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LA GLOBALIZACIÓN Y SU IMPACTO
EN LA REFORMA UNIVERSITARIA MEXICANA
(Trabajo ganador en el Certamen
Premio Nacional ANUIES 1997, en la categoría de Ensayo)

Álvaro Marín Marín*

La globalización y la regionalización son dos fenómenos interdependientes impulsados por las potencias capitalistas de Europa Occidental y Norteamérica, mediante sus agencias internacionales, con la intención de abrir mercados a aus productos e implantar a nivel mundial el cambio de los métodos de producción fordista a la toyotista.
La globalización es la aceleración del desarrollo económico a través de las fronteras políticas nacionales; la regionalización es la formación de grupos de países en bloques nacionales; la regionalización es la formación de grupos de países en bloques económicos, unificados por una potencia central. Existen en la actualidad cuando menos tres importantes: la comunidad de Estados Europeos, América del Norte, y Japón y países asiáticos.
Los cambios en la organización mundial y el reparto internacional del trabajo impuestos por estos bloques económicos, implican la necesidad de modificar las formas y los contenidos de todos los procesos educativos, en todos los niveles y grados dentro de las diferentes zonas globales.
En el caso de México, con la firma del Tratado de Libre Comercio y nuestra integración a la zona económica de América del Norte, las autoridades educativas del sexenio anterior y principios del actual sintieron la necesidad de impulsar una reforma a nivel superior que enfrentara la nueva realidad económica del país y del mundo; no obstante, con la atención que se había puesto a las negociaciones económicas y políticas del Tratado de Libre Comercio, se había descuidado el campo educativo, por lo que el gobierno mexicano no tenía (ni tiene) un modelo propio de reforma universitaria, basado en el estudio de las necesidades nacionales para enfrentar las nuevas demandas del entorno social mexicano y sus relaciones con los demás países.
Por tanto, a los diseñadores de la reforma educativa a nivel superior, les pareció adecuado actuar de manera ecléctica y pedir a la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OCDE) diagnósticos sobre nuestro sistema de educación superior, al tiempo que trataban de iniciar un proceso de privatización del sistema entero tomando como modelo globar el imperante en los Estados Unidos, sin considerar que posiblemente no era el más adecuado por ser incongruente con nuestra propia tradición.
Las reformas en educación superior se han llevado adelante gracias, entre otras cosas, a la notoria concentración de las decisiones en este campo en manos del poder ejecutivo federal, y a su mayoritario control de los presupuestos universitarios. Una manera de dirigir las reformas por otros caminos, sería considerar otros modelos universitarios, como el canadiense, país donde toda la educación superior es pública y de buena calidad, a causa del irrestricto apoyo gubernamental hacia las universidades, que se manifiesta en presupuestos crecientes, capacitación del magisterio, excelentes salarios profesionales, becas para los alumnos nacionales y extranjeros, instalaciones y equipos modernos.
Otra situación para evitar este tipo de reformas no consensuadas, sería buscar la descentralización de los presupuestos universitarios y aumentar la participación de los gobiernos estatales y locales.

Las definiciones

La globalización y la regionalización son dos fenómenos enteramente interdependientes que tienden a reforzarse mutuamente; son el resultado de varios fenómenos económicos impulsados desde Europa y Norteamérica por los países de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OCDE) que agrupa a las naciones de mayor desarrollo capitalista en el mundo. La OCDE ha fomentado los procesos de privatización, liberalización y desregulación no sólo entre los países que la componen (México incluido), sino también en la mayor parte de las naciones del globo con las que tiene relaciones.
Los países de la OCDE están interesados en promover a nivel mundial el cambio de los métodos de producción fordista a la toyotista, estimulando la transición a la producción flexible, el desarrollo de empresas flexibles y la apertura de los mercados nacionales a los productos de sus empresas, vanguardia de la industria mundial y, por tanto, con ventajas comparativas infinitamente superiores a las de los países atrasados.
La globalización no es un fenómeno nuevo: empezó en el siglo XVI con las conquistas y colonizaciones de los europeos sobre los demás continentes; se intensificó a partir de 1945, y en la década de los setenta se aceleró aún más, aunque siempre ha enfrentado resistencias(1).
La globalización es el desarrollo “o más precisamente, la aceleración del desarrollo de la actividad económica, a través de las fronteras políticas nacionales y regionales. Se manifiesta por la ampliación del movimiento de los bienes y servicios, corporales e incorporales, y comprende los derechos de propiedad y la multiplicación de las migraciones”(2).
Andrea Revueltas agrega que a la globalización de la economía se aúna un desarrollo técnico acelerado que entraña cambios profundos por los avances de la tecnología en informática, la robótica, la electrónica, las telecomunicaciones, la biotecnología y los nuevos materiales; avances que han dejado en un segundo plano los sectores tradicionales como la manufactura y la siderurgia.
La globalización ha implicado también la deslocación de las actividades productivas, lo que significa que el sitio de producción y el lugar del consumo pueden estar separados por miles de kilómetros de distancia, a causa de que las firmas tratan de fabricar donde sea menos caro y de vender donde haya más capacidad de compra.
De este modo, la industria contaminante y de uso intensivo de mano de obra se traslada a los países llamados del Tercer Mundo, subdesarrollados o periféricos, donde la mano de obra es barata y cuya educación y jubilación no cuesta a estas empresas(3).
La globalización es un proceso centrífugo y un fenómeno microeconómico en la medida en que es impulsado por la acción de los agentes económicos como las firmas, los bancos y los particulares que buscan tasas de ganancia superiores, mediante el progreso técnico y la mejora de las comunicaciones y los transportes.
