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REFLEXIONES SOBRE LA COMUNIDAD












LA COMUNIDAD MAS ALLA DEL SOCIALISMO Y EL CAPITALISMO

Según una posición vigente, la idea de comunidad no debe ser asociada con el marxismo o los socialismos igualitaristas, ni reducida a los mismos, precisamente por atentar contra el propio desarrollo individual de la persona humana. Asimismo, la comunidad tampoco puede estar supeditada a los mecanismos del mercado por el egoísmo y desconfianza subyacentes, dado que al fin de cuentas el mercado se basa en la competencia y rivalidad entre los individuos y conglomerados de éstos. Sin embargo, la posición que postula una comunidad más allá del socialismo y del capitalismo, puede ser criticada desde la vertiente actual de predominio de las filosofías que defienden la postura de la denominada economía social de mercado, y catalogada como un eclecticismo neutro, vacío y carente de contenido.

Las enormes torres de cristal, asentadas en la ciudad capital peruana, Lima, parecen hablar por sí solas frente a todo intento de eclecticismo referido a la materia que estamos tratando. Al fin de cuentas, la economía, como ciencia, es una sola, aunque desde Adam Smith haya adoptado cierta postura ideológica. El Estado, como organización administrativa que representa a la nación, es más bien el elemento central al cual nos debemos de dirigir, y en ese sentido ha de ir nuestro estudio sobre la comunidad y la naturaleza de la misma.


COMUNIDAD: DEFINICION Y CARACTERISTICAS

Si bien la comunidad viene a ser una colectividad humana que nace de la naturaleza, expresando el pluralismo y diversidad que caracteriza a la misma, y si bien está formada por seres humanos con diferentes habilidades y capacidades, a ser desarrolladas para la felicidad personal y el bienestar grupal, el problema a resolver es cuál de estas últimas metas tiene o debe tener la prioridad, o, en todo caso, establecer la necesaria equivalencia entre ambas.

En la revista peruana de filosofía, arte y literatura “Apeirón” (Edición N° 3, Año 3, Noviembre del 2001) encontramos el artículo “¿Comunidad política o sociedad de individuos integrados?” de Soledad Escalante B. que se relaciona directamente con este espinoso tema del orden de prioridades dentro de la denominada “comunidad”.

En su mencionado trabajo, Soledad Escalante hace, desde un inicio, una precisión de la “comunidad política”, entendida bajo la óptica de una perspectiva comunitaria de su identificación y defensa como tal, a partir de un marco de reconocimiento de la vida comunal, por un lado, y, por el otro, de la “integración ciudadana” bajo una perspectiva liberal de la misma, por la cual el atender a las preocupaciones de la comunidad significará el preocuparse porque la propia vida sea buena y justa.

Aunque la autora del referido artículo advierte, también prácticamente desde el comienzo del mismo, que su estudio se centra fundamentalmente en Ronald Dworkin, de clara orientación liberal, frente a autores como Charles Taylor, de tendencia comunitaria o comunitarista, las conclusiones que se pueden sacar asumen rasgos de un eclecticismo que es del caso destacar porque la idea central, a nuestro entender, es literalmente la siguiente: “ Un ciudadano integrado acepta que el valor de su propia vida depende también del éxito de su comunidad al tratar a todos sus miembros del mismo modo. Si todos los miembros entienden que los demás comparten esta actitud, entonces la comunidad ganará en estabilidad y legitimidad, pese a que, por ejemplo, sus miembros presenten desacuerdos sobre lo que es la justicia ... “.

Ese eclecticismo de recoger lo mejor de ambas posiciones puede confundirse con la posición que usted asume cuando afirma que el bienestar y la libertad corresponden exclusivamente al mundo de la comunidad, que es a la vez el mundo del pluralismo, de la razón y la moderación de las emociones y de la convergencia entre la libertad individual y la libertad colectiva. Creemos apreciar ciertas coincidencias por lo menos.

Al margen de cualquier descrédito que pueda tener el término ”eclecticismo”, la cuestión a resolver en última instancia no debe ser parametrada bajo el dilema dicotómico del todo o nada, del sí o del no. En el mundo fenoménico, al fin de cuentas como dicen algunos, no hay negro ni blanco, sino diferentes tonalidades de gris. En ese marco de complejidad ha de ser situado el tema de la comunidad respecto a los intereses de los individuos que la integran.

Rescatando niveles teóricos del cooperativismo, podemos decir que el desarrollo personal de cada cual debe de estar en armonía con el desarrollo general de los individuos, en base a la patentización de las posibilidades o talentos, por la conversión exitosa de la potencia en acto. La comunidad no viene a ser sino un Estado microscópico, o una muestra representativa y adecuada del Estado nación, y como tal su principal misión consiste en defender y proteger la persona humana, en la dignidad inherente a su naturaleza.


