De porcelana
Tres. Se detallaban ya tres
días en los que no pegaba los párpados; tres días que mis
retinas buscaban expectantes en la oscuridad el menor indicio de luz al cual
engancharse.
Desde la muerte de mi abuela;
hacía tres días, nada podía arrullarme, no soy de esas
personas inconsolables y lloronas. No. Ni siquiera derramé una
lágrima ante el anuncio de mi primo <<ha muerto la abuela>>.
Tal vez me negaba a aceptar su muerte, quizás hacía tiempo que lo
había asimilado, y cuando Gabriel colgó; sentí; nada.
Desde la niñez mi abuela
lo fue todo para mí; amiga; madre; “la abuela”; la
incondicional. Nunca fue un secreto su aferrada preferencia hacia mí. No
descuidaba al resto, pero me anteponía. Por eso mismo toda la familia
pensó que lucharía a capa y espada por quedarme con todo cuanto
ella poseía y que me había heredado sólo de palabra e
hicieron los tramites para que todo pasara a mis manos. Pero no, nada de eso me
interesaba en realidad; tampoco asistí al funeral.
Estuve a su lado la
víspera de su muerte. Una tarde lluviosa como la tarde en que
nació según comparaciones que ella misma hizo; sus largos dedos al
tocar armoniosamente el piano me envolvieron fácilmente en su mundo, en
su época; recordé sus esfuerzos por inspirarme aquel don; siempre
me negué, porque invariablemente supe que como ella no sería capaz
yo de palpar las delicias del instrumento, cosa que aún me atormenta.
Bebí con ella, bailé con ella, y fue su adiós para
mí. Así que creí innecesario ir a darle el “beso de
despedida”.
La mayoría se
desconcertó pero no trataron de disuadirme, no me importó. Mi
tranquilidad era obvia y suprema; sin embargo era la tercera noche que no
podía dormir. Pensaba en ella. Sus largos, plateados y azulosos cabellos
sujetados con orquillas a la nuca o cayéndole sedosamente por los
hombros, el cuello delgado empapado de arrugas de piel blanca; los ojos
profundamente azules de azul brillante y acogedor; los labios delgados como una
línea rosa le abrían la boca rodeada de pliegues. No
sonreía a menudo. Nunca la vi reír.
Esa tercera noche por fin
recordé la única cosa que me pertenecía de ella en
realidad. Un juguete de su infancia <<de cuando el Señor Zapata
caminaba por la tierra>>. Era una muñeca de porcelana; según
la historia, labrada por su juguetero padre y vestida con los blancos restos del
vestido de novia de su madre, una muñeca de artesanía vieja,
manufacturada antes de que ella estuviera cerca de ser
concebida.
Me contó la historia una
tarde como la tarde de su muerte; lluviosa; llena de truenos. Los truenos
siempre nos divirtieron. Me hizo prometer que la historia sólo la
contaría a quien la valorara, que la muñeca únicamente la
tomaría cuando ella muriese y la regalaría cuando yo muriese; se
lo juré y la cubrí de besos para cerrar el pacto.
Amanecía ya mi cuarto
día y no había logrado dormir; desayuné fuerte como ella me
acostumbró y enfilé a su antigua, muy antigua casa. No
tardé mucho, nunca me le separé mucho. Apresuré las llaves
y abrí el pesado portón de herrería negra, ya le
hacía falta una mano de pintura. El sendero empedrado que llevaba a la
casa serpenteaba hasta la puerta, no lo respeté, como nunca lo respetaba
ella y tracé una línea recta desde la reja. Caminar por los
pasillos de la casa me produjo una agradable sensación de dejah-vu.
Enfilé a su recamara; sentí su presencia aún en la casa,
como si no faltara, abrí la puerta de roble esperando verla y por un
momento la miré sentada ante el tocador de caoba tallada, el aroma a agua
de rosas me baño el rostro; por primera vez en cuatro días
sentí ganas de llorar. Pronuncié su nombre; no sé si en voz
alta pero me aferré a él como nunca; siempre la llame abuela.
Caí en cuenta que yo no sabía donde guardaba la triste
muñeca; y dejé sus manos guiarme, note al fin que mantenía
los ojos serenamente cerrados. Llegué sin abrirlos al pie de su cama y me
incliné, introduje las manos en el lugar exacto y saqué el cofre
como si eternamente hubiera existido en mi mente su ubicación.
Tenía cerradura, una muy pequeña de cobre, yo no tenía la
llave y no quería dañar el hermoso trabajo del ebanista.
Examiné con paciencia la cerradura; ¡que cosa tan magnifica!
