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UNA PRUEBA DE FE


Si estamos en un cuarto oscuro
y decimos que no hay luz
es porque alguna vez hemos visto la luz.
Algo parecido sucede con la felicidad.

SWAMI TILAK


I

Regularmente dormía a pierna suelta, con una tranquilidad igual a la de una criatura inocente, y con una profundidad tal, que ni el ruido de un tren lo podía despertar. Así era su sueño: sólido y apacible.
Sólo que en los últimos días, Antonio tenía muchos motivos para no dormir en paz.
El impacto inflacionario que –para variar– se estaba viviendo en esa época y los altos intereses que el banco le cobraba por las deudas de sus tarjetas de crédito –que para ese momento ya se habían duplicado–, la extraña enfermedad que tenía a su pequeña hija en una delicada situación y el constante temor de quedarse sin empleo, ya eran, de por sí, razones suficientes para padecer insomnio.
¡Caramba! Y ahora, por si fuera poco lo que ya sufría, le había salido una enorme y molesta protuberancia en uno de los testículos y su hijo no había alcanzado sitio para ingresar a la universidad pública local.
Oscuros y tortuosos pensamientos se apoderaban de su mente: “¡Falta que sea cáncer! Y ora, ¿qué diablos hago con el Toño? ¿En qué lo pongo a trabajar si no hay chamba en ningún lado? ¡Dónde que yo no puedo pagarle una escuela particular ahorita...! Y ni modo que no estudie o que no trabaje...”
Llegó, incluso, a plantearse la posibilidad de suicidarse... Claro, de una manera tal que más bien pareciera un accidente, para que su familia pudiera disponer del seguro de vida que le daban en su trabajo, del que había comprado por su lado, de la pensión y del SAR. “Yo creo que con eso ya les aseguré el futuro...”.
Sólo que no se había decidido aún: como quiera que fuese, resultaba cierto eso de que el miedo no anda en burro.


II

Muchas gentes, en medio de su desgracia, a veces pueden mitigar su dolor y pesar volcando su fe y sus esperanzas en Dios, en la Virgen o en los santos, pero no Antonio.
Él, solía decir –medio en serio, medio en broma–: “Yo soy ateo, gracias a Dios” y no creía en ninguna iglesia o religión, pese a que había nacido en un hogar católico, había cumplido con todos los sacramentos que manda la Iglesia y hasta tenía parientes que eran sacerdotes.
Uno de ellos, el padre Joaquín, era su primo, amén que desde niño habían sido los mejores amigos, pues lo seguía para todos lados porque siempre lo vio como a un hermano.
El padre Joaquín, aunque más joven, era también más sociable y más maduro, y solía platicar con él y, a veces, con mucho tacto, trataba de vencer su escepticismo, y aunque todavía no lo lograba, seguía intentándolo.
“Por algo el Señor me puso justo aquí, en este lugar, para tratar de ablandar la dura cabezota de este pobre pecador” pensaba para sí mismo, pero cada vez que Antonio se daba cuenta de sus nobles intenciones, o bien se ponía necio y usaba toda clase de argumentos contra la fe y la religión, o de plano le pedía que mejor cambiaran de tema.
Sin embargo, Joaquín, precisamente por la amistad que los unía de toda la vida, pasaba mucho tiempo en la casa de Antonio, quien, junto con su familia, lo recibía con jubilosas muestras de afecto.
De hecho, a Antonio le gustaba platicar con él, y hasta reconocía que le hacía muy bien que se reunieran tanto. Joaquín, por su parte, se sentía contento de convivir con él, con su esposa y con los niños, y les decía: “Pese a la hereje forma de pensar de Toño, seguimos siendo grandes amigos”.
A Antonio le gustaba pasar horas enteras charlando con Joaquín por las tardes y parte de la noche, pero sobre todo, cuando tenía problemas; aunque claro, no aceptaba que fuera por la investidura de Joaquín como ministro de Dios, sino que decía que era muy buen psicólogo.
“¡Y deberías darle gracias a Dios por haberme dado esa capacidad y, además, por haberme hecho de tu familia, porque gracias a eso no te cobro la consulta, grandísimo hereje!” le contestaba francamente enojado el joven clérigo.
Y entonces, Antonio guardaba silencio y sonreía discretamente en señal de respeto ante el agradable enojo y la noble insistencia de su primo.


III

Descreído, pero sumamente agobiado por los problemas, Antonio tuvo que doblegar un poco su soberbia imagen de ateo, así que, en una de las cotidianas visitas nocturnas de su pariente, platicó con él, pero ya no de primo a primo, sino como la oveja que, extraviada, asustada, confundida, le pide ayuda a su pastor; al único ser que sí ve un poco de luz en medio de la cruel oscuridad.


El cura, que en ese momento estaba saboreando un rico y espumoso chocolate con leche, se le quedó viendo con recelo pero le puso atención, así que Antonio prosiguió.


El sacerdote abrió los ojos como platos y dejó de masticar el pan que tenía en la boca. No podía creer lo que acababa de escuchar. Después, tomó aire y se rehizo.


Sorprendido como pocas veces, pero conmovido, el cura bebió de un sorbo todo su chocolate mientras meditaba bien las palabras que le iba a decir a su primo.
“Después de todo, no puedo decirle cualquier tontería a esta cabezota dura que hoy, el dolor y la desesperanza han ablandado... No cabe duda: ¡qué grande Eres, Señor!”.
Entonces, se sentó bien de frente a Antonio y lo miró a los ojos.