La regionalización por su parte, “es un proceso centrípeto que implica el movimiento de dos o más grandes sociedades y economías, en el sentido de una mayor integración. Este puede ser un fenómeno de jure, producto de iniciativas políticas motivadas por preocupaciones de seguridad, por la persecución de objetivos económicos determinados o por otros factores. También puede ser un proceso de facto resultado de la acción de las mismas fuerzas microeconómicas que generan la globalización.
La regionalización puede adoptar la forma de un Tratado de Libre Comercio de mercancías o de comercio preferencial; el de una Unión Aduanera, que implica una política comercial común, o la constitución de una unión económica, monetaria y política total”(4).Revueltas observa en la actualidad tres grandes espacios económicos: “cada uno de ellos con un polo dinámico que estructura al conjunto de intercambios de la región: la Comunidad de Estados Europeos (CEE), América del Norte (TLC) y Japón y países asiáticos”(5).
Por su parte, Chomsky considera que los actuales Estados dominantes de la economía mundial tienen un papel muy activo en los procesos globalizadores. En este sentido pretende encontrar una evidencia en las reuniones de los primeros ministros del Grupo de los Siete o G-7, en referencia a las naciones capitalistas de mayor capacidad económica a nivel mundial, quienes se han pronunciado por un trabajo más estrecho de la Organización de las Naciones Unidas (ONU) con el Fondo Monetario Internacional (FMI), el Banco Mundial (BM), la Organización Mundial del Comercio (OMC) y la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OCDE) (6).
La conciencia que de la globalización han tenido cientos de intelectuales de todo el mundo y las dificultades teórico metodológicas que genera, se refleja en las diversas metáforas con las que se le ha querido retratar: “primera revolución mundial”(Alexander King); “tercera ola” (Alvin Toffler); “sociedad informática” (Adam Schaff); “sociedad amébica” (Kenichi Ohmae); “aldea global” (McLuhan); se habla del paso de una economía de high volume a otra de high value (Robert Reich); también se dice de la globalización ha generado una “economía-mundo”; un “sistema-mundo”; un shopping center global; un “mundo sin fronteras”; un “tecnocosmos”, etcétera (7).
Quienes han elaborado los conceptos más complejos pero también, más totalizadores para explicar en sus ámbitos histórico, geográfico, económico y sociológico la sucesión de sistemas mundiales son Braudel, que se interesó por explicar la génesis histórica de la globalización, y Wallerstein, quien estudia la hegemonía norteamericana actual.
Braudel entiende por economía mundial la economía del mundo globalmente considerado, o el mercado de todo el universo en palabras de Sismondi. “Por economía-mundo, término que forjé a partir del alemán Weltwirtschaft, entiendo la economía de una porción de nuestro planeta solamente, desde que forma un todo económico” (8).
La economía mundo, según Ianni se define por: a) ocupar un espacio geográfico, con límites que varían con bastante lentitud; b)someterse a un polo, representado por una ciudad económicamente importante (el caso de Nueva York); c) dividirse en zonas centro-periferia(9).
Wallerstein a su vez, define su concepto de “sistema-mundo” como: “Un sistema mundial es un sistema social, un sistema que posee límites, estructuras, grupos, miembros, reglas de legitimación y coherencia. Su vida resulta de las fuerzas conflictivas que lo mantienen unido por tensión y lo desagregan en la medida en que cada uno de los grupos busca eternamente remodelarlo en su beneficio”(10).
Dos conceptos muy importantes de Braudel son los ciclos e interciclos económicos de corta media y larga duración, que conjugados dan lugar a las tendencias seculares, procesos económicos de muy larga duración que se manifiestan en las así llamadas crisis estructurales, estudiadas apenas en la década de los años veinte del presente siglo por el sabio ruso Nicolás Kondratiev (11).
También es importante su concepto de estructura, con lo que se entiende “una organización, una coherencia, relaciones bastante fijas entre realidades y masas sociales. Para nosotros, historiadores, una estructura es sin duda articulación, arquitectura, pero más aún, una realidad que el tiempo utiliza mal y vehicula muy largamente”(12).
Para Wallerstein, una economía-mundo está constituída por una red de procesos productivos intervinculados, en un sistema que él llama “capitalismo histórico”, y que nosotros podríamos denominar sin mucho esfuerzo, capitalismo a secas. Según este teórico, la base de la economía-mundo capitalista, sigue siendo el Estado-nación soberano, “aunque esa soberanía esté limitada por la interdependencia de los estados nacionales y por la preeminencia de un Estado más fuerte sobre los otros” (13).
La soberanía de los estados-nación es socavada en su base por el desarrollo de procesos económicos y fenómenos de dominación política globales que cruzan territorios y fronteras. De este modo, las organizaciones multilaterales y las corporaciones multinacionales, comienzan a ejercer funciones de estructuras mundiales de poder por encima de los Estados.
El Estado-nación se encuentra en crisis a finales del siglo XX, cuando se acelera la globalización o mundialización del sistema capitalista.
Wallerstein y Braudel reconocen los procesos de trasnacionalización del capital y de los procesos productivos, pero insisten en la vigencia del Estado-nación, en lo que coinciden con otros analistas como Samir Amin o André Gunder Frank, quienes agregan la tesis de que en el límite, pueden realizarse proyectos nacionales, movimientos de liberación nacional con metas emancipatorias de los dictados trasnacionales (14).
