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AL MAESTRO CON CARIÑO O BREVE TRATADO SOBRE EL CONCEPTO DE PROFESOR Y LA DIVISIÓN EXISTENCIAL DEL HOMBRE

Emilio Velazco Gamboa
Marco Antonio García García


A los hombres y mujeres que han hecho
de la docencia un apostolado
y no un simple modus vivendi.

Un maestro de escuela
puede decirte lo que espera de ti.
Pero un verdadero maestro
despierta tus propias expectativas.

PATRICIA NEAL


1. Una breve consideración
2. Cuestión de términos
3. Valor de la presencia del educador
4. La división existencial del hombre
5. Consideraciones finales


1. Una breve consideración
En los últimos años se ha puesto de moda hablar sobre los retos que enfrentan la formación docente y la educación ante la llegada del nuevo milenio. Se habla de los retos en cuanto a la elaboración de programas que fomenten la actualización, la especialización y el perfeccionamiento de las capacidades de los profesionales de la educación.
Pero ¿alguien ha hablado o ha reflexionado acerca de la profundización, la sensibilización y la revalorización de la vocación de los docentes, no sólo por la formación académica de sus educandos, sino por su formación integral como seres humanos? Y aquí se debe señalar que formación integral engloba lo intelectual, lo social y lo moral.


2. Cuestión de téminos
A guisa de comentario se dirá que, para poder aclarar los conceptos que se manejan en la educación, primero deberá cambiarse el término que se da a los hombres y mujeres que trabajan en ella y para ella, que es, además, la identificación con la actividad diaria a la que se dedican: el de Profesor.
¿Sabe usted lo que significa el término profesor? Esta palabra viene de la voz profesar, que en alguno de sus significados quiere decir ejercer una ciencia, arte u oficio, o enseñar una ciencia o arte. Además, significa “ejercer una cosa con inclinación voluntaria y continua”. Por tanto, profesor es la persona que ejerce o enseña una ciencia o arte.
Así, profesar es más que simplemente ejercer o enseñar una cosa con inclinación voluntaria o continua: equivale a consagrarse o a dedicarse a una actividad de manera total, tanto en lo individual como en lo colectivo, con el compromiso de servir por servir como premisa fundamental. Aquí ya se invade otro terreno: el de la vocación.
A su vez, la palabra Maestro significa “el que enseña una ciencia, arte u oficio, o tiene título para hacerlo. Más aún, en este sentido, Maestro es “el que conduce”, “el que guía”, “el que enseña el camino”, y no solamente “el que instruye”. En dado caso, docente es el que enseña, instruye o adoctrina, pero además, es el hombre o mujer perteneciente o relativo a la enseñanza.
Así, lo más correcto sería que se les denominara docentes o trabajadores de la educación[1] dado que trabajan instruyendo, dotando a otras personas de conocimientos académicos elementales e incluso semiespecializados, es decir, semitecnificados, con la idea de que les servirán para la vida, lo cual no es totalmente cierto porque no es posible entender para qué puede servirle la geografía a alguien que trabaja como obrero en una fábrica, o el álgebra a quien es músico, abogado o albañil, a menos que sea como cultura general, lo cual evita que el individuo se convierta en un analfabeta funcional, pero que no es suficiente. Y aún así no faltarían las preguntas sobre el “por qué” de ese estudio.
El cambio de los conceptos no implica el de la esencia, pero en este caso, dicho cambio sí va de la mano con la transformación de la realidad ya que no se le puede decir Maestro a una persona que meramente se dedica a instruir, salvo en los casos en que, por su testimonio –o sea, su ejemplo y logros personales y profesionales–, se haga merecedor de tal título.
Se puede apreciar que este sistema de conceptos –profesor, maestro, educador, docente, trabajador de la educación– tiende un poco a reflejar la idiosincrasia del pueblo mexicano, pues, normalmente, la gente de escasa o mínima instrucción suele denominar de manera indistinta a quienes trabajan en el ámbito de la enseñanza. Y aún la gente que posee un poco más de desarrollo académico usa estos títulos sin mayor selectividad, ya que no es cuestión de cultura sino de conciencia.
Y lo que determina esta conciencia es el grado de participación de los educadores en los distintos aspectos de la vida de sus educandos –a quienes comúnmente se les llama alumnos– así como de la participación y relevancia que tengan en sus relaciones sociales y con su comunidad.


