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ELVIUDO ROMÁN, DE ROSARIO CASTELLANOS


O de cuanto hemos avanzado los mexicanos (y las mexicanas)

Salvador Carreño*

Haciendo un recuento de los acontecimientos políticos del año 2003, pero destacando la insistencia del discurso presidencial foxiano en el sentido de la equidad de género y otros ideales –utópicos al parecer para nuestro país, si las cosas siguen como van- vino a mi memoria un viejo relato de la desaparecida Rosario Castellanos, justamente porque en el tono fresco de su literatura, acostumbraba exponer sensibles puntos de vista por cuanto se refería a la situación de la mujer en un mundo inescrupulosamente masculino. Y tuve la idea de reseñar para los más jóvenes ese texto, a fin de percatarnos cómo, en verdad, no hemos mejorado mucho en materia de igualdad de género.

Colocado por Editorial Promexa, en 1985, en un compendio que incluye narraciones de Andrés Henestrosa, Ermilo Abreu Gómez, Juan José Arreola y Juan Rulfo, entre otras plumas de significativo peso en la historia de las letras mexicanas contemporáneas –lo cual evidencia la talla de Rosario Castellanos, y sólo en caso de que el lector no hubiese estado antes en contacto con la obra de la escritora, nacida en 1925 y desaparecida prematuramente en 1974, cuando representaba diplomáticamente a México ante el gobierno de Israel-, “El viudo Román” constituye un pintoresco ejemplo de ese tipo peculiar de relatos al que ves aproximarse lentamente y que, de improviso, saltan sobre ti y te arrancan sonrisas, te sorprenden con falsos presupuestos y te cuentan una historia en la cual, imperceptiblemente al principio, pero contundentemente allí a través de la referencialidad, se entrevera una buena dosis de la esencia de la autora, con su ineludible sello de género, de protagonista asumida de un tiempo pasado que se resquebraja con fiereza inusitada, luego de traspuesta la primera mitad del siglo XX.

Acerca de la presentación que del libro, en la edición referida, hace Eugenia Revueltas, debemos decir que resulta de alcances muy disminuidos. Y es que con independencia de los innumerables tropiezos tipográficos (no imputables, ciertamente, a Revueltas, sino a la editorial e imprenta respectiva), subrayar la nota a personalidades como Castellanos se antoja casi suicida cuando se cometen barbaridades tales como evocar pleonásticos “lapsos de tiempo”, ¿o qué los hay de factura distinta? Desafortunado en extremo por parte de Revueltas, porque ella misma cita a Rosario, quien además de mujer de letras fuera maestra en Filosofía por la Universidad Nacional Autónoma de México, amén de posgraduada también en Madrid, España, cuando durante una conferencia afirmaba “no dar por vivido sino lo redactado”, transmitiendo a la palabra, a la función poética (cobijándose en el mágico universo de la Retórica) un valor de verdad equiparable al propio hecho.

Menuda cosa, porque ello supone que en la consciencia de una función estética potencialmente amiga o enemiga de la autora, ésta afronta el riesgo de procurar a su trabajo la verosimilitud con que habrá de persuadirnos, reduciendo a mero detalle la sustitución de verdades por veracidades, como fuera el caso de su origen, deefeño o comiteco, lo cual se convierte en minucia, al lado de su trabajo creativo. En síntesis: habría que buscar de “El viudo Román” una edición diferente.

Por otro lado, y para comprender a cabalidad los alcances de un relato como el que nos ocupa, resulta fundamental considerar las circunstancias espacio-temporales de Castellanos, toda vez que en la función referencial de su contexto hallaremos la clave que prevenga en nuestro ánimo la formulación de prejuicios inoportunos, porque en la contraposición de géneros entretejidos por ella en “El viudo Román”, pareciera evidenciarse un dejo de revanchismo, cuestionable quizá a la luz del discurso que mujeres y hombres universitarios de hoy pretendemos formular para entendernos mutuamente, aun cuando perfectamente explicable si recordamos que Rosario es testigo presencial de las sacudidas nacionales que trocan identidades prominentemente rurales por sueños metropolitanos que, abortados hasta hoy, implicaron como sea un parto filosófico en relación con el papel de la mujer, que conquista –no le es otorgado- el derecho a votar y ser votada, a hablar y ser escuchada, por más que todavía hoy exhibamos la vergüenza de la violencia doméstica y el acoso sexual, en permanente dualidad con la tramposamente deificada imagen de la madre. Tendríamos que calzarnos los zapatos de nuestras madres y abuelas, los de Rosario, para entender la impotencia a que orillan los abusos institucionalizados ¡y hasta sacralizados!, según advertiremos en la figura de Evaristo, en el relato.