IV

“Mira, Toño: esta vida de por sí es dura... Hay que luchar mucho para vivirla por lo menos en paz y con cierto desahogo... No hablemos ya de vivirla con lujos. Ahora bien, cuando uno goza de bonanza en la economía, en la salud, en lo familiar, en fin, en todo, tal parece que nos olvidamos de que le debemos a Dios esa bonanza... ¡Vaya! Hay muchos herejes que dicen ’Pero si yo soy el que se fleta, ¿qué es lo que tengo que agradecerle a Dios?’.
Bueno, a quien no cree en nada, no podemos hacerle ver que la fe en Dios es la fe en uno mismo, porque es verdad que Dios está en todos lados, inclusive en uno mismo... Tú le rezas, tú le imploras, tú le agradeces... Pero, a la vez, tú te motivas, tú te alientas, tú te disfrutas y disfrutas lo que tienes... Es como una ecuación: ‘a’ más ‘b’ es igual a cero... Toño mas su fe en Dios y en sí mismo son igual a buenos resultados... Bueno, un necio no cree que las matemáticas le sirvan más que para sumar sus ganancias o para restar sus perdidas... Lo mismo pasa con Dios.
En fin, te decía... Cuando tenemos bonanza, nos olvidamos de nuestros deberes cristianos y dejamos de rezar, de ir a misa, de practicar la comunión, la caridad y la humildad... Dejamos de encomendarnos cada día a Él, y en cambio, nos dedicamos a la pachanga y al desenfreno, y en vez de que las familias se unan más, como Dios manda, éstas tienden a desintegrarse.
Finalmente, en vez de que uno domine a sus vicios y a sus pasiones, éstas terminan por dominarnos a nosotros y acabamos mal... muy mal...”
Antonio lo miró fijamente a los ojos, como escudriñando en el fondo de las pupilas del padre, y asintió. El cura siguió hablando.
“A veces sucede que se nos juntan los problemas, muchos problemas al mismo tiempo, y no falta quien te dice que eso se debe a pruebas que nos pone Dios para ver la fe que le tenemos y que nos tenemos nosotros mismos...
No quiero que pienses que Dios recurre al chantaje sentimental o moral para que volvamos a Él... –se apresuró a aclarar Joaquín, y sentenció a la vez que alzaba su diestra con el dedo índice extendido– ¡Sus designios son incuestionables! Pero, efectivamente, a veces nos pone pruebas para medir nuestra fe y nuestra entereza.
Porque, aunque parezca curioso, hay gente que reza por costumbre, o por el qué dirán, o por fanática, o porque cree que se puede ser zalamero con Dios... Pero a Él hay que acercarse siempre por convicción, con fe, porque crees que Él es tu única verdad y no tienes dudas de su fuerza y de su existencia... ¡Porque simplemente Dios es todo para ti y ya, sin más razones!”.
En ese momento, Antonio rompió en un llanto tan amargo y tan doloroso, que el cura lo abrazó, conmovido ante tanta desolación, pero agradecido con el Creador por haberlo puesto como guía para esa alma tan confundida y atormentada...
“Pero no te hundas en la desesperanza, Toño... –dijo Joaquín mirándolo a los ojos– Es cierto que Dios manda la llaga, pero también manda el bálsamo para aliviarla. ¡Vaya! A lo mejor, a veces el diablo también ha de meter la cola para que haya problemas, no lo dudes: No todo es cosa de Dios... ¡Pero claro que el Señor acaba poniéndolo quieto! ¿O crees que habría de abandonarte?”.
Al oír aquella sana y curiosa reflexión, Antonio calmó su llanto y rió de buena gana, empezando a recuperar su fortaleza poco a poco. También el padre sonrió y continuó hablando.
“¡Caray, Toño! Ten fe en Dios... Si quieres, yo te digo cómo acercarte a Él, pero tenle una fe ciega y sincera... ¡Ya verás que salimos de ésta!”.


V


Sonriente, pero con aire dubitativo, Antonio le hizo una pregunta a su primo:


Antonio se encogió de hombros, dando a entender que no tenía idea. Joaquín le contestó, impaciente:


En silencio, Antonio aceptó las palabras de su primo y estrechó con mucha fuerza su mano. Después, se pusieron de pie y se dieron un intenso y fraternal abrazo, y comprendieron que había superado por fin aquella prueba de fe.


VI

Con el tiempo, Antonio salió de sus problemas; poco a poco, pero en un plazo corto. El tumor que tenía resultó ser una hernia, por lo que se mejoró su salud luego de una intervención quirúrgica, y su pequeña hija se recuperó pronto de su enfermedad.
Además, pudo colocar a su hijo Toño en la fábrica donde trabajaba, pero a condición de que el año entrante ingresara a estudiar una ingeniería o una carrera técnica, como desde el principio quería el muchacho.
Y las deudas... Bueno, ya le debe menos al banco, que, afortunadamente, –como los demás bancos– le bajó un poquito a la usura y le encontró solución al problema de los intereses.
¡Ah! De veras, el padre Joaquín fue trasladado a otra Diócesis, pero se marchó contento, aunque al principio el que protestó fue Antonio:


Contentos y tranquilos, ambos sonrieron y se estrecharon en un abrazo, seguros de que en su nueva misión les iba a ir muy bien a los dos, y que podrían sortear con éxito cualquier prueba que les saliera al paso.
Por algo dicen que la fe mueve montañas.


EMILIO VELAZCO GAMBOA

Mexicano. Licenciado en Ciencias Políticas por la Universidad del Desarrollo del Estado de Puebla (UNIDES). Tiene los Diplomados en Derecho Electoral y en Derecho Constitucional, por la Universidad Cuauhtémoc. También estudió dos años de la Licenciatura en Lingüística y Literatura Hispánica en la Benemérita Universidad Autónoma de Puebla (BUAP).

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