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El barquero del Infierno


Pero ni aun este comportamiento ha permitido a nave terrestre ninguna observar de cerca de Plutón; tal parece que el dios se oculta tras su casco, escurridizo, como decíamos antes, y protegido por su fiel acompañante Caronte, descubierto en 1978 y cuyo cuerpo tiene un diámetro de mil 172 kilómetros; esto es, un poco más de la mitad que el diámetro del planeta.

La heráldica plutoniana corresponde a la élite cosmogónica romana, pues siendo hijo del titán Saturno (dios del tiempo), lo es también de la titánida Cibeles (diosa de la Tierra, conocida como Rea por los griegos), lo que lo convierte en nieto del Señor del Cielo, Urano, y de Tellus (Gea), la madre Tierra. Plutón desposa, además, a Proserpina (Pasifae), diosa heredera de la Agricultura por parte de su madre, Ceres, a su vez hermana de Plutón y de Júpiter, el padre de la novia; o sea, que Plutón es esposo de su propia sobrina, quien por ello se convierte en diosa del Infierno y madre de las Furias.

Caronte, por otro lado, es hijo del Erebo (las Tinieblas originales) y de Nix (la Noche original), quienes le dan la forma de un cuerpo humano descarnado y la encomienda de ser el barquero de la laguna Estigia, laguna que circunda el Infierno siete veces para evitar la escapatoria de las almas condenadas. Para no desaparecer definitivamente, el espíritu de los difuntos debía pasar por la laguna montados en la barca de Caronte, a quien debían hacer un pago en metálico; por ello es que los griegos enterraban a los muertos con una moneda entre los dientes.

Pero si algún valiente, hombre vivo o héroe llegaba hasta la laguna y se sumergía en ella, se volvía invulnerable, aunque debía evitar hacerlo directamente en los afluentes de la Estigia, que eran dos, pues mientras el Cócito era el río infernal alimentado por las lágrimas de los condenados, el Aqueronte lo era por el fango de la desgracia. Así, el valiente podría ser invencible, pero podía también ser profundamente desdichado.

Extrañas reglas privan en el reino de Plutón, cuyo astro rota sincrónicamente con la órbita de Caronte, de modo que nunca, jamás, se pierden de vista, pues se dan la misma cara uno al otro. Ello no ocurre en ningún otro caso dentro del Sistema Solar.

La extraña órbita de Plutón lo mantiene ahora –en nuestro terrícola año 2000- como el noveno planeta: es decir, más lejos que Neptuno, pero a finales del año 2226 volverá a ser el octavo, como fue hasta 1999.

En su extraño andar no corre riesgo de interceptar la órbita de Neptuno y chocar con él, aunque algunos astrónomos sostienen que ello habría ocurrido en el pasado, cuando Plutón pudo haber tenido un planeta gemelo, que se supone puede tratarse de Tritón, la luna mayor de Neptuno, separando éste a aquéllos para siempre. Ahora, la inclinación orbital de Plutón es de 17 grados sobre el plano ecuatorial solar. Esto quiere decir que si comparamos nuestro propio recorrido orbital, mientras la Tierra se desplaza horizontalmente, veríamos a Plutón pasar por arriba y por debajo de nosotros.

Además, igual que Urano, Plutón rota por los polos, no por el ecuador, lo que lo hace aún más extraño; tan extraño que no se hace apetecible una visita por el lugar, puesto que independientemente de tratarse del reino del Inframundo, el planeta nos ofrece una atmósfera venenosa de 98% nitrógeno, 1% metano y 1% monóxido de carbono. Parece ser que la NASA enviará una sonda espacial a explorar Plutón en años futuros, aunque de hecho, el 26 de septiembre del año 2000 se anunció que dicha nave, originalmente proyectada para partir en el 2001, podrá viajar sólo a partir del año 2010, por razones presupuestales.


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