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TODO QUEDA EN FAMILIA
Por Omar Ocampo
Novela
Los compadres

Clodualdo no era de esos, no qué va. Ausencio... ese sí. Yo lo supe desde el principio, cuando los conocí en una fiesta a la cual me habían invitado un amigo y su esposa, quien a última hora no pudo ir por cuestiones domésticas, hecho que le causó una relajada alegría a aquél.
No soy muy afecto a las reuniones sociales, y menos las que son matizadas con tintes políticos, pero en ese caso acepté ante el atractivo de contar con la oportunidad de llevar a cabo, con sana alegría, la estrategia del “complejo del invitado”, término inventado por un hermano, en el cual se asume la postura de comensal a manera de trauma cínico-impulsivo y se come y bebe a placer, sin miramientos ni penas ajenas, consumiendo hasta el último muñón de botana que nadie se atreve a tocar por cortesía hacia los demás, o por una tonta educación que nos han endilgado para que nadie nos tache de muertos de hambre, y evitar así el clásico “qué van a decir los Martínez De la Llata”.
De años atrás y otras visitas a la ciudad de Campeche yo conocía a varios de los presentes en el festejo, que se realizó en el jardín trasero de una casa colonial del centro; tan hermoso jardín como enorme, con grupo musical, pésimo si se me permite el comentario aparte; meseros de etiqueta blanca y una gran parrilla con carnes asadas, marinadas y chorizos y salchichones. Madre mía, qué banquete... Algunos conocidos me saludaron; la mayoría pretendió no reconocerme, lo cual para mis intenciones vino como anillo al dedo, pues prefería mantenerme al margen y poder desarrollar el complejo sin discreción.
Siempre me maravillaron de esta ciudad las junglas que poseen dentro de las casas antiguas, en los patios traseros, y que desde afuera no te imaginas. El panorama en la calle es muy distinto. Después de la decisión de convertir esta ciudad en patrimonio cultural de la humanidad, las fachadas de las casas lucen hermosas, con sus tintes pastel que intentan rememorar los colores que antaño cubrían las mismas fachadas, de ventanas angostas y altas, un poco salidas a manera de balcones y cubiertas de caprichosas herrerías; de puertas también angostas y altas, que en época de lluvia siempre se han de arrastrar y atascar por abajo cuando la madera se infla, dejando una huella en el piso que deja ver la incapacidad o apatía heredada por arreglar tal problema... Uno se imagina que ese es el único tesoro de la ciudad, pero solo basta ver la mancha urbana desde una zona alta para descubrir todo un bosque inmerso en ella y que desde las calles no se vislumbra, pues estos jardines y quintas son paradisíacos retiros que la gente conserva enclaustrados en los rincones traseros del hogar.
Abandonado a mi suerte y a mi complejo me dediqué a comer y tomar, tratando de relajarme y no poner atención al grupo musical que hacía una masacre de cuanto interpretaba. Verdaderamente me asombra la costumbre de contratar a un grupo musical que suena como si se tratara de un concierto al aire libre, y nadie es capaz de platicar si no es a gritos, y menos por la basura populachera que interpretan, pero que ya hasta el más fino educado caballero de por estos rumbos acepta como producto cultural, hágame el favor...
Mi amigo, más dado a relacionarse con la sociedad política de la ocasión, en busca de un hueso, como se dice en el argot, regresó con un feliz semblante que reflejaba todas las citas conseguidas para los próximos días y la invitación para irnos a sentar a la mesa donde se encontraban los meros picudos, quien quita y hasta tú consigues algo, ¿no? Era donde estaban sentados Ausencio, que, como ya dije, desde ese momento me di cuenta de que él sí era de esos; Sonia, su esposa, mucho gusto; los hijos, Armando y Mónica, qué tal; Clodualdo, no, él a leguas se notaba que no, y Cecilia, encantado; y su hija, María Luisa y su novio, hola, ¿cómo están?, uy, qué pesadito, el noviecito, se veía el clásico mamón junior: insoportable y con cara de hacer el favor de juntarse con los mortales.
En poco tiempo Ausencio me tomó un espontáneo cariño, después de hacerme la típica pregunta ¿a qué te dedicas? Y de yo responder que un poco a todo, ¿y cómo está eso?, Pues que soy free lance, y un poco a la redacción y corrección, otras veces al diseño, luego un tanto de fotografía, al teatro, a la televisión... Ah, un artista, interpretó Cecilia, la esposa de Clodualdo. No, un bueno para nada, corregí yo en pocas palabras. Risas de los presentes, y desde ese momento Ausencio me habló de música, literatura y libros y arte en general, temas que son de mi predilección para conversar, como se dio cuenta; aunque en esa ocasión solo escuché, porque él no era de los que se tomaban la molestia de interesarse por lo que uno pensara sino que te sorrajaban un monólogo espléndido de toda su sapiencia, en una muestra de pa’que veas que yo también me cultivo, chavo. Los demás también escuchaban, sin intervenir, más aburridos que un cacahuate abandonado en el fondo del plato botanero sobre la mesa, con el cual también arrasé implacablemente.
Bien pronto fue notorio que yo era el único interesado en esa conversación, pues los hijos de ambas parejas se despidieron y con permiso, ya nos vamos; Cecilia y su esposo hicieron lo propio unos minutos después; mi amigo también se disculpó porque debía hablar con tal o cual licenciado, tratando de ocultar un gesto que expresaba entre hartazgo, aburrimiento y enojo por el tiempo perdido o no capitalizado en tratar temas de política local, para mi fortuna; y nos quedamos Sonia, Ausencio y yo. La primera, estoicamente, trató de aguantar lo más que pudo y al poco rato comenzó a dar muestras de querer irse. Comenzaron a discutir y, sin decir nada, me levanté y los dejé un rato solos, con el buen pretexto de irme a servir una copa pues los meseros ya se habían ido.
Ausencio me alcanzó en la mesa donde estaban las bebidas y me preguntó si le podía hacer un favor: llevar a casa a su esposa. Mira, con ella no hay problema, le dije que me tenía que quedar con el señor director y que iba a conseguirle a alguien que la llevara... tú me caístes muy bien, luego luego se nota que eres de confiar, llévala tú, no seas chiva, nomás no le haces mucho caso y casi ni vas a notar que está reloca. Metió su mano al bolsillo, sacó las llaves y me las dio. Nomás apúrate porque mi colega no debe tardar en venir y quiero que vayas con nosotros a... Sonrisa... Ándale, pues, ve, ya luego verás a donde vamos, oye, nomás ni una palabra a ya sabes quién, si te pregunta, le dices que nos vas a acompañar a la casa del director. Caminé hacia la puerta, asombrado con las confiancitas de este individuo; pero su particular manera de dejarme imaginar a donde iríamos fue atractivo más que suficiente para acceder a su petición sin oponer ninguna reticencia.
Afuera estaba Sonia, parada al lado de una camioneta. ¿Tú me vas a llevar? Este... sí, Ausencio me dijo... Vámonos. Le abrí la puerta, ella subió y luego rodeé el vehículo, me subí, encendí el motor y arranqué. Por algunos minutos nos invadió un suspenso incómodo. A veces romper ese tipo de silencio cuesta trabajo, pero tenía yo una buena excusa: desconocía el camino a su casa. Ella no contestó, abrió su bolsa, sacó un cigarro, lo encendió, se dedicó a mirar a través de su ventana y con la mano de cuando en cuando me hizo señas de la dirección que debía tomar, confirmadas con indicaciones monosilábicas.
¿Dónde vives?, me preguntó a bocajarro, sin poder ocultar un cierto nerviosismo. Me tomé un tiempo para contestar: Precisamente dos calles adelante vivo yo, ¿te molesta si me detengo un minuto para sacar unos cigarros? Has lo que quieras, me respondió. Paré frente a mi casa. Esperé unos minutos dentro, abrí la cajetilla, saqué un cigarro, lo encendí, fumé un poco. Suspiré. Tales suspiros profundos siempre fueron para mí una advertencia, la cual todavía no me quedaba clara, pues en mi cabeza rondaban una enorme cantidad de probabilidades acerca del lugar adonde iría con Ausencio; aunque también Sonia me hacía sentir algo. Digo, ella era una mujer con una mirada centelleante, y la manera en que me vio al descubrir que sería yo quien la llevaría a casa me puso a temblar. Mirada entre apuñalante o absorbente. Después volví a la camioneta, para continuar el camino.
A los pocos minutos, ella volvió a romper el silencio. ¿Cómo te llamas? Ángel, contesté. Ángel... y otra vez un gran silencio, que me hizo notar su cautela por aparentar naturalidad y poco interés por cualquier tema, mi esposo dice que eres muy inteligente y culto... como si fuera un resorte o una broma, lo anterior me sacó una gran carcajada, con todo respeto, su marido tiene una gran imaginación... ¿por qué?, porque la única muestra de inteligencia que di fue saber callar ante un espléndido monólogo, y no creo que eso sea motivo suficiente para colgarme el título de inteligente y culto, ¿no cree usted, señora Sonia? Ella profirió una espléndida risa, llámame Sonia, por favor, que tanto respeto me hace ver vieja, ¿quieres? Me miró con unos ojos que denotaban en aquella frase haber hecho la mayor de las declaraciones, además de un maravilloso cosquilleo en sus labios. Tanto como el camino me permitió también la miré a los ojos. Está bien, Sonia, y entonces liberó una sonrisa un tanto nerviosa. Aquí vivo yo, adelante del poste. Me detuve. Gracias, Ángel. Bajó y se metió a su casa, como escurriéndose entre pequeños espacios que abrió con habilidad. La puerta de la camioneta se quedó abierta, con seguridad como una especie de simbolismo de la expresión en mi cara. En fin, ya me lo habían advertido, si no le hacía mucho caso no me daría cuenta de que estaba loca.
Al regreso, Ausencio y otro señor, al que no dejaba de llamar colega, y del cual no recuerdo su nombre, estaban esperándome en la puerta de la casa donde fue la fiesta política. Mira, Colega, déjame presentarte a Ángel, Mucho gusto, Ángel, mucho gusto, señor Colega. Pues bien, este muchacho es la persona indicada para cuidarnos la borrachera esta noche... y nuestras carteras, porque a leguas se ve que es un chavo honesto y de confianza. Así es que se subieron el colega y Ausencio, y los tres nos dirigimos hacia “El Candela”, un centro nocturno a las afueras de la ciudad, pasando antes a la oficina para que el colega recogiera los regalitos que los dos tenían para unas muchachitas del lugar. Relojes de oro.
El Candela

Yo hace tiempo había tomado la determinación de no volver a este tipo de antros si no contaba con el suficiente dinero para pasármelo bien, o de no aceptar la invitación de alguien que lo tuviera en demasía, porque ellos suelen pasárselo bien, pero uno nomás “milando, como el chinito”; y luego en casa las calenturas no me dejarían dormir tranquilo. Por fortuna, esa noche fue la excepción a la regla. Apenas llegamos, Ausencio llamó a Matilde, una voluptuosa y caliente mujer cubana, tan voluptuosa y caliente que parecía el cliché de este tipo de mujer cubana, con la que mantenía una relación desde hacía algunos meses.
Papi, ¿por qué tú no me habías venido a ver?, y todas esas cosas, como: te he extrañado, tú sabes..., buenas noches, Colega, ¿cómo tú has estado?, a ti sí que no te veía desde hace mucho, ¿qué tu mujer te tenía castigado? Jajajaja..., Laurita te ha extrañado horrores, la pobre. Cualquier disculpa del interpelado. ¿Y quién es el joven que los acompaña?, hola, ¿cómo tú estás, primor? Yo soy Matilde, hola, yo soy “Romualdo”. Risa de los dos hombres. ¿Romualdo?, ay, perdóname, corazón, pero qué feo nombre tú tienes, se parece al de tu compadre del que tanto me has hablado, mi amor, ¿cómo se llamaba? Se llama Clodualdo. Clodualdo.... pero ven acá, ¿y a quién se le ocurre ponerle a su hijo ese nombre? A mí me parece que los padres que le ponen a sus hijos nombres así, es porque no los quieren, verdad de Dios... Risa de todos. ¿Quieres conocer a una amiguita, Romualdo?, ahora mismo la llamo. Y apareció Esmeralda, para mí, ante el menor gesto de Matilde por buscar a una compañera. ¿Y Laurita?, preguntó el colega. Está con un cliente, corazón, ahora que se desocupe le digo que se venga con nosotros. Para eso la queremos, dijo Ausencio, pa’que se venga con nosotros... risas y jajajá... Eres cosa seria, papi... Pero no te enojes, corazón, ya sabes cómo es esto, además no sabíamos que iban a venir, si no... Luego se pidió botella, aguas y refrescos, y varios platos de mariscos como botana, pero nada de “champán” o coñac para las señoritas, ellas tomarán lo mismo que nosotros. Papi... oye, papi... A mí no me vengas con papis, ya lo sabes, en mi mesa se toma lo que yo tomo y no refresco de manzana... Está bien, papi, lo que tú digas... Hay que tener cuidado, “Romualdo”, ¿verdad, colega?, porque aquí si te descuidas te fichean y te despluman. Y los dos rieron de un chiste cómplice del que ellas no fueron partícipes. Vaya que Ausencio se las sabía manejar en esos lugares, como todo un asiduo cliente. O daba rienda suelta a su experiencia para enseñarme a mí, supuesto inexperto en los derroteros de este tipo de tugurios. Pero qué le enseñas a éste, dijo el colega, si se ve que sabe de qué lado masca la iguana, ¿a poco no, “Romualdo”? Al rato llegó Laurita y los dos entregaron sus regalos de navidad, ante las sonrisas y alegrías exageradísimas de las dos obsequiadas, como con una expresión oculta de “¿qué a los peces gordos no se les ocurre regalar nada más que relojes de oro?”.
Ahí fue donde Ausencio me contó todos sus asuntos de parranda, en un acto que me pareció la confesión purgatoria de sus culpas: los lugares que frecuentaba en la zona petrolera de la costa campechana y el vecino estado de Tabasco. Las mujeres, chamaco, qué hembras, habrías de verlas, tan cariñosas, los hotelitos, en tal ciudad me voy con el alcalde y algunos de sus allegados y nos agarramos unas farras por lo menos de una semana... con decirte que el méndigo una vez se contrató a una güera que está rebuena, ¿cómo se llama?, es artista como tú, sale en la tele, y tiene unas chichototas así... ¿tú sabes cómo se llama, colega?, coño la tengo acá en la mente, es una güerota alta... Claro, esto me lo decía mientras Matilde no estaba a su lado, cuando subía a bailar o iba al baño. Con todo respeto, colega, qué buena está la Matilde, ¿verdad que sí, colega?, pero es para mí nomás, no se le olvide... ¿’Ora usté qué ve?, la veo bailar, qué la ves bailar, le estás viendo el queso no te hagas güey... No..., no qué va... Y dejó escapar una amplia y sonora risa, ante mi sorpresa. Mire, colega, la cara de asustado de este pobre... Los dos rieron, mientras Ausencio me apuntaba con su dedo índice, con el brazo totalmente extendido hacia el frente, y no paraba de reír; Laurita y Esmeralda otro tanto. Usté vea, no me haga caso, que es la mejor manera de aprender.
Y cuando Matilde regresaba Ausencio me hacía una seña de guardar el secreto, y ella se acercaba a mi oído para preguntarme si aquél ya había empezado a hacer alarde de sus puterías. Y yo le hacía una seña de afirmación, ella sonreía y el otro le preguntaba celoso que qué carajos me había dicho y ella le contestaba que nada, papi, solo le pregunté si vive acá en la ciudad o está de paso, y le dio un beso enorme, metiéndole la mano en la entrepierna ¿Y hoy no me vas a llevar a pasear, papi? No, Matilde, es navidad, coño, y ya sabes que hay que estar con la familia, nomás nos escapamos un ratito para festejar con ustedes...
Uno se cansa, ya sabes, después de años de siempre lo mismo, pus como que uno comienza a buscar algo diferente, algo que lo despierte a uno otra vez, ¿a poco no, colega? Así es. A Ver, ¿tú sabes por qué un hombre soltero es delgado y luego cuando se casa engorda? No... porque cuando es soltero llega a su casa abre el refrigerador ve siempre lo mismo y se mete a la cama, y cuando se casa se mete a la cama ve siempre lo mismo y se va al refrigerador. Risas de todos los presentes. Qué chiste más viejo y malo. Yo ya me cansé de mi vieja, la verdad... es una amargada que no hace otra cosa que estar en su casa, no sale nunca, y luego, cuando llego yo, todo cansado de la chamba o de ésta, señala a Matilde que le da un codazo y que recibe una mirada de qué te pasa y que le da un besito cariñoso de no cierto, papito, estaba jugando, y el otro todavía le mantiene la mirada unos segundos y voltea a mí y como si nada continúa..., pues cuando llego a casa, ella quiere que la saque a cenar o a algún lado, y luego, en la noche, se me trepa y me comienza a buscar y...
Por suerte a mi lado estaba Esmeralda para refrenar mis fantasías. Sonia era una mujer como de 40 años, delgada y muy atractiva, con un aroma delicioso mezclado de la esencia que usaba y su propio olor, como pude atestiguar unas horas antes.
A mí la verdad me gustan las jovencitas como esta chamacota, dijo el colega, mi vieja estaba rebuena cuando nos casamos, pero desde entonces se dejó engordar y ahora no es más que una bola de cebo que lo único que me para es la respiración del susto al verla acostada al lado de mí... Risas. Y disfrutando su segundo de éxito, se levantó magnánimo y jaló a Laurita para llevarla a un privado, seguidos de nuestras miradas y risas. A mí también, colega..., dijo Ausencio para sí, aunque, bueno, aprovechando que no está Matilde, hay una mujer ya madura que es un fuego..., te lo voy a contar, y no sé por qué lo voy a hacer... a la mejor ya estoy pedo y te aprovechas de mí, o puedo ver en tu cara que eres una persona en la que se puede confiar y vas a saber guardarme el secreto, ¿verdad? Sí. La cosa es que me he acostado con la mujer de mi compadre Clodualdo. ¿Con Cecilia? Pero me la hizo cansada la muy jija de su... creo que porque se me resistió tanto fue que me encapriché con la cuestión de cogérmela. Es un hembrón como nunca has de tocar, pinche escuincle, o por lo menos te falta mucho, porque todavía estás chavo... ¿Cuántos años tienes? 34, mentí. ¿Treinta y cuatro? Puta madre... ¿Dónde los guardas, cabrón? Pareces un chavito de no más de 25. Bueno, pues te decía de la Cecilia...
Esa noche, con finura de detalles, que por otra parte me llama la atención la facilidad que tienen algunos hombres para faltarle el respeto a sus mujeres incluso en público, incluso presentes ellas, dos mujeres casadas se marcaron en mi mente. Creo que entonces comencé a sospechar lo que podría suceder. Digo, ante las confesiones de Ausencio, que por desgracia no tuvo la fortuna de saber que se confesaba ante un loco soñador y, todavía más, ante uno que su debilidad era esa, pude imaginarme a la perfección los cuerpos de ellas..., imaginarlas al lado mío, juntas pero no revueltas, una por una... Ah, qué mente la mía tan imaginativa.
La que me debió de odiar fue Esmeralda, porque nomás llegué a su cuarto y toqué cama me quedé dormido por completo, entresoñando con dos mujeres maduras y casadas...
La resaca

Me desperté al día siguiente entre los residuos de una borrachera antologable. Esmeralda estaba a mi lado, desnuda, en una posición magnífica, como en una actitud de mira lo que te perdiste anoche, baboso. Comencé a acariciarla. Por lo que me pagó tu jefe nomás te queda tiempo de vestirte y largarte. Y yo todo digno le dije que Ausencio no era mi jefe, me vestí y me fui, dándole la bienvenida, muy a mi pesar, a los primeros estragos de la cruda, bajo un sol groseramente feliz y sonriente de ser el dueño exclusivo de la bóveda celeste, esparciendo cual pétalos vacilantes un mísero calor que multiplicaba mis pesares.
Me dio risa la actitud de Esmeralda, digo, si en vez de fantasear y quedarme dormido en su cama le hubiese cumplido la noche anterior, como buen machito, en esos momentos aún habría disfrutado de la comodidad de un cuarto que holía bien, con aire acondicionado, unas sábanas satinadas y un delicioso cuerpo para acurrucarme; chance y hasta después una cerveza bien fría para curarnos la cruda e, incluso, igual y hasta un mañanero de despedida. Por más prostituta que fuera no pudo dejar su lado femenino e indignarse ante mi ineficiencia masculina, porque, en honor a la verdad, si por dinero fuera el pago recibido había sido bastante generoso, como para tratarme a cuerpo de rey por lo menos hasta medio día...
Me dio risa... cabrón, ¡¿y por qué no oigo ni un ja entre este sudor que arde la mirada?!

LECCIÓN: el horario para trasladarse después de la fiesta es antes del amanecer, como buen vampirito; después es necesario, hasta el punto del rebajamiento más denigrante, y por todos los medios posibles, quedarse en el lugar de la fiesta para descansar o seguirla, depende, cualquier cosa menos hacerse el héroe y caminar bajo tan canijas condiciones. Y mira que mi casa quedaba bastante lejos. Y ningún taxi que lo socorriera a uno.
Arrieros somos...

Clodualdo desconocía de esta vida paralela de su compadre. Él pensaba que hacía viajes de trabajo. Por eso, cuando días después me preguntó a dónde habíamos ido aquella noche, aunque me miraba con una sonrisa que pretendía ser cómplice, le contesté que a casa del señor director, quien por otra parte era una persona de lo más aburrida, nomás se la pasó hablando de sus grandes hazañas políticas, y ahí estuvimos, tomando y escuchando las peroratas del señor director. Porque, además, Ausencio le había dado a su mujer esa excusa, que debía quedarse con el señor director pues quería llevarlo a su casa para enseñarle unas fotos de su más reciente viaje a Estados Unidos, y es que hay una foto en la que salgo al lado de nuestro señor presidente y él está al lado del presidente gringo... Y quedó conforme con la respuesta. A mí me pareció que la indagatoria también ocultaba otro interés. Y que si lo guardaba.
A Clodualdo le enojaba tanto que Ausencio se ausentara, divina paradoja, durante varios días, y Sonia y sus hijos en casa, esperándolo, o tal vez esperando que por fin no volviera más, porque la verdad ya no era posible seguir soportando esta vida de mujer casada pero que más parecía abandonada en una hermosa jaula de oro. Pensaba Clodualdo, ¿qué hombre, que se digne de serlo, deja a su mujer por tantos días? No importa que se trate de trabajo, ¿pues qué clase de trabajo te hace dejar a tu familia por tanto tiempo?... Ay, Clodualdo, pareciera que has nacido ayer... Y tal vez por eso empezó todo con Sonia, porque estaba tan sola y necesitada de la compañía de un hombre. Y, cuando Cecilia, su mujer, no podía estar con la comadre, Clodualdo iba a consolarla. Y vaya que aprendió a hacerlo muy bien.
...y en el camino andamos

Parece ser que Clodualdo fue quien se echó la cuerda al cogote, al año siguiente, uno de esos sábados que solían compartir algunos tragos en la cantina eufemística y románticamente llamada restaurante-bar familiar, “El Rincón Colonial”, y cuando yo ya estaba tan inmiscuido con estas dos familias que daba vergüenza.
Al cabo de unas copas, Clodualdo le insistió tanto acerca de su proceder y que no era justo abandonar a Sonia así, que si estaba haciendo otras cosas mejor era separarse de su mujer. Su compadre lo miró de esa manera como mira quien comienza a sospechar algo, o ya lo sospechaba y lo empezó a confirmar, o de plano ya lo sabía, y de sobra, que todos tenemos cola que nos pisen y comenzó a desviar el tema hacia otros vericuetos, vericuetos que suelen ser tema de hombres, como quien dice; tanto, que sin darse cuenta el otro, de pronto fue él quien propuso a ver si un día de estos nos damos una escapadita para descansar un poco de las tensiones cotidianas, ¿no, compadre? ¿Y por qué no hoy?, tentó Ausencio. Y así lo hicieron.
Clodualdo no supo que aceptar la invitación de su compadre, esa misma tarde sabatina cantinera, para irse en la noche al centro nocturno, cambiaría las cosas. Es probable que Clodualdo no sabía nada de su vida hasta que dejó de vivirla o la vivió de lejos, de la forma en que le enseñó Lady; pero pueda ser que tampoco entonces se dio cuenta, porque de estas cosas no nos percatamos hasta el final cuando, como suele decirse en las telenovelas, “es demasiado tarde”. Al regresar a casa ya nada sería lo mismo. Por ahí dicen, y dicen bien, que uno es la consecuencia de sus actos. Esto no es nuevo, y tampoco Clodualdo era la excepción.
A veces uno olvida aquella emoción, cuando niños, de tener un juguete nuevo. Clodualdo era el vivo recuerdo de tal emotividad esa noche, entre música estridente; mujeres como salidas de una revista para adultos, empelotándose al compás de los ritmos que aturdían su inteligencia, si es que en esa circunstancia se podría acordar de tenerla, inteligencia; y muchos hombres tomando, gritando y chiflando, medio sentados en sus mesas, medio parados por el calor y la emoción, peleándose por tal o cual mujer, la mayoría apenas pagando tables en sus mesas, otros dándose el lujo de llevarlas a los privados; y Lady a su lado, acariciándole la pierna y abrazándolo y besándolo y/o bailándole a él, desnudándose para él, frente a la concurrencia.
Es curioso también cómo uno no olvida que es macho, y Clodualdo no lo olvidó porque estaba enojado con los señores de una mesa que no paraban de gritarle mamacitas, chulísimas y quieros a ella, y Ausencio se reía de él, recordándole el lugar y situación donde se encontraban. Pero Clodualdo ya no podía esperar más, se la quería llevar a otra parte, quería cogérsela, la quería para él. Y su compadre nomás se reía... Más rápido cae un hablador que un cojo, pensaba...
Las comadres

Sonia llegó lo más rápido posible a casa de Cecilia, al día siguiente que Clodualdo y Ausencio se fueron al Candela. Después de desayunarse, de tomar una ducha y seguramente de despedirse de su “asesor” en turno, como algunas semanas atrás también me llamaba a mí, su humilde servidor que les cuenta sobre estas cosas, de quien ya se irán enterando de a poco cómo fue que me involucré hasta la alcoba de estas mujeres con las cuales ya había yo soñado desde la primera noche, y muy poco después junto a ellas.
Ella se molestó de que Cecilia interrumpiera el inicio de lo que apuntaba ser unos deliciosos días de relajamiento, pues sin su esposo, que no regresaría hasta varios días después, como solía hacer de vez en cuando, y sus hijos en otra ciudad, estudiando..., pero qué le vamos a hacer, es la comadre, y al teléfono sonaba muy angustiada. Y cómo no iba a estar Cecilia con el Jesús en la boca si Clodualdo no regresó de la cantina ayer en la tarde, y tenía algo que decirle a la comadre, algo que ella no sabía, pero debía decírselo, pues el cantinero le dijo, cuando fue a buscar a su marido, que se había ido con su compadre, ¿estaban tomados?, sí, señora, pero qué raro, cuando sale así de la cantina se va derechito a la casa y se duerme hasta el día siguiente, cuando ya le tengo preparado un caldito que le asienta bien el estómago, pos, si me permite, a mí me parece como que traían ganas de seguirla, seño, ¿pero a dónde? Y el silencio del cantinero le dio muchas cosas a entender, porque, ya se sabe, por una ley que, ah, graciosa ironía, intenta detener el alto índice de alcoholismo en la ciudad, ya no hay cantinas abiertas a media tarde, salvo ciertos negocios... cuántas cosas que no sabía cómo explicárselas a Sonia, pobrecita, y ella, Cecilia, sí sabía de las parrandas que se surtía de vez en cuando Ausencio, alguna ocasión se lo confesó en la cama, y lo respetó pese a que se enojó mucho con él, pero es que la comadre pensaba que eran salidas de trabajo, que algunas veces también eran ciertas. Y Sonia también tenía algo que confesarle a Cecilia, que sí, ya lo sabía, casi desde el principio lo supe, Ausencio no es un hombre muy discreto, chita, una de las primeras veces que regresó de sus quesque viajes de trabajo saqué toda su ropa de la maleta ¿ves que siempre lleva una maleta preparada en la parte de atrás de la camioneta para no tener que venir a casa a hacerla? Sí. Pues todos sus calzones olían a semen. ¿Los olistes? Sí. ¿Y qué hicistes? ¿Le dijistes algo? No, qué le voy a decir, tiré los calzones a la basura, por eso es que luego insistí en mandar a estudiar a los niños con la tía Gloria, a Mérida.
Cecilia estaba enojada con Ausencio por haberse llevado a su esposo de putañero, que no solía hacer esas cosas. Sonia también estaba enojada pero con Clodualdo, porque no solía hacer esas cosas... Y las dos se preocuparon por él, a su manera, porque no solía hacer esas cosas.
Sonia

Al día siguiente de la mentada fiestecita, cuando conocí a todos estos personajes, y de la farra que nos surtimos Ausencio, el colega y yo, y cuando apenas había tocado mi cama después de aquella homérica caminata desde el hotel donde se hospedaba Esmeralda, la misma camioneta se detuvo frente a la puerta de la casa que yo rentaba. Era Sonia. Ausencio estaba crudo y no la podía acompañar y ella tenía que ir a comprar algunas cosas a Mérida, no quería ir sola y por favorcito me pedía que la acompañara y que la perdonara por haber sido tan grosera conmigo anoche, pero es que su marido la sacaba de sus casillas, y yo también traía una cruda espantosa y con mucho gusto la acompañaba, pero antes tenía que tomarme un par de cervezas para curármela. Me propuso comprar un six antes de salir e invitarme a desayunar a Champotón, que tenía unos comedores a la orilla del mar que son divinos, ya vas a ver que te van a encantar. No, sí me encantan... ¿Ya los conoces? Sí, es delicioso desayunar allá, pero ¿Champotón no queda hacia el lado opuesto de Mérida? ¿Y qué?, no te preocupes por pequeñeces geográficas, me dijo entre una sonrisita que más me dejó sospechar cuál era su verdadero interés. Y nos fuimos.
¿Qué esperas de una mujer hermosa que no deja de mirarte, con peligro de desviar su ruta y estrellarse contra cualquier árbol, lo cual estuvo a punto de suceder en varias ocasiones, y quien viste una pequeña falda que permite ver unas también hermosas piernas, que sutilmente abre de vez en vez, cuando sabe que se las miras, para dejarte ver un poco más? Ay, Ángel, otra divina paradoja, hazme el favor de pensar en otra cosa, te lo suplico. Pero me cae que el pensamiento se volvió mi enemigo y se aferraba y no dejó de pensar en esas... en ese... en esa... sonrisa, en esos ojos, en esos brazos y en ese suculento cuerpo adivinado por debajo de escasas ropas, y grabada en mi imaginación por todo lo escuchado la noche anterior. Y, además, uno no se inventa cuentos eróticos fantásticos cuando ve que la mujer en cuestión se la pasa todo el camino coqueteando con uno. Piensa, Ángel, piensa, y cuéntale cosas sin importancia, como cualquier momento de tu vida... Y así pensaba cuando ella ya se había enfrascado en la plática sobre la suya. Las vicisitudes cotidianas de una mujer casada, sus problemas conyugales, su soledad, su insatisfacción sexual, sus planes, sus deseos, y que su casamiento, en apariencia, fue el principio de verlos poco a poco frustrarse. Yo no sé por qué te cuento todo esto, pero es que me haces sentir toda la libertad con la que vives y me hicistes recordar mis sueños, a mí también me hubiera gustado tener la posibilidad de irme lejos, a cualquier otra ciudad, como tú lo hicistes, y empezar de nuevo... es como volver a nacer otra vez, ¿no? Uf, si de volver a nacer se tratara, yo sería una especie de problema de superpoblación para este planeta. Y ella rió, con esa risa que prefería no escuchar porque me hizo saber hacia dónde me llevaba. Y me llevó, ese mismo día, en la playa.
Como un sueño, era como un sueño la sensación de ese cuerpo que tenía yo a raíz de piel. Un vertiginoso sueño que tenía como fondo musical las olas, la brisa y el canto de las aves marinas peleándose por los restos de un pequeño pescado. Un sueño que se traslapa en distintos escenarios, donde los sabores apenas dan un sutil aroma de cambio. Un sueño de extremos entrelazados, anudados, de miembros y glándulas apretujadas, y labios entrechocándose, como si ella quisiese robarme hasta la última gota de aliento. Un sueño relámpago, tormentoso, huracanado, que no supe a qué hora me depositó de nuevo en mi cama, donde degusté más que nunca el sabor a sal en mis labios. Si no hubiera llevado tanto mar a mis sábanas, al despertar me hubiera parecido que una mujer se me metió obsesivamente a la cabeza.
Cecilia