3. Valor de la presencia del educador
Hay un cuento que habla de la importancia de las opiniones de terceras personas en la forma de pensar o actuar del ser humano. Así, cuando se es pequeño –hasta los 5 o 6 años– el individuo se sustenta en la idea “Dice mi mamá” o “Dice mi papá”.
En el transcurso de la primaria, se piensa “Mi maestro –o Mi Maestra– dice...”. Ya en la secundaria, el individuo tiene otra visión: “Mis amigos dicen...” o “En la televisión –o en el Internet– dicen...“. Finalmente, ya entrando en la etapa adulta, la persona adquiere otra noción al preguntar “¿Quién demonios dice...?”.
Del mismo modo, cuando se está en la primaria –nivel básico de formación del sistema educativo mexicano– todos los educadores son “Maestros”, porque –se supone- son quienes dan la primera interpretación y apreciación de la realidad a los niños. Son, por decirlo así, los primeros facilitadores, los primeros traductores del mundo y sus fenómenos.
Después, en la secundaria, ya no son “Maestros” sino “Profesores”, porque en este período, los jóvenes –tanto hombres como mujeres– buscan el apoyo y el consejo de alguien externo a su casa para enfrentarse de manera más adecuada y exitosa a la realidad que, generalmente, suele presentarse adversa y difícil, llena de retos y crisis existenciales que la mayoría de las veces incluye a papá y a mamá como adversarios o como compañeros que no les comprenden.
Muchos educadores logran que sus alumnos superen esta etapa con óptimos resultados, pero sólo en la medida en que están verdadera y profundamente involucrados con el adolescente por su propia condición de vulnerabilidad más que con los niños o con los jóvenes entrados en la edad adulta.
Además, se tiene la certeza de que casi todo el mundo recuerda al menos a un maestro o maestra de la secundaria, ya sea como un ejemplo, como un modelo o como un enemigo de aquellas correrías, p. Ej. el clásico profesor que trae loco a todo el mundo con la disciplina y el orden, o al que solía tomar distraído a cualquiera para preguntarle algo relativo a la clase y que no se sabía por no estar poniendo atención a ella, o para pedirle la clase del día anterior a fin de medir el grado de aprendizaje o de repaso de las notas, etc.
En la preparatoria o su equivalente siguen siendo maestros o profesores, pero de ahí a la carrera universitaria ya se les empieza a aplicar el distintivo de Catedráticos, pues se parte de la idea no consciente de que el Profesor o el Maestro tienen ese título como grado académico recibido por haber cursado estudios de Normal Superior o Licenciatura en Educación o Pedagogía, a diferencia de aquellos, quienes son profesionistas titulados –e inclusive especializados– en otras áreas del saber, ya sean Ingenieros, Médicos, Abogados, Físico-Matemáticos, Psicólogos, etc.
Por desgracia, la mayoría de ellos –que son llamados por su título– ya no se encuentran –en poco o nada– involucrados en la situación académica y mucho menos personal de sus alumnos. Se limitan a dar su clase y a obtener los resultados mínimos-máximos deseados. Pocos, realmente, están inmersos en los triunfos y fracasos y en los logros y problemas de los jóvenes adultos o recién entrados en dicha etapa.
Hasta aquí, la condición de los catedráticos es prácticamente similar a la de cualquier profesionista; sólo que, con esa visión, producen un fenómeno muy curioso –y aquí se va a permitir a los autores acuñar un concepto– y que consiste en determinar la división existencial del hombre.


