caída del Muro de Berlín.
En efecto, hasta antes de este hecho político, Estados Unidos y la
Unión Soviética constituían dos polos en tensión.
Era el mundo bipolar. Al caer el muro, dicha bipolaridad dio paso a la
unopolaridad hegemónica de Estados Unidos en el mundo, lo que implica una
segunda ambigüedad, puesto que pareciera ser esencial al proceso
globalizador la existencia de sociedades que no tengan más poder que
otras.
Otro
fenómeno globalizador que debemos atender dice relación con la
revolución de las comunicaciones. Se ha incrementado de manera notable y
poderosa la capacidad de transmitir todo tipo de datos e informaciones a costos
sustantivamente menores, atravesando fronteras y superando todo tipo de
límites. Han sido claves en esta auténtica revolución
tecnológica la creación de las páginas web, el uso de
satélites, el desarrollo de la tecnología de celulares. Todo ello
ha contribuído a crear más vínculos entre personas e
instituciones en todo el mundo.
Sabemos
que los modelos de comunicación actúan ejerciendo una gran
influencia en la construcción de mitos, lenguaje y creencias; se
transmite ideas y significados, configurándose de este modo la
perspectiva de una “aldea global”.
Mattelart
señala que “las redes de comunicación en tiempo real
están configurando el modo de organización del planeta. Los
dispositivos de comunicación, al ampliar progresivamente el ámbito
de circulación de las personas y bienes materiales y simbólicos,
han acelerado la incorporación de las sociedades particulares en unos
conjuntos cada vez más vastos, y no han cesado de desplazar las fronteras
físicas, intelectuales y mentales”.
Vivimos
hoy un proceso de información en tiempo real. Es un saber
instantáneo. Ocupa un lugar destacado internet, fenómeno que
irrumpió de manera poderosa en la mitad del siglo XX. Castells
señaló en uno de sus análisis históricos que la
información siempre ha sido un factor esencial en las sociedades para
crear bienestar y poder. Por esa razón todas las economías han
estado basadas en el conocimiento. Hoy existe una abundancia informativa gracias
a las tecnologías de la información, que se convierte en un bien
público. Internet es hoy una tecnología digital que permite
producir, reproducir y transformar información para el consumo masivo y
para los individuos que reciben un valor agregado que se llama conocimiento.
Internet representa hoy una revolución industrial, en donde su
característica clave es la hipertextualidad, es decir, la fractura del
orden secuencial de la comunicación.
Gracias
a esta industria revolucionaria se está creando un nuevo paradigma
educativo, social y laboral, en donde las tecnologías de
información son indispensables como instrumentos de producción
tanto material como cualitativo. En perspectiva, todos pueden ser comunicadores.
Todos pueden ser comunicados (Jordy Michelli, www.narxiso.com).
La
integración de internet a los mercados y a los procesos sociales
traerá grandes transformaciones en nuestras sociedades. Surge un nuevo
valor agregado hoy a través de la digitalización de la
información. En cierto modo, Internet es hoy el núcleo de la
sociedad de información : comercio electrónico, gobierno
electrónico, diseños web, ocio digital, prensa
tecnológico, educación on line,....El cambio radical en el sistema
de información tecnológica trae además nuevas formas de
desafíos en el campo de la alfabetización digital,
situación que se hará más ostensible en la medida que
importantes segmentos ciudadanos aún no acceden adecuadamente al uso de
esta nueva tecnología.
El
Premio Nobel de Economía, 2001, Joseph Stiglitz, señala que
“El fenómeno de la globalización es la integración
más estrecha de los países y los pueblos del mundo, producida por
la enorme reducción de los costos de transporte y comunicación, y
el desmantelamiento de las barreras artificiales a los flujos de bienes y
servicios, capitales, conocimientos, y (en menor grado) personas a través
de la fronteras” (“El malestar de la
globalización”). Todo repercute en todos. Por eso es posible
explicarse la globalización como un gran cambio de
civilización.
Este
es un fenómeno que se expande a todos los ámbitos de la vida.
Incluye la ciencia, la política, la cultura, los valores. Son escalas de
temas que entran en conflicto con las realidades particulares de una comunidad o
sociedad local, expuestas abiertamente a influencias muy diversas mediante la
imagen, el sonido, los estilos de vida, relatos, espectáculos, noticias,
juicios de valor y circunstancias relevantes de la historia cotidiana que se
entrelazan con otros medios tales como enseñar, informar y
vender.