Cuando uno se vuelve una especie de ser sedentario, sin ningún tipo de ocupación más que momentáneos oficios profesionales, es irremediable, uno se convierte en una persona fácil de localizar sin mucha búsqueda, aunque Cecilia haya dado la excusa de que me anduvo buscando por toda la ciudad y, quienes me conocían, le recomendaron velo a ver a su casa. Y hasta ahí fue, como a la semana de que empecé a tener relaciones con Sonia. Y es que mi comadre me dijo que le enseñastes tus fotos y que son bien lindas, oye, ¿qué le distes a mi comadre, eh? no deja de hablar de ti, qué se me hace que le gustas, a su mecha, bueno yo en esas cosas mejor no me meto y lo que yo quería decirte es que pues desde hace tiempo ando buscando quién le tome unas fotos a las lámparas que vendo, ¿ya sabías que vendo lámparas?, ay, son unas lámparas pre-cio-sas y quiero hacer un catálogo, ¿tú sabes de esas cosas?, me encantaría que fuéramos ahorita a mi tienda para que vieras las lámparas que vendo. Ella no era así. Podía ver una copia bastante mala y en extremo nerviosa del comportamiento, desenvolvimiento y forma de hablar de Sonia.
Llegamos a su tienda. Podía sentir su respiración volcada, podía sentir su excitación contenida ante la expectativa. Le dijo a la dependienta que no quería ser molestada por nadie, chula, por favor, porque vamos a estar muy ocupados viendo fotos y las lámparas que se van a fotografiar; subimos a su oficina, ella cerró y pidió ver mi carpeta fotográfica. Se sentó al lado mío, casi encima de mí, en el brazo del sofá, cruzando todo su brazo, con toda la malicia de que por nada me embarraba sus senos en la cara, dejándomelos ver a través del holgado escote de su blusa, para pasar las hojas de mi álbum, que yo tenía en mis piernas. Sin sujetador, sus pezones parecían más bien el pleonasmo de su estado anímico. Se comportaba eléctricamente torpe, como si usara un disfraz incómodo que la hacía representar un personaje que no era ella. Me levanté para observar detalles de las lámparas colocadas en distintos rincones de su oficina, en especial con el objetivo de relajarla. Me di cuenta de que esa no era la forma en que regularmente se comportaba, por lo cual, y ante una situación tan delicada, era probable que cometiera un error que lo dos lamentáramos. Propuse mi casa como el mejor lugar para fotografiar, y le hice una lista de algunos materiales necesarios para hacer las fotos. Ella se entusiasmó, anotó todo cuanto yo pedía. Empezaríamos en el momento que tuviera las cosas. Tú nada más deja consigo todo y lo llevo a tu casa con las lámparas. No supo cómo controlar su excitación; su labio superior sudaba a mares, sus ojos miraban hacia todos lados, y mantenía una sornisa estúpida que pretendía aparentar que todo estaba bien.
Al día siguiente, por la tarde, ella llegó con todo lo necesario y más. Bajamos aprisa las lámparas y el resto de las cosas, pues la camioneta debía estar de regreso en la oficina en cinco minutos, y es que le pedí a mi esposo que me la prestara para poder traer todo en un solo viaje, pero no cupieron las lámparas y algunas tuve que desarmarlas, por eso nos tardamos tanto. En pocos minutos mi casa se convirtió en una bodega. Cuando terminamos de bajar todo y la pick up se fue, Cecilia se dedicó al armado y acomodo de las lámparas, para que no estorbaran; yo me encargué de acondicionar el lugar para hacer las fotos. Ella estaba tan entusiasmada que quiso empezar en el momento mismo cuando todo estuvo listo. Era más allá de la medianoche. Llamó a su marido, tienes que venir a ver esto, mi amor, las fotos van a quedar preciosas... ah, ya entiendo... bueno, yo llego más al rato porque vamos a empezar a fotografiar... ¿cuánto tiempo?, ay no sé, Clodualdo, ¿cuánto tiempo vamos a tardar, Ángel? Hoy no terminamos ni en sueños. En un par de horas estoy por allá... Sí, ándale... adiós. Colgó y comenzamos a trabajar.
Los primeros días Clodualdo se comportaba receloso y desconfiado, llamando a cada rato, preguntándole a Cecilia a qué horas pasaba a recogerla, o mandando a su asistente para informarse del progreso de la sesión fotográfica y él se quedaba por horas, en silencio, observándonos trabajar. Una ocasión que Clodualdo fue por ella, lo hizo entrar y lo mareó mientras le enseñaba todo lo que estábamos haciendo. Mira qué bonitas quedaron las primeras fotos que hicimos... claro que, como él me dijo, son unas pruebas, las que estamos haciendo ahora van a quedar mucho más bonitas... y mira qué preciosa mesa tiene, mira cómo se ven las lámparas, mira... Y ponía indistintas sobre la mesa, una, o dos, luego una tercera; quitaba la primera, añadía una cuarta, movía de lugar la segunda... Y las de pie van a quedar así, con estos fondos... éste es para las lámparas que tienen muchos detalles... éste para las que son sencillas... éste... Y mira su álbum de fotos, están preciosas sus fotos, tiene unas de modelos que están divinas... Y yo sonreía para mis adentros porque a él le parecían divinas más bien las modelos y no las fotos... y mira ya empezó a diseñar mi catálogo, mira qué bonito va a quedar, claro que esto está imprimido en su impresora y... Impreso, corrigió él. Ahá, y cuando lo imprimamos en un taller pues va a quedar más bonito... Al poco rato él me pidió una cita para irlo a ver a su oficina. ¿Sabes sobre computadoras? Conozco bastante sobre algunos programas. Me gustaría que me platicaras más sobre lo que haces, creo que nos podrías echar la mano en la Secretaría, ¿crees que nos podrías echar la mano con unos cursillos para los empleados? La próxima semana iría a verlo, terminando este trabajo.

¿Y cómo haces las fotos de las modelos? ¿A qué te refieres? Cuando ya todo está listo, y ellas están frente a ti. Bueno, hay algunas que parecen gatos... ¿Gatos? Sí, tú avientas un gato y como caiga siempre caerá bien, ellas igual. Se mueven que dan miedo, te piden música, sacan chispas, cambian de actitud en un santiamén. ¿Tú les dices algo? Preciosa, bien, divina, tremenda, así, qué bárbara, dame más, así, eso... Como una caricatura, hice la pantomima de un fotógrafo, haciéndole una sesión a ella, rodeándola. Cecilia rió un poco nerviosa. Y hay otras que no tienen mucha experiencia o no la suficiente confianza y hay que dirigirlas un poco, relajarlas. A veces el trabajo con ellas se vuelve muy tedioso porque te aportan casi nada. Ella no dejaba de ver la cámara, quizás imaginándose como una modelo de las primeras. ¿Quieres intentarlo? Ella se comportó dentro de la clásica actitud de “ay, no, cómo crees”, pero que pedía a gritos hacerlo. Excusó su vestimenta, su peinado, que no estaba maquillada... Ay, chulis, de la cara estás divina, mira qué piel tan suavecita y limpia tienes, el cabello hay que soltarlo, así, para que te veas medio salvajona y rebelde. Jugué con ella, “joteando”. Ella, un poco sorprendida, se dejaba hacer todo por mí o no le daba tiempo a pensar si me dejaría tocarla o no, yo ya estaba encima de ella, arreglando su cabello, acariciando su rostro, su ropa. Claro, querida, el pelo te queda mejor suelto, va más contigo, estás hecha un cuero, mi vida, el cuello de la blusa hay que levantarlo, abrimos dos botones, para que estés más sexi, ay, por dios, mi niña, mira nada más esas cosotas que te guardas, pero no, cariño, si te agraciaron con esas divinuras enséñalas, criatura, ya sabes que la que no enseña no vende, ay, qué diera yo por tener esas dos preciosidades... ¿lista? La tomé de los hombros, la giré y con una nalgada la empujé al centro del cuarto. Fui a quitar la música que escuchábamos, soltando un profundo suspiro. ¿Bailas? Sí, me gusta mucho... ¿Wilfrido Vargas te gusta?, le pregunté. Este... ¿no tienes nada del General? La miré con una amplia sonrisa. No. Bueno, no importa, Wilfrido también me fascina, dejó escapar una risa nerviosa. Bien, vamos a jugar y a bailar. ¿Qué hago? Baila. ¿Nada más? Ella se dejó llevar por la música, moviéndose, contoneándose en una especie de ritual negro. Al principio mi mirada insiciva la incomodó un poco, pero después pareció motivarla aún más. Por primera vez sentía la excitación provocada por la mirada lasciva de alguien. Comencé a fotografiarla. El sudor pronto la bañó por completo, a mí la emoción que ella irradiaba espléndida.
¿Te gustaría fotografiarme desnuda? Y arremetió más al ver mi cara de ¿mande? ¿Crees que mi cuerpo serviría? Detuvo su danza, apenas llevando el ritmo, mientras sus manos jugaban a desabrochar los botones de la blusa, el cierre de su falda o se reacomodaba el cuello y el pelo. ¿Qué te pasa, Cecilia?, tienes una figura divina, claro que serviría para hacerte unas tomas desnuda. Aunque tenía un poco de miedo, pues ya era vieja, según dijo, pero se conservaba bien, hacía ejercicio y se alimentaba y... ¿Vieja? Mis nalgas ya se me están cayendo un poco, pero mis senos... En un abrir y cerrar de ojos se terminó de desprender de su ropa.
Me fascina que la realidad siempre rebase a la fantasía, no en balde mi gran hermano dice si la vida es sueño, parafraseando a Calderón, ¿para qué dormir?
¿Te gusto?, no estoy tan echada a perder, ¿verdad?, y mira, no estoy nada guanga... Como si nada fue hacia mí, tomó mi mano e hizo que la acariciara. Sus costillas se inflaban y desinflaban en una respiración exaltada. Me hizo dejar la cámara en la mesa y bajó mis manos por su talle empapado en sudor. No me quedó de otra y la abracé o a ella no le quedó de otra y me abrazó o no nos quedó de otra y nos besamos... Tal vez las fotos quedaron más grabadas en mi mente que en una película.
Quinceañeras recién cogidas

Sonia casi desde el principio, Cecilia también. El cambio en ellas fue notorio. El brillo en los ojos rejuveneció sendos semblantes; incluso ésta comenzó a vestirse de forma diferente, más provocativa, y aquélla se comportaba como eso: quinceañera recién cogida. A mí me gustaba verlas así, aunque esto representaba un peligro, porque ¿de dónde tanta sonrisa? Cualquiera podría preguntarse si acaso habían ganado el premio mayor de la lotería.
Se podría pensar que en esto de las cuestiones amatorias se les iba la vida, por las expresiones en sus rostros, más parecidas a un rigor mortis. Todo lo contrario. Espléndidos especímenes vampirescos bajo la oscuridad de una existencia diaria, que surgían ávidas de vida desde lo más oculto de las horas compartidas. La transformación tocaba el lado mágico de las cosas; es decir, muchas veces, en los efímeros momentos en que se podía construir una rutina cotidiana en la clandestinidad, las contemplaba desnudas, y sus cuerpos eran muy distintos en esa pasividad, formas apaciguadas, aletargadas, volcanes inactivos... Bastaba el más leve roce bien rozado para que se aprestaran al arrebato, inundando todo el espacio con sus energías femeninas. Entonces no había posibilidad alguna de pensamiento o posible rechazo. No. Con ellas perdía todo razonamiento, toda posibilidad siquiera de pensar si uno más uno son... Arrebato, puro y brutal arrebato. Totalmente arrebatado a mi suerte por sus cuerpos envolviéndome en un torrente de brazos como tenazas, cuellos codiciosos, labios comestibles, miradas que penetran desde lo más profundo, manos esclavizantes, piernas enlazantes o abriéndose por completo para permitirme llegar al fondo de las cosas, senos que se subliman a la caricia, piel dispuesta a verter sus sabores para la degustación oral... Una cogida, vamos, en su más rústica y arrebatada acepción.
A veces el tiempo se amalgamaba a nuestro ritmo y nos permitía que dos horas fueran suficientes para tener la idea de que uno podía descansar en paz, tranquilo, después de haberlo vivido todo. O ese mismo lapso se volvía apenas un aliento que exhalaba satisfecho el desahogo pleno, para estar listos y seguir nuestras vidas normalmente. Y ellas, semidiosas, avanzaban por sus cotidianidades inyectadas de vida.
A esa altura del partido, hablando de vida normal, yo ya no sabía dónde había quedado la mía, en qué rincón abandonado se empolvaba. Era obvio que, ah, balanza equilibrante, tanta vitalidad recobrada por ellas iba en detrimento de la contraparte, es decir, yo. Pero no había nada mejor para mantenerse en forma como un buen régimen de ejercicios diarios, mis eternas caminatas por el Malecón al caer el sol, una dieta balanceada y abundante, una cápsula de ginseng todos los días, además de la atención de Sonia por traerme casi siempre un cocktail de mariscos, y es que hay que tener cuidado, corazón, no quiero que un día de estos te me desfallezcas sin haberme cumplido (era conmovedor al alma ver con cuánta delicadeza procuraba sus necesidades).
Por otro lado, los maridos también ponían de su parte, pues cuando comenzó a hacerse rutina mi horario intercambiado en los requerimientos de cada uno, pues había recompensas sustanciosas en metal y especie; en pocas semanas conocí los mejores restaurantes de ésa y algunas ciudades circunvecinas; me di los grandes banquetes con uno, otro, otra y otra, o con los dos primeros, o todos juntos, pero no revueltos. En esas ocasiones era de verdad grosero mi gozo por las reacciones de todos hacia mí. Fue insultante el poder que comencé a adquirir sobre de ellos, pues yo no desconocía los secretos que unos a otros se ocultaban; y a veces me divertía complicándoles un poco la existencia. No faltó la ocasión que, uno u otra, en un aparte casi teatral, me reclamaban no ser tan obvio con tal o cual tema.
Siempre he tenido una política de vivir todo hasta sus máximas consecuencias. En aquel momento no pude prever que las consecuencias pudieran ser tan peligrosas, y me daba al placer de montar escenas dignas de ser filmadas. En una ocasión, por ejemplo, Sonia fue al baño. Al cabo de unos minutos me excusé para comprar cigarros y fui derecho a encontrarla frente al espejo, lavándose un poco la cara. La sujeté por la espalda, metí mis manos por debajo de su falda y la manoseé hasta que casi tuvo un orgasmo. La solté, le di un beso en la boca y salí, cerrando la puerta detrás de mí, llevando mis dedos a la nariz para extasiarme. Cuando ella regresó a la mesa, yo estaba enfrascado en acalorada discusión política con Ausencio. Podía sentir su mirada penetrante intentando llamar mi atención por todos los medios a su alcance. Yo apenas respondía con monosílabos cuando ella me decía algo, y continuaba con Ausencio. De pronto un brutal puntapié hizo contacto dolorosísimo con mi espinilla. Volteé a mirarla y se hizo la desentendida. El dolor me provocó tal placer...
El “click”

Durante toda mi vida había diferenciado mis relaciones de pareja en dos vertientes, en lo referente al aspecto sexual: las que tuvieron “click” y las que no lo tuvieron. Ese famoso “click” para mí no era otra cosa que una especie de fuerza compartida, dentro de la pareja, que encendía las pasiones y provocaba que la unión física fuera intensa. Me parecía muy lógico, y más cuando de esa manera las relaciones podían ser diferenciadas en casi todos los demás planos. En el curso de mi vida podía yo distinguir a las mujeres que me habían encendido sin tregua, y para las cuales el contacto sexual había jugado un papel preponderante, acrecentando a pasos agigantados el amor, yendo en un tipo de carrera de relevos donde éste a veces llevaba la batuta y luego se la pasaba al sexo y luego éste al amor, donde la rutina se iba construyendo al galope. En el otro tipo de lazo afectivo, donde no había existido el “click”, el amor iba al frente de la batalla, abandonado a su suerte; a veces apoyado muy leve por otros aspectos como una cotidianidad compartida, admiración, aprendizaje-enseñanza, etc., y un contacto sexual placenteramente rutinario. Yo pensaba que el logro y triunfo de una relación sentimental se basaba en un ochenta por ciento por el aspecto sexual y el veinte por ciento restante basado en las cuestiones cotidianas. Una de mis parejas, con la cual viví uno de los periodos más importantes de mi vida, consideraba que en más de un noventa por ciento. No se lo discutí. Le doy toda la razón. Hay una especie de conexión intrínseca entre el aspecto amatorio y el sexual que es innegable, y provoca el crecimiento o estancamiento de una pareja. Existen desde luego relaciones que no están fundadas en ninguna de estas dos fuerzas; los intereses que las motivan son tan ásperos o mundanos que mejor evito hablar de ellas; me aburren. Las únicas que me interesan son las que se desarrollan dentro de cualquiera de estos dos planos, y si se basan en los dos, en el amor y el sexo, los dos involucrados ganarán muchísimo, no importa que la vida en pareja sea efímera, y que al final acaben con graves heridas de guerra. En el amor, quien triunfa al final es el que ama; por eso es el que más lastimado termina cuando se rompe la relación.
No obstante todas estas cavilaciones que parecían irrefutables, estas dos mujeres me hicieron replantear el asunto del famoso “click”. No se trata de que entre los dos nazca una suerte de fuerza interna que los lleve a los umbrales del Olimpo a cada encuentro sexual. Parece ser más un asunto climatológico, de temperatura, vamos, y de disposición, pues cuando de parte de cada uno hay una entrega sin cortapisas la relación sexual encontrará todas las puertas abiertas para un gran placer compartido; cuando una de las dos partes se reserva alguna resistencia, o su termostato no funciona adecuadamente a la altura de la cocción, lo más probable es que no llegue a gozar a plenitud y, en consecuencia, tampoco permita a la pareja mayor placer que un orgasmo, en el mejor de los casos.
Cuando llegué a las conclusiones anteriores, lo primero que se vino por los suelos fue mi auto proclamada fama de gigoló y amante perfecto. Ah, pillín, eres terrible, mira nomás cómo te traes a dos hembrotas, azotadas y muriéndose de ganas de que les vuelvas a hacer el amor... Cómo no..., y es que, también, los qué bárbaro, cariño, eres tremendo, y los de veras que qué guardadito te tenías aquellito, y lo que haces con él, se repetían en las dos bocas una y otra vez. Pues uno llega a creérsela... Iluso de mí, no eres un matador, solo eres un cabrón que se entrega de la misma manera con que ellas se entregan a ti. Pero, por favor, que disimulen un poco. Ay sí, y tú muy fresquecito, ¿no? pues no, también ando con el corazón y las cabezas alborotadas todo el tiempo, y más cuando te veo, nada más palpito, y como que la bolita se me sube y se me baja, pero sé que demostrarlo puede ser muy peligroso para la salud.
Mujeres mal cogidas

Me encierro, me retraigo, me abstraigo... Me doy cuenta de que mi mejor estadio es amando a una mujer... Dejar correr las manos por su cuerpo... dejar correr los labios por sus labios... las humedades por sus humedades... adorarlas... amarlas... amamantarlas... cogerlas... hacerlas estallar... qué divino es dejarlas arrumbadas sin una gota de aliento en la hendidura de cualquier resorte en cualquier cama... lento, suave, cadencioso, luego duro, rápido, fuerte... y vuelta al gozo de ser dueño de su pasión... o que ellas me dejen en esa instancia de relajamiento o, todavía mejor, cuando los dos quedamos físicamente abatidos, pero mirándonos con tal chispa que anuncia nada más deja que recupere fuerzas y verás... Lo importante es amarlas bien... hacerles el amor bien... saberlas acariciar... abrazarlas... Es tan importante saber abrazarlas... Y también es tan importante o más saber recibir todo esto de ellas. Y es que hay tanta mujer mal cogida por el mundo..., que son reconocibles a dos kilómetros de distancia. Se podría hacer una clasificación de mujeres, en este sentido: las que no han sido cogidas pueden ser felices porque no saben de lo que se pierden; las mal cogidas son infelices porque saben de lo que se pierden, y las bien cogidas son felices porque disfrutan inmensamente lo que saben que no se pierden... Tal vez lo anterior pueda causar que se me acuse de clásico macho, pero me es claro que para la mujer el aspecto sexual juega un papel mucho más importante que para el hombre, quien en la mayoría de las veces, por otra parte y hay que reconocerlo, es la causa de una relación sexual reducida a la simple penetración. A este respecto, una hechicera adorable me refutó que si bien hay mujeres mal cogidas, la mayoría de los hombres van mal cogidos por la vida. Totalmente de acuerdo. Parece ser que el problema del hombre es que ve reducida sus zonas erógenas al pene y, en el mejor de los casos, también las manos; y, encima, tiene sus zonas prohibidas bien delimitadas, por temor a ser tomado como un marica, pues se trata de zonas que están más relacionadas con el placer femenino, como las nalgas, los pezones o, muchísimo más prohibido, el culo...
La mujer, en este sentido, nos lleva una maravillosa ventaja, pues no desconoce sus zonas erógenas y no tiene miedo al placer. Reconoce su cuerpo como una unidad erótica y erotizable, la cual, en la mayoría de los casos, es medianamente atendida por el hombre. Y tampoco se trata de que les bajes el cielo y las estrellas, ni que seas un superhombre cogelón que se avienta infinitos rounds. A veces un acto sexual, valioso en calidad, es suficiente. Se trata de adaptar tus brazos en la justa medida para que los dos quepan en un abrazo... Saberlas penetrar con todo el cuerpo en un dulce sendero sin orillas ni tampoco fin o principio... un acto irrepetible sucedido por todas las veces que se consuma... ah, l’amour...
La noticia

¿A poco no, en algún momento de la vida, se recibe una noticia que le hiela la sangre a uno? Pues también a Cecilia se le heló al recibir una llamada telefónica, por la noche del domingo siguiente al sábado cuando los compadres se fueron de parranda. Era la policía, bueno, más bien un policía. Un cadáver decapitado había sido descubierto a la orilla de la carretera federal y, por las identificaciones que portaba, era su esposo. Al parecer un camión le arrancó la cabeza con el espejo lateral derecho cuando, todavía con vida, su marido de usté, que venía mamado (localismo que significa estado de ebriedad), caminaba por la vereda adjunta, y se sospecha que fue con el espejo lateral derecho porque en la zona donde encontramos el cuerpo del difunto de su esposo también encontramos pedazos de lo que se presume fue un espejo lateral, y suponemos que era de camión porque la cantidad de pedazos de vidrio no dejan lugar a dudas. No se preocupe, todavía no encontramos su cabeza de su difunto marido, pero la búsqueda continuará hasta hallarla... Después de dar otras indicaciones que los estupefactos oídos de ella ya no pudieron interpretar, la voz metálica a través del teléfono le advirtió que debía ir a la comandancia de policía para identificar el cadáver.
Para todos fue suficiente con las credenciales que portaba y la ropa que vestía el cadáver. Era Clodualdo, sin lugar a dudas. Cecilia pudo evitar el trago amargo de ver muerto a su marido, lo que le parecía una idea descabellada, y lo era.
Sonia se quedó un poco más helada por la noticia, en la cual también participó el dulce encanto que tienen por estos lares para dar las noticias, no solo la policía. Clodualdo perdió la cabeza..., le dijo Cecilia, y ella agarra y le dijo, le dijo, ¿y ahora qué hizo?, y la otra le dice que un camión le voló los sesos, le dijo, y ahí de plano ella se quedó sin saber qué decir, porque la cabeza también dejó de funcionarle claramente, al menos por unos instantes, al menos entonces, por el tiempo que le llevó asimilar que no se trataba de una metáfora.
Toda la noche las dos lloraron a Clodualdo, juntas, bueno, Sonia hizo una pequeña pausa, argumentando que debía salir un momento, algo así como dejé los frijoles en la lumbre, comadre, cualquier babosada, pero después regresó y las dos volvieron a llorar juntas a Clodualdo, esperando el amanecer para poder trasladar el cuerpo a la funeraria, que, después de varias pruebas al cadáver, harían una salvedad, una discreción, vamos, para evitar cualquier revelación que pudiera perjudicar el buen nombre del finado de su esposo, que no solía hacer esas cosas. En la relatoría judicial quedó asentado que murió instantáneamente a consecuencia del accidente, y que nada más estaba en estado de ebriedad, lo cual cerraría cualquier otra línea de investigación... Muchas gracias, señor... Licenciado De Cualquier Apellido, para servirla, sepa que sufro mucho el deceso de su esposo de usté. Era un gran hombre, y reciba mis más sinceras condolencias... Gracias, licenciado, no sabe cómo le agradezco... No me agradezca nada, no soy más que un fiel servidor de usté, acá tiene mi tarjeta por si se le ofreciera cualquier cosita...
Después de varios abrazos de sinceras condolencias y reiterarle que estaba a su servicio, el licenciado le entregó a Cecilia, de forma confidencial, un sobre cerrado donde habían guardado las pertenencias de su marido, además de la bolsa con su ropa y zapatos, recomendándole que, cuando terminara todo, sería prudente que revisara el paquete e hiciera lo que considerara más sensato. Gracias de nuevo, señor licenciado. Y a ella le llamó la atención esto último que le había dicho, pero por las diligencias propias del sepelio no podría revisar el paquete hasta pasado todo, como aquel le había recomendado.

Sonia se encargó de informarle a toda la familia y amigos sobre el deceso. Cecilia estaba inconsolable, no abatida, atónita más bién, y este tipo de tareas le hubiera sido bastante difícil, pues todavía no tomaba conciencia de lo que en verdad sucedía; además, ella, Sonia, no podía desaprovechar la oportunidad de ser la encargada de notificar, a veces con lujo de detalle, la noticia a todos. Y al mediodía ya estábamos unos cuantos acompañándolas, cuando el cuerpo ya había sido puesto dentro de su caja mortuoria, a la que se le aseguró la tapa para evitar que alguien la abriera por error o por morbo. El encargado de la funeraria tuvo una buena idea, pero prefirió no decírsela a la viuda, porque no sabía cómo tomaría ella el poner una ampliación fotográfica del rostro del ese día occiso, y para siempre, en el lugar donde debía ir no nada más el rostro sino toda la cabeza. Por eso mejor le puso llave a la tapa del féretro, aunque no dejó de pensar que hubiera sido una buena idea.