Cuando se analiza el Estado-nación a la luz de la globalización del capital, sus características clásicas se modifican por subordinarse a las exigencias de instituciones trasnacionales o mundiales que se sostienen por encima de éste.
La moneda “nacional”, los factores de producción como el capital, la tecnología, la fuerza de trabajo, la educación, son forzados a “modernizarse” para responder a las necesidades del funcionamiento mundial de los mercados de los flujos de los factores de la producción y de las alianzas estratégicas entre las corporaciones; lo que obliga a la privatización, desregulación, apertura de fronteras, reforma educativa.
“Las corporaciones trasnacionales, incluyendo naturalmente las organizaciones bancarias, movilizan sus recursos, desarrollan sus alianzas estratégicas, agilizan sus redes y sus circuitos informáticos y realizan sus aplicaciones de modo independiente o incluso con total desconocimiento de los gobiernos nacionales” (15).
De este modo, los controles nacionales se reducen cada vez más y no es posible restringir los movimientos del capital, que sólo busca mayores ganancias. Debido a esto, la interpretación de la realidad internacional con un enfoque sistémico es ahora posible, pues reconoce que a los sistemas nacionales y regionales, se superpone ahora el sistema mundial(16).
El sistema mundial, en curso de formación desde el fin de la segunda guerra mundial, pero dinamizado con la caída del muro de Berlín en 1989, contempla economía, política, educación; tiende a predominar y se impone a naciones, nacionalidades, corporaciones, organizaciones, actores y elites.
“Confiere al sistema mundial vigencia y consistencia, ya que estaría institucionalizado en agencias más o menos activas, como la Organización de las Naciones Unidas (ONU), el Fondo Monetario Internacional (FMI), el Banco Mundial (BM), el Banco Interamericano de Desarrollo (BID) y muchas otras” (17).
El profesor Dieterich (18) va más lejos aún y presenta a estas agencias internacionales como el gobierno global, que ya ejerce funciones económicas, políticas, ideológicas y militares sobre las naciones subordinadas al llamado grupo de los siete o G-7.
La idea de la interdependencia de las naciones parte del principio sistémico como enfoque de los problemas mundiales. “Interdependencia... significa mutua dependencia, se refiere a los efectos recíprocos entre naciones, resultado de transacciones internacionales: flujos de dinero, mercancías, personas y mensajes a través de las fronteras [...] Nada garantiza que la relación que denominamos de “interdependencia” se caracterizará por ser de mutuo beneficio” (19).
Los estudios sistémicos sobre la economía-mundo, y particularmente el nuestro sobre la influencia de las agencias internacionales en nuestra educación superior, siguen considerando prioritario al Estado-nación; en nuestro caso, al Estado mexicano, actor por excelencia del problema que nos ocupa.
Las ópticas son diversas respecto al papel que juegan las agencias internacionales sobre los diferentes países; ya que no es lo mismo estudiar el problema desde Londres, que hacerlo desde el Distrito Federal. Así, por ejemplo, el profesor Inis, considera que las organizaciones internacionales son agencias prestadoras de servicios y “elementos suplementarios del sistema mundial, destinadas a hacer por los estados algunas de las cosas que estos no pueden realizar por sí mismos” (20). Mientras que nosotros consideramos tales “servicios” como peligrosas injerencias en la política nacional.
La teoría sistémica de las relaciones internacionales nos demuestra que el grupo de los siete países capitalistas más importantes del mundo, formado por Estados Unidos, Japón, Alemania, Inglaterra, Francia, Italia y Canadá, dispone de los medios económicos, políticos y militares suficientes para influir directamente sobre el Tercer Mundo y las agencias internacionales.
La globalización en curso, en vez de facilitar las cosas, impondrá cada vez mayores limitaciones a la capacidad de maniobra de los estados nacionales, por la desigualdad de recursos a la disposición de cada uno de ellos.
Se plantea así el problema de la hegemonía de un Estado nacional sobre los otros; la hegemonía se refiere a la preponderancia económica, militar, política, tecnológica y cultural de un país sobre todos los demás. Es evidente que los Estados Unidos como país hegemónico, controla a nivel mundial los abastecimientos de materias primas, el capital, los mercados y la tecnología de punta.
Los Estados Unidos, con sus nociones de evolución y modernización capitalistas, suponen que es su deber orientar el desarrollo mundial mediante prácticas destinadas a convertir a las sociedades tradicionales en modernas. El modo norteamericano de expansión es el trasnacionalismo, que significa libertad de acción antes que control; los norteamericanos han invadido otras sociedades justificándose en su superioridad tecnológica y económica; así, han hecho sinónimos mundialización, modernización y norteamericanización (21).
Las intromisiones norteamericanas en muchas regiones y países del mundo con el pretexto de modernizar la economía y actualizar los sistemas educativos para que respondan a los imperativos externos, están poniendo en grave peligro a otros sistemas sociales quienes se encuentran al borde de la destrucción como los países de Europa del Este, Rusia, Bosnia y algunos de América Latina.
Se ha hecho creer a los dirigentes de los países subordinados que es obligación de sus respectivos Estados nacionales, formar a los ciudadanos como agentes económicos congruentes con la nueva organización social del trabajo a nivel mundial, bajo el liderazgo de los Estados Unidos como potencia hegemónica.