LA COMUNIDAD COMO IMPOSICION

Sin embargo, la comunidad podría ser vista como el resultado lógico obligatorio de un proceso de imposición de los más fuertes hacia los más débiles. Y es que la comunidad se explica en primera instancia por la existencia previa física de las personas naturales que la integran. Como se diría, la comunidad no es concebible sin individuos que le den sustento a la misma, ya que la comunidad, como tal, no pasa de ser un mero concepto que para no ser una ilusión necesita de un carácter diferenciador, puesto que una simple reunión física de personas no tiene porqué identificarse con lo que es o puede ser en sí la comunidad.

La comunidad, así como el todo, no es una llana suma de las partes. Pensar o creer lo contrario es caer en un simplismo exagerado que haría que llamásemos comunidad a simples conglomerados de individuos que se pueden reunir partiendo por duros ánimos de lucro extremo y terminando por no santos objetivos propios de bandas delincuenciales. Entre ambas fronteras se encuentra el justo medio al respecto, y quizás aquí ya tengamos un elemento que se puede generalizar a lo que es, con propiedad, la comunidad.

No se puede llamar comunidad a una simple reunión mecánica de individuos porque tal reunión, por ser simple, no va acompañada de actos concretos de solidaridad y preocupación por el destino de los demás. Las actuales urbanizaciones o sectores urbanos de nuestras ciudades para ser comunidades deberían de practicar esos actos, cumplir esos requisitos, más aún cuando sus habitantes dicen profesar la fe católica o cristiana en general.

¿Dónde está la solidaridad? ¿Dónde está la compasión o piedad? ¿Dónde el amor al prójimo? ¿En quiénes se ve el rostro magnánimo de Dios? Y es que en los actuales conglomerados urbanos, por ejemplo, en dos casas vecinas uno de sus habitantes puede estar disfrutando, feliz de la vida, el logro de un doctorado, mientras el otro, el vecino, puede estar apretando el gatillo de un arma de fuego para poner fin, por mano propia, a su existencia.

Esa es la lamentable realidad actual. Y el Estado brilla por su ausencia, a diferencia de su omnipresente presencia a la hora de cobrar los tributos e impuestos.

En ese sentido, la comunidad puede ser vista como una imposición dirigida a guardar las formas, para aparentar lo que no es real. El cristianismo formal de la mayoría de los occidentales choca con la selva de cemento en que se han convertido las calles de las ciudades y pueblos. El instinto de conservación de los individuos, sumado a su ansia de poder y sojuzgamiento de semejantes, marcan la pauta en las sociedades occidentales, de cultura judeocristiana. El superhombre amoral, en la práctica de las cosas, es más considerado que el hombre bueno y justo. Así de sencillo y simple. Nada más y nada menos. Puede parecer cruel lo dicho. Pero es la verdad, y como tal, si hemos de querer cambiar el estado de cosas al respecto, lo primero que tenemos que hacer, nos guste o no, es aceptar la verdad. Luego surge el legítimo ¿por qué?.

¿Por qué se considera más al superhombre amoral que al hombre bueno y justo? ¿Por qué el primero se lleva los mejores lauros y los más ovacionados aplausos? ¿Por qué tal realidad si en los códigos morales y religiosos se proclama lo contrario? ¿Por qué tal realidad? ¿Por qué? ¿Por qué?

Luego está la búsqueda de respuestas. Y en ese ánimo nos encontramos con la naturaleza inherente al ser humano. Esa naturaleza dual, que tiende tanto al bien como al mal, y propia de un ser en eterno conflicto desde los mismos albores de la creación.

Si bien es cierto que las nociones universales de bien y mal varían de acuerdo al espacio y tiempo de que se trate, no se puede negar que el bien está ligado a todo aquello que es propio de la bondad humana, y que el mal, por el contrario, viene a ser la exacta correspondencia de la maldad humana, entendida ésta como lo que, implicando actos de injusticia, busca el sojuzgamiento y la destrucción de los demás. Es de resaltar que la destrucción, en la época actual, va desde el asesinato por encargo vía sicarios profesionales hasta el ataque y erosión de la imagen y credibilidad de las personas.

El relativismo sobre el bien y el mal ha sido y es utilizado hábilmente por los convenidos y vendidos de siempre, esos que, a lo largo de la historia, han pululado como gérmenes y que han medrado entre las ruinas de cada una de las civilizaciones.

Para los mercenarios de la vida, no hay mejor arma ideológica que el relativismo. Desde los niveles primarios de las abstracciones hasta la universalidad de las filosofías, para tales mercenarios y convenidos de siempre es importante que el relativismo alcance el rango de principio universal, vigente más allá de las formalidades institucionales de las contemporáneas sociedades occidentales u orientales, porque de ese modo tienen cierta autorización implícita para actuar sin mayores dificultades.
Como el ser humano tiende, en términos generales, tanto al bien como al mal, el relativismo es una arma ideológica mortal. Sin embargo, las diferencias entre lo que es bien y mal en diversas culturas y personas son en realidad de forma, no de fondo. Si hemos de hablar de fondo, queda claro que el bien es uno solo a través de todas las eras, lo mismo sucede respecto al mal. Pese a ello, los traficantes y mercenarios de la vida destacan las formas sobre el fondo para entronizar el relativismo en el imaginario de los pueblos con el único fin de justificar los saqueos de las sociedades humanas.