¿Cómo va a ser?, como lo oye, señor licenciado, ¿Clodualdo está muerto?, bien muerto, señor licenciado. Todo el pueblo le dio su más sentido pésame a la viuda, uuhh, por andar de briago y putañero lo arrolló un camión..., aunque, la verdad, quien se merece el calvario es el otro, su compadre del difunto, ése es tremendo cabrón, si no, velo, ¿dónde está?, claro que quienes aseguraban lo anterior tenían que ocultar sus fuentes, es decir, de qué manera sabían que Ausencio era tremendo cabrón, por temor también ellos a quemarse un poco los pies, o verse en la necesidad de poner sus barbas a remojar. A mí me lo contó Conejo, el cantinero, era la salida más inembarrable.
En el centro de la tormenta

Sonia fue a mi casa pasada la media noche, para contarme todo, después de hacer varios intentos por desahogarse con tal desenfreno como nunca antes lo había hecho, pero que yo, y más adelante se sabrá por qué aunque los motivos sucedieran antes, la rechacé sin darle oportunidad de conseguir lo que había ido a buscar, so pretexto de informarme de los últimos acontecimientos.
Por favor, Ángel, ¿no ves cómo estoy? Por favor... te necesito... Y como gato boca arriba, yo me defendí ante cualquier intento de acercarse a mí, máxime que, como si nada me había soltado lo recién sucedido. Por favor, Ángel, ¿no te das cuenta que te amo y te necesito?... te he extrañado muchísimo. Y tuve que sujetarle con fuerza las manos que, como garras, se aferraban a desabrocharme la camisa. Sonia, ¿cómo te atreves a hablar de eso ahora? En primer lugar ya te había dicho que... Sí, Ángel, pero... igual me puedes hacer el amor, no necesitas decirme que me amas.... y mira, si no me amas, no me importa... Sonia, por favor, ¿cómo me hablas de amor después de decirme con tal desenfado que Clodualdo está muerto? Y seguimos en un estira y afloja ridículo, en el cual casi me veo en la necesidad de correrla de mi casa a patadas.
Al darse por vencida, no sin antes reclamarme airadamente hasta el cansancio mi frialdad... Eres un cabrón, Ángel, ¡eres un cabrón egoísta!... y todas esas cosas. Coño, Sonia, ¿cómo piensas que podamos hacer nada con lo que me acabas de decir? ¿Y Cecilia? ¿Cómo está ella? Ah, ¿te importa mucho Cecilia?, ¿también a ella te la estás cogiendo, como a su hija? ¡No digas pendejadas, por favor! Mira nada más qué chulito me salistes... eres un... ¿Sabes qué, Sonia? Hazme el favor de salir de mi casa y no se te ocurra volver jamás, por favor... Pues ni quien quiera regresar contigo... ¡Eres un culero!... Se enfiló hacia la puerta de entrada, para luego volverse, en una clásica pose aprendida de cualquier mala telenovela. Ah, y ni pienses ir a ver a Cecilia, que ahora lo que menos necesita son cabrones aprovechados como tú rondándola... Y regresó con Cecilia, después de azotar la puerta de mi casa, para continuar el duelo que las dos le hacían a Clodualdo, antes de que comenzara a llamar a todos los que conocían al finado. Por un momento pensé ir a ver a Cecilia, saber cómo estaba ella y su hija, María Luisa, con quien desde tiempo atrás había comenzado a tener una relación muy distinta a la que sostenía con Cecilia y Sonia, y de la cual hablaré más adelante. Perdón por el conflicto.
Llamé por teléfono, pero estaba ocupado. En realidad lo que menos necesitaban ellas en ese momento era un escándalo en su casa, y como Sonia estaba con ellas, me pareció una imprudencia ir a verlas.
No pude conciliar de nuevo el sueño en el que me encontraba antes de su arribo a mi casa. ¿Dónde estaban los sentimientos de Sonia? ¿De dónde salía el querer acostarse frenéticamente después de haber recibido la noticia de la muerte de un ser querido, con quien, dicho sea de paso, también se acostaba? Su actitud taladró mi conciencia, disipando cualquier sueño subconsciente. Entre Sonia, Cecilia y yo no había ningún tipo de sentimiento más que el deseo carnal. Eso no me quitaba el sueño. Hablar de afectos, de amoríos, de querencias y todo aquello que te hace sentir vivo y con ganas de comerte al mundo sí, y más cuando Sonia me hacía ver que era un simple discurso de dientes para afuera, sin ningún recoveco que permitiera notar el sentimiento. Su actitud me había dejado más estupefacto que la noticia misma. Su compadre estaba muerto, su compañero de escuela y amigo de toda la vida, pues las dos parejas habían crecido juntas y, aunque ellos lo negaron, hay quien dice que en la universidad las parejas eran Clodualdo y Sonia, y Cecilia y Ausencio, y había un cierto intercambio de cuernos que para qué decir. Aunque estas cosas ya se sabe que las inventa el pueblo, son exageraciones..., digo, si hubo tamaña traición, ¿quién se cree que al final se reconciliaran tan de esa manera?
Cuando se ama se está dispuesto a darlo todo por la persona que se ama, esto hasta en los libros más cursis está asentado, y no es nada cursi. Es una ley. El amor no era lo que había estado viviendo con Cecilia y Sonia, y que desde algunas semanas atrás ya comenzaba yo a disolver. Otra vez no inventé el hilo negro, como también era sabido que ellas tampoco lo vivían en sus relaciones de pareja o poniéndose los cuernos unos a otros. En honor del amor habíamos sobajado su esencia hasta el más ínfimo nivel, y se nos salían te quieros y te amos con una facilidad inaudita, sin detenernos a pensar si Eros no moriría un poco en cada mentira.
Si ya antes habían demasiados trozos de esta historia que me quitaban el sueño, los nuevos acontecimientos me dejaban perplejo e intranquilo. Yo algunos días antes había deseado se realizara algún suceso, incluso un milagro, que bajara las aguas a su nivel normal, y me refería a lo que había estado viviendo con estas dos mujeres y sus parejas. Sonia y Cecilia, que sospechaban mi relación con la otra, parecían entablar una especie de guerra fría entre ellas, en la que, pensaban, la vencedora se quedaría conmigo, sin darse cuenta de que esta batalla nos acercaba más a una derrota compartida no nada más por ellas y yo, sino por todos los involucrados; Ausencio, viejo lobo de mar y andares, que también tenía sus sospechas de que andaba de amoríos con su mujer, que era tal vez lo menos peligroso, imagínate si sospechara que también con una de sus amantes, las cuales para esta clase de individuos son más intocables..., pues él me había recomendado para un trabajo que me llevaría mucho tiempo y por medio del cual me mantendría vigilado; Clodualdo era más inocente en este tipo de razones, y no se percataba de lo que sucedía a su alrededor, pero era la viva representación de un volcán latente al cual yo no pretendía dar motivo para hacer erupción.
Muchas veces me vi al borde del precipicio, de tener que salir corriendo por los patios traseros de las casas vecinas o encerrar a alguna de ellas en un refrigerador vacío y destartalado y arrumbado en el patio de atrás de mi casa, porque Clodualdo mandó a su chofer por mí o a Ausencio se le ocurrió pasar por mí para llevarme a cualquier parte o... Una vez llegó este último con sus hijos, en una franca actitud de saber que su mujer estaba conmigo, por suerte había sido Cecilia quien había salido de ahí unos minutos antes, y sus hijos con una expresión de ¿qué pasa?... ¿Pero, en qué cabeza cabe? Digo, si él esperaba verme con Sonia como pensaba encontrarnos, ¡qué mente desquiciada la suya al hacer partícipes a sus hijos!, no puedo imaginarme ¿qué es lo que pretendía al hacerlos ver, según él, a la puta que tenían como madre?; o el asistente de Clodualdo pasaba para decirme que dice el licenciado que si puede ir a ayudarle con la computadora del señor Secretario, que parece que se le volvió a bloquear o algo así, y ni modo de decirle no, cuando este personaje más parecía obligarme a subir a la camioneta blanca con vidrios polarizados que maliciosamente tenía abierta la puerta de atrás, y ni pensar en decirle, ¿sabe qué?, dígale que al rato voy, porque la Secretaría quedaba a las afueras de la ciudad y era un vía crucis llegar hasta allá en transporte público, y cómo no, espéreme un segundo nomás me cambio de ropa y nos vamos; y has entrar en razón a alguna de ellas que te tienes que ir y dejarla encerrada, con otra llave, por supuesto, para que al rato puedan salir y cerrar, con el consabido peligro que representaba dejarle la llave de mi casa a alguna de ellas; o de saltar hacia el techo de atrás, en la tienda de Cecilia, ante la visita sorpresa del mentado asistente que traigo un recado de su esposo de usted, o meterme debajo de la cama de Sonia, o de casi echarme un clavado al inodoro del baño de su alcoba, la vez que se le ocurrió a Ausencio llegar a casa sin avisar, lo cual es lógico, ¿no?, después de todo es su casa, mientras ella y yo nos bañábamos o... Estaba metido hasta el cuello... Ay, Angelito de mi vida, menuda carrera política estabas realizando por esos lares. Por fortuna solo una ocasión estuvieron a punto de encontrarse las dos mujeres conmigo, lo cual sí hubiera sido un calvario.

Hay días cuando los minutos pasan eternamente, y los segundos parecen transcurrir tan lento que se les ve escurrirse por las paredes que cubren de a poco con una capa de moho. Es la humedá, dicen por acá. Yo digo que es el marasmo de este pueblo. Siempre había sido así Campeche, para mí. Una duplicación del tiempo, una capacidad de realizar hasta el triple de cosas en una jornada diurna, vespertina y/o nocturna. Esta vez fue todo lo contrario, pareciera que el paso de los huracanes Gilberto, Roxana y Opal le dio confianza a la ciudad para encarrerarse, y el tiempo corría de otra forma, con otra velocidad. Sin darme cuenta a qué horas comenzó todo, yo ya parecía más una marioneta manipulada por dos parejas, la pobre víctima, y las campanas que avisan del final del cuento se acercaban de manera irremediable.
Como si fuera un calcetín...

Sonia parecía tener la sutileza de un ave de rapiña al acecho. En cualquier momento, a su libre albedrío, poseía la capacidad de hacerme sentir como un conejo al desamparo, atrapado por las garras de su ejecutor, envolviéndome en su mundo de sueños y fantasías frustradas que a duras penas podía yo ser partícipe para acercarlas más a la realidad. En mal momento la entusiasmé con aquella peligrosa idea del buen samaritano Sade: la imaginación solo nos sirve cuando el espíritu está absolutamente liberado de prejuicios; ajá, ¿y qué más?, no pues mi lápida fue aquella del maestrísimo Oscar Wilde: La única manera de vencer las tentaciones es cayendo en ellas. Si las resistimos nuestras almas crecerán enfermizas... de veras que no aprendes, Ángel, de cuándo acá le das armas al enemigo, y qué tipo de armas. Punzo cortantes y hasta letales. Sonia aprehendió estas ideas y otras más a su manera. Bien pronto, la imaginación se volvió su heroína, talentosa creadora de las más inconcebibles tentaciones, claro, realizables al cobijo de un pueblo chico como este, y en espera de no echar demasiada leña y convertirlo en un infierno grande... Al final de cuentas, ella era la más cercana a ese placer mío de ser sorprendido por los acontecimientos que se suceden en esto que mal llamamos vida. Y ella me asombraba con su capacidad de improvisación para encontrar la más débil excusa y adueñarse de mí por un par de horas, para luego dejarme abandonado a mi suerte en cualquier callejón de los barrios, con un delicioso sabor a mujer en el paladar. Ella era una especie de gas, volátil e inasible.
Ausencio era el más político, por decirlo de alguna manera, al cual, a su pregunta de ¿qué hora es? hay que contestar las que usté mande y diga, señor licenciado. Con su aplomo de hombre de acuerdos y negociaciones tenía la capacidad de disponer a su antojo del tiempo de los demás. No tardaba tan solo unos minutos en verlo cuando ya me encontraba envuelto en algún menester encomendado por él; o acompañándolo a alguna parte; o haciendo un mandado que el más bruto de su oficina sería capaz de realizar con eficacia; o comprándole algún detallito costoso para Matilde; o ayudándole a escoger un regalo para tener contenta a su esposa, claro que no me podía tomar la ligereza de recomendarle algo que fuera de su agrado, por temor a desenmascararme ¿y tú de dónde sabes tanto de lo que a ella le gusta?, ni pensarlo, por eso, mi colaboración apenas se acercaba a una asesoría para escoger el color de la lavadora más moderna o el refrigerador más completo... Ausencio le había puesto precio a mi amistad con jugosas recompensas, y el simple hecho de acompañarlo en sus interminables monólogos era suficiente para que al final saliera yo con algunos billetes en el bolsillo y una buena botella de ron. Situación patética, es cierto, pero qué carajos, de algo tenía uno que vivir...
Para Clodualdo parecía yo una especie de ángel salvador. Él era de los que pian pianito fueron escalando peldaños y llegan muy lejos, teniendo la suficiente inteligencia para saber que ignoran casi todo y por eso recurren a quienes sí lo saben o lo inventan, como en mi caso, para nombrarlos asesores personales. Muchas veces me propuso trabajar con él, pero en aquellos tiempos yo huía a todo lo que pareciera horario y compromiso laboral; así es que mi participación se resumía a espontáneas colaboraciones profesionales que eran también pagadas, estas sí bajo las estrictas normas legales, y remuneradas de forma pródiga también. Además detentaba una refinada delicadeza para contar con mi apoyo: casi siempre que se aparecía por mi casa su asistente, en la camioneta del Secretario, había una nevera con un par de cervezas bien frías a mi disposición. Ah, mentecato y perspicaz, sabía perfectamente que era imposible que yo me resistiera ante tal generosidad... Me conmovía cómo soportaba su asistente mis elucubraciones esquizoides sobre cualquier tema, durante el traslado y degustación de las cervezas, y me respetaba como una de las personas más inteligentes que haya conocido..., qué ingenuo, Dios mío... A mi llegada a la Secretaría, Clodualdo me miraba con esos ojos que no han logrado tranquilizarse, haciendo una tormenta en un vaso con agua, y que de pronto descubren la luz al final del oscuro túnel. Casi siempre se trataba de problemas con la computadora del Secretario, quien con una asiduidad inaudita, propia de aquellos ajenos a entender, borraba o cambiaba de lugar archivos importantes y hasta programas enteros. En esos casos mi intervención, si no era algo que cualquier usuario medio pudiera resolver, se sintetizaba a dar un diagnóstico del estado de la máquina y recomendar la asistencia de un técnico. Por tan poco me pagaban y en el momento. En otras ocasiones mi colaboración era más profunda: se limitaba a dar mi opinión sobre tal o cual proyecto a realizar.
Cecilia era la única que ostentaba esa inopinada capacidad de, por lo menos, preguntarme ¿cómo estás?, antes de pedir cualquier cosa. Jugaba con esa conmovedora actitud de ir tanteando el camino en busca de lo deseado, pero sin querer abusar de uno, o sin querer recibir una negativa como respuesta, a sabiendas de que no la recibiría. A veces me disgustaba su obsesión por ser yo el que decidiera el derrotero de nuestros encuentros, como si poseyera una férrea capacidad de decisión y no prefiriera el cómodo asiento del manipulado. La gran diferencia con los otros tres era que ella también me poseía sin miramientos, pero con la sutileza del ¿qué te parece si...? y más tardaba en intentar tomar una decisión cuando ella ya me envolvía en sus caprichos y deseos. Ella satisfacía mi gusto por el diálogo y la comunicación, pues era la única, en realidad, que se interesaba por saber un poco más sobre mí, y la que, a final de cuentas, escuchaba con interés y entendía mi historia, mis vicios, mi pasado y presente. Alguna vez me comentó que ojalá tuviera yo la oportunidad de encontrarme a una mujer capaz de enamorarse de mí y que supiera corresponderme.
Sonia, relámpago embravecido que con una sorpresiva descarga encendía todo a su alrededor, sin importar las cenizas esparcidas a su paso; Cecilia, marea que lentamente subía, irremediable, mojándome por completo, hasta envolverme en sus aguas; Clodualdo, ciclón que desde lejos lo veía venir, levantándome, sin saber hasta dónde me iría a llevar; Ausencio, terremoto devastador que sacudía hasta la más ínfima estructura, sin importarle si estaba listo para soportarlo.
Campeche, hermosa ciudad colonial

Son las tres de la mañana o tal vez más. He compartido bastantes cervezas y correrías con los únicos dos poetas que quedan en estas calles, lo cual no significa forzosamente que ejerzan la poesía en el papel sino como una segunda piel que cubre sus andares. Uno de ellos me ha hecho prometerle: te recuerdo, poeta, que no debes casarte, parafraseando el parlamento de un personaje creado por otro poeta, con el cual estamos de acuerdo, con el personaje. Nos despedimos y cada cual se va por su lado, tal vez ellos sonriendo, ah, este poetín, a distancia se nota que anda metido en problemas de faldas...
Camino abandonado a mi suerte por la ciudad intramuros, como tal vez tantos otros que de la misma forma se dejaron envolver por las delicias de la mujer campechana, sin saber que debajo de las enaguas ellas pueden esconder un infierno ávido de amoríos y a los que se entregan sin reservas, sin miramientos. Camino junto a tantos fantasmas, esperando también el día de mi decapitación. ¿También ustedes escucharon el carruaje que corre por la calle honda, alrededor de las cuatro y media de la mañana? Me parece que es la muerte en carromato viniendo tras de mí... Tan lejos hemos llegado, hermanos de intimidades. Yo tan solo buscaba pasarlo bien y hacerlas pasar bien, mover fibras, consolar, despertar, tocar corazones, y tal vez hacer un intento por abrir esos ojos dormidos en sus tradiciones y traiciones y mirar las cosas desde otra perspectiva.
Iluso de mí. Pronto me di cuenta de que lo menos deseado es despertar, y no es que nunca hayan abierto los ojos; es preferible, quizá, seguir viviendo la carrera letárgica de sus vidas, y volverse un poco como sus madres y sus padres, unos viejos honorables que, al calor del chisme, no falta quien tenga algún trapito para sacar a orear, con todo respeto, eso sí. Prefieren vivir sus relaciones maritales que, mal que bien, les dan estatus; más tardan en casarse cuando por tercera o cuarta ocasión están embarazadas, y ya se olvidaron del delicioso sabor de una sonrisa amorosa; estoicas, ven las ligerezas de su juventud ceder ante el peso de la amargura, o luchan por guardar un sueño en secreto sin faltar a los votos del matrimonio por temor a verse abandonadas y estigmatizadas en el papel de la mujer abandonada; continúan muriendo sus vidas, heredando a sus hijos sus frustraciones a golpe de gritos e insultos, heredándole a sus hijas la actitud sumisa de la mujer educada para entender y atender al marido y a sus hijos; y es preferible vivir así, porque en este pueblo las divorciadas cargan con el destino de volverse mujer de todo los hombres, pero ningún hombre se vuelve de ellas.
¿Y el amor? El amor ha de andar de luto por las calles de otra ciudad.

Calles adoquinadas y viejas casas remozadas en un intento por permanecer en la riqueza cultural e histórica de siglos atrás. Pobre Campeche, has sufrido la soberbia de tus pobladores que se enorgullecen de ti y a ti es a quien más han llenado de mierda. La cultura y el pasado histórico se realizó en esta ciudad, pero de ello no queda más que una actitud chovinista que, como diría don Luis Buñuel, refiriéndose a todo México: Tanto nacionalismo llevado al extremo no esconde otra cosa que un complejo de inferioridad. Y hasta hubo por ahí un gobernador que, olvidándose de aquellos quienes sí hacen la historia mundial, osó auto proclamarse el hombre más inteligente de la última mitad del siglo veinte, y tan solo por este acto desproporcionado valdría la pena recordarlo. En serio que a veces más valdría tener la capacidad de ser un poco auto críticos y no dormirse en los laureles de las costumbres de la Real Familia Campechana.
Exposición

La directora del Instituto de Cultura se desvivía en justificaciones sobre la nula asistencia a la inauguración de una pequeña exposición fotográfica a la cual me entusiasmaron ella, antes que nadie, Sonia y Cecilia, quienes al final no asistieron, un viernes lluvioso, como un mes antes de aquella famosa parranda de los compadres. No te preocupes, poeta, me decía la directora, vas a ver que luego vienen, es que debes saber que en Campeche el más leve aguacero es suficiente para que nadie salga de sus casas. Entre ella, otros dos empleados de la institución y yo nos bebíamos el cocktail y dábamos cuenta de los bocadillos que se habían dispuesto para la ocasión, causa principal que me motivó a realizar la exposición, pues la directora tenía fama de gran anfitriona, y los eventos que organizaba el Instituto iban siempre acompañados de vino, licores y exquisitos bocadillos.
La poca asistencia, hasta ella no lo negaba, era más bien causa de una erosión progresiva de los aspectos de la cultura, donde el gobierno federal, por no ser de sus prioridades, ha dado cierta autonomía a los estados en este sentido; y ya se sabe que la mayoría de los gobiernos estatales se han enfocado más a intereses de tipo económico, político y personal, sin tomar con mucha seriedad los asuntos culturales más que como un mero entretenimiento para la gente; y la actitud de los gobiernos municipales mejor ni mencionarla, cuando he sido testigo de algunos que verdaderamente son neófitos en estos menesteres o que de plano les vale un cacahuate la cultura, como les he oído decir... Incluso hay lugares donde el puesto de la dirección cultural del estado o del municipio se toma más como un castigo político que como un honor y compromiso, o, como en otros años hacía el gobierno, nombrando embajador o agregado cultural en Timbuctú, para deshacerse de alguna figura política estorbosa. Y si a esto le añadimos que los medios masivos de comunicación, como las estaciones de televisión y de radio, tampoco han estado muy involucrados en la promoción del arte porque no vende, y el poco interés de la gente que, sentada en su casa, prefiere aceptar como bueno el continuo bombardeo comercial y plástico, entonces es entendible que aquí, como en casi todos los estados, la más leve lluvia sea motivo suficiente para que a un evento cultural asistan solo los involucrados en su organización, mientras la gran mayoría prefiere quedarse en casa a ver el final de la novela de las nueve.

Debajo de la lluvia María Luisa hizo una triunfal entrada al recinto, como una aparición milagrosa e inesperada, hecha una sopa. Tan inesperada como el hecho de que ese tipo de eventos, a mi parecer, estaba muy alejado de su novio y sus manitas y juniors y disco y veladas en el malecón, más apegados a su natural círculo social. Todos la saludamos sin un dejo de sorpresa, compartiendo el anterior precepto, como a la expectativa de cuáles serían sus intereses en ese lugar, como si de pronto sintiéramos el espacio que nada más nos pertenecía a nosotros invadido por alguien extraño, y había que estar a la defensiva por si era necesario luchar con el objeto de no permitir que el recinto cayera en manos ajenas. Me causó gracia nuestra primera reacción, y la segunda todavía más, pues en el momento cuando descubrimos a la pobre y empapada María Luisa acercarse a nosotros, como no sabiendo a quien acercarse, indefensa y frágil, todos se acercaron a ella, solícitos y fraternales.
Comúnmente en el Instituto es muy difícil que en los baños haya siquiera papel para secarse las manos, ¿De dónde apareció una toalla blanca?, a esta fecha para mí sigue siendo un misterio. La directora la cubrió de atenciones, secándole el cabello, invitándole una copa de vino que le haría muy bien, y si no, pues por lo menos te hará olvidar, le decía, riéndose, y preguntándole por sus padres y, poeta, me gritó, pues yo me había mantenido al margen o más cercano a la mesa de viandas y licores, dando rienda suelta, de nuevo, al famoso complejo del invitado, aunque no lo fuera, no seas tímido y egoísta, acompáñala para que vea tu obra.
En otras circunstancias entraría yo en la pedantería de que el trabajo se explica por sí mismo, pero la lluvia había operado en ella como un catalizador para cualquier postura apática ante lo que sucediera, lo cual le era más común, y la hacía ver por completo vulnerable. Caí rendido en peroratas discursivas sobre mi que hacer artístico, más motivado por unos ojos sinceramente interesados y, a veces, sorprendidos; también con el objeto de quizás demostrarle que no era yo un patán o advenedizo, como me consideraba hasta entonces, o tal vez sí lo era, pero por lo menos había un poco de sensibilidad para serlo.
Es habitual que, ante este tipo de mujeres, superficiales-materialistas-plásticas-reinitas, comparta yo el machismo por medio del cual no importa de qué les hables, lo importante es hablarles bonito, de todas maneras entenderán lo mismo. Pero María Luisa se me revelaba como una muchacha sensible, que escondía su avidez de aprendizaje en una imposibilidad de compartir con nadie cercano a ella sus inquietudes. Y no es que el arte en especial fuera un tema que le atrajera, sino que la vida misma, manifestada como fuera, era tema justo de su interés. Apenas entonces mostró un poco su faz, sin tanta máscara.
Ah, prudencia magnífica, sabedora del momento preciso en que tres son multitud; sin darnos cuenta, en pocos minutos, los únicos que gozábamos de la inauguración éramos nosotros dos. Los demás se retiraron oportunamente sin necesidad o preocupación de qué diremos porque no se despidieron, o estábamos tan imbuidos en descubrirnos no tan contrastantes que la despedida de los demás pasó inadvertida por nosotros. Solo el conserje nos miraba con ojos plácidos y cómplices, y ponía de su parte para terminar la degustación de las viandas, con énfasis, naturalmente, en el vino.
Cuando no nos quedó otra alternativa que desalojar la sala, porque aquél debía cerrar, todavía durante un rato más nos quedamos sentados en los escalones de la entrada del Instituto, en espera de que la lluvia amainara un poco. Pese a conservar la toalla en sus hombros ella no podía evitar un escalofrío que la hacía tiritar. ¿Me puedes abrazar? Con mucho gusto, solo espero que no pase nadie conocido y signifique mi lápida. Oye, si nada más te estoy pidiendo que me abraces, no que me cojas. En ese momento por supuesto que el comentario me cayó de sorpresa, pero en verdad me divierte ver la manera tan desenfadada que la gente tiene para hablar de este tema. En María Luisa también veía esa necesidad de explotar que antes había descubierto en Sonia y Cecilia, aunque notaba en ella una resignación no propia de su edad, como un conformismo no a aceptar lo que vivía sino más bien asumirlo, pues aún no contaba con las herramientas necesarias para mirar hacia otros horizontes, o quizás como la opción más cómoda o porque las leyes de la costumbre así se lo imponían. Lo que pasa es que con mi novio pues sí me divierto, pero... Sí, con él tampoco puedes disfrutar de la lluvia, porque es estúpido... ¿Él? No, disfrutar de la lluvia nada más. Conversamos con avidez de muchos temas durante un par de horas, y cuando la lluvia nos dejó ver que no daría de sí, continuamos la conversación debajo de ella, hasta llegar a su casa.
Que en paz descanse

Había ya un gran movimiento cuando llegué a la funeraria. Una cola de amistades, compañeros de trabajo del finado y familiares daba el pésame a la recién viuda, flanqueada por Sonia y María Luisa, quien, pese al regaño de su madre, no se vistió de luto. A su padre lo lloraría ella sola, a su manera. Las tres miradas de las mujeres fueron muy distintas: Sonia, pese al suceso de la noche anterior, me miró con los ojos encendidos, haciéndome ver que aún me daría una o dos últimas batallas antes de aceptar mi alejamiento; Cecilia me miró franca, sin tristeza o remordimiento, como más buscando apoyo de un amigo; María Luisa me miró como ahogándose en una tormenta, y fue la suya la mirada que más me preocupó.
Antes de que pudiera abrazar a esta última, Sonia se interpuso y me abrazó con fuerza. ¿Al rato podemos salir un momento?, quiero platicar contigo... y se pegó por completo a mi cuerpo; lo que antes me fascinaba, sentir el roce de su torso con el mío, entonces me hizo alejarla. Miré a María Luisa y a Cecilia, la primera dio un paso al frente y se abrazó a mí, mientras Sonia ponía su hombro para que Cecilia se recargara y sollozara... qué cuadro. ¿Estás bien?, fue lo único que mi sagaz mente logró enviar a mis labios. Ella se separó y me miró, respondiendo con una mirada triste. Cecilia de acercó, ante una leve resistencia, casi imperceptible, por parte de Sonia. Mi abrazo, después de toda una jornada nocturna en vela, con los sentidos y emociones exaltados, fue nervioso. Cecilia lloró largos segundos, ¿minutos tal vez?, en mi hombro. En esas circunstancias se espera que se diga algo, cualquier cosa. Yo no pude hacerlo por temor a pronunciar una estupidez como las que suelo decir sin querer, y que acababa de decir a su hija, y entonces solo la sostuve fuerte y pensé que mi corazón se abría para darle un poco de afecto y apoyo. Dejé que me abrazara por largo rato, y después me hiciera sentar a su lado, para no desprenderse de mí hasta varias horas más tarde, cuando María Luisa sintió prudente rescatarme de algo ya insoportable para mí; y no es que Cecilia lo fuera, sino la situación y tanto llanto y moco.
Sonia nos interceptó cuando salíamos de la funeraria, me tomó de la mano y me jaló aparte, pidiéndome que la acompañara a hacer unas diligencias. Me detuve, y mi prefiero quedarme un rato con María Luisa, si no te importa, la dejó helada. Altiva, fría y despectiva, me hizo un gesto de rencor y me dijo que estaba bien, que tendría que ir sola, aunque no se sentía bien, ojalá y no me pase nada porque en las condiciones en que estoy... Imaginé esas figuras de cómic que de los globos de sus diálogos se desprenden frías estalactitas de hielo.
De seguro tuvo que entretenerse durante algunos minutos, antes de regresar al funeral, pudriéndose el hígado con este cabrón qué se cree, a mí nadie me desplanta de esa manera, golpeando el volante de su coche.
Y así fue porque en el primer momento que pudo, sin tomar mayores precauciones de que estuviéramos solos o de que nadie la escuchara, me sonrió de forma estúpida. ¿Ahora nos cambias a las dos por esa chamaquita? ¿A las dos?, pregunté. No te hagas pendejo, Angelito... Pobrecita criatura, si supiera la clase de hijueputa que eres. Yo la miré, tranquilo, aunque asombrado por la reacción de ella. Mamacita, ella sabe más de mí de lo que tú te imaginas. Y ella tal vez no supo qué imaginarse, porque pretendiendo disimular su consternación, me volvió a sonreír, todavía más estúpidamente, ojalá te aproveche todo lo que sabe, ahí luego me dices a qué sabe un coñito que todavía huele a orines..., por cierto, ¿ya lo sabe su mamá, que te estás cogiendo a su hija?
Ajá. Proceder número uno: ahí mismo le reviras la cara de una bofetada, por insolente. No habría ningún remordimiento, al contrario, me haría sentir muy bien, estoy seguro; el problema es que estás en un velorio y creo que sería de muy mal gusto llamar la atención de esa manera, y hay alguien a quien se debe dejar descansar en paz; por lo tanto, primera opción descartada. Proceder número dos: la sacas discretamente, triturándole el brazo, y afuera, al doblar la esquina más próxima, la abofeteas hasta cansarte, por maleducada e insolente; mmmh, me gusta más, me haría sentir muy bien por el resto de la semana, aunque el problema es que, conociéndola, se pondría a berrear y a gritar y se me lanzaría con las uñas por delante, y no nada más llamaríamos la atención de quienes estuvieran en el velorio, que entonces sí asegurarían que entre ella y yo había algo, y de la gente del barrio sino hasta de la policía, y todos ellos no me importarían gran cosa, pero sí mi integridad y hasta la de ella, que no quedarían muy íntegras que digamos después de semejante pleito; también descartado. Proceder número tres: pedirle que se tranquilice, que cómo es posible que se refiera así de su ahijada, que es una muchacha muy... no, imposible, sería darle más elementos para atacarme, y hay que tener cuidado con una mujer que de la extrema pasión pasa al extremo odio en un santiamén; descartado. Otro posible proceder: pedirle una disculpa, dar media vuelta y retirarse; no está mal, es de caballeros, pero sería casi como aguijonearle la cresta para que en ese momento me tomara del brazo, me virara de un jalón y óyeme, te estoy hablando y todas esas cosas inverosímiles y embarazosas, y que luego no hay poder humano que las detenga, hasta que sucede una fatalidad; también descartado. Bien, última opción: mirarla con una sonrisa inocente y vacía, mi mirada no le dice nada que ella mal interprete, no tocarla ni rozarla, acercarme a ella en un leve movimiento nada brusco para que ella no lo sienta violento, tal vez llegue a pensar que la voy a besar o la abrazaré, y ya cerca de su oído, para que sea nada más la única receptora, dejo escapar susurradito vete a chingar a tu madre, que busca nada más mandarla al carajo y, sobre todo, que se calle, pues la figura materna, con todo respeto, no tiene mayor implicación. De veras, en una muy mexicana mentada de madre, ésta no está afectada, se ha convertido como en una metáfora, una figura poética, vamos.
Claro, era de esperarse, fui yo el destinatario de una sonora bofetada que me dejó viendo estrellitas estampadas en la pared que entonces tuve enfrente, en vez de Sonia, quien se dirigía hacia afuera, taconeando nerviosa su turbación y enojo. Bueno, fue lo menos escandaloso. De todas maneras no había escapatoria a una solución violenta, porque no había capacidad de razonamiento. La clásica escenita, tú dices una cosa y ella replica levantando la voz; tú le hablas más fuerte y ella grita, y así hasta ver quién es el primero que agarra a golpes al otro. Típico.
Tu argumento es muy válido, poeta de concursos, cuando se tiene la razón ¿para qué discutir?, discute quien no la tiene. Aunque, claro, tratando de sacarle provecho al asunto, y esperando que pasara lo suficientemente desapercibido como para no levantar olas muy grandes entre la concurrencia y dejar al muertito en paz, su reacción me daría la mejor y nada desaprovechable oportunidad de terminar de una buena vez con Sonia, quien en el fondo era la que más me preocupaba por ser tan posesiva, obsesiva, terca y tener tan poca o nula precaución en los negocios que nos involucraban, hecho que más de una vez provocó casi ser descubiertos por su marido.
Clodualdo

Por azares del alcohol, y sin saber cómo llegaste hasta ahí, te encuentras en un pequeño jacalito al lado de Lady. Un gallo con su insistente kikirikí te quiere despertar del sueño que nunca has tenido. Una mujer morena, pequeña y joven duerme a tu lado, y acaricias esa piel sana, tersa, firme que todavía no está erosionada por el paso de tantas manos y desamores. La recorres hasta donde da el largo de tu brazo. La tocas como en la vida has tocado cuerpo femenino alguno. Lady se sube en ti y te hace sentir muy vívido ese sueño, ese acto de amor que jamás te imaginaste tener, en medio del aroma a tierra, animales y maíz. La tienes encima, envolviéndote, subiendo y bajando y apretando y... ¿alguna vez soñaste que una mujer fuera capaz de moverse como ella? Qué sueño, Clodualdo, y lo mejor es que comienza a transformarse en realidad, porque ese gallo que canta, urgido de ser escuchado, ese olor a frijoles, chile y maíz, esos ruidos y hedores de granja de traspatio no pertenecen a ninguno de tus sueños. Menos la mujer que casi te sofoca al apretar sus manos a tu cuello, sus piernas a tu cintura y aferrarse a ti, como queriendo prolongarte hasta lo más profundo de su ser...
Todo te da vueltas. La mente no deja de pensar o no deja de producir toda clase de pensamientos que golpean y no te permiten asirte a alguna idea. El peso del cuerpo femenino que descansa encima de ti no te deja respirar con holgura, ahogando un suspiro con el cual quisieras exhalar todo el tufo de alcohol y tal vez poder aclarar un poco tu juicio; sientes cómo entre los dos torsos pegados se forma un torrente sudoroso que escurre por tus costados; a veces, cuando levanta su cabeza para mirarte a los ojos, de su cabello caen gotas sobre tus mejillas, y ella las besa y vuelve a recostarse sobre tu pecho. Apenas si logras optar por no hacer nada y dejar que el tiempo pase, acariciando el cabello de Lady, toda empapada en sudor, su espalda, sus nalgas, sus muslos, apenas ocultos por una delgada sábana que se les pega a la piel. No quieres pensar en nada, solo sabes que esta mujer desde la noche anterior te volvió loco. Paseas tus ojos por el rústico cuarto a donde se filtra la luz por las maderas mal alineadas que hacen las veces de paredes. Calendarios típicos de taller mecánico, un cuadro de la última cena con foquitos de navidad, otra cama al lado, sin destender, donde descubres juguetes y osos de peluche raídos y, más allá, las miradas de dos niños que no te dejan de observar, hasta que son descubiertos por ti. Desde afuera escuchas una voz queda. ¿Qué hacen ustedes ahí? Jálenle para adentro que no han terminado de desayunar, ¡órale!
¡Elena! Retumba el grito de una mujer mayor de edad, y Lady salta de la cama. Es mi mamá. Ella se pone cualquier cosa encima y sale, después de darte un rico beso de buenos días como hacía mucho no te daba nadie. Piensas en la posibilidad de un gran problema: no sabes cómo llegaron hasta ahí, ni dónde diablos estás; lo más adecuado hubiera sido quedarse los dos en un hotel, pero quién y cuándo decidió que vinieran acá, ni tú lo sabes, pero hueles que pueden haber grandes problemas. Lady-Elena vuelve a entrar en la pequeña habitación, haciendo a un lado el hule que sirve como puerta, y con una sonrisa franca y cualquier travesura a tu persona te hace sentir tranquilo. Levántate para que conozcas a mi mamá y a... ¿Tu mamá? Sí, ayer me pedistes que querías conocer a mi familia y yo te dije que mi mamá nomás me quedaba, a mis dos hijitos... por eso vinimos, ándale que también ellos te quieren conocer. ¿Cómo llegamos acá?... ¿dónde estamos? Buscas tu trusa, ella te la da, tanteas para ver dónde está tu pantalón, ella te lo da... luego tu guayabera y ella te da una camisa de vestir y tus zapatos ¿y mi cartera? La guardé en mi cómoda. Ella abre un cajón y te la da. Nomás la sientes y sabes que todo está ahí. No te falta nada. No te falta nada, Clodualdo, tal vez por primera vez en tu vida no te falta nada. Salvo tu ropa y tu cartera, porque esa no es tu cartera, que está repleta de billetes de alta denominación, como siempre suele hacer tu compadre cuando sale de juerguista, y al pararte descubres que vistes la ropa de Ausencio. Ríes como si te hubieran contado el mejor chiste, y ella te pregunta cuál es la gracia. Que me veo rechistoso con la ropa de mi compadre y él se debe de ver peor con la mía.