LOS PROBLEMAS

Immanuel Wallerstein analiza las ideologías políticas actuales: conservadurismo, liberalismo y socialismo, ubicando el principio de su uso cotidiano en el periodo de 1815 a 1848. Comúnmente las definiciones de estas ideologías se hicieron en sentido negativo con relación de una contra la otra; así, los conservadores se oponían a la Revolución Francesa, los liberales a los conservadores, supuestamente partidarios del antiguo régimen, y los socialistas a los liberales. Esta tendencia negativista logró mantener unidos los tres conceptos por ciento cincuenta años, ya que casi nadie se puso a pensar sobre lo que si defendía cada tendencia.
Como las ideologías “son programas políticos para conducirse con la modernidad” (22), cada una necesita un sujeto o actor político principal; después de la Revolución Francesa este actor se llamó “el pueblo”, concepto cuyo contenido no ha sido unánimemente aceptado por las tres ideologías en más de un siglo.
Wallerstein considera a la definición liberal la menos “equívoca”: para ellos el “pueblo” es la suma de todos los “individuos”, quienes tienen los derechos políticos, económicos y culturales. Recuerda también que “el individuo” es el sujeto histórico por excelencia de la modernidad (23).
Los conservadores a su vez, enfatizaron la importancia de las organizaciones intermedias como la familia, la iglesia, las sociedades de paterfamilias, las congregaciones y otros grupos llamados tradicionales, por encima del individuo.
Los socialistas consideraron más importante al pueblo que al individuo, pues en todas sus discusiones enfatizaron el elemento social de las relaciones humanas, aunque se toparon con problemas de primera magnitud, como definir los grupos que “verdaderamente” constituyen al pueblo y encontrar la manera de conocer la voluntad general del pueblo entero.
Desde el siglo XIX, el sujeto “pueblo”, encontró su objeto en el “Estado”, aunque también se nos ha venido diciendo desde entonces que el pueblo configura una “sociedad”, por lo que Wallerstein se pregunta la manera de conciliar Estado y Sociedad, conceptos que, a su juicio, forman la gran antinomia de la modernidad (24).
En esta antinomia y la supuesta competencia por el control del Estado entre las ideologías mencionadas, Wallerstein encuentra la primera gran y sorprendente coincidencia: liberales, conservadores y socialistas se oponen al Estado y prefieren a la sociedad (por diferentes razones) pero, necesitan de éste para cumplir con sus objetivos políticos.

Sin duda, cada ideología invocaba diferentes justificaciones para explicar su estatismo, por momentos algo incómodo. Para los socialistas, el Estado realizaba la voluntad general. Para los conservadores, el Estado protegía los derechos tradicionales contra la voluntad general. Para los liberales, el Estado creaba las condiciones que permitían el florecimiento de los derechos individuales. Pero en todos los casos, en el fondo el Estado estaba fortaleciéndose en relación con la sociedad, al tiempo que la retórica reclamaba exactamente lo contrario(25).

Siguiendo esta línea de pensamiento, Wallerstein llega a la conclusión de que las tres ideologías pueden resumirse en una: el liberalismo, que ha sido la ideología de la economía-mundo capitalista desde 1789 hasta 1989. “Si observamos cuidadosamente esas nuevas estrategias socialista y conservadora, vemos que en realidad ambas se iban acercando a la concepción liberal del cambio permanente, administrado, racional y normal(26).
Sin embargo, con la caída del muro de Berlín, mucha gente comenzó a decir que había “acabado el socialismo”, cuando en verdad lo que ha caído es la promesa liberal de un mundo mejor, al menos en el sentido “iluminado” o ilustrado, que prometía el paraíso en la tierra a quienes hicieran suya la idea del progreso y creyeran en las ilimitadas posibilidades de la razón y su instrumento: la ciencia.
Mientras en el pasado, la gente se volvió hacia los Estados nacionales para obtener seguridad, empleo, educación, cambio progresivo; actualmente se observa un proceso intenso de desintegración social y el movimiento de las personas hacia los grupos solidarios de toda clase en busca de protección. Los programas de acción política que funcionaron los últimos doscientos años (liberalismo, conservadurismo, socialismo) pueden ya no ser útiles en el periodo que se aproxima.
Desde 1917, el concepto de desarrollo nacional se refería a aumentar las riquezas de cada Estado-nación y mejorar al máximo posible su infraestructura; esta meta era concebida tanto por los leninistas como por los wilsonianos, por lo que puede considerarse un objetivo universal hasta 1968, en que empezaron a surgir muchos de los problemas ahora comunes; sin embargo en 1970 la ONU proclamó la década del desarrollo mundial.
“Ya sabemos lo que ocurrió en el mundo real. Desde alrededor de 1945 hasta 1970 hubo un esfuerzo práctico considerable para expandir los medios y el nivel de producción en todo el mundo. En este periodo fue cuando el PNB y el PNB per capita llegaron a ser los principales instrumentos de medición del crecimiento económico, que por su parte se había convertido en el principal indicador del desarrollo económico.
Ese periodo fue una fase A de Kondratieff de excepcional amplitud, todo parecía ir en la misma dirección: expansión económica mundial, realización estado por estado de la visión wilsoniano-leninista, tasas de crecimiento ascendentes casi universales. El desarrollismo era la orden del día, y había consenso mundial acerca de su legitimidad e inevitabilidad”(27).
Entre 1970 y 1990, el fracaso económico de las zonas no centrales del mundo se hizo evidente; los llamados Estados socialistas desaparecieron, se polarizó la diferenciación entre países de las regiones norte/sur. En 1968 había comenzado a diluirse el consenso sobre el dogma desarrollista; en las siguientes dos décadas, se dio un estancamiento económico mundial que correspondería en la teoría de los ciclos económicos a una fase B del ciclo largo de Kondratieff. En los setenta, aumentaron los precios del petróleo y se produjo una crisis en los países industrializados; en los años ochenta, la deuda externa del tercer mundo se hizo casi imposible de pagar y los países periféricos enfrentaron la llamada década perdida.