Una
primera constatación de estos fenómenos es que no estamos ante
procesos que se producen espontáneamente. Hay detrás de ellos una
clara idea de transformaciones culturales pero en un sentido unívoco,
probablemente contrariando muchos aspectos fundamentales de la rica diversidad
cultural de los pueblos.
Hay
una advertencia que pone, especialmente, la Iglesia Católica en
relación con lo que denomina la “globalización de los
valores”, el riesgo de un cierto “colonialismo cultural”.
Esencialmente, se trataría de un esfuerzo sutil para lograr la
neutralidad de las entidades sociales en relación con la moralidad e
incluso restar legitimidad a la existencia de una ley moral natural. Ello
podría implicar cambios muy relevantes en la relación del ser
humano consigo mismo, con la vida, la naturaleza, la familia y la
sociedad.
No
obstante, por otra parte también es posible percibir en esta advertencia
eclesial una preocupación por la pérdida eventual del poder
cultural que la religión –especialmente católica- ha
instalado en gran parte del mundo y cuyos componentes teológicos y
sociales son predominantemente conservadores. En efecto, temás tan
especiales como el divorcio, el aborto y la sexualidad, han constituído
tabú religioso durante décadas, haciendo que muchas personas no
hayan podido desarrollar plenamente su personalidad, prisioneros de mitos y
creencias en donde la religión aparece como un factor neurálgico
de varias formas de infelicidad humana, especialmente a partir de la imagen del
antigüo Dios “castigador”...
La
complejidad de estos conflictos está instalada en la medida que, por una
parte, la revolución informática trae cambios culturales
asombrosos y potencian una mejor calidad de vida, y por otro lado, los mismos
cambios pueden afectar de manera relevante la escala de valores con los que se
relacionan los seres humanos. Es un conflicto entre la Fe y la globalidad de la
vida de hoy.
Observemos
otro fenómeno que debiéramos atender en el plano social. Ya hemos
señalado que la globalización ha generado importantes procesos de
crecimiento económico y apertura al comercio internacional. Pero
también trae consigo importantes desequilibrios sociales en los
países y entre países. El empleo ha sufrido importante cuotas de
precarización. Muchas actividades productivas se han reconvertido a
ritmos tales que los trabajadores con mucha dificultad han podido alcanzar. Se
ha producido también una creciente movilidad laboral con la consiguiente
pérdida de estabilidad en el trabajo. Hay países enteros que
están fuera de la globalización e incluso zonas internas en
países en vías de desarrollo que no pueden acceder a ella. La
brecha entre países ricos y pobres ha aumentado.
La
globalización productiva está afectando también la
cohesión social y los equilibrios ecológicos. En cierto modo,
debilita la estabilidad política de ciertas regiones en el mundo. La
contrapartida es el mejoramiento en los indicadores de crecimiento
económico, en la esperanza de vida al nacer, el surgimiento de nuevas
tecnologías y la mayor integración mundial de los pueblos. Pero
los que no alcanzaron o no alcanzarán niveles de salud y educación
básicos tienen como destino la exclusión social.
No
obstante hay un dato a considerar: como lo ha señalado el Papa Juan Pablo
II (Eclesia in America y Pastores Gregis), “la globalización no
es a priori ni buena ni mala. Será lo que la gente haga de
ella”.
Se
trata de una mirada estratégica, en donde la Iglesia reconoce a la
globalización como un fenómeno objetivo ante el cual no hay que
pronunciarse en contra, a diferencia de los cristianos que en su tiempo
declararon su rechazo al proceso industrializador.
La
pregunta clave, antes de entrar al desarrollo de una relación con el
Trabajo Social, es si se trata de una sola globalización o de varios
procesos globalizadores.
Digamos
que hay una globalización asimétrica. Los países que
participan en este proceso no lo hacen en condiciones de igualdad. Las naciones
que cuentan con los recursos necesarios pueden imponer sus propias reglas y
culturalmente promueven una visión neocolonial de la vida y de la
historia.
¿Qué
factores permitirían un proceso globalizador socialmente aceptable?.
