La Piel de Ella (Seudónimo: Gilbert K.)
Lo confieso: me presionaron para deshacerme de ella. Mis amigos dijeron que
estaba como idiota por ella, que llevábamos juntos demasiados
años. Envidia. Mis amigas dijeron que qué demonios le veía
para estar tanto tiempo con ella. Celos.
Ella era especial. En el primer encuentro, fue delicioso desnudarla con
urgencia, saborear el exquisito placer de ser el primer dueño, de tocar
lo intocado con cuidado, con timidez, con miedo de sus reacciones súbitas
e imprevisibles. Entrené mi tacto para la sutileza. Poco a poco, fui
depositando en ella las cosas más íntimas y secretas de mí.
Su compañía me impulsaba a la creación y a la aventura.
Ella recibía todo con dulzura y lo guardaba. A veces temblaba sólo
de mirarla y saber lo que tenía de mí dentro de ella. Me aterraba
pensar que otro pudiera llegar y arrancárselo. Pero, eso sí, estoy
seguro de que ella no lo permitiría por voluntad propia: ese otro
insensible tendría que meter ojos y dedos en sus entrañas para
extraer mi creación.
Leía sus pensamientos cuando me miraba sin hablar. Adivinaba sus
deseos aún cuando parecía totalmente apagada y fría. Me
pregunto si realmente adiviné o simplemente aprendí a despertar en
ella mis propios deseos. La observaba de lejos: inmóvil, inocente,
expectante, dispuesta a todo, ansiosa y muda. Me acercaba y la abría con
mis manos, mis dedos recorrían su piel absolutamente lisa, plana, suave,
perfecta. Cada breve movimiento resultaba en variaciones estremecedoras: la
escuchaba y la veía agitarse, transformarse.
Me sorprende lo que guardaba en ese cuerpo tan esbelto y ligero. Odio
pensar que gran parte de lo que me decía lo había aprendido de
otros (distantes, desconocidos). Tiene que ser así, ella era demasiado
joven para saber tanto.
Su piel a veces era fría. Otras veces, después de un rato
juntos, acercaba mi cara para percibir su tibieza y el leve rumor de
palpitaciones que la recorría.
Nuestra breve vida conjunta era cada vez más intensa, más
desordenada. Me absorbió de tal modo que me olvidé de comer, de
dormir, de llamar a mis amigos. Decidimos entonces hacer más vida social:
viajamos, buscamos lugares deslumbrantes, exóticos, vibrantes. Con ella
todo era mágico, bastaba formular un deseo para estar en cualquier parte.
Conocimos a otros. Estoy seguro que ninguno de ellos fue capaz de ver la luz
azulada que ella despide, su piel maravillosa ni su cintura que se dobla en
todos los ángulos para que su cuerpo pueda ser disfrutado. En un remolino
vertiginoso desfilaron imágenes de todo lo que se nos pudo ocurrir, cada
vez más atrevido y extraño. Vi su piel tan lisa cambiar de color,
llenarse de tatuajes, de perforaciones enjoyadas en los lugares más
inaccesibles y, después, volver a presentarse fresca y limpia. La vi
acariciada y sometida por otros. Su piel tan cercana se cubría a veces de
pequeñísimas gotitas de humedad que mis manos no podían
sentir porque al tocarla su piel era de nuevo lisa, plana, suave, perfecta. Mis
dedos lograron una coordinación finísima sobre su diminuto espacio
sensible; alcancé la perfección para desencadenar con mis manos la
respuesta deseada y precisa.
Bajé de peso y perdí mi trabajo. Mis amigos y mis amigas
tenían razón: ella debía desaparecer de mi vida. Fue una
decisión terrible; todavía no sé cómo dejé
escapar nuestro mundo especial.
Yo mismo escribí sobre su piel la sentencia fatal de la
separación con letras negras y afiladas: Vendo PC portátil,
multimedia, touch pad, módem.
MariCarmen González Videgaray
Acatlán, junio 2000.