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JOCELYN


La Biblia dice que la serpiente
tentó a Eva con la manzana.
¿Qué habría sucedido
si la hubieran obligado
a comérsela ella misma?

STEPHEN KING


I

Ella era una chica hermosa... sencillamente hermosa. Era una de esas adolescentes que uno hubiera deseado para ser la novia perfecta, con quien salir los sábados por la tarde al cine y a cenar, o los domingos al centro comercial de moda a comer un helado y comprarle muchos regalos.
Mejor aún: era la adolescente ideal para estar con ella en la sala de su casa mientras su papá trabajaba, su mamá iba de compras o al café con las amigas, y los hermanitos veían la tele en el cuarto de juegos...
Pero la realidad fue muy distinta: puedo decir que, prácticamente, ni siquiera fuimos grandes amigos. Un factor que lo impidió es que yo era la estrella de rock de mi mundo y ella era la top model del suyo. Otros factores que no lo permitieron fueron su frivolidad y mi soberbia –al menos, las aparentes frivolidad y soberbia–... y la lengua de un fulano pedante, porque a pesar de no haber sido novios, pudimos haber llegado a ser la pareja ideal.


II

Estaba en el segundo año del bachillerato, y en mi equipo sólo nos reuníamos los chavos de clase media alta, aficionados al pop, la ropa de moda y otros placeres que nuestros trabajadores padres y madres podían proporcionarnos. Claro que no sólo éramos fresas: algunos también estudiábamos mucho y teníamos buenas calificaciones, porque en general se trataba de muchachos sanos e inquietos, como debíamos serlo a esa edad.
Había otros grupitos, y aunque en general no los aceptábamos ni nos aceptaban por ser diferentes, los tolerábamos y nos toleraban–. Eso sonó a comercial sobre democracia...
Bueno, yo les iba a hablar sobre ella... Francamente, sí me porté tibio con esa chica. El primer año del bachillerato, yo estaba más preocupado por mi novia de moda, Isabel, que por otra cosa.
Además, estaba frustradísimo porque había sido rechazado del concurso de ingreso al Colegio Militar, y realmente no tenía cabeza para otra cosa que no fuera elevar mi promedio y mejorar mi desempeño atlético... Hoy estoy consciente de que eso no serviría de mucho, pues mis calificaciones eran estupendas y mi condición, excelente: Yo había sido rechazado por tener un ligero defecto visual, y ni siquiera les importó la preparación física, psicológica e intelectual que tenía...
Parece que querían galanes de aparador en vez de hombres con vocación para las armas.
Okey, okey, volviendo al tema, pese a que Jocelyn –ése es su nombre– entró desde el primer año, realmente nadie le hacía mucho caso: se trataba de una niña delgada, un poco espigada y sin mucha gracia. Por si fuera poco, se veía arrogante y estirada... casi casi se sentía una princesa. En fin, no era muy guapa, ni muy inteligente, ni se vestía bien y encima era engreída, así que nadie le ponía atención. Bueno, sólo yo.
Ese año –con relación al asunto del Colegio Militar– saqué el tercer lugar de aprovechamiento del curso, fui campeón regional en tae kwon do y gané un campeonato de canto interpretando una pieza muy de moda, y cuando salimos de vacaciones de verano, estaba seguro que este año sí podría ingresar al Colegio Militar. Además, era uno de los pocos que le hablaban a Jocelyn.
De hecho, era uno de los tres que le hablaban de toda la escuela: uno era su vecino, otra niña era su amiga de un curso más adelante y yo, que siempre me he caracterizado por ser amigo hasta de las piedras. Bueno, no menosprecio a Jocelyn: más bien, quise decir que dirigirle la palabra era natural por mi forma de ser, aunque los demás no le hicieran caso.
Yo le pregunté adónde iba a pasar sus vacaciones, y me contestó que en la Ciudad de México. A mi vez, la felicité y le dije que iba a intentar, por segunda vez, ingresar al Colegio Militar.
Para entonces, Isabel y yo ya no éramos novios ni nada y tenía unos meses que no andaba con ninguna niña de la escuela. Fue la primera vez que miré con atención sus lindos ojos, pero dos meses de vacaciones son mucho tiempo, así que no pasó de un fugaz momento en que pensé decirle que me gustaba, de manera que, sin más, nos despedimos hasta el próximo curso.
El resto es historia: una vez más me dejaron “en reserva” para causar alta en el Ejército; y mi frustración y coraje fueron tan grandes que le pedí a mi mamá que me dejara pasar las vacaciones con mis primos del De Efe. Y a más de un mes de no ver a Jocelyn (me tiemblan las piernas, se me acelera el corazón y vuelvo a emocionarme con ese recuerdo), me la encontré en la mejor discoteque del De Efe de ese año: El Cerebro.


