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Los géneros (femenino y masculino)

Resulta interesante saber que las niñas y niños mayores de 2 años pueden distinguir entre mujeres y hombres y se comportan de acuerdo a su género después de los 5 años. En un estudio entre niños de guardería se descubrió que ellas y ellos consideran que los carritos son para niños y las muñecas para las niñas, aunque no era tan mal visto que las niñas jugaran con cochecitos. Los propios niños consideraban punible que un niño se vistiera como niña o jugara con muñecas, siendo más tolerado que una niña se vistiera como niño y jugara con juguetes de niño. Los niños más grandes eran más tolerantes a este respecto, pero consideraban muy malos los atentados a la propiedad, como el robar (Owen 2003). Esto sin duda es el reflejo de la educación estadounidense y de lo que ven en los adultos, para quienes el respeto a la propiedad privada está por encima de todo. En general, las niñas parecen ser más tolerantes respecto a la violación de las normas.
La influencia de la educación, como ya dijimos parece ser preponderante en las actitudes de los niños respecto al comportamiento como niña o niño. En los kibbutz israelitas se practicaba el igualitarismo, el socialismo sionista y se abolían los roles sexuales tradicionales. Se creía que al educar así a los niños paulatinamente se cambiaría la actitud de ellas y ellos a este respecto. Con el tiempo, los así educados regresaron a tener una vida familiar tradicional y una división del trabajo del mismo estilo, tradicional. A pesar de esto, se observa que en las sociedades contemporáneas en general hay una tendencia a mantener relaciones más igualitarias, a compartir la autoridad y responsabilidad sobre la educación de los niños, así como los gastos y el manejo de la casa (Eysenck y Wilson 1981; Botkin et al. 2002).
Aunque, para ilustrar las diferencias que puede haber entre una cultura y otra, vale la pena citar a Pío Baroja: “donde Europa no estaba dominada por las ideas del semitismo la mujer era sacerdotisa, sorguiña. En las religiones africanas nacidas en el desierto el hombre es el único oficiante, el profeta, el salvador. La mujer queda relegada al harem. En las selvas europeas la mujer es médica, agorera, iluminada” (La dama de Urtubi). Pero esta cuestión de que tan “naturales” o impuestos por la cultura y la tradición son los roles de género, no es fácil de resolver.
Las progestinas sintéticas, dado que no son químicamente puras, pueden tener un efecto masculinizante en los fetos humanos; cuando se trató accidentalmente a mujeres embarazadas con estos productos sintéticos, antes de conocer sus efectos, las niñas así masculinizadas se consideraban así mismas marimachas, opinión compartida por la propia madre y los compañeros de juego. Estas niñas presentaban una conducta masculina, les gustaban los juegos vigorosos, rudos, el futbol, béisbol y la ropa práctica aunque poco o nada elegante, no se interesaban por los bebés, los peinados o perfumes y muy poco por el matrimonio (Eysenck y Wilson 1981). De hecho, los estudios demuestran que la orientación sexual de un individuo puede ser afectada aún antes de la concepción. El primogénito parece tener más probabilidades de ser homosexual que un varón nacido después de que su madre ha alumbrado previamente más varones. En cambio, las mujeres no parecen ser afectadas por los embarazos previos de la madre. Esto se debe a los andrógenos circulantes antes del nacimiento; las lesbianas parecen haber sido expuestas a mayores niveles de andrógenos que las heterosexuales antes de su nacimiento. En las mujeres el dedo índice es casi de la misma longitud que el cuarto dedo; en hombres el índice es más corto que el cuarto dedo. La relación entre estos dedos se ha tomado como un indicador que refleja la exposición prenatal de los machos a los andrógenos. En un estudio se halló que el cociente entre las longitudes del índice y el cuarto dedo fue más masculino (cociente menor) en las lesbianas que en las mujeres heterosexuales y es un valor semejante al de los hombres heterosexuales. Esta relación no varió entre homo y heterosexuales, pero entre menos hermanos mayores tiene un hombre, mayores probabilidades tiene de ser homosexual; vale la pena mencionar que se han documentado casos de gemelos unos de los cuales es homosexual y el otro no; aunque también hay casos en que ambos son homosexuales (Williams et al.2000).
Descubrimientos recientes muestran que aún antes de que haya cantidades apreciables de hormonas sexuales, los cerebros de machos y hembras siguen vías de desarrollo distintas. Se sabe que el gen Sry es el que dirige el desarrollo de los testículos; cuando a ratones hembras se les inserta este gen, se desarrollan como machos; y cuando a estos últimos se les “suprime” el gen Sry, se desarrollan como hembras (Dennis 2004).