4. La división existencial del hombre
¿Por qué existencial, podría preguntarse, y en qué difiere de la división del trabajo? Se dice existencial, en primera instancia, porque a partir de la noción de otras personas, los individuos se sienten motivados –o se dejan inducir– a tomar uno de los tantos caminos que ofrece la educación y capacitación técnica o superior, las artes y los oficios o, por el contrario, pierdan dicha motivación y se dirijan hacia la mediocridad o, peor aún, hacia modos de vida grises u oscuros.
Este es el sentido: la división del trabajo del hombre implica cuál será el oficio o profesión que cada individuo elija y, por ende, cuál será su rol en el mundo productivo. Ello implica especialización en materia artesanal, industrial, comercial, de salud, etc. La división existencial del hombre más bien equivale a la elección, o mejor dicho todavía, al descubrimiento de la vocación que cada individuo logre, y por ende, cuál será su percepción de si mismo y del rol que desempeñe en el mundo productivo.
Pues bien, la vocación la descubren o la adquieren ya sea por sus propios medios, investigando, analizando opciones profesionales o laborales, ya sea casual o causalmente, etc. Los vehículos o modelos, cuando se tienen, pueden ser los padres, familiares, amigos o los propios maestros. Y aún más, pues uno de los autores tuvo un profesor que era Contador Público y aquél estudió otra carrera. Sin embargo, asimiló muchos puntos de su moral y su conducta.
Así, de la imagen que los profesores proyecten hacia sus alumnos dependerá que los convenzan o no de ser profesionistas, artistas o técnicos en algo, ya sea porque gozan de buenos ingresos, prestigio, capacidad, imagen, etc. O simplemente porque su clase es tan interesante y amena que motiva al joven a pensar en seguir estudiando esa o cualquier otra área. Más todavía, como ya se dijo, de ello dependerá que se conviertan en mejores personas.
Por otro lado, y volviendo al ámbito profesional, puede influir negativamente porque con su forma de ser y de exponer la clase no sólo no lo motive, sino que lo desanime y le quite las ganas de estudiar, o bien, porque no logren convencerle de que el camino del estudio sea el mejor. Esto es fácil de ilustrar: el también clásico profesor mediocre que da una mala clase y que proyecta una imagen no exitosa y que no posee un gran prestigio, ni grandes ingresos, ni se ve competitivo, etc.
En segunda instancia, porque a partir de la noción de sí mismo y de su entorno, sus posibilidades, sus limitaciones y sus necesidades, el joven podrá adquirir la facultad personal de decidir sobre su propio destino, a saber:

  1. Decidir si, no teniendo muchos recursos para costear estudios superiores, sea mejor dejar la escuela y ponerse a trabajar aun cuando sea un excelente estudiante, o
  2. Decidir si conviene trabajar y estudiar, o buscar una beca para forjarse el grado académico aprovechando toda esa capacidad que tiene como estudiante;
  3. Decidir si, teniendo recursos económicos para costear estudios superiores en cualquier Institución Educativa, vale la pena continuar una carrera universitaria pese a que dicho joven es apenas un estudiante mediano, o
  4. Decidir si, con base en la anterior consideración, sea mejor dedicarse al trabajo o a otra actividad –negocios, deporte, u otros estudios- y olvidar la escuela, al menos en ese nivel;
  5. Decidir si, no teniendo muchos recursos ni mucho talento, vale la pena el esfuerzo por superarse y vencer esas limitaciones, y
  6. Decidir si, contando con recursos y talento, el joven se aplique y saque provecho de esas ventajas, o
  7. Prefiera desperdiciarlas y perderse en el mar de la mediocridad o hasta en la delincuencia.

De tal modo, se puede tener a jóvenes sin recursos pero con talento o sin él, que deciden seguir estudiando o que deciden abandonar tal proyecto, o jóvenes con recursos que, con o sin talento, deciden estudiar o dedicarse a otra cosa. Tanto en un caso como en otro y sea que estudien o no, pueden convertirse en seres mediocres o triunfar en otras actividades.
En el caso personal, se han visto casos de personas que triunfaron en los ámbitos comercial, deportivo, artístico e inclusive laboral, o bien, en el espectáculo, la política, la seguridad –sea en las corporaciones policíacas o en las Fuerzas Armadas–, etc. y que no requirieron de estudios profesionales para hacerlo. Sin embargo, casi todos aquellos que continuaron estudios superiores han triunfado o, al menos, viven bien y sin matarse tanto, valga la expresión.
Pero volviendo al caso de los docentes, si el joven tiene un catedrático que da una buena clase y proyecta la imagen de un triunfador, estará motivando a los jóvenes a vencer sus limitaciones y aprovechar todas sus ventajas y capacidades para ser como él e incluso superarlo. Caso contrario, si el joven tiene un catedrático con una pésima clase y una imagen pobre, tal vez decida dejarse vencer por sus limitaciones –aun cuando fueran mínimas- y desperdiciar su potencial.
Claro que hay muchachos y muchachas que, con todo y un buen catedrático, deciden desperdiciarse, al igual que los hay que, con un mal maestro, deciden superarse y se sobreponen a cualquier limitación o mal ejemplo, aunque esto suele ser determinado más por factores externos a la escuela, como p. Ej. el entorno.
Así, los jóvenes que cuentan con padres, familiares y amigos exitosos en cualquier actividad, pero más específicamente en lo profesional, es normal que sigan tal ejemplo. También los que hay que, pese a ello, deciden seguir otro camino, aunque son los menos.
Y los jóvenes que en su entorno no cuentan con ejemplos como los referidos, no es extraño que se queden en el camino, aunque hay algunos –por suerte, cada día son más- que deciden sobresalir y ascender a otra escala de vida.