Digamos primero que hay fenómenos novedosos en el mundo que son una llave
para abrir nuevas puertas en la discusión mundial. Por de pronto, el
nacimiento y desarrollo de los movimientos de conciencia ecológica; los
grupos e instancias comprometidos en la protección de los nuevos derechos
humanos emergentes en el mundo (minorías, pueblos indígenas). El
creciente aumento de la enseñanza y la cobertura expansiva de la
educación es otro factor positivo de globalización solidaria.
Todos los esfuerzos destinados a humanizar el trabajo y hacer accesible las
nuevas medicinas. El desarrollo de las nuevas tendencias a privilegiar el
capital social en las políticas públicas. La irrupción de
la tercera edad como un segmento cada vez más masivo en cuanto sujeto
relevante para nuevos procesos de producción y consumo. Y en particular
citemos todos los esfuerzos destinados a preservar la identidad cultural, la
memoria histórica de las comunidades, sus costumbres y valores como
factores de globalización incluyente.
No
se trata, entonces, de negar o rechazar el proceso de globalización, sino
de entenderlo como un dato objetivo que está en pleno desarrollo y de
apropiarlo para fines sociales superiores al mercado.
IV
EL TRABAJO SOCIAL Y SU RELACION CON LA PRE GLOBALIZACION
Históricamente
el Trabajo Social ha sido una profesión que se ha levantado y se ha
desarrollado con un discurso y una práctica contestataria y anti
sistémica. Esto ha sido más evidente en la época en que el
Trabajo Social se desarrolló bajo la idea de la crítica al
capitalismo, crítica por lo demás justificada plenamente en la
década de los años 60 y 70 en el siglo pasado, cuando el Trabajo
Social emerge como un estadio superior al asistencialismo histórico de
las escuelas tradicionales del Servicio Social.
Se
trata de un Trabajo Social preferentemente de izquierda, imbuído por dos
grandes corrientes históricas que, en el caso de américa latina,
sacuden los procesos sociales: la Revolución Cubana de 1958 y el
cristianismo popular de la Teología de la Liberación a inicios de
la década de los años 60.
Por
un lado, la Revolución Cubana demuestra que es posible un cambio de
estructura y de modelo económico, basado en una propuesta de
transformación estructural del capitalismo. Esto enciende expectativas en
todos los movimientos populares del continente. El Trabajo Social no será
ajeno a esa influencia. De ahí la idea de que el Trabajador Social es un
“agente de cambio” y la malla curricular se adapta para esos
fines.
El
mayor éxito de la Teología de la Liberación se alcanza en
la Conferencia de Obispos en Medellín, en 1968, cuando se proclama la
“opción preferencial por los pobres” y se condena al
capitalismo por contener valores ajenos al evangelio.
Estos
dos procesos sin igual en la historia latinoamericana permite que los
movimientos proletarios del continente, encuentren en el cristianismo popular el
aliado estratégico fundamental para impulsar los procesos revolucionarios
que la región demandaba, teniendo presente el fenómeno concreto de
la revolución cubana. El Trabajo Social se constituye así, a fines
de los años 60 como una profesión militante y comprometida con los
cambios.
Los
procesos sociales son dinámicos entre los 60 y los 70. Los movimientos
populares ganan espacio político, constituyen mayoría en los
parlamentos, dominan las organizaciones sociales y estudiantiles, cuentan con
importantes centros de producción cultural y de conocimiento
político y social. En cierto sentido, son una amenaza clara de
poder.
La
respuesta a estos procesos emancipadores llegó en 1964 con el
derrocamiento del Presidente Joao Goulart en Brasil y el inicio del
período de regímenes de Seguridad Nacional en el continente.
Claramente, las fuerzas conservadoras no permitirían nuevos cambios
estructurales en el continente y abandonan las vías democráticas
para hacer frente a la amenaza popular, imponiendo una restauración del
orden conservador por la fuerza.
Parte
importante del Trabajo Social sufrió una verdadera debacle estructural en
el contexto de estos regímenes en el continente. Las mallas curriculares
fueron disueltas en gran medida; la mayoría de sus docentes fueron
expulsados de los centros universitarios; otros corrieron peor suerte. La
historia “militante” del Trabajo Social fue condenada. Las nuevas
generaciones de Trabajadores Sociales no tendrían acceso al tipo de
formación ideológica que inspiró la idea del cambio
social.