III

Mis primos Julio –que ya es Capitán de la Fuerza Aérea– y su hermano, Óscar –que ya es Médico con especialidad en Cirugía– me llevaron a El Cerebro un sábado, porque decían que me veía muy apático y deprimido todo el tiempo.
Ellos –además, por petición de mamá– querían que conociera niñas, bailara y me olvidara del tremendo golpe que mis ilusiones y proyectos de vida habían sufrido. Yo, la mera verdad, fui por no dejar... De todos modos, ¿qué hacía encerrado un sábado por la noche en una ciudad tan grande y hermosa? No iba a ganar nada ni a solucionar mis problemas, así que por eso acepté la invitación. Y ¿qué creen? Allí estaba ella.
Bueno, en realidad me disponía a iniciarme en la carrera del chupe, pero antes de ordenar una cerveza o una bebida, apareció Jocelyn: se veía fascinante... Llevaba un top que hacía lucir sus pechos redondos y deliciosos, su cintura abrazable y su ombligo, divino. Y su faldita era tan corta, que sus piernas se veían largas y torneadísimas... Y el maquillaje y el peinado... ¡Qué niña! ¡Qué niña!
Me sacó a bailar, y confundido, le pregunté si era ella. Entre divertida y coqueta rió y me dijo que sí, que si no la reconocía, y yo le dije que otro poco y no la hubiera reconocido. Se hizo la ofendida, y preguntó que si era tan fea como para que ocurriera eso, y yo me apresuré a decirle que no.
Más bien, le dije que antes se veía “más chiquita” y que ese día estaba hechizado, pues ya se veía como que “más mujer”. Ella preguntó si eso era una “declaración de amor” o una “receta de cocina”, y ambos reímos con una singular alegría, que hasta parecía –como en las más cursis historias de amor– que el escándalo de la música a todo volumen y el bullicio de la gente iban a desaparecer y sólo íbamos a quedar ella y yo, para darnos un beso... y miles de besos... toda la noche.
El encanto de esa cinematográfica escena desapareció cuando Óscar –que es simpatiquísimo– me dio un discreto y pícaro golpecito con el codo: ¡Mira, nomás, galanazo! ¡Pregúntale si tiene primas o hermanas¡ me dijo al oído. Después, ella se apresuró a presentarle sus primas a Julio y Óscar.
Esa noche, después de bailar, mis primos tuvieron la fabulosa idea de llevar a las chicas a ver las estrellas al mirador de la carretera de Cuernavaca y, a la luz de la luna, darse los mejores y más deliciosos besos.
Bueno, Jocelyn me dio los mejores y más deliciosos besos... no sé si ellos habrán sentido lo mismo con las primas de ella.
Al otro día, recordé mi exclusión injusta y despectiva del Instituto Armado, y volví a instalarme en la depre. Cuando llamé a Jocelyn por teléfono, percibió mi estado de ánimo, pero no me preguntó las causas, ni yo tuve la confianza de explicarle lo que me pasaba.
¿Resultado? Ella pensó que tal vez mi interés por ella no había ido más allá del faje –ésa es expresión de Jocelyn, yo no la dije–, así que nos peleamos, pues además, yo no estaba para aguantar frescas de nadie.
Más tardecito, pensé que lo mejor sería dejar que se le pasara el mal rato y buscarla en un par de días, así que la dejé por la paz. ¡Sí, cómo no! Esa misma tarde, mi madre llamó y me ordenó que regresara cuanto antes a casa para iniciar los preparativos de regreso a clases, así que, ni remedio, soldado: decidí esperar el inicio de cursos para platicar con ella y empezar nuestra relación sobre una buena base.
El problema fue cuando, precisamente, al regresar a clases, la vi en la escuela... Iba de lo más transformada...