“El viudo Román” es, desde luego, recordatorio de la fragilidad de los cimientos con que los mexicanos pretendemos soportar la estructura de nuestras relaciones genéricas, pero es mucho más ilustrativa de su tiempo, de sus condiciones.

Ya entrando en materia, y con la anticipada disculpa por la comparación que sigue, permítaseme la jocosa suposición de que si “El viudo Román” no se ha convertido en un sonado éxito de la pantalla chica, como una gran telenovela estelar de Televisa o Televisión Azteca, llevando aire fresco a las recurrentes y autorrepetidas historias de Yolanda Vargas Dulché o de Corín Tellado, eso lo debemos (acaso deberíamos estar agradecidos) a la escasa o nula habilidad de los productores para acercarse a los libros. Cada situación, cada giro en los aconteceres entre Carlos Román, Cástula, Evaristo, Romelia y demás, obliga a un recuento de los daños por etapas, aunque las conclusiones quedan en el aire sin remedio.

No escatima Castellanos los recursos de la descripción, de modo que al ambiente se torna evocador de un no sé qué o de un no sé dónde, que da autenticidad, mexicanidad al escenario, pero sin comprometer regionalidad alguna o, incluso, un tiempo específico, factores que permitirán al lector marcar la distancia que mejor le parezca, convenga o convenza, porque todo pudo haber sucedido, suceder ahora mismo o estar por suceder, muy a pesar de que en un entorno como el nuestro –la ciudad de México- quisiéramos creer que tales fenómenos pueden darse con la misma eventualidad de un gran terremoto, si bien sabemos que al ocurrir acaban con todo.

La fenotipia es harto precisa también para todos y cada uno de los personajes que mueven los hilos principales del enredo, desde la apostura ortomórfica de Carlos y Rafael, la belleza indiscutible de Romelia y Estela –entidades, todas ellas, contrapuestas pero complementarias- hasta la endomorfia enfermiza de Enrique y los cuerpos hinchados, abotagados, de Cástula y Evaristo, todos metalingüísticamente representativos de su segmento sociocultural para ejercer sus virtudes, vicios, limitaciones y carencias.

Las secuencias se hacen acompañar, entonces, de un desfile de retratos y etopeyas que nos muestran a un Don Carlos Román (no podemos, claro, olvidar el Don, así, con mayúsculas), erigido moderno señor feudal, un semidios que puede descender de las alturas y dejarse tocar por una muchedumbre paupérrima, maloliente y útil apenas para servir de conducto a la obtención de beneficios ulteriores –que la trasciende-; muchedumbre apestosa del enfermo, masculinizado en Enrique; muchedumbre horrenda materializada en Carmen, hermana del tuberculoso, y mísero botón de muestra de “esas mujeres a quienes las desgracias se les coagulan en la cara como la forma extrema de la fealdad”; la inflada mesomorfia del cura Evaristo, tan pintorescamente patético como su eclesiástica representación, y de Cástula, emblemática exponente de una añeja tradición que se desprecia a sí misma, minimizándose, y que al mismo tiempo se niega a ser remplazada, dispuesta a jugarse el todo por el todo en aras de mantener su papel de aparente –secundario, en todo caso- privilegio.