Mamantel. Eso está en el municipio de Escárcega, y son muchos kilómetros entre la capital y este pueblo. Paramos un rato en Champotón y nos metimos los cuatro en un hotel, que no se te vaya a salir nada de esto con mi mamá, por favor, y luego en Escárcega cargamos gasolina. ¿Gasolina? ¿Y mi compadre? Vinimos solos en su camioneta. ¿Nos prestó su camioneta?, debe haber estado bien borracho... el borracho eras tú, que la tomastes nomás porque traías las llaves encima... Buenos días, señor Clodualdo. La señora gorda y vieja te da la mano, de esa forma tan especial como la da la gente de campo, y ríe un poco. Perdónala, mi mamá nunca ha salido de su pueblo y le parece chistoso tu nombre. Mucho gusto, señora, no se preocupe, a mí también me parece chistoso mi nombre nomás que ya me acostumbré a él. Y ellos son mis dos hijos, One Dollar y Vanesa... saluden al señor, niños. Sonríes un poco extrañado, ¿One Dollar? Lady se acerca cariñosa a sus hijos, que cada vez se acercan más a cualquier vía de escape. Sí, así se llama el señor que sale en los billetes de Estados unidos, ¿no? Intentas sonreír sin que se note mucho tu turbación, que de todas maneras se confundiría con tu ya de por sí turbado semblante. Lady te mira natural, como si ya te hubiera contado de la existencia de sus hijos, volteas a la madre, que te mira sonriente, luego a los niños y les extiendes tu mano, sonriéndoles, pero ninguno de los dos hace por estrecharla, ninguno de los dos te saluda, lo cual te deja claro que para ellos tú eres un intruso. ¡One y Vanesa, no sean groseros con el señor Clodualdo!, les grita la abuela. No les hagas caso, amor... Lady se acerca a ti y te tranquiliza. Si quieren ir a bañarse mientras yo hago las tortillas, Elena. Vamos a bañarnos, mi amor. Ella te toma de la mano y, como si cualquier cosa, te lleva casi a rastras al río, que está atrás de la choza. La vieja te mira en una expresión de todo está bien, señor Clodualdo, y se ríe otra vuelta, vaya.
Lady-Elena, a la orilla del río, te desviste amorosamente, te describe la forma en que los dos se conocieron en la ciudad, una historia rosa que dejó más que complacida y feliz a su madre, mientras se quita el vestido que te permite verla íntegra, por primera vez, a la luz del día, sin preocuparse de ser mirada por otros ojos que no sean los tuyos... Hermosa muchacha de unos ¿dieciocho años? Tiene la misma edad que tu hija María Luisa. Ella toma un jabón y te lleva dentro del agua, para bañarte de la forma en que alguna vez viste en una película de James Bond, a las geishas bañando al agente secreto. Y como tienes cosas que revolotean más por tu cabeza, no haces mayor caso a la matemática rápida que realizas, con la cual deduces la edad de ella cuando tuvo a sus hijos, que más o menos tendrán entre cuatro y cinco años... No te sorprendas, Clodualdo, porque te espantaría saber a qué edad una niña por acá se vuelve mujer.

María Luisa, tu hija... Cecilia, tu mujer... Sonia, tu amante... Ausencio, tu compadre, el amante de tu mujer y que desvirgó a tu hija... Ángel, el amante de aquellas dos, y a quien tu hija ama... María Luisa, hija, ¿cómo es que sabes todas estas cosas? ¿cómo es que pasó todo?... Sin que te dieras cuenta ella te puso una carta en tu guayabera, antes de que salieras de casa rumbo al Rincón Colonial, y que Lady-Elena encontró, cuando comenzaba a hacerte el table en un privado de El Candela. Se la arrebataste apenas reconociste la letra de tu hija, como sospechando una mala noticia pues desde algunos días atrás te había parecido que se comportaba de forma extraña, pero no te atreviste a acercarte a preguntarle, hija ¿te pasa algo? ¿Quieres contarme lo que te pasa?... La leíste, mientras la canción pasaba, y Lady, en ese entonces solo Lady, supo que tenía que respetar y con prudencia te dejó solo.
Lady-Elena enjabona tu cabello, un poco de espuma entra en tus ojos y ella solícita toma un poco de agua en su boca y te lo echa suave, besándote los párpados. El ardor pasa. El dolor se queda, pero no en el ojo, tampoco en el corazón. Debe estar por algún lado, pero no ahí donde pensabas encontrarlo. Tu mente está revuelta, grandes llamaradas de rencor intentan hacerte rabiar, pero no. Las manos de Lady-Elena suavizan tu malestar; su pecho, que sientes en tu cara cuando ella te abraza al darse cuenta de que tu cabeza ronda por otros lados, martirizándote, te reconforta, te relaja, te hace sentir en paz.
¿Me puedo quedar contigo? ¿Aquí? Aquí contigo... Sí, mi amor... nada me haría más feliz que te quedaras a vivir conmigo en mi casa.
Mi casa... Hueles a selva, mujer... tus pechos saben a tierra fértil y agua dulce de río... tus brazos son el cálido abrazo de una vida tranquila a la orilla del agua y de la tierra, del sol y la lluvia... yo no sé si pensaste algo como esto, inventando poesía en la piel de una prostituta o sencillamente querías quedarte por temor a enfrentar la realidad que una carta te manifestó con rabia, una vida inútil forjada con grandes esfuerzos y sacrificios... una nada. Tu hija, quien menos te hubieras podido imaginar, te reprochó y te restregó en esas líneas escritas con fuerza, por una mano temblorosa a la que le dolió cada palabra, una vida desperdiciada, pero no la suya, que apenas comenzaba, sino la de todos nosotros. Una niña que hace apenas unos años tuvo su fiesta inolvidable de quinceañera, a pesar de ella misma, con una madurez inaudita te pedía acabar con esa farsa y mentira que los cinco vivíamos: Sonia, Cecilia, Ausencio, tú y yo... ¿y con quién estabas enojado? SoniaCeciliaAusenciotúyyo, hombre-mujer-hombre-mujer-hombre... Con nadie, ni siquiera contigo mismo. Imaginas a tu compadre, quien ayer tenía en sus piernas a Matilde, cogiendo con tu mujer y con el pito manchado por la sangre de tu hija, y no te produce ningún enojo porque de inmediato te imaginas cogiendo con tu comadre, luego con Lady que igual y es el símbolo de tu hija... ¿y yo? Hijueputa, el ganón. Se cogió a mi mujer, a mi amante y de seguro ya se cogió a mi hija. Y tampoco te produce el menor indicio de rencor, pero sí te deja un sabor de boca a centavo.
No sé cuánto tiempo me voy a quedar contigo, Elena, pero por ahora solo quiero estar aquí. Lo que tú digas, mi amor... Lo que tú digas, mi amor. Estas palabras suenan por primera vez en sentido opuesto. Y esta vez no es una frase que signifique sumisión o hastío.

Ausencio


Ah, qué pinche feliz estaba, celebre y celebre, porque por primera vez salía con su compadre como siempre había querido, desde que éramos unos chamacos, compadre, pero nunca te dejastes, méndigo. Bien estudioso y seriecito que eras, cabrón, y ya lo ves, tú también traías un tigre escondido y ahora te vale madres todo y lo único que quieres es cogerte a la Lady, que está rebuena, ¿a poco no? Mírala, compadre, si apenas es una niña. Es que... es que nada, cabrón, eres un chiva... pero te quiero un chingo, eres como mi hermano. Ven para acá. Y al calor de las copas, tremendos besotes que Ausencio le daba a Clodualdo. Ya, compadre, qué van a pensar las señoritas. Señoritas... si estas son reputas... y yo les pago, faltaba más, ‘ora resulta que me tengo que controlar pa’que éstas no piensen que soy un marica. Se levantó, tambaleante y sosteniéndose del hombro de su compadre. Sépanlo bien, señoritas, se rió un poco, como les dice acá mi compadre, a mi compadre yo lo quiero un chingo y no es ninguna jotería demostrarle que lo quiero ¿sí o no? Sí. Sí, papi, siéntate. Si me lo agarro a besos, es porque lo quiero un chingo, así. Y lo volvía a besar, sujetándole el rostro por los cachetes. Porque estos, véanlos bien, son besos de macho a macho, de hermano a hermano... Y lo volvió a besar. Porque este cabrón es más que mi hermano, porque con mis hermanos nunca he vivido lo que con este hijueputa. Y lo volvió a besar. A este cabrón lo quiero un chingo... y pa’que veas que te quiero un chingo, cabrón, yo te invito un table en los privados con esta vieja, que es la que mejor sabe su negocio en toda la península... órale, Matilde, ya sabes qué servicio darle acá a mi compadre. Papi... no me papitees y cógete a este cabrón como dios manda. No, compadre, cómo crees, de veras que te agradezco el detalle, en serio que yo también te quiero un chingo..., ay sí, me quieres un chingo, nomás no me vayas a salir con puterías y me agarres a besos ¿eh?, soltó una estrepitosa carcajada. No compadre, cómo crees... pues ándele, sea machito y llévese a mi vieja... perdóname, compadre, pero no puedo aceptarte lo que estás diciendo... ¿por qué? ¿no te gusta mi vieja? No es eso... ¿no te gusta? No, pus sí me gusta, pero... ¿Ah, entonces sí te gusta?, mira nomás qué cabrón me salistes... Mira, tesoro, mejor me lo llevo yo al privado y le doy servicio de primera, ¿no? Salió al quite Lady. Sí, papi, déjala a ella, que ya se encariñó con tu compadre, si yo nomás quiero ser tuya, mi rey... y Matilde se levantó, abrazó a Ausencio y a fuerza de grandes besos lo fue sentando de nuevo, mientras Lady se llevaba a Clodualdo al privado, ahí donde se enteraría de lo que su hija le había escrito.
Al rato Lady fue a buscarlo, porque su compadre quería irse a seguirla a otro lado; y encontró a Clodualdo con la mirada perdida, mirando más allá del vidrio polarizado del privado, a ninguna parte y a todos lados, con la expresión embrutecida por el alcohol y lo que acababa de leer. ¿Te sientes bien, corazón? Lady se fue acercando a él, otra vez con prudencia, y sintió un jalón que la hizo sentarse en las piernas de Clodualdo. Las manos de éste la buscaron torpes, todavía manteniendo la carta entre los dedos, que ella tomó para que la pudiera acariciar sin trabas, la dobló y la volvió a meter en una de las bolsas de su guayabera. Y él la penetró pensando en Sonia y Cecilia y ellas con su compadre y ellas con Ángel y a su hija con Ausencio y luego con Ángel, a través del desvirgue que tan parcamente había descrito ella y del amor que en su carta María Luisa le confesó tenerle a él, a Ángel... hijo de su... y todo se fue perdiendo en el cuerpo de Lady, en esa posesión animal, en un oleaje etílico que de pronto lo ahogó en una laguna mental.

Los cuatro se subieron a la camioneta y salieron rumbo a Champotón, donde se metieron a un cuarto del primer hotel que encontraron abierto a esa hora, en el malecón. Apagaron las luces porque, pese a que estaban borrachos, tenían su vergüenza, no vaya a creer... mientras se desnudaban, revolviendo ropas, confundiendo a veces brazos y cuerpos, y ya cuando cada cual estaba con su cada quien, en su respectiva cama y en pelotas, apenas se escucharon mezclados los gemidos de todos...
Después de un corto tiempo, algunas palabras ininteligibles de Ausencio y no hay problema, papi, lo que pasa es que estás tú muy tomado, no te enojes... ay, si yo sé que eres bien hombre... pero no te enojes, papi... Y Ausencio, en penumbras, para no molestar a la otra pareja, se vistió, malhumorado, y jaló a Matilde para salir de la habitación, y ella le pidió por favor, papi, vamos a descansar que ya estoy muy cansada, y mejor nos vamos a otro cuarto pa’no molestar a éstos que cómo cogen, madre mía, parece que se la quieren acabar completita... Y se fueron a otro, y ella se durmió casi al tocar la cama, y al poco rato él buscó el interruptor de la luz porque sentía como que algo no le quedaba bien y le molestaba, y entonces en la bolsa de la guayabera que tenía puesta encontró un papel y quiso saber qué era y leyó lo escrito por su ahijada y perdió la razón y no supo qué hacer, si despertar a Matilde, ir a reclamarle a Clodualdo que... ¿qué? Regresar a Campeche para partirle la madre a ese Ángel porque... ¿porque qué?... Reclamarle a su mujer que... ¿reclamarle qué? O a Cecilia o... que la... pinches viejas respondonas... pero ‘ora sí que no... sultá la ma’ si miento... me van a... ojetes... pinches ojetes todos... (ríe) Aaa-ay, María Luisa, ¿quién lo iba a pensar, coño?... salió roñosa la ahijadita esta... nomás deja que te ponga las... encima... (se levanta a duras penas y sale del cuarto rumbo a la escalera) ji-ji-ji... y el Angelito tan decente que se veía... si ya me las olía yo que era un cabroncito de cuidado... ese sí nomás deja que lo tenga enfrente... me va a oír el hijueputa... ah, pero... mejor ni dejo sola a la Matilde, no vaya a ser que se aparezca y también se la quiera... (se para frente a la recepción. la persona detrás del mostrador se despierta por la risa de Clodualdo) Perdón... perdónema... perdóneme, señor recepcionista, ‘orita vuelvo... nomás arreglo unos asuntitos y regreso por los demás... perdóneme... dispénseme por despertarlo... no se enoje... perdón, ya mejor me voy y dejo de molestarle su sueño... (sale del hotel y se encamina hacia su camioneta) jueputa... ni que fuera tuyo el negocio este... el hotel... (se para frente a la puerta del conductor. Busca sin éxito las llaves. Comienza a caer una leve llovizna, que poco a poco se convertirá en un aguacero torrencial) pero a mí me la pelan todos, jueputas culeros... no serían lo que son sin mí... yo le levanté su changarrito a la Cecilia, ¿sí o no se te estaba cayendo?... y el ojete de mi compadre estaría jodido si no es por mis influencias y mis palancas con el gober... porque yo soy un chingón, coño... tengo muchos amigos poderosos que me deben favores... si hasta cuando Sonia se aburría en la casa le conseguí una chambita en el municipio... la puta de Sonia me quitó a mis hijos y se los llevó... ¿y qué te dije, ah?... nada... yo respeté tu decisión... aunque me doliera... porque me dolió mucho... me dolió al alma... mis hijos eran todo para mí... ¡y tú me los quitastes!... (camina hacia el malecón y comienza a zigzaguear por la calle, rumbo a la carretera hacia Ciudad del Carmen) yo me he partido la madre toda mi vida por todos, coño... les he dado lo mejor... les compré cuanta pendejada se les venía en gana... ah, qué pinche lluviecita jodona... ¿y ahora me vienen a reclamar a mí?... ¿a mí?... ojetes... ¿a mí que les he dado todo mi amor y mi cariño?... que les he procurado... ¿cuándo te falté, pinche Sonia?... ¿cuándo?... bueno, está bien, está bien, tienes razón... pero es que uno es hombre, coño, entiéndeme... uno no es de palo... y... ¡pero nunca te faltó dinero, cabrona!... ¡Nunca! ¿Lo oyes?... siempre me preocupé porque en mi casa no faltara nada... además... y no te hagas que tú también hicistes tus puterías... si me vas a venir con... ¿cómo no? ¿cómo no?... ¡ni lo niegues, pinche puta, porque es cierto!... te acostastes con mi compadre, con el Ángel ese y quién sabe con cuanto cabrón más te habrás... ahí está ¿no?... (un carro pasa cerca de él, encendiendo y apagando sus luces y sonando el claxon repetidas veces. Clodualdo escucha voces y gritos provenientes del interior del vehículo) ¡tu puta madre que te mal parió también, jueputa! (invade la carretera) ¡regresa, a ver si eres tan machito!... ¡’ora, pinche puto!...
El suceso

Un camión de carga intentó esquivarlo. Apenas se escuchó un golpe seco, seguido de otro que produjo el cuerpo sin vida de Clodualdo al caer sobre el asfalto. ¡¿Qué fue eso, bizcocho?!, preguntó exaltado el muchacho que venía dormitando en el asiento junto al conductor. ¡Puta madre, creo que me chingué a un cabrón! ¡No jodas! ¡Lo golpeé con el espejo! El chofer señaló el lateral derecho, los dos, al seguir con la vista la dirección señalada por el dedo índice del conductor, descubrieron la expresión fantasmagórica que las luces en el techo de la cabina daban a la cabeza de Ausencio, incrustada entre los hierros retorcidos del espejo. Los dos gritaron y el camión por nada se sale de la carretera. ¿Traigo arrastrando todo el cadáver?, preguntó el chofer. ¡Te hablo, pendejo, no te culebrees! El otro apenas se asomó. C-creo que es nada más la cabeza. ¡Puta madre, ya nos cargó la chingada! ¿Y ‘ora qué hacemos? ¡Puta madre, puta madre, puta madre...! ¿Qué vamos a hacer, cabrón? ¡Cállate, idiota, déjame pensar! El acompañante guardó silencio, alejándose prudentemente de la puerta. ¡A ver, güey, saca el costal y una bolsa de nylon que traigo atrás del asiento, muévete! El conductor detuvo el camión lo más rápido que pudo, evitando que las llantas derraparan sobre el asfalto mojado, sin dejar de mirar por el espejo retrovisor de su lado; arrebató el costal y la bolsa de las manos temblorosas de su compañero, bajó de la cabina y rodeó el camión, cerciorándose de no ver ninguna luz acercarse en ambas direcciones de la carretera. El muchacho miró cómo de un jalón y un ruido apagado y seco desaparecía la cabeza. Con la bolsa el chofer la envolvió y la anudó, luego la metió al costal y también lo cerró, para luego esconder el bulto detrás de uno de los tanques de combustible. ¡Pásame un trapo, de volada! El otro buscó debajo de los asientos, y le pasó una camiseta sucia en aceite. El conductor limpió la sangre embarrada en la puerta y en el estribo. Se agachó en un charco y remojó el trapo, para luego aventarlo hacia el monte. Volvió a subir al camión y arrancó. ¿Tirastes la cabeza?, preguntó el otro un poco aliviado pero todavía bastante nervioso. Tirastes la cabeza... ¿Pues qué crees que soy igual de pendejo que tú? Ni puta madre, acá la encuentran de volada y así nos encuentran antes de que podamos salir del estado... ¿Dónde la guardastes?, casi chilla el acompañante. ¡No seas puto y no te me culerees ahora, cabrón! ¿Qué piensas hacer con ella?...
El camión tomó la desviación hacia el pueblo de Sabancuy, en vez de seguir de frente hacia la isla de Ciudad del Carmen. Desde el puente que atraviesa la laguna podían ver el pueblo durmiendo bajo el cobijo de una cortina de agua. Cruzaron las calles hasta llegar al camino que los llevaría hacia el entronque de la Carretera Federal Villahermosa-Escárcega. De pronto, el chofer bajó la velocidad en un tramo despoblado y se detuvo por completo. ¡Órale, güey, detrás del tanque de tu lado está el costal con la cabeza, agárralo y ponlo en ese bache! El acompañante no pudo decir nada en su defensa, justificando su nerviosismo; bajó del camión e hizo con mucho miedo y torpeza lo que le habían pedido. Clarito sintió la nariz y las cejas del rostro, y saltó para atrás, tratando de sacudirse la sensación en su mano. ¡¿Pus pa’qué chingados la tientas, baboso?! ¡Agarra el costal! De un movimiento rápido tomó el costal y lo puso donde el chofer le había indicado. El camión pasó sus ruedas izquierdas exactamente por encima del hoyo, triturando la cabeza, entre un ruido opaco similar al que hace una cucaracha cuando es aplastada. El chofer bajó del camión, ¡Súbete al camión!, y aprisa tomó el saco y lo acomodó de canto en la parte trasera de las llantas, para volver a pasarle, de reversa, el peso de la carga que llevaban. El conductor volvió a bajar, abrió el nudo del costal y rajó la bolsa de plástico; con todas sus fuerzas lanzó el contenido hacia la selva, quedándose con el costal en su mano; luego rodeó el camión y lanzó también el costal por el otro lado de la carretera, después de hacerlo bola.
Así, toda posibilidad de identificación quedó aplastada, la lluvia lavaría responsabilidades y, en los próximos días, las hormigas y animales de rapiña harían lo propio, dispersando los huesos que igual podrían ser de cualquiera.

Clodualdo soltó la risa cuando Lady tuvo la puntada de comentar que a su compadre no se la había parado, al salir éste del cuarto echando bala y que no le pudo cumplir a la Matilde. Todavía, al poco rato, escucharon quién sabe qué sandeces de él perdiéndose por los pasillos del hotel. Matilde se quedaría abandonada en su sueño, sin su mejor cliente, y nunca supo cómo fue que la dejó sola y no lo perdonaría por eso, y ya iría el méndigo al Candela, y ella le haría ver su suerte... aunque nunca más fue, y entonces ella sí que comenzó a preocuparse si él no se hubiera enojado por algo que ella no se dio cuenta y le hizo y se ofendió, pobrecito mi papi... Los otros dos, como en un segundo aire, bajaron con la intención de salir a comer algo, pero se enfilaron para Mamantel, vía Escárcega, sin pensarlo mucho.
María Luisa

Yo había pensado que irme a otro lado o regresar a mi tierra era una solución nada desdeñable para tantos problemas en los que me había metido a lo puritito güey, pero no podía. Una especie de promesa me había obligado a quedarme y no volver a huir. Me había prometido que esta vez tenía que quedarme y enfrentar las consecuencias de mis actos, pasara lo que pasara.
Había otro motivo: María Luisa. Después de la exposición fotográfica nos hicimos buenos amigos. Me volví su paño de lágrimas para que ella desahogara sus problemas familiares y sus desventuras amorosas, su insatisfacción por lo que vivía. Comenzamos a salir cuando su novio pretextaba cualquier excusa para no estar con ella, tal vez cansado de pedirle a ella la famosa prueba de amor que tanto ella le rehusaba. Y es que él era otro personaje con larga cola que le pisaran. Era de admirarse lo que El Candela significaba en la vida de los hombres de este pueblo, habría que levantarle un monumento.

Al principio eran pequeños paseos al parque de San Román, en espera de la próxima lluvia o con su bicicleta y mis patines; después, con los mismos medios de transporte y diversión, hasta el Fuerte de San Miguel, donde sentados disfrutábamos de los atardeceres; y a la panorámica; al parque del Moch Couoh; al parque principal, para devorarnos casi un litro de helado de coco entre los dos; también íbamos a los restos del muelle cercanos a la ruina que antes había sido La Marina, y que a nosotros nos enojaría tanto que el gobierno comenzara a construir un costosísimo malecón hermosamente fuera de lugar, pese a que después la familia campechana tendría un espléndido sitio de esparcimiento y los jóvenes una bellísima vía para pasear en sus carros... Las zonas marginadas y rurales seguirían esperando algún programa social y/o productivo que los ayudara a seguir sobreviviendo sus miserias, aunque significara el costo de su voto para el nuevo gobierno, igualito a los demás...
María Luisa, después de mucho café, refrescos, cine, caminatas y risas, los días que nos podíamos ver, me confesó el amor que me tenía, pese a no desconocer mis transacciones con Sonia y su madre. También me confesó que Ausencio, su padrino, la había desvirgado a los catorce años “aprovechándose” del amor que ella sentía por él. Y entrecomillo la palabra porque ella misma reconoció después que en el fondo también lo había deseado. Pero ahora el odio hacia él era fuerte, desde el momento cuando lo descubrió con su madre. Ellos se dieron cuenta de que los había visto, no obstante que intentó pasar desapercibida; nunca nadie fue capaz de decir nada.
Para ella fue poco sorpresivo lo que yo agregué a la historia: lo que no sabía lo sospechaba y lo que sospechaba era lógico. Creo que el hecho de confirmar mis andanzas con Sonia y su mamá era una especie de venganza de ella hacia los dos. ¿Y tu padre? Uy, has de cuenta que es como un tutor venido a menos, que con cada logro en su trabajo me doy cuenta que menos vale... Cuando era una niña lo veía grande, lo admiraba, él me procuraba mucho... Con el tiempo me di cuenta que su único talento es cada sexenio pegársele al grupo del bueno y lambisconear un hueso. Siempre fue y será sub algo, nunca fue ni será jefe o director o secretario, siempre subjefe, subdirector, tal vez hasta subsecretario, y si se aventara a una campaña política para diputado o senador, él sería el sub del suplente... En casa ya casi no lo vemos porque siempre anda resolviéndole las broncas a sus jefes para que ellos se vayan tranquilos a descansar pensando que Clodualdito es muy eficiente y servicial... Habrá que recomendarlo a la próxima administración... y cuando está, luego luego se conecta a la tele y no hay poder humano que lo saque de ese estado hipnótico... claro que si queremos algo como dinero o un permiso o que firme mi boleta de calificaciones ese es el mejor momento para pedirlo...

María Luisa nunca más había tenido una relación sexual. Ni siquiera le había permitido a su novio que la tocara, pese a los reclamos de éste. Con tanta candidez me dijo que sabría esperar a que yo sintiera el mismo amor para entregarse a mí, con tanta verdad, como yo antes no había vivido. Pero no la amaba. Cierto que sentía un gran cariño por ella y que la admiraba por la frialdad y madurez con que tomaba las cosas, para una muchacha de su edad, pero no podía hacer menos que corresponder a su amor, a la entrega ya pactada con sus palabras. Y si la amaba tendría que ser porque lo sintiera y no como correspondencia a su sentimiento o mucho menos por la posibilidad de llevarla a la cama. Me hablaba de amor con tanto arrojo, con tanta honestidad, como hace tiempo ya se me había olvidado. Sus palabras me llegaron hasta lo más hondo y me arrancaron aquel sentir de antaño, cuando yo también me enamoraba sin medida.
El tiempo parece formar forúnculos en el corazón, y no es que se pierda el entusiasmo para enamorarse, sino que se llega al punto de amar pero con demasiadas reservas. Se aprende a definir si una relación merece involucrar el corazón o se queda en una mera calentura de algunas semanas, quizás meses. Incluso llega uno a involucrarse, a amar, a sabiendas de cómo va a terminar la relación y de la típica cicatriz que va a quedar después de todo. Hemos convertido el amor en una mera fecha para regalar bombones y flores y cartitas. Amamos con espíritu de perdedores, como si de entrada ya supiéramos que tarde o temprano eso que empieza terminará, y mejor es no estar dispuestos a dar hasta lo último en favor del amor, porque como tarde o temprano terminará pues no queremos sufrir... Ya nadie ama con osadía, sin siquiera pensar que se puede perder algo, como si el amor fuera una caja mágica la cual te quita las pertenencias, que te absorbe lo que tienes. Es más común en primera instancia estudiar el terreno, ¿cómo es ella?, ¿cómo es él?, ¿me conviene?, ¿no me conviene?, ¿qué futuro tengo con él o ella? Y se va uno involucrando con recelo, como si se metiera lentamente en el agua fría de un río... Esto, si conviene, si no, pajaritos a volar. Hemos tergiversado hasta la cursilería más ramplona al romanticismo, y ya nos olvidamos de la fuerza interna que esto provoca, del torrente de pasiones y amor que irremisiblemente conlleva cuando dos seres se ven envueltos en sus delicias. Hemos aprehendido a vivir el amor de la misma forma que hacemos con casi todo lo que nos rodea en este mundo de modernidades materiales, y lo hemos envasado en una botella de plástico y le ponemos en su superficie “desechable”, y ponemos en la calcomanía las instrucciones para triturar el envase y tirarlo a la basura, para no contaminar el medio ambiente.