Correspondió
a importantes segmentos de profesionales egresados Y/o titulados antes de 1975 y
a partir de ese año, como en el caso de Chile, la tarea de
“re-convertir” el Trabajo Social, a partir de la práctica.
Por un lado, el modelo conservador de formación de los nuevos
profesionales se instaló en las escuelas tradicionales, ahora cautivas de
los gobiernos de seguridad nacional. Pero en lo sustancial, los egresados se
atrincheraron, por decirlo de un modo, en el naciente y vasto campo de los
Derechos Humanos.
En
efecto, en muchos países de la región, cupo un rol destacado a los
profesionales del Trabajo Social en la génesis y desarrollo de
importantes movimientos nacionales y locales de Derechos Humanos, desde donde se
libró una dura batalla contra los Gobiernos militares. La primera fase
tuvo un carácter asistencial, pero rápidamente se fue progresando
hacia un desarrollo más integral de la profesión, en donde se
pusieron en práctica las teorías del cambio social, adaptadas
ahora al plano de la organización ciudadana en la defensa y
promoción de los Derechos Humanos. Esto comprendió también
una nueva escala de valores, un nuevo lenguaje cultural, una manera distinta de
entender la participación social y, sobre todo, por primera vez, un
juicio autocrítico y crítico de los modelos ideológicos
tradicionales.
El
Trabajo Social ciudadano inscrito en el movimiento de Derechos Humanos fue un
gran productor de nuevos conocimientos. Su vínculo con esta doctrina le
abrió caminos a otros escenarios de ideas. Es a fines de los 80 cuando en
las nuevas escuelas de Trabajo Social se comienza a hablar de modernidad,
globalización y cambios culturales, pero es más bien un
acercamiento instintivo y no sistemático, pues perduran en la
profesión las referencias ideológicas de su pasado
histórico.
El
tránsito entre los años 90 e inicios del presente siglo encuentra
al Trabajo Social en pleno proceso de conocimiento y estudio sobre estas
materias nuevas. No podemos decir que hay una producción intelectual en
la profesión que se haga cargo visiblemente de la relación entre
Trabajo Social y Derechos Humanos en una Sociedad Global. En parte, porque el
desafío es nuevo. Entonces, lo que viene por delante es un desafío
fascinante.
V
MARCO TEORICO DE LOS DESAFIOS PARA EL T. SOCIAL.
Parece
indudable que uno de los desafíos profesionales del Trabajo Social en
relación con la globalización es de carácter
ético-político, en cuanto a identificar el compromiso social de la
profesión con la justicia social, la equidad y la
libertad.
Es
claro que estos aspectos están presentes en el compromiso social del
Trabajo Social, tanto en la vida cotidiana como en los espacios de
construcción de mayores relaciones sociales.
También
parece efectivo el reconocimiento de la diversidad social y cultural como
componentes de este compromiso, tanto en la idea de comprender los cambios que
se viven actualmente como sus distintos determinantes.
Un
aspecto superior dice relación con la transformación de nuestra
idea de Estado y Sociedad, lo que se traduce en la búsqueda de una nueva
cultura y posibilidades de emancipación de la sociedad
civil.
Todos
estos aspectos son constitutivos de los desafíos profesionales del
Trabajo Social pero pertenecen todavía a una categoría tradicional
de compromisos. La sociedad global impone exigencias cualitativas distintas,
porque la naturaleza de los problemas que implica llevan consigo situaciones
nuevas.
Por
ejemplo, un desafío próximo del Trabajo Social en su
vínculo con los Derechos Humanos en una sociedad global, es el
descubrimiento de un nuevo ethos común: la búsqueda del
bien común, que tenga una influencia real en el modelo económico y
político y en el uso de la técnica y de la ciencia. Es el campo de
construcción de fuerzas morales que vinculen el desarrollo de la
globalización con estos valores.
Un
segundo desafío es la opción del Trabajo Social contra toda
forma de exclusión y discriminación social. Hablamos de una
globalización “incluyente” y “solidaria”.
Aquí es importante el trabajo social con los pobres y los más
pobres, pero ello debe hacerse desde el reconocimiento de sus propias
capacidades y sobre todo desde sus derechos fundamentales. No se trata de
asistencialismo moderno sino de una opción por el desarrollo
humano que impone lógicas subsidiarias diferentes para el Estado y la
Sociedad.
