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CIUDADES COLONIALES

Los estilos de la Colonia

En nuestro país, las dos culturas que se fusionaron en la colonia poseían un profundo sentido religioso en el que se mezclaron ritos, leyendas y antiguas creencias que desembocaron en una nueva concepción. El indígena aún no se recuperaba de la sorpresa causada por la ruda invasión, cuando ya se encontraba trabajando arduamente en la construcción de templos y edificios.
La disposición de los asentamientos por lo regular siguió dos estructuras básicas: una era la retícula en forma de damero -forma que en el siglo XVII el escritor Bernardo de Balbuena, en su obra Grandeza mexicana, compararía con la de un tablero de ajedrez-, que aunque su uso era común en las ciudades europeas de la época, era una solución adoptada por muchos pueblos debido a su sencillez, aunque no hay que olvidar que la distribución de las ciudades indígenas se debía más bien a una configuración espacial estrechamente ligada a su visión cosmológica del mundo y del universo.
La otra estructura fue la de los asentamientos que debieron adaptarse a los accidentes geográficos del terreno; en tales casos la traza seguía las irregularidades topográficas adecuando las calles y plazas a su entorno. Las fisonomías urbanas de carácter minero dispuestas muy cerca de los yacimientos y vetas de los minerales a veces coincidieron con las viejas ciudades españolas de origen moro.
En los albores de la época colonial, muchos de los templos y conventos levantados por las órdenes mendicantes que llegaron a la Nueva España (franciscanos, dominicos y agustinos), fueron concebidos con imponentes formas que semejaban fortalezas. Muchas de las fundaciones organizadas por estos frailes constructores, estaban dispuestas en la forma arriba descrita y las calles principales desembocaban en el templo, cuyos aspectos decorativos a nivel estético respondían a las modas artísticas de la época.

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