IV

Ese año, Jocelyn se convirtió en la chica más popular: se había vuelto extrovertida y, además, estaba buenísima (en el mejor sentido de la expresión, claro): se veía alta, bien formada, con un peinado súper y hasta su uniforme escolar se veía a la moda.
Se podía apreciar que sus primas habían descubierto su belleza no solo interior, sino exterior, y le habían enseñado lo mejor de la moda y los secretos del maquillaje para hacer de ella la más hermosa de todas las adolescentes de la escuela.
Al salir al primer receso del primer día de clases –como a las diez y media–, ella estaba rodeada de un grupo de chicas, precisamente aquellas que no la tragaban antes. Me acerqué y la saludé, y ella me devolvió el saludo con un beso y un abrazo, y me dijo que le daba gusto verme. No obstante la efusividad de aquella demostración de afecto, sentí un muro frío y silencioso entre la casi intimidad del abrazo.
Después, le dijo a sus amigas que iba a platicar conmigo el resto del descanso, y que las veía en el salón. Entonces, platicamos. O mejor dicho, fue una pantomima que aparentaba ser una charla amistosa.
Jocelyn me volvió a reclamar que ese último día que hablamos por teléfono me sintió frío y distante, y que incluso tuvo la impresión de que le había hablado más por compromiso que por atención, pues ya ni siquiera la había vuelto a llamar, y remató diciéndome que si me le acercaba de nuevo por el interés del faje, ya podía estar yéndome al cuerno, porque no pensaba volver a desperdiciar su saliva en hablar conmigo y besarme.
En serio que si no hubiera tenido a una mujer frente a mí en ese momento, habría sido capaz de ponerle una friega de Padre y Señor Nuestro, que hasta en el hospital hubiera terminado. Pero no: estaba ante una chica extraordinaria, sólo que no supe decírselo, y ella no supo escucharme ni comprenderme.
Después del baño de agua helada que Jocelyn me acababa de dar, traté de explicarle el problema que, incluso en esos días, todavía estaba enfrentando. Hasta ahí, medio me escuchó, porque cuando le dije que mi mamá me había requerido en casa, protestó que no le hubiera avisado y que ni siquiera la buscara en casa unos días antes del inicio de clases.
Luego, nos encerramos en una discusión que terminó en un círculo vicioso: cada quién escuchaba lo suyo y ya no oía los argumentos del otro. Ya para acabar, yo le dije que si no le importaban mis explicaciones, definitivamente sí me iba a ir al cuerno, pero que ella hiciera otro tanto, pues yo no buscaba un faje o como ella quisiera llamarle, sino una chica bonita que quisiera comprenderme, y como ella no lo era, pues a la...
Me acusó de injusto, pues ella sí me quería y deseaba comprenderme, pero que yo era el que se cerraba a la razón... Tan molesto estaba, que terminé diciéndole que me caían gordas las cantaletas y que bien podía guardarse sus “buenas intenciones” si le iban a servir tan sólo para quedar como “la buena de la historia” y yo como “el malo”.
Y ahí acabó todo.
Con el paso de los días, reflexionaba una y otra vez que, como ya se me había pasado el enojo, quizás debería buscarla para hablar y arreglar las cosas. Por unas amigas mutuas, supe que ella pensaba igual.
Desgraciadamente, como dice el refrán, “no hagas cosas buenas que parezcan malas”, hizo una tontería que truncó algo que pudo haber sido verdaderamente especial. Y si a eso le añadimos mi factor orgullo...