Un
tercer desafío es la reconstrucción del tejido social y de la
comunidad política. El Trabajo Social puede y debe contribuir a la
construcción de una nueva base social, en donde los individuos y sus
organizaciones se potencien en la lucha y seguimiento de sus derechos
esenciales.
Un
cuarto desafío es la promoción de una cultura solidaria,
que propugne procesos de pertenencia e identidad; que permita a las personas
crecer de manera recíproca y colaborar juntos en la idea de una sociedad
más equitativa.
Un
quinto desafío es un nuevo diálogo del Trabajo Social con la
cultura, la ciencia y la tecnología teniendo como horizonte la tarea
de capitalizar su acervo conceptual para comprender mejor el mundo global. Hay
oportunidades y riesgos en la globalización que deben ser analizados con
las categorías de la ciencia y de la cultura. Hay una tarea que se
relaciona con la protección de la diversidad cultural pero también
hay un desafío de abrir las culturas a una mayor universalidad. El
equilibrio entre estos dos procesos es parte de los desafíos
profesionales nuevos del Trabajo Social.
Un
sexto desafío es contribuir eficazmente a los nuevos procesos de
alfabetización digital, entendiendo que los fenómenos de
comunicación social son fundamentales en la construcción de
puentes entre individuos y comunidades. La alfabetización digital implica
que las personas puedan apropiarse de las nuevas tecnologías como en su
momento la humanidad lo hizo con la imprenta y la escritura. No hay duda que hoy
hay muchas personas que son analfabetas en el campo de la ciencia digital.
Incluyo en esto a parte importante de nuestros propios profesionales. Entonces,
es una tarea de corto y urgente plazo, que las Escuelas de Trabajo Social
incorporen este tema como una exigencia cualitativa de presente y
futuro.
Un
séptimo desafío, discutible, pero no por ello ausente en el debate
es adoptar una toma de posición respecto del lugar desde donde se toma el
proceso globalizador. Hemos descartado su rechazo porque, primero es un dato
objetivo de la historia y segundo, porque –en definitiva- lo bien o lo mal
que sea la globalización depende de las personas. Pero para el Trabajo
Social el tema no es menor puesto que existen compromisos y valores que no
permiten hacernos cargo de la globalización desde su posición
dominante. Entonces, se impone la tarea de fortalecer un cierto tipo de proceso
emergente que se denomina entre las corrientes alternativas, “la
globalización desde abajo”, es decir, el fortalecimiento de la
sociedad civil, la creación y sostenimiento de redes comunitarias, la
descentralización de los espacios de poder, aumentar las oportunidades de
la inclusión social, mejorar la capacidad de los grupos más
débiles para organizarse de acuerdo a su propia realidad y desarrollar
nuevos procesos de toma de conciencia política en los espacios nacionales
y locales.
Un
octavo desafío para el Trabajo Social se relaciona con la necesidad de
replantear los modelos educativos, con el propósito de ponerlos en
sintonía con los derechos de equidad. Por cierto, son tareas
indispensables la ampliación de la cobertura educativa, la lucha contra
las formas de deserción escolar, socializar la potencialidad de las
tecnologías de comunicación entre los estudiantes y sus
padres.
Un
noveno desafío es el debate estratégico para promover un modelo
de desarrollo sostenible. Siempre, para el Trabajo Social, el objetivo
central de todo modelo de desarrollo debe ser la persona humana y sus derechos
esenciales. El desarrollo no se reduce al sólo crecimiento
económico. Hay necesidades relacionadas con la igualdad de oportunidades,
la participación real de los ciudadanos, la vigencia plena de los
derechos sociales y económicos, el cuidado del medio ambiente, la
distribución equitativa de los bienes.
Por
cierto, estos y otros desafíos, tienen como condición la
re-definición del Trabajo Social en clave de globalización. Esto
es siempre un tema complejo, pues el Trabajo Social es la profesión que
experimenta mayor necesidad de re-definición, no necesariamente porque se
haya agotado su esquema doctrinario, sino porque la realidad social impone
concepciones distintas que deben ser analizadas y apropiadas por la
profesión. Bajo un mundo bipolar, como fue en los años 50, 60 y 70
es efectivo que el modelo conceptual del Trabajo Social era anti-sistema,
anti-capitalista, porque nos enfrentábamos a la realidad de un conflicto
entre dos ideologías.