Aspiro profundo, llenando lo más que puedo los pulmones. Aguanto hasta más no poder la respiración y luego exhalo lentamente, haciendo llegar el aire lo más lejos posible, hasta donde quisiera mandar a esos cuatro personajes que me traen como calzón de mujer de la vida galante, como alguna vez leí en unos documentos históricos que así llamaban a las prostitutas.
Y es que de veras que la vida a veces se comporta de forma ridícula, y el destino le ayuda un poco a complicarnos la existencia. Recapitulo de nuevo, tal vez para que me quede bien claro que como un idiota me involucré hasta el cuello en una situación peligrosa con dos mujeres que reclamaban posesión de mi persona. Dos hombres, los esposos, me reconocían públicamente como un hombre íntegro y de toda su confianza, Ausencio más, y me recalcaba todo el tiempo, como buen individuo de convicción, que lo que hacía grande al hombre es la honestidad; y allá lejos, como si estuviera entre las piernas de un escenario, una muchacha de apenas dieciocho años comenzaba a amarme, sin reparar en mis vicios y sublimando virtudes que ella me inventaba; y se divertía de forma casi grosera con el rol que yo jugaba en la vida de estas dos parejas; con la esperanza, lo que a mí más me conmovía, de que un día volteara mis ojos hacia ella.

Se necesitaría ser un poco actor para desempeñar el papel que actúas en esta comedia, ¿verdad? Por suerte, alguna vez lo fui y sí ayuda, no creas, pero no evita que a veces me sienta en una cuerda floja y sin nada a qué asirme, con el abismo a mis pies, esperándome. También tienes algo de poeta. Y en serio me gustaría escribir esta historia en vez de vivirla hasta sus últimas consecuencias, como está a punto de suceder. Ay, qué dramático. No, ojalá. Mira, te voy a poner un ejemplo, el otro día Sonia vino a mi casa y yo pensé que había llegado en taxi, como siempre lo hacía. Pero cuando se despide y salgo de mi casa para ver que no pase nadie y que ella pueda salir sin problemas veo su camioneta estacionada frente a mi casa, ella, como si nada, sale y se sube rápido, arreglándose el cabello, baja el cristal y me manda un beso, arranca y me deja con una cara de idiota que de seguro llegaba hasta el pavimento. Pero ¿a quién se le ocurre hacer eso? ¿Es que acaso ella es principiante en estas cuestiones? Su camioneta la conoce todo el mundo, el mismo que sabe que en esta cueva vivo yo... Ja, ja, jaaa... Su risa no es como las que me permiten saber que en poco tiempo las tendré cinceladas en mi mente, a la espera de acostarme con ellas. Es una risa como transparente que no oculta maldad porque no la tiene, es una risa que invita a enamorarse de ella. ¿Y sabes quién llega a los pocos minutos que he entrado a mi casa? Mi mamá... Exac... este... Sí, tu mamá. María Luisa rió todavía más, revolcándose y sujetando su estómago. Me preguntó que qué demonios había venido a hacer Sonia a mi casa, que si tenía algo que ver con ella... ah, ya me parecía, si ella fue la primera que me habló maravillas del joven Ángel, angelito de mi vida, como no... Son unos cabrones, y tú más... Hasta me golpeó. ¿Y tú qué hiciste?, ¿le hiciste el amor también a ella? Sí, pero después de convencerla que Sonia había venido por otra cosa, y que yo nada tenía que ver con ella, incluso ya me comenzaba a caer mal que insistiera tanto en venir a mi casa, imagínate, ¿qué puede pensar la gente cuando pasa y mira la camioneta de la señora Sonia estacionada en frente de la casa de un hombre soltero? Y rió hasta que el dolor en la barriga no le permitió más. Válgame Dios... Nos quedamos un rato callados... ¿A mí cómo me harías el amor? ¿cómo a Sonia o como a mi mamá?

Paréntesis

BOMBARDEAN RANCHO DE TEXAS, POR ERROR

FORT HOOD, EE.UU. (sic), 2 de febrero (DPA).- Un soldado de la base militar de Fort Hood, en el estado de Texas, se equivocó en 180 grados al calcular la dirección del disparo de un cañón, bombardeando por error un rancho a 12 kilómetros de allí. El disparo, según se informó, provocó grietas en las paredes y el fundamento del rancho, pero el granjero, Robert Shoaf, de 70 años, salió indemne. Fort Hood,...
Una de dos, o el absurdo no lo descubrieron quienes dicen haberlo descubierto y ha pervivido como una esencia innata en el comportamiento humano por los siglos de los siglos, o de verdad este mundo que hemos construido es una enorme estupidez; digo, fallar por 180 grados... Unos grados más o menos e igual le da a una ciudad entera, ¿qué más da? Errare humanum est. Y uno creyendo que sus infidelidades eran el fin del mundo, nimiedades...

Un estate-quieto


Los golpes llegan a mi cuerpo como estacas, tal vez como advertencias, tal vez como una simple diversión, tal vez para matar el aburrimiento a la espera de no ser yo al que maten, o tal vez por pasar por el lugar y momento equivocado... Aniquilan cualquier intento por indagar qué sucede. Y lo único que me interesa es esperar, lo menos madreado posible, que el último golpe llegue pronto y rápido, y me permitan descansar en este alivio que no pretende preguntar nada.
A mi alrededor se asienta un feliz silencio y una tranquilidad apenas turbada por el latir de mi corazón bombeando sangre dolorosamente a mis heridas. Cada gota que se filtra al exterior me parece una catarata que me vacía, y es que vaya que la sangre es escandalosa... Me duele quejarme, por eso no lo hago... me duele pensar en la situación en la que estoy, por eso no pienso en ello... me duele saber que estoy tirado en la calle, cercenado arteramente, mutilado quizás, desangrándome hasta morir... y mejor no pensar en ello, y dejarme llevar por un sentimiento sin sentido que lo que más quiere es olvidarse de todo, porque hasta el más lejano pensamiento embota la mente, y eso también duele.
Por eso, si por mí fuera, me hubiera quedado allí, tirado y sin hacer nada... pero esa tranquilidad deliciosa duró muy poco, unos cuantos suspiros nomás, entre los dos maremagnums: la oleada de golpes y patadas salidos de quién sabe dónde y las luces y sirenas y las manos que lo revisaban a uno y las miradas que indagaban heridas peligrosas y graves, y esos sonidos horrendos metálicos de los utensilios médicos auscultándome por todas partes... Y ahí es cuando precisamente comencé a sentir un terrible dolor en todo el cuerpo; en ese momento precisamente me hicieron consciente de que había sido víctima de una paliza, y las preguntas más me informaron de mi estado que mis propias respuestas.
¿Por qué siempre tendrán ese don de decorar espantosamente los techos de los hospitales, recordándole en todo instante a uno, cuando los ve de esa manera, que se está en pésimo estado? Deberían pensar un poco en quienes tenemos que pasar al menos una noche en Urgencias y, no sé, igual y consultarlo con un psicólogo sobre los motivos para poner en los techos, que invariablemente no podemos dejar de ver, y que nos podrían hacer olvidar un poco nuestra lastimera condición. En fin... tampoco el movimiento ajetreado de esa noche en el hospital me permitió condolerme de mí mismo; como que siempre es gratificante saber que por lo menos hay alguien que llega en peores condiciones que uno, aunque sea una melodramática y nada respetable forma de darse ánimos.
Cuando llegué a mi casa, gracias a las consideraciones de no sé quién en el hospital y que amablemente me llevaron hasta mi puerta, después de pasar varias horas bajo vigilancia médica al desamparo más desolador, empecé a preguntarme sobre lo que había sucedido la noche anterior. Pensar en una venganza, al viejo estilo de estate quieto y no la hagas de tos, me parecía más una llamada de atención de mi paranoia, que por esos días estaba a flor de piel y con justa razón, que un asunto real. Y es que ni Clodualdo ni Ausencio podían tener el descaro de hacerme eso, cuando sabía yo tanto de lo que a espaldas de su casa ellos hacían; y nada más pensar en que ellos habían planeado... no, Ángel, por favor, deja de ver tanta película. Y preferí darle una explicación más lógica a ese pedazo de accidente, como una llamada de atención del destino que era quien me decía, mi hijo, la estás regando y o te aclimatas o te aclimueres, utilizando jerga de la calle.

A los pocos días, cuando mi convalecencia iba en mejoría y ya apenas los moretones eran recuerdos desagradables, no así los dolores internos y de mis músculos molidos a palos, si alguien me preguntaba sobre mi desaparición inexplicable, le echaba la culpa a un horrendo dengue que me había tumbado en cama por varios días, y que apenas hasta entonces podía ya salir a tomar un poco de aire. Días, por otra parte, en los que pude razonar sobre la manera tan canija en que llamamos a nuestra suerte. Me explico: días antes de que me dieran esa paliza me encontraba trabajando en la computadora de la oficina de Ausencio. Ya todas las oficinas estaban cerradas, y no sé en qué momento se había hecho tan noche que cualquier ruido llamaba a mis fantasmas, y en un momento me sentí presa de la peor emboscada pasional. Me imaginé los clásicos pasos de zapatos negros acercándose hacia donde yo estaba, sigilosamente, pero con el suficiente sonido para dejarme notar que había llegado la hora de rendir cuentas. Fue tan verídico ese sentimiento y me dio tal pavor, que cuando me encontré en la calle liberado de mis temores y delirios de persecución pude darme cuenta de que igual y en cualquier momento podía darme por servido si dejaban algún resquicio de vida en mi ser, por andarme metiendo en camisa de once varas, como dicen, y a la fecha sigo sin saber por qué lo dicen, pues desconozco el significado.
Una lección sí podía yo aprender de todo eso que me había sucedido, y era un llamado a la cordura y al razonamiento. Igual y sí se trataba únicamente de un estado de paranoia inspirado en aquel proverbio del que nada debe nada teme, pero como que yo no era un ejemplo de cuentas limpias que digamos, así es que decidí aprovechar la ocasión para bajarme del avión e irme a pie.
Sonia, por supuesto, en los días subsecuentes, comenzó a molestarse por mis evasivas; a Cecilia afortunadamente una semana antes le había entregado todo el trabajo de su tienda, así es que entonces pocos motivos la acercaban a mí; y a Ausencio y Clodualdo comencé a darles vueltas a sus demandas, pretextando cualquier posible excusa tonta que me alejara de ellos, y más cuando ningún motivo, ni siquiera una mejor recompensa económica, podría hacer que regresara frente a esa computadora.
Y María Luisa fue la única en saber lo que me había pasado, temiendo que sí se trataba de una revancha, lo que la hizo enojarse mucho cada vez que pensaba en ello, sin poderla yo sacar de eso, pese a mis negativas o intentos por hablar de otra cosa. Culpaba a su padre, a su padrino, a su madre y madrina y, también por qué no, a mí, de todo lo que me había pasado. Y se culpaba además a ella, por no hacer nada y dejarnos seguir nuestro jueguito imbécil.
Cómo es uno de hipócrita... Durante mucho tiempo se las da uno de muy independiente y que le gusta estar solo y... nada que... María Luisa llegaba a mi casa y mi semblante cambiaba completamente al desvalido y débil víctima de una injusticia, y ella se aprestaba a socorrerme y consolarme, con algún traste con comida y una bolsa llena con menjurjes preparados por ella, para aliviar mis santas penas. O, en otras ocasiones, traía los implementos necesarios para hacerme de comer, o apenas le había sido posible traer cualquier paquete de galletas y un poco de carnes frías que, al calor de una buena música, degustábamos juntos en la cama. Y yo, en un intento de aparentar una franca recuperación, me hacía el chistosito y la hacía reír a carcajadas... Y es que cómo me gustaba su risa, era una especie de medicina que me hacía sentir la mar de bien.
Mi espalda seguía molida por las patadas y ella solícita me quitaba la camisa, me acostaba boca abajo y se sentaba en mi cadera, para darme masajes y hacer unos ejercicios de estiramiento a mis brazos que sencillamente me martirizaban, pero lo hacía con tanto amor que era imposible rehusarme a seguir padeciendo tamaño suplicio.

Dejó sus manos recorriendo mi espalda suavemente, haciéndome notar que el masaje se había transformado en caricia. Podía sentir el nerviosismo en sus dedos que hacían hasta lo imposible por no aferrarse a mi piel. Detuvo su carrera al llegar a mis hombros. Su cabello acariciaba mi columna, provocándome un escalofrío delicioso. Ella no podía contener su respiración. Sus manos resbalaron y cayó suavemente recostada en mi espalda. Te quiero... y me dio un beso en la mejilla... Con sus brazos abrazó mi cabeza. Y su pecho me dejaba sentir su corazón acelerado. Ángel... ¿te molesta si me quito la blusa?... es que estoy muy acalorada... y en un movimiento rápido se la quitó, casi sin esperar mi aprobación, envolviendo mi cara con su cabello y su respiración agitada, llena de emoción de recostar su torso desnudo en mi piel. Ángel... Sí, Marilú, quítate lo que quieras... Pensaba también quitarte tus shorts, para quedarnos así... ¿te molesta si desnudos nos quedamos así? Perdóname por ser mala, pero quiero sentirte así... nada más... ¿te molesta? No, niña. Alcé un poco mi pelvis para que le fuera más fácil quitarme los boxers de abuelito que ella eufemísticamente llamaba shorts. Se levantó para quitarse todo, mientras yo cerraba mis ojos y la imaginaba grandiosamente hermosa, como una flor recién abriendo sus pétalos dispuesta a dejarse acariciar por la brisa; y suavemente fue recostándose encima de mí, permitiéndome sentirla parte por parte. Marilú, quiero decirte... Ssshhh... no digas nada. Yo sé que me harás el amor cuando me ames... y aunque ya me ames, ahorita no estás en condiciones de hacérmelo.
Y después ella regresaba a verme como si nada hubiese ocurrido, como si el día anterior no hubiéramos estado tan cerca. Y no se volvía a tocar el tema. Yo la miraba, disfrutando la manera en que sutilmente se iba apoderando de espacios míos. Por eso cuando mi convalecencia pasó al plano de ejercitar el cuerpo, salir a la calle para hacer ejercicio fue el mejor pretexto para sacarla de mis terrenos, y mi motivo no era alejarla de mi lado, pero antes debía terminar, por lo menos, con las relaciones que sostenía con su madre y Sonia, y así no dar pie a nada que obstaculizara eso que florecía entre ella y yo.
Renaciendo

Y es que en verdad me sentía renacer en el proceso de liberarme de lo que ya no quería seguir formando parte y, por el otro extremo, acercándome a lo que comenzaba a vivir. A veces pienso que sucedió demasiado tarde; tal vez si me hubiera fajado, reconociendo desde antes lo que ya sentía tanto por lo que pasaba con los cuatro compadres como por María Luisa, no hubiesen sucedido tales acontecimientos. Pero por lo menos esto último todavía tuvo que batallar un poco con mi terquedad. Y lo que más me empujó al cambio fue cuando me descubrí harto de que los primeros dispusieran de mí a su antojo, y en parte la culpa había sido mía, pues desde el primer instante en que nos conocimos se los permití. En un principio había sido una actitud cómoda de mi parte: de pronto ellos requirieron algo mío, me retribuyeron y luego se hizo costumbre, y mi única obligación era cumplir. Entendí que en ese momento tal situación se había amoldado perfectamente a mis necesidades o, más bien, fui yo quien se amoldó a la perfección a la circunstancia, y más tomando en cuenta que en ese momento mi postura era de total abandono a todo aquello que pudiera significar un compromiso en todos sentidos. Pero después de un tiempo comenzó a molestarme tan solo el hecho de pensar que alguno de ellos, tarde o temprano, pasaría para llevarme a cumplir sus necesidades y/o inquietudes, sin siquiera preguntar nada sobre mis planes presentes. Llegó a tal grado, que al amanecer tiraba una moneda al aire para apostar conmigo mismo quién sería el que en esa jornada diurna se adueñaría de mi vida, ¡y hasta con detalles! Más de una vez me gané, incluidos los detalles... Francamente ya comenzaba a aburrirme, y hacía el mayor esfuerzo para convencerme de que era por aburrición que ya quería yo alejarme de todos ellos, porque tan solo pensar que María Luisa comenzaba a pesar para tomar tal decisión me causaba nervios. Bueno... de eso me daría cuenta más adelante, que no nada más era ella.
Me escondía en las cantinas, con los poetas o a solas; en casa, y había que ver lo precioso que me quedó el patio de atrás después de días enteros de dedicarme a limpiarlo y llenarlo de plantas y flores... hasta aquel refrigerador maltrecho se convirtió en un curioso mueble; o en el trabajo de otros amigos, a entretenerme, asombrado, con la plática vertiginosa de los burócratas compañeros, que tenían una capacidad espeluznante para abrir la boca por mucho tiempo sin decir nada realmente, que tenían la sorprendente agilidad para hallar mil actividades para dejar de hacer su trabajo; o me iba a la biblioteca, a descubrir algún pasaje interesante y desconocido de las importantes compilaciones de Vogue y Cosmopolitan que guardaban en una de las estanterías; o caminaba por la costera, azotado por un sol inclemente, pero al menos lejos de ellos; o cualquier banca del parque más inopinado era suficiente para perderme por horas en la lectura. Salía a vagar por las calles o me encerraba en mi casa, de la cual ya solo María Luisa me sacaba o comenzaba a tener un peligroso acceso, rescatándome de mi aislamiento; y una vez con ella podía sentirme seguro, pero después de una gran lucha en mi interior, porque si tenía yo la decisión, tan solo unos segundos después de verla, cuando podía percibir un gran conflicto interno entre aventarme a sus brazos y entregarme a amarla y, por la otra, salir corriendo despavorido, renuente a comprometerme, pues ganaba esta última opción. Y lo peor es que ella, en un enorme estoicismo que me dolía al alma, respetaba mi terquedad por mantener una distancia que los dos sabíamos se iba acortando cada vez más; o a veces no sabía si era una prudente paciencia de mujer que sabe lo que quiere y sin remedio lo conseguirá, pésele a quien le pese... Y, cuando lograba resistir mi grito por escapar y, sobre todo, me daba una tregua en la tatema para no seguir atormentándome y dejar que sucedieran las cosas, nos íbamos al cine, al café, al parque a atiborrarnos por enésima ocasión de helado de coco, a la librería... por ahí, a jugar en los charcos y a ver quién quedaba más empapado por el otro, si es que una espléndida lluvia tenía a bien remojar nuestros cuerpos... como esa tarde, cuando la camioneta se detuvo a nuestro lado, apenas bajando el vidrio a medias, para dejarnos ver los ojos de Sonia, que nos escudriñaban inquisidores. ¡Hola, madrina!, la saludó María Luisa. Mira nomás qué mojada se están dando... ¿cómo están? Bien, madrina... Oyes, hijita, hazme un favor, ¿quieres?, que con esta lluvia es imposible bajarse del carro y no acabar como ustedes. Sí, madrina. Veme a comprar unos cigarros a la tienda, hijita. Como una niña inocente que no vio las malas intenciones, María Luisa tomó el dinero y corrió a la tienda. Yo me quedé parado a unos diez metros del vehículo, mirando hacia el interior, en espera de que aquella no tardara mucho. ¿Cómo has estado?, me preguntó, sin conseguir respuesta. ¿Qué ahora Cecilia te paga para que seas la niñera de su hija? Lo hago por gusto. Aunque te parezca increíble, me gusta estar con María Luisa. Ay, por favor, si es una niñita tonta... Miró mi reacción y trató de corregir. Oyes, Ángel... Afortunadamente María Luisa venía de regreso. Oye, tía, perdón pero no tienen de los que tú fumas... Ay, hija, no importa, cómprame de los que quieras, que me muero por un cigarro. Y María Luisa volvió a correr hacia la tienda, sin todavía darse cuenta de que el móvil de aquella era alejarla. ¿Estás enojado conmigo? No estoy enojado, ya te dije la vez pasada que... Sí, mi vida, pero tampoco es para que me ignores. Está bien una distancia, pero no te olvides que te amo y no quiero que me dejes de... ¿No entiendes que ya no quiero jugarme el pellejo contigo? Ay, pues a mí me encanta jugarte el pellejo, corazón... No mames, Sonia, sabes a qué me refiero. Ay, pues no mames tú, fíjate, estás exagerando demasiado, a mí se me hace que... ¿Qué? Se contuvo, tal vez más por no evidenciarnos ante su ahijada, que en cualquier momento podía regresar. Ay, olvídalo, ¿quieres? Luego te busco, cuando no la esté haciendo de niñera, bye. Cerró la ventana y arrancó la camioneta. Me quedé parado en el mismo lugar, mirando hacia la tienda, atraído por la silueta de María Luisa corriendo hacia mí, quitándome el mal sabor de boca. ¿Qué pasó? Nada, creo que acabo de empezar a quitarme un enorme peso de encima.

Caminaba otra tarde de regreso a casa, después de haber masacrado con los poetas y otros parroquianos las existencias de cuanta cantina se nos puso enfrente en la ciudad intramuros, es decir, el Centro Histórico, rodeado de los restos que intereses particulares habían dejado de la muralla en pie, y que, puedo aventurar a afirmar que es la zona que más cantinas tiene, en proporción con las calles y cuadras que la conforman, en todo el mundo. Entre pláticas excelsas literarias y temas triviales como las nalgas de la Corcholata que tanto le fascinaban a uno de los poetas y ¿a poco tú no le metías la verga, poeta, ah? Y mi sonrisa y cara de ebrio le dejó ver que no, que yo no le haría eso, poeta, yo le haría el amor suavecito y coqueto... Una exquisita y sonora carcajada de los tres festejó la puntada. Puta, cabrón, tú sí que me saliste chingón, coño... Y el otro remató, eres tan cabronamente enamorado, poeta, que no dudo que hasta cuartito le pongas... Y los tres volvimos a ahogarnos en risas. Salud, poetas... y los tres levantamos las botellas de cerveza y brindamos nuestro alcoholismo y gozo.
Pero cuando yo ya iba de camino a casa, decía, se detuvo a mi lado la camioneta de Ausencio. ¡Qué bueno que te encuentro, súbete! Y me subí, más por una opción de seguirla o porque francamente me estaba cayendo de borracho, que por adquirir la clásica actitud mía de a sus órdenes, querido amigo, pa’lo que guste y mande, actitud que, por otra parte, ya había decidido no volver a adoptar. En el asiento del copiloto estaba un señor enorme y rubio, que no me dejaba de mirar de forma pícara y con una sonrisa muy amplia; a mi lado entonces descubrí a dos descomunales mujeres, por lo grandes que eran, también rubias, una de ellas de la misma edad que el señor de adelante y la otra más joven; lo cual me hizo reconocer, no obstante mi estado, que ellos no eran de por esos rumbos. Mira, Ángel, te presento al “mecié” Mark Ouiouiouí, y a su señora esposa, “madam” Genevieve Ouiouiouí y a su hija Francoise Ouiouiouí. Ah, mucho gusto, Ángel. ¿Ángel?, preguntaron al unísono, con un acento encantador. Ángel, no seas cabrón y ayúdame con ellos, hermano, no les entiendo ni puta madre. Pero yo no sé francés, coño. ¿Y qué?, sabes inglés, ¿no? Ah, y nos agarramos una conversación en inglés, que me salía bastante fluidito más por mi estado de embriaguez que por mi dominio del idioma. Ausencio se sintió amo y señor de la escena, paseando por las maravillas campechanas a una tercia de franceses, con intérprete personal y toda la cosa, alardeando de la riqueza cultural del Campeche moderno, de lo importante que era su historia... y yo, a mi vez, daba mi muy personal traducción a cuanto aquél decía. Y es que en verdad era una delicia visitar cuanta muestra de la grandeza colonial del Campeche del siglo pasado, pero a mi parecer no había ya ninguna conexión entre aquel Campeche y el contemporáneo, y menos cuando se preciaban de esa cultura, palabra socorrida por los políticos desde que comenzaron su carrera por el reconocimiento mundial de la ciudad como Patrimonio Cultural de la Humanidad... sí, cómo no. A ver, queridos franchutes, ¿quieren en verdad conocer la riqueza de la cultura moderna del campechano? Pues vámonos por sus calles a ver si es cierto que los muertos de hambre, esos quienes van vendiendo sus miserias, tienen algo que ver con la figura romántica del ancestral pregonero; vamos a su mercado, vamos a su nuevo malecón turístico, para darnos cuenta de su riqueza cultural contemporánea, pidamos posada en alguna casa y dejemos que nos inviten de sus riquezas culturales... Mark y yo en poco tiempo nos enfrascamos en una exquisita discusión sobre la filosofía de la cultura, donde apenas hacía traducción a Ausencio, y las otras dos nos miraban asombradas por el nivel, ya no de la discusión, sino de la embriaguez con que nos enfrascábamos en el tema. Vieja escuela la suya, je... y había que ver con qué desfachatez arremetía contra sus posturas, ante su sorpresa y agrado. No, mecié, la cosa ahora va por otro lado..., y arremetí con todos los preceptos de los cuales me acordaba haber revisado, apenas unos años atrás, en la universidad o en cursos aislados, donde como la base es la cuestión cultural, dadas mis inclinaciones académicas, había salido a relucir mil veces tanto concepto como había sido inventado sobre el tema. Pero el mejor, para mí, mecié, se lo escuché al primer presidente de la Sociedad General de Escritores de México, un argentino muy fino, che, que en pe de, y que hay que ver la ironía hasta en ese punto, un presidente de la Sociedad de Escritores de México, argentino, la pucha... Y los cuatro reímos, ante la mirada estúpida de Ausencio. ¿Qué les dijistes, cabrón? Nada, el chiste del perico en el convento. Y rió a más no poder, haciéndole gestos a los otros de que qué curiosito era yo. Pues aquél que no quedará en la historia por sus escritos, si quedara para mí por lo que dijo con respecto a la cultura: “que es la huella del paso del hombre por las cosas”. Y aquellos me miraron con un gesto de asombro y aprobación. ¿Ora qué les dijistes? Nada, les estoy contando la historia del pirata Lorencillo. A su ma... tú sí que la estás armando, chito... Y si nos dejamos llevar por esa definición... Regresé con los demás..., estarán de acuerdo conmigo que tal cultura de la cual se precian ser herederos acá mis medio paisanos, pues nada tiene que ver con la cultura actual, ¿no es cierto? Y sin dudarlo los tres movieron la cabeza afirmativamente. Estamos más emparentados actualmente con una cultura populachera que las grandes empresas comerciales nos están metiendo por el culo como lo bueno y lo único. Soltaron una gran carcajada los tres. Y lo peor de todo es que acá y en todos lados se la creen, y cuidado dices algo en contra, si habrían de ver que hace poco casi me linchan en casa de unos amigos de mi abuelo cuando se me ocurrió comentar que Raúl Velasco, un conductor mexicano de un programa de televisión, era un pobre idiota ignorante... Puta... si no es por mi abuelo, me matan, me cae... ¿Qué les dijistes?, cabrón, tradúceme... Les dije que ustedes los campechanos son los herederos merecedores de una cultura digna de ser reconocida como una de las más valiosas joyas de la Historia Universal, así con altas. ¿Eso les dijistes? Eso mero. A su... y ha puesto una cara de orgullo y de cómo la ven, ‘ches franceses.
Cuando tocó el turno de irnos a cenar, Ausencio me hizo una propuesta de irnos después todos a seguirla a un bar y, si no me apendejaba, quien quitaba y hasta me cogía a la hija del francesito... pobre Ausencio... era él el único que no podía entender ni jota de lo que se decía entre nosotros cuatro, ni entre ellos, en francés, pero nunca tuvo la precaución de pensar si acaso aquellos tal vez sí comprendieran algo del español y vaya que entendió Mark, pues lo miró con unos ojos que casi le dan una paliza, se levantó, dijo tres palabras a las mujeres, que también cambiaron su semblante, se despidieron y me dieron las gracias por tan amena tarde, remataron a Ausencio con una despedida gélida y se retiraron a su hotel. ¿Qué pasó?, me preguntó. Nada, que parece que no les agradó tu idea de irnos a chupar y de que me cogiera a su hija. No mames, ¿entendieron lo que dije? Así parece. Y soltó una carcajada enorme. Pobres pendejos, ¿pues qué se creen?... Órale, pinche Ángel, zúmbate esa chela y vámonos al Candela los dos. ¿Sabes qué...?, le iba a decir, pero vi en su mirada que era inútil. Cualquier cosa que le dijera sería un desperdicio de palabras, pues no había posibilidad alguna de que entendiera su pésima actitud y menos una intención de corregirla, porque según él no estaba equivocado, así es que bajé la guardia. Ahí te ves... Me paré, me tomé el resto de la chela y me fui caminando tranquilamente a casa. Y opuesto a lo que imaginé, él no hizo intento alguno por alcanzarme, lo cual me hizo sentir todavía mucho mejor, tanto, que los primeros estertores de la cruda no me hicieron mella.

De nuevo Cecilia fue la única que entendió mi comportamiento, y todavía tuvo el interés de indagar más allá de la superficie que yo demostraba, por decirlo de alguna manera; claro que también sin dejarle de doler la separación que yo pedía y reclamármelo. Eres un cabroncito, Ángel, llegas y dejas que la gente te abra su corazón, y cuando ya no te sirve o te estorba, nos mandas a todos a la chingada. No es que los esté mandando a la chingada, Cecilia, lo que pasa es que estoy hasta el cuello en este rollo, ¿no entiendes? Tanto tu marido como Ausencio se la pasan buscándome y no dejan de hacerme sentir como un perro al que sacan a pasear a su antojo, y luego Sonia... Sí, Sonia y yo nos la pasamos reclamándote amoríos que los otros ya no nos dan a gusto y placer nuestro, ¿no? Su respuesta-interrupción me dejó helado, sin saber qué contestar. Mira, Ángel, has lo que quieras, yo pienso que nunca has dejado de hacerlo, aunque creas que tu vida aparentemente está en manos de cuatro monstruos que te absorben todo tu tiempo y te esclavizan, a mí me parece que te la estás pasando muy bien, tal vez como nunca, dos señores influyentes se la pasan llevándote a pasear a todas partes, y te pagan todo y encima hasta con dinero y especie... Su mirada no me dejó descubrir a qué se refería ese guiño... Te llevan a los mejores antros de la zona, a los mejores restaurantes, a veces acompañados de nosotras, y bueno, perdóname, pero me divierte ver tu carita nerviosa al mirarme o mirar a Sonia y descubrir nuestras negras intenciones... ¿Ya sabías lo de Sonia y yo?, me miró como pidiéndome que no dijera estupideces y continuó... Te estás cogiendo sin ningún compromiso que te ate a dos mujeres que sí es cierto que ya no somos unas jovencitas, pero tampoco estamos para la basura... tienes todo el tiempo del mundo para hacer tus cosas, estás fotografiando, estás diseñando, estás escribiendo... Lo que pasa es que... No, Ángel, lo que te pasa es que traes mucho ruido en la cabeza y más te vale que sí te alejes de nosotros, pero para que descubras qué es lo que te está molestando. Traté de defenderme, pero fue inútil. Lo único que te digo es que no se me hace justo que nos mandes a la chingada, nosotros no te hemos fallado.
Cuánta razón tenía, como siempre... como siempre había sido la mente lúcida del grupo. Pero no me atreví a decirle que María Luisa comenzaba a dolerme mucho, como si no quisiera reconocer que comenzaba a significar algo para mí, o que no sabía si ese dolor era por haberla encontrado cuando justamente vivía ese supuesto paraíso que ella tan bien describió, y que según yo era lo que deseaba vivir: una vida sin compromisos, sin necesidad de tener que rendirle cuentas a nadie; pero en ese momento María Luisa se entrometía, haciéndome reconocer que aquello no era lo que realmente yo deseaba para mí, sino precisamente a lo que le rehuía, y que ella con tal desenfado estaba en la mayor disposición de entregarme... y fui un idiota, porque estoy seguro que Cecilia lo hubiera entendido y tal vez hasta nos hubiera apoyado.