Los países tercermundistas tuvieron que aceptar condiciones muy duras del Fondo Monetario Internacional, supervisiones meticulosas del Banco Mundial, “una asistencia ridícula y sermones acerca de las virtudes del mercado y la privatización. Las indulgencias keynesianas de los decenios de 1950 y 1960 se habían acabado” (28).
El planteamiento de la globalización o mundialización del sistema capitalista y las graves crisis antisistémicas observadas a partir de 1968, obligaron a reflexiones en favor o en contra de los supuestos globalizadores; así por ejemplo, en ese mismo año se fundó el Club de Roma, como grupo promotor de investigaciones interdisciplinarias; su organizador fue el industrial italiano Aurelio Peccei, vinculado a la Fiat y a la Olivetti con el apoyo financiero de la Fundación Volkswagen. La mayoría de sus científicos eran norteamericanos o europeo occidentales, había cuatro latinoamericanos, varios yugoeslavos, un polaco y un soviético (29).
La intención de este grupo era realizar investigaciones sobre temas ambientales que pudieran influir en la formación de políticas públicas; recurrieron a la elaboración de complejos modelos matemáticos usando las entonces muy avanzadas computadoras del MIT (Massachussets Institut of Technology), con la asesoría del ingeniero Jay Forrester.
El grupo publicó en 1971 World Dynamics, de Forrester; en 1972 Limits of Growth, de Dennis y Donella Meadows; y en 1974 La humanidad en la encrucijada, de Mesarovic y Pestel. Los tres se vendieron en cantidades millonarias, se tradujeron a cuando menos 30 idiomas, se usaron en cientos de universidades y causaron polémicas agotadoras en todos los extremos del espectro político.
En general, los trabajos correlacionaban crecimiento demográfico, declinación de reservas de granos, agotamiento de yacimientos minerales, producción industrial y contaminación. Las conclusiones eran pesimistas y a contrapelo de la euforia aún predominante en el mundo sobre la capacidad infinita de la ciencia y la tecnología para resolver los problemas mundiales.
Los resultados del análisis de los modelos indicaban que de continuar las tendencias mundiales que presuponían una capacidad ilimitada del medio ambiente o una potencialidad sin fin de la ciencia para generar recursos o reciclar desechos, la humanidad se encontraría en ruinas alrededor de la segunda mitad del siglo XXI.
Los Meadows por ejemplo, apoyaban la posibilidad de un Estado de crecimiento cero, con restricciones para procrear, cuestionando la idea de que la implantación de nuevas tecnologías necesariamente tendría efectos sociales positivos.
Dos rasgos característicos de los trabajos del Club de Roma fueron que pusieron en su contra casi unánimemente a científicos e ideólogos del mundo capitalista, del socialista y de los países subdesarrollados pero, y esto fue lo más importante, cuestionaron grave y severamente el dogma del crecimiento ilimitado haciendo que la gente comenzara a poner más atención a los problemas ambientales y a la búsqueda de desarrollo sustentable. A corto plazo sus pronósticos fueron apoyados en la realidad por la crisis del petróleo de los años setenta y la de la deuda en los ochenta.
En 1992, los Meadows publicaron otra obra (30) donde retoman algunos de sus argumentos de veinte años antes, descartan algunas hipótesis que el tiempo demostró falsas e insisten en la necesidad de cuidar el medio ambiente de manera global y orientar el sistema mundial hacia una política de crecimiento cero.
De este modo, se pronuncian más radicalmente contra el sistema capitalista imperante: “La gente no necesita coches inmensos; necesita respeto. No necesita armarios atestados de ropa; necesita sentirse atractiva y requiere excitación, variedad y belleza. La gente no necesita entretenimientos electrónicos; necesita hacer con sus vidas algo que valga la pena. Estos son sólo algunos ejemplos. La gente necesita identidad, comunidad, retos, reconocimiento, amor, alegría. Intenta rellenar estos huecos con objetos materiales es desatar un apetito insaciable de falsas soluciones para problemas reales que nunca se satisfacen. El vacío psicológico resultante es una de las principales fuerzas que se encuentran detrás del deseo del crecimiento material” (31). Por supuesto que estas conclusiones no son útiles a las agencias internacionales del gobierno norteamericano, ni a las empresas trasnacionales, por lo que han sido desestimadas, aunque el mencionado libro parece que tuvo un éxito de ventas similar al de su antecesor.
Así por ejemplo, puede observarse que a nivel mundial, el actor más importante en este campo del conocimiento abordado principalmente por economistas es la empresa como unidad, no el empresario; las investigaciones están marcadas por los problemas de la competitividad, el comercio y las políticas estatales o cuestiones organizacionales, dejando a un lado el aspecto social de las empresas.
Todavía existe poca conciencia entre los especialistas de la dimensión política de las formas de gestión empresarial y de la movilización de los asalariados por parte de las empresas. Hasta en las sociedades más avanzadas en el proceso democrático que la nuestra, aparentemente existe un sorprendente rezago de las relaciones sociales dentro de la empresa.
Aún desde una perspectiva meramente economicista, la modernización empresarial, cultural y educativa que se nos propone desde fuera, aparenta ser un modelo idiosincrático que no acepta la crítica de sus fundamentos teóricos y políticos.