A
partir de la década de los años 80, la construcción
conceptual más relevante del Trabajo Social se realiza desde el
compromiso militante con los Derechos Humanos y el restablecimiento
democrático de nuestras sociedades.
Hoy,
inmersos en la sociedad global, y sin las complejidades de antaño, lo que
tenemos en el presente y futuro inmediato son las interrogantes que nacen de un
mundo unipolar, completamente transformado por la revolución
tecnológica, con nuevas concepciones sociales y con una discusión
filosófica en pleno desarrollo acerca de la persona humana, la vida y la
naturaleza. Y cómo no, si la humanidad en estos pocos años, ha
dado saltos cualitativos que en una escala de tiempo han significado muchas
décadas y hasta siglos en pocos años de producción
cultural, tecnológica y científica.
Téngase
presente que hasta tan solo unos dos años se concluyó el valioso
estudio sobre el genoma humano y las posibilidades de estructuración
artificial del ADN está a la vuelta de pocos años. O
considérese que la ciencia de la astronomía no deja de
sorprendernos con los habituales descubrimientos de nuevas galaxias. La
informática nos acerca a pasos agigantados hacia la era robótica y
de todo esto surgirá un nuevo mundo, lleno de novedades, oportunidades y
riesgos.
¿Puede,
el Trabajo Social, negarse a reconocer la magnitud de estos nuevos procesos?.
Por cierto que no. ¿Puede integrarlos en su propia investigación
científica y formular un marco conceptual que le de un nuevo sentido,
transformador, al quehacer profesional?. Puede hacerlo y es tiempo de
hacerlo.
En este contexto tiene poco éxito la
nostalgia ideológica de los tiempos del mundo bipolar. Sería
preocupante una postura defensiva de parte del Trabajo Social por razones
ideológicas. Nuestros valores de igualdad, justicia y solidaridad no
están ligados a un sistema de producción. Así lo
creíamos en el tiempo del Trabajo Social proletarizado. La historia y la
experiencia vinculada a la lucha por los Derechos Humanos nos enseñaron
que tales valores descansan sobre otra premisa: la persona humana. Entonces, de
lo que se trata es cómo adaptamos los procesos sociales a este valor
fundamental.
Este es un principio rector, pero las
realidades pueden cambiar. Podemos aceptar el cambio de realidad y ser una
profesión líder en los compromisos ante esto. O podemos no
reconocer la nueva realidad y entonces la profesión se convierte en una
voz en el desierto.
Hay riesgos en las respuestas ante la
globalización. Qué duda cabe. Gorbachov, el líder de la
Perestroika, intuyó que la revolución tecnológica era
incompatible con el modelo económico soviético y apeló a la
sociedad civil rusa en contra del conservadurismo político del
establishment soviético. El había detectado fallas profundas en el
socialismo de Estado y entendía que había que reformar
profundamente el sistema para que la Unión Soviética se apropiase
efectivamente de las oportunidades de la revolución tecnológica.
En consecuencia, Gorbachov se anticipó a los hechos y asumió los
riesgos y desencadenó un proceso que modificó las relaciones
mundiales y la mirada de todas las naciones.
¿Qué Trabajo Social necesitamos
para la globalidad?. Ante cualquier postura resignada es necesario
señalar desde ya que no es efectivo que las generaciones futuras
tendrán menos oportunidades. Afirmar esto es rechazar las posibilidades
que se abren con la globalización. Depende de nuestra inteligencia y
capacidad saber aprovechar esta realidad y disminuir los riesgos.
Cuando
cayó el muro de Berlín Octavio Paz, el escritor
latinoamericano-mexicano, dijo una frase que da para pensar: el que las
respuestas hayan fracasado, no significa que las preguntas no sigan
vigentes.
La
tarea del Trabajo Social contemporáneo es construir nuevas respuestas. Es
posible hacerlo y estamos a tiempo para hacerlo.
Domingo Namuncura Serrano
Trabajador
Social UCV 1978
Docente de la Escuela de Trabajo
Social
Universidad Academia de Humanismo
Cristiano.
Diciembre, 2003.