¡tenía el mismo color de una llave que ella me diera al terminar el
colegio! la llevaba siempre en el llavero, la metí con especial paciencia
en la cerradura que cedió fácil y sumisa; todo el espacio interior
lo ocupaba una pequeña niña, una criatura que podría
simular seis o veinte años, con los ojos azules del mismo color que los
de la abuela; el cabello en sedosos bucles negros, los labios arrebolados y los
dedos largos, interminables. Una idea morbosa cayó en mi mente;
“mis bisabuelos en su profundo amor habían concebido a la
perfección a su única hija”. La volví a su estuche,
pero no pude contener la curiosidad y el deseo, la saqué de nuevo, me
senté en la cama que aún guardaba la silueta de su cuerpo inerte;
me tendí junto aquel hueco y posé mi cabeza donde antes estuviera
la de ella en la almohada, tomé la muñeca y la puse en su lugar;
el suave aroma a rosas me arrullo y por fin pude dormir. Soñé con
ella; con su calor y su aroma, con la profundidad en sus ojos con su color gema
y mar.
Cuando desperté, la tarde
se vaciaba dentro de la alcoba, la madera, el encaje de las cortinas y las
flores medio marchitas en el buró, brillaban en pequeños puntitos
de luz, el polvo se estremecía y gravitaba turbiamente
calentándose con el sol. Una fuerte sensación de nulidad en el
estómago me hizo sufrir, giré para ver a la abuela y decirle que
era hora de comer, no, era la muñeca lo que tenía entre los
brazos. Le acomodé con cuidado los rizos que sin querer le había
desordenado, la introduje de nuevo en su cajita pero no la encerré.
Bajé hasta la cocina, me
esperaban los aromas, clavo y café, miel y amaranto, la cocina siempre
fue un recinto, como cada habitación en la casa, siempre limpia y con la
estufa en servicio; esta vez no. Me acerqué con la cajita entre los
brazos al refrigerador. Un envoltorio con mi platillo favorito; pareciera que lo
había planeado todo cuidadosamente, como si esperara morir. Lo
saqué y lo llevé al fuego, lo calenté y comí;
insistí en disfrutar lo que por ultima vez habían preparado sus
manos... la miré, con su vestido negro lavando la loza, de espaldas a
mí, no me contuve, la abracé por el dorso, me aferré a su
cintura, un cuerpo nuevo de veinte años columpiándose en mis
brazos, los rizos abultados cayendo bajó media espalda, ese aroma
inconfundible a hierbabuena, sus dedos y el agua contrastantemente fría,
¡que romántica providencia! que idea tan provocativa,
fricción y detalle, delicadeza y fuerza. Se dejo abrazar, cerro sus ojos
y tiro la cabeza hacia atrás para entregarse a la polución de mis
caricias, sus labios murmurando una canción que no pude oír, un
beso en su cuello una mordida y una presión de mi cadera en su cadera;
susurros de pasos, viré la cabeza y la idea que abrazaba se
desvaneció con rapidez, miré hacía la puerta los talones de
zapatitos blancos fue lo único que pude alcanzar a ver, una niña
correteaba en la casa, la busqué y le di alcance, platique con ella, con
su inteligencia vivaz y su inocencia voluptuosa, los rizos oscuros y los ojos
azules. Me hizo prometerle un helado la próxima vez que me visitara, yo
lo condicioné con un beso, y sin rechistar apretó mi rostro entre
sus manitas y sus labios a los míos; se desvaneció al instante.
Seguí a la biblioteca
como si nada pasara, como si aquel beso no hubiera existido; porque
¿cómo explicaría que la infancia de mi abuela me ha besado?,
abrí la puerta que se separo de mí en dos, los medallones que
trasminaban la luz pálida del interior refractaban en el piso siluetas de
hadas de colores. Los libros, su inmensa biblioteca, los estantes llenos de
forros en piel, era el lujo más ostentoso de la casa, lo único que
podría venderse a precio de oro pero que los ladrones que alguna vez
entraron no tocaron ni por equivocación. Abrí el primero, escuche
su voz saliendo del él...
“Cuanto
más acerbo era su dolor, más impetuoso salía su canto,
porque cantaba el amor sublimado por la muerte, el amor que no termina en la
tumba.
Y
la rosa maravillosa enrojeció como las rosas de Bengala. Purpúreo
era el color de los pétalos y purpúreo como un rubí era su
corazón.
Pero
la voz del ruiseñor desfalleció. Sus breves alas empezaron a batir
y una nube se extendió sobre sus ojos.
Su
canto se fue debilitando cada vez más. Sintió que algo se le
ahogaba en la garganta.
Entonces
su canto tuvo un último destello. La blanca luna le oyó y
olvidándose de la aurora se detuvo en el cielo.
