Vida de Perro
Por:
R. Jorge Sáenz
Hernández
<Taller de Guión
II>
Viernes, 09 de Noviembre de
Y2KI
“Cuento y
Análisis”
En lo alto de la azotea de mi casa he
puesto a mi perro. Parecía buena idea eso de castigarlo de alguna forma
por ser un desmadroso y por orinarse alzando su patita en cada esquina
que encontraba dentro de la casa.
Solía subirse a las camas a roer por
completo las almohadas, desgarraba con sus uñas las finas sábanas
de la cama de mis padres y cualquier objeto que encontraba “mal
puesto”, lo masticaba hasta dejarlo irreconocible o completamente
ensalivado.
Mamá dijo: “Pinche perro,
mándalo a la azotea!!!”... y como les dije antes, en esas
condiciones casi cualquiera pensaría que no era tan mala
idea.
Luego de dos días de pasarla
allá arriba, el pobre perro dejó de ladrar día y noche. Su
pelo parduzco se ponía más brillante y hermoso a fuerza del sol y
de los baños diarios tomados a fuerza del destino por esta recién
llegada época de lluvias.
Al paso de una semana allá arriba,
mi perro dejó de comer... “que porque estaba triste”,
decía la vecina de la casa azul de la esquina. Fue ahí donde
comprendí que aquel perro era un buen amigo para mí, pero era un
pésimo mueble de azotea por donde quiera que se le
mirara.
Todos dormíamos tranquilos y sin el
menor ruido proveniente de la azotea que perturbara el nocturno descanso a los
quince días de haber castigado a mi perro. La noche se rompió con
un ensordecedor chillido que despertó hasta a los vecinos de la calle de
junto... Mi madre se había encargado de encadenar al perro en una de las
patas del tanque de gas y él, por su desesperación o simplemente
por moverse cuando estaba dormido, cayó por la orilla quedando colgado
con su propia cadena frente a la fachada de nuestra vecindad.
La vecina de la casa azul dice que mi perro
se suicidó...
FIN.