V

Milton era un fulano típico de los chavos de clase media poblana que se sienten de la clase alta: carita, bien vestido y arrogante, muy pagado de sí mismo, se sentía galán –de hecho, lo era– y se iba de boca alguna que otra tarde.
Como nadie, fuera de mi cuate Eduardo, sabía la historia de Jocelyn, Milton pensó que nadie se decidía aún a andar con ella, así que un día nos dijo que ella iba a caer...
A puntito estuve de decirle algo, pero Eduardo desvió la plática y me pidió que lo acompañara a la tienda escolar. Una vez allí, me dijo que no abriera la boca –principalmente, para no perjudicar a la chica– y que mejor lo dejara ser: Mi amigo suponía que Jocelyn lo iba a batear... ¡Mejor no me hubiera hecho esa recomendación!
Milton nos narró el plan: la iba a invitar a salir a la pista de patinaje y luego la iba a llevar al Couchés, que era el sitio de moda. Después, según el desgraciado, se la iba a tirar... Como ya me conozco, no quise escuchar más idioteces y mejor me largué.
Todos suponían que, como al fin y al cabo Jocelyn ya se había transformado de oruga a mariposa, seguramente seguía siendo igual de creidita o incluso más, así que sin duda lo iba a mandar bien lejos y allí iba a terminar la fantasijalada mental del tal Milton.
¡Cuánta vanidad y equivocación tuvimos todos, de verdad! Lo lógico es que, si antes nadie le hablaba y ahora todos querían ser sus amigos, ella aceptaría cualquier invitación tan sólo por el gusto de sentirse admirada y salir a divertirse.
Tal vez no había nada de malicia en eso. Sencillamente, Jocelyn era una niña que nunca había recibido invitaciones ni halagos de nadie –ni en México, hasta ese día que la encontré en El Cerebro– y que, ahora que comenzaba a vivir, no iba a desperdiciar la oportunidad de divertirse y presumir del cortejo de los galanes de moda.
Ahora pienso que sí me quería... A su modo, pero sí me quería, y también pienso que tal vez no vio nada de malo en aceptar la invitación de Milton. A decir verdad, yo tampoco vi nada de malo, es más, pensaba que, cuando conociera lo vacío y vanidoso que era ese idiota, meditaría mejor las cosas y decidiría regresar conmigo para iniciar el más bello romance desde los tiempos de Romeo y Julieta, y además sin tanto drama.
Lo malo es que ninguno de los dos pensó en lo que los demás iban a pensar...


VI

Transcurría ya la segunda semana de septiembre, cuando Milton invitó a Jocelyn a patinar y, después, a bailar al Carlos’n Couchés. Esa misma semana me avisaron en el gimnasio que el sábado y el domingo iba a haber torneo y que me preparara, porque iba como el capitán del equipo de cuadros avanzados y querían que ganara.
Yo sabía bien que ganando el campeonato de esa competencia iba a ascender al cinturón marrón y, de ahí a la cinta negra, sólo me separarían unos meses y doscientos dólares que costaba el examen y el papeleo para mi ascenso al grado de profesor en artes marciales. Ni de broma me acordé de las hociconeadas de Milton.
El lunes de la tercera semana, previo a la fiesta del grito de independencia, Milton nos llevó a la cancha de baloncesto, donde no había nadie en ese rato, y sacó un sostén que juró era de Jocelyn. Lo demás fue tan rápido que ni siquiera recuerdo bien lo que pasó.
El fulano ese no acababa de decir la idiotez en cuestión, cuando yo le reclamé su falta de decencia para hablar así de ella y, encima, tener el cinismo de mostrarnos la prueba física de su fechoría.
Bueno, en términos exactos, le dije que qué poca madre tenía para hablar así de una mujer y que si le gustaría que yo dijera lo mismo de su hermana. El tipo me empujó y me dijo que si le tenía envidia, mejor le reclamara a la vieja, pues ella le había dado las facilidades, y al fin y al cabo, él era hombre y qué...
Después, me mentó la madre y yo le rompí parte de la suya... y nos dieron un reporte en la dirección de la escuela. Por cierto, el primero y último en mi vida de intachable conducta académica.
Cuando Jocelyn se enteró del pleito, aunque nadie más que el director y los muchachos de mi flota supieron la causa de éste –y ellos se cuidarían de mencionarla–, me preguntó las razones que había tenido para pelearme.
Con arrogancia y aparente orgullo –porque antes cometía el error de aguantarme las ganas de llorar– vociferé que no le importaba y que mejor le preguntara a Milton, pues al fin y al cabo te llevas mejor con él que conmigo...
Indignada por una ofensa que, por supuesto, no comprendía, se dio la media vuelta y me dijo que no me merecía ni el amor ni las preocupaciones de nadie.
Esas palabras me hicieron llorar y, a partir de ahí, apaleado por el rechazo del Colegio Militar, la poca hombría de un bocón y lo que yo suponía que era una especie de traición de la chica de mis sueños, bajé mi rendimiento en todo aquello que antes me hizo brillar: el estudio, el deporte y las artes.
Así, en un semestre, mi promedio de 9.86 descendió hasta el 7, y hubiera seguido bajando, de no ser porque la vida misma me iba a dar razones para empezar de nuevo y superar el primero de muchos escollos que en mi destino iba a encontrar. Y que más que ser obstáculos, se convertirían en retos para vencer.