Mantener a la gente en la ignorancia respecto a lo que se esconde detrás del relativismo es tarea de los vendidos de siempre, aunque hay que tener cuidado en la vehemencia al condenar el relativismo porque no está lejos el caer en el otro extremo, el cual es el absolutismo propio de Estados tiranizantes y opresores de la libertad individual de las personas.

En tales formas de gobierno opresoras y tiranas, también se destacarían las formas sobre el fondo pero respecto al absolutismo de señalar una sola manifestación de bien, a la cual todos deben considerar como único y universal referente a la hora de realizar los actos y hechos concretos. No obstante que puede haber buena fe en ello, no obstante que, en un principio, pueden haber existido buenas intenciones, las sociedades y Estados en los cuales rige el absolutismo van a engendrar en su mayor parte individuos fanáticos y cerrados en esquemas estrechos de concepción, pues habrán, a manera de reacción, minorías reacias a ser regidas por el totalitarismo de considerar una única forma o manifestación de bien.


LA COMUNIDAD COMO COMPLEMENTO E INTEGRACION

Frente a las enormes desventajas e inconvenientes que para la libertad individual ofrece la comunidad vista como imposición, se erige como legítima alternativa el sentido de la comunidad entendida como complemento e integración. Al adentrarnos al ámbito de tal comunidad podemos verificar ciertas coincidencias o puntos de encuentro con lo planteado por Soledad Escalante en su artículo “¿Comunidad política o sociedad de individuos integrados?”, ya antes mencionado.

En efecto, la idea de conclusión de la referida autora sobre la comunidad gira sobre lo siguiente, en palabras literales de la misma: ” ... Un ciudadano integrado acepta que el valor de su propia vida depende también del éxito de su comunidad al tratar a todos sus miembros del mismo modo. Si todos los miembros entienden que los demás comparten esta actitud, entonces la comunidad ganará en estabilidad y legitimidad, pese a que, por ejemplo, sus miembros presenten desacuerdos sobre lo que es la justicia ... “

Una comunidad no tiene por qué ser la reproducción estandarizada de ciertos estereotipos de seres humanos. No se pide creer exactamente en lo mismo. No se pide tener los mismos gustos en lo que a aficiones o inclinaciones se refiere. Lo único que se pide es estar integrados a un conjunto de personas, en el ámbito de la comunidad, por medio de elementos comunes que reflejen cierto compromiso para con los demás, de manera que de caer algún miembro de la comunidad repentinamente en desgracia, por enfermedad o accidente natural o humano, los restantes miembros acudirán inmediatamente para brindar la ayuda del caso.

No otra cosa concluye Soledad Escalante cuando señala que Dworkin es consciente de que el mundo real –que es el mundo en el que nuestra vida se desenvuelve- se distingue del mundo ideal por la ausencia de compromiso de los ciudadanos y de los dirigentes políticos con la idea de la justicia.

Si hemos de hablar de bien común, sin caer en lirismo alguno, el derrotero para poderlo sentir realmente posible tiene que ver con una luz llamada justicia, simplemente justicia. No siendo incompatible la justicia con la piedad o compasión, aquélla viene a ser el elemento ordenador y pacificador del sistema, la luz que hace soportable vivir en la oscuridad.

Desde los clásicos conceptos de la justicia sobre el dar a cada cual lo que le corresponde según sus actos y la naturaleza de los mismos, hasta nuestros días, la justicia se encuentra estrechamente ligada con la equidad, y ahora quizás más que nunca necesitamos tener en cuenta la justicia, como contraria al abuso y al ejercicio arbitrario de cualquier forma de poder. La sociedad peruana últimamente, tras el espectáculo de los denominados vladivideos, se ha sentido estremecida desde sus cimientos, y ha exigido justicia, de manera enfática y rotunda, pues si bien antes se pedía justicia en todo orden de cosas y ya se tenían suficientes indicios de las enormes colas de corrupción que, en mayor o menor grado, acompañaban a cada gobierno de turno luego de finalizados sus respectivos mandatos, no se había visto tan descarnadamente la doble moral y amoralidad de reconocidos personajes públicos.

En el marco de la comunidad vista como complemento e integración, los seres humanos sabrán vivir de la mejor manera en medio de la diversidad, y la justicia ya no será solamente, como la democracia, un hermoso cuento para que los niños se duerman. Con la plasmación de tal modelo de comunidad ya no habrá necesidad de dormir en ese sentido, pues el sueño de la justicia y la democracia se habrá convertido en una refulgente realidad.





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