La
rosa roja le oyó; tembló toda ella de arrobamiento y abrió
sus pétalos al aire frío del alba.
El
eco le condujo hacia su caverna purpúrea de las colinas, despertando de
sus sueños a los rebaños dormidos.
El
canto flotó entre los cañaverales del río, que llevaron su
mensaje al mar.”
Una imagen de la infancia, una
abuela con su descendiente, un cuento de un buen escritor; se me partió
el corazón, comencé a llorar, más que por el recuerdo por
el dolor del ruiseñor, que como la abuela, había muerto con y por
amor. Me tumbé en el suelo con el libro abierto...
“-Mira,
mira -gritó el rosal-, ya está terminada la rosa.
Pero
el ruiseñor no respondió; yacía muerto sobre las altas
hierbas, con el corazón traspasado de espinas.”
...Y mi llanto fue sincero y
desesperado, amargo como amarga fue la cárcel de Reading, como amarga es
la soledad tras el encuentro con la inmundicia; sin por ello, perder el amor.
Sentí entonces sus
brazos, los de la niña de veinticinco años, las piernas firmes y
los dedos largos, un beso en la frente y otro en los labios, y el abrazo
protector de la abuela, con su perfume de rosas, ¿así olía el
ruiseñor?, le pregunté; no hubo respuesta. Sólo el
cálido abrazo de la muerte de mi abuela.
Casi me tomó en vilo y me
enjugo las lágrimas con sus labios, me sostuve de su cuello y me ayudo a
parar, fuimos a la alcoba del abuelo, me recostó en su cama como si fuera
el ebrio de su esposo y me cubrió con las cobijas; en su rostro la dureza
del sufrimiento, el dolor y la obligación. Me negué a ser parte
del jueguito y tire de las cobijas, la imagen de la abuela
desapareció.
Cargaba yo entre las manos el
libro y lo llevé a la cama de la abuela, me senté en ella y con su
cepillo escarmeno mis cabellos, como si yo fuera mi madre; me abrazo fuerte, me
beso con ternura y cuando quise tocarla se evaporó otra vez.
No quise seguirla, no iba a
forzarla a estar conmigo, así que me acurruqué en su cama y
dormí entre sollozos.
El día se apelmazaba en
el rellano de la ventana. Tomé el cofrecito que estaba, sin saber como,
frente a mí en la almohada, el ambiente olía persistentemente a
hierbabuena, a su aroma de mocedad, giré la cabeza, era ella, acomodada
frente al espejo escarmenando sus rizos, diecisiete años, no más,
una bata de toalla blanca la cubría, acababa de salir de la
bañera, se deshizo de ella para vestirse, la dobló pacientemente y
la dejó sobre la cama. Me miró directamente y sonrió ante
mi perplejidad, me ofreció un pomito de crema de nácar, y
viró para mostrarme su espalda desnuda y húmeda, que tierna, que
dulce y amable; sin seguridad tomé la crema y la unte sobre su piel con
generosidad y paciencia, pronto no pasaba mis manos sino mis labios por su
pálida tez, su cuello aún perlado en diminutas gotitas de agua
atraía constantemente la solicitud de mis labios. Ella también me
acariciaba, me provocaba, me beso los labios y me mordió el inferior,
hurgó en mi entrepierna, que dócil se le convidó
prometiéndole mi totalidad, guió mi cara hasta sus pechos,
abrevó sus dedos en mi interior, sus acuosos cabellos se enjugaron en mi
cuerpo y no reparó en besos y caricias, derrochó con placidez en
mí todas sus ternuras y talantes, me sumergió en un nerviosismo
escandaloso, cálido y agradable; entonces sonrió y se rió,
como nunca la había visto, rió de real prosperidad, de
lozanía, de vanidad; nos rendimos a la tibieza del colchón, por
primera vez la pieza apareció física a mi conciencia; me
envolvía contra su pecho desnudo y rulaba mi cabello, durmió ella
antes que yo; dormí tras el espasmo, tras su espumosa alegría
sobre su vientre.
El sonido de una estampida
pavorosa me trajo del estupor, <<te amo>>, susurré; como
respuesta escuché mi nombre venir de la voz de Gabriel, una voz cargada
con desesperación y miedo; abrí los ojos; ella no había
desaparecido como las veces anteriores, estaba allí conmigo; con su
vestido negro de cuello alto, con su aroma a rosas y tierra, con los cabellos
blancos recogidos en la nuca, con sus dedos largos y rígidos, la piel
blanca, más blanca y más fría, con los párpados
hinchados como por haber llorado y los labios envueltos en arrugas. Yo, con las
vestiduras cubiertas de polvo. La familia rodeando la cama con la cara de
haberme encontrado en medio de la peor de mis perversiones.