VII

Ya había iniciado diciembre, y todo el mundo conocía la “aventurita” de Milton y Jocelyn... Bueno, dicha aventura era un secreto a voces –todo mundo lo sabe pero nadie lo comenta en voz alta–, y la última en enterarse iba a ser, precisamente, la ofendida.
El cuchicheo comenzó diciendo que Milton y Jocelyn eran novios a escondidas, dizque por los celos y lo estricto del papá de ella. Después, alguien dijo que los había visto en pleno faje, y que las manos de él solían –amparadas en lo oscuro de la calle– ir más allá de lo decente...
Después, me imagino que al preguntarle a Milton la verdad del asunto, se fue de boca –como era normal en él– y terminó contando su fantasijalada mental...
El primer domingo de diciembre, los muchachos me invitaron a ir a Plaza Dorada y yo acepté. Quedamos de vernos en Moy –el club de vídeo juegosa las cinco de la tarde y, efectivamente, llegaron puntuales, pero con una sorpresa que en el momento no me agradó mucho.
Sucede que los muchachos llegaron acompañados del tal Milton, quien se quedó un poco a distancia, y se acercaron a hablar conmigo. Yo les reclamé la presencia del fulano y ellos se apresuraron a pedirme que no fuera a armar un zafarrancho: habla con él, ya comprendió las cosas y está dispuesto a aceptar sus errores... lo único que quiere es que sigas siendo su amigo.
Les dije que, en principio de cuentas, ese imbécil y yo nunca fuimos amigos, y que no entendía que “comprendiera las cosas”... Entonces miré inquisitivamente a mi amigo Eduardo, quien, sonrojándose, me tuvo que explicar que Milton ya conocía el romance que había tenido con Jocelyn, y que no iba a volver a hacer comentarios tontos enfrente de mí, ni a burlarse, y ni siquiera a tocar el tema.
Consciente de ello, acepté que el fulano y yo coexistieramos dentro del mismo clan de amigos que últimamente se había dividido por causa del distanciamiento entre ambos.
Y empezamos a hacer vida social todos, de nuevo.
La segunda semana de diciembre ya estaba empezando, y en unos días más íbamos a salir de vacaciones. Para esos días ya no había muchas tareas, sino más bien preparativos de las fiestas escolares, que empezaban con pastorelas y festejos muy típicos.
¡Y qué representación me iba a tocar ver ese fin de año! Digna de un Ariel...


VIII

En esas fechas era perfectamente normal ir todas las tardes a ver niñas y comprar minucias o jugar maquinitas a Plaza Dorada, así que eso hacía la flota.
Eso tenía sus privilegios, pues las niñas que estudiaban todo el semestre en colegios de monjas y que no salían ni a la puerta, aprovechaban las fiestas decembrinas para ir a posadas, preposadas y kermesses navideñas o para ir a Plaza Dorada o a las disco de moda.
Como siempre me han gustado las relaciones públicas, tenía amigos y conocidos por todas partes, y ellos se encargaron de invitarme –y yo de llevar a mi flota– a las fiestas del Pereyra, del Benavente, de la UPAEP, del García de Cisneros y de otras instituciones de mucho renombre, y ahí conocíamos niñas del Colegio Esparza, del Enrique Benítez, del Colegio América, del Colegio Central, del Miguel Hidalgo...
Aquella tarde esperábamos a unos cuates del Oriente que iban a tener la fiesta de su escuela; iban a pasar por nosotros y de ahí nos iríamos a bailar. La cita era a las 7, pero llegamos como a las 6 de la tarde para dar una vuelta por Plaza antes de irnos.
Ahí empezó lo bueno.
Radiante como una diosa de la pintura fantástica, apareció ella...