Reconstruyendo


A manera de terapia ocupacional y desahogo, compré como todo un conocedor, que no era, por cierto, los implementos necesarios para pintar. Tapicé las paredes de mi cuarto con papel kraft y saqué la línea a pasear, como diría un amigo pintor, él sí, y tiré manchas de colores por aquí y por allá, suavizándolas con trapos mojados. María Luisa fue testigo silencioso de todo el proceso, testificando y respetando más mi expiación, que mis inspiraciones. Por horas se acostaba en mi cama para verme trabajar o tomaba uno de mis libros y leía por ratos, o se la pasaba inmersa en mis discos y cintas, ofrendándome un concierto musical digno de arrancarme las mejores figuras plásticas.
Ya Cecilia y Sonia comenzaban a hacerse a la idea y me dejaron en paz, por lo menos un tiempo, aunque no dejaron de aprovechar cualquier momento en que nos encontrábamos en la calle para quejarse de mis pretextos. Quien no dejó de molestar fue el asistente de Clodualdo, que una tarde se entercó y casi rompe uno de los vidrios de la puerta, cuando María Luisa y yo nos encontrábamos inmersos en nuestros asuntos. Que dice el licenciado que si puede ir a verle, que necesita encargarle un trabajo, me espetó apenas abrí la puerta. Ya ni siquiera la visión de la nevera me produjo una atracción. Dígale, por favor, que me disculpe, pero no puedo ir ahora porque estoy muy ocupado. Cerré la puerta sintiendo que otro peso más comenzaba a quitarme de encima. Ay, ese mi padre... si supiera que estoy aquí contigo... sonrió María Luisa. Y seguimos en nuestro retiro espiritual. Al rato regresó el asistente y volvió a aferrarse a la puerta. Este... que dice el licenciado que le urge mucho que vaya a verlo, me dijo que no le va a llevar mucho tiempo y que si quiere al rato yo lo regreso a su casa de usted. Dígale al licenciado que me perdone, pero que estoy haciendo algo que no puedo dejar de hacer. ¿Qué está haciendo? Vaya, la pregunta, y es que por acá esconden una supuesta curiosidad inocente en un cínico entrometerse en la vida ajena. Cualquier respuesta hubiera sido en vano. A usted qué le importa, no; estoy haciendo la obra maestra de la plástica mexicana de finales del siglo veinte, tampoco; va y le dice al licenciado que me estoy cogiendo a su hija, mmmh, antojable y atractiva, pero muy peligrosa, no; dígale, por favor, que me estoy rascando los huevos, no huevos no, los güevos, eso sí, dígale que me estoy rascando los güevos y que por eso no puedo ir a verle. Cerré la puerta ante la inusitada expresión de ¿mande? del asistente. Entonces sí que comenzaría ese peso a quitarse de encima, aunque también cabía la posibilidad de que la próxima insistencia fuera por parte de Clodualdo, aunque francamente me parecía muy remota esa opción. María Luisa tuvo que hacer un esfuerzo descomunal y titánico por no soltar la carcajada y ser descubierta por el asistente de su padre. Tan pronto escuchamos que la camioneta se alejó, ella pudo liberar su risa. De veras que te pasas, ¿por qué le dijiste eso? Para que me dejaran de joder, coño. Y festejó por un buen rato la elocuencia mía.
Mientras descargaba pinceladas y líneas de carboncillo sobre el papel, me sucedía una acción doble: por un lado en cada golpe descargaba y me deshacía de la influencia de aquellos cuatro, y por la otra parte, al vaciarme de esas sensaciones, podía sentir la influencia de la mirada tierna y enamorada de María Luisa. Ay, María Luisa, María Luisa... y metía el pincel en el bote y descargaba grandes brochazos sobre el papel, que después suavizaba o esparcía con los trapos húmedos o con un chorro de agua. Ella, a mi espalda, tal vez disfrutaba de una danza en la cual le parecía hacer yo un rito purificador y en poco tiempo estar listo para amarla.
Me gustaría que me pintaras desnuda en ese cuadro... Si hubiera podido hacer físicamente lo que sentí en mi interior ante tal propuesta soltada como si tal cosa, hubiera sujetado uno de los botes de pintura y me lo pondría de sombrero. Creo que yo también pertenezco a ese cuadro, ¿no te parece? Sí, lo sé, pero ¿por qué desnuda? No lo sé, a lo mejor es más por mí, que me gustaría estar desnuda, también para deshacerme de algunas cosas que me cubren. Me quedé un rato en silencio, imaginándola desnuda, posando para mí. Si te pintara así, tendría que guardar la pintura y no era esa mi intención. ¿Entonces?, me preguntó. No sé, había pensado que después de desahogarme por completo quitarlo y prenderle fuego en el patio de atrás, para terminar con el exorcismo. Pues hazlo, mientras a mí no me quemes literalmente, todo está bien. Volteé a mirarla. ¿Quieres que te pinte desnuda? Ella no esperó mi respuesta y comenzó a quitarse la blusa, sin dejar de mirarme. Y como el consabido caso de interrupción en el momento más oportuno es inevitable y parece una costumbre por estos lares, sonó la bocina de un carro que para mí era inconfundible, y más la voz de uno de mis mejores amigos: ¡Chupando que es gerundio! Y escuchamos la risa de él y su mujer. María Luisa y yo no dejamos de mirarnos. Ella continuó desabrochándose la blusa. Se la quitó rápidamente, tratando de controlar un evidente nerviosismo, se acostó en la cama y levantando la cadera se quitó los pantalones, quedando en ropa interior. La bocina volvió a sonar. ¡Órale, compadre, vámonos de pedos!, gritó la mujer de mi amigo, secundada por las risas y afirmaciones de éste. María Luisa sonrió. ¿Te quieres ir de pedo con ellos?, me preguntó como si me ofreciera más hacerle el amor que pintarla. ¡Estoy ocupado!, les grité a los de afuera. Vaya, había veces que de plano mi cerebro no era tan lúcido para dar respuestas. Un pequeño instante de silencio, una eterna mirada intensa entre María Luisa y yo, un segundo de duda de aquellos. ¿Cacoqueco?, gritó mi compadre. ¡Sí!, le contesté. ¡Provecho!, gritaron los dos recabrones, envueltos en una hilarante carcajada, provocándome una sonrisa cómplice. Arrancó el auto y se alejó, para llevar al malecón a aquel par a empedarse inmisericordes. ¿Qué es cacoqueco?, me preguntó María Luisa, ¿qué si estás cogiendo? Esbocé una amplia sonrisa. Sí. Y reímos los dos. Y... ¿quieres hacerlo?, me preguntó inocentemente, pero con una sonrisa traviesa y la mirada chispeante. María Lui... Perdón, perdón, discúlpame por haber dicho eso... lo siento... Bastante perturbada, comenzó a vestirse de nuevo. Sabes que me fascinaría hacer el amor contigo, pero es eso precisamente lo que quiero hacerte, y no coger contigo nomás, y todavía... Ella se acercó y puso su mano sobre mi boca. Sshhh... no digas nada, ya lo sé. Perdóname por la imprudencia. Se alejó un poco y comenzó a entretenerse en lo primero que encontró, para aligerar su nerviosismo. Me acerqué por detrás. Yo sabía que no debía hacerlo, pero no pude evitar la atracción tan brutal que sentí hacia ella. En ese entretenerse, desde que separó sus dedos de mi boca, y que estuve a punto de besar, la miré hermosa y espléndida, más hermosa que hacía un rato cuando me había dejado verla casi desnuda, irresistible. La abracé y ella se sujetó a mis brazos y soltó un suspiro delicioso. Escurriéndose alrededor de mi abrazo, se dio la vuelta para perderse entre mis labios, en un beso que nos hizo sentir un torbellino envolviéndonos. De pronto ella se separó bruscamente. Este... creo que mejor me voy. Sus ojos buscaron con nerviosismo y al borde del llanto la salida. En un suspiro me había quedado yo solo, sin siquiera atreverme a decirle: Marilú, quédate, pero ya quédate conmigo para siempre.

Esa fue la noche en que ella escribió la carta a su padre.

La confesión


Yo maté a mi padre, Ángel... De no haber percibido de inmediato el tono con que María Luisa dijo esta frase, hubiera pensado en una espléndida broma negra, y me hubiera reído sin poder controlarme, con peligro de despertar a los pocos que quedaban en el funeral, desperdigados y medio acostados en las sillas de la sala adjunta. ¿De qué hablas? El viernes pasado, cuando salí de tu casa, me sentía muy mal. Me quería morir. ¿Te molestó algo de lo que...? No lo sé, Ángel, no me veas así... Soy una pendeja... No digas eso, Marilú... Llegué a mi casa y no había nadie... me sentí muy sola... todo comenzó a darme vueltas. No quería que me dolieras tanto... ya no quería sentir tanto dolor... ya no quería ser fuerte... No sé cómo fue que saqué todas las pastillas que mi mamá tenía en el botiquín de su baño y las puse en un cenicero, al lado de una botella de vino que me estaba tomando... Marilú... Estaba sola, Ángel... seguramente mi papá estaba con Sonia, porque me habló para decirme que llegaría hasta más tarde, y con un tonito de voz... y mi mamá con... ¿quién sabe con quién?, igual y te había ido a ver... el chiste es no pasarse sola la noche del viernes, ¿no?... Cómo deseé que llegara mi padrino para desgraciarle la vida... Cuando me di cuenta ya me había tomado todas las pastillas. Pero yo creo que con el vino me sentaron muy mal, porque al rato tuve que salir corriendo al baño a vomitar todo... Me sentía fatal. Todo me daba vueltas. Todo me temblaba... todo lo veía borroso, y como en partes... Después ya estaba de nuevo en mi cuarto y escribí como pude una carta para mi papá, contándole todo... lo que me hizo mi padrino, cómo lo amé y luego lo odié, cuando lo descubrí con mi mamá, y lo que hacían desde entonces, y él con mi madrina. Le conté también de ti... ¿De mí? Le conté que te amaba, que te amo... le dije que ya no podía soportar lo que pasaba entre él y mi mamá... mis padrinos... y tú... que parecían unos estúpidos mintiéndose unos a otros, jodiéndonos la vida a los hijos... De veras, mi madre también debió hacer lo mismo que mi madrina y desentenderse de mí, mandándome a estudiar a otro lado... y evitarme la pena de presenciar tanta mierda... Le dije que como veía que no iban a ser capaces de cambiar, porque fuera de ti nadie mostraba interés por hacerlo, pues que mejor ya terminaba yo de una vez con todo, antes de que fuera demasiado tarde. ¿Por qué hiciste eso, Marilú? Porque te amo, Ángel, ¿no te das cuenta?, porque ya no podía aguantar un minuto más... Ya su voz no podía soportar mantenerse por lo bajo. Intenté decir algo que obviamente no hallé. A ti no te culpo de nada, pero conozco a mi mamá y a mi madrina y sé que no te iban a dejar en paz, a solo que te fueras de la ciudad, y eso no me gustaba porque no quería que me dejaras aquí sola.
El féretro estaba frente a nosotros, tan inerte como la carga en su interior. Puse mis manos en los hombros de María Luisa; ella agachó su cabeza para esconderse en mi pecho. La abracé. La abracé muy fuerte. La abracé con todas mis fuerzas. La abracé porque no tenía nada mejor por hacer que abrazarla, en un intento por hacerla sentir un “poco menos peor”, porque además, tal vez intentar decir algo era por demás inútil... y lloramos desconsolados... Pinche Ángel... ¿cuántas muestras más de amor necesitas para abrir tu corazón?
También me pareció un juego ridículo típico de la ironía de la vida que la mente que recibió tales noticias fuera lo único extraviado por ese cadáver al cual velábamos. Imaginé la cabeza buscando venganza a tanta traición, buscando perdón por haber traicionado; a varios policías peinando la zona, en un afán por encontrar la cabeza, y miré la carta escrita en su frente fracturada por el golpe recibido, gritando piedad, reclamando justicia, ahogándose en su propia sangre, mientras la policía continuaba la infructuosa búsqueda.
La noche siguió su lento curso. Un leve sereno entraba desde la calle. También una conversación ajena que nada más buscaba pasar el tiempo. A nuestra espalda, en un sofá, dormían Cecilia al lado de Sonia, las dos acurrucadas una con la otra. María Luisa lloró a su padre en silencio. Casi de manera mecánica, acariciaba yo su cabello, mientras una y otra vez sentía en mi pecho cómo ella lanzaba casi imperceptiblemente profundos suspiros. Cecilia nos miraba; otra vez, por un segundo, me sobresalté, pero su mirada no era reclamante, incluso me pareció descubrir una pequeña sonrisa en sus labios. Dejó de mirarnos al cerrar los ojos y volverse a dormir, tranquila.

Volver a nacer


La vida se detiene en las copas de los árboles, apenas mecidas por una leve brisa que también parece dormir la siesta; el taciturno tránsito del agua por el cauce que le da su nombre es un pequeño susurro que a tus oídos llega. Todo está bien. Aquí todo está bien. El día de ayer hasta el sonido constante de las cigarras aturdía tus pensamientos; hoy por la mañana, en tu segundo despertar por el canto del gallo, descubriste una paz dolorosa, mientras sentías el cuerpo de Elena acurrucarse en tu costado, con su cabello enredado y sus ojos como de cachorro que mira la luz por primera vez. Incluso los ojos inquisidores de los niños, por entre rendijas de la madera, te supo a una especie de juego entre ellos y tú.
Dejaste que las labores de un nuevo día se desenvolvieran de manera natural, como suele pasar en estos lugares donde la vida no tiene otra alternativa más que continuar su curso. La vieja te dice a la hora del desayuno que la acompañes al huerto, me tienes que ayudar, señor Clodualdo, yo ya estoy muy vieja y ésta no sabe nada de eso... La madre, con tal naturalidad, de dijo que debías ayudarle a cambiar de lugar una mata de aguacate que estaba perjudicando a otras. Antes de enfocarse a esta tarea, un pequeño altercado entre madre e hija, por decidir quién atiende a los niños es resuelto por ti y esto te hace ganar un poco de terreno con ellos, al sentirse por primera vez aceptados por alguien, aunque sea un extraño, y no las constantes muestras de ser cuidados porque a la madre o a la abuela no les queda de otra. También la madre te mira con ojos de beneplácito, y Lady-Elena, lo mismo, con una sonrisa espléndida; con esa desenvoltura y desenfado, que parece envolverte en la misma carrera del paso de las nubes, ella te hace pertenecer a este sitio, como si no hubieras despertado ayer aquí, sino hace muchos años, como más de cuarenta. Paciente, contrastando con los gritos con que intenta someter las travesuras de los niños, la vieja te da algunos consejitos sobre ésta o aquella planta, y hay que hablarles y quererlas... a las viejas como usted, mamita, y a las plantas, le dices. Te sonríe y también te hace recomendaciones sobre cómo tienes que cuidar y atender a su hija, a Elena, que me salió una potranca difícil de domar.. Es terca como una mula, pero es muy buena... Sí, mamacita, y es que Lady... ¿Lady?... Lady en inglés es dama, mamá, y su hija es una dama. La vieja baja la mirada y sigue su tarea con la palita y un machete de mediano tamaño, su cuerpo parece esponjarse como un hermoso pavo real, orgullosa. Te mira sin darle mucha importancia que a los niños también habría que hablarles de la misma manera como ella le habla a las plantas, mientras tú, como un catedrático paternalista, les enseñas a ellos tu nuevo aprendizaje, y entre los tres sofocan con palabrerío y caricias a una hierba mala, para luego pedirle perdón y arrancarla, porque esa tierra le pertenece a las plantas de la abuela, que los mira como para tener un lugar donde depositar su mirada perdida que piensa en su hija y en sus sospechas infundadas de que se había vuelto una mala mujer. A partir de ese momento Elena es rebautizada como Lady porque, después de todo, es una dama.

Volteas tu mirada hacia la casa y, embelesado, disfrutas la visión de una pequeña hembra y la comparas con aquella que conociste en el antro. Había sido como si el nahual se hubiese metido en su cuerpo esa noche, y todas las que había pasado allí, seguramente, convirtiéndola en un ser demoníaco y entregado a los menesteres de la procuración al hombre del placer sexual. A veces te sorprende el cambio. Nada tenía que ver aquella Lady con ésta, que ama despacio, sin prisas, y acaricia suave pero firme; mujer rural, callada, dedicada a una cotidianidad aprendida de sol a sol, que apenas mira a los ojos, que tal vez tomará el cargo de las responsabilidades cuando su madre ya esté muy cansada, y la imaginas así, contigo; la madre entonces ayudándola y ella dirigiendo los destinos de la familia, llamando a los críos a comer... ¿Podrías ser capaz de vivir esta vida?

Descanse en paz


En el Cementerio de San Román todos los campechanos desean encontrar su última morada, desde donde se tiene una vista espléndida al mar y al monumento a Justo Sierra, prócer del separatismo campechano, ilustre personaje de la Historia de México, pero no por ignorar aquélla frase de: “divide y vencerás”, y eso fue lo que hizo el centro, en aquel entonces, para mantener la península yucateca bajo control, dejándolos pensar que era solo un problema local de diferencias étnicas, como siempre.
Pero en ese panteón ya no hay pasillos entre las tumbas; uno debe rodear por las orillas o poner en riesgo por lo menos un tobillo, al brincar de lápida en lápida para alcanzar el objetivo que se busca. Vista inmaculada el abigarramiento de cristos, vírgenes y angelitos sobre cada sepultura. Entrar ahí parece como si se entrara al cielo, o al purgatorio, más bien.
La procesión seguía al sarcófago en una pequeña columna, que se estrechaba conforme se angostaban los accesos entre las tumbas. María Luisa había aparecido al último, vestida con falda y blusa blancas. Ay, hija, ¿cómo de blanco? Ni que te fueras a casar, le dijo Cecilia a la entrada, sin muchas ganas de reprender, cuando aquella se le acercó para ir a su lado. Tal vez su intención sí era esa, como una metáfora: casarse con la muerte de su padre... María Luisa se atormentaba por creerse culpable; comenzaba a sentir que sus pasos se hundían en el fango del vacío, pues no podía ser otra cosa más que un vacío eso que le provocaba un gran dolor dificultándole la respiración, caminar, ver, oír, hablar...
A una seña de Cecilia, me acerqué para abrazar a María Luisa y separarla, porque francamente se le notaba bastante perturbada como para soportar el entierro. La hice sentarse. Ella pretendía mantenerse fuerte porque se había prometido no derramar una lágrima frente a nadie, incluyéndome, mientras la miraba desmoronarse a pedazos. La procesión se iba diluyendo en el fondo, hasta alcanzar la cripta donde Clodualdo descansaría para siempre.
Se acercó un sujeto mayor acompañado de una mujer entrada en años que parecía apenas su complemento. Caballero, me dijo el hombre casi calvo, reciba mis más sentidas condolencias, su pérdida nos ha conmovido al alma... señorita, discúlpeme, su madre era una gran señora... ¿M-mi madre? Al notar el error, yo tomé al sujeto por el predicado y lo alejé un poco, seguidos por el complemento, aunque parezca increíble. Señor, creo que se equivoca, estamos enterrando a su padre, no a su madre. ¿A su padre? Asentí con la cabeza. ¿No es este el sepelio de doña Onecífora Grajales? No, señor... Ah, puta madre, dispénseme... Qué bárbaro, discúlpeme con la señorita, por favor, qué barbaridad, discúlpeme... Y el sujeto hizo lo propio con su complemento, para alejarse apenas unos pasos y volverse. ¿Y quién es el difuntito, si se puede saber? Los miré un momento. Una buena persona... y regresé al lado de María Luisa. Las dos personas se alejaron en el lento descuido de que el sepelio de doña Onecífora Grajales había sido esa misma fecha, un siglo atrás.

Fue algo compartido por los pocos que estuvieron presentes, porque los demás estaban enterándose de la última, cuando el féretro se deslizó ad aeternum dentro de la bóveda, después de que un albañil, a golpe de cincel, por fin logró reducir a escombros la rebaba de cemento que se formó por negligencia ya natural y común, a la hora de hacer el revoco a la tumba. Contra toda predicción, pues suele ser el momento más doloroso para los seres queridos que permanecen en esta tierra al ver por última vez a quien no se volverá a ver más, Cecilia sintió una tranquilidad, un alivio que crecía y colmaba su corazón, contagiando a los demás; salvo a su hija, la cual no dejaba de mirar, desde donde estaba sentada, las acciones para meter el féretro a la cripta, sintiéndose cada vez peor, como si fuera el comienzo de su propio funeral.
Nadie dijo nada, y ya más dispersa, la procesión comenzó a alejarse. Cuando Cecilia pasó al lado de María Luisa, abrazó contra su vientre la cabeza de su hija y ésta la rodeó con sus brazos. Solo hubo unos pocos abrazos a la salida. Sonia acompañó a Cecilia, o ésta hizo que ella la acompañara, al notarle intenciones de pedirme que me fuera con ella. Los demás regresaron a sus ocupaciones, después de reiterarle a la viuda sus condolencias y estamos contigo, mamacita, no lo olvides, si necesitas algo, cualquier cosa, llámanos... para olvidarse de ella luego. Las voces comenzaron a perderse dentro de los automóviles, y se alejaron tan pronto y mecánico como encender el motor, meter velocidad y apretar suave el pedal del acelerador...
Cuando el silencio y la calma regresaron al lugar, para hacer obvio el por qué le ponen la leyenda de descanse en paz a todas las tumbas, María Luisa descubrió un sarcófago raído a unos metros de ella. Su tapa permitía observar la oscuridad que guardaba en su interior. Hasta entonces sintió el olor a muerte; se levantó, espantada, y comenzó a caminar hacia el malecón, seguida por mí.

En casa


Como que ya no es lo mismo. Cecilia sintió su casa un lugar ajeno a todo lo que estaba acostumbrada a vivir. En ese momento le pareció el escenario donde se había representado una obra de teatro durante tantos años. Clodualdo ya no estaba más con ella, lo cual de alguna manera la hacía sentir tranquila, pues por fin podría descansar del golpe que habían significado esos días pasados. Había una sensación intermedia, además de esa tranquilidad, que en realidad le dolía más que nada, y era el hecho de durante el funeral descubrir que sus lágrimas no eran por Clodualdo; no sabía por qué eran esas lágrimas, no obstante sí pudo reconocer que no eran por el fallecimiento de su esposo. También le perturbaba su ausencia, pues él había jugado siempre un papel de mediador, aunque solo fuera con su presencia, entre ella y su hija, a quien apenas conocía, y que comenzaba a descubrir como una mujer cuando la vio abrazada a mí, en la funeraria, ya no más una niña a la cual debía reprender cada cinco segundos. Cierto que sabía de su relación anterior, la cual en un comentario como de pasada, algunas semanas atrás, tal vez meses, María Luisa le dijo que ya habían terminado; pero aquella había sido la clásica parejita de noviecitos y manita sudada e idas al cine, y quizás más a causa de una obsesión de parte de su hija por no dejarse siquiera abrazar, al grado de que una noche escuchó un pleito entre ellos en el que María Luisa le reclamaba a aquél su osadía de besarla en la boca... y ella francamente no sabía cómo era capaz su hija de refrenar sus calenturas juveniles, pero bueno, no se necesitaba más que ser madre para darse cuenta de que su hija no daba mayor importancia al novio, el tiempo que duró con él. Pero verla al lado mío y percibir algo más allá que la acercaba a mí, y no el simple buscar un hombro para llorar la pérdida de su padre, provocó que la reconociera madura.
Siéntate, chula, por favor, ¿te traigo algo? ¿quieres que prepare café?, le preguntó Sonia, que en un intento por rechazar el tiempo iba de un lado a otro de la casa, abriendo ventanas cerradas, cerrando ventanas abiertas. Cecilia salió de sus cavilaciones. Tráete una de las botellas de vino que están en el refri. Ándale, creo que eso nos vendrá mejor, y desapareció por un instante para regresar con botella, copas y sacacorchos entre manos. Lo puso todo en la mesita de centro de la sala. Cecilia se sentó en el sofá, mientras la otra se desvivía en atenciones a la comadre. Le encendió el cigarrillo, abrió la botella, sirvió las copas, le alcanzó una, brindaron, aquella bebió todo el contenido y Sonia apenas remojó sus labios. Cecilia volvió a servirse, mientras la otra, al notar las intenciones de aquella, apuró su copa. Durante otras tres o cuatro más no pudo romper el silencio de Cecilia, que la hacía sentir muy incómoda. Pero bien pronto el vino comenzó a surtir su efecto, y poco a poco fue soltando la lengua, lo cual fue el impulso necesario para llorar, para reír, para burlarse, para criticar, para condenar a cualquiera que estuviera a su alcance, causante de todas las penurias de ellas. Le abrió su corazón a Cecilia, diciéndole que se sentía mal por haberla abandonado tanto tiempo, pero que tal vez algo bueno podían sacar de todo esto y que las había unido de nuevo, como en la secun, en el Instituto, ¿te acuerdas? Prometió no volver a separarse de ella, su mejor y única amiga. Cecilia a veces la veía como si fuera una completa extraña, como si jamás en la vida la hubiera conocido.
¿No piensas en Ausencio? Y Sonia fue la imagen gráfica de tres puntos suspensivos que no saben para dónde hacerse, si van al principio o al final de un párrafo... ¿Qué hay de él? ¿Cómo qué hay de él? Él estaba con mi marido desde la tarde anterior, ¿no te has preguntado dónde está? Pues, no, como es su costumbre desaparecerse por días y no decirme ni a dónde va, ni cuándo regresa... Pero esta vez fue muy diferente, pueda ser que él haya sido el último en ver con vida a Clodualdo, ¿no te parece extraño que no sepamos nada de él? ¿Qué tratas de decirme?, ¿insinúas que Ausencio mató a mi compadre? Ay, Sonia, por favor, deja de ver tantas telenovelas... Pero eso es lo que me estás insinuando, ¿no? Mira, chita, lo que yo estoy diciendo es que se me hace muy raro que los dos salieran juntos y solo uno apareciera, y muerto... no estoy tratando de insinuar nada, nada más que me preocupa mucho... ¿qué tal si también a él le pasó algo? ¿Tú crees? Yo creo que debemos de hablar de esto con la policía. Ay, no, cómo crees. Sonia se levantó como impulsada por un resorte, no, qué va, imagínate... ¿Por qué no? Porque tremendo barullo se levantaría. Nomás de imaginarme... ¿Te preocupa más lo que pueda decir la gente que saber si a Ausencio también le pasó algo? Ay, no es eso, comadrita es que..., pues tú sabes... No, yo no sé nada.
Cecilia se levantó del sofá y fue por otra botella. Hasta entonces se acordó de lo que el licenciado le había recomendado al darle el paquete con las pertenencias de Clodualdo, y quiso saber a qué se refería con eso de hacer lo que considerara más sensato. Subió a su habitación, tomó el paquete y bajó otra vez a la sala; mientras Sonia se encargó de abrir la siguiente botella, Cecilia descubrió la carta y, sin pensarlo, comenzó a leerla en voz alta...

