Huele a pera
María del Rocío Soto
Miranda
El dulce sabor de la fruta es imaginado por mis papilas gustativas, el
antojo comienza a hacer efecto en mi boca; suspiro por el antiguo recuerdo que
me ha dejado hace tiempo una pera y deseo con avidez probar esta nueva pera que
me abrió el instinto.
Me resisto un poco; el deseo se vuelve necesidad y es esa mi
intención... cada una de mis neuronas quieren describirse en el sabor de
la pera; esa querencia se convierte en añoranza y en anhelo, mi piel
llora por saberse cerca del sabor y no poder probarlo, se sensibiliza,
percibiendo sólo y tan solo el olor dulce arenisco de la fruta.
Mi estomago se revela, más que vacío inflinge un dolor vago
primero y luego uno intenso... reniega... no le hago caso... no lo escucho, se
apacigua unos instantes y se revela de nuevo.
Por fin decido levantarme, mis pies desnudos se distienden ligeros sobre el
suelo, mi reptante sombra se desliza hasta el frutero, un chapoteo de agua a
unos metros me avisa la posibilidad de ser descubierta, apresuro mi mano hacia
la codiciada fruta, me abro camino entre mangos y manzanas, tomo la ambrosia
entre mis dedos y huyo con agilidad y temple; me arrincono entre los colchones
suaves de un escondido sillón de la sala; sé que nadie entrara por
el momento.
Ya la tengo entre mis manos, la miro; agua se me hace la boca; con la
lengua me afilo los dientes, mi cuerpo no reclama y la sostengo en vilo ante mis
ojos, realmente la deseo, tomo toda conciencia de ello y voy a tomarla. Pero la
decisión es importante; dejara de ser ella para ser parte de mi, ni
siquiera para ser yo; voy a mutilarla, triturarla y digerirla; sin embargo yace
aquí sumisa, sólo para mi.
La veo con la más intensa mirada; y se mantiene fuerte y firme; sin
temor, incluso deseosa de mis designios.
Comienzo por olerle y lamer su piel, mi legua serpentea sobre ella, huele a
mango y otras frutas con las que compartió sus días en el frutero;
huele a toronja y a naranja y huele a pera; aún se conserva bajo
ella.
Un impulso de quien sabe donde me obliga a hincarle los dientes y
desprenderle un trozo; mi lengua se agita, mis poros se abren, la sensibilidad
hasta ahora herida entra en frenesí; mi cuerpo anhela absorber el trozo
de la fruta en mi boca; la disuelve, mi lengua la abraza, la tiende, la acoge y
cuando esta lista, la deja seguir en su embriaguez... a partir de allí
pierdo conciencia de ella, sólo sé que mi estomago duele y
después ha dejado de gritar.
...Sin saberlo ni pensarlo la pera se deshiló; entre mis labios se
deshilvanó su sabor, sus aromas a otras frutas pasaron a ser parte de mi
piel, de mi aroma... y quedé dormida...
...y soñé con frutas...