Sin embargo es necesario reconocer que desde el sexenio de Miguel de la Madrid, las empresas mexicanas están sufriendo una profunda reestructuración, tratando de adecuarse a los requerimientos y presiones del mercado cada vez más mundializado el cual se define, según Manchón como “constituido por el conjunto de las relaciones entre las diversas individuaciones privadas y estatal nacionales de producción y apropiación de plusvalía en el mercado mundial” (32). Este autor considera que tales individuaciones responden a principios distintos: “Las firmas tienen como fundamento la propiedad privada de los medios de producción, mientras que los estados nacionales tienen como fundamento la soberanía nacional. Estas distintas determinaciones han coexistido desde los orígenes del capitalismo y coexisten actualmente sin que una desaparezca en aras de la otra” (33).
Por lo que respecta a nuestro país, cuando en 1982 se manifestó la fase B del ciclo de Kondratieff, iniciamos una década marcada por la recesión, la hiperinflación y el sobreendeudamiento, producto de la incapacidad de pago, que afectó el nivel de vida de la población.
Para salir adelante, se pusieron en práctica recetas de corte neoliberal apoyadas políticamente por los gobiernos de Reagan en Estados Unidos y Tatcher en Gran Bretaña, e impulsadas por el Fondo Monetario Internacional y el Banco Mundial (34).
Se abandonó el modelo de crecimiento mediante la industrialización sustitutiva de importaciones y se implantó otro de “crecimiento hacia el exterior”; se presionó en favor de la apertura comercial y, con el pretexto de reducir la deuda y liberar la economía, se establecieron políticas monetarias y fiscales muy rigurosas; se llevó a cabo también una reforma fiscal, la desreglamentación interna y externa y la privatización de empresas paraestatales, que de 1155 en 1982 pasaron a 239 en 1992.
Las agencias internacionales portadoras de estas reformas al Estado y sociedad mexicana fueron el Banco Mundial y el Fondo Monetario Internacional, las cuales en un primer momento diseñaron todo un conjunto de políticas públicas que tenían como objetivo primordial el pago de la deuda externa, que fue suspendido en dos momentos: “El Banco Mundial y el Fondo Monetario Internacional son los portadores en nuestros países de un modelo que no se impone por su propia virtud y ventajas, sino porque es funcional a las propuestas de esos organismos internacionales y porque éstos tienen medios importantes para presionar a su adopción” (35).
De este modo se recomendaron los recortes presupuestales al gasto social (incluyendo a la educación pública) para facilitar el cumplimiento de las así llamadas “obligaciones internacionales” de México; pero, con el paso del tiempo, estos organismos del gobierno norteamericano comenzaron a diseñar políticas educativas más explícitas, en congruencia con las necesidades supuestas o reales de sus propias empresas trasnacionales. “Aunque mundial en sus alcances, el horizonte en que esta organización (Banco Mundial) se coloca es esencialmente provinciano, en tanto que responde sobre todo a la visión de uno o dos países” (36).
Las reformas que se están implantando en la educación superior de nuestro país no son nuevas porque se remontan a lo que se hizo en Estados Unidos a partir de 1904 (37), cuando el director de la Fundación Carnegie, Henry Pritchett, acudió al ingeniero Friederick Taylor para que propusiera una reforma productivista de las Universidades norteamericanas. Taylor, creador del Scientific Management, no pudo hacer el trabajo pero lo delegó en el también ingeniero Morris Cooke, quien recomendó descargar a los profesores de actividades de gobierno y administración institucionales; quitar a los académicos el control de las contrataciones, imponer tabuladores basados en la productividad personal medida en términos cuantitativos, y no en la permanencia y el arraigo institucional, como sucede aún en México; se propuso también separar a los trabajadores de sus instrumentos mediante la formación de un fichero central universitario, donde los profesores depositaran sus notas, las cuales serían complementadas y usadas por cualquiera, para contrarrestar la idea que tienen los profesores de que las clases que imparten, los materiales y métodos pedagógicos que usan son de su exclusiva propiedad.
Respecto de los presupuestos se decidió que sólo se autorizarían proyectos específicos con recursos etiquetados, bajo supervisión de personal de confianza que daría cuenta de su aplicación; se replanteó el uso de los salones de clase laboratorios y talleres, para que ningún profesor tuviera “su” salón, sino que trabajara indistintamente en cualquier aula asignada por la administración. “El supuesto general en que descansaba todo este proyecto de reestructuración universitaria era que la concepción empresarial de las instituciones constituía la mejor manera de organizar la universidad y su quehacer educativo” (38).
En el momento en que el Banco Mundial tuvo necesidad de recomendar reformas a la educación superior en México, sus provincianos ideólogos globalizadores no tuvieron mejor idea que copiar, en la medida de lo posible, las condiciones de la universidad norteamericana.
El doctor Aboites cita un documento de trabajo (39) del Banco Mundial donde esta institución se opone a la autonomía universitaria por considerarla contraria a la eficiencia (por supuesto en términos empresariales norteamericanos); critica la participación de profesores y estudiantes en los órganos colegiados y sugiere anularlos mediante las becas y estímulos como el FOMES, al tiempo que apoya administraciones más centralizadas y autoritarias.
El Banco Mundial propone también incrementar el número de alumnos por maestro, reducir en proporción con el número de alumnos al personal administrativo, aumentar el precio de los servicios de librerías, comedores y clínicas estudiantiles, incrementar las colegiaturas o cuotas de manera diferenciada por carrera, de manera que las más costosas, cobren mayores colegiaturas; supervisar minuciosamente la eficiencia en la aplicación de los recursos invertidos por departamentos y áreas universitarias; así como valorar con precisión los costos directos e indirectos por alumno, proyecto y servicio (40).