IX

Cuando la vimos venir, literalmente se nos cayó la baba... Vestía un jumper café oscuro terminado en minifalda cortísima, y usaba unas mallas del mismo color, que hacían lucir sus piernas torneadísimas.
¡Ups! ¿Volví a mencionar sus piernas? Creo que constituye una especie de fijación. Aunque ahora que lo recuerdo, tengo una foto de niño –yo tendría como dos o tres años– que mi mamá me tomó en el momento en que le pellizcaba pícaramente la pierna a una de mis niñeras... (Supongo que ya desde entonces era tremendo).
Bueno, bueno... Llevaba un jumper y unas mallas color café, y de remate usaba un sombrero muy a la Flans y una chamarrita de plástico transparente que le sentaba muy bien... No es necesario mencionar el maquillaje y el brillo de sus ojos...
Milton se puso rojo, pero en un tono muy propio de él, nos dijo “No creo que se acerque, anda muy dolida de que la dejé, pero si se acerca, van a ver cómo la despacho...”. Se ha de haber acordado que no le convenía ir de hocicón estando yo enfrente, así que se apresuró a disculparse conmigo. Entre sarcástico y buena onda le dije que no había problema.
Entonces, se acercó ella mirándome a los ojos...
Y de pronto, ¡el balde de agua helada! Mirándome con ardiente desprecio, se dirigió a Milton y le dio un beso en la boca, lo tomó de las manos y le reclamó con voz mimosa “Eres muy malo... Ni siquiera me has llamado por teléfono para preguntarme cómo estoy...”.
Pensé “¡En la torre, mejor me voy, sí era cierto lo que dijo este mono!”, pero entonces se me acercó ella y –para sorpresa mía y de todos– también me dio un encendido beso en la boca y me abrazó. También me reclamó con voz dulce Y a ti, ¿cuánto te debo que ni siquiera me saludas en la escuela? ¡Ah! Y ya veo que tú y Milton son amigos, ¡par de sinvergüenzas!
Milton y yo volteamos a miramos a los ojos sorprendidos, pero no supimos qué decir... Después, ella saludó con un beso en la mejilla a los demás miembros de la flota.


X


Francamente sacado de onda, le contesté con otra pregunta:


Con esa sonrisa tan enigmática y propia de ella, me dijo:


Estoy seguro de que si eso lo hubiera dicho en un altavoz, más de uno habría aplaudido y hasta hubieran hecho la ola...

Sus lindos ojos centellearon, sus pupilas se dilataron y su rostro se encendió de un rojo que se podían adivinar algunas de sus emociones.


¡Moles, doña María! Eso quería decir que sí hubo algo entre ellos, pero no llegaron a tener sexo a plenitud como había dicho el tal Milton...


Milton pareció aliviado con esas palabras... Sólo para sentirse miserable cuando oyó las que siguieron a esas.


XI


“Tan normal en él” pensé.


Milton se veía entre intimidado y confundido, a tal grado que ya no fue capaz de defenderse de los embates de ella.


¡Lo que sí he pensado siempre es en lo bonitas y llenas de gracia que se escuchaban esas palabras en la voz de ella, voz que se fue convirtiendo poco a poco en un trueno que, sin el escandaloso rugido de la tormenta, condena y sella la existencia de los traidores y los mezquinos!.


Intentamos decir algo pero nos calló con la dulce y suave violencia de su voz.


Milton, que por fin había reaccionado, fue puesto en silencio con una sonora y terrible bofetada proveniente de ella, tan frágil, tan femenina y delicada que nos sorprendió que no lo hubiera dejado quieto de tan reverendo trancazo.
Todo mundo volteó a vernos y algunos –cosa propia del ser humano– se detuvieron a escuchar lo que no les importaba.
Y entonces su voz recuperó la serenidad y el equilibrio perdidos.


¡¡¡¡¡Joto!!!!! Le dijo “joto” a Milton. ¡Y nadie lo defendió ni le reclamó a la chava!


“Intentos fallidos... ¡Bendito sea Dios!”


¡Y vaya que entonces sí se vengó de todas las idioteces que nos había dicho Milton! Todos volteamos a verlo, a la vez sorprendidos y espantados...
¡Vaya, ser homosexual no es nada malo, no es un castigo, no es una enfermedad...! Pero yo no sé por qué caramba le tenemos tanto miedo a ese concepto y a que cualquiera nos tache de serlo... Socialmente le puedes poner en la torre a la reputación y el prestigio de cualquiera con solo decir fíjense que fulano es puto...


El espectáculo, para entonces, ya estaba en pleno, dos o tres individuos ya se habían acercado disimuladamente a escuchar el chisme. Hasta me imagino sus diálogos: “¿Un puto? ¿Ya oíste que uno de esas cuates es puto? ¡Ven, vamos a oír, esto no me lo pierdo!”.


Ni decir que Beto se le quedó viendo con asco a Milton. Por otra parte, las risas estallaron a nuestro alrededor, lo que hizo enfurecer a nuestro amigo, quien le dio un par de golpes y patadas a Milton. Prácticamente tuvieron que detenerlo Eduardo y Freddy para evitar una golpiza, porque ese tipo, enojado, sí podía ser peligroso. Nada más pesaba noventa kilos y medía un metro ochenta... Y era línea de ataque en el equipo de fut americano...