El luto


Era en momentos como ése cuando se podía descubrir la verdadera esencia del mar tranquilo de Campeche, que no hacía olas, podrido, empantanado, convertido en un chiquero, paciente testigo que aguardaba los huesos del siguiente poblador, pero no como antes, cuando era el escenario de batallas y ofrendas heroicas, mundo acuático que los hábiles talabarteros campechanos de antaño superaban con sus magníficas naves, o cuando todavía representaba un titán digno de respeto que los pescadores trataban de dominar y que algunos morían en el intento; no, luego hasta ellos lo miraron con desdén y apenas lo explotaban, en un intento por sobrevivir, sacando de él las escasas riquezas que aún contenía. Ese gran charco compartía en silencio el desánimo de los que permanecíamos vivos, que entonces razonábamos un poco más sobre la vida, mirando al mar y pensábamos que no éramos nada pero nos tomábamos tan en serio... Las aves marinas pasaban planeando, aprovechándose de la brisa y seguían su recorrido, lejos, muy lejos. Pese al enorme daño que ya le habíamos hecho, la naturaleza nos regalaba en ese hermoso escenario puestas de sol como la de ese día, majestuoso espectáculo en perfecta armonía con el estado de ánimo de María Luisa, compartido por mí no en toda su dimensión, pero sí en toda su belleza.
El salitre detiene su irremediable oxidación sobre las estructuras. El calor amaina y la humedad por un momento se olvida del moho que provoca en las paredes de la gente. El yodo marítimo disminuye su función antiséptica y deja que las heridas duelan, que el alma se abra.
De los ojos de María Luisa se desprendió un oleaje lento, que iba limpiando las orillas de su espíritu; su mano se aferró a la mía, solo unos pasos más; nos detuvimos en un abrazo fuerte no con la angustia de aferrarnos a algo para no sentirnos perdidos, sino en un intento de sentirnos protegidos por alguien, porque dejar escapar la vida en ese llanto dolía.
Tal vez pasaron muchas horas, o al menos eso parecía. No lo supimos. María Luisa comenzó a soltar palabras sueltas; a mirar de fijo al horizonte, incluso en mis ojos cuando me miraba; de vez en cuando soltaba las piernas y tenía yo que sujetarla para que no cayera al suelo. Coloqué mi mano sobre su frente y la sentí hirviendo. Creo que es hora de ir a casa. No... llévame a la tuya... ¿puedo dormir un ratito contigo? Yo creo que lo mejor... No quiero ir a mi casa, Ángel. Si no quieres que vaya contigo dímelo, y veo qué hago, pero no quiero ir ahora a mi casa, que debe tener un ambiente de muerto peor que mi padre... Aprovechando una de las pocas sombras en el malecón, la hice sentar en la banqueta, mientras esperábamos un taxi. Fuimos a mi casa y, tan pronto se acostó en la cama, quedó profundamente dormida, totalmente atravesada por lo largo. Le quité los zapatos, y nada más sintió sus pies libres, los subió al colchón, como una reacción inconsciente que hasta entonces tiene permiso de subir los pies. Encendí el ventilador de techo. Hizo su eterno zumbido, dándole un toque ambiental muy particular a la escena, alargando en ese chillido los minutos arrastrados por el viento caliente que tiraba hacia abajo. Me quité la camisa y el pantalón, los coloqué en el respaldo de una silla de la cocina, la habitación continua a mi cuarto; oriné, viéndome al espejo y escuchando el ruido en el bacín... por alguna extraña razón me pareció que todo era distinto, que todo había cambiado; la cotidianidad era la misma, pero la rutina era diferente. Se estaba como en el espacio, donde los astros interactúan entre sí, algunos influyen más en otros, y, de pronto, uno desaparece, y provoca un reacomodo en el movimiento estelar, se crean mayores influencias entre algunos astros y disminuyen otras... bien pronto el movimiento sigue su curso, todo se acomoda, pero uno nunca deja de sentir un vacío.
Estaba sentado en la esquina que María Luisa dejó libre. La observaba con detenimiento. Su semblante era el de un bebé durmiendo profunda y tranquilamente. Sus párpados apenas brincaban por momentos. Acaricié su cabeza y le di un beso en la frente. Shhhhh... ya pasó, mi amor... Ella se reacomodó, soltó un leve suspiro y siguió durmiendo. Me levanté y fui a la cocina para hacerme un café en el anafre eléctrico.
¿Esa podría llegar a ser nuestra cotidianidad? Digo, ¿por qué en ese momento fue que sin siquiera meditarlo me desnudé frente a ella? Desde la cocina miré su silueta, apenas iluminada por un rayo que se colaba desde una rendija de la ventana, y que parecía estallar en un blanco intenso cayendo sobre su cadera, esparciendo una bruma, un aura a lo largo de su figura. Con el café en la mano me dirigí frente al papel de mis desahogos, tomé un carboncillo, un largo sorbo de café, e intenté dibujarla desnuda; nada salía, simples manchas, rayones sin sentido... Me descubrí entonces ausente de algún sentimiento digno de ser desahogado, desechado. Ni siquiera la muerte de Clodualdo me sabía como para soltar algún trazo significante... Nada. Desprendí los pedazos de papel, los llevé al patio, los doblé tanto como pude, y los metí dentro de aquel viejo refrigerador, para que la próxima lluvia escurriera mi desahogo por las paredes internas del desvencijado artefacto y tal vez también sobre el piso.
No tenía nada de sueño. Hice un intento por acostarme al lado de María Luisa, pero me pareció una violación a su sueño tranquilo. Colgué mi hamaca y me acosté; el movimiento de las aspas del ventilador provocaban un efecto hipnotizante y mareador que me provocaba ganas de vomitar. Así es que pronto me vi expulsado de la hamaca. Comencé a sentirme en una jaula, en un zoológico... Quería salir de ahí, caminar, ir al parque del centro y sentarme a mirar a la gente, tal vez un helado de coco, o mejor seguir caminando...
Amnistía

Era de imaginarse el asunto como incorrecto, pero qué podía hacer si no tenía nada mejor por decir, y el silencio de vernos y no atinar a encontrar mejores palabras me obligó a preguntar el clásico ¿estás bien? Y no, yo sabía que no estaba bien, nadie estaba bien... parecía que todos sentíamos algo que había muerto dentro de cada uno, separándonos irremisiblemente. Me debería sentir mal, pero no, me siento tranquila. Cecilia pasaba un trapo por las lámparas del mostrador, no tratando de quitarles el polvo, más bien como en un intento de limpiarse ella de la inercia... ¿Y Carmen? Le di el día porque tenía el presentimiento de que ibas a venir... Quería estar a solas contigo porque tengo mucho que platicarte. Con parsimonia, casi en una especie de ritual, abrió un cajón y me extendió la carta que María Luisa le había escrito a su padre. Y siguió su labor, como aferrándose a la idea de que el trabajo es la mejor terapia para mantener a la mente apaciguada.
Esas líneas de María Luisa describían lo que sufría en silencio. Me dejaban ver a una niña débil, desgarrándose, que le costó mucho esfuerzo permanecer ecuánime ante las circunstancias, y no a la mujer fuerte, inteligente y a veces sarcástica que se burlaba y se reía de lo que los demás vivíamos, cuando la hacía partícipe en aquellas interminables conversaciones. Más de cerca me hizo sentir el momento que vivió antes de escribir esa carta.
María Luisa, bienvenida al club de los corazones rotos que prefieren desangrarse antes de testificar la podredumbre en la que nos hemos convertido. Es una fortuna saber que viviste para escribirlo, después de todo.
¿Qué piensas de esto, Cecilia? Ella no lo sabía, no encontraba las fuerzas para enfrentarse a su hija. ¿Qué disculpas puedo pedirle a María Luisa?, ¿qué puedo decirle después de todo? Después de todo... apenas entonces también a mí me cayó el peso del después de todo. Te vi con mi hija, cuando velábamos a Clodualdo... al principio sentí muchos celos y ganas de arrebatarte de su lado, porque era a mí a quien yo quería que consolaras... quise llevarte lejos, para que me sacaras de ahí... pero después me ganó el verlos juntos, así como estaban... me ganó ver el amor que ella te tiene... me ganó el darme cuenta de que nunca había reparado en mi hija, que nunca había platicado con ella... al principio, te voy a ser franca, descubrir el amor que te tenía, y luego confirmarlo con lo que leí, me dolió mucho... con Sonia estaba pensando que podíamos ser amigas, como lo éramos en la prepa... hasta que se me ocurrió abrir el sobre donde me dieron las pertenencias de Clodualdo, y encontré esa carta... qué sorpresa nos llevamos, Ángel... la leímos juntas y hasta entonces nos confesamos nuestros secretos... bueno, nosotras no los confesamos, María Luisa lo hizo de una forma... ¿y sabes qué?, parece que ninguna de las dos desconocía nada de lo que leímos... nos hubieras visto, yo no quise hablar... todos estábamos tan desenmascarados... y en ese momento me sentí tan frágil, sentí que todos éramos frágiles... yo nunca me había imaginado que mi hija pudiera sentir eso y decirlo así, ¿sabes que se quiso matar? Asentí con la cabeza, sin quitar la mirada de las palabras garabateadas a fuerza y sin control; en un desahogo como el mío, pero más crudo, más real... El mío había sido una burla poética a todo... No quitaba la mirada de María Luisa, en aquel momento cuado se metía las pastillas a la boca, empujándolas con largos tragos de vino para darse más valor... No quitaba la mirada de mi llanto, tratando de no hacer mucho caso al monólogo melodramático de Cecilia que ya es inerte en todos nosotros, y que me taladraba los oídos, pero sin poder evitarlo seguí escuchándola... Pobre criatura, cuánto dolor le hemos causado... Sonia no hallaba qué hacer, qué decir, estaba como leona enjaulada, traté de tranquilizarla pero fue como apretar el botón para que estallara la bomba... despotricó contra todos, y más contra María Luisa... nos insultó... nos dijo hasta de lo que nos íbamos a morir, mentó madres contra ti, y me dijo que si yo sabía que te estabas cogiendo a mi hija, y le dije que sí... aunque eso no es cierto, no tienes que decírmelo, lo sé, pero le dije lo que ella quería escuchar... pensé que Sonia era una mujer inteligente, que era mi amiga, y que... yo no sé qué nos pasa, Ángel... me duele darme cuenta de lo ciegos que somos, y más me duele saber que en nuestra ceguera le hacemos tanto daño a inocentes como mi hija.
La mano de Cecilia temblaba. Su voz temblaba, sus labios temblaban al hablar. Sus ojos temblaban con cada derrame de lágrimas. Varias veces había hecho el intento de ir a su lado, para consolarla o sostenerla, o simplemente hacerla sentir que estaba con ella, pero era un dolor que debía vivir para consigo, me lo hizo notar. ¿Tienes un cigarro que me regales? Solo traigo de los míos. Regálame uno. Trabajo me costó encender su cigarro, trabajo me costó seguir el vacilante tabaco con la flama de mi encendedor. Se lo quité de la boca y se lo encendí. Perdón, me dijo; gracias, corrigió. Hasta el humo temblaba al escaparse de su boca.
Me quiero ir de aquí, voy a vender todo y me voy a largar de este pueblo, ya no quiero seguir viviendo esta mentira en la que todos saben lo que haces, tú sabes lo que los demás hacen, pero pretendes no saber lo que te hacen, y nadie es capaz de ser honesto y decir la verdad... tampoco una, y te vuelves una más... Es muy probable que a donde vayas encuentres lo mismo, Cecilia. No me importa, entonces viviré sola por el resto de mi vida, pero por lo menos en un lugar donde nadie me conozca, donde yo no conozca a nadie... Quién sabe si sea lo mejor, piénsalo. Quiero terminar con todo esto, Ángel, no quiero volver a ver a Sonia o a Ausencio, quiero olvidarme de Clodualdo... y pese a que tengo muchas cosas que reprocharte, no te guardo rencor, en el fondo me consta que eres bueno. Muy en el fondo... Me miró seria, desaprobando mi comentario. Es una broma, vaya. Por fin se le escapó una sonrisa... Mi hija te ama muchísimo... Eso me tiene un poco nervioso, intervine, tengo una facilidad descomunal para lastimar a quienes se enamoran de mí... Pues ojalá seas lo suficientemente inteligente para no lastimarla, porque me gustaría mucho que mi hija encontrara la felicidad que le he arrebatado siempre.
¿Y cómo está ella? No sale de su cuarto desde que llegó ayer por la noche... por suerte después de que Sonia se había ido. ¿Cómo la ves? Me miró a los ojos. ¿Cómo la ves tú? Pues... no lo sé... estuvo bastante turbada después del entierro... me pidió que fuéramos a mi casa y nada más se acostó y se quedó dormida... Yo me sentía muy mal, no quería quedarme ahí, y no por ella... me hubiera gustado dormir con ella, pero no me hallaba, no tenía sueño, y salí a caminar. Cuando regresé ella ya se había ido. Se hizo un silencio entre los dos. ¿Por qué no hablaste para cerciorarte de que ella estaba en casa? No lo sé... No, Ángel, sí lo sabes, no estás nervioso por ella, estás petrificado... Te aterra saber que ella te ama tanto, ¿verdad? Solté un enorme suspiro. Sí. ¿Y por qué no te dejas de pendejadas y la amas? Es que... Mira, pinche Ángel, por lo que me has platicado de tu vida, puedo hacer la lectura de que siempre te has quedado a la orilla y no le brincas... ¿Por qué le tienes tanto miedo a entregarte, eh? ¿Por qué siempre esa manía de no ser feliz y amar? ¿No te has preguntado por qué destruyes tu vida cada vez, y la vida de tus parejas, por supuesto?... No lo sé, Cecilia... Ella se acercó y me abrazó maternalmente. Yo lloraba desconsolado, como un niño. No te hagas, Ángel... tú la amas... olvídate de tus miedos... No es tan difícil, solo tienes que amarla... Demostrar tu amor y dárselo a la persona que amas es lo más grande que puedes hacer en la vida... No te quites esta oportunidad de vivirlo... No seas pendejo, Ángel, y ámala como ella te ama...

Otra vez las calles de Campeche


Anochecía. A media tarde había caído una leve llovizna que empapó el cemento dibujado como empedrado de las calles del centro, levantando un bochorno que pegaba los pantalones a las piernas. Desde el Barrio de San Francisco, caminando, hacía siempre entre veinte y treinta minutos, tiempo suficiente para enterarme del final de la telenovela que en todas las casas se veía y yo, desde afuera y al pasar, pude escuchar no sin un dejo de humor pues ya se me hacía raro que, esa tarde, ni siquiera a la puerta de sus casas las señoras se sentaran a platicar al caer la tarde.
En la Plaza Principal estaban dos viejos sentados en su eterna banca, en el horario cotidiano de cinco a siete de la tarde; uno de ellos, con mirada infantil, mantenía una bolsa de maíz en sus manos y disfrutaba dándole de comer a sus palomas que apenas lo veían llegar bajaban de los campanarios de la catedral. Tal vez ese era su único placer restante, además de sus manitas de cangrejo que trituraba con los dientes, tomándose la copita en su casa antes de comer, y festejando la visita de alguno de sus nietos, cuando tenían la osadía de ir a visitarlos. Y le narraba al otro, ciego desde hacía algunos años, acerca de tal o cual paloma que había venido a saludarlos, y el otro festejaba y las llamaba por sus nombres y recitaba coplas al vuelo, haciendo el deleite de otros parroquianos que se acercaban a compartir con ellos la caída de la tarde, y entonces comentaba que la pinta estaba cada vez más gorda, aunque no la pudiera ver más que en su imaginación, Cuato, ya no le des tanto maíz, la vas a matar... No, qué va a ser... y a paso lento, como siempre, se retiraban al carro para regresar a tomar la leche a casa, antes de dormir; pero esa tarde nada volvería a ser lo mismo, cuando un vehículo atropelló al más viejo, ante el asombro de los otros que acompañaban al ciego. Descansa en paz, abuelo... y ojalá el tipo que te atropelló y los policías que se coludieron con él no lo hagan, por lo menos una noche cada semana, por el resto de sus vidas.
Los árboles se llenaron del graznido de pájaros dispuestos a dormir. El heladero se retiró, después de vender la última barquilla. La catedral se levantaba majestuosa, enmarcando la salida de la luna. Los niños corrían alrededor del quiosco, donde algunos parroquianos charlaban y bebían las cervezas que casi todos los lugareños criticaban que se vendieran en ese lugar, iniciativa inteligente para evitar que los vagabundos siguieran habitando los rincones del quiosco; y así fue, ya no durmieron más ahí, luego se fueron a poblar los parques en los barrios de San Román, San Francisco, Guadalupe y Santa Ana, barrios alrededor de la llamada Ciudad Intramuros, el Centro Histórico.
Caminé por allí y por allá. Me detuve un poco en la labor de pisotear cucarachas. Esos insectos que en el centro del país no creen que por acá se den de ese tamaño, y luego me vas a decir que hasta vuelan, ¿no?... Tendrían que venirlas a conocer para cerciorarse de que sí existen y vuelan, y mejor ni hablar de los cucarachones y de sus mordidas y tremenda roncha... Después de varias vueltas y varias cucarachas asesinadas, me llegué hasta el tradicional café “La Parroquia”, único establecimiento que permanece con las puertas abiertas durante todo el año, las veinticuatro horas, y me senté a beberme el delicioso dolor de esta vida cotidiana que circulaba por las calles, sin echarle la culpa a nadie, donde una mujer se atrevió a tocarme el corazón.
¿Cómo estás poeta?, me saludó el mesero, hace mucho que no te dejabas ver por acá. Las ocupaciones, ya sabes... ¿Café? Mejor sírveme un ron blanco quemadito. Te lo voy a servir en una taza, ¿no hay problema? ¿Y eso? Ya ves, con este gobierno... Dámelo como se te pegue la gana, total, solo me voy a tomar lo que contiene, más no el contenedor...
Como lo había sospechado no hacía cosa de unos minutos, mientras empezaba a saborearme mi quemado con cara de café, los poetas hicieron espléndida entrada, con el afán de execrarse mutuamente con la lectura de sus recientes trabajos. Sin chistar me uní a ellos, para compartir juntos el auto martirio, y leímos un cuento, con ese estilo muy suyo, adjetivado con delicia, que comenzaba a caminar; escuchamos los versos que narran la grandeza de aquellos mayas antepasados; acribillamos a uno que otro conocido, revelamos los últimos sucesos de aquellos desterrados y de quienes se fueron. Bebimos la literatura durante un par de horas... Oye, poeta, vamos los invito a seguir rajando trago y si andamos de humor nos largamos al Candela. Por un momento estuve tentado a aceptar la invitación. Echar los tragos con los poetas era un honor y un placer difícil de negar, pero esa noche no me sentía con el ánimo de ir al Candela. Pues nosotros sí nos vamos, coño, tú te lo pierdes, poeta... y después de una parca despedida salieron con la emotividad de una noche de copas por delante, quizás con la perspectiva de encontrar a la musa bailándoles y meneando el culito... Vayan bien.
Después de unas horas, cuando la noche pintaba para una sesión alcohólica para mis adentros, hizo su aparición otro amigo campechano, con un entusiasmo juvenil que hasta la fecha no había sido capaz de encausar hacia ninguna parte. Felices de encontrarnos sin buscarnos, pues hacía mucho que no sabíamos uno del otro, me invitó a su casa donde tenía nuevo material discográfico que sería un placer compartir. Sin más, pedimos las camineras y nos encaminamos hacia su casa, donde nos esperaba su pareja y, con ella y otros dos amigos que llegaron después, un hombre lleno de tics y una mujer que no se sabía bien hacia dónde iba o de dónde venía, nos dedicamos a disfrutar de una velada al calor del alcohol, muy buena música y un juego de los que no se debían tomar en serio, pero que nos permitió darnos cuenta de que aún existían quienes no saben perder. Salud.
Por alguna razón ajena a nuestra primera intención, y que solo se pudo justificar como el simple gusto de hacerlo con el objeto de hacer un registro histórico, mi amigo no soltó su cámara de video y grabó casi todo: pláticas, juegos, caras... De vez en cuando se disgustaba cuando todos nos volvíamos una pose frente a la lente digital y hacíamos muecas y chistes. Después su mujer tomaba la cámara y también él se volvía un poco la intoxicada pose de sí mismo, tratando de dar un cauce interesante a lo que se grababa, lo cual solo podría ser la muestra videográfica de una noche deliciosa compartida por cinco borrachos.
Eran las cinco y media de la mañana. La ciudad despertaba entre ladridos y alguno que otro kikirikí perdido que no permitía a esta especie de pueblo, por fortuna, desarrollarse hacia la clásica ciudad progresista llena de los vicios y de pocas virtudes de las industrializadas. Ya no había nada más por hacer. La mujer de mi amigo se disculpó y se fue a dormir, la otra se acostó en el sofá. Ya no había más alcohol que pudiera entrar en mi cuerpo; ya no quería escuchar más palabras necias de aquel que no supo perder; me cansaron los argumentos que pretendían hacer entrar en razón; me hubiera gustado acurrucarme al lado de la mujer que dormía en el sofá y acompañarla en su tranquilo sueño de borracha. Me despedí entonces y me encaminé hacia mi lugar. Los lugareños salían para comenzar sus jornadas de trabajo y miraban con desdén a quien se dirigía a su casa, para descansar, todavía con alguna melodía recién escuchada que tarareaba.

En apariencia las aguas volvían a su nivel.

Es para morirse


A la séptima mañana en Mamantel decides que debes regresar. Tal vez te imaginas que nada más será para regresarle la camioneta a tu compadre, hablar con tu esposa, terminar con Sonia, pedirle una disculpa a María Luisa. Y después no sabes qué pasará, si regresarás acá o solo te separarás de tu mujer y seguirás tu vida de antes. Es muy fuerte lo que has vivido estos días. Esta vida sin vicios, donde la gente nomás se dedica a vivir la parte correspondiente de deberes que hacen su cotidianidad, sin meterse en problemas, porque a veces también matarse a machetazos es parte de su cotidianidad; este olor a tierra y agua; esta mujer que se te entrega sin ningún miramiento, sin ninguna petición o reclamo... Pero estás tan acostumbrado a lo que eras antes que no sabes si serías capaz de dejar aquel confort por esta vida rústica y llena de carencias pero repleta de paz. O igual regresarás por ella para llevártela contigo a vivir a la ciudad o a otra y vuelta a empezar la vida...
Como lo decidiste en la mañana, recién se despertaron y Lady salió para llevar a sus hijos a la escuela, de tu cartera sacas una cantidad suficiente de dinero, revisando de reojo la cantidad que resta, y lo dejas sobre la cómoda, debajo de la talquera de ella, que cuando regresa ya sabe lo que le vas a decir, y se despide de ti con un que te vaya bien, mi amor. Semblante en apariencia taciturno y resignado. Ella no te permite decir nada más, solo hasta luego. Vuelve si tienes por qué... ¿De dónde sale toda esta gente que te trae como un calcetín volteado al revés? Primero tu hija con su carta; luego Lady, que de una puta cualquiera de antro se convierte en una mujer con la cual podrías pasar el resto de tu vida; y su madre, que te habla de tú diciéndote señor Clodualdo, y se ríe un poco siempre, y te ha enseñado, como si supiera que te vas a quedar, todos los subeybajas de una vida rural tranquila donde se espera condescendiente a la muerte; y esos niños que no tienen la culpa del nivel de su madre, y para nombrecitos..., pero con los cuales redescubriste un poco el gusto por disfrutar una tarde de juegos acuáticos, sin ningún tipo de preocupación, mientras desde la orilla la madre y Lady comentaban su fortuna.
Después del desayuno, en el cual ni ellas ni tú comentaron nada, subes a la camioneta, arrancas y, sin voltear atrás, sigues el camino de terracería que te llevará a la carretera federal. Ninguna de las dos asoma a la puerta para ver tu partida.
Es sábado, como hace una semana, cuando a estas horas estabas en el Rincón Colonial con tu compadre, antes de tomar la decisión de irse a El Candela. Por tu mente pasa el clásico “qué rápido pasa el tiempo”. Miras el celular olvidado en la camioneta. Conoces a Eleuterio, la persona que se queda a cuidar los fines de semana las oficinas donde tu compadre trabaja y no tendrás problemas para pedirle que vaya a buscarlo al Rinconcito, como casi todos los lugareños le dicen de cariño a esa cantina, y que te hable a su celular.
La primera vez que oyes la voz de Eleuterio mal escuchas unas palabras extrañas y un click anunciando que te han colgado el teléfono. ¿Es de mala educación hacer bromas con el dolor de la gente? Vuelves a intentar. Eleuterio, ¿qué carajos te pasa?, ¿por qué me cuelgas el teléfono? Cuando él descubre que en verdad tú eres Clodualdo y que no estás muerto, su voz se rompe. Habla de quién sabe qué cosas, las cuales tú no entiendes nada, y hasta puedes sentir cómo se la pasa persignándose, mientras sigue con su letanía incomprensible.
Ahora eres tú quien cuelga el teléfono. Pareciera que estás despertando a una pesadilla. Digo, está bien que te ausentaste una semana, que ese tipo de cosas no van contigo, que a pesar de no estar bien, tampoco es para que se acabe el mundo, o aparentemente para ti... ¿Que estás muerto? Qué va, a tu compadre Ausencio nunca le ha sucedido algo así, y mira que él sí hace eso de ausentarse por varios días con una frecuencia que de veras es para mandarlo al infierno. Piensa, Clodualdo, trata de darle sentido a tanta sinrazón que acabas de escuchar, pero no te olvides que manejas a gran velocidad y que la carretera no está hecha para eso. ¿Tu funeral? ¿Te enterraron el martes pasado? ¿Decapitado por el espejo lateral de un camión?, no mames... ¿Tu vieja de luto? ¿Sonia muy mal? ¿Que se la pasa tomando qué? ¿Ausencio no aparece? ¿Y María Luisa? ¿Y Ángel?...
Normalmente de Escárcega a Campeche, a la velocidad que vas, suele hacerse poco más de dos horas. Pero no será tiempo suficiente para que aclares tus ideas, que vuelven a revolotear, ruidos en tu cerebro; no como la primera vez, cuando descubriste la vida que vivías en las líneas garrapateadas por tu hija. Vaya, nadie, por más ciego que sea, puede pensar que lo que mal empieza y mal crece y continúa puede tener un buen final, pero esto rebasa la imaginación del más pesimista... Acelérele chofer, acelérele chofer...
Te detienes en la gasolinera de Champotón para reabastecer el tanque. El dependiente surte litros que parecen galones o barriles escurriendo lentos, mientras las unidades de pesos corren como el agua en catarata abierta. Sacas tu cartera, la abres y de primer momento no captas la idea de verla vacía. Metes las manos a tus bolsillos, como esperando haber cometido por ahí un error; vuelves a abrir la cartera; todavía no te cae el veinte, como se diría; te subes al auto y buscas en la guantera, debajo de los asientos; volteas a la parte de atrás, revisas el suelo; bajas otra vez y vas a la parte de atrás para no pensar en que de verdad te robaron; incluso revisas la caja de herramienta, como si los billetes hubieran cobrado vida y se escondieran de ti; vuelves a abrir la cartera y comienzas a percibir la remota posibilidad, todavía para ti, de que Lady te haya robado el resto del dinero. Pero ¿cómo?... Te ríes un poco socarronamente, y tú que aún tuviste la buena acción de dejarles dinero encima de la cómoda... cómo se han de estar riendo de tu idiotez e inocencia las dos viejas esas... El “ting” de la máquina al llenar el tanque te regresa a tu realidad nada envidiable. Debes tanque lleno y no tienes un peso para pagar. Y explícales...
Gran esfuerzo te cuesta controlarte y no romper a llorar o romperle la cabeza a alguien, o que alguien te la rompa a ti. Entre varios dependientes ya te rodean y amenazan con desvalijar la camioneta. Y tú, sin tomarlos mucho en cuenta, despotricas contra Lady, mujer de campo, su puta madre que la mal parió... una ramera... ¡¡eso es lo que es!! Y como los dependientes no entienden muy bien tu reacción, entre todos llegan al acuerdo de que dos de ellos te acompañen al banco cercano para intentar sacar un poco de dinero del cajero y pagarles la cuenta, con una suculenta propina, para compensar el tiempo perdido.
Mientras circulas por el malecón que siempre se vuelve un asco a la menor lluvia, tratas de aclarar tu mente para idear la forma de deshacerte de los dos sujetos que embarran e impregnan del fétido olor a grasa y aceite los asientos. Llegan frente al banco. Por fortuna no hay indicios de patrullas y policías alrededor. Aquellos bajan de la camioneta quitados de la pena, y nomás oyes que las puertas se cierran, mientras no te has decidido a apagar el motor, sin pensarlo accionas el botón que vuelve a cerrar los seguros y arrancas a toda velocidad, casi llevándote a un ciclista que transita con la parsimonia del calor de mediodía. Esta vez los baches en la calle no son obstáculo para pasar a gran velocidad con rumbo a la autopista, camino a Campeche. Pasas como alma que lleva diablo frente a la gasolinera, sin que nadie se percate de tu paso, aunque tú sientes que en cualquier momento mirarás por el retrovisor un vehículo en el cual vienen todos ellos para darte alcance. Pero es solo tu paranoica imaginación. Te has librado de ellos.
Una vez salvado tal contratiempo, sin ningún percance de lamento, por un momento dudas en regresar y ajustarle cuentas a esa perra... Qué rápido se cayó para ti de su pedestal, ¿no es cierto? Y tú tan risueño y atento con todos ellos... si ya caes en la cuenta de esa su risita de la madre y lo que escondía, que solo tú fuiste el único en no percibirlo. Pero ya verá... nada más terminas de arreglar tus asuntos en Campeche, y regresarás a buscarla, porque el simple hecho de ahora regresar y tener que pasar por Champotón es una idea nada antojable.
Cuando el río suena...

La mañana del jueves, cuando salí de casa de mi amigo y fui a la mía para descansar, encontré un recado de Cecilia en mi puerta, en el cual me pedía ir a verla lo antes posible. Estuve a punto de no hacerle caso porque por un momento pensé que todo lo hablado el día anterior se iba al caño, y entonces otra vez me reclamaba a su lado, sin importarle mucho lo que me dijo de sobre María Luisa; también por el cansancio y la cruda que comenzaban a hacerme estragos. Pero noté un cierto nerviosismo en la letra nada común en el pulso de ella.
María Luisa había caído en cama en una crisis nerviosa, como una especie de coma consciente vacacional, y digo consciente vacacional porque pese a que llegó al extremo de no ligar dos palabras inteligibles durante los primeros días y de no reaccionar a casi nada, sus ojos me dejaron descubrir que solo necesitaba descansar su cerebro y su corazón, obligados a trabajar a marchas forzadas por un lapso de tiempo muy corto. Le habíamos exigido asimilar lo inasimilable; razonar lo irreal por ridículo. Y un médico amigo de la familia, en una visita relámpago en la cual apenas y la revisó, había recomendado la intervención de un psiquiatra, motivo por el cual Cecilia y yo tuvimos una airada discusión. Cecilia casi entró en un shock nervioso por la noticia, que de nada nos hubiera ayudado, culpándose en todo momento del estado cada vez más crítico de su hija; no obstante supo reponerse, porque intuyó que no era momento de flaquear. Yo me opuse a que un psicólogo o psiquiatra atendiera a María Luisa, pese a que esto casi me costó que Cecilia me mandara al carajo.
Fue una larga discusión, en la cual por momentos ella estuvo a punto de correrme de su casa, y era lógico, ella deseaba lo mejor para curar a su hija y lo defendía a muerte. Lo que yo proponía se salía de los clásicos métodos curativos; y es que nos hemos acostumbrado que al más leve síntoma de enfermedad ahí te va cualquier dosis de medicinas, sin darnos cuenta que muchas veces la medicina que nos falta es calor humano. Al final me permitió explicarle mi parecer de lo que a María Luisa le sucedía, consecuencia de lo que le estábamos heredando... Y es que trata de imaginártela, por años ha sido una muchacha tranquila, su primer experiencia de amor bien pronto se convirtió en rechazo y al extremo de volverse odio. Imagina el pequeño cerebro de una niña que tiene que acomodar por primera vez esas piezas fuertes en el rompecabezas de su mente... Entonces se explica por qué era la clásica niña apática hacia todo, claro, después de lo que había vivido, ¿tú crees que se quería volver a involucrar en algo? Si así hubiera seguido todo, no sé, igual y no pasa nada, pero vaya historia que nos dedicamos a construirle alrededor... Y no te estoy culpando nada más a ti, todos somos culpables de lo que sucedió. Por favor, Cecilia, solo te pido que me des unos días. Déjame estar con ella y cuidarla. No sé por qué, pero sé cómo puedo curarla.
Cuídala, Ángel, pero te pido por favor que no la vayas a abandonar, dijo al final.
Después de convencer a Cecilia, subí al cuarto y me dediqué a observar a María Luisa. Su mirada estaba perdida, puse mi mano frente a sus ojos y la moví, sin que ella siguiera el movimiento o hubiera el menor indicio de reacción; puse mi cara frente a la suya y tampoco hubo ninguna reacción. Solo una respiración entrecortada. Hola, Marilú... Creo que ya no quieres saber nada, ¿verdad? No te culpo. Su respiración cambió un poco. ¿Me escuchas? Comencé a hablarle y vi cómo su respiración se tranquilizó. Comencé a platicarle, como otras veces, de cualquier historia que se me ocurriera; a ella le gustaba mucho que inventara historias de reyes y magos, castillos encantados, dragones feroces que al final acababan como fieles aliados del héroe. Cecilia fue a mi casa, me trajo toda mi música, algunos libros y otras cosas que le pedí.
Desde antes de que cayera la tarde envolví su cuarto con una atmósfera relajada; luces de velas y lámparas puestas en el suelo, para no lastimarle la vista; incienso y música, mi música, esa que durante toda mi vida me ha acompañado. No le ponía discos completos, sino melodías relajadas y canciones que me eran especiales, y que antes ya alguna vez había compartido con ella. Cuando las escuchó por primera ocasión, en mi casa, me había pedido que algún día le pusiera otra vez todas esas canciones y le contara acerca de los momentos que viví con cada una, y que hicieron de esa música un reflejo de mi persona, convirtiéndose en lo que una estación de radio de la Ciudad de México hace muchos años llamó “el soundtrack de tu vida”. Porque escucho la música y te veo, Ángel, me dijo esa primera vez, acostada en mi cama. Al principio fui cauteloso, pues temía que algunas canciones pudieran recordarle todo lo pasado y se alterara; pero no, casi desde la primera tuvo una reacción de relajamiento que no me dejó dudas sobre el beneficio de la terapia musical.
Toda la noche del jueves los dos nos la pasamos en vela, yo hablándole o leyéndole algún cuento o fragmento de novela y poniendo mi música; ella con los ojos abiertos a no sé qué dimensión interna, a veces dejando escurrir lágrimas de sus ojos. Me acercaba a cada momento para secárselos y decirle que todo estaba bien, que podía descansar tranquila. Ponía almohadas en su nuca y lentamente le daba a comer pequeños bocados de papillas. Cecilia y Carmen pensaban que era inútil, que lo tiraba todo, pero yo me daba cuenta del leve movimiento que hacía en su paladar y de que tragaba algo de vez en cuando. En un momento, tal vez antes de que amaneciera, cuando la noche es más noche, miré su rostro y me puse en el camino de su mirada. Acaricié sus mejillas, su frente, su cabello, su nariz y su boca, y en ese mismo orden la fui besando. Llora, mi amor. Saca todo lo que durante tanto tiempo has mantenido encerrado en tu corazón. Descansa, todo está bien. Me acosté a su lado y acurruqué su cabeza en mi pecho. Mientras le leía El Principito.
Al poco rato los dos dormíamos como niños, yo hasta más allá del medio día, cuando un dolor intenso en mi brazo derecho me despertó. Lo tenía entumido por la posición. Nos habíamos mantenido en la misma postura durante todo el tiempo.
Cecilia estaba sentada al lado de nosotros y me ayudó a acomodarla de nuevo en su almohada. Pronunció tu nombre un par de veces, me dijo. Soñé con ella todo el tiempo.