5. Consideraciones finales
Así pues, lo de existencial no se refiere a la concepción filosófica del existencialismo –al menos como lo escribió Kierkegaard-, sino a lo que sociológicamente se debe entender como el Estado del Ser, tanto en los tiempos presente como futuro. Además, se demuestra que, efectivamente, hay docentes que se involucran de manera fehaciente no sólo con sus alumnos, sino con su comunidad.
Aquí valdría la pena considerar que el término trabajador de la educación es el más adecuado, aunque suene rudo y con poco contenido, para las personas que se limitan a exponer una clase y cumplir con un horario, que buscan tener mayores ingresos, pero que no se interesan por la vida de sus alumnos; porque como sus maestros no son sólo sus instructores o facilitadores: son sus guías, sus modelos, sus formadores, sus conductores.
Hoy, se preocupan más por hacer mítines y plantones para obtener aumentos salariales y prestaciones, cargos públicos y toda clase de canonjías, prebendas y beneficios que por formar personas. Ese tipo de maestros ya son cosa del pasado.
Pocos casos hay ya de personajes como aquellos a los que dieron vida Don Elías Moreno en la película Simitrio –de los años dorados del cine nacional–, o como el de Sidney Portier en Al maestro con cariño –de la década de los sesenta–, y ni decir de Don Mario Moreno “Cantinflas” en El Profe. Ahí, los términos sí que estaban de lo mejor empleados y aplicados.
Para concluir, resta decir que, si no se cambian los sistemas de instrucción a través del planteamiento correcto de los conceptos y la facilitación de estos para la vida social, productiva y personal de los demás individuos, se estará corriendo el riesgo de perderse en el mar de las definiciones sin sentido, y que esto sea utilizado como hasta ahora: sin conocimiento de causa para invocar una denominación, un título o un grado para quien ya no lo representa, como es el caso de los Maestros.
Asimismo, los autores también quieren que este pequeño ejercicio sirva como llamado de atención para aquellos que son llamados Maestros y que, por desgracia, no lo adoptan como forma de vida, como premisa fundamental, como proyecto personal, como un apostolado, y no solamente como un modus vivendi.
Los autores, alguna vez, escuchamos que la carrera del Abogado puede ser la más noble de las profesiones o el más vil de los oficios, y después pensamos que también la Medicina, la Política y el Sacerdocio pueden serlo. O no serlo ninguna de ellas, qué caray, si se tiene moral.
Señores Docentes, no permitamos que la Docencia sea un oficio vil y barato. Hagamos de ella La Más Noble de las Profesiones. Y eso es cosa de cada quién, pero rescátense los mejores valores de la división existencial de cada uno.



EMILIO VELAZCO GAMBOA

Mexicano. Licenciado en Ciencias Políticas por la Universidad del Desarrollo del Estado de Puebla (UNIDES). Tiene los Diplomados en Derecho Electoral y en Derecho Constitucional, por la Universidad Cuauhtémoc. Actualmente es consultor académico e investigador independiente, e imparte cátedra en el Centro Universitario Irlandés A. C. (Irish University Mexico) con sede en la Ciudad de Puebla..

emiliovelazco@hotmail.com
emiliovelazco1972@hotmail.com
http://www.galeon.com/emilio-velazco/


MARCO ANTONIO GARCÍA GARCÍA

Mexicano. Es Abogado, Notario y Actuario, y Maestro en Gobierno y Administración por la Benemérita Universidad Autónoma de Puebla (BUAP). Actualmente, y por segundo período, es Secretario General del Honorable Ayuntamiento del Municipio de Juan C. Bonilla, Puebla.



[1] En este caso, el nombre “trabajadores de la educación” deviene del fenómeno sindical en México, aunque viene a colación con mucha propiedad por su esencia y presencia (NN. AA.).

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