Como el modelo educativo estadounidense parte del principio de que los alumnos y/o sus familias deben pagar por la educación que reciben, desde 1992, el Banco Mundial propuso el establecimiento de cuotas en la UNAM, para que los estudiantes pagaran al menos el 30% del costo de su educación, lo que por otra parte, ayudaría a reducir el gasto público en este rubro.
Como en la UNAM fue políticamente inviable establecer estas normas privatizantes, el proyecto se implantó en provincia, de modo tal que en 1994, la Universidad de Quintana Roo tuvo el dudoso honor de ser la primera institución pública mexicana en cobrar cuotas equivalentes a las norteamericanas, pues sus 1500 dólares de cuota al año estaban muy cerca de los 1778 que cobra la Universidad de Arizona y los 1660 de la de Southern Indiana(41).
Afirma el Doctor Aboites que no es exacto afirmar que los funcionarios mexicanos sigan dócilmente las indicaciones de las agencias extranjeras, sino que coinciden con ellas y
Las reciben con agrado en un “contexto amigable”.

Conclusiones y cuestionamientos

La globalización es el resultado del acelerado desarrollo de la actividad económica por encima de las fronteras nacionales.
La regionalización es la unión de dos o más economías para aumentar su efectividad. En la actualidad están conformándose tres grandes espacios económicos: la Comunidad Económica Europea; América del Norte; y Región Asia-Pacífico.
Fernand Braudel define la economía mundial como la unificación económica de una región del planeta; Immanuel Wallerstein utiliza el concepto sistema-mundo para designar una realidad mundial reglamentada de manera común. La economía-mundo para este autor es la historia del capitalismo a nivel global con base en los estados nación interrelacionados unos con otros, dominados por uno más fuerte.
El Estado-nación se encuentra en crisis a fines del siglo XX. A causa de la globalización, su soberanía está muy acotada pero sigue vigente no obstante existir el embrión de un gobierno mundial manifiesto en el Grupo de los Siete o G-7.
La teoría de sistemas como enfoque de los problemas mundiales sugiere la idea de la interdependencia de todas las naciones del mundo. Esta se refiere a los efectos recíprocos de su interactuación económica, política, informática, etcétera.
Nada garantiza que las relaciones de interdependencia sean mutuamente benéficas para los estados nacionales participantes. También pueden ser asimétricas.
Las agencias internacionales de los países desarrollados como el Fondo Monetario Internacional, El Banco Mundial y la OCDE, intentan convertir a las sociedades tradicionales en modernas, haciendo sinónimos mundialización, modernización y norteamericanización.
Según la teoría de los ciclos económicos de larga y muy larga duración enunciada por el sabio ruso Kondratieff, desde 1945 hasta 1970, el mundo vivió una época de auge y crecimiento económico sostenido con bajas tasas de inflación, equivalente al ciclo ascendente o fase A de la teoría de Kondratieff; pero, desde 1970 y posiblemente hasta 1995, haya podido observarse un periodo recesivo sumamente negativo para México y los países periféricos con tasas de crecimiento de -8%; altas tasas de inflación, y un proceso de endeudamiento acelerado que obligó al retroceso en la inversión social y permitió la intervención de las agencias internacionales (Banco Mundial, Fondo Monetario Internacional, OCDE) en el diseño de políticas económicas y sociales de los países deudores.
Aunque al inicio y fin de este periodo o fase B de Kondratieff hubo voces críticas al modelo de desarrollo capitalista mundial, como los trabajos del Club de Roma y los libros de los Meadows, estos fueron desestimados.
Si en la década de los años ochenta las agencias internacionales recomendaron “únicamente” recortes al presupuesto de gasto social, para liberar recursos que sirvieran al pago de la deuda, en los noventa ya empezaron a elaborar un proyecto educativo universitario congruente con el modelo norteamericano y de marcado corte taylorista.
Las reformas educativas en México se facilitaron por la excesiva dependencia de las instituciones universitarias de un presupuesto único manejado por el gobierno federal, así como por la simpatía de los funcionarios e intelectuales formados en el exterior, quienes crearon un “entorno amigable” a la recepción de estas propuestas.
Se aceptaron las propuestas basadas en el modelo de educación superior norteamericano y se desestimó el modelo canadiense: las universidades son gratuitas, reciben subsidios federales y locales, los presupuestos son asignados con base en las necesidades internas y repartidos por funcionarios universitarios, no externos.
De cualquier manera, las reformas sugeridas por las agencias internacionales y aplicadas por amigables receptores locales, son insuficientes en esta época que observa ya al taylorismo como una forma de organización del trabajo periclitada, en vista de que separa el pensamiento de la ejecución, es vertical, autoritario, rígido, y utiliza mano de obra poco calificada para procesos monótonos y repetitivos, lo que permite salarios reducidos.
La moda actual en la organización laboral es el toyotismo, que sugiere la participación de los trabajadores en la resolución de los problemas de la producción, la organización del trabajo, la distribución de los presupuestos, y la supervisión de las condiciones de higiene y seguridad de toda la empresa; lo que requiere empleados con alto nivel educativo, gran sentido de responsabilidad, alto interés y motivación, así como niveles de vida elevados, con salarios del primer mundo. El modelo toyotista se aproximaría más a la organización universitaria mexicana que se está abandonando o a la canadiense que se desestimó, que a la norteamericana en curso de instauración.