Terapia


Cecilia se dedicó más que nunca a su negocio, olvidando por el momento su intención de irse de la ciudad y, aparentemente, también para no intervenir demasiado en mi atención a su hija, pero todo el tiempo se mantenía al tanto del estado de ella, llamándole a Carmen por teléfono o viniendo a casa bajo cualquier pretexto. Carmen, por órdenes de Cecilia, había pasado de dependienta de la tienda a encargada de la casa, para apoyarme en todo lo que le pidiera. Tantos cambios en tan poco tiempo, pero nos teníamos que adaptar a las circunstancias.

(Un vals plástico dedicado a Cortázar)
Bosquejo tu cuerpo. No te quito la ropa. Te delineo sin ella. Dejo la esponja en la palangana y con mis manos humedezco tu piel. El agua como óleo, tu cuerpo como lienzo, mis dedos son el pincel que plasma la silueta; el acondicionador es el aceite de linaza que da cuerpo a la pintura. El cerdamen acaricia apenas la tela, dibujando las figuras, matizando las sombras, diluyendo los contrastes; los trazos aparecen de las formas y éstas del color. Te pinto tal cual eres, María Luisa. Comienzo por tu cara: la frente, los párpados, que cierras por un momento, tus cejas, la nariz, pómulos y mejillas; sigo la curvatura de tu boca que son los labios, para que el rasgo sea fiel a la forma; bajo por tu cuello; humedezco de nuevo mi pincel en la pintura y recorro cada pliegue del cuello, hasta los hombros y el pecho, cuidando el carácter convexo de tus senos; por debajo de las caricias asoman dibujados los brazos, con ese vello casi transparente; tomo tus manos y las invento entre las mías; regreso al pecho y resbalo por tus costillas en un esfumado hasta el vientre; un pequeño manchón oscuro será suficiente para apenas sugerir el ombligo; inicio el rodeo que figura tu cadera, los muslos, las rodillas, y alcanzo los tobillos; plasmar tus pies me lleva tiempo, me detengo en un masaje que da la textura perfecta a tus dedos...
No andaba muerto...

A veces quisiera tener esa debilidad maravillosa que permite a cualquier persona desmayarse en los momentos cuando se prefiere no enfrentar algo.
El sábado Carmen había salido para hacer el mandado. Cecilia había ido a su tienda. Y yo abrí la puerta para encontrarme frente a frente con la muerte... con Clodualdo, quiero decir. Como por un segundo, o apenas fracciones, demasiadas cosas pasaron por mi mente, enterrando mis pies en la entrada de la casa, entendiendo por fin aquella frase de sentir que los calzones se le hacen a uno de yo-yo, cuando el que debía estar enterrado era el hombre frente a mí, quien tenía una expresión imaginé similar a la mía: de total y absoluta estupefacción. Y yo no sé qué pasó por su mente; por la mía, tras de rebasar la impresión de que Clodualdo estaba vivito y coleando y frente a mí, pasaron un caudal de ideas: ahora sí me matan..., imagínate, ¿qué haces en la casa, casi como si ya fueras propietario del inmueble y los muebles y las ocupantes, a escasos días del sepelio de un muerto, y que se aparece así pletórico de vida?, a quien, por si fuera poco, María Luisa le había revelado todo: que me acostaba con su mujer, que su hija me amaba, y no dudo que se imaginara que ya me había acostado con ella, y, por si fuera poco, que también me acostaba con su amante, la esposa de su compadre quien, a su vez, se acostaba con su esposa... una promiscuidad en serio indignante... no’mbre un perfecto cuadro para thriller telenovelesco... ay, angelito de mi guarda, ahora sí se te apareció el chamuco, y no creo que nomás venga a jalarte los pies..., a ver cómo sales de esta. Y es para matar a cualquiera si le preguntaba ¿no estabas muerto? Y si de chiste se tratara él acabaría ciertamente con el estribillo de la famosa canción: “andaba de parranda”. ¿Estás vivo? No, hombre, ¿cómo le vas a preguntar eso? ¿Lo quieres matar de la impresión?... ¿Qué le digo?... ¿Puedo pasar?, preguntó él. Pero claro, si es tu casa.
Apenas atiné a flanquearle la entrada, cuando aquel estado yoyístico de mis calzones era apenas un vaivén ya cinético y me permitió hacerme a un lado, y, luego de servirnos un trago necesario que nos fue recuperando el color perdido y que mágicamente asentó las ideas, le expliqué las cosas conforme iba preguntando. Estaba él mucho más espantado que yo, lo que por momentos me asustaba pues temía que en cualquier instante pasara de una tranquilidad controlada a la violencia sin control. Pero no, tratando de mantener la calma escuchó la parte de la historia que se había perdido, y de la cual, en apariencia, él había sido el inerte protagonista, lo cual, con justa razón, era una idea difícil de asimilar y tal vez le hacía sentir su mirada nublada. Como un balde de agua fría, figura ya bastante trillada, tan trillados como los dos nos sentíamos y por eso el balde nos cayó tan de sorpresa, descubrimos que a quien habíamos velado y enterrado era a Ausencio.
En verdad esa situación era para morirse, porque aquel que se sentía renacido y más vivo que nunca, y que venía con la intención de ajustar sus cuentas, pues resultó que para los demás estaba muerto y lo habían enterrado, o por lo menos el acto fue un símbolo bastante real, y luego cómo le haces para convencer a aquellos que aceptaron la muerte de un ser querido que dice mi mamá que siempre no, resulta que el muerto es otro, y aquella que consolaba a la viuda resultaba ser la verdadera viuda y la otra ya no lo era más y Marilú, no mataste a tu padre, no te culpes más y... definitivo, era para morirse.
Clodualdo nada más pensaba en su situación. ¿Qué hago?... ¿Qué crees que puedo hacer?... Y otras preguntas que me hacía o más bien se hacía; las cuales, por otra parte, siempre me habían parecido que dejaban mucho a la imaginación acerca de la persona que las hace. Me pareció curioso sentirme culpable y verdugo a la vez. Resultaba de lo más irónico que en ese momento yo tuviera el control, el dominio sobre lo que hasta hace unos días le pertenecía, y él no oponía resistencia a ninguna de mis apreciaciones sobre lo que se debía hacer, o más bien a lo que no se debía hacer.
Quiero ver a Cecilia. Creo que no es buena idea, lo mejor será que vaya a verla y la prepare para esto, han pasado tantas cosas que es preferible no precipitarse. Quiero ver a mi hija. Imposible, ella descansa. Está bien, creo que lo mejor es que me vaya a dormir un rato. Y antes de que yo pudiera decir que tampoco creo que sea buena idea, porque si alguien te encuentra descansando en tu cama, cuando deberías estar descansando en paz y para siempre en tu tumba, imagínate, él se levantó del sofá que, curiosamente, daba hacia la puerta de la calle, misma que apenas se abrió unos segundos antes, y fueron simultáneas las acciones de él levantarse y Carmen entrar, para encontrarse cara a cara.
Palabra, yo nunca había pensado golpear a una mujer, salvo si el caso era meritorio, y Carmen ameritó, pobrecita, varias bofetadas para calmarse. Y es que parecía haber visto a un fantasma. Y la tuve que someter yo solo porque nomás se le acercaba un poco Clodualdo y ella pegaba tremendos berridos y se persignaba y le hacía la cruz al diablo, a Clodualdo, quiero decir.
Si a veces era difícil hacerle entender a Carmen un mandado que le pedía uno, en esa circunstancia fue el extremo de imposible hacerla comprender nada. Si hasta ella había llorado un poco por la muerte de su esposo de su patrona, ‘ora me van a venir con que no estaba muerto... Y palabra que no me descuidé en ningún momento, pero ella de pronto se me esfumó de las manos y salió corriendo de la casa como alma que lleva pena.
La quietud regresó a la sala, porque Clodualdo y yo casi nos convertimos en muebles, de lo petrificados que nos quedamos. Como jamás me hubiera imaginado docilidad alguna, y al rato que dejamos de escuchar los alaridos de Carmen perderse por las calles, enterando a medio mundo sobre los sucesos, Clodualdo aceptó mi propuesta que se fuera a un hotel, mientras yo hablaba con la gente, y que después yo lo vería para decirle lo sucedido.
Oye, Ángel, gracias por todo... este... me da mucha pena lo que te voy a pedir, pero ¿te presto dinero para irme a un cuarto de hotel? ¿Cómo? ¿Qué si tienes que te preste dinero para que me vaya a un cuarto de hotel, coño? No entendí nada de lo que me decía... Puta madre, Ángel, no me hagas esto más doloroso... ¿tienes dinero para que me pueda ir a un hotel?, es que una pinche puta me robó la lana que traía y... Cómo no, Clodualdo, cómo no... perdóname, es que no entendía. Todo tembloroso saqué unos billetes y se los extendí. ¿Es suficiente? Gracias. Se fue al motel donde solía ir con Sonia. Todavía traigo la camioneta de mi compadre, así es que frente al cuarto que la veas ahí estoy; lo cual, por otra parte, provocó el desarrollo de otras circunstancias no menos embarazosas y bizarras...
Yo me quedé totalmente perturbado por esa forma de pedirme dinero prestado... ¿será que el campechano es tan orgulloso que no se atreve a pedir dinero directamente por no verse humillado ante la necesidad? ¿O por qué la estúpida costumbre de decir “te presto” cuando en realidad son ellos los que necesitan el dinero?

Despertar


Subí a ver a María Luisa pues temía que tanto alboroto la hubiese molestado. Sus ojos me esperaban. ¿Mari? Levantó sus brazos hacia mí y lloró. Besé su frente, sequé sus lágrimas, limpié su nariz, y otra vez la frente y el sudor frío, los ojos y las lágrimas, la nariz y los mocos. Ya ya ya, María, ya... Sshh... descansa. El sudor, las lágrimas y los mocos. Prométeme una cosa... La que quieras. Prométela... la frente, los ojos, la nariz... Lo que tú digas... la frente las lágrimas los mocos... Acaba con todo esto... la... los... la... O llévame lejos... y el sudor y los ojos y la nariz... Ya no quiero llorar más... El cuello de mi camisa, el puño de la manga de mi camisa y el pantalón donde limpiaba mi mano. Duérmete, mi amor, verás que cuando despiertes todo habrá terminado. ¿Lo prometes? Sí, descansa... Tengo sed.
Bajé corriendo a la cocina por un vaso con agua. Cuando regresé a su lado ella estaba sentada en la cama. Me hinqué frente a ella y la ayudé a tomar pequeños sorbos. Soñé que me pintabas... Te pinté, Marilú. ¿Y cómo quedé? Muy bonita. Podía notar que por momentos sus ojos tendían a perderse otra vez; la tomaba entre mis manos y le hablaba, obligándola a verme. Trataba de escabullirse, pero yo la sujetaba. Ya no quiero esto... quiero irme, quiero irme... Ya nos vamos, si tú quieres... Ángel, me miró, sus ojos estaban lúcidos, llévame a tu casa.
En la cochera estaba el auto de Clodualdo. La cargué y la acomodé dentro, reclinando el asiento. Tardé un poco en arrancar, no en balde ese carro llevaba parado una semana, y nos dirigimos hacia mi casa. Cuando llegamos ella dormía profundamente. La acosté en mi cama, prendí el ventilador, abrí las ventanas y la puerta del patio para disipar un poco el olor a encerrado y a humedad, y esperé un momento para ver si ella despertaba.
Al comprobar que no despertaría en un buen rato me dirigí al teléfono público más cercano para hablarle a Cecilia. El simple hecho de pensar en decirle todo por teléfono me ponía los pelos de punta, pues este aparato nunca me ha parecido adecuado para dar noticias importantes, y menos aquellas que tienen más un toque de tragedia, pero no podía dejar sola a María Luisa por mucho tiempo; por otra parte, yo sabía que Carmen había ido a la tienda y lo más probable era que Cecilia ya estuviera enterada.
El eco de los tonos que me permitió imaginar el timbre de un teléfono en un lugar abandonado me hizo pensar en dos cosas: Cecilia iba a su casa o algo le había pasado, igual y había tenido que llevar a Carmen al médico o... Le hablé a su celular. Nada. Otra vez a la tienda. Nada. Su celular. La tienda... Dejé que corriera el tiempo, calculando lo necesario para que ella llegara a casa. Le hablé. Nada. Me tranquilizó un poco el hecho de que María Luisa dormía tranquila, y de seguro así podría seguir toda la noche, lo cual me daba unas horas para salir a buscar a su madre, si es que no llegaba a casa en un par de minutos. Un último intento a la tienda, nada; a su celular, nada; a su casa, nada. Me subí al auto y fui a la tienda.

Si no está muerto lo mato


Carmen también fue a la tienda de Cecilia, lo cual era de suponerse, como me había imaginado. Después prácticamente huyó a su pueblo. Cuando llegué todavía podía verse el polvo levantado por el paseo nervioso de Carmen por todo el establecimiento. Cecilia descansaba o intentaba hacerlo en un sillón, envuelta por una nube de humo de bastantes cigarros, haciendo brincar sus piernas en un tic nervioso; mordisqueando los pellejos y las uñas de sus dedos.
Ya te enteraste. No hay respuesta. Seguro se avecina una tormenta de dimensiones ciclónicas, siguiendo el viejo dicho de que antes de la tormenta está la calma chicha. ¿Está en la casa? No, se fue a un hotel. ¿Y María Luisa? Despertó y me pidió que la llevara a mi casa. ¿Se despertó? Sí. ¿Hablaste con ella? Sí ¿Y cómo está? Bien. ¿La llevastes a tu casa? Sí. ¿La dejastes allí? Note preocupes, está tranquila, se volvió a dormir. Vete con ella, quiero que te la lleves de aquí. ¿Qué me la lleve? Llévatela a donde te parezca el lugar más indicado para que ella descanse por unos cuantos días, en lo que esto se termina, y se recupere. Llévate mi teléfono celular para que yo pueda saber que están bien. ¿Necesitas dinero? No..., he guardado un poco en mi cuenta, pero... Si lo necesitas dímelo y te lo mando a donde tú me digas. ¿Te sientes bien? Quiero decir, lo que me estás diciendo me sorprende... ¿Te sorprende que quiera enmendar un poco todo el daño que le hemos hecho a esa pobre muchacha? Además, a ti tampoco te corresponde seguir viviendo todo esto... es una bronca entre tres o cuatro... francamente ya no sé cuántos quedamos. ¿Qué piensas hacer? Aspira su tabaco y deja escapar lentamente el humo. Recuerdo tantas películas que utilizan este recurso para dar un poco de suspenso a la situación. Lo he estado pensando mucho y ¿sabes?, tu método del descarte funciona. Primero me quise morir, salir huyendo para ya no saber nada de todo esto, y lo descarté. Yo no tengo por qué huir, sobre todo porque tengo una hija a la que debo cuidar. Luego pensé en salir corriendo a la casa con la firme intención de matarlo y sacarlo de una vez por todas de nuestras vidas, pero también lo descarté porque se me hace un poco de locura pensar en matar a quien está muerto, y no me puedo permitir, por otra parte, el que sigamos jodiendo a mi hija con tanta estupidez...
Su voz sonaba no nerviosa, excitada más bien, lúcida como nunca antes. Sus ojos no se desviaban de su objetivo: yo. Todo su cuerpo estaba tenso, de primera impresión quieto, pero se notaba un temblor rápido que delataba su trabajo físico y mental.
Qué ironía, de seguro a quien enterramos fue a Ausencio... También pensé en ir con Sonia, para... pero la última vez que la vi se portó tan mal conmigo, tan distante, grosera y fría, que mejor pensé que se joda y siga esperando a su maridito por el resto de su vida... a ella le encantaría saber que es Ausencio el muerto, y no Clodualdo... y ya la veo moviendo cielo, mar y tierra para desenterrar a mi muerto para darle cristiana sepultura, y así tendría su futuro asegurado y estaría libre para hacer todas sus puterías... No, que las siga haciendo, pero sin poder contar con la herencia... Soltó una risita un tanto esquizoide. Ahora, en cuanto al que quedó vivo... me tranquiliza saber que no está en casa, así es que lo único que me queda por hacer es nada, no voy a hacer nada, ¿te das cuenta?... y al final él sabrá que no quiero saber nada de él, y ojalá llegue a la conclusión que lo mejor es que se vaya. Cecilia, él quiere... Mi esposo está muerto, lo enterré hace unos días, estoy de luto... No quiero saber nada más. Si se murió o no se murió y el que se murió es otro, es su problema, no mío, para mí él está bien muerto, así es que lo único que voy a hacer es pedirte que te lleves a mi hija lejos de aquí y se olviden de todo.
En verdad era sorprendente escucharla y mirarla, como un motor funcionando a mil revoluciones por minuto. ¿Y tú? ¿Yo? Volvió a fumar, exhalando el humo hacia todos lados, envolviéndose en él. Yo me recuperaré... nada más es cosa de dejar pasar la tormenta y ya está. ¿Estás segura? Me miró fijamente. Ángel, tú tan bien como yo sabes que si hago cualquier otra cosa empeorará el asunto, ¿no? Así es que no voy a hacer nada, hasta que pase lo que tenga que pasar.
En tres fumadas terminó el cigarrillo, lo tiró al suelo y lo pisó. Me acerqué, me hinqué frente a ella y nos abrazamos muy fuerte. Ese abrazo fue nuestra única despedida.

A mí nadie me grita


Llegué al hotel. Pese a que lo más indicado hubiera sido ya no involucrarme más en nada e ir a casa de María Luisa, empacar lo que pudiera de ella y llevarla lejos, como lo había recomendado su madre, más bien sentí necesario cumplir mi palabra y hablar con Clodualdo; decirle la postura de Cecilia, claro, suavizándola, y que yo no creía ese el momento adecuado para intentar verla, porque la noté bastante alterada, y que ella decía que lo mejor sería que se volviera por donde vino, o se mudara... quién sabe, a lo mejor y más adelante las cosas cambiaban un poco y podría verla.
La puerta del cuarto estaba emparejada. ¿Clodualdo? Un silencio que pronosticaba un suceso indeseado, con el atinado matiz de la voz de un locutor dando noticias por la televisión, me hizo sospechar lo peor. Abrí poco a poco la puerta. La habitación había sido una especie de ring para una batalla que a leguas se notaba había sido de antología, digna de verdaderos colosos. Clodualdo estaba acostado en la cama, rasguñado por todos lados, golpeado por todos lados, sangrando por todos lados. A mí nadie me grita...
Ya el desenvolvimiento de las cosas era tan ridículo, inesperado y absurdo, que mejor era tomarlo con filosofía y, si se podía, reírse un poco, porque, como diría el maestro Hugo Argüelles en la boca de uno de sus personajes más deliciosos: “¿No te ha pasado que cuando las cosas son de tal manera prefieres reír a llorar?... como se nota que te hace falta sufrir para darte cuenta que reír así es no romperse...” Algo así era, y se podía pensar lo mismo también en esta historia. Rápidamente me pasó por la mente un personaje gay que cuando ve a alguien golpeado le pregunta “¿Pero qué te paso?”, toda loca ella. Y no había mejor pregunta, aunque en honor a la verdad ver lo que iba a presenciar no era para nada asunto de risa.
A ojo de buen cubero me pareció que Sonia había pasado por el hotel, vio la camioneta de su esposo y se imaginó que ahí estaba el muy hijo de su..., seguramente con otra, y a ella le daría un gran gusto decirle unas cuantas cosas. Después de despedirse de su acompañante, su asesor en turno, y de convencerlo de que en otra ocasión se darían su justo medio, por obvias razones, fue directo al cuarto donde seguramente estaba su esposo con una cualquiera. La sorpresa la compartieron el huésped de la habitación y ella cuando se encontraron y, en vez de descubrir a su marido con otra mujer, descubrió a Clodualdo que, ahora le tocó a ella descubrirlo, no andaba muerto.
Es probable que ella se volviera loca, desquiciada, comenzara a romper todo, a aventarle todo, a golpearlo, insultarlo, en una mezcla peligrosa de ira, rencor y pavor... A mí nadie me grita... Él no podía soportar eso. Y cuando se le fuera encima y le rasguñara el rostro, él la sujetaría por el cuello y apretaría tan duro y la sacudiría tan fuerte, que podría recordar el sonido de cuando la madre de Elena torcía hábilmente el pescuezo a las gallinas, para después hacer un delicioso caldo con ellas.
Ahí estaba el cuerpo de ella, tirado, y con toda la certeza de que se trataba de Sonia, porque su cabeza permanecía en su lugar, para poder identificarla, aunque ya no le sirviera tampoco para nada.
A mí nadie me grita... Repetía Clodualdo, como autómata constante. A mí nadie me grita...
Imaginé el sonido de las sirenas, pues todos sabían que cuando se buscaba a la policía en estas tierras nunca daban luces de existir, pero que sí tenían la costumbre de aparecerse cuando no los querías ver ni en pintura... Ya no había nada que se pudiera hacer para remediar nada. La policía podría acercarse... y por primera vez no hice mi eterno ejercicio de opciones descartables. Lo primero que pensé fue lo hecho: salir de la habitación y, como algún personaje histórico hizo alguna vez, lavarme las manos, no importándome que este acto, en esta ocasión, no fuera de mayor trascendencia para la humanidad más que el simple hecho de rajarme a cualquier indicio de estar involucrado en los acontecimientos.
Salí del hotel, me subí al carro. La sangre me subió a la cabeza cuando escuché una sirena acercándose y miré rápido por el espejo retrovisor, para tranquilizarme por la visión de una ambulancia pasando... pero qué tino, coño. Suspiré profundamente.
Llegué a la casa de Cecilia, apenas empaqué algunas cosas de María Luisa, las mías que aquélla había traído, metí todo a la cajuela del carro. Cuando cerraba la puerta de la casa, dispuesto a irme, comenzó a sonar el teléfono. Pensé en Cecilia, pero descarté la opción de advertirle lo que había pasado, porque entonces sí haría algo que pudiera involucrarla; lo mejor sería dejarla ignorante, que las autoridades encontraran primero a Clodualdo y el cuerpo de Sonia, lo cual no tardaría en suceder porque está bien que los recepcionistas de esos hoteles no se metan en la vida privada de sus clientes, pero tamaño crimen se podría oler bien pronto; entonces comenzarían las averiguaciones y, tal vez hasta el día siguiente se les ocurriría buscar a Cecilia. Sí, ella estaría a salvo de todo esto, acabándose la botella de whisky y los cuatro paquetes de cigarros que me mandó comprarle antes de irme. Me subí al auto y arranqué con dirección a mi casa. Empaqué algunas cosas, las metí también a la cajuela. Regresé por María Luisa, que seguía dormida, la cargué y la acomodé en el asiento reclinado. Al encender de nuevo el auto, para partir de la ciudad de Campeche, ella abrió los ojos, volteó a verme. ¿Ya terminó todo? Ya, mi amor, ya no te preocupes por nada. Y volvió a dormirse.
Salimos de la ciudad cuando empezaba a llover. Si de por sí yo no tenía ninguna intención de manejar a gran velocidad, la lluvia me influyó para ir todavía más despacio. Subí por la panorámica y, junto al fuerte de San Miguel, eché el último vistazo a una ciudad que siempre he amado pero que, por una u otra razón, vivimos un eterno divorcio, entendiendo que esa sería la última ocasión en la cual intentara sentar cabeza ahí. Arranqué y me dirigí hacia la desviación, con rumbo a la autopista.
Pensaba en el lugar más adecuado para llevar a María Luisa. Por fortuna uno es una especie de pata de perro errabundo que ha andado por aquí y por allá. Pensé que el lugar más adecuado sería uno con buena energía, tranquilo, donde el tiempo se sucediera pacíficamente. Descarté casi todos los lugares propicios que se localizaban hacia el centro del país, primero porque no quería manejar tanto, y segundo porque lo mejor era buscar una ciudad pequeña o un pueblo tranquilo y sano, y los lugares que conocía perfectos, en los alrededores del centro del país, habían sido ya absorbidos por la polución de la capital.
Me detuve un rato en Champotón para descansar un poco y comer algo. María Luisa seguía profundamente dormida. Hasta entonces me di cuenta de que traía algo extraño en uno de los bolsillos traseros de mi pantalón. Vaya manía de madre e hija para andar dejando recaditos en los bolsillos de los demás... Era la tarjeta bancaria de Cecilia con una nota en la cual me decía que en esa cuenta estaban todos sus ahorros, con la clave personal para que yo no tuviera problema y poder retirar dinero de cualquier cajero. Nos deseaba mucha suerte y ojalá, con el tiempo, le enseñara a María Luisa a olvidar y perdonar a sus padres.

Bacalar, Quintana Roo


Bacalar es una especie de pueblo perdido al lado de una hermosa laguna que lleva ese mismo nombre, y que dicen tiene siete colores. No sé si los tenga, pero sí tiene una enorme variedad de matices azules. A veces pienso que este pueblo es refugio de quien algo debe o algo le pesa: un amor, un fraude, un crimen... En el viejo tiempo, los mayas pelearon mucho este punto, pues solo ellos sabían y reconocían la pureza y energía de este sitio paradisíaco. Ahora, afortunadamente, ni siquiera somos capaces de reconocer su esplendor, lo cual es mucho mejor, si no ya veo este lugar repleto de turista y sus wonderfuls y sus cámaras...
No pude pensar en un mejor lugar para que María Luisa se recuperara. Yo conocía a la gente de la Casa Internacional del Escritor, donde hace algunos años pasé unas semanas, invitado por una amiga escritora que había solicitado una estancia ahí para corregir un libro de poemas y dar un curso de poesía en la Casa de la Cultura del pueblo; y ninguna de las dos cosas hizo, pero nos la pasamos muy bien. Esa nueva ocasión no tuve mayores problemas para quedarnos ahí por algunos días, en lo que encontraba un mejor lugar. Al tercero, como esa suerte de situaciones que se presentan mandadas a hacer para uno, nomás tener la ocurrencia de preguntarle a una señora que regaba la fachada de una casa si sabía de un lugar que rentaran y ella contestó que ésa, pude rentar una casa a la orilla de la hermosa laguna, a la entrada del pueblo.

Ha pasado ya un año desde que nos fuimos de Campeche, y todavía no recibo ninguna llamada de Cecilia. Por los periódicos me fui enterando de cómo se manejó la historia en Campeche, que pese a un intento titánico por no dar mucha atención al asunto, a favor de las buenas costumbres y los nombres de abolengo de las familias involucradas, la gente en general se regodeó por varios meses con y en el chisme.
Pensé mucho en Cecilia y en todo lo que debió afrontar desde nuestra partida. Muchas veces he estado a punto de llamarla, pero algo me dice que también para ella es mejor mantenernos a la distancia. Me parece irónico, aunque todavía no logro descifrar la jugarreta del destino, que la pareja Sonia y Clodualdo muriera y la otra permaneciera; aunque no sé cuál relación esté más muerta.
La recuperación de María Luisa ha sido lenta, pero positiva. A su rostro ha regresado el brillo de su mirada y una sonrisa espléndida. Nunca me preguntó nada; tampoco le dije nada; y no sé si en el proceso de bloqueo que vivió lo olvidó todo o apenas comienza por sí misma a dejar que los hechos se desvanezcan en el recuerdo que los aleja... Su mejor medicina es despertarse antes del amanecer, despertarme y meternos a la laguna para ver la salida del sol. Ella entonces no quiere hacer otra cosa que estar en el agua hasta pasado el mediodía, yo me dedico a hacer otras cosas, le preparo un jugo de varias frutas y se lo dejo en el muelle, arreglo un poco la casa, cocino algo para mí; luego llega María Luisa, chorreando agua por todo el piso, y me pone mi sombrero, señal de que quiere pasear; después de que se arregla salimos a caminar por el pueblo o en el carro nos vamos hacia donde sea; a veces me acompaña cuando tengo un trabajo de fotografía o algo relacionado con la promoción cultural en la capital del estado, Chetumal, o en la Casa de la Cultura de Bacalar... ya hasta me han propuesto para dirigirla; lo que sí es seguro, me lo dijo el candidato a la gubernatura, en una cena, que me nombraría asesor cultural, título nobiliario que por estos lares significa realmente mamar del erario estatal sin que tu labor importe mucho, realmente...
Hay días que estamos juntos, muy juntos; otros que cada quien hace lo que le viene en gana y como si el otro no existiera; otros, mitad y mitad. Ella ha vuelto a nacer, no habla mucho, mira las cosas como si fuera la primera vez; en especial tiene una atracción hacia una pequeña planta que cuando la toca se retrae y ella se queda viéndola hasta que se vuelve a abrir completamente, para volverla a tocar y vuelta la misma historia; me pregunta, como si fuera una niña, sobre las pilas que debe de usar el sol y quién se las pone; quién abre la llave para que llueva; sobre los lentes tan chistosos que usó el otro día el vecino para verla, cuando ella tomó el sol desnuda, acostada en el muelle; sobre el vuelo de los pájaros; cómo aguantan la respiración los peces debajo del agua; sobre los matices de azul de la laguna... A veces parece descubrir inocentemente las cosas, otras me deja ver una gran madurez.
Vamos construyendo una cotidianidad a partir del presente, con una casi total ausencia de los tiempos pasado y futuro, y sus derivados perfectos e imperfectos.
Cuando ella me vio escribiendo esto me preguntó lo que hacía; le contesté que era una historia del pasado. ¿Qué es el pasado? Es todo lo que se hizo antes de hoy. ¿Y lo necesitas escribir para recordarlo? A veces tengo mala memoria. Ya lo sé. Pasó junto a mí y me revolvió el cabello, sin prestar mayor interés a la pantalla de la computadora.
Una de estas noches frescas, prenderé un hermoso fuego con nuestro pasado, para calentarnos.

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