Vemos, igualmente, la presencia de una Romelia burlada, como burladas son las aspiraciones femeninas alienadas por milenios de mentiras verdaderas; burlada doblemente en su condición adolescente, erróneamente instalada en la seguridad del plan, de una metodología que menosprecia la maña de lo antiguo, de lo pasado (por más que ese pasado esté encarnado en la figura de un hombre de 39 años, y no, como hubiésemos podido imaginar, en otros personajes que rodean a Carlos Román, como Rafael, padre).

Pobre favor le hacen las otras mujeres de la historia al género, “juguetes del destino” cantaría María Callas, “barajadas” por Carlos y Evaristo, merced al beneficio de sus capacidades y méritos (al menos en el papel del sacerdote, porque de Carlos se entiende que supo todo el tiempo que el instrumento de su revancha sería Romelia). Se amontonan, así, no en un basurero sino en un discreto armario -porque hasta en esto hay clases sociales y todas ellas pertenecen a la mejor (la alta, claro)-, las personas de Ernestina, loca de atar, aun cuando su extravío se justifique en la pérdida del hijo varón; Amalia, la mediocre abnegada; Soledad –Cholita-, tan decente como chismosa; Leonila, aristocráticamente tonta (y viceversa); Elvira, de inteligencia y gracias comprobadas, pero condenada por la masculinizada prominencia del bozo, tan condenable como que de los hombres se asomase, inoportuno, nuestro lado femenino; Blanca, la solterona, beata y culposa hermana de Romelia y, finalmente, la segunda hermana, Yolanda, indecentemente coqueta (¿bajo qué parámetros?, deberíamos preguntar, porque ya sabemos que si es un hombre el que así se comportare, sería experiencia de aprendizaje, mientras que de ser mujer, no puede concebirse sino como semilla de perversión) y mancuerna de la anterior en tanto que su suma podría apenas aproximarse al total de lo que Romelia era por sí misma.

Procurando desagregar un continuo juego de emotividades y apelaciones entre los personajes, Rosario Castellanos da un tratamiento maquiavélico al relato, entrelazando anclajes cuyos arrastres te sacan del camino, te obligan a reformular presupuestos y te arrojan señuelos, deslizamientos de sentido que juegan con tus certidumbres, para al final, claro, sorprenderte.

Trágico y risible, jocoso y reflexivo, este relato de Rosario Castellanos cuestiona los valores, la forma de ser de los mexicanos que nos ha impedido llegar más lejos. Y entre las cosas que sorprende destaca el hecho de aproximarse a lo retorcido que puede ser la mente humana, a través de un texto de tan fluida lectura, que tan de la mano te lleva por un banquete ligero de palabras, cuartillas que tu cerebro digiere con soltura, aunque te indigestan el corazón.

Te sugiero que leas completo El viudo Román, seguramente disponible en la biblioteca de tu universidad, o en la biblioteca pública más cercana.


CASTELLANOS, Rosario. El viudo Román, en Narrativa contemporánea, Gran colección de literatura mexicana, 2° vol., Promexa, México, 1985.

* Salvador Carreño. Licenciado en Ciencias de la Comunicación por la Universidad Autónoma Metropolitana. Estudió la Maestría en Tecnología Educativa en el ILCE. Ha sido Secretario Académico de la División de Estudios de Posgrado (Academia de San Carlos) de la ENAP de la UNAM, así como Subdirector de Difusión Cultural de la Universidad Tecnológica de Nezahualcóyotl, entre otros cargos. Locutor y periodista especializado en la fuente educativa y cultural, fue Editor de la sección de Cultura en EsMas.com, de Televisa, conductor del programa educativo “Opciones” de Canal 34 de Televisión Mexiquense y conductor del programa radiofónico “En torno al Ciberespacio”, de Radio 13. Es columnista para la revista Panorama Universitario y para Anodis.com. Ha sido docente en diferentes universidades mexicanas como la Iberoamericana, la Anáhuac y la Intercontinental; en la actualidad es profesor de Ética de los Negocios en la Facultad de Contaduría y Administración de la UNAM, de Semiótica en el Centro de Estudios en Ciencias de la Comunicación y en la Escuela de Diseño del INBA. Cuenta con tres premios como escritor, concedidos por la UNAM y por el Gobierno de la Ciudad de México.


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