Para evitar la imposición de reformas educativas autoritarias como las que hemos venido observando, se hace necesaria la democratización de la vida nacional, así como la diversificación de las fuentes de financiamiento de las instituciones de educación superior.

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Notas

* Álvaro Marín Marín es egresado de la licenciatura en Historia de la ENEP-Acatlán de la UNAM; maestro en Historia y Pedagogía por la UNAM y la UPN, respectivamente; Candidato a Doctor en Ciencias Sociales por la UAM-Xochimilco. Es profesor titular de la UPN-unidad Ajusco. Ha colaborado en la página cultural del diario Ovaciones y en la sección Educación y magisterio del El Día. En 1996 publicó Historia de la pedagogía en México y otros ensayos, Madrid, Editorial Marsag. Ha publicado varios libros y recibido numerosas distinciones.
1 Robert B. Reich, L´Economie mondialisée, Paris, Dunond, 1993. Citado por Andrea Revueltas en “Globalización y regionalización: el caso de México”, en Globalización, Economía y Proyecto Neoliberal en México, Ernesto Soto Reyes, Mario Alejandro Carrillo y Andrea Revueltas (coordinadores), México, Universidad Autónoma Metropolitana, Unidad Xochimilco, GRESAL Universidad Pierre Mendes France de Grenoble, 1995 p.104 nota 1.
2 Charles Oman, Les défis politiques de la globalization et de la regionalization, Paris, OCDE, 1996, p. 6.
3 Andrea Revueltas, Op. Cit., pp. 104-105.
4 Charles Oman, Op. Cit., p. 7.
5 Andrea Revueltas, Op. Cit., p. 107.
6 Noam Chomsky, “Democracia y mercados en el nuevo orden mundial”, en Noam Comsky y Heinz Dieterich, La Sociedad Global; Educación, Mercado y Democracia, introducción de Luis Javier Garrido, México, Joaquín Mortiz, tercera reimpresión, octubre de 1996, p. 66.
7 Octavio Ianni, Teorías de la globalización, México, Siglo XXI Editores, 1996, pp. 4-5.
8 Fernand Braudel, “La dinámica del capitalismo”, segunda edición, Lisboa, Editorial Teorema. Citado en Ibid, p. 15.
9 Ibid, p. 15.
10 Immanuel Wallerstein, en Ibid, p. 16.
11 Nikolai D. Kondratieff y George Garvy, Las ondas largas de la economía, Madrid, Revista de Occidente, 1946.
12 Octavio Ianni, Op. Cit., p. 17.
13 Ibid, p. 21.
14 Samir Amin, Giovanni Arrighi, André Gunder Frank, Immanuel Wallerstein, Le grand tumulte? (Les mouvements sociaux dans l´economie-monde), Paris, La Découverte, 1992.
15 Octavio Ianni, Op. Cit., p. 39.
16 Ibid, p. 44.
17 Ibid.
18 Noam Chomsky y Heinz Dieterich, Op. Cit., p. 76.
19 Robert O. Keohane y Joseph S. Nye, Power and interdependence, Nueva York, segunda edición, Harper Collins Publishers, 1989, pp. 8-10; en Octavio Ianni, Op. Cit., p. 48.
20 Claude Inis L. Junior, States and the global system (Politics, law and organization), Londres, MacMillan Press, 1988, p. 129. Citado por Octavio Ianni, Op. Cit., p. 51.
21 Samuel P. Huntington, “Trasnational organizations in world politics”, en World Politics, vol. xxv, núm. 3, 1973, pp. 344-346. En Octavio Ianni, op. cit., p. 55.
22 Immanuel Wallerstein, Después del liberalismo, México, Siglo XXI Editores, 1996, p. 81.
23 Ibid, p. 81.
24 Ibid, p. 84.
25 Ibid, p. 87.
26 Ibid, p. 99.
27 Ibid, p. 119.
28 Ibid,p. 123.
29 Mauricio Schoeijet, “El Club de Roma y los Límites del Crecimiento”, en Revista Economía Informa, Facultad de Economía de la Universidad Nacional Autónoma de México, número 213, enero de 1993. Esta parte de nuestra narración se basará fundamentalmente en el trabajo del profesor Schoeijet, aunque también recurrimos a los libros mencionados más adelante.
30 Donella H. Meadows, Dennis L. Meadows, Jorgen Randers, Más allá de los límites del crecimiento, Madrid, El País/Aguilar, primera edición, 1992.
31 Ibid, p. 256.
32 Federico Manchón, Ley del valor y mercado mundial, México, Universidad Autónoma Metropolitana, Unidad Xochimilco, 1994, p. 294.
33 Ibid, p. 291
34 Andrea Revueltas, Las transformaciones del Estado en México: un neoliberalismo “a la mexicana”, México, Universidad Autónoma Metropolitana, Unidad Xochimilco, 1996, p. 15.
35 Hugo Aboites, Viento del norte. TLC y privatización de la Educación Superior en México, México, Universidad Autónoma Metropolitana, Unidad Xochimilco/Plaza y Valdés Editores, 1997, p. 223.
36 Ibid, p. 288.
37 Seguimos aquí de cerca la narración del Doctor Hugo Aboites, Op. Cit., pp. 226 y ss.
38 Ibid, p. 230.
39 Winkler, D., “Higher Education in Latin América.Issues of Efficiency and Equity”, World Bank, Discussion Paper # 77, 1990.
40 Hugo Aboites, Op. Cit., p. 246.
41 Ibid, p. 282.



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