Refiriéndonos a las prácticas sexuales, se sabe que los hombres son menos personales en su conducta, más liberales y se sienten atraídos por prácticas ilícitas, están más interesados en el sexo, la promiscuidad, el nudismo, la prostitución, el sexo oral (felación: la mujer “chupa” el pene, y cunilingus: el hombre “mama” el sexo de la mujer ) y la pornografía. Las mujeres son mucho más personales, se interesan menos por las prácticas ilícitas, aunque gustan del sexo oral pasivo (cunilingus), el coito al aire libre y en lugares románticos. Se interesan poco por lo porno, aunque también se excitan con ésta. De hecho, hay hombres que igualmente se excitan con la pornografía, pero sienten molestia y rechazo por ella (Eysenck y Wilson 1981). La mujer quiere tener confianza, conocer al otro antes de tener sexo; el hombre quiere la unión íntima para sentir la cercanía (Ojanlatva et al. 2003). Y dentro de toda ésta variedad, en lo referente a los intereses románticos a la hora de buscar pareja y de casarse, se ha encontrado que las diferencias entre géneros son menores que entre individuos de distinta nacionalidad y/o grupo étnico. Por ejemplo, la idea de que el amor es necesario para contraer matrimonio parece muy extendida. Y también la de que para mantenerlo no es tan necesario un amor romántico y apasionado, como al principio (Sprecher y Toro-Morn 2002). Pareciera que después de la primera fase recuerdan que el matrimonio es un contrato entre dos. Hay quienes consideran que una relación debería durar al menos hasta que la hija (o) de la pareja tenga al menos cuatro años, cuando ya ha sobrevivido a la fase crítica de bebe, aún cuando no sea todavía independiente. Se considera que después de esta edad la o el cónyuge puede hacerse cargo, el solo, más fácilmente de la descendencia. En un estudio hecho en Nueva York se encontró que los humanos se casan principalmente tomando en cuenta que la pareja elegida sea afín con él o ella; que tengan intereses y gustos comunes. Estas parejas son las más estables y, por lo tanto, es la estrategia que se recomienda seguir a la hora de elegir compañera o compañero. Así, aún cuando se pudiera preferir en primera instancia un individuo con características deseables (belleza, estatura, fuerza e incluso riqueza), lo mejor será elegir alguien con quien se tenga afinidad. Aunque si bien es cierto que el atractivo físico es importante para dar inicio a alguna relación, a medida que esta avanza se vuelven cada vez más importantes otros factores como la inteligencia y la personalidad. Además, la autopercepción es importante; alguien que se siente o se sabe bonita (o) buscará a alguien igualmente bonito (a) (Eysenck y Wilson 1981).
La importancia de elegir adecuadamente a la pareja se puede vislumbrar con el siguiente dato: 7.1 millones de norteamericanos toman serotonina para poder salir de la depresión a causa de la ruptura con su pareja (Buston y Emlen 2003).
En las fantasías sexuales los hombres dan detalles sobre el cuerpo de sus parejas imaginarias, como tamaño y forma de senos y nalgas; las mujeres no dan ese tipo de detalles pero en cambio los identificaban con algún conocido o algún cantante o estrella de cine. Se ha visto que las mujeres con muchas fantasías tienen una personalidad activa y extrovertida, las que tienen pocas son conciliatorias, dóciles. Además, las mujeres experimentadas suelen tener el doble de fantasías que las vírgenes, teniendo mayor número de fantasías entre los 21-35 años, que coincide con la etapa reproductiva de las mujeres. Los hombres que dicen tener mayor número de fantasías se declaran insatisfechos con su vida sexual. Las mujeres con mayor número de fantasías se dicen satisfechas con su vida sexual. Por su parte, los hombres entre 60 y 70 años tienen la mitad de fantasías que los de 20-30 años. Aunque las fantasías sexuales no son manifestaciones patológicas ni un substituto de la conducta sexual, muchas de estas muestran conexión con las desviaciones sexuales más corrientes como fetichismo, parcialismo (excitarse con determinada parte del cuerpo), exhibicionismo, incesto, violación. Cabe mencionar que las fantasías relacionadas con conductas como el sadismo y el masoquismo suelen estar presentes en la misma persona. Como ocurre con la conducta en la realidad (Eysenck y Wilson 1981).
En un estudio hecho en la Ciudad de México, se encontró que muchos de los hombres jóvenes no se adecuan ya a la idea de macho tradicional dominante, pero sí a la de macho progenitor. Ellos creen que parte de la virilidad consiste en ser arriesgado, agresivo, seductor e impositivo. Pero también conlleva la idea de ser honesto, sacar adelante a la familia, tener un trabajo que les permita alejarse de la banda, la vagancia, el buscar tener sexo como sea y con quien sea. Desgraciadamente, es difícil encontrar un trabajo bien remunerado y, por ende, mantener una familia (Stern et al. 2003). Esto disminuye notablemente la autoestima de los hombres; y un hombre que no aporta lo suficiente al hogar también decae sensiblemente en la estima de los demás y de su propia familia.
Vale la pena mencionar que hay ideas incipientes de igualdad sexual y de no violentar a la pareja, de preguntar a la mujer su opinión. Esto sin duda es producto de la influencia escolar sobre las actitudes de los adolescentes (Stern et al. 2003). Pero los medios de comunicación también tienen una gran influencia en la niñez, en los adolescentes, jóvenes y población en general.

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