Qué feo se oía eso de “el amor por él” tratándose de un hombre con otro hombre.

Entonces, Beto y Freddy tuvieron que detener a Eduardo, quien le estaba pegando más feo a Milton, y eso que no lo considerábamos peligroso...


Nadie respondió.


Y entonces lo miró a él, que estaba muy golpeado y aplastado moralmente.


Después, con el estilo propio de una modelo en una pasarela, dio la media vuelta y me dejó envuelto en su fragancia y su carácter. Nunca la deseé más que en ese instante.
Milton salió corriendo unos segundos después y los muchachos me jalaron de un brazo. “Vámonos” dijo mi cuate Eduardo, “ahorita nos ponemos de acuerdo si vamos todavía a la fiesta del Oriente o si mejor ahí la dejamos”.

XII

En enero, Jocelyn ya no volvió a clases, y Milton estaba solo, y aunque nosotros no le contamos a nadie lo que había ocurrido aquella tarde de diciembre, no faltó quien se enteró por los locatarios –que por otra parte nos conocían muy bien– así que el pobre bocón de Milton también tuvo que dejar inconcluso el segundo año de prepa.
Todo el tiempo lo estaban fastidiando con que si era joto, le decían puto, marica, le llevaban ropa de mujer, tangas y brassieres con encaje, le regalaban lápiz labial, estuches de maquillaje... Pero lo peor eran las clases de educación física y las prácticas deportivas.
Como regularmente entrenábamos puros hombres, se juntaba la bolita de los peores –aquellos a quienes apenas y tolerábamos– y todos se bajaban la trusa en el vestidor y le decían “órale, mamacita, aproveche que hay su alimento, porque mañana quién sabe”. Y como se puso difícil con ellos un par de veces, terminó más golpeado que un boxeador... ¡Qué caras se pagan las idioteces que se hacen o se dicen!



XIII

Un día, caminando sólo, precisamente rumbo a Plaza Dorada, me encontré de frente con ella. Sin grandes demostraciones amistosas, me saludó sin acercarse y me preguntó cómo había estado.
Le dije que bien, gracias, y le regresé la pregunta. Ella me dijo que ya estaba un poco mejor y que se había enterado de la huída de Milton. Con un poco de risa me confesó que el fulano no era homosexual, pero que no había mejor venganza para una mujer, que decir que al fulano ofensor no le funcionan bien sus hormonas, porque además, sólo se habían dado un par de besos y no era como para que él se hubiese expresado así de ella.
“Nuestro talón de Aquiles es la virginidad o la golfería, ¿verdad?” me preguntó. “El talón de Aquiles de ustedes es su virilidad y su hombría, ¿no?”.
Después, me dijo que todo había sido mentira, excepto lo de su amor por mí. Yo intenté decirle algo, pero cerró mi boca con su mano y me pidió que no la olvidara. Me dijo que sus papás se iban a ir a la Ciudad de México y que allá les esperaba un destino más prometedor... Más difícil y laborioso, pero con seguridad casi plena de éxito.
También me dijo que debíamos crecer un poco más, y que tal vez cuando eso sucediera podríamos hablar de todo aquello que no pudimos en esta etapa. “No te olvides de las palabras de amor que quisiste decirme tantas veces”, me pidió, y yo a mi vez le pedí que no olvidara ese amor que dijo sentir, porque estaba seguro de que en un futuro no lejano, podríamos concluir esa charla que ahora quedaba pendiente.
Desde esa tarde han pasado cinco años, y en tiempos escolares nos hablamos por teléfono, además de que nos vemos en las vacaciones de diciembre y las de verano. Eso sí, tengo muchas ganas de crecer más, terminar mi carrera y quedarme con ella para siempre. Sin embargo, cuando recuerdo la noche de El Cerebro y aquella escena de diciembre, pienso: ¡Qué mujer! ...Y qué curiosa forma de vengarse, ¿verdad?


EMILIO VELAZCO GAMBOA

Mexicano. Licenciado en Ciencias Políticas por la Universidad del Desarrollo del Estado de Puebla (UNIDES). Tiene los Diplomados en Derecho Electoral y en Derecho Constitucional, por la Universidad Cuauhtémoc. También estudió dos años de la Licenciatura en Lingüística y Literatura Hispánica en la Benemérita Universidad Autónoma de Puebla (BUAP).

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emiliovelazco1972@hotmail.com
http://www.galeon.com